Resumen completo:

En el mundo existen distintos tipos de romances. Algunos surgen casuales, un amigo de la infancia, un compañero molestoso que termina por derrumbar tus muros o, simplemente, alguien que conoces sin imaginar se convertirá en ese engranaje que hará uno con tu vida.

Amores bonitos, tan variados que surgen espontáneamente en medio del bullicio de la civilización. Amores que, de una u otra forma, se eligen.

Luego, están las almas gemelas y esta historia que no es una de amor.

O quizás sí.

Katsuki no lo sabe, no tendría cómo, bajo toda la serie de desenlaces que desencadenan en la peor de las situaciones. En inicio, está una estúpida conexión a primera vista que no es compartida. Luego, esa persona que no comparte su conexión, le rompe el corazón.

Literalmente.

Una fisura surca en medio del órgano, amenazando podrir todo a su paso.

Y, para finalizar, simplemente no puede culpar a esa persona por nada; ya que hace mucho perdió la capacidad de sentir.

Una historia que se desarrolla en medio de vínculos que forman las almas gemelas. También, de corazones que se rompen hasta llegar a podrirse, llevándose consigo a sus dueños.

¿Qué sentido tiene amar hasta morir?

Universos en los cuales se desarrolla la historia:

AU de corazones rotos + AU almas gemelas.

Parejas:

-Katsuki x Izuku.

-Kirishima x Aoyama.

Advertencias:

Las pondré cuando la historia finalice, porque me gustan las sorpresas.

Por lo pronto, solo diré que, de las dos parejas, una termina en tragedia.


Flores secas


Capitulo 1


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He cruzado océanos de tiempo para encontrarte

Francis Ford Coppola

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La mitología griega cuenta que, en el inicio, los humanos surgieron como seres monstruosos, poseedores de dos pares de piernas y brazos; así como dos rostros en una sola cabeza. Zeus, temeroso del poder de ellos, los dividió, condenándolos de esta manera a errar por el mundo en busca de su otra mitad.

¿Qué podía temer un dios de simples mortales?

Quizás, el poder del amor fuera el arma más fuerte en el universo. Un sentimiento intangible, capaz de mover el mundo cuando se trataba de dos seres que se pertenecían y no simples piezas de engranajes con posibilidad de encajar con muchos.

Una esencia tan pura, que en la actualidad solo se le era concedido a unos pocos.

Personas que nacían marcadas y vagaban por la tierra buscando a aquella otra que posea el mismo distintivo. No encontrarla, le condenaría a la soledad eterna, pues un alma gemela es irremplazable. Por el contrario, hallarla se convertía en la satisfacción más plena que un ser humano pudiese experimentar. Aquel amor a primera vista del que hablan las personas, esa atracción inmediata, llena de mariposas revoloteando intransigentes en sus estómagos, queriéndolo hacer estallar todo en confeti; no era más que un modo de explicar la vibración que acomete a las almas al encontrarse en medio de millones de personas.

Un terremoto que remese el universo de quienes poseen ese lazo, firmando el contrato que sellaba su vínculo, con una mirada. La conexión era inmediata y tan mágica, que el mundo entero anhela nacer bajo una bendición como ella.

Una bendición, con la que ha nacido Katsuki Bakugou.

O maldición, como prefiere llamarle.

No es inusual crecer rodeado de este romanticismo que envuelve a las almas gemelas. Relatos hermosos de personas que cruzan miradas y unen sus vidas en eternidad. Katsuki no es la excepción y el inicio de sus recuerdos han estado siempre inmersos en esta marea de uniones de almas. Ha nacido bajo una larga línea de vinculados. Sus padres, sus abuelos, los padres de sus abuelos y así sucesivamente. Durante las noches, ha sido arrullado con historias de sus antepasados y sus encuentros tan perfectamente estructurados. Siempre encontrando los pasos exactos que les llevaron al otro.

Sus padres han sido la muestra viviente de ello. Mitsuki nunca se cansaba de contar cómo se conocieron. Como, por un instante de su vida, creyó nunca encontraría el camino hacia su vinculado, pues los años pasaban y aquel ser especial no aparecía en su sendero. Pero entonces, una inspección a una construcción enlazó sus caminos sin opción a retorno. Ella, como arquitecta por parte del estado, supervisaba la obra en donde Masaru trabajaba. Un accidente por la mala colocación de su arnés, hizo que estuviera a nada de caer del décimo piso y fue su padre quien la salvo.

El vínculo se selló en ese instante.

Dos semanas después, se unieron en matrimonio.

Katsuki, de solo cuatro años en ese entonces, oía embelesado aquella y otras tantas historias antes de irse a dormir. Él también tenía una marca en su brazo; una bonita espiral difuminada en los bordes la cual su padre solía comparar con el universo y decía, que seguro él y su vinculado, serían los astros reyes ahí. Confiaba, desde la inocencia de su infancia, que así sería, y a veces fantaseaba con cómo surgiría su propio encuentro.

¿En la calle?

¿Durante una clase?

¿En medio del parque?

No lo sabía. Lo único certero, es que sería perfecto.

En la escuela, mostraba con orgullo su antebrazo, manteniendo incluso la manga de su chaqueta alzada en invierno. Era tomado como ejemplo por sus maestras cada que leían un cuento sobre almas gemelas, levantaba envidias entre sus compañeros.

El niño era todo altanería y soberbia, pues él no era un simple mortal como el resto.

A esa edad, jamás hubiera imaginado que la misma circunstancia bajo la cual se conocieron sus padres, sería la que se los llevaría.

Katsuki tiene trece años cuando el teléfono de casa suena, su madre contesta y la ve caer de rodillas, presionando su pecho con una mano. Corre hacia ella, grita por ayuda, llama a una ambulancia; el resultado no cambia, su madre ha fallecido.

Putrefacción inminente, habían dicho los médicos.

Su padre tuvo un accidente fatal en medio de una construcción, la llamada fue para dar aviso de su deceso y el corazón de su madre no lo soportó, se hizo añicos. Literalmente, el dolor fue tan poderoso, que el órgano creó fisuras en distintas partes, dando inicio al proceso de putrefacción. Usualmente, este podía durar días, dependiendo de la magnitud de la ruptura. Sin embargo, la putrefacción inminente era una condición que solo afectaba a las almas gemelas. Katsuki también la conocía, gracias los cuentos de su infancia. Una manera romantizada en la que dos personas que juraban amarse, partían a la vez.

Juntos en la vida.

Juntos en la muerte.

Es entonces, cuando se replantea fuertemente los ideales que ha mantenido hasta ese entonces.

¿Qué sentido tiene amar hasta morir?

¿Qué sentido tiene encadenarte a alguien de por vida?

¿Qué sentido tiene un alma gemela?

En medio del dolor, de la ausencia y soledad, Katsuki tiene tiempo para cuestionarse por primera vez. Ser consciente, de que no solo se les ha vendido la idea de almas gemelas como la cosa más genial del universo, sino que muchos han sucumbido a esa creencia; lo que le lleva a una conclusión: No hay camino menos certero que el que dicta el corazón. No es una bendición como su madre decía, es una maldición a la que ha sido condenado desde antes de nacer. Entonces, toma una navaja y en un arranque de ira, traza dos cortes sobre la marca en su brazo. Un aspa que tacha en rebeldía aquello que una vez fuera su mayor orgullo y hoy, rechaza con todo su ser. Sabe que aquello no deshace el conjuro, pero los cortes cicatrizan grabando sobre piel el recordatorio perenne de que aborrece esa condena.

En él, germina la convicción de no querer conocer nunca a su otra mitad. Crece repudiando todo aquello que la sociedad quiere imponerle con sus creencias sobre vinculados. Venda su muñeca, incapaz de volver a ver esa marca horrenda sobre su piel, tatuado como ganado, sellado como pertenencia de alguien. Como sus padres creyeron pertenecerse y sucumbieron de lleno a la creencia, conociéndose y casándose casi al instante; porque ¿para qué buscar más? Es tu alma gemela, debes de aceptarla.

Y no, él no debe nada.

¿Dónde quedaba el libre albedrio?

Katsuki niega, rechaza y se frustra.

Porque, por más que busca sustento a su punto, no hay nada que le dé la razón. Lo único cercano a lo que le lleva su investigación, son los viudos de alma. Personas que pierden a su otra mitad y, por alguna razón, sus corazones se rompen y reparar; no mueren. Viven una existencia penosa, llena de vacío, soledad. Tristeza en su más pura esencia y, aunque quiere hallar consuelo en saber que de amor no se muere, que se puede vivir sin su otra mitad; lo cierto es que esos contados casos, suelen terminar en suicidio.

De una u otra forma, todo lo que englobaba a su marca, acaba en tragedia.

Y, aun así, quiere seguir luchando contra lo inevitable.

Katsuki baja la mirada cuando camina por la calle, cada que conoce a alguien nuevo, impidiéndole a sus ojos establecer esa "conexión" que selle el vínculo en caso de coincidir con su alma gemela. Se adiestra de manera impecable, haciendo de esto, una norma en su vida. Así como, en la medida de lo posible, relacionarse con personas sin marcas. Seres libres con los que puede divertirse un instante, pasarla bien y luego separarse. Sin cadenas ni condenas.

Sin perderse en el otro.

Ser suyo, sin pertenecerle a nadie.

Apoya el hombro en el marco de la puerta de la cocina, reposando todo su peso en silencio. Observa a Eijiro frente a la estufa, un mastodonte de casi dos metros de altura y noventa kilos de músculo, tarareando una patética canción en francés. Trae puesto únicamente el pantalón de pijama, el cabello laceo caído, goteando sobre su espalda mientras cocina.

Tan tranquilo, inconsciente total de su presencia.

–Espero que ese sea mi desayuno.

Eijiro se sobresalta, girando del susto.

–Bro –susurra con sorpresa–. Pensé que no vendrías a casa.

–¿Pues adivina qué? –se acerca y toma uno de los tocinos que está friendo– no me dejaron dormir –come el tocino.

El más alto traga hondo, avergonzado hasta las orejas. Vuelve la vista a la sartén.

–Dijiste que no vendrías y Yuga... pues...

–Lo que sea. No quiero detalles.

Da por finalizado el tema de sus gemidos altos durante la madrugada.

Bosteza cansado.

El tiempo es el peor enemigo de una condena, más aún, cuando debe convivir con la esencia más pura de lo que ser almas gemelas significa. Maldice el momento en el que fue consciente de que la herencia de sus padres no le seria eterna y decidió vivir junto a su amigo y su pareja.

Quizás, sea un castigo por rechazar con tanto fervor lo que le ha tocado en la vida. Imagina que los dioses que han tatuado su brazo desde el vientre materno, han de estar tan furiosos, que le han enviado ese recordatorio perenne de aquello que aborrece. Un par de tontos vinculados refregándole en la cara a diario ese "sentimiento" que venía implícitamente con la unión.

No hay otra explicación.

–No te quedaste donde Camie.

–Se terminó. –anuncia, señalando su pómulo.

Entonces, Eijiro nota la leve tonalidad en la piel. Exhala pesado, quejoso; intuyendo lo sucedido. Sirve las frituras en dos platos.

–Déjame adivinar –le entrega el suyo– ¿vio tu marca? –Katsuki no responde, solo camina hacia la mesa con su desayuno. Eijiro va detrás– ¿Algún día dejaras de ocultarla?

–¿Para qué? –toma asiento– esa basura solo aleja a las personas.

Eijiro rueda los ojos, acompañándole en la mesa.

Claro que sus marcas alejan a las personas, pero solo a quienes se acercan con miras hacia algo más. Lo cual era lógico, tendrías que estar muy mal de la cabeza si te fijaras en alguien con un vínculo de alma, a sabiendas que, en algún momento de su vida, su otra mitad aparecería. Nadie en su sano juicio iniciaría algo serio que estaba destinado a terminar abruptamente. Porque lo que sucedía entre los vinculados, no era un romance prolongado que surgía en base a la cercanía; era una mirada que sellaba todo, sin vuelta atrás.

Cosa que Katsuki no comprendía.

O no quería comprender.

Lo conoce desde la infancia, le ha visto pasar de ser un niño presumido de su vínculo, a un adolescente amargado con todo lo relacionado a ello. Su familia le había adoptado luego de que sus padres fallecieran, así que ha presenciado de primera mano el cambio abrupto de él.

Se la vivía ocultando su marca, mintiendo sobre un accidente genérico que le obligaba a usar ese vendaje en el brazo y siempre había una mujer que caía en el cuento sin pedir mayor explicación. Lo que llevaba a terminar a todas sus relaciones en lo mismo: gritos, golpes, llanto. Porque tarde o temprano, la curiosidad ganaba y el vendaje caía.

–¿No te cansas de eso? –mete una porción de comida a su boca. Katsuki le mira sin comprender –me refiero a andar buscando en otras personas lo que te dará un día tu alma gemela.

Le ignora, continúa comiendo.

–Digo, aquí estoy yo de ejemplo. Siempre me gustó Mina y apareció Yuga a cambiarlo todo.

–Te volvió marica.

Eijiro ríe.

–Ah... así que eras como los padres de Yuga.

Katsuki chasquea la lengua de mala gana.

Lo oye reír nuevamente.

–No quise decir eso –se excusa, a modo de disculpa.

Los padres de Yuga eran aquellos que aun consideraban una "anomalía" que el vínculo de almas se diera entre personas del mismo sexo. Algunos preferían matar sus corazones antes de aceptar el destino impuesto y ellos parecían estar dispuestos a aceptar ese sacrificio, antes de ver a su hijo con otro hombre. La relación de su amigo ha sido bastante difícil de inicio, con visitas a escondidas y saliditas en horas de escuela. Incluso tuvieron una huida que terminó dieciocho horas después en una estación de policía. Recién al cumplir la mayoría de edad habían sido libre de vivir a su manera. Con Yuga saliendo de casa sin la aceptación de sus padres y Eijiro esperándolo con los brazos abiertos, dispuesto a hacer que esa ausencia no se sintiera nunca.

–Yo creo que te vendría bien otro hombre –retoma el tema y Katsuki casi que se atora con la sincera confesión– las mujeres son delicadas y tú muy rudo. Ni si quiera se cómo Camie te hizo caso.

Y así era.

La chica era bonita, compañera de su novio en la agencia de modelaje. Un día él había olvidado su billetera y Katsuki fue a alcanzársela, dando como resultado de que ella preguntara por él. Yuuga nunca mencionó sobre la marca, porque Katsuki no era precisamente caballeroso y asumió que se desilusionaría al conocerle.

Tres meses había durado la mentira.

–¡Loulou! –la vocecilla melosa de Yuga resuena en el salón.

El chico rubio aparece con el cabello un poco húmedo, vistiendo una camiseta extra grande de su novio, que le cubre hasta los muslos.

Katsuki chasquea con pesadez.

Tres años de convivencia, poniendo normas claras sobre el uso de ropa adecuada para que esos dos se zurraran siempre en ellas. Sin mencionar las veces en que Yuga tomaba sol en la sala con una ropa interior demasiado pequeña.

–Chouchou –le responde cariñoso, en un francés que se le da fatal.

Katsuki siente arcadas de oírle.

Quizás, vaya siendo tiempo de que busque otro lugar donde vivir.

El par de tortolos se da un beso corto. Yuga toma asiento y Eijiro va a traerle el desayuno. Una mierda super saludable de frutas y yogurt griego que cuesta un ojo de la cara, pero es importante para su "dieta".

–¿No es tarde para que vayan a trabajar? –intenta echarlos.

–Es nuestro día de descanso –responde Yuga, batiendo las pestañas largas con delicadeza.

–Ah –da el ultimo bocado a su desayuno, en tanto Eijiro trae el de su pareja– entonces van a seguir cogiendo.

–¡Katsuki! –gritan los dos avergonzados.

–Sí, sí, ya entendí –se pone de pie– iré a estudiar a la biblioteca. Ustedes lavan mi plato, me lo deben por el sueño interrumpido.

Ciertamente, Katuki no es una persona de biblioteca.

Aunque le gusta el silencio y la soledad, en exceso le crispa los nervios. Sin embargo, tampoco pretendía ser mal tercio en casa. Prefiere darles un tiempo a solas a ese par, al fin y al cabo, son pocas las veces que sus días libres concuerdan. Yuga trabaja en un salon de belleza a medio tiempo y tiene una carrera de modelaje en crecimiento gracias a su aspecto andrógino con rasgos europeos que fascina en Japón. Eijiro, por otro lado, debe hacer malabares con los estudios y el trabajo. Sus padres no son precisamente adinerados y, aunque ayudan con la universidad, lo demás corre por cuenta suya, incluido Yuga.

Katsuki puede detestar mucho sus muestras de afecto, parecerle un par de tontos ridículos; pero también puede comprender un poco su situación y ceder de vez en cuando.

Exhala fatigado, caminando por el campus.

El calor es sofocante a esa hora de la mañana. Al menos, la biblioteca tiene aire acondicionado y un espacio amplio entre personas, que evita percibir olores desagradables propios del sudor. Sube las escaleras del recinto ágilmente, empuja la puerta y la bruma fría le recibe refrescándole. El módulo de recepción se encuentra vacío, por lo que solo pasa de largo.

Camina adentro, buscando un lugar libre, sus pasos resuenan en el silencio, incomodando a algunos cuantos a los que les nota la mirada de molestia. Chasquea la lengua con indiferencia y continúa andando. Ve un asiento desocupado y se apura en tomarlo. Desde ya se empieza arrepentirse la decisión, la silla de madera le hará doler el culo en menos de una hora.

Pero el verdadero arrepentimiento, viene cuando empieza a sacar sus pertenencias.

–Mierda.

–Shhh –le silencian de algún punto de la sala.

Reniega en silencio al ver que dejó uno de sus libros de física en casa. Debió quedarse allá y malograrles su día libre. Frota su rostro, respirando hondo.

Exhala.

No es el fin del mundo, está en una biblioteca, solo debe perder tiempo buscando el maldito libro.

Regresa al módulo de recepción, a que le indique donde encontrar el título. Vuelve a renegar, maldice internamente. El inútil del bibliotecario no está en su puesto. Presiona su entrecejo, llama a la paciencia. Aun puede usar los módulos de busca individuales, aunque le tomara más tiempo.

Sin embargo, ve a unos metros un coche con libros apilados, asume son ejemplares que han devuelto alumnos.

–¡Sí! –vitorea por lo bajo al distinguir rápidamente la portada verde del que necesita.

Camina hacia el coche y es entonces, que ocurre una de esas cosas que solo pueden ser explicadas por algo que está por encima de lo terrenal. Cuando acerca su mano hacia el libro, se topa con la de otra persona.

–Lo siento. –se disculpa el extraño, al momento en que sus dedos fríos le escarapelan la piel a Katsuki.

Un temblor pequeñito que sube en magnitud a la vez que eleva la mirada. Inicia el recorrido por el brazo cubierto con un sweater a rayas, la complexión delgada es notoria sobre la prenda. El cuello de piel pálida le eriza la nuca y la barbilla aguda le da la bienvenida a su rostro.

Debería ser la primera advertencia a detenerse.

Pero no lo hace.

Los mechones de cabello oscuro aparecen sobre su rostro, aun así, logra ver sus pecas dibujadas en las mejillas. El pulso se le acelera cuando está a pocos centímetros de aquello que no debería ver.

Tiene veinte años, cuando todo el esquema que ha construido, se derrumba.

Los orbes verdes le cuentan historias hermosas, maravillosas fantasías protagonizadas por ellos dos. La vibración que le ha aquejado desde que sus manos rozaron, se desata en hecatombe. Dura un segundo o minuto o una hora, no lo sabe; es solo un instante que dura una vida tal como Eijiro se lo contara luego de conocer a Yuga.

Y es la suya, la que ahora, ha sido contada en los ojos esmeralda.

Quien sabe y en otras vidas, aquello ha sido la regla entre ellos.

–¿Vas a leer ese libro? –la voz dulce se escurre como miel a través de sus tímpanos.

Katsuki tiene nuevamente un escalofrió, pero uno delicioso que solo presagia algo grandioso.

–¿Cómo te llamas?

El chico le mira sin hacer mayor gesto. Señala la identificación en su pecho, sobre su corazón.

–Midoriya –repite en un susurro.

Otro escalofrió.

No lo cree, aun no logra hacerlo.

El muchacho le mira y sin más, toma el carrito donde lleva los libros y se lo lleva empujando.

–¡Hey! –va tras él– ¡Espera! –le toma del brazo.

–Silencio, es una biblioteca –libera su brazo sin esfuerzo.

–Mi nombre es Katsuki –se presenta breve, viéndolo fijamente– ¿A qué hora sales?

–¿Para qué quieres saberlo?

–¿No es obvio?, para invitarte a salir.

El bibliotecario enarca una ceja.

–¿Y en qué momento asumiste que soy gay?

Katsuki parpadea notoriamente sorprendido.

Le resulta extraña esa pasividad. Aunque no es solo eso lo que ve, es falta total de emoción. Recuerda los cuentos que sus padres le narraban antes de irse a dormir y en todos ellos, la efusividad del encuentro era una norma.

Lo cual es lógico ahora que ha percibido la fuerza de ese vínculo.

–¿No lo sientes?

–¿Sentir qué?

Sin embargo, el poder de su vínculo se ve minimizado por la conmoción de lo que sucede... para empezar ¿Qué está sucediendo?

–Tu marca –quita rápido el vendaje que trae en el brazo– deben ser iguales. –muestra su antebrazo junto a la marca que por años no ha querido ver.

El más bajo la observa, aun sin expresión.

–No tengo una –dice con calma, queriendo retomar su tarea.

–¡Es imposible!

–Si no haces silencio, deberé pedir que te retires.

Katsuki lo toma de los hombros, con fuerza esta vez, no queriendo que huya.

–Hicimos conexión, lo sentí al mirarte. Tienes que ser mi alma gemela.

Midoriya suspira largo.

–No he sentido el vínculo –empuja las manos del más alto. Vuelve a sujetar el carrito– Tampoco tengo una marca, no soy tu alma gemela –finaliza, siguiendo el rumbo hacia los estantes de libros.

Katsuki le ve alejarse, aun conmocionado. No tiene sentido que él sintiera algo tan fuerte y el otro se mostrara totalmente indiferente.

No es así como se supone es el encuentro entre almas gemelas.

¿Sería posible que se equivocara?


Nota de la autora:

Historia nueva, sin omegaverse (otra vez). Espero que al usar dos universos entremezclados no me contradiga en ningún punto xD

Esta historia nace tomando como base la idea central de otras dos mías: "Mal de amores" y "La escancia de las almas".

La primera (en wattpad y ao3), en donde los corazones se rompen, aunque acá lleva su toque macabro, ya que luego de romperse, se pudren matando a la persona.

La segunda, sobre almas gemelas en donde las personas nacen con una marca en sus antebrazos y deben encontrar a otra con la misma marca.

En ambos casos, las ideas se irán profundizando conforme avance la historia.

En inicio era una historia corta, pero tras el último cambiazo que le di a la trama (porque sí, ya empecé a hacer cambios y apenas va iniciando) se extendió a 30 capítulos. Esperemos que eso se reduzca o mi velocidad de actualizaciones se acelere.

Ya veremos que sucede primero.

Por lo pronto, ¿Qué les parece hasta ahora la idea? ¿Todo claro? ¿Dudas?