Aaron era el encargado de recaudar las ganancias de los negocios del Team Rocket que no se declaran al gobierno de Kanto. Estaba en la organización desde antes de que Meowth hubiese entrado. Los sábados por la tarde, a las ocho y media, llegaba al casino para recoger las cajas fuertes en las que se guardaban el dinero de la semana. Entonces conducía a Carmín, donde el cargamento se subía a un barco pesquero que esa noche saldría rumbo a Johto. En la región vecina regularizarían el dinero a través de su sede en Pueblo Caoba.
Esta estrategia hacía que la información de Meowth resultase reveladora para la Agente Mara. El plan pasaba por entrar a partir de el eslabón más débil en esa cadena, el único conductor de una furgoneta que tenía que viajar desde Ciudad Azulona a Ciudad Carmín.
Después de toda la semana, Jessie estaba cansada tanto física como mentalmente. Tras esa primera sesión de terapia con James, también estaba extenuada emocionalmente. Después de eso, volver a casa y terminar el día juntos no parecía tan reconfortante como de costumbre. Ahora tenía que pensar en qué hacía y cómo afectaba eso a su prometido.
Al aparcar no salió del coche. James se quedó mirándola.
—¿Estás bien? —preguntó.
Jessie hizo entonces lo que no se atrevió a hacer en la sesión con la psicóloga.
—No.
Aparcó delante del casino. Era Aaron, el recaudador del Team Rocket. Cualquiera que viera algo raro estaría alucinando.
Sin llegar a quitar las llaves, con la radio aún encendida, saltó de la furgoneta y se dirigió al maletero. Ahí sacó el carro y empezó a cargar las cajas vacías. Por la calle pasaba gente. Era un día cualquiera. Aaron llevó el carro marcha atrás para poder abrir la puerta. En el interior había sonidos por todas partes pidiendo atención, ofreciendo premios, tentando a una partida más. Como siempre. Antes de comenzar a caminar dentro del local, Aaron trazó mentalmente el camino que tenía que seguir para llegar al almacén. Era el mismo de siempre.
En el mostrador había dos personas, como de costumbre. Estaban hablando mientras nadie les interrumpía para comprar más fichas. A estas horas era raro que alguien quisiera comprar más, quien se quedaba sin nada que apostar a estas horas ya se rendía y volvía para casa. Aaron pasó junto al mostrador. Apenas le echaron un vistazo para ver que era él. Siguieron hablando.
En el almacén el ruido de las máquinas sonaba lejano. Más que un almacén parecía un trastero con máquinas estropeadas amontonadas en una esquina, varias cajas en las que se guarda la decoración de festividades y algunos otros artículos con una utilidad que alguien debería conocer. Aaron se movió con el carro hasta el fondo de la estancia, donde estaban las cajas fuertes en las que se guarda el dinero de las fichas, dejó las que había llevado y cargó las llenas. Como siempre, salió de allí.
Los dependientes seguían hablando. El bombardeo sonoro de las máquinas, los premios y las nuevas partidas en busca de una suerte mejor continuaba abarrotando el local. El recaudador salió y se posicionó detrás de la furgoneta. Empezó a cargar las cajas en el maletero. Quedaba otro viaje y ya estaría todo hecho.
Volvió a entrar en el casino. Hizo el camino otra vez. En el almacén dejó las cajas vacías y cargó las llenas. Ahora solo había que salir.
Pero quedaba algo importante.
De la Rocket Ball que colgaba en su cintura saltó un Pokémon. Era un Meowth. Hizo un movimiento que esparció monedas idénticas a la de su frente por el suelo.
—Eso bastará —dijo.
Volvió a la Rocket Ball y su compañero humano caminó para salir del lugar aparentando toda la normalidad posible. Sonido de las máquinas, de la gente…
—¡Eh, Aaron! —dijo uno de los dependientes.
—¿Sí? —respondió con toda la tranquilidad que pudo.
—Tío, hoy no has saludado ni nada, ¿estás bien?
Durante un segundo interminable intentó controlar el pánico que se le subía por el pecho para poder dar una respuesta.
—Uf, joder… Las cosas están complicadas, ¿sabes?, últimamente me cuesta centrarme.
—¿Vuelve a estar tu padre en el hospital?
Aaron asintió, abatido.
—Va, tío, no pasa nada, eh. Cuando estés mejor quedamos y nos tomamos unas birras.
—Gracias, nos vemos, tío.
Salió del local, ahora sí apurando un poco el paso. Fuera del casino ya no había ruido. La gente en la calle parecía guardar un silencio absoluto en comparación con el interior. Las cajas, el carro, todo estaba ya en la furgoneta. Finalmente subió él y respiró hondo antes de volver a la carretera y marcharse de ahí.
Meowth no esperó siquiera a haber recorrido toda la calle para salir de su Poké Ball. Le sonrió al policía. El equipo de caracterización lo había convertido en una copia extremadamente convincente de Aaron.
—Lo has hecho bien ahí. Buen trabajo.
Jessie y James estaban abrazados en el sofá. Después de llorar juntos habían pasado horas viendo reality shows sin darse cuenta de que ya había llegado la hora de cenar. Se abrió la puerta. Entró Meowth. En la cocina no había ni comida preparada ni platos en el fregadero. Se encontró a sus amigos en el salón. Se miraron.
Parecía que los tres empezaban a sentirse mejor.
