Los exsoldados del Team Rocket se quedaron mirando la mesa fijamente. Su capitán salió de la sala de reuniones.
Hubo silencio.
Las luchas, las fechorías, las aspiraciones criminales… Todo quedaba en nada. Su modo de vida y sus sueños habían desaparecido. No había vuelta atrás. La decisión había sido tomada y ellos no tenían ni voz ni voto.
—James…
Jessie miró a su prometido, el pelo le tapaba la cara mientras lloraba en silencio. Entonces ella se dio cuenta de que el azul era el color de la tristeza.
Meowth saltó de su asiento y anduvo hasta la puerta. No se giró para hablar.
—Nos vemos en casa .
Todos estaban afectados y cada uno era el que más a su manera.
Jessie podía ver como su futuro soñado se desvanecía en la realidad. Recordó sus fantasías de mostrarse ante Giovanni como la soldado más fuerte de todo el Team Rocket. Recordó todas las horas y todos los días invertidos en el gimnasio para intentar convertirse en esa persona que deseaba ser. Ahora sabía que no conseguiría serlo jamás.
James derramaba lágrimas de impotencia al verse retratado ante todos sus antiguos compañeros como un completo inútil. En su cabeza aún sonaban las risas de los otros reclutas cuando no conseguía que sus propios pokémon le obedecieran. No tenía sueños de grandeza pero deseaba ser un soldado respetado como cualquier otro. Ahora ya sabía cómo iba a ser recordado y cuáles eran sus límites.
Meowth notaba como se desangraba su orgullo. Tras haber salido de las calles, logró entrar en el Team Rocket. Entonces cayó en el grupo que lograría la bochornosa hazaña de fracasar en absolutamente todo lo que se les había ordenado. Podría culpar a sus compañeros pero había visto como todos sus planes fallaban uno tras otro. No había excusa posible. Quizá se había sobreestimado. Quizá no era tan inteligente como pensaba.
Ninguno de los tres podía deshacerse de su parte de culpa.
