En la casa, el domingo siempre se había sentido como un día más para James. Se le hacía artificial no dedicarse como siempre a las tareas del hogar. Jessie no iba a trabajar, pero se quedaba toda la mañana durmiendo así que era como si no estuviera y, desde que empezó esta etapa de sus vidas, la diferencia entre que Meowth estuviera dentro o fuera de casa era que la puerta de su habitación estuviera cerrada o abierta.

De alguna manera, todo había vuelto a cambiar. Esta vez, para bien. Podrían sentir que todos los cambios que habían vivido hasta entonces eran para mejor. Los tres estaban en la cocina, de fondo sonaba una banda pop de moda a la que James se había aficionado últimamente y cada uno tenía delante suya una tabla de madera con masa. Meowth se había quejado varias veces de no tener pulgares oponibles y Jessie no entendía como las rosquillas que hacía un gato podían tener una forma más apetecible que las suyas. James, entre risas, intentaba ayudarles en todo lo que podía mientras hacía su parte del postre.

Era un talento inesperado que había llegado en parte a través de la obligación. Al ser Jessie quien trabajaba y tener un salario decente, él se quedaba en casa asegurándose de que cuando su prometida volviese estuviera limpia y la comida hecha. Sentía que no hacía suficiente para compensar el esfuerzo de Jessie, así que empezó a esforzarse por prepararle buenos postres. Y de esa manera acabó descubriendo que finalmente sí valía para algo. En cierto modo pasaba desapercibido, nunca le habían dicho explícitamente lo bien que estaban sus postres, pero ver a Jessie y Meowth intentar aprender de él le provocaba una sonrisa que no era capaz de ocultar.


Todos estaban en la mesa disfrutando de las rosquillas. Ninguno quiso decir cuales estaban peor mientras sonreían con complicidad y se acababan las del plato de James.

Meowth, tras mucho tiempo, podía ver felicidad en la cara de sus compañeros mientras charlaban. Ya no había planes malvados ni exigencias del jefe. Estar juntos ya no era un medio para conseguir llevar a cabo un plan.

Se sintió mal por volver a meterse en líos con el Team Rocket aunque fuera para acabar con Giovanni. Pero tenía que hacerlo. Tenía que hacer justicia por ellos.


Meowth estaba en la furgoneta en la que se habían llevado el dinero del casino. Desde dentro podía ver prácticamente toda la planta del aparcamiento mientras esperaba. La radio estaba apagada.

Un coche llegó. Iba despacio, parecía buscar un lugar en el que aparcar, pero no era eso lo que buscaba. Se paró ante la furgoneta. Bajó el copiloto. Meowth lo conocía. También se bajó.

—Por fin los has dejado de lado —dijo el capitán del Team Rocket. El mismo que lo había expulsado.

Meowth permaneció en silencio.

—Vamos, alegra esa cara Meowth, vuelves a estar dentro.