Hogar
—… Ome… Kagome.
Kagome abrió los ojos con pereza y se tropezó con otros cafés. Fríos; solitarios, la miraban penetrantemente.
Y la asustaron.
Se sentó de golpe y Kikyō ensanchó los ojos cuando sus frentes se encontraron en un tremendo cabezazo que le vació el cerebro por un momento.
—Ugh… —Se refregó la frente, atolondrada. Kagome se agarró la suya igual de mareada mientras entendía con mucha vergüenza lo que había hecho—. Sabía que eras una cabeza dura, pero esto es demasiado literal.
—¡Ah, perdón! —Se apresuró, llevando las manos a sus mejillas— ¿Estás bien? Me asusté, lo siento.
Kikyō alzó las cejas.
—¿Doy miedo?
—¿Eh? ¡No, no, no, no, no! ¡No me refería a eso! Estaba teniendo una pesadilla y por eso me sobresalté. —mintió, acariciándole la frente. No quería hacerla sentir mal.
Kikyō relajó los párpados al sentir cómo levantaba su flequillo en una suave caricia. Kagome era de las que acariciaban, no era la primera vez que tenía esas atenciones con ella al verla herida.
—¿Te duele?
La Miko negó con la cabeza manteniendo unos indiferentes ojos. Su frente comenzaba a entrar en calor. La mano de Kagome era equivalente a estar cerca de una fogata. Cálida, pero peligrosa si se acercaba mucho. Así eran los humanos, así había aprendido a lidiar con ellos.
No acercarse de más, conservar una sensata distancia.
—Vamos, vístete. Hay que seguir con el entrenamiento. —Kikyō se obligó a levantarse del futon de su aprendiz. Apenas despegó la frente de su palma, extrañó ese calor—. Ponte eso.
Kagome se refregó la cabeza, aún adolorida, y miró la ropa que dejó en sus pies. Vestimenta de ¿arquería? Parecía serlo. El Keikogi (parte de arriba) y el Hakama oscuro (parte de abajo) le sonaba conocido. No obstante, terminó de comprobar que lo era al hallar encima de la ropa el "Muneate", protector de pecho.
—¡Guau! —exclamó, agarrándolo con entusiasmo— ¡Siempre quise usar esto! Se siente muy ligero aunque sea un protector.
—Por supuesto. La vestimenta no debe interferir en los movimientos.
Kagome meneó la cabeza, emocionada, y comenzó a sacarse el Yukata para probarse la ropa. Kikyō la contempló, pensativa.
Parece que ya se le pasó el malhumor de ayer.
—¡Espero que la hayas pegado con el talle!
—¿Pegado? —Kikyō arqueó una ceja. Había algunas palabras de su vocabulario que no entendía. Tenía que unir toda la frase y analizar el contexto para hacerlo. No es que fuera difícil, simplemente era molesto—. Es mi talle, así que quizás te quede un poco grande.
—¿Tú crees? —Kagome se levantó del futon con el Yukata desarreglado en los hombros y se dedicó a escanear a Kikyō de pies a cabeza. Frenó las pupilas en sus pechos—. Quizás… me quede grande en esa zona y… —Pasó la vista a su rostro—... tú eres un poco más alta.
—Naturalmente. Soy más grande que tú, en más de un sentido. —dijo con un aire de arrogancia.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió mientras le daba la espalda para terminar de quitarse el Yukata. Lo dejó caer al suelo y empezó a pasar el brazo por una de las mangas del Keikogi—. Nunca te dije mi edad.
Kikyō dobló el cuello y espió la zona de su pecho. En efecto, le quedaba un poco grande allí. Podía vislumbrar a la perfección como la curva de sus pechos se asomaba por la ropa de tan floja que le quedaba.
De pronto se sintió incómoda.
—Pareces más pequeña que yo.
Kagome se terminó de acomodar bien el traje y giró hacia ella con una sonrisa juguetona.
—Adivina.
—… ¿Catorce?
—Hm… Cerca.
—¿Quince?
Kagome asintió y una ceja de Kikyō tiritó.
—De verdad… eres una niña.
—¡No soy una niña!
—Una adulta no eres, eso es seguro.
Aunque…
Kikyō bajó disimuladamente las pupilas a sus pechos; grandes para su edad. Continuó descendiendo por las bien formadas curvas de sus caderas y dobló un poco el rostro para ver su retaguardia.
¿Qué pasa con las niñas de su época? No recuerdo estar tan desarrollada a su edad…
—¿Cuántos tienes tú? —preguntó Kagome, para luego morderse la lengua. Estúpida pregunta—. Ah, perdón. No debí...
—Está bien. Qué caso tiene ocultarlo a esta altura. —Kikyō cerró los ojos con una pequeña sonrisa—. Tenía dieciocho años cuando morí. Como ves, sigo siendo más grande.
Sin mencionar que en realidad hay quinientos años de diferencia entre mi época y la tuya.
Agregó Kagome en sus pensamientos.
—Ya veo… Y sí, también veo que me queda grande aquí. —Kagome agarró sus pechos y los levantó en un intento de rellenar lo imposible. Kikyō ladeó el rostro cada vez más incómoda con el panorama. Esa niña era pudorosa en el baño pero no para desvestirse frente a ella. Incoherente—. Creo que no va a funcionar. El protector se cae.
—Ponte otra camisa debajo, así quedará más apretado.
—¡Oh! ¡Buena idea! —Kagome chasqueó los dedos y Kikyō suspiró. No entendía la razón, pero tenía un pesado aire impregnado en el pecho que debía sacar—. Supongo que esto significa que hoy seguimos con arquería.
—Un rato. Hoy meditaremos la mayor parte del tiempo para que puedas ser más consciente de tu energía espiritual.
—Meditar… —Kagome se tornó pensativa—. Mi abuelo me hacía hacerlo todo el tiempo.
—¿Oh? —Kikyō se mostró intrigada— ¿Tu familia practica…?
Kagome asintió.
—Vivo en un templo sintoísta. Mi familia es muy tradicional, bueno, más mi abuelo. Está un poco loco, pero es un amor. —Soltó una risita—. Cuando era pequeña, él me contaba todas las leyendas sobre la perla de Shikon. Yo pensaba que solo eran cuentos, nunca lo tomé en serio. Quién diría que al final terminaría siendo cierto y la perla renacería en mi interior. —finalizó, frotándose el vientre con una nostálgica sonrisa.
Kikyō se quedó unos momentos pensativa.
Nació en tu interior porque la perla se fundió conmigo al morir.
—Ve al patio cuando termines de alistarte. —Se limitó a contestar, volteando los pies para salir de la habitación—. Desayuna antes.
—¿Eh? ¿Hay comida?, ¿de dónde la sacaste? Pensé que tendríamos que ir a pescar o algo así.
—Ya lo hice hoy temprano.
—¿Temprano…?
Pero si ya es lo suficientemente temprano…
Pensó Kagome, conmocionada. Recién estaba saliendo el sol, lo cual significaba que Kikyō se levantó por ella antes de tiempo para ir a pescar a un río cercano. Por ella y solo por ella, pues, Kikyō tenía otra dieta: almas de mujeres en pena. Ahora entendía porque había una mesa en la sala; era para ella.
—Gracias… Kikyō. No tenías que hacerlo.
La nombrada giró el rostro hacia Kagome con una expresión distante, sin embargo, ésta última pudo ver algo más dentro de esos gélidos ojos. Comparado al día de ayer, parecían relajados.
—Me harás perder el tiempo si te desmayas por no alimentarte bien.
Kagome sonrió de lado, conteniendo una risita.
Es tan poco honesta, parece Inuyasha. Al final no resultó ser tan mala…
—Sí, sí. Como tú digas —respondió, sacándose el Keikogi para ponerse otra camisa debajo.
Kikyō permaneció mirándola unos segundos, examinando cómo lo abría y empezaba a bajarlo por los hombros en un movimiento que, sorprendentemente, le resultó en demasía delicado. Percatándose de que la estaba mirando de más, volteó el rostro a la fuerza. No podía evitarlo. Esa criatura cada vez más le daba curiosidad. ¿Por qué hoy parecía tan confiada? Como si pudiera ver a través de ella.
—¿Me acompañas a desayunar?
—No.
Kagome delineó una tensa sonrisa, pasándose la camisa por la cabeza.
Eso fue rápido.
—No te retrases.
Kikyō se retiró a paso lento. Sin cambiar su rígido rostro, sin dejar que innecesarios pensamientos la consumieran, salió al patio y se puso a practicar con el arco mientras la esperaba.
La esperaba mucho.
—Está tardando.
Estrechó los ojos, irritada, y soltó la flecha con una impaciencia que ni siquiera llegó a percibir.
Falló.
—¿Qué? —Su labio inferior se desprendió—. Imposible…
—¡Ya estoy!
Kikyō se sobresaltó ante ese gritito que provino de sus espaldas.
—Perdón, al final me retrasé un poco. ¡La comida estaba deliciosa! —exclamó Kagome, plantándose a su lado en un saltito. Kikyō no quitaba la vista del suelo. Una estupefacta vista. ¿Falló, ella?—. Eres muy buena cocinera.
Se animó a levantar la cara y tropezó con una radiante sonrisa.
—Solo era pescado y arroz.
—¡Muy bien cocinado! A mí casi siempre se me pasa el arroz.
—Si tú lo dices…
La Miko trató de rechazar en vano la alegría que se instaló en su pecho al escuchar esos elogios, que, salvadores, llegaron justo a tiempo para opacar la decepción de haber fallado un tiro por primera vez en su vida. Hacía tanto que no la elogiaban... En sí, ¿la habían elogiado antes por algo tan común que ella consideraba importante? Ya no se acordaba. Lo único que recordaba eran elogios por ser la maldita protectora de la perla. Posiblemente nunca sucedió y solo fueron sus sueños.
—Entonces… ¿comenzamos? —inquirió Kagome, buscando sus ojos, los cuales hacían lo imposible para evitarla— ¿Kikyō?
La nombrada cerró los parpados y respiró hondo para volver en sí. No importaba que le hubiera elogiado la comida. No tenía importancia alguna lo bien y normal que le hizo sentir.
Ese autoconvencimiento funcionó menos que el anterior.
—¿Qué te gusta comer? —preguntó Kikyō en un murmullo tan diminuto que Kagome tuvo que agudizar el oído para entenderle.
—Bueno… de todo. No tengo algo específico que me guste. Aquí me acostumbré a comer a lo que sea. Ya sabes, supervivencia.
Kikyō la miró con la frente llena de inconformismo. Kagome levantó una ceja, extrañada por su comportamiento. Qué pasaba con esa Kikyō tan… ¿blanda? Sí, blanda. Daba un poco de ternura que le interesara su comida favorita. ¿Preguntaba para cocinársela? No, imposible. Eso sería una locura. Tenía que ser mera curiosidad. ¿Pero ella, curiosa?
—Debe haber algo que te guste más. —insistió.
—Hm… —Kagome llevó un dedo a su mentón—. Puede ser, pero es imposible conseguirlo en esta época.
Kikyō se desanimó con la misma facilidad que un niño. Se sintió extraña al percatarse de su propio sentir. Era incoherente. Incoherente pero también, si escarbaba en su pasado, entendible. Toda su vida había vivido para cumplir cometidos impuestos, pero éste era uno que deseaba cumplir por voluntad propia. Ni se paró a preguntar el porqué. El sentimiento amargo que la asaltó al no poder realizarlo borró esa cuestión en un suspiro.
—Es una comida instantánea que solo se consigue en el Japón actual. —agregó Kagome ante su lúgubre silencio.
—¿Instantánea?
—Significa que ya viene preparada en un recipiente. Lo único que tienes que hacer es calentarla. No es lo más sano, pero tengo una debilidad por ello.
Inuyasha también. Siempre se toma mis sopas instantáneas…
—Oh… Qué extraño. —La Miko la observó con un brillito especial en los ojos. Kagome le sonrió de oreja a oreja, contenta por su interés. Por primera vez halló algo que tenían en común, además de Inuyasha: curiosidad. Eso hacía mucho más amena la convivencia, pues, tendrían temas para hablar.
—Estás más charlatana que de costumbre, Kikyō. ¿De verdad te interesa mi época?
Kikyō parpadeó, reaccionando. Sí, le interesaba, pero no debía interesarle. Carecía de sentido. ¿Qué estaba haciendo perdiendo el tiempo así?
—Vamos, hay que entrenar.
Kagome detalló con una sonrisita cómplice cómo se sentaba en el suelo del pasillo y cruzaba las piernas para empezar a meditar. La imitó mientras Kikyō cerraba los ojos.
—Si quieres, cuando vuelva a mi época puedo traerte una de esas comidas.
Kikyō abrió un ojo. Kagome no ayudaba a que su curiosidad se apagara.
—¿Vas seguido?
—Cuando puedo, últimamente apenas. Mamá debe estar preocupada. —agregó más para sí, sonriendo melancólica.
Kikyō volvió a cerrar los ojos. Esa mocosa… estaba sacrificando demasiado, pensó. ¿En realidad se merecía vivir en la época feudal arriesgando su vida solo porque destruyó la perla en un accidente? Sabía la respuesta en su interior. No, no lo merecía. No merecía vivir batalla tras batalla y menos estar en medio de un trío tan revoltoso. Eso lo entendió con el tiempo, cuando un día ya no pudo seguir odiándola. Kagome, con su valentía y bondad, hizo imposible aquella tarea.
—Esperaré ansiosa esa comida. —contestó Kikyō tras un silencio.
Kagome le sonrió mostrándole los dientes y cerró los ojos como ella, lista para meditar.
—Relájate. Relaja todo el cuerpo, como cuando te acuestas a dormir, y deja que tu mente se disperse. Vacíala por completo para así sólo ser consciente de la energía que recorre todo tu ser. Búscala, siéntela.
Kagome asintió y se concentró. O eso intentó. Abrió un ojo y detalló el apacible semblante de la sacerdotisa. Hablando de curiosidades, que le hiciera tantas preguntas despertó su propia curiosidad. Kikyō nunca había hablando tanto, al menos no cuando había más personas alrededor. Rememoró aquella vez en la cueva y se encontró con un recuerdo parecido al presente que estaba viviendo. Definitivamente Kikyō se soltaba más cuando estaban solas.
¿Por qué será?
—Concéntrate. —espetó la Miko sin abrir los ojos. Kagome cerró el suyo al instante.
Mierda, no se le escapa nada.
Así pasaron toda la mañana y tarde, meditando y concentrando su poder espiritual. Descansando poco y nada. Era esencial que Kagome aprendiera a reconocerlo, a sentir cómo recorría cada parte de sus venas. De esa forma podría liberarlo con más facilidad.
Kikyō abrió los ojos cuando creyó conveniente terminar el ejercicio y fijó la vista en Kagome.
Una Kagome muy dormida.
—¿Se… durmió? —dijo, incapaz de creer lo que veía. Pero ahí estaba su aprendiz, babeando y todo. No roncaba de puro milagro—. Dios…
Es peor que cuando le enseñaba a Kaede.
Bufó y se inclinó hacia Kagome. Le dio un golpecito en la frente con el dedo medio.
—Hey, despierta.
—¡Ah, presente! —Kagome abrió los ojos de golpe, haciéndola reír por dentro—. Digo, ¡estoy despierta!
—¿En serio? Me pareció que estabas plácidamente dormida.
—¡No, no me dormí! ¡En serio!
—¿Ah, no? ¿Y qué es esto? —Kikyō limpió con el pulgar un pequeño rastro de baba en su comisura. Kagome se ruborizó, tapándose la boca.
—N-No me limpies la baba…
La sacerdotisa tardó en asimilar lo que hizo. ¿Le había limpiado la baba? ¡¿La baba?! Fue un impulso, pero no cualquier impulso, sino uno cariñoso. Fuerte. Uno que le surgió del alma y ni siquiera llegó a digerir.
Se aclaró la garganta, buscando recuperar la compostura.
—¿Ves? Dormida. Sí que eres desinteresada.
Kagome bajó la cabeza con vergüenza.
—Perdón… No fue apropósito. Me relajé tanto que simplemente pasó. ¡Pero llegué a sentir la energía antes de dormirme!
Kikyō alzó las cejas sin creerle una sola palabra y pasó la vista a las afueras.
—El sol se está ocultando. Es todo por hoy. Dejaremos la arquería para mañana.
Se puso de pie, seguida por Kagome, que continuaba mirándola apenada.
—¿Estás enojada?
Kikyō la miró, sorprendida. ¿Qué importaba si lo estaba? ¿A Kagome le importaba? ¿Por qué?
—¿Por qué lo estaría? Si no sigues el entrenamiento es tu problema. Solo tú saldrás perjudicada.
—De verdad no quise dormirme, es que… —Kagome acercó un paso y agarró la manga de su vestimenta—… estar contigo es extrañamente relajante.
Kikyō ensanchó los ojos sin saber qué decir. Su garganta se hizo un nudo, con moñito y todo.
—¡Sé que suena raro! —agregó de inmediato—. Ayer no podía calmar mis nervios y hoy estoy… Bueno, así. ¡Pero tengo una explicación más o menos razonable! Cuando me despertaste ésta mañana y me ofreciste el desayuno, me sentí… Cómo se dice… —Esbozó una tímida sonrisa—… En casa. Hacía mucho que no me quedaba en un solo sitio y sentía la calidez de un hogar. Supongo que es eso.
—Un hogar… —Kikyō tomó ese término como una flecha clavándose directo en su fallecido corazón. Ella también hacía tiempo que no sentía la comodidad de un hogar, si es que alguna vez la sintió. La comodidad de quedarse quieta sin hacer mucho, de solo disfrutar la paz y los sonidos de la naturaleza. Comer, reírse, hablar… Para la mayoría debía sonar aburrido, pero para ella, quien había deseado esa normalidad desde siempre, era un privilegio. Un deseo que, percatándose, estaba empezando a cumplir finalmente, aunque de un modo inesperado.
—¡Prometo que no va a volver a pasar! Me tomo en serio tus lecciones, de verdad.
Kikyō bajó los párpados, conmocionada por sus palabras, y sujetó aquella mano que se aferraba testaruda a su manga. Kagome miró el agarre y pasó la atención a sus ojos. Sus mejillas se acaloraron. ¿Qué era esa mirada tan profunda? Nunca había visto esa expresión en Kikyō, ni cuando estaba con Inuyasha. Era melancólica, algo triste, pero también… ¿feliz?
—No estoy enojada. —murmuró, cerrando los dedos en su mano, envolviéndola en un gélido pero a su vez cariñoso agarre. Kagome sintió la frialdad en su piel. Una frialdad que le dio un vuelco al estómago. Por poco y olvidaba algo importante. Kikyō… estaba muerta. Ese tacto tan helado era la prueba.
La entristeció.
Queriendo curarla, queriendo hacerle sentir humana al menos por un rato, Kagome entrelazó sus dedos para brindarle calor.
—Qué alivio. Pensé que mañana no me cocinarías.
Kikyō, para su sorpresa, arqueó una simpática comisura.
—Eso aún está por verse.
—¿Eh? Pero…
—Pórtate bien y quizás tengas tu desayuno. —dijo, dándose vuelta. No la soltó. Comenzó a llevarla hacia los adentros del templo. Sin pensar, sin querer hacerlo, solo sintiendo esa calidez a la cual ya parecía ser adicta.
—Me portaré bien, ¡lo prometo! Hasta te dejaré espiarme en el baño otra vez. —bromeó.
Kikyō giró el rostro hacia ella, pasmada.
—¿Por qué querría espiarte?
—No sé… Ayer me viste con mucha atención. Demasiada, diría yo. —continuó Kagome, desviando los ojos con picardía. Se sentía en confianza como para bromear, hecho que le parecía irreal. La convivencia no iba tan mal. Debía ser eso, justificó en sus pensamientos. Nunca le haría esa broma a un hombre porque, bueno, podría salir pésimo. Incluso peligroso. Pero Kikyō era una mujer, así que, ¿qué tenía de malo?
—Tonta… Deliras.
Kikyō le soltó la mano con el entrecejo fruncido y entonces Kagome comprendió que quizás se había pasado un poco. Por dios… Claro que se había pasado. ¿Le había hecho una broma subida de tono a Kikyō?
¡Despierta, idiota!
Se maldijo por dentro.
¡Es Kikyō, no es Sango!
—Era una broma... Perdón. No quise incomodarte.
Kikyō continuó caminando por el pasillo hasta entrar al templo; apuntaba directo a su habitación. Kagome la seguía cabizbaja. No podía creer lo que había dicho, ¿en qué momento pensó que era una buena idea hacerle una broma? Se dejó llevar. No debía olvidar con quién estaba conviviendo.
La sacerdotisa se detuvo antes de doblar el pasillo que llevaba a su habitación y se quedó un instante con la cabeza gacha. Kagome observó, ansiosa y temiendo por su vida, cómo volteaba el rostro hacia ella con una mirada indiferente que paulatinamente comenzaba a mutar por una ¿sugestiva?
—Cuando te bañes asegúrate de cerrar "la puerta" o como le quieras llamar —dijo, descolocándola, para luego delinear una perversa sonrisa—. Podría tentarme sino.
Kagome se ruborizó hasta las orejas. Y ahí estaba la Miko, devolviéndole la jugada. Se estaba adaptando más rápido de lo que creyó. Debía ser un alivio, pero al final terminó siendo un poco abrumador.
¿Quién demonios es esta persona?
—L-Lo tendré en cuenta.
Kikyō cerró los ojos riendo en un murmullo y se retiró a su habitación. Kagome quedó inmóvil en el lugar, tal como si le hubiera lanzado una maldición para petrificarla.
Esto es… extraño. Sip, definitivamente extraño.
—Mejor no vuelvo a bromear así.
Se agarró el pecho. Su corazón latía rápido, nervioso.
Contrólate, Higurashi.
Esa convivencia… ¿realmente estaba saliendo bien? Mejor dicho, ¿no estaba saliendo demasiado bien?
¿Sospechosamente bien?
¡¿Incoherentemente bien?!
No estaba tan convencida.
Kikyō, por su parte, mantenía la calma. Quizás por ser la mayor, tener más experiencia, o tal vez porque simplemente se estaba dejando llevar como siempre quiso hacer en la vida. Sin ataduras, sin moralidad, se permitía ser como debió haber sido: libre y un poco, sólo un poco, descarada. La mejor parte era que Kagome, por ahora, no la juzgaba por ello.
Mientras se acomodaba en el futon pensaba en el comportamiento de su aprendiz y le era imposible no reír por lo bajo al recordar la cara que puso cuando le devolvió la jugada.
—De verdad… es una niña. Le faltan décadas para encararme así. —Su sonrisa fue borrándose de a poco—. Esto está resultando más divertido de lo que pensé.
Se acomodó de frente. Sus ojos se perdieron en el techo casi en ruinas. La imagen de Kagome no se esfumaba.
—¿La habré incomodado? —Se preocupó. Ella nunca aclaró que estaba bromeando, en cambio Kagome sí. Pero… no quería aclararlo— ¿Por qué no quiero?
Se aferró el pecho; le picaba. Era una picazón que provenía de adentro, no de su piel. Comenzaba a molestarle.
—Qué extraño.
BUM BUM.
Ahogó un grito cuando su pecho saltó repentinamente ante un fuerte latir, despegándole la espalda del futon. Reforzó el agarre, adolorida.
—¿Una… palpitación? Imposible —masculló con falta de aire y los ojos agrandados— ¿Q-Qué me pasa?
Impensable. Su cuerpo estaba hecho de barro y cenizas de su tumba. No debía latir, no debía tener un corazón, sus emociones pasaban únicamente por su mente. Solo era una marioneta que se movía gracias a las almas de difuntas mujeres y, principalmente, a la de Kagome, que parte de ella continuaba en su cuerpo. No obstante, allí estaba la nostálgica y ahora dolorosa sensación que bien conocía de una vida pasada. Un palpitar, una emoción tan fuerte que le quitaba el aliento y le cerraba el pecho. ¿Era suyo?
—Mi alma… es también el alma de Kagome. —Frunció con dedos contra el Yukata, tratando de recuperar el aire. Ese palpitar la asfixiaba por dentro—. Entonces… ¿esto es el alma de Kagome? ¿Ella está… sintiendo esto?
Y yo también… Yo también debo ser la culpable. Esta no puede ser la primera vez que el corazón de Kagome late con prisa. ¡Nunca me había afectado antes!
La fusión de ambas emociones. Ambas almas sincronizadas sintiendo lo mismo, pensando lo mismo… Eso era. Una sensación tan intensa que su cuerpo de barro apenas podía tolerarla, pues, no estaba hecho con ese propósito.
BUM BUM BUM BUM
Giró sobre el futon, jadeante. Dolía. Esos latidos le pinchaban por dentro.
—Ka… gome, no puede ser. —Enterró la cara en el futon, desgarrándolo con los dedos—. Deja de latir… ¡Deja de sentir!
¡Yo ya no debo sentir nada! ¡Yo estoy muerta!
—Muer… ta.
Unas pequeñas lágrimas escaparon de sus ojos. Por primera vez en mucho tiempo deseó no estarlo. Realmente lo deseó. No para cumplir una venganza, no para acabar con Naraku o estar con Inuyasha, sino para poder sentir esos emocionados latidos sin la compañía del dolor. Quería sentir esa adrenalina en todo su esplendor y disfrutarla.
Quería sentirse viva.
Kagome…
Continuará...
Acá dejo el segundo capítulo. ¡Gracias por leer, gente linda!
7D9: Heey, ¡gracias por leer! Me alegra que te haya gustado el inicio de la historia. ¡Besos!
Chat'de'Lune: Essstimada, ¡gracias por leer! Genial que la historia te esté gustando. ¡Ah! Y gracias por haberte pasado también por el one-shot que hice de éstas dos. Espero seguir leyéndote por acá y que andes bien. Namasteeee. ¡Besos!
