N/A: disculpas por la larga espera. Espero que la próxima vez que actualice, no haya pasado una eternidad. Por otro lado, presten atención! Llega un capítulo clave!

Brick: adelantamos que finalmente estamos volviendo a la acción! Uh, esperé esto por siglos! Pero finalmente está aquí!

Yo: y con más OC entrando para complicar las cosas!

Brick: una aclaración antes de ir al capítullo.

Yo: ah, eso. Bueno, se trata del narrador. Como ven, esta historia tiene un POV, Point Of View o Punto de Vista en español, por lo que cada capítulo es narrado por un personaje en particular (Yin y Yang se han alternado la mayoría de las veces, por dar un ejemplo). Hasta ahora, la excepción ha sido el capítulo 11, siendo narrado al principio por Yang, y poco después y hasta el final, por Yin. Verán que este nuevo capítulo es una nueva excepción, y veremos las cosas a través de varios puntos de vista. Sólo avisamos por si las dudas.

Brick: le he dicho un millón de veces que un narrador omnisciente era una mejor idea, pero ¿alguna vez me escucha? ¡Sólo mira a cierta editorial! ¿Cuándo reclamaré lo que es mío por derecho?

Yo: el día en que te permita convertirte en un dios será el día que el sol se congele! No está sucediendo!

Brick: qué aguafiestas...

Yo: en fin, ahí va la aclaración. Quédense hasta el final! Prometemos que terminarán al borde del asiento, al igual que nosotros!

Capítulo 24

El día de la ejecución

Lo primero que llamó su atención fue la rapidez de todo el procedimiento. La habían despertado a primera hora de la mañana, llevándola hasta la entrada del Juzgado, sin siquiera colocarle nuevamente las esposas, donde los guardias, armados con espadas que no podían lograr el efecto intimidante de una Zampakutou a pesar de sus hojas ornamentadas, la rodearon en anticipación.

Lo segundo fue que, una vez listos para partir a su último destino, no viera al dichoso Jinzo Hiyumi entre la pequeña multitud. En su lugar, y saliendo de entre la veintena de los hombres trajeados que reconoció como los jueces y los responsables de su martirio, se le acercó un caballero que destacaba por encima del resto por su altura, más de dos metros, aunque su complexión delgada y sus ojos marrones no mostraban una hostilidad deliberada. En el lado derecho de su akama negro, portaba la imagen de un crucifijo en cuyo centro había un círculo semejante a un ojo hueco.

-Supongo que te estás preguntando sobre el Mayor, ¿no es así?

-Eh, sí.

-Se unirá a nosotros en breve, te lo prometo.

-Yo... en realidad, lo que me preocupa es la decisión que han tomado sobre mi caso.

-Nuestros muchachos te han leído tu sentencia, me imagino.

-Sí.

-No veo cuál sea el problema.

-¡No merezco ser ejecutada! ¡No es justo!

-Mira a tu alrededor, joven –la voz rasposa y severa del hombre a su lado le produjo un escalofrío que cruzó su espalda-. La justicia no se trata de lo que nos gustaría que suceda, sino de lo que merece ser corregido, aunque ya no tenga corrección. No podemos volver en el tiempo y evitar que cometas los crímenes que pesan sobre tu conciencia, ¿verdad? No me gusta ejecutar a la gente, pero a veces no queda de otra.

-El Capitán Comandante...

-Él ha presentado su apelación, no te preocupes –su acompañante la detuvo en seco alzando una mano, mientras seguían caminando hacia su destino en alguna parte que la shinigami condenada ignoraba completamente-, Matsubara escuchó sus argumentos y nos hizo llegar sus conclusiones al respecto. Ha conseguido que tu capitán nos acompañe en tus últimos momentos, y se te permitirá entregarle tu última voluntad frente a los Trece Escuadrones.

Cada palabra cayó como un pesado yunque en su estómago, punteando cada oración con precisión letal y definitiva. Yuki mantuvo una mirada estoica, pero por dentro seguía sacudida. ¿Era todo lo que su capitán había podido hacer por ella?

-Por cierto, te honra Matsuo Senkugi. Pero nunca me llamarás por mi nombre. Si alguna vez tienes la desgracia de consultarme, desearás haber olvidado esta conversación.

Yuki se estremeció por este hecho, pero probablemente acabaría olvidando su nombre muy pronto, o ya no importaría que lo recordara de todos modos, porque se uniría al reishi de la sociedad de almas en poco tiempo. Así que, durante los minutos que duró la caminata al lugar de su ejecución, permaneció en silencio y con la cabeza gacha.

Poco después, otro de los hombres de toga se les acercó y murmuró algo en el oído de su acompañante, quien primero asintió y luego negó con la cabeza, tras lo cual aquel se retiró a la retaguardia de su comitiva de la muerte.

-Ah, me sugirieron que te diga que soy el Segundo Jurisconsulto. ¿Entiendes lo que significa eso?

Yuki negó con la cabeza, ¿qué importaba de todos modos?

-Es natural, después de todo no somos los más populares entre la gente. Pero no te preocupes, incluso si Hiyumi no aparece, lo cual obviamente no ocurrirá, tu castigo no se alargará innecesariamente. Puedo abrir la sesión independientemente de su aparición, pero lo más educado es esperar al Mayor, uh. No tengo la paciencia para ello, y por tu bien espero que no se repita lo de la última vez. Por mucho que me gustaría ver la cabeza de Kyoraku en una bandeja, no deseo problemas. No necesitamos lamentar inconvenientes innecesarios.

Detrás de ambos, los demás iban hablando en susurros emocionados. Claro, había pasado un tiempo desde la última vez que pudieron asistir a una ejecución pública, no digamos ya dirigirla.

Alrededor de dos horas de caminata después, se encontraban en un lugar harto conocido de la sociedad de almas, uno que había protagonizado una historia reciente. Los ojos de la shinigami condenada se abrieron como platos ante lo que estaban viendo.

Delante de ellos se encontraba el Monte del Sokyoku, que al parecer alguien se había esmerado en restaurar precariamente, rellenando los espacios de la montaña rota con maquinaria de alta tecnología, aunque lo más destacable eran unos cuantos soportes para un puente levadizo de hierro y una extraña estructura erigida en su parte superior, actualmente a demasiada distancia como para averiguar qué era.

Hiyumi apareció por su izquierda, siendo acompañado por dos guardias, que parecían adorarlo. A pesar de sus payasadas, el hombre no parecía particularmente feliz de tenerlos cerca, a juzgar por su mirada de fastidio.

-Finalmente. Sin embargo, tendremos que esperar un poco. Ya sabes, Senkugi, protocolos de rutina.

La sonrisa del líder de los jueces era amplia y llena de dientes, aunque su dueño parecía distraído.

Yuki no sabía si esos "protocolos de rutina" eran una buena o mala señal, aunque no podrían impedir su ejecución, pero el hecho de que su castigo tuviera que retrasarse la hizo preguntarse si a alguien aquí le importaría realmente su muerte.

Fue cuando su cabeza se levantó, al mismo tiempo que los murmullos de su escolta se detenían abruptamente. A su derecha, una pequeña multitud iba acercándose a ellos, todos con sus vestimentas negras de shinigami.

-Vaya, parece que tus amigos vienen a ver el espectáculo. No se decepcionarán, espero –Jinzo Hiyumi se alejó de su grupo, en dirección a los recién llegados.

A un centenar de metros, el cruel líder de los jueces se enfrentó a tres personas que iban al frente del nuevo grupo. Yuki reconoció a Kyoraku, quien caminaba sin prisa entre dos personas más que no consiguió reconocer.

-Nuevamente, amigo, lamento que esto esté pasando –dijo Enzo Matsubara, a la derecha de Kyoraku, gesticulando con gravedad-. Si hubieras conseguido capturar al contacto de tu oficial, quizás no estaríamos en este lugar.

Kyoraku no respondió. Miraba al frente, pero sus ojos se veían cansados, con bolsas profundas, y el resto de su apariencia denotaba su desgana y abatimiento. Si fuera por él, retrasaría este momento durante los próximos tres siglos.

-Yo me quedo aquí, no hay problema –estaba diciendo el hombre a su izquierda a un par de oficiales de bajo rango del Escuadrón 3 que pululaban a su alrededor-. Sí, no me malinterpretes, pero uh, ya sabes, podría haber sido mucho peor.

-¿Cómo podría ser peor? –Kyoraku tuvo que esforzarse para evitar explotar de furia frente a todos los que estaban mirando-. Lo siento, señores, pero no veo cómo podría ser peor.

-Eh, bueno... –el último de los dos se rascó los restos de cabello gris de su cabeza, como buscando una respuesta inteligente-. Hm, no sé... uno de nosotros podría tomar el castigo en sus propias manos, y créeme, no es algo que quieras presenciar. Recuerdo cuando me tocó ejecutar yo mismo a uno de los supervivientes de la primera invasión quincy a la sociedad de almas. Tuve pesadillas durante meses después de eso.

-Así que ya vas haciéndote a la idea, ¿no es así, Capitán Comandante?

Jinzo se acercó al trío con altivez, antes de que nadie pudiera verlo venir. Kyoraku se puso derecho de golpe, Matsubara se puso mayormente tenso y el último de los tres, que hacía bastante que no se movía de su asiento flotante, se limitó a encogerse de hombros y negar levemente con la cabeza.

-Hiyumi –dijo Kyoraku, apenas conteniendo su ira.

-Por favor, llámame Jinzo. Ah, ya conocías a matsubara, veo. ¡Pero mira, si no es mi gran amigo, masaru Koshikake!

-Hola, Jinzo. Un lindo día para este... castigo.

-Oh, no te preocupes, iremos a tomar el té después. Ahora, será mejor que todos nos demos prisa. Cuando terminemos aquí, estoy seguro de que otra crisis habrá sido resuelta. A todos nos conviene que el vulgo recuerde lo que le toca a quien rompe las reglas. Una vez todo esto haya terminado, podremos volver a nuestros quehaceres ordinarios, olvidarnos de cualquier ridícula diferencia de opiniones y, bueno, enfocar nuestros esfuerzos en retomar la búsqueda de nuestro héroe, ¿no es así?

Kyoraku lanzaba chispas por los ojos. Si las miradas mataran, Jinzo Hiyumi yacería muerto a sus pies. Sólo alcanzó a entrecerrar los ojos y asentir de mala gana. En cuanto el juez líder se hubo dado la vuelta para volver con su grupo, Kyoraku se cruzó de brazos, enseñando su ira para que el mundo la viera.

-Eh, no es mi lugar, pero te compadezco –dijo Masaru, tocando ligeramente el hombro del shinigami-. Ahora, Enzo, será mejor que vayamos a ubicarnos con nuestros colegas, ¿no te parece?

El juez anciano asintió, y ambos le dedicaron una última reverencia al shinigami de mayor rango de la sociedad de almas, no sin mostrarle algo de compasión, compasión que Kyoraku no quería.

Habiendo convocado un largo y pulido bastón, en el que se apoyó para cubrir la distancia entre ellos y los demás jueces, Matsubara caminó pesadamente hacia el grupo. A su lado, Koshikake flotaba sin prisa en su asiento acolchado, regalándoles a todos una mirada escrutadora. De entre los 46, parecían ser los únicos en silencioso desacuerdo con la sentencia de la mayoría.

Mientras tanto, una treintena de oficiales de los Escuadrone se apresuraron a colocar sillas alrededor del sitio principal, cual acomodadores en una sala de cine del mundo de los vivos. Era curioso, Yuki recordaba poco o nada de su vida como humana, pero era su breve paso por la versión de un par de conejos la que había causado una mayor impresión en su mente; por otro lado, aunque sonaba ridícula en su cabeza, la comparación le pareció adecuada. Pero bueno, había visto una sala en su breve paso por aquella ciudad, aunque nunca había pensado en entrar realmente para ver cómo era. Antes que eso, el teatro era su mejor comparación.

¿De eso se trataba esto? ¿era un espectáculo para la sociedad de almas? ¡Oh, cuán humillante sonaba eso!

Uno de los jueces ordenó que dos guardias la agarraran y la escoltaran hasta el lugar de su ejecución, y en cuanto se le acercaron, una mujer familiar y sus oficiales protestaron a pocos metros de su grupo.

-¡Oigan! ¡La seguridad y ejecución de esta clase de procedimientos es competencia exclusiva de los Ejecutores de mi escuadrón, maldita sea!

-Eh, capitana Sui-Fong, no quisiera molestarla, pero hm, en este momento, quizás lo mejor sea que nos dediquemos a la seguridad general, nada más. ¡Por favor, no me mire así, es aterrador!

-¡Oh, teniente Omaeda, por el amor de Dios! ¡Están haciéndolo todo mal!

-Capitana, yo... ¡Ay!

EL robusto teniente recibió una patada en su espinilla como venganza de su capitana, a falta de un mejor blanco de su furia.

-Aunque estoy de acuerdo contigo, teniente Omaeda, la capitana tiene un punto –el gordinflón se estremeció ante la voz de la oficial que habló a su lado.

Sadashi Natsuyume se había recuperado por completo de su encuentro con la legendaria Yoruichi Shihoin, aunque tenía una cojera imperceptible en su pierna izquierda. Su capitana la había interrogado brevemente tras el incidente, pero la dejó ir en menos de cinco minutos. Según ella, no tenía nada que objetar de la lealtad y dedicación de la última adquisición de su escuadrón. Omaeda, por su parte, le había tenido algo de miedo y, más aún, le guardaba un creciente resentimiento desde el primer día que la reclutaron, ya que la capitana la llevaba consigo a todas partes y ambas actuaban casi como si fueran más un par de amigas que capitana y subordinada de bajo rango.

Una hora más tarde, los trece superiores de cada escuadrón, incluyendo a las tenientes Kotetsu y Kuchiki, junto con algunos de sus tenientes y otros oficiales, se encontraban listos para comenzar. No estaba presente la Central al completo, pero veinte de ellos eran más que suficiente, y todo el mundo ansiaba que esto terminara pronto. La tensión era palpable en el aire.

-Odio que un día tan hermoso sea opacado por esta ejecución inútil –susurró Masaru en su asiento.

-Yo dirigiré todo, por supuesto –se pavoneó Hiyumi, no era posible saber si su seriedad era fingida o no.

-Parece que es inevitable –Matsuo Senkugi se dejó caer en un asiento justo a la izquierda de Matsubara, estirándose como si se encontraran en un día de campo y no a punto de presenciar una ejecución-. Pero no me dirán que la actuación de Hiyumi no es exagerada.

-Bueno, siempre le ha gustado la atención –observó Masaru, con una mano en la barbilla en gesto pensativo-. Por otro lado, nunca estuve de acuerdo con este castigo. Demasiado desmedido, demasiado duro.

-Creía que habías votado a favor, como yo –Matsuo fijó sus fríos ojos café en su colega-. ¿No fue así?

-Oh, no. ¿No se acuerdan? Me ausenté ese día, con la excusa de mi enfermedad. No soy tan estúpido como para oponerme abiertamente a Jinzo, y de haberme abstenido, la única otra opción que quedaba, hubiera pedido mi destitución. Lo que hace que me pregunte, buen amigo –volvió sus ojos azules desteñidos a matsubara-, cómo conseguiste votar en contra y evitar su ira.

-Oh, tampoco voté en contra, que lo sepas –Enzo ignoró deliberadamente la mirada escrutadora de su colega a su izquierda, que taladró su cabeza-. Me abstuve, como hubieras hecho tú. De todos modos, Jinzo no me mataría, no por ahora. Necesita una imagen de concordia interna para la sociedad de almas, y sabe cuán frágil continúa nuestra legitimidad fuera del Seireikei como para tentar la suerte. Probablemente espere el momento justo para ridiculizarme ante todos, lo cual forzará mi expulsión por parte de la Magistratura Suprema, lo cual a su vez me dejará solo y, entonces, sólo entonces, irá tras mi cabeza.

-Sabes que te hará su objetivo cuando esto termine, ¿e incluso así te arriesgas?

-Sigo teniendo el favoritismo de los magistrados supremos, amigo mío, y Jinzo no tiene siquiera el de sus empleados. Si me matara ahora, ellos pedirían su cabeza antes de que él pudiera mandar a un asesino por la mía. De todos modos, sabe lo que la mayoría piensa de mí, que soy un viejo tonto y que mi opinión vale poco.

-Oh, Jinzo está yendo tras de ti, Enzo. Pero créeme, será mucho antes de que todo este circo termine –la declaración críptica lanzada de la nada al aire de Matsuo los hizo girarse hacia él-. Y perdóname, pero cuando soy yo quien hace las predicciones, nunca me equivoco.

-Sigo teniendo mi influencia, Matsuo, Jinzo no puede quitarme eso. ¿Y por qué votaste a favor, si se puede saber?

-¿Habría hecho una diferencia?

-¡Claro que sí! –Matsubara gritó en su cara, pero Matsuo se mantuvo impasible.

-Además –continuó como si su colega no lo hubiese interrumpido en absoluto-, no tengo amigos en la Magistratura. Y a diferencia de ustedes dos, no podría inspirar compasión a una piedra. Tendré fe en que mi fiel... intuición me ayude. Pero miren, el espectáculo está a punto de comenzar.

-Podrías haberte abstenido, como nuestro amigo aquí –dijo Masaru, obstinadamente.

-No sería lo esperado de mi parte. Sí, nuestro actual líder es un incompetente, pero eso no lo hace menos peligroso. Dale un siglo o menos y ya verás cómo mete la pata. Los tres podríamos golpearlo si eso te hace sentir mejor, Masaru.

-Oh, eso es interesante viniendo de ti –se rió el señalado secamente-. Pero sigo prefiriendo la humillación sutil. Sentarlo en el banquillo y verlo estremecerse aunque sea por un instante, antes de encerrarlo para siempre.

-Olvídalo –el hombre sombrío se dio la vuelta en su asiento, sin volver a mirarlo-. Lamento no contar con tu paciencia. Paciencia que puede matarte un día.

Los tres se callaron una vez los guardias de su Mayor Señoría hubieron empujado a la condenada por la colina a medio derrumbarse.

Hiyumi iba por delante, antes de situarse a diez metros a la derecha de la estructura en la cima. Yuki fue arrojada sin ceremonias sobre la extraña cosa, que se reveló como un cadalso de metal bajo los rayos del sol matutino.

Los murmullos estallaron en segundos, y Jinzo hizo poco para sofocarlos. A una orden suya, los guardias la obligaron a levantarse, antes de sujetarla con pesados grilletes a la horrible cosa por las manos y los tobillos.

La multitud al completo, jueces y shinigamis por igual, pareció contener la respiración, ahogando los susurros tan rápido como habían comenzado.

Yuki sintió cómo un escalofrío bajaba por su columna, paralizándola en su lugar, aunque no era necesario. Sólo entonces miró sus grilletes con detenimiento, luego al patíbulo y, finalmente, al rostro de su actual verdugo, que tenía una pequeña sonrisa cruel en sus labios.

-Estamos reunidos hoy aquí para cumplir con la sentencia de la shinigami Yuki Minamoto –entonó el juez líder con confianza, tras aclararse la garganta-. La oficial del Primer Escuadrón fue encontrada culpable de los siguientes cargos: insubordinación, robo de insignias de shinigami sustituto y, el peor de todos, transferencia de sus poderes a civiles del mundo de los vivos.

Jinzo hizo una pausa, claramente disfrutando el efecto que conseguían sus palabras en su audiencia. A su lado, Yuki tenía los ojos entreabiertos por la conmoción, sin terminar de procesar este momento. Aunque le habían repetido su sentencia de muerte a primera hora, seguía luchando por asimilar las implicaciones. En su interior, había albergado la más pequeña esperanza de que su final no fuera tan público.

-Atendiendo a todas las circunstancias analizadas por la Central, y bajo mi dirección y seguimiento, se ha fallado en contra de la acusada, cuya probada culpabilidad es a todas luces indubitable. Su castigo: la ejecución ejemplar. –Los murmullos regresaron, pero fueron silenciados rápidamente a un gesto de su mano-. Esta decisión ha sido tomada ayer a última hora, con la celeridad que los tiempos actuales imponen. Por lo tanto, se procederá a cumplir con el castigo. ¿Tiene la acusada algo que decir antes de que se cumpla con su sentencia?

-¿Q-qué? –Yuki no pudo evitar el temblor de su voz.

-Se te permite declarar una última voluntad –le explicó uno de los guardias, escuetamente.

-Perdón, pero creía que este lugar... creía que ya no existía.

-El Sokyoku como tal, en efecto, es historia –se adelantó Jinzo, su voz era audible claramente por todo el mundo-. Pero este lugar, como puedes ver, sigue en pie, si bien apenas. No te preocupes, la sociedad de almas ya no dispone del Sokyoku. De hecho, el cadalso en el que estás acaba de ser construido esta misma mañana.

-Entonces, ¿no seré ejecutada con el Sokyoku?

-Capitán Comandante, si eso es verdad, ¿con qué están ejecutando a Minamoto?

Kyoraku notó el miedo en la voz de Kotetsu, la teniente del Cuarto Escuadrón, sin esfuerzo.

-No con el Sokyoku, parece, pero sigue sin gustarme. Esta brutalidad era innecesaria –masculló la última oración para sus adentros.

-No. En su lugar, la Central ha dispuesto un dispositivo especial para este caso –explicó Jinzo, ocultando su alegría lo mejor que podía-: Tráiganlo, por favor.

Los dos guardias bajaron a toda prisa, evitando caerse por poco. Instantes después, y junto a una decena más, reaparecieron con un objeto que yacía bajo una pesada cortina oscura. Yuki recordó haberlo visto brevemente durante su caminata allí, siendo cargado por los subordinados de los jueces en la retaguardia.

Dos de los que cargaban con el pesado artefacto se tropezaron y cayeron gritando al vacío; Hiyumi se agarró la cabeza con ambas manos, en señal de frustración, y le hizo una señal a Kyoraku, quien pareció sorprendido por un segundo, pero acabó por ir a ayudar a los hombres del juez.

Kyoraku aprovechó ese momento para dedicarle una despedida solemne a su más reciente oficial, lamentando no poder extenderla más que el tiempo que les llevó subir la infame herramienta.

Una vez en la cima, Hiyumi los despidió, aunque Kyoraku, obviamente, se quedó, parándose a la derecha de la shinigami que estaba a punto de ser ejecutada.

En voz baja, y junto a su oído, Kyoraku dijo:

-En nombre de los Trece Escuadrones de guardias de la corte, Minamoto, por favor, te pido perdón.

Kyoraku no pudo evitar el temblor en su voz afligida. Yuki lo miró, pero no pudo decidir si estaba siendo sincero sobre su disculpa, aunque en su interior intentaba creer que sí.

Ella desvió finalmente su mirada de él, con la cabeza hacia el cielo. Ahora en voz alta, su antiguo capitán agregó:

-Si tienes una última voluntad, oficial, éste es el momento de decirlo. En nombre de la sociedad de almas, tienes mi palabra de que tus últimos deseos no serán traicionados.

-Pero...

-¡No tenemos todo el día! –la apremió el juez.

-Está bien... Capitán Comandante, hay algo que necesito pedirle –Yuki miró a los ojos de Kyoraku, sus ojos reflejaron un leve rastro de vitalidad, brillando por la que parecía ser la última vez-: Seré castigada, pero mis amigos no merecen cargar con mis pecados. Deseo que ellos sean librados de toda culpa en este asunto; yo cargaré con toda la responsabilidad.

-Así se hará –le prometió su capitán, asintiendo levemente.

Kyoraku se alejó entonces de su más reciente subordinada, antes de acercarse al juez supervisor, quien recibió el pesado artefacto mortal de manos de sus guardias, aceptándolo con gusto antes de indicarles que los rodeaban que descorrieran la cortina.

-Es adecuado que las dos mayores autoridades del Seireikei dirijamos este... procedimiento, ¿no le parece, Capitán Comandante?

La ira brilló brevemente en los ojos del shinigami, pero o bien Jinzo no lo notó, o no podía importarle menos. Nada le hubiera gustado más a Kyoraku que arrojarle el arma de castigo desconocida para el resto de los presentes a la cara, aplastándolo en el proceso si era posible. Sin embargo, acabó por ceder un instante después. A regañadientes, y suspirando para sí mismo, se posicionó junto al odiado personaje a su lado, vigilando cada uno de sus movimientos.

Tras un aplauso por parte del juez líder, la cortina cayó, y la mayoría de los presentes contuvo la respiración, aunque más de uno no pudo evitar jadear ante la horrible vista.

La propia condenada a muerte sólo pudo abrir más aún los ojos, con la herramienta de su fin a apenas una treintena de metros por encima de su cabeza.

Lo que parecía ser la hoja de un hacha, de color amarillo, varias veces la pared exterior del dojo de los conejos, colgaba de dos cadenas de hierro, todo el mecanismo soportado por dos enormes vigas que se clavaron a ambos costados de la shinigami indefensa.

-Como todos saben, ya no disponemos del Sokyoku. Sin embargo, pueden estar seguros de que contamos con un sustituto inmejorable. Después de todo, ¿qué mejor reemplazo para el Sokyoku que su inmediato predecesor? Saluden al Sangeki.

Hiyumi se colocó a un lado de la enorme herramienta mortal, mientras Kyoraku lo imitaba, posicionándose al otro lado. Yuki no consiguió devolverle la mirada a su antiguo capitán, quien parecía intentar decirle con los ojos que la tortura psicológica no duraría mucho más, que todo terminaría pronto.

-Como Juez Supremo de la Cámara de los Cuarenta y seis, debo preguntar, ¿tienes unas últimas palabras antes de que tu ejecución sea cumplida?

-¡Vete al infierno, juez de pacotilla! –dijo airadamente; lo repentino de estas palabras, junto con su contenido parecieron golpear al juez como una bofetada-. Sin embargo, acepto mi castigo. Mientras mi último deseo se cumpla, podré partir en paz.

-Wow. Si la teniente Kuchiki estuviera aquí, creo que cambiaría de opinión sobre Minamoto, ¿no le parece, capitana?

-No es seguro, teniente Omaeda, aunque si yo fuera Minamoto, probablemente hubiera escupido en toda su cara.

-Nada como un buen golpe verbal para despedirse de la sociedad de almas, y dirigido contra el Juez Supremo, de todas las personas –agregó natsuyume detrás de Sui-Fong.

-Supongo que en eso tienes razón –admitió su capitana, su actitud solemne y algo reticente por toda la situación.

-¡Bien! –el juez supervisor se recuperó rápidamente del ataque de la condenada a muerte, quien no vaciló ante su mirada ahora furiosa, incluso con su final a instantes de suceder-. ¡Procederemos, entonces! ¡Por el poder que me confiere la Central, y como su mayor representante, yo, Jinzo Hiyumi, ruego al Cielo! ¡Reparte tu justo azote final y borra así este crimen!

Kyoraku habló al unísono:

-Por el poder que me ha sido conferido por los Trece Escuadrones de guardia de la corte, y como su mayor representante, yo, Syunsui Kyoraku, ruego al cielo. Por favor, ejecuta la voluntad divina y borra así este crimen.

Entonces, y justo después de que cada uno pronunciara estas palabras, dos destellos brillaron brevemente en la parte superior del Sangeki, mientras decenas de pesadas cadenas y más de un centenar de cuerdas gigantes soltaran su agarre, antes de desaparecer. A partir de ahora, sólo la resistencia combinada de ambos espíritus, el de Kyoraku e Hiyumi, mantenía la increíblemente gigantesca guillotina en su sitio.

Ésta empezó a deslizarse lentamente, centímetro a centímetro, y fue como si la operación sucediera en cámara lenta, aunque todo el mundo sabía que no duraría más que unos veinte o treinta segundos como mucho.

Yuki se permitió mirar hacia el arma que la cortaría en dos en el mejor de los casos, suponiendo que no la aplastara hasta el polvo, en el peor. Incluso en su instante final, no mostraría debilidad o duda. Si sus amigos estuvieran aquí, al menos podrían verlo. Obviamente, no deseaba que aparecieran, no necesitaban presenciar su muerte. Lo menos que les debía era morir como una shinigami, cumpliendo con las leyes. Sólo esperaba que ellos no tuvieran que enfrentar lo que les depararía el futuro en una tristeza absoluta; nada le dolería más que ser la causa de su mayor sufrimiento...

Cuando la guillotina estuvo a menos de dos metros por encima de ella, ambos acompañantes la soltaron con toda su fuerza, y su vida terminó.

-No estás hablando en serio, ¿verdad?

Sólo que eso no fue lo que ocurrió.

A centímetros de impactar con su cuerpo, la pesada herramienta asesina se detuvo, quedando suspendida una vez más en el aire.

O mejor dicho, alguien la detuvo.

Un jadeo colectivo recorrió al unísono tanto a shinigamis como a jueces.

-¡Imposible! –gritó un guardia judicial entre la multitud.

-¡El Sangeki es imparable una vez liberado!

-¡Y posee la fuerza de diez mil cruces o Zampakutous!

-¿En serio? ¡No tenía idea! ¡Ay!

-¡Cállate, Omaeda! –Sui-Fong descargó su propia incredulidad y sorpresa en su teniente.

-Pero capitana, ¡tiene que admitir que no podía saberlo!

-Excepto la gente de la Central, e incluso si informaron de su poder al Capitán Comandante, debería ser imposible detener la ejecución sin importar qué –sorprendentemente, Natsuyume apoyó a su teniente esta vez.

-¿Saben qué? –la misma voz familiar resonó una vez más sobre el griterío, pero Yuki, aún golpeada por el shock, siguió sin ver ni reconocer a su portador-, ¡Todos ustedes pueden irse al infierno por lo que me importa! O mejor todavía, ¡podemos tomar su lugar!

-¿Son esos los ryokas? –Hiyumi no salía de su impresión-. ¡Deténganlos!

-¿Sabe qué, señor? –una segunda voz, ésta femenina, habló ahora, aunque más lejos-. De donde venimos tenemos nuestra manera de hacer las cosas. Y como que no compartimos su decisión.

-¡Ahora!

Una veintena de guardias judiciales subió corriendo el puente levadizo, pero una cortina de fuego los detuvo en seco, antes de que una explosión abriera una brecha en dicha estructura, lanzándolos a todos al vacío entre gritos de sorpresa y pavor. Algunos shinigamis de los Escuadrone fueron a seguirlos, pero optaron por mirar más allá del agujero en el puente antes de saltar al peligro inminente.

De la nada, alguien aterrizó frente a la aturdida prisionera, tan rápidamente que no les dio tiempo a los que estaban a sus costados siquiera a reaccionar. Entonces, notó que el cielo acababa de tornarse de un extraño tono amarillo, antes de que algo golpeara sus muñecas y tobillos, destruyendo los grilletes que la mantenían cautiva.

-Disculpa el retraso, Yuki –la persona con la voz femenina habló en su oído.

-Sin embargo, ya estamos aquí. Y ya no correremos –dijo alguien por encima de ella.

-¡Son esos conejos! –vociferó Matsuo Senkugi entre el gentío de abajo-. ¡Están tratando de sabotear la ejecución!

La palabra "conejos" fue lo que arrancó a Yuki de su estupor, justo a tiempo de fijar su vista en una figura que parecía haberse colocado por detrás de ella, habiendo saltado sobre su cabeza, con una mano sosteniendo la hoja de la muerte.

Y con un rápido vistazo frente a su nariz, se encontró con otra figura, cuyos ojos azules parecieron reflejarla.

-¿Yin? ¿Yang?

Lo siguiente ocurrió demasiado rápido para todos. La persona sobre ella lanzó el Sangeki a varios cientos de metros hacia los cielos, mientras la otra frente al cadalso desataba una estela de rosas llameantes, presumiblemente con una Zampakutou propia.

-¡Ja! –Hiyumi pareció elegir ese preciso momento para burlarse-. Pudieron frenar el Sangeki, ¿eh? ¡Sólo ha sido alejado de su objetivo por un par de segundos! ¡Qué estúpido de su parte, creer que con un simple ataque con un shikai es posible detener al Sangeki!

-¡Menos mal que tuvimos más que un shikai para esto, entonces! –se jactó la coneja rosa.

En efecto, en el centro del ataque, dirigido hacia el Sangeki a toda velocidad, apareció de repente lo que se asemejaba a una flecha partida en dos de color blanco, que desentonaba con la ráfaga que la cargaba, como si alguien la hubiese colocado allí cual un ladrillo de lego en un juego diferente a toda prisa.

-¿¡Qué!? –la sonrisa triunfante en el rostro del juez se borró instantáneamente al ver el extraño símbolo volador-. ¿Cómo rayos consiguieron el Sello del Juicio? ¡Esto no es posible!

-Entonces, amigo, espero que te guste lo imposible. ¡miren todos, fuegos artificiales! –habló el conejo azul, apareciendo de la nada a su lado.

Dos manos la levantaron y la sacaron del cadalso a toda velocidad, mientras la técnica con aquel sello volaba sobre sus cabezas, antes de estrellarse contra la guillotina gigante, explotando en una sacudida masiva, que hizo retroceder tanto a Kyoraku como a Hiyumi, el primero consiguiendo sujetarse al convocar un hechizo de atadura rápido a su alrededor y sobre la base del puente destruido, el segundo apenas evitando caer al vacío.

El estallido sacudió la montaña entera, pero sus rescatadores se mantuvieron firmes, saltando la distancia entre ellos y más allá del puente ahora caído, al tiempo que todos a su alrededor eran empujados por las secuelas.

Kyoraku apenas fue lo suficientemente rápido como para convocar un segundo grupo de ataduras, atrapando al juez a su lado justo antes de que lo tiraran a su final. Luego, los sacó a ambos de la montaña, que se venía abajo por segundos.

-Nunca dijiste nada de la inestabilidad de esta cosa de la Central, Hiyumi. ¡Ni siquiera la destrucción del Sokyoku fue tan desastrosa!

-¡Perdóname por tener acceso a una forma mucho más segura de ejecución para traidores a la sociedad de almas, Kyoraku!

-¿Llamas a esa cosa segura? ¡Todo el mundo, rodeen la explosión ahora! ¡EL Seireikei estallará si continúa expandiéndose! ¡Podría destruir toda la sociedad de almas a este ritmo!

Para alivio de todos, Sadashi Natsuyume había tenido el mismo pensamiento que el Capitán Comandante, saltando de su asiento, mientras todos a su alrededor se empujaban por salir fuera del camino de la onda expansiva resultante de la destrucción del Sangeki. Liberando su shikai, descubrió dos abanicos amarillos con soles cruzados por varias líneas sobre ellos, antes de convocar una técnica apropiada.

-¡Suéltate y brilla, Megami no Kami! ¡Empuje de la Primavera!

La shinigami agitó con fuerza ambos abanicos, desplegando una ventisca imposible, que dejó una estela multicolor casi invisible a su paso, así como un cielo despejado con sol, tras llevarse la explosión como si nunca hubiese ocurrido, dejando una lluvia de rocío y dos o tres girasoles como único recordatorio.

-¡Lo sentimos, no podemos quedarnos a la fiesta! ¡Chao!

Los conejos saltaron con una Yuki aún un poco aturdida en sus brazos, esquivando todo lo que se les interponía, ya fueran hechizos de shinigamis, jueces o incluso alguna que otra técnica producto de un shikai o dos.

Entre shinigamis que iban desenvainando sus Zampakutous, jueces y guardias aturdidos y furiosos, Yuki sólo pudo mirar, atónita por todo el barullo. Y de la nada, consiguió reaccionar con una pequeña sonrisa.

Al parecer, hoy no sería ejecutada. ¿Estaba salvada? ¡Estaba salvada!

Contra todas sus expectativas, frente a toda probabilidad, Yin y Yang habían venido por ella.

Mientras iban alejándose de la multitud enardecida, que no cejaba en su persecución pese a no conseguir seguirles el paso, un nuevo estruendo la golpeó, casi al punto de ensordecerla, aunque evidentemente era uno menos potente que el ruido de la explosión anterior.

Alguien había encendido una alarma, una que empezó a sonar por todo el Seireikei mientras escapaban.

Se le borró la sonrisa en ese preciso instante. Aún no estaban a salvo.

N/A2: ahí van las traducciones

Sangeki: El Azote.

Megami no Kami: Cabello de Diosa.