La alfombra roja se siente inmensa. Los fotógrafos y sus grandes cámaras lo intimidan. Los periodistas con sus micrófonos y sus rostros ávidos de respuestas lo ponen nervioso.
No quiere creer que es ella la que lo pone como un tonto, pero la evidencia es clara y abrumadora: verla después de seis meses lo ha afectado.
Él creyó que la tenía superada, que solo fue un enamoramiento fugaz producto de la cercanía, de la complicidad y la alegría que le contagio todos los meses que convivieron muy de cerca en el set de grabación. Sin embargo, la realidad es brutal y se muestra sin matices que puedan sesgarla: ella está ahí ahora, parada a su lado, tomando su brazo con ternura, y eso es lo que lo afecta tanto.
Él, Remus John Lupin, se ha enamorado de ella, Nymphadora Andrómeda Tonks.
Y ahora, mientras posan para las cámaras, mientras son cegados por los flashes, mientras sonríen y se toman del brazo, luciendo como eternos enamorados, él se pregunta si esa sigue siendo la actuación para publicitar la película o, por otro lado, ha dejado que sus sentimientos salgan a flote.
Eso podría arruinarlo todo.
¿Qué tan beneficioso sería para su impoluta carrera, construida con esfuerzo, sudor y lágrimas, que empezara a salir con una mujer trece años menor?
Sonríe sin pensar, es un tonto. No hay manera de que Dora —el apodo que le dio cuando ella mostró su negatividad de ser llamada por su nombre— comparta sus sentimientos.
Pero no está prohibido soñar.
Ahora, mira a Dora y le sonríe. Ella lo mira y sonríe, apretando su brazo un poco más, apegándose más a él, compartiendo su calidez. Los dos se sonríen y los flashes de las cámaras los ciegan. Esa es una buena foto, piensa Remus, y servirá para adornar un buen número de páginas de revistas.
Espera poder llevarse un par de copias a casa.
