Capítulo 3

Aaron se frotó las manos y las sopló, y dio pequeños saltitos para entrar en calor. Había quedado con Erin a las doce en un banco de Central Park, y faltaban diez minutos. Él solía llegar pronto a todas partes.

Habían pasado un par de semanas desde su cumpleaños, y hacía tres días había decidido llamarla para quedar con ella por fin. Tenía todo el fin de semana libre, y lo iba a aprovechar. Erin no dudó en aceptar enseguida.

La vio llegar a lo lejos, y de repente se puso nervioso. No podía evitarlo. Erin era deslumbrante, con una personalidad arrolladora, y él empequeñecía a su lado sin remedio.

Cuando lo vio, su sonrisa se ensanchó, y le dio un breve abrazo cuando se acercó. Aaron notó cómo sus mejillas se sonrojaban.

-Me alegro que me hayas llamado. Ya era hora de que tuviéramos una cita en condiciones -señaló con una sonrisa.

Él estuvo de acuerdo y se encaminaron a una cafetería. Cuando ya estaban sentados frente a sus tazas de café humeantes, comenzaron una conversación para conocerse mejor.

-Y dime, ¿de dónde eres? -preguntó Erin jugueteando con una servilleta.

-Virginia Occidental. Un pueblo cerca de Charleston, concretamente -respondió con una ligera sonrisa.

-¿Y es bonito? Nunca he estado allí.

-Bueno, tiene su encanto. Me gusta más Nueva York. No tengo intención de volver allí -pensó por un momento en su madre y su hermano, y se le encogió el corazón. Pero sabía que estarían bien.

-Oh, creí que serías de esos chicos que estudian en la universidad y luego vuelven a su pueblo como un héroe -afirmó Erin divertida. Aaron la miró con seriedad y ella se dio cuenta que no le había gustado lo que había dicho-. Lo siento, sólo era una broma estúpida, no ha tenido gracia.

-Tranquila, es que…no es el pueblo en sí, sino lo que he vivido allí.

Suspiró profundamente y vio que Erin lo miraba con interés. Parecía querer saber de verdad su historia, aunque no iba a obligarlo a hablar. La expresión de su cara era tranquila, sin un ápice de impaciencia, como si le diera tiempo a pensar en lo que quería hacer a pesar de querer saberlo. Durante un segundo, se preguntó si no sería demasiado pronto para contárselo, en sus 22 años de vida, no lo había hecho con nadie, y sería la primera vez que lo haría.

-Tienes que prometerme que no se lo contarás a nadie, por favor -insistió.

Ella asintió, con una expresión de seriedad en su cara. Volvió a suspirar y comenzó a hablar.

-Mi padre era adicto al trabajo, también abogado. Y trabajaba muchísimo, y normalmente estaba muy estresado, así que pagaba su frustración con mi madre y conmigo -no aclaró a qué se refería, pero Erin cogió sus manos y le dio un apretón, así que supuso que lo había entendido-. Cuando yo tenía dieciséis años, le diagnosticaron cáncer de pulmón, aunque siguió con sus malos hábitos de juego y bebida.

"Cuando murió dos años después, descubrimos que nos había dejado sin nada. Tenía tantas deudas que había hipotecado dos veces la casa, el coche y prácticamente se había fundido el depósito que tenían para la universidad para mi hermano y para mí.

Mi madre consiguió quedarse con el coche, pero perdió la casa. Ahora ella y mi hermano de quince años viven con mis tíos, que amablemente los han acogido. Mi madre ha empezado a trabajar en el supermercado del pueblo por las mañanas, y limpiando oficinas por las tardes. El poco dinero que nos quedó se lo quedaron ellos, y yo he pedido crédito tras crédito para poder pagar la universidad. Por eso trabajo en el restaurante. Necesito dinero para sobrevivir"

Erin volvió a apretar sus manos, transmitiéndole fuerza cuando vio que sus ojos brillaban por lágrimas no derramadas. Parpadeó rápidamente y esbozó una sonrisa, aunque fuera triste, para quitarle importancia a lo que acababa de contarle.

-Eres un superviviente, Aaron -señaló ella con cariño.

-Supongo que si. Aunque nunca he querido que todo eso condicionara mi vida, siempre he sabido cómo arreglármelas solo.

-No lo dudo. Se nota que sabes cómo hacerlo.

Se encogió de hombros, un poco turbado por la atención y se rascó la nuca en un gesto nervioso. Luego tomó un trago de café y la miró.

-¿Y qué hay de ti? Te toca.

Ella soltó una risita y jugó con una de sus trenzas. Aaron sabía lo que iba a contarle (al menos lo sospechaba, viendo cómo vestía e incluso sus modales), pero estaba ansioso por saber más cosas sobre ella.

-Soy de Seattle. Tengo un hermano cinco años mayor, Josh, que trabaja en una empresa que se dedica a analizar los movimientos de la bolsa, o algo así. La verdad es que nunca le he prestado mucha atención cuando habla -volvió a reírse, un tanto nerviosa, y él la siguió-. Mi padre tiene una empresa farmacéutica y mi madre es cardióloga.

-Y tú vas a ser psicóloga. Todo queda en familia -bromeó él.

-Así es. Sin embargo, yo también voy a quedarme aquí en Nueva York. Ya se lo he dicho, y aunque no parecen muy felices, deben aceptar mi decisión.

-¿Tu hermano vive en Seattle o…?

-Si. Estudió en Berkeley, pero volvió en cuanto terminó. Es bueno en su trabajo, pero siempre tiene que estar al ladito de papá y mamá -se burló ella.

-Y tú no eres así, ¿no?

-Yo soy un alma libre, Aaron. Quiero vivir mi vida, y cuanto más lejos estén mis padres, mucho mejor. Que los quiero, ojo, pero no me gusta que nadie se meta en mi vida.

-¿E Intuyo que tus padres son así? -preguntó con cautela.

-¡Oh, sí! Se creen que porque tienen el dinero, pueden controlarte a su antojo.

-¿Y qué vas a hacer si al final te quedas aquí y no sé, tus padres se enfadan y de repente dejan de darte dinero o algo así?

Ella frunció el ceño por su pregunta. De pronto se dio cuenta que Aaron la veía como una niña de papá incapaz de ganarse la vida por si misma.

-Trabajar, Aaron. No me voy a morir por trabajar de cualquier cosa hasta encontrar algo de lo que he estudiado, que ese es el objetivo de todo el mundo. Y tengo algo de dinero ahorrado, que me servirá hasta que consiga un buen trabajo -respondió con seriedad.

-Lo siento, no pretendía ofenderte. Sólo…-ella cogió su mano de nuevo y lo interrumpió.

-Esta bien, no importa. Sé la imagen que puedo dar, pero no soy la típica niña rica que no ha trabajado nunca o que nunca piensa hacerlo. En el instituto cuidaba niños y trabajé en una cafetería como esta, y podría volverlo a hacer sin problemas. Que mi familia tenga dinero no significa que no vaya a ganar mi propio dinero.

-Vale. Tienes razón. He sido un bocazas -sonrió.

-Creo que estamos empatados -soltó una carcajada y Aaron vio cómo se le arrugaba la nariz al reírse así. Daría lo que fuera por poder besarla en ese instante-. ¿Qué tal si nos vamos a dar una vuelta?


Terminaron en el ferry que los llevó hasta la estatua de la libertad. Los dos llevaban ya cuatro años en la ciudad, y habían visitado el monumento alguna que otra vez. Sin embargo, era el favorito de los dos.

Dado las enormes colas que había para visitarlo y puesto que los dos ya lo habían visto, almorzaron algo en la terraza del pedestal y cogieron el ferry de vuelta.

A pesar del frío, los dos estaban apoyados en el borde del barco, disfrutando de las vistas. Erin parecía pensativa, y Aaron la miró de reojo. Debido a la diferencia de altura, podía disimular un poco más.

-Deja de mirarme, Aaron. Es…inquietante -señaló mirándolo directamente.

-Lo siento. No pretendía molestarte -se sonrojó sin poder evitarlo.

Erin se colocó frente a él, sonriendo. Colocó sus brazos alrededor de su cuello y por instinto, él colocó sus manos en su cintura.

-Eres tan dulce, Aaron. Te sonrojas enseguida y a veces te quedas sin palabras -sonrió ampliamente y luego bajó la voz-. Y eres muy muy guapo. Y tus ojos tristes me dicen lo buena persona que eres. Y me vuelves loca con esa media sonrisa que tienes a veces. Justo esa. Y me muero por besar esos labios carnosos.

-No esperes más entonces -murmuró él muy cerca de sus labios.

Y cerró la distancia que los separaba. Por fin pudo hacer realidad lo que llevaba soñando desde que la había conocido, y la realidad fue mejor que los sueños. Fuegos artificiales explotaron por todo su cuerpo cuando sus labios se tocaron, y deseó no separarse de ella nunca.

No había besado a demasiadas chicas a lo largo de su vida, pero el beso con Erin fue el mejor de su vida. De eso, no tenía ninguna duda.

Continuará…