Capítulo 8

Palabras y cadenas

"La bendición de la memoria es que puedes recordar;

su maldición, que nunca recuerdas lo que deseas recordar.

La bendición del olvido es que te permite olvidar,

pero su maldición es que olvidas lo que no querías olvidar."

-Bellas palabras. Un comienzo tan bueno como cualquiera para un poema de calidad.

Yang sonrió para sí mismo, antes de recordar lo que lo había llevado a este momento en particular.

FLASHBACK

-¿Se usa así?

-¡no! ¡Sólo la llevas en el pecho cuando se activa! ¡Debes ponerla en tu cintura! ¿Dónde está tu cinturón woo-foo?

Yuki había apagado su computadora, y escondido todos sus cuadernos, libretas y material de trabajo por el día. Incluso, había llegado tan lejos como para levantarse antes que él, y había cancelado cualquier compromiso que tuviese. El conejo protestó toda la mañana, mientras la shinigami no paraba de contrarrestar cada uno de sus argumentos. Llegó a convencerlo sólo alrededor del mediodía, y aún así, ya habían perdido buena parte de la tarde.

-¿Qué están haciendo?

Yin acababa de volver de su turno matutino, pero al haber almorzado en el trabajo, no tenía idea de lo que los mantenía tan ocupados. Miró el reloj de la pared, viendo que eran las tres menos cuarto.

-¡Uh, debo volver! ¡El turno tarde comienza en quince minutos!

-¡Yin! ¡Espera!

Su hermano parecía desesperado, y su hermana decidió apiadarse de él, al menos por esta vez.

-Volveré a preguntar, ¿qué están haciendo?

-El tonto de tu hermano aquí no sabe cómo ponerse la insignia de segador de almas sustituto. ¡No, no es así!

Yin descubrió el problema rápidamente. Su hermano, en cambio, continuó protestando, pero sus quejas cayeron, una vez más, en oídos sordos.

-A ver, ¿es así?

Casi automáticamente, Yin extrajo la medalla de uno de los bolsillos de su traje, colocándosela a la altura de la cintura, donde colgó de forma grácil.

-¡Sí! ¿Ves, Yang? ¡Bien hecho, Yin!

-Uh, ¿cómo lo haces? ¡no quiero llevar mi cinturón de caballero woo-foo en entrenamiento por todos lados!

-Es verdad. Poca gente sabe que estamos con todo esto de los espíritus.

-¡sí, y además es incómodo!

Ambas chicas pusieron los ojos en blanco, mientras el conejo fruncía el ceño, quitándose la medalla del lugar que Yuki le había designado –y colocado a la fuerza-, y la arrojó por el salón, indignado.

-¡Oye! ¿eso no es un juguete!

Yuki fue a levantar la medalla del suelo, ante la diversión de los conejos.

-Eso me recuerda. Yuki, ayer, Uryu me dijo que estas insignias le pertenecían a alguien más. ¿Eso es cierto?

-¿Las robaste?

Yin había ido con cautela, mientras que su hermano no tenía reparos en saber lo que fuera.

-¡Claro que no!

-Pero ¿le pertenecían a otra persona antes de que fueran nuestras? –la coneja intentó suavizar el tema.

-Eh, sí. Eran una sola, no sé por qué se duplicaron. Uf. ¿Eso importa?

-Esto es muy chiwa y todo, en serio, pero si eran de alguien más, ¿por qué dárnoslas? Digo, ¿eso no es ilegal ni nada?

-¡Oigan! –Yin los interrumpió-. Acabo de recordar algo. Yang, Lina me pidió que te diga que tiene ganas de leer un adelanto de tu último libro. No me importa, pero quizás puedas darme algún borrador o algo.

-Está bien. Yuki, ¿por favor me darías mi cuaderno azul?

-espera, ¿qué hace Yuki con tus cosas? Ay, amiga, no sabía que fueras asidua a leer poesía.

-¿Qué? ¡Oh, eso! Jeje... ¡En un momento, Yang!

Yin iba a decir algo, cuando la paloma regresó con el susodicho cuaderno, cubriéndose la cara.

-¡Gracias! Hey, ¿qué ocurre?

-¡Oh, no es nada!

Pero en lugar de pasárselo al conejo, Yuki optó por arrojárselo a Yin, que lo atrapó al vuelo, desconcertada.

-Espera, ¿de qué te estás riendo? ¿Yin! ¿Tú también? ¿De qué se ríen?

-¡Oh, no puedo evitarlo! ¡es simplemente gracioso!

Yuki se echó a reír, rodando por el suelo. Yang se dio la vuelta, creyendo que su hermana lo obedecería, pero ella se echó a reír también y, abriendo una página al azar, comenzó a leer en voz alta:

-¡Sólo escucha esto! "En el cielo, veo estrellas; en el campo, espinas; y en el centro de mi pecho, ¡una hormiga, una hormiga!" ¡Ah, y escucha éste! "Ayer me quedé dormido mientras miraba un partido. Soñaba que era un queso, ¡y ay, el capitán me comía! Mi cabeza era la pelota y, tras el gol, ¡todos de mí se reían!"

-¡Oh, dame eso!

Yin le arrojó el cuaderno a Yuki, lejos de sus manos.

-¡Mi favorito es éste! "En mi sueño, hay un conejo amarillo que me da la espalda; lo miro, no sabe que lo veo, pero, ¡oh! ¡No hace nada, no hace nada!"

-Mejor no te molestes, Yang, ya puedes pasarte un día por la clínica y darle tu... adelanto a Lina, sólo procura ir cuando esté vacía, ¡para que no se nos mueran los pacientes de la risa!

-¡Oh! ¡Y no te olvides de este otro! "El otro día pasé por tu casa, te canté una serenata y tú, al mirar por la ventana, me regalaste todas las flores de tu casa; la próxima vez, amor, ¡quédate con el florero, casi me ahogo con el agua!"

-¡oigan, basta! –Yang se sonrojó a más no poder, se cubrió las orejas, aunque con pocos resultados-. ¡Al menos Lina sabe reconocer el arte cuando lee mis poemas!

-Yuki, ¿alguna otra lectura que quisieras compartir? ¡Me quedan cinco minutos!

-¡Oh! ¡Aquí hay algo bueno! "El mundo es un bote: si estiro la mano, puedo tocar las nubes; si me dejo llevar por las olas, pierdo la noción del tiempo, los remos y el ancla; si miro el horizonte, me pierdo entre las nubes, o las tormentas me llevan al sur y me arrojan en el norte. No sé de travesías, lo mío es hacerme a la mar, y flotar, y flotar. Si avistara tiburones, con el azote del mar, me sobresaltaría con la espuma de la rabia marina en las bocas que se avecinan por un bocado de madera salobre. Sé que gritaré: "¡por favor, no me coman, no me coman! ¡No rompan mi bote, no sé nadar, no sé nadar!"

Yin dejó de reírse por unos instantes, secándose algunas lágrimas.

-Oye, ése al menos no estuvo tan mal. No creo que un niño de jardín pudiera escribir tantas palabras seguidas de una sola vez.

Yang suspiró, al tiempo que Yuki le devolvía el cuaderno, finalmente. Yin volvió a fijarse en el reloj, y comenzó a salir hacia la puerta.

-¡Nos vemos más tarde! ¿Y Yang...?

-¿Qué, hermana?

-Espero que consigas colocarte la medalla correctamente. En serio, deberías tratar de estar más ocupado.

Justo cuando se cerraba la puerta, Yang golpeó la pared, frustrado.

-¿Sabes qué? Acabo de recordar que tengo trabajo.

-Pero Yang, aún tienes que...

Enfurruñado, el conejo se encaminó hacia su habitación, cerrando la puerta con fuerza. Se arrojó a su cama y, acto seguido, lanzó el cuaderno por encima de su hombro, con tanta mala suerte que éste rebotó en un estante del lado opuesto de la habitación, volvió a rebotar, ahora contra el poste de su cama, y acabó por golpearlo en la cara, abriéndose sobre él como un sombrero.

-chiwa. Ellas tienen razón, soy un desastre. ¡Espera un segundo! ¡Lo tengo!

FIN DEL FLASHBACK

Yang acarició su lápiz, admirando su más reciente trabajo, aunque le llamó la atención lo que sucedió a continuación.

Repentinamente, las palabras brillaron sobre el papel, antes de que las mismas se movieran mágicamente por la página, cual hormigas, caminando desde el centro hasta posarse en la parte superior, como invitándolo a continuar.

-¡chiwa!

Nuevas palabras, cual relámpagos, acudieron a su mente, y no se demoró en ponerlas sobre el papel, justo por debajo de los primeros cuatro versos.

"La memoria es el espejo del alma,

el olvido es la sombra al fondo de la imagen reflejada.

El alma brilla en los bordes del espejo,

en sus contornos, se consumen sus reflejos.

Dos siluetas moviéndose al compás del silencio,

el alma dividida en dos gritos paralelos.

El alma cabalga sola en la muralla,

y aunque busca, aunque busca, no se halla:

somos las sombras de dos miradas,

me veo y soy visto por un desconocido.

Una estrella girando en el abismo,

en el juego de espejos, somos espejismos."

-¿Está todo bien?

Yang se sacudió, dándose cuenta sólo entonces de que acababa de quedarse dormido. Frente a él, las últimas palabras se siguieron de más palabras, aunque no recordaba haberlas escrito, al menos no conscientemente. ¿las habría escrito dormido?

"Espiral de cielo y de infierno,

todo dentro y fuera al mismo tiempo;

por fuera no se ven las ventanas,

y una vez adentro, es invisible el centro.

El alma gira y va cayendo,

infierno y cielo separados por un espejo."

-¿Tú escribiste eso? ¡Waw! ¿Puedo leerlo?

-Sólo si prometes no reírte de mí.

-Prometo no reírme.

Mientras Yuki leía, absorta, su última creación, el conejo no podía parar de preguntarse si realmente él había sido el autor de aquellos versos. Quizás, finalmente, estaba comenzando a mejorar. ¡Sí! ¡volvía a encontrar su rumbo! Su último libro publicado había sido casi un completo desastre, pero al menos los adornos y el sinsentido general de todo habían bastado para evitar los comentarios maliciosos.

-¿Qué te parece?

Yang sonrió, pero su expresión se agrió en segundos.

-Ya sé, no soy el mejor escritor del mundo. Nunca ganaré un Novel, ni nada, pero eh, ¡al menos lo intento!

Yuki continuó mirando fijamente cada palabra, y ella misma parecía sinceramente anonadada.

-Uh, no tienes que ser cortés conmigo, ¿sí? Entenderé que pienses lo que quieras. No es física cuántica.

-¿Desde cuándo?

-Eh, ¿desde cuándo, qué?

-¿Desde cuándo escribes poesía?

-Eh, bueno... –Yang carraspeó, antes de aclararse la garganta-. Digamos que, cuando era pequeño, me gustaban otras cosas. Pero desde que mi padre nos dejó, escribo para desahogarme principalmente.

-Dime, entre tus influencias ¿está el Ramo de cristal?

-Bueno, recuerdo haber visto E.T., Star Wars, y consumir muchos, muchísimos cómics de superhéroes. Espera, ¿qué?

-Nada. Hmm, ¿te importaría que una shinigami algo torpe escribiera sus pensamientos en tu libro?

-Eh, es un cuaderno. El documento definitivo siempre va en la computadora, ya. Obviamente, no puedo utilizarla en este momento, aunque quisiera. Por cierto, ¿ya puedo tener mi notebook, por favor?

-Sólo si me dejas anotar algo en tu cuaderno, ¿sí? Es algo tonto... Mejor no insisto.

-Ten.

Le pasó el cuaderno, y ella giró la hoja, aceptando, con cierta cautela, el lápiz que el conejo le ofrecía. Escribió sólo dos líneas.

"Hay mariposas infernales por todas partes;

en verdad, el nombre les queda: miles gritan mientras las veo volar."

-Eh, ¿qué significa esto?

-Nada. Olvídalo.

Antes de irse, sin embargo, agregó:

-Interesante lo que tienes allí. Si no fuera una paráfrasis, sería un crimen. Pero es sólo otro clásico, viejo como el polvo.

Tras el último comentario, Yuki salió de su habitación, dejándolo con la palabra en la boca.

-Detesto mi vida –dijo Yang, caminando la tarde siguiente por la ciudad.

Llegó al lado de una fuente, arrojando una piedrita en su interior, que rebotó trazando círculos en el agua. Estaba a punto de marcharse, aburrido hasta la muerte, cuando algo que brillaba bajo la superficie pareció emerger con su lanzamiento.

-¿Y esto?

Yang se agachó para apoderarse de la moneda plateada y cuadrada con una rosa, que acabó por captar su atención.

-¡Oh! –una voz cantarina a su espalda lo distrajo de su contemplación-. ¡Veo que las monedas antiguas están de moda por estos días! Eh, ¿es tuya? ¿Estás pensando en tu deseo?

-¿Orihime? ¿Qué haces por aquí?

-Oh, sólo paseaba. ¡mira! ¡por allí viene Tatsuki!

-Espera, ¿eres amiga de esa chica? ¿cómo la soportas?

-¡Pero si es mi mejor amiga!

La liebre adolescente se acercó por el camino opuesto, sin darse cuenta de la presencia del conejo, o quizás simulando que no lo había visto.

-¡Orihime! ¡Tienes que tener más cuidado!

-Oye, relájate. No hay huecos por aquí, ¡y hace un día demasiado precioso para que cualquier cosa lo arruine!

-Entonces, ¿sabes lo que es esto?

Ambas chicas se voltearon para mirarlo, con Orihime ofreciéndole una sonrisa de diez soles, y Tatsuki prometiendo un nubarrón.

-¿No sabes lo que es una moneda antigua de la fortuna? ¿últimamente, aparecen por todas partes! Pues bien, ¡son simplemente eso! ¡Monedas de la fortuna!

-¿Qué cosa?

-¿Eres retrasado o qué? Una moneda de la fortuna es eso, gran tarado.

-¡Hey! ¡Los insultos no eran necesarios, muchas gracias!

Tatsuki iba a propinarle un golpe, pero afortunadamente para Yang, Orihime la detuvo.

-Simplemente cierra los ojos, pide un deseo y arroja la moneda por ahí. Así funciona. ¡Mira!

La coneja blanca sacó una de su vestido, de color jade con un corazón anaranjado en su superficie, y, al cerrar los ojos, lanzó la moneda hacia la fuente, donde desapareció instantes después.

-No quiero parecer entrometido, pero ¿qué pediste exactamente?

-Se supone que sea un secreto, si no ¿cómo crees que se hará realidad? En serio, ¿y este tipo es escritor?

-Ya entendí, ya entendí.

Yang se concentró, cerrando los ojos, pensando en alguna cosa. Aunque muchos deseos cruzaban su mente en ese momento, intentó despejarse, pensando en algo específicamente importante que quisiera.

Para sus adentros, deseó poder viajar al mundo de Yuki.

Justo cuando iba a tirar su moneda, alguien lo empujó hacia delante, y se encontró cayendo junto con su amuleto en la enorme fuente, empapándose hasta los huesos.

-¡Tatsuki! ¡Eso no es justo! ¿cómo se cumplirá su deseo si se cae junto con la moneda? ¡No se supone que funciona así!

-¡me las vas a pagar, dentuda!

-¡Te lo merecías!

-¡Claro que no!

Yang se hundió en el agua espumosa, negra y sucia, antes de volver a emerger.

-¡Te lo estabas buscando con ganas!

-¡Te mataré!

Sin querer, activó su insignia shinigami, y tanto su cuerpo como su alma salieron disparados fuera de la fuente, estrellándose contra un árbol.

-¿Estás bien?

Orihime corrió a su lado, mientras Yang se sacudía el agua.

Un segundo después, se levantó de un salto, apoyándose en un palo. Por alguna razón, tanto Orihime como Tatsuki gritaron, y Yang habría preguntado el motivo, si no fuera porque descubrió el origen del susto justo entre sus manos.

No era un palo lo que lo sostenía, sino una espada. Ésta, sin embargo, permaneció dentro de su vaina, y el conejo se encontró incapaz de hacer nada.

-Mejor nos vamos. Orihime, tú vienes conmigo. Este idiota es un imán de problemas.

-Pero...

-¡Esperen!

-¡Hola!

Yuki apareció a un lado de las chicas, cargando un bolso de compras.

-¿Tú estás con este idiota? –Tatsuki habló con sorna.

-¿Quién, Yang? Me estoy quedando en su dojo.

Yang fue a incorporarse, olvidando que seguía apoyado en la espada aparecida de la nada, por lo que acabó dándose de cara con el suelo.

-Ese chico necesita ayuda, en serio.

Con eso dicho, coneja y liebre desaparecieron por una esquina, al tiempo que la paloma se apresuraba a socorrer al segador de almas sustituto en entrenamiento, si es que ese título se le podía aplicar.

-Oye.

Yuki fue a desactivar su insignia, hasta que descubrió la espada, sosteniéndola con fascinación.

-Wow. ¡Qué hermosa zampakutou! ¿Cómo se llama? ¡Yang, no me dijiste que tenías una zampakutou!

-Eso es porque no la tenía. Acaba de materializarse de la nada en mi mano.

-Oh. Interesante manera que tienes de usar tu zampakutou.

-Chiwa.

Ayudado por Yuki, Yang desactivó su insignia, y ambos caminaron en silencio por un tiempo.

-Así que es con esta espada con la que luchas, ¿eh?

-Sí. Pero por alguna razón, últimamente he tenido problemas con la mía.

-¿No tienen alguna clase de ferretería para espadas cuando eso pasa?

-¿Qué cosa?

-¿O herreros, o alquimistas, o lo que sea?

-Oh, de donde vengo, había una tienda con artículos para shinigamis. Aquí, sin embargo, me ha costado encontrar los suministros necesarios. ¡Ni hablar de arreglar una zampakutou aquí! Podría acabar generando una explosión masiva de reishi o algo así.

De repente, el denreishinki de Yuki comenzó a sonar, consiguiendo que ambos se sobresaltaran.

-Tal parece que harás uso de tu zampakutou más pronto de lo que pensaba. ¡vamos!

Ambos corrieron en dirección de la presencia de huecos indicada por el aparato, deteniéndose en un lugar familiar.

Yang tragó saliva, horrorizado.

-¡La clínica!

-¡Rápido! ¿Activa tu insignia, Yang!

-¿Claro!

Yang lo hizo, saliendo de su cuerpo en su nueva vestimenta shinigami. Yuki lo imitó, siguiéndolo tras salir de su gigai.

Ambos ingresaron a la clínica, donde alrededor de una treintena de seres yacían inconscientes, y donde seis huecos de al menos tres metros de altura se preparaban para un festín. De hecho, uno de ellos habría comenzado a comer almas, pero Lina tuvo la suerte, o la desgracia, de interponerse en su camino.

-¡Oye tú! ¡No puedes venir aquí sin un turno!

-¡miren! ¿Hay un aperitivo justo aquí!

Lina intentó atacarlo con una espada de bambú que guardaba por seguridad en su escritorio, pero el hueco no pareció afectado por su golpe. La empujó contra la pared más cercana, echándole su aliento putrefacto en toda la cara.

-¡Tú! ¿Detente!

Yuki se lanzó a la batalla, mientras el conejo a su lado iba despertando a los pacientes inconscientes.

-¡Espera! –uno de los cinco huecos restantes se adelantó, mirándola-. ¡necesito ayuda!

-¿Qué?

Yang se colocó a su lado, desenvainando su zampakutou, una espada delgada de mango azul y hoja blanca, con dos pequeñas alas a modo de guarda, en turquesa.

-¡Te ayudaré encantado! ¡Toma esto!

El hueco que se estaba a punto de zampar el alma de su novia se detuvo de repente, sintiendo otra presencia en la habitación.

-¿yang! ¿Yuki! ¡Lina está en problemas!

Yin acababa de aparecer viniendo del fondo de la clínica, ya lista. Yang acababa de compromenterse con el hueco lloroso, pero Yuki la escuchó, y fue a ayudarlas.

-¡Espera! –el hueco fue arrojado a un lado por el conejo, derribando un par de cuadros-. ¡Necesito tu ayuda! ¡EL hambre me está matando!

-¡Te daré algo para que comas! ¡Un sándwich de nudillos! ¡Acompañado de Zampakutou!

-Espera –Yin se colocó a su lado, escaneando a los cinco huecos que, a diferencia de su supuesto líder parecían asustados por alguna razón-. ¿Qué les pasa a estas criaturas?

-¡Obviamente están buscando almas para devorar!

Yang fue a dar un paso, cuando algo cayó de su bolsillo, volando por el aire, hasta ser atrapado por el hueco que acababa de apalear.

-¡miren, chicos! ¡finalmente podremos cumplir nuestro sueño de cuando seguíamos vivos!

-¿eh? ¿De qué está hablando? –Yang se preguntó, desconcertado.

Yuki se estrelló a su lado, un chichón considerable se estaba formando en su cara.

-¿Qué están haciendo? ¡Tienen que usar sus zampakutous para acabar con ellos!

-Un segundo, amiga. Mira –Yin le señaló al quinteto, aparentemente más pacífico-. ¿No lo ves?

De hecho, los cinco huecos se pasaban uno de los borradores del conejo entre ellos, mientras parecían quedar embelesados por su contenido.

-Parece que tu poesía horripilante le gusta a alguien, hermano. Urra.

Los cuatro huecos miraron al conejo, acercándose a él. Yang estaba a punto de atacar de nuevo, cuando uno de ellos habló:

-Cuando vivíamos, éramos empleados de una editorial. Pero cuando los autores se hicieron famosos, abandonaron nuestra humilde empresa, y tuvimos que cerrar. La semana anterior, unos ladrones entraron al lugar, buscando dinero; al negarnos a decirles dónde lo teníamos, nos mataron a tiros. Creíamos que era nuestro fin, cuando nuestro jefe reapareció, y nos ofreció vengarnos.

-¿Quién es su jefe? –Yang bajó su zampakutou, dispuesto a escuchar, ahora más comprensivo.

-¡Soy yo! –el hueco que acababa de golpear a Yuki se rió, sujetando a una Lina inconsciente de su cuello con su enorme mandíbula-. ¡Y mientras trabajen para mí, nadie podrá evitar que cumpla con mi propia venganza! ¡Juntos, nos comeremos las almas de todos aquellos ingratos que nos abandonaron! ¡Las editoriales grandes sufrirán el mismo destino que la mía! ¡Escritores y editores por igual conocerán la ira del Corregidor!

-¡mejor búscate otro empleo! –Yuki se sobó su chichón, antes de intentar conjurar un hechizo, pero la magia no le venía-. ¡Oh, no otra vez!

-¡Y otro nombre también! –Yin se burló de él.

-¡ustedes! ¿Qué están haciendo? ¡Acaben con todos!

-¡Corran! –gritó Lina, pateando inútilmente el cuello de la bestia.

Todo el mundo intentó escapar, pero las puertas estaban trabadas con un trozo de hierro. Yang y Yuki habían ingresado por las ventanas.

-¡Todos, salten por las ventanas! –gritó Yin, descubriendo el problema.

-¡Están escapando!

Yang le cortó el paso, blandiendo su arma en su cara. El hueco, simplemente, le lanzó a su novia, y el conejo, tomado por sorpresa, dejó caer su zampakutou, recibiendo a Lina en brazos, y amortiguando así su golpe.

-¡ja, ja! ¡esto es un juego de niños!

-¡pero jefe! ¡Finalmente hemos encontrado a nuestro escritor! ¿Escuche esto! –uno de los huecos restantes recogió el montón de hojas del conejo.

Otro leyó por él:

-"Yo puedo escribir mal, pero no importa! ¡las rosas son rojas y las manzanas también!"

Yin, Yuki e incluso Lina se echaron a reír, sin poder evitarlo. Incluso el hueco líder, repentinamente distraído, había sucumbido a la risa.

-¡Eso es lo más tonto que he escuchado en mi vida!

-¡Rápido, chicos! –Yuki llamó su atención-. ¡Deben atacar ahora!

-¿E-estás segura? –Yang se estaba cuestionando la maldad de estas criaturas.

-Sí, estos tipos parecen buenos –su hermana agregó.

-¡Es el momento justo!

Ambos conejos aceptaron, a regañadientes, y saltaron en el aire. Yang golpeó a dos de los huecos más cercanos, con su hermana imitándolo y atacando a los tres a su derecha. De repente, los cinco huecos comenzaron a brillar, adquiriendo una forma diferente; todos eran espíritus de empleados, con sus ropas de trabajo todavía puestas.

-¡No! ¡Aún no les estoy pagando indemnización por despido!

-No te preocupes, tú los acompañas. –Yuki sonrió, consiguiendo convocar su poder finalmente-. ¡Hadou número 33, Soukatsui!

El hueco gritó, antes de que también él comenzara a brillar, volviendo a ser un simple editor. Su rostro malhumorado les regaló un gruñido, por lo demás inofensivo.

Los seis ciervos, todos blancos, fueron ahora reconocibles. Ellos los miraron con desconcierto. Todos tenían una cadena brillante unida a sus pechos, donde debería haber estado el corazón.

-Ahora, deben cortar sus cadenas del alma.

-¿Qué cosa?

-Creo que se refiere a esas cosas en sus pechos –indicó Yin, recibiendo un asentimiento de la shinigami oficial-. ¡Lo tengo!

Yin blandió su zampakutou recién adquirida (acababa de obtenerla hacía poco, lejos del conocimiento tanto de su hermano como de la shinigami), una espada de mango rosa, con la guarda en forma de dos rosas cruzadas, una roja y la otra blanca, y la hoja en amarillo. Con ella, cortó la cadena del primer ciervo, quien le sonrió.

-¿Gracias! ¡Y gracias a ti, chico!

-¡Sí! ¿Finalmente podremos descansar en paz! –exclamó el que Yang estaba atendiendo.

-¡No! ¡Todavía no he podido vengarme! –el jefe lloriqueó, siendo atendido por Yuki.

-No te preocupes. En la otra vida, tendrás toda la eternidad para quejarte. Adiós.

Yuki consiguió cortar su cadena con los restos de su última técnica.

Una vez los seis espíritus hubieron desaparecido, Lina les sonrió.

-Con que de eso se trata todo lo de los shinigamis, ¿eh?

-Sí, algo así –Yang se rió, nervioso.

-¡Miren este desastre! ¡Tenemos que limpiar y arreglar todo antes de que la gente regrese!

Yin desactivó su insignia, reapareciendo instantes después con un trapeador.

-Y por cierto Yang, ¿sabes qué? –Lina se le acercó, con una gran sonrisa en toda su cara.

-Eh, ¿éste es el momento en el que me agradeces por salvarte? Oye, mi talento no te deslumbró demasiado, ¿no?

-No te apresures en darme ese cuaderno. Creo que esperaré a poder leer el libro terminado.

-¡Chiwa!

Todos se echaron a reír, incluso Yang se unió a la carcajada, disfrutando el momento a pesar suyo.

Ya podría pensar en mejorar su terrible poesía más tarde.