Harry Potter pertenece a JK Rowling.
Star Wars pertenece a George Lucas (y a Disney)
Harén de Harry.
HP: Hermione Granger, Daphne Greengrass, Padma Patil y Susan Bones.
SW: Aayla Secura, Ahsoka Tano y Maris Blood.
07: Las Niñas Mágicas y el Usuario de la Fuerza.
Richard Granger era un grandioso dentista, en el colegio fue (lo que se llama despectivamente) un Nerd, un cerebrito.
Jean Granger, fue igual o incluso mejor que su novio y ahora esposo.
Quizás el hecho de ser ambos tan listos, y tener a alguien que pudiera seguir su línea de pensamiento, les hizo unirse en noviazgo y, al salir de la universidad, se casaron.
Colocaron la odontología, en un espacio extra que tenía la casa, que al comienzo querían convertir en una sala, pero ¿Para que una sala TAN grande y espaciosa?, Así que la usaron para algo más: para atender a sus pacientes.
Lo intentaron muchas veces, hasta que sus ruegos y el deseo de ser padres, se volvió una realidad, teniendo dos bellas hijas: Hermione y Zoe.
Era una niña muy inteligente, absorbía rápidamente toda clase de conocimiento, y eso era solo una parte del problema de la primogénita Granger.
Su cabello tupido y sus dientes delanteros que eran ligeramente alargados, eran el otro problema, que solía enfrentar en el colegio; muchos niños de su mismo grado, o de grados mayores que el suyo, volvieron a Hermione, su objetivo de perversa diversión.
Fueron diez largos y angustiosos años, soportando a sus matones (entre los cuales, llegó a estar su hermana gemela, al menos en algunas ocasiones), y con aquellas cosas raras, pasando a su alrededor, solo teniendo a sus padres, y a veces a su cortante hermana. Hasta que un día de 1991, llegó a la casa Granger, alguien que pudo consolar los extrañados y asustados corazones de los Granger. Una mujer de cabellos negros, ojos igualmente negros, de lentes y túnica verde, quien hizo entrega a Hermione y Zoe, de unas cartas. —Señor y señora Granger. Sus hijas: Hermione y Zoe Granger, son brujas. Y yo, vengo en representación del colegio Hogwarts, en el cual sus hijas tienen plazas, para dar inicio a su educación mágica —fue la sentencia y presentación de esa bruja, llamada Minerva McGonagall. Para la sorpresa de Hermione y Minerva, Richard y Jane, lo aceptaron de muy buena gana. Hermione fue quien reconoció aquellas especiales palabras, como una realidad, en lo más profundo de su corazón. Zoe no estaba interesada, solo le interesaban los niños, la música y los vestidos, pero aceptó aquella invitación. —Necesito llevar a sus hijas, a un mercado, para adquirir sus útiles escolares, ¿quieren acompañarnos? —McGonagall llevó a los Granger, a la calle, sacó su varita mágica y la apuntó al cielo, sin ningún tipo de teatralidad, no pasó mucho, para que un autobús de tres pisos, de color violeta, llamado Autobús Noctámbulo, saliera de la nada y los cuatro subieran. —Al Caldero Chorreante, por favor.
—De inmediato. —Dijo el acompañante del vehículo, mientras que el conductor arrancaba.
—Considero que esto es un medio de transporte, mucho más conocido para ustedes, que simplemente sentir como... Son pescados y trasladados violentamente a un lugar. —Dijo la profesora McGonagall. Eso tenía sentido. Aunque eso, no disminuyó el ritmo del viaje, y a medida que se acercaban a ese tal "Caldero Chorreante", podían notar la mirada de la maestra, la cual viajaba a algo que tenía en sus manos, parecía angustiada por algo.
Descendieron y caminaron, cruzando una calle, hasta su destino, donde McGonagall, se acercó al Barman.
—Hola profesora McGonagall, auxiliado a dos hijas de Muggles, según puedo ver. Bienvenidos al Caldero Chorreante. Soy Tom. —Saludó el anciano, con una sonrisa, mientras servía una taza de café para Richard y una de té para Jane.
—Tom. —Dijo McGonagall, llamando al hombre. —Tengo que entregar otra carta, a un alumno hospedándose, en la habitación #4.
—Por supuesto, profesora. Por aquí, por favor. —Indicó el hombre, guiando a la mujer. Aquello fue raro para ella, pues Tom no solía ser discreto, y ella sabía perfectamente, quien la esperaba detrás de esa puerta.
Al acercarse Tom y Minerva, a la habitación, la bruja escuchó un sonido metálico y de tintineo, que reconoció, como el de un par de mancuernas/pesas, siendo utilizadas, por la persona del otro lado de la puerta, hasta que ambos adultos, llamaron.
—Un momento, Tom —pidió una joven y masculina voz, del otro lado de la habitación. Se escuchó como algo pesado chocaba suavemente con el suelo y un suspiro de alivio, algo siendo muy suavemente arrastrado. Para Minerva, casi parecía que la persona del otro lado, no quería abrirle, y cuando ella estaba sacando su varita, la puerta se abrió y Minerva, finalmente pudo posar sus ojos, sobre el hijo, de dos de sus más queridos alumnos.
Harry no era tan pequeño como aquellos cientos de historias, le hacían creer al público, su cabello si bien era negro, no era el desastre de James, sino que estaba bien peinado, con los laterales de su cabeza, ligeramente más cortos, que el resto de su cabello, dándole un aspecto, ligeramente militarizado a su imagen física. Llevaba una camisa de color vino tinto, que parecía ser más típica de un monje, que de un joven criado por Muggles. Así mismo, su pantalón azul era... distinto.
—El joven señor Potter, tiene ya tres días, hospedándose en el caldero Chorreante, profesora McGonagall. —Dijo Tom, cosa que sorprendió a la mujer. —Suele salir a trotar, vuelve aquí para estudiar sus libros, y suele salir para practicar artes marciales.
—Gracias por todo, Tom —dijo Harry sonriente.
—Un placer, señor Potter. —Intervino la mujer, luego de dejar de lado su sorpresa, ante la apariencia de Harry. —Soy Minerva McGonagall, maestra de transformaciones, y subdirectora del colegio Hogwarts de magia y hechicería.
La mujer le tendió la mano, siendo agarrada suavemente por Harry, quien depositó un beso en sus nudillos. —El placer es mío, señora McGonagall. —El joven se volvió hacía la habitación, y agarró una bolsa de tela, colgándosela en el hombro, y guardó sus pesas.
—Tengo aquí mismo, su carta para Hogwarts, si desea acompañarme, tengo a dos jovencitas de su generación, quienes también están en esta primera visita al Callejón Diagon —dijo la mujer. Harry hizo un gesto con la mano, para que la dama caminara frente a él.
—Espero tenerlo todo, Tom —dijo Harry, quien miró la habitación, para luego chasquear los dedos. Minerva, sintió algo extraño, a su alrededor, como si hubiera sido liberada una ola de... de... no sabía cómo llamarlo, se sintió como algo con un origen mágico, pero más... no tenía palabras. Miró al señor Potter, extrañada. —Sí, creo tenerlo todo. —Cerró la puerta, le colocó seguro y entregó la llave.
Futura maestra, y alumno, fueron por el pasillo, bajaron hasta el primer piso, donde dos adultos, y dos niñas de su edad, los esperaban. Una de ellas, tenía el cabello castaño y ojos del mismo color, la otra lo tenía de color negro y ojos marrones, los padres y las hermanas Granger, miraron a Minerva. —Por aquí, por favor —pidió la mujer, salieron los tres adultos y los tres niños por una puerta lateral, encontrándose con una pared de ladrillos. —Recuerden esto, para cuando tengan sus varitas. Dos arriba y dos la izquierda. —Lo golpeó tan suavemente, que los tres jóvenes y la pareja adulta, estaban inseguros de si la mujer realmente, había hecho algo. El muro, que a simple vista parecía ser macizo, literalmente, se hizo a un lado. Se giró, en ese momento. Esta era una de sus partes favoritas: el ver los rostros de los hijos de Muggles, ante la sorpresa del Callejón, por primera vez. Logró obtener la reacción, por parte de las hermanas Granger y de sus padres, pero Harry solo sonreía, como si estuviera ante un viejo amigo. Eso fue raro. —Señor Potter, ¿es esta, su primera visita al Callejón Diagon?
Harry negó con la cabeza. —Antes de comenzar el viaje, mi maestro me trajo, y compramos lo más básico. Con tal de que yo pudiera aprender a realizar magia, y me acostumbrara a la idea, de que esta existía.
¿De qué estaba hablando el señor Potter?
Esto fue verdaderamente inesperado para Minerva.
Sus ropas, su cabello... su aparente visita previa al Callejón Diagon.
—Lo primero, será adquirir el dinero, para sus compras —dijo la profesora McGonagall, tras lograr retornar al control sobre sí misma, quien condujo al grupo, por un camino. No podía evitar volver su mirada hacía el joven señor Potter. ¿Qué viaje había realizado? ¿Quiénes lo habían criado? Estaba más que claro, que los Dursley no lo habían hecho, y Dumbledore parecía nervioso, desde hace algunos seis años. En la Orden, habían estado teniendo lugar, algunas expediciones o búsquedas, y que no habían rendido frutos. Para que el señor Potter estuviera en el Callejón... — ¿Acaso era él, el objetivo de todas aquellas investigaciones?, ¿acaso los Dursley lo lanzaron a la calle, y él logró encontrar a alguien que lo criara? —sonrió complacida. Solo entonces, su sonrisa se borró, y su mente voló: imaginó a los tíos de Harry Potter, maltratándolo, lo imaginó escapando de su hogar, entonces Albus llamaría a la Orden del Fénix, y sería discreto con todos, y con cada uno de ellos. Todos buscarían a Harry Potter, solo para no encontrarlo, y ahora, el propio Harry Potter, apareció por su propio pie, ¡ante ella!, ¡en el Caldero Chorreante! Parecía ser un joven deportista, tenía buenos modales. Frunció el ceño ante sus ropas y su corte de cabello. Finalmente, llegaron hasta un edificio de mármol blanco y alto, que se podía ver desde cualquier lugar. —Este es el banco de Gringotts, el único banco mágico, existente en todo el mundo, y con sucursales en todos los mercados mágicos, conocidos y por conocer.
― «Entra, desconocido, pero ten cuidado con lo que le espera al pecado de la codicia, porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado, deberán pagar en cambio mucho más, así que, si buscas por debajo de nuestro suelo un tesoro que nunca fue tuyo, ladrón, te hemos advertido, ten cuidado de encontrar aquí algo más que un tesoro.» —leyó Richard Granger, haciendo una mueca. El grupo de cinco, pasó junto a los trolls de seguridad, quien saludaron a Harry, quien devolvió el saludo. Aquello solo acrecentó el misterio que rondaba a Harry Potter, a ojos de McGonagall.
—El señor Potter, tiene un fondo fiduciario para sacar monedas, mientras me temo, que usted, señorita Granger, deberá cambiar dinero Muggle por el dinero mágico inglés —dijo McGonagall. Se acercaron a un duende.
—Joven señor —saludó el duende.
—Necesito sacar un poco, no será mucho. Solo unos cuantos Sickles. —Dijo Harry calmado al duende, el cual asintió y le indicó el camino.
Eso molestó una vez más, a Minerva. ¿Qué demonios estaba pasando aquí?
Esta no era la primera visita de Harry Potter al callejón Diagon, claramente conocía algunas cosas, pues no mostró interés por casi nada de todo cuanto vio, y las pocas palabras que habían cruzado, le demostraron que conocía cosas, que normalmente, un menor de once años, criado por Muggles, no debería de conocer.
Harry fue, y volvió. A simple vista, con las manos vacías, pero seguramente volvía con los bolsillos llenos. Ya los Granger, habían cambiado algunas libras esterlinas, por dinero mágico, así que salieron y dieron paso a las compras.
Yendo primero, donde Madame Malkin, tenía su tienda. —Lo primero, será conseguir sus uniformes de Hogwarts. —dijo la mujer.
—Y ropas del mundo mágico. —Dijo Harry, con una mirada aburrida. —Considero, que si las señoritas y yo, nos sumergiremos tanto en el Mundo Mágico, lo mejor sería tener ropas y libros de las costumbres mágicas.
La castaña, dio un par de pasos al frente, colocándose a la altura de Harry. —Soy Hermione Granger, un placer. —Dijo la chica castaña, alargando su mano, la cual fue aceptada por Harry. —Uh, ella es mi hermana menor Zoe.
—Harrison Potter, el placer es mío señoritas. —Saludó el pelinegro, con una sonrisa plasmada en los labios.
Estaban entrando en el negocio de la señora Malkin, en ese momento. —Tres para Hogwarts, Selena —anunció y pidió Minerva, sonriente ante el tono y mirada coqueta de Harry Potter.
La señora Malkin los midió a los tres.
— ¿Cómo ha estado, señor Potter? —preguntó Selena, midiendo a Hermione. Agitó su varita, cuando las medidas de Hermione estuvieron hechas por su cinta milimétrica, y las medidas aparecieron en su libreta.
—Todo muy bien, Selena. —Dijo Harry, aquello fue escuchado por Minerva, quien acertó, en que ya se conocían. El joven no mostró interés, al ver como Zoe era medida por la mujer. —Y gracias, por la indicación del hechizo para agrandar las ropas, me ha sido útil. Aunque creo, que necesitaré que vuelvas a medirme. No sabría cómo ajustar las medidas correctamente.
—Veo que mi camisa escarlata, fueron muy bien. —Dijo Selena sonriente. —Me alegra que a usted y sus tutores les agradaran mis creaciones.
—Eres estupenda —dijo Harry feliz. —Creo que el maestro Kraft, desearía volver por aquí y que crearas algunos ropajes, para ellos y los de mayor rango.
—Es bueno que al señor Kevazz, le gustaran. —Dijo burlonamente.
Harry lanzó una risa, que trató de opacar. —Oh, Selena. Te gusta jugar con fuego. Sabes cuánto odia el maestro Kaft, ser llamado por su nombre original.
—Es algo que jamás podrá cambiar, por mucho que quiera, y por mucho que se haga llamar Darth o Lord Kaft. —Dijo Selena sonriente, sin temer a burlarse del Sith. Mientras pasaba a medir a Zoe Granger. —Por favor, vengan en una hora, por sus uniformes.
Se despidieron, y caminaron calle arriba, hasta una tienda llamada Baúles Rogers, donde fueron atendidos por una señora, a quien McGonagall pidió, dos baúles estándar.
—Por favor, señora Rogers: que sean cada uno de cuatro compartimentos. El primero para que las botellas de pociones, sus ingredientes y el caldero, y que cuenten con broches de seguridad. El segundo para las ropas. El tercero para los libros y pergaminos, y el cuarto para las plumas y tinteros. —pidió Harry. Los ojos de la mujer, de los señores Granger, de McGonagall, Zoe y Hermione, se abrieron, cuando alcanzaron a contar al menos, trece docenas de Sickles, que Harry desparramó en la mesa.
—Señor Potter... —trató de decir Richard, Harry le enseñó una sonrisa.
—Por favor, señor Granger, permítame realizar un acto desinteresado, por un par de jovencitas, en quienes veo a mis iguales —pidió Harry, Richard asintió finalmente.
Cuando los baúles estuvieron terminados, fueron a comprar los calderos. Había tantas opciones: Latón, cobre, peltre, plata –automáticos–, plegables.
Inmediatamente después, pasaron al boticario, para comprar "Los ingredientes normales".
Zoe pidió uno automático de plata.
Harry solo pidió uno normal de cobre, y lo mismo hizo Hermione.
Compraron los juegos de redomas de vidrio, para pociones.
Cuando estaban entrando a la tienda de libros Flourish & Blotts, que tenía libros hasta el techo; pasó a lista, y Minerva escuchó a Harry murmurar, "Ya lo tengo", y luego fue solo por cuatro libros, los cuales guardó en su baúl, luego de pagarlos. La maestra estaba segura, de que no eran de primer año.
Luego de guardar todo, en los baúles, fueron hacía la tienda de Ollivander, pero Harry se quedó afuera.
—Señor Potter —llamó la profesora, Harry la miró, ella tenía una máscara de extrañeza, confusión y un ligero enfado. — ¿Porque no entra? La varita, es el instrumento más importante para un mago.
—Lo sé —dijo Harry, mientras extraía de su bolsillo, una varita de madera blanca. —Tilo Plateado y Espina de Monstruo del Río Blanco. —McGonagall miró aquello sorprendida, entonces vio a Harry extraer su baúl, ¿lo había encogido mágicamente?, ¿Cuándo lo hizo?, ¿Cómo conocía el señor Potter hechizos, como aquellos, si aún no había ingresado a Hogwarts? Y el misterio de Harry Potter se acrecentó, cuando lo vio decir algo, en un idioma que ella no reconoció, en lo más mínimo, mientras que comenzaba a introducir la larga varita, en el diminuto baúl, claramente, había un hechizo de Expansión Indetectable, en el diminuto baúl, que volvió al bolsillo de Harry, quien se dedicó a esperar.
Al salir, una emocionada Hermione, le contó sobre su varita. —La madera es de Vid, y el núcleo de Corazón de Dragón.
—La mía, la adquirí hace un tiempo. No mucho, pero sí... Tilo Plateado, para el vidente. Y la Espina de Monstruo del Río Blanco, es para los hechizos de mayor elegancia y fuerza. —Contó Harry, con una sonrisa.
—La mía es de Avellano y reflejará mi estado emocional, necesito aprender a controlar mis emociones. Y al parecer, mi... fibra de corazón de dragón, es del mismo corazón, que la de Hermione. —Dijo Zoe, mirando embelesada su varita.
—Harry, ¿puedo preguntar algo? —fue la... pregunta de Hermione.
—Acabas de hacerlo, pero te permito preguntar algo más —dijo Harry, guiñándole el ojo, haciéndola sonrojar.
— ¿Qué piensas sobre la magia oscura? —preguntó Hermione, en un susurro, el cual paradójicamente, fue perfectamente audible para todos.
—Es una etiqueta. —Respondió rápidamente. —Solo eso. Excepto claro: en casos muy precisos. Todo hechizo, capaz de dañar, debería de tener una justificación para ser empleado. Incluso si usamos un hechizo que libere una llama que nos caliente... en una fría noche de invierno. Misma llama, que podríamos acabar usando para dañar a alguien. ¿Es eso un hechizo de luz u oscuridad? Podríamos usar el hechizo Lumos para alumbrar nuestro camino, como si tuviéramos una linterna, o podemos tomar a alguien desprevenido y, –literalmente– apuntarle con la luz a los ojos, lo dejaríamos deslumbrado por un tiempo prudencial, para atacarle. La maldición Oppugno, provocará que muchos objetos alrededor, ataquen a aquel a quien nosotros apuntemos con nuestras varitas. Pero una madre, que quiera salvar la vida de su hijo, podría usarla para retrasar a un asesino. Quizás, la única medianamente reprochable, sea... La Maldición Asesina, por un motivo obvio, si lo usas acabarás en la prisión mágica, del mar del norte: Azkaban, rodeado de criaturas las cuales se llevarán para siempre, tus pensamientos más bellos.
— ¿Por qué dices "medianamente reprochable", señor Potter? —preguntó la profesora McGonagall frunciendo el ceño, su voz sonó como la de un espectro. — ¿Abogas por el asesinato? —el ceño de McGonagall, se frunció aún más; y se regañó a sí misma. Había querido que tuviera un tono más suave, que no sonara como una condena.
—Personalmente, abogo por la pena de muerte, si es que se ha sido lo suficientemente despreciable. —Dijo Harry. —Asesinos en serie, violadores, omisores de algún deber, –que condujera a la muerte de un tercero...– —Hermione y Zoe, asintieron con la cabeza. Igualmente, los padres de las hermanas Granger, parecían aceptar tales extremos, a la hora de usar la fuerza bruta.
Harry, rápidamente desestimó los telescopios, y dijo que los telescopios Muggles, incluso esos que eran de juguete, resultaban ser mejores. Aun así, los compraron.
Fueron luego, a recoger las ropas que Madame Malkin, ya tenía listas.
Luego fueron al emporio de mascotas.
Hermione compró un gato, que era un cruce entre un gato persa y una criatura mágica, similar a un gato llamado Kneazle, era de color canela, lo llamó Crookshanks.
Zoe no compró ningún animal. Toda la situación, aun le resultaba muy surrealista e increíble. Seguía convencida, de que despertaría en cualquier momento.
Harry compró una lechuza estriada, de cabeza negra y de vientre y alas castaño rojizo, la llamó Hedwig.
Cuando finalizó la visita, Harry pidió a Hermione y Zoe, sus telescopios, tomó también el suyo, antes de desaparecer por un callejón adyacente, a lo cual Minerva pegó un chillido. Rápidamente, ella explicó que era la contraparte oscura, del Callejón Diagon, se llamaba Callejón Knockturn.
Harry salió de allí, casi quince minutos después, ahora los telescopios estaban decorados, con detalles en plata y runas. —Un telescopio como nuevo, para unas bellas señoritas. —Dijo el pelinegro, haciendo sonrojar a Hermione, pero no a Zoe. Rápidamente, explicó. —Los telescopios mágicos, si bien tienen ciertos encantamientos en ellos, estos son... bueno, tienen un estilo y técnicas de fabricación medievales, como todo en el Mundo Mágico, lo que hice, fue pedir que los mejoraran. —Recibiendo las gracias de las hermanas, y las de sus padres.
McGonagall, entregó a los tres los boletos para el tren que debían tomar el día 1 de septiembre, a las 11:00am. —Deben de ir a la Estación King Cross, y literalmente, arrojarse contra el muro, que está entre los andenes 9 y 10, obviamente, es una entrada oculta, y los Muggles no pueden cruzar. Nos vemos en Hogwarts, señoritas Granger, hasta pronto señor... —Pero Harry ya no estaba allí.
Continuación del capítulo 7 (después de considerar, que colocar esto en el capítulo 8, sería estúpido, y una pérdida de espacio de Word)
Minerva, tenía muchas cosas en su cabeza. Suspiró y luego de dejar a los Granger en su hogar, fue hacía la chimenea, sacó polvos Flu y se transportó a su oficina en Hogwarts, desde allí, fue a pie hasta la sala de maestros.
—Bienvenida Minerva —dijo Albus con una sonrisa tranquila, solo para notar el claro agotamiento mental de la jefa de Gryffindor, se le notaba en la cara. —Supongo, que todos los hijos de Muggles, ya han recibido su orientación en el Callejón, ¿no es así?
—Sí Albus. Las últimas, fueron las hermanas Granger, y.… el señor Potter. —Dijo Minerva.
— ¿Ha pasado algo, con respecto a Harry? —preguntó su esposa, colocando una mano, sobre la mano de Minerva, quien suspiró.
—Estoy bien, Rolanda tranquila —aseguró la subdirectora, mientras que la maestra de vuelo, asentía ligeramente.
—Entonces Minerva, ¿Cómo está Harry? —preguntó Albus. Hace ya bastante, que le había perdido la pista, cosa que lo hizo enfadar. Aun recordaba aquel día. Recordaba, como lo había estado buscando, con toda clase de encantamientos, como había desplegado a toda la Orden del Fénix, como había pedido ayuda a Amelia Bones, como había perdido miles de Galeones y Sickles buscando a un chico, a quien al final casi dio por muerto.
—Parece estar bien. Hace ejercicio, es saludable... es educado. De muy buena gana, vino conmigo y con los Granger al callejón. Me sorprende que... bueno, Harry al parecer... ya antes había estado en el Callejón. —Los ojos de Dumbledore, se abrieron violentamente, debido a la sorpresa de aquello, que acababa de escuchar. —Al parecer, había adquirido gracias a sus tutores, algunos libros sobre el significado de la magia, y sobre cómo realizarla. Ya conocía a Madame Malkin, y conversaron un poco, sobre sus tutores, un tal... Kaft, quien había llevado túnicas para unas personas cercanas a él. Por el tono con el cual Harry habló de este hombre, parece ser un Mago Oscuro redimido, o algo así. —Eso causó que más de uno alzara una ceja.
Dumbledore quería decir algo, quería preguntar más, sobre Harry, pero las palabras sencillamente, no parecían estar allí. Recordó aquella vez, en la cual guio a Tom Ryddle, de once años, al Callejón Diagon, y cuando lo vio conseguir su varita de Tejo. — ¿Qué dijo Ollivander sobre su varita? —por desgracia, debido a los nervios, esa palabra salió sola de los labios de Albus, quien tarde, se dio cuenta de su error, y se maldijo mentalmente. ¿Cómo reaccionarían los demás, cuando Minerva contara, que la Varita de Harry, tenía el núcleo hermano, de la varita de Tom?
—Ya tenía una varita, y ya conocía el callejón. —Fue la respuesta de Minerva. Ante aquello, Albus hizo una mueca, primero de enfado, luego de confusión y luego de terror. —Lo que me preocupa... es su perspectiva. —Las imágenes de James y Lily, aparecieron en su mente, y un minuto después, fueron reemplazadas por la imagen de Harry.
— ¿Qué pasó, Minerva? —preguntó Albus, sin saber qué esperar.
—Cuando Hermione Granger, le preguntó qué pensaba sobre la magia, dijo algo así como: "Luz y oscuridad son solo etiquetas. Existen hechizos lumínicos sumamente peligrosos y mortales, y existen hechizos oscuros que pueden salvar vidas" —parafraseó Minerva.
Muchas cejas se dispararon, nuevamente.
—Entonces, no crees que vaya a Gryffindor, ¿verdad? —dijo Severus, sorprendido, para luego sonreír maléficamente.
Minerva asintió, antes de seguir hablando. —Así mismo, parece tener... conocimientos sobre magias avanzadas, pero no podría especificar en qué, o en cuales. Parecía ser, que ya tenía muchos libros, solo compró algunos, y entre líneas, aseguró que ya tenía otros de los libros de primer año.
Entonces Albus, cayó en la cuenta de algo: Minerva dijo que Harry, estaba en el Caldero Chorreante; pero por años, había estado buscándolo. Fue como si se lo hubiera tragado la tierra... o como si hubiera dejado de existir. Trató de encontrar las palabras, para decirlo, sin que sonara sospechoso, aunque él mismo creía saber, que muchos en esa habitación, tenían pleno conocimiento, de los cientos de movimientos de miembros de La Orden del Fénix, y de ciertos movimientos de dinero, con tal de encontrar alguna pista sobre Harry, a lo largo y ancho, de la Inglaterra Mágica, creía románticamente, que el niño se había quedado en el país, pero cuando se hizo obvio que no era así, extendió la búsqueda, a toda Europa.
Pero Harry jamás apareció... sino hasta ahora. — ¿Te dijo donde se está hospedando?
—No. Pero pagó a Tom, para continuar en el Caldero Chorreante, al menos hasta el 1 de septiembre —dijo Minerva.
Un Harry Potter desaparecido.
Un Harry Potter que ahora, volvía a aparecer.
Un mismo Harry Potter, que hace ya bastantes años, justo antes de desaparecer, le había demandado, ganado la demanda y arrebatado, todo el dinero que él mismo había estado pasando a los Weasley, y al ver a sus fieles siervos demandados, Albus lo pagó de su bolsillo, quedándose muy mal, económicamente, y aun a día de hoy, se estaba recuperando.
¿Cómo era posible?
¿Quién le enseñó a Harry, sobre el Mundo Mágico?
¿Qué había estado haciendo estos últimos años?
¿Dónde había estado?
¿Quién lo había sacado del hogar de los Dursley?
