Capítulo 23
El baile de las luciérnagas
Yang entró en su mundo interior rápidamente. Esta vez, la selva se encontraba llena de vida.
El conejo saltó entre las ramas de los árboles, observando a las criaturas que poblaban el lugar. Sobre todo simios, como chimpancés, bonobos y hasta algún que otro orangután. NO vio gorilas, pero no estaba seguro de si sentirse sorprendido o aliviado por ese hecho, en especial porque su episodio en Campamento masacre 9 con su hermana y padre seguía trayéndole malos recuerdos.
Bajo sus pies, miles de especies de insectos y plantas le regalaban un arco iris multicolor. Un enorme helecho, que llegaba hasta su altura, estuvo a punto de hacerlo caer, hasta que consiguió agarrarse de una rama cercana y volver a estabilizarse.
-Chiwa, no me quejo, pero ¿era necesario tanto... colorido?
Yang se sentó en la rama, sin saber qué hacer a continuación. Arriba, un sol enorme alumbraba el horizonte.
-Psst. Yang, ¿qué rayos estás haciendo ahí?
-¿Eh? ¿Quién está ahí?
-¡Soy yo, conejo descerebrado!
-¿Hotaru?
-¿Qué estás esperando? No estás pensando en quedarte sentado los tres días hasta que se te frite el cerebro, ¿verdad?
-¿Qué? ¡No! ¿Y dónde estás, si puedo saber?
-Aquí abajo, tonto. No temas, me deshice de las arañas e insectos venenosos.
-¿Arañas? ¿Insectos venenosos?
-Bueno, más bien les dije que necesitábamos el lugar para nuestra pelea, pero tú me entiendes. ¡Oh, baja de una vez! ¿O es que eres un cobarde?
-¡No soy un cobarde!
Provocado por su comentario, el conejo saltó de rama en rama, hasta que sus pies tocaron el suelo húmedo.
-No te ofendas, pero ¿no te parece que este lugar es un poco estrecho para una pelea?
-Oh, en absoluto.
De repente, los árboles a su alrededor se abrieron, convirtiendo el área en una suerte de claro de la jungla. Delante del conejo, apareció su Zampakutou, y Yang tuvo que admitir que no se veía nada mal.
Una mujer menuda, más alta que él por un par de centímetros, de complexión atlética, rostro delgado y tez morena, cabello castaño y ojos lilas lo saludó. Yang imitó su reverencia, no menos impresionado por ver cara a cara a su Zampakutou. Su vestimenta consistía en un karategi y akama de combate con tonos de azul, blanco y amarillo, mientras que sus pies calzaban sandalias negras terminadas en puntas de acero. Un cinturón blanco de artes marciales se ceñía a su diminuta cintura, y su largo y fino cabello cubría algo en su espalda.
-Chiwa, no te ves nada mal, amiga.
-Concéntrate, ¿quieres?
Sin otra palabra, silbó al aire y, acto seguido, dos espadas idénticas cayeron del cielo. Hotaru atrapó la suya, mientras que Yang se cortó la mano atrapando su propia espada por la hoja, lo que le sacó un chillido.
-¡Ay! ¡Avisa la próxima vez!
-No habrá una próxima vez.
-¿Es todo? ¿Se supone que nos golpeemos hasta la muerte? ¿Por qué?
-No tienes el tiempo para discutirlo. Pero si tengo que matarte para evitar que tu mente se haga pedazos, será mejor que no me hagas perder el tiempo. Decídete ahora si quieres luchar o no, y harás esto más fácil.
-¡No quiero pelear contigo!
-OK. Entonces te mataré rápidamente.
-Bueno, yo... ¿Qué?
Antes de que el conejo pudiera reaccionar, Hotaru se le abalanzó a toda velocidad, y fue por puro acto reflejo que esquivó su estocada, que le habría arrancado la cabeza. La Zampakutou giró en el aire antes de aterrizar a casi cinco metros detrás suyo, volteándose para señalarlo con la punta de su espada en gesto de burla.
-¿Estás loca? ¡Cuando dije que no quería pelear contigo quise decir que podemos resolver esto hablando, no que podías rajarme a la mitad!
-Estás siendo infantil.
Hotaru saltó hacia él en un instante, y Yang apenas fue capaz de atajar su golpe con su espada, siendo empujado contra un montón de hojas secas, lo que lo hizo resbalar por varios metros, hasta chocar contra un árbol.
-Yo vivo aquí ahora, no eres sólo tú. Y no me importa qué se te haya metido en la cabeza, pero adoro este lugar, ¡no lo vas a arruinar por tu cobardía!
-¡Creí que éramos socios!
Yang estuvo por perder el equilibrio cuando una serie rápida de golpes casi lo sorprenden, obligándolo a rodear el árbol contra el que acababa de chocar, el cual se partió en dos por la furia de las envestidas de su adversaria.
-¡Quizás no debamos serlo! ¿Y se supone que vas a dominar el Bankai? ¡Ni siquiera podrás liberarlo a este ritmo!
Yang fue lanzado con fuerza por los aires con la siguiente estocada, atravesando una veintena de ramas y enredándose entre incontables enredaderas.
-¡Chiwa, está bien! Si así va a ser... ¡Chi-foo-wa!
Yang se desenredó de su prisión, antes de utilizar las plantas como una liana gigante, impulsándose hacia delante y pateando a Hotaru. Grave error, ya que su pie se encontró con la hoja de su espada, y acabó por rebotar hasta volver al suelo, donde se aferró el pie sangrante, habiendo tenido suerte de recibir el corte en su planta en lugar del tobillo, de lo contrario le sería imposible pararse en ambos. Aunque ya le era difícil sostenerse por el dolor.
-Creo que me equivoqué. No debí elegirte como mi portador en primer lugar. No debí prestarte mi poder para vencer a ese lunático.
-¿Cómo puedes decir eso?
Yang estaba sinceramente dolido. Cada comentario despreciativo era un puñal en su corazón.
-Quiero decir que me avergüenza ser tu compañera. Cuando te mate, iré a buscar a un mejor portador, uno que tenga las agallas de enfrentarse al peligro sin lloriquear tanto.
-¡Oye! ¿Yo no lloriqueo!
-¡Eres un conejo tan llorón! ¡Me avergüenzas!
-¡E-eso no es verdad!
Yang estaba empezando a enojarse. La siguiente vez, esquivó sin problemas los golpes de Hotaru.
-¿Nunca vas a crecer, Yang! ¡Prefieres esconderte en tus libros y echarle la culpa de todos tus problemas a los demás!
-¡Basta!
-Se acabó, voy a terminar esto ahora.
Hotaru cambió de táctica, y su espada brilló, antes de disparar un conocido rayo de luz, que el conejo esquivó por un pelo. A sus espaldas, una cuarta parte de la selva fue mermada al instante.
-¡Oye! ¡Mira adónde apuntas eso! ¡Vas a destruir todo el lugar!
-¡Gracias por el consejo! ¡No fallaré la próxima vez!
Hotaru disparó una vez más, pero Yang acababa de decidir que no dejaría que destruyera la selva. Se protegió con la espada y, cuando pudo volver a abrir los ojos, descubrió, anonadado, que ésta había desaparecido.
Sobre su cabeza, a varios metros sobre los árboles supervivientes, Hotaru lo observaba con diversión. ¿Estaba flotando? ¿O volando?
Yang abrió mucho la boca, y agradeció que los insectos no los estuviesen molestando, o se habría tragado un centenar. Hotaru estaba volando, utilizando un par de diminutas alas brillantes que emergían de su espalda, similares a las de un hada.
-¿Ahora también puedes volar?
-Tengo alas de luciérnaga, gran tarado. Entonces, ¿vas a luchar sí o no?
-¡Voy a luchar! ¡Y te probaré que soy un portador digno!
-Eso está muy bien –descendió para ponerse a su nivel, enfrentándolo con los brazos cruzados-. Pero ¿cómo vas a hacerlo sin un arma?
Yang intentó convocar sus puños del dolor, pero le fue imposible. Ofuscado, le lanzó una mirada de hastío a la Zampakutou.
-Una cosa más, genio. Mira a tu alrededor.
El conejo lo hizo, descubriendo que se encontraban a metros de una cascada. Sin embargo, algo andaba mal. ¿Dónde estaban todos los animales de la jungla? ¿O los peces, en este caso? ¿La pelea los habría ahuyentado?
-¿Qué está pasando? ¿Tu último ataque mató también a los animales?
-No-o.
Hotaru silbó, y un mono araña salió de entre unos matorrales a su derecha, dirigiéndose raudamente hacia la cascada, al parecer ignorándolos. Antes de que hubiese conseguido llegar al agua, el animal chilló de miedo, y desapareció en medio de su carrera, como si alguien acabara de arrancar una figurita de una revista.
-Ya ves, no soy yo. Eres tú quien está ocasionando esto. Ya llevamos un día y medio en esta pelea. Y cuanto más tiempo pase, más criaturas desaparecerán, hasta que no quede nada.
-¡Noooo! ¡Por favor, tienes que hacer algo!
-Es tu mundo interior, no el mío. Incluso prestándote mi poder, sólo aguantarías un día más de lo estipulado.
-¿Qué hago, qué hago?
-Te propongo un trato. Si peleas en serio conmigo, te prestaré mis fuerzas, eso te daría cuatro días en lugar de tres. Después de ese tiempo, ambos desapareceremos.
-¿Eso es posible?
-No lo sé, nunca me he muerto, así que no puedo darte garantías. A menos que prefieras que te mate ahora, y me ahorrarías un gran dolor de cabeza.
-Está bien, prometo pelear en serio a partir de ahora.
-De hecho, cuando arriesgaste la espada para salvar la jungla, ya me dijiste con ese sólo acto que ibas a empezar a pelear en serio.
-Eh, seguro.
-Muy bien. Ya he comenzado a prestarte parte de mi energía.
-Entonces, ¿por qué no veo ningún cambio?
-Te mantendrá vivo más tiempo, no va a reponer cada árbol, mono y pájaro que haya desaparecido. O que yo haya destruido, jeje.
-¡Qué alivio!
-No pensarás lo mismo muy pronto. ¡A ver si puedes encontrarme!
Hotaru volvió a desplegar sus diminutas alas iridiscentes, y se perdió entre los matorrales en segundos.
-Genial. ¿Y se supone que me está ayudando ahora? ¡Sólo hará que pierda el tiempo!
-¡De eso se trata!
-¡Oye! ¡No es justo!
Sin otra opción, el conejo decidió ir a su siga, descubriendo un tronco flotante en medio de la cascada, que era llevado por la corriente hacia la dirección en la que la Zampakutou había desaparecido. Saltando sobre él, se dejó llevar por el agua cristalina.
-Chiwa, ¿esta cosa no puede ir más rápido?
Como reaccionando a su queja, una enorme ola los levantó a él y a su improvisada embarcación, impulsándolo a toda velocidad por los ahora turbulentos rápidos.
-¡Eso está mejor!
Yang viajó felizmente por un par de segundos, hasta que se encontró en mitad del aire. Cuando la cascada se terminó, conejo y tronco cayeron sin ceremonias por casi cien metros, hasta chocar de cara con el fondo del río. Yang consiguió nadar hasta la superficie, aunque ignorando cómo lo había hecho, ya que no era un nadador experto, pero supuso que este lugar lo favorecía.
Eso le dio una idea. ¿Existía una manera de rastrear a Hotaru con ayuda de todo cuanto había en esta selva? Sólo el tiempo lo diría, y tiempo era lo que menos tenía.
-Supongo que no pierdo nada con intentarlo. Hm, a ver... ¡Oye, jungla, muéstrame la localización de Hotaru!
Nada cambió. El conejo optó por empezar a caminar por el paisaje, que comenzaba a oscurecer rápidamente. Si esto era una buena o mala señal, no tenía ganas de tentar la suerte.
-¡Esto es tan frustrante! ¿Acaso va a sentarse en alguna parte fuera de la vista y mirar cómo todo desaparece a mi alrededor?
De repente, su opinión tuvo que cambiar, porque un rayo luminoso familiar llegó por su derecha, y saltó alto en el aire para evitarlo. En el lugar donde se dispersaba la energía del ataque, para su asombro, tres diminutas luciérnagas salieron volando, pero Yang se obligó a concentrarse, siguiendo de cerca su vuelo.
Fue cuando la idea se le ocurrió. Sonriendo, abrió tentativamente una mano, extendiéndola al trío de insectos nocturnos, esperando. Una de las luciérnagas voló a su cara, revoloteando hipnóticamente sobre su cabeza, antes de que las otras dos la siguieran. El conejo no se movió, respirando hondo para reducir toda impresión de peligro para los seres voladores. Una acabó por metérsele en el ojo, y habría perdido el equilibrio y terminado en un charco de lodo si no se hubiese mantenido firme. Tras el shock inicial, la misma luciérnaga se apartó de su cara, y Yang estaba a punto de renunciar a este intento de comunicación hasta que, sorprendentemente, otra de las tres se posó suavemente en su palma abierta.
-¡Chiwa!
Yang se sobresaltó al tener éxito, evitando por poco cerrar la mano y aplastar a su nueva amiguita. Sus compañeras continuaron girando a su alrededor como dos pequeños faros, antes de volar frente a su cara, y no tuvo más opción que seguirlas para no perderles el rastro. ¿Lo estarían llevando hacia su Zampakutou? ¿O se trataba de una trampa? El conejo cruzó los dedos de su otra mano detrás de su espalda, aferrándose a un clavo ardiendo, o a una luciérnaga, en este caso.
A pesar de que el sol se ocultó y una diminuta media luna fue a reemplazarla en el horizonte, a pesar de que sus pies se toparon con el musgo, el barro y las enredaderas de todas las clases imaginables, no se permitió detenerse. ¿Cuánto tiempo le quedaba? Era exasperante no saber dónde estaba Hotaru, cuándo atacaría de nuevo, qué haría a continuación, pero incluso cuando el miedo y la incertidumbre lo rodearon, no se dejó intimidar por sus bajas posibilidades. Hotaru estaba armada y aguardando en la oscuridad, después de todo, y él en cambio estaba desarmado, sin acceso alguno a sus antiguos poderes Woo Foo y con un agujero en su estómago que iba aumentando de tamaño a cada paso.
Cuando las tres luciérnagas se detuvieron y se alejaron de su lado, estaban en otro camino repleto de árboles frondosos por doquier.
-No lo entiendo. Eh, amiguitas, ¿está Hotaru aquí?
Por extraño que parezca, sintió como si le estuviesen señalando algo, titilando en medio de la noche sin viento. Yang parpadeó confundido, hasta que de diferentes recovecos de entre los árboles y los helechos ahora en sombra, más de un centenar de luciérnagas empezaron a emerger para llenar el cielo nocturno, brillando como pequeñas farolas voladoras. El conejo no pudo evitar su propio asombro, quedando boquiabierto por la maravilla que lo saludaba. Las luciérnagas continuaron llegando, ejecutando alguna danza silenciosa a su alrededor, cuyo sentido ignoraba, pero, así de inexplicable origen y razón, inexplicablemente lo atraparon mirándolas, perplejo ante aquella coreografía de la naturaleza viva.
No supo en qué momento se había dejado llevar por el espectáculo, al punto de dejarse caer en el suelo fangoso pero inesperadamente cómodo, sentándose en posición de loto y cerrando los ojos, sintiéndose extrañamente en paz. Aunque sabía que su tiempo era limitado, que se le estaba acabando rápidamente, que quizás pronto moriría, en aquel único instante, todo temor y angustia fueron olvidados. Un segundo después, volvió a abrir los ojos, descubriendo que se encontraba flotando entre el millar de luciérnagas, que comenzaron a posarse sobre sus orejas, en sus hombros, sus muñecas y sus manos. Algunas le hicieron cosquillas en los pies o caminaron a lo largo de su cuerpo.
-Ejem.
Yang fue sacado de su momento de paz y tranquilidad imposible por una voz áspera y familiar. AL darse la vuelta, se encontró a pocos metros de Hotaru, quien no traía su espada, lo que lo desconcertó francamente.
-Eh, se supone que deberíamos estar peleando ahora, ¿no?
-¿Qué crees?
-Eh, no sé qué pensar. Esto... Este lugar se ve...
-¿Pacífico? ¿en paz? Pero oye, sabes que no puede durar. Todo esto desaparecerá muy pronto. Por eso tenemos que seguir peleando.
-Está bien, ahora entiendo por qué te gusta este lugar. De día es como una fiesta, lleno de colores y aromas; de noche, es otra fiesta, hay mucha calma en todo.
-Es una pena que todo esto vaya a desaparecer. ¿sabes? –la Zampakutou pareció sonreír, más para sí misma que para él-, mi portador anterior tenía este problema de la ira. Lo ayudé cuanto pude, pero le costó mucho darse cuenta de cómo resolverlo... cuando encontró su equilibrio, su paz propia, o interior como la llaman en el mundo de los vivos, estaba a punto de morir. Me gustaría que mi nuevo portador no tuviera que morir para darse cuenta de sus errores y cómo resolverlos.
-¿Y qué pasa si hay cosas que no puedo resolver? ¿Cosas rotas, perdidas, que no puedo arreglar o recuperar? –Yang estaba empezando a perder la poca calma que había obtenido en su última hora.
El conejo de repente cayó al suelo, parándose derecho y mirando desafiante a la Zampakutou sobre él.
-Puede ser. Pero si intentas salvar algunas cosas, quizás eso te ayude. No todo está perdido, conejo.
-¡Mi padre está muerto y desaparecido! ¡Mis amigos fueron capturados! ¡Yuki... ella... ahora ella también va a morir, todos vamos a morir, y será mi culpa! Pensaba que si me alejaba de todos y metía mi estúpida nariz en un cuaderno, si me ponía a fantasear mirando las nubes y a escribir algunas cuantas tonterías, la gente me dejaría en paz. Entonces tuvieron que empezar a comprar lo que escribía y a elogiarme, ¡me elogiaron, como si supiera lo que estaba diciendo, como si fueran a saber alguna vez lo poco que me importaba! ¡Como si me importaran todas esas tonterías de la poesía, la historia, la filosofía... todas esas personas que jamás supieron lo que pasamos! ¡Que tuvimos que sufrir la muerte del panda, mi padre, y que a nadie excepto a mis amigos y hermana les importara en lo absoluto!
-Simplemente no te callarás, ¿verdad? –Hotaru no tardó en bajar del cielo para situarse a su lado, perdiéndose el espectáculo luminoso a su alrededor-. Vas a seguir lloriqueando como un niño pequeño, ¿no es así?
De repente, algo en el interior del conejo se endureció. ¿Quién se creía ella para gritarle de esa forma? ¿Para juzgarlo?
-¿Eso piensas? ¡Está bien! ¡Ya me cansé de escuchar cómo te burlas de todo lo que digo y hago! ¿Sabes qué? Dejé de correr hace tiempo. ¡Vamos a pelear ahora!
-OK. Pero si peleamos, necesitarás un arma.
-Eh, yo...
De repente, el lugar empezó a temblar, y como por arte de magia, la noche se hizo día en segundos, aunque las luciérnagas permanecieron, sólo que ahora ya no ejecutaban una coreografía pacífica, sino que volaban en todas direcciones, como espantadas por una hecatombe.
-¿Qué está pasando? ¿Ya se acabó el tiempo?
-Nop. ¿No sientes eso? ¿No sientes lo que significa?
Yang se detuvo por un momento, mientras retrocedía un paso hacia un lado, saltando cada vez que un temblor amenazaba con arrojarlo al suelo.
Sus ojos se abrieron una vez más por el asombro, y supo lo que era.
-Así es, Yang. Eso es ira. Sentiste la calma más absoluta, ahora esa calma se ha ido y es la ira la que ocupa su lugar. No tengo que decirte cómo proceder ahora, me imagino.
Yang la miró con determinación, y al gritar su característica llamada a la batalla, sintió cómo la selva a su alrededor, hasta entonces en peligro de extinción, resucitaba con una fuerza completamente nueva.
-¡Chi-foo-wa!
-¡Ése es el espíritu, Yang!
Sin embargo, cuando Hotaru recuperó su espada, el conejo no encontró un sustituto para la suya. Sin importarle demasiado este hecho, y para asombro de la Zampakutou, el conejo saltó hacia delante, luchando con su propia fuerza corporal como único recurso.
Hotaru sonrió, y el conejo igualó su sonrisa, ambos dando una buena pelea en medio de los temblores, cada vez más lejanos entre sí. Yang descubrió que, pese a los cortes mortales de su oponente, podía verlos antes de que los ejecutara, anticipándose a ellos cada vez, cada vez esquivando, girando y pateando, consiguiendo conectar al menos un par de puñetazos y patadas en el rostro y la espalda de Hotaru.
Yang incluso no se inmutó ante un golpe que le arrancó la oreja derecha, ni cuando el siguiente golpe fue a rebanarlo a la mitad, justo cuando detuvo la hoja con las manos desnudas, arrancándola de las de su impactada adversaria, antes de arrojarla al río cercano, donde desapareció en segundos.
-Wow. Lo has conseguido. Eres digno, lo creo ahora.
-¿En serio? ¡Chiwa! ¡Gané!
-Ejem.
Yang había comenzado a celebrar, pero tuvo que detenerse, tras caer de cara al suelo, recordando sus heridas más recientes. SU pie no se había curado en todo el tiempo desde que lo cortaron allí, y ahora también sangraba por ambas manos, el área de su cabeza donde se suponía que debería estar su oreja, y su brazo izquierdo tenía profundos surcos sanguinolentos.
-Pero no lo entiendo. ¿Voy a morir de todos modos?
-Eh, no, puedo curarte, ¿de acuerdo? Mira.
Hotaru juntó sus manos, antes de que sus ojos se cerraran en concentración. Un instante después, la espada que se había perdido en lo profundo del río reapareció, disparándose directamente hacia el conejo, quien se congeló al verla venir como un camión a toda velocidad. Cuando estuvo por golpearlo, recordó, calmándose lentamente, que su Zampakutou no lo lastimaría.
Entonces, cerrando los ojos con fuerza, se obligó a esperar seguir en pie, sin una espada atravesándolo de lado a lado. Cuando no notó nada, volvió a abrir los ojos lentamente, descubriendo que ya no tenía ninguna herida, aunque no vio la espada por ninguna parte.
Las luciérnagas también habían desaparecido, y cuando su mirada cayó finalmente en Hotaru, la notó más brillante, como un faro andante.
-Te acabo de curar las heridas. Ahora, estamos en paz, los dos.
-¿Qué? ¿Qué quieres decir?
-Estaba probando qué tan sincero fuiste antes. Cuando te relajaste, justo antes de que te golpeara con la espada, ya no tuve dudas. Desde que te diste cuenta, dejaste de dudar. No eres invencible, no estás falto de temor y dolor. Pero tienes algo más, algo que te hace fuerte más allá de eso. Algo que es parte de ti, como ha sido de mi anterior portador, e incluso mío. Tienes equilibrio.
-¿Equilibrio? Eh, no acabo de caer en una reimaginación rara de Star Wars, ¿verdad?
-Eh, no sé qué es eso. Pero tienes el equilibrio, al menos por ahora. Tienes ira, pero también compasión; la paz es necesaria, pero no puede durar para siempre, siempre estará amenazada por la guerra, por eso la paz se pierde cuando se olvida de la guerra que le antecedió, no cuando se inicia otra guerra.
-Uh, ahora que lo pienso, tiene sentido. ¿Lo sabías? En Japón, el dios de la guerra, Hachiman, también es el de la paz. Su símbolo es una grulla, sin embargo. Entonces, ¿por qué tú eres una luciérnaga?
-Somos anteriores a todos los mitos y demás creencias de los vivos. Así que no importa. Además, piénsalo de esta manera: la luz puede alumbrar caminos y puede cegar a quienes caminan sin rumbo. Quien mira directamente al sol se enceguece, un alto precio por conocer cuán fuerte es el poder de la luz, su calor, su llama. Puedes alumbrar tu camino gracias a mí, puedo alumbrar el camino de quien esté a tu lado, tus amigos, por ejemplo; y puedo cegar y destruir a tus enemigos. Después de todo, la calma y la ira están en ti, son parte de nosotros, no lo olvides nunca.
-Chiwa. Está bien, no lo olvidaré. ¿Y Hotaru?
-¿Hm?
-Gracias. Sin embargo, algo me dice que sólo podré encontrar calma cuando hayamos salvado a Yuki y al resto de nuestros amigos cautivos.
-Supongo. Después de conocerte, ya no creo en la paz en medio de la nada, en la soledad. En ese sentido, eres diferente de mi portador anterior. Y por alguna razón, no sé si eso me agrada o me disgusta.
-¿Era tu portador anterior alguien solitario?
-¿Bromeas? ¡Tuve que obligarlo a abrirse a los demás para que dejara de actuar como un idiota! Si no, probablemente jamás le habrían salvado el trasero ni habría sabido lo que era la amistad. Lástima que murió antes de darse cuenta de que a veces la paz y luchar por ella no tienen sentido, no si estuvieras solo en el universo.
-Oh, ya veo... ¡Oye, mira eso!
De repente, una espada cayó del cielo, golpeándolo sin ceremonias. EL conejo fue lanzado al suelo, donde rodó aferrado a una nueva espada.
-¡mira! Eh, ¿eres tú?
-Sí y no. También eres tú, conejo. Y todas las luciérnagas que viste antes, seguro.
-Por cierto, ¿qué eran ellas? ¿Tus amigas? ¿Mías? ¿Espiritrones?
-Nada de eso. En pocas palabras, representan partes de tu alma. Fragmentos, mejor dicho. Es por eso que son infinitas.
-¡Chiwa! ¿Ojalá hubiera visto más!
-Eso significa que te habrían dado una despedida con muchos fuegos artificiales.
-¿Estaría celebrando?
-Estarías muerto. Eran tus trozos espirituales, ni siquiera puedo comenzar a describir lo que son, yo misma no lo sé. No son espiritrones, tampoco tu red espiritual... ya sabes, no hay una academia para Zampakutous por aquí para decírmelo.
-Entonces, los demás están hechos de espiritrones, pero yo... ¿estoy hecho de luciérnagas? Chiwa, la ironía golpea a casa por una vez.
-No. ¿No escuchaste nada de lo que dije?
-Eh, ¿sí? ¿Quizás? Pero aclárame esto... ¿Tengo una selva viva dentro de mí?
-Uh, y se supone que sabes remotamente lo que es un paisaje mental, ¿no?
-¿Tengo un trillón de luciérnagas en mi estómago?
-¡No!
De repente, el lugar empezó a brillar, y el conejo descubrió que no faltaba mucho para que despertara. Sobre sus cabezas, se formó un arco iris, mientras salía el sol del alba.
-Qué poético, ¿no te parece?
-Aunque me duela admitirlo, en este caso estoy de acuerdo contigo.
-Chiwa.
-Ah, ¿y Yang? ¿Recuerdas que te dije que te prestaría parte de mi poder para que tuvieras un día de sobra? –ante la falta de respuesta del conejo, que seguía embelesado por la vista, continuó-: Mentí. Bueno, te habría prestado mi poder si no te hubiese quedado de otra, pero ya ves, tres días son tres días, lo suficientemente justo, ¿no crees?
Hotaru comenzó a desvanecerse, uniéndose con la luz que comenzaba a dispersarse, y Yang, quien apenas estaba saliendo de su embelesamiento y shock por todo lo sucedido en tan poco tiempo en su paisaje interior, no fue capaz de asimilar toda su explicación. Ella había hablado de un tirón, de todas formas, y él seguía agradeciéndole en silencio que no lo hubiese rajado a la mitad al comienzo de su encuentro, cuando se negó a pelear con su Zampakutou.
Era tarde en la noche, casi la una de la mañana, cuando un shinigami en particular ingresó en el área del Muken.
Yuki yacía dormida solo a medias, acurrucada en su rincón habitual. Por alguna razón, habían desactivado las novedosas celdas de aspecto aterrador desde hacía tiempo, justo después de que volvieran a meterla en el Nido de Gusanos junto con Aizen.
Una figura con una antorcha se le acercó y, cuando la luz alcanzó a la shinigami atrapada en el incómodo gigai, sus ojos se entrecerraron ante la inesperada visita.
-¿Capitán Kuchiki? ¿Q-qué quiere de mí?
-Tengo permiso para venir aquí.
-¿Para liberarme?
La menuda prisionera permitió que la esperanza y el dolor de la desesperación de los últimos días se filtrara a través de su voz temblorosa, pero fue en vano.
-Para interrogarte. ¿Conoces a Yusei Shirokawa, oficial de mi escuadrón?
-Eh, lo he visto en alguna ocasión en las patrullas. ¿Era él quien salvó a Yang de su furia, capitán?
-Sí. Entonces, lo conoces, ¿debo asumir? ¿Cuál es la naturaleza de su relación?
-Por favor, capitán Kuchiki, es tarde en la noche, estoy cansada. ¿No puede volver en la mañana?
-No. Responde la pregunta ahora.
-No estoy segura de poder hacerlo. Mi mente es... no está muy clara que digamos estos días. Pero quizás si me diera hasta mañana, pueda recordar algo...
-Ésa no era la respuesta que estaba esperando. Está bien, de todos modos ya no importa. Seguiré investigando yo mismo. Gracias por tu tiempo.
El capitán acababa de darse la vuelta, y había comenzado a alejarse, listo para abandonar aquel lugar oscuro y deprimente, cuando la voz de la chica lo detuvo.
-¿Qué está pasando, capitán Kuchiki? Lo juro, no traicionaré a la sociedad de almas, no soy una amenaza...
-Mi insubordinado oficial es ahora sospechoso de traición. Lo estamos buscando en este momento. Al igual que a esos conejos. –Yuki se estremeció en esa última parte-. Disculpa, no puedo volver mañana. Lo siento.
Comenzó a alejarse, pero Yuki se arrastró en su dirección, intentando evitar que se fuera, que soltara algo más, algo que le dijera lo que era tan grave.
-Pero ¿por qué?
-No estoy autorizado para decírtelo, pero... no importará muy pronto, así que no veo por qué no pueda decírtelo ahora. El Juzgado ha adelantado tu castigo. Se supone que El Capitán Comandante te lo dijera, pero le han prohibido visitarte antes de tu... ejecución. Lo lamento, podrías haber sido una shinigami prometedora.
A pesar de la contundencia de sus palabras, Yuki se sintió silenciosamente agradecida porque la frialdad en su voz parecía tener que ver con el contenido de éstas, no con que ella fuera su receptora. Hasta que reparó en su significado.
-¿E-ejecución?
Pero el eco fue su única respuesta en mitad de la noche fría, tan fría y cruel como se avizoraba su destino.
Yuki volvió a acurrucarse en su rincón, temblando de pies a cabeza, completamente horrorizada y abandonando finalmente toda esperanza. No aceptaba esto de buen grado, Dios lo sabía; pero ojalá lo hubiera hecho, eso le haría más fácil procesar la noticia. EL hecho de que, cuando se despertara al día siguiente, probablemente fuera el último.
