Conexión

Kagome rodaba y rodaba sobre el futon, inquieta. No había pegado un ojo desde que se acostó a dormir. Culpa de su mentora, que no escatimó en devolverle la picarona broma que le hizo, dejándola con la mente en estado de alerta y el corazón a mil por hora. La verdad, no era para tanto. Se sentía una idiota por estar tan afectada. ¡Pero!, en su defensa, tenía una muy buena excusa para permitirse entrar en esa patética crisis: estábamos hablando de Kikyō, el pasado amor de Inuyasha y quién todavía le quitaba el sueño. La mujer que más de una vez la había hecho llorar en silencio y resentirla en voz alta cuando tenía un milagroso momento de soledad. Gracias a esa importante posición que cargaba, todo lo que ésta hiciera se elevaba al cuadrado. Desde las buenas acciones hasta las malas.

Qué molesto.

No quería que esa mujer tuviera tanto poder en ella, pero tampoco le apetecía alejarla. No a esa semi-carismática Kikyō que estaba conociendo.

Soltó un pesado suspiro, colocándose de frente.

—En unas horas me va a venir a buscar, tengo que dormir.

Cerró los ojos a la fuerza y empezó a contar ovejitas que pronto se transformaron en Kiraras. Ni llegó a la quinta que la interrumpieron. Unos apagados quejidos comenzaban a escucharse en la habitación de al lado.

—¿Kikyō?—Se sentó, agudizando el oído. Los quejidos continuaban oyéndose detrás de la pared; quejidos de dolor— ¡Kikyō!

Se destapó apresurada y salió en su búsqueda resbalándose por el pasillo. Abrió la puerta de su habitación y halló a una adolorida sacerdotisa retorciéndose en el futon.

—¡Kikyō! —Kagome se agachó y la incorporó por la espalda— ¡¿Estás bien?!

Kikyō, quien tenía los ojos apretados, los abrió de golpe. El dolor de pronto se volvió insoportable.

BUM BUM BUM BUM

Esos latidos, que sentía como bombardeos, con la presencia de Kagome incrementaron hasta tal punto que le pinchaban el pecho por dentro. Parecía que iban a escapar de su cuerpo de lo intensos que eran.

Su corazón está latiendo más fuerte.

Deslizó las pupilas hacia Kagome; la observaba con una expresión desesperada.

Si sigue así… va a matarme.

—Kagome…, cálmate. Estoy bien. —Debía tranquilizarla, de ello dependía su intento de vida. En ese momento sus almas, por alguna misteriosa razón, estaban sincronizadas, haciéndole sentir todo lo que su aprendiz sentía.

Desesperación, angustia. Miedo por ella.

—¡Pero estás…!

BUM BUM BUM BUM BUM BUM

—¡Agh! —Kikyō se aferró el pecho, temblando entre sus brazos— ¡Cálmate! —gritó, paralizándola.

Kagome respiró hondo repetidamente, buscando calmarse. No sabía porqué Kikyō le pedía aquello, pero confiaba en sus palabras ciegamente. Ella era la experta aquí.

BUM… BUM… BUM… BUM...

Kikyō soltó un largo suspiro cuando las sensaciones potentes empezaron a bajar de nivel. Poco a poco el pinchazo desaparecía, más no el agotamiento que le dejó.

—Estoy bien… No te preocupes. —masculló, abriendo unos temblorosos párpados.

Kagome asintió, intranquila, y la recostó de nuevo en el futon.

—¿Qué te pasó?

Kikyō dudó en contarle la verdad. Porque contarla revelaría que sus corazones estaban latiendo fuertemente al unísono por una incógnita razón que no podía descifrar bien. No tenía la energía para analizarlo.

—Parece que… nuestras almas se conectaron por un momento. —dijo en un debilitado murmullo. Sus ojos pedían cerrarse por el agotamiento.

—¿Eh? ¿Nuestras almas? —Kagome notó como sus párpados apenas se mantenían abiertos. Decidió no cuestionar más—. Descansa, luego me cuentas.

Kikyō asintió como pudo y su rostro cayó de lado sin sostén alguno. Kagome detalló su frágil estado, sintiéndose culpable. No había podido hacer nada, pero al menos podía cuidar de su sueño.

Se recostó a su lado y la arropó. Quedó de costado, viéndola fijamente. La curiosidad la atacaba sin piedad, pero debía resistir hasta que la sacerdotisa despertara. Ya daba por perdida esa noche. Si antes estaba despierta, ahora directamente se sentía intranquila. Imposible dormir así.

Qué habrá pasado… ¿Dijo que nuestras almas se conectaron?

Quitó unos rebeldes mechones de su pálido semblante y le acarició la cabeza. Kikyō suspiró entre sueños.

Parece tan débil… como cuando estábamos en la cueva.

Giró el rostro para mirar la ventana. Las serpientes recolectoras de almas estaban en su lugar, merodeando fuera de la barrera espiritual en medio de la oscuridad. Ese no era el problema, descartó.

Volvió la atención a Kikyō y se acomodó mejor con el codo. Empezó a darle unas suaves palmaditas debajo del pecho, buscando profundizar más su sueño.

Espero que no sea mi culpa, ¿pero por qué siento que lo es?

.

.

.

Kikyō abrió los ojos lentamente y tropezó con un semblante preocupado casi encima del suyo. Lo veía difuso, pero sabía de quién era.

—Kagome…

La nombrada dibujó una amarga sonrisa. El dormido cerebro de Kikyō no comprendió la razón, pero Kagome se lo hizo entender.

—Estaba segura de que dirías el nombre de Inuyasha.

La sacerdotisa pestañeó con pesadez, enfocando sus ojos. Lucían angustiados.

—¿Por qué lo nombras ahora? —preguntó con la voz entrecortada. Apenas tenía fuerza.

—Porque… esa vez que te salvé del miasma decías su nombre en sueños. —Kagome, como si tampoco tuviera energía, susurraba.

Kikyō desvió la mirada, recordando, y se tomó su tiempo para contestar.

—Una vez que una flor se marchita… es imposible que vuelva a florecer.

—¿Qué…?

—Ese es mi vínculo con Inuyasha. ¿Aún no lo entiendes? Esa historia terminó hace mucho. Estoy segura de que él también lo sabe.

Kagome le mantuvo la mirada con tristeza.

—Los dos nos hemos hecho demasiado daño. Lo que fue amor alguna vez se convirtió en obsesión para mí y en culpa para Inuyasha. Todo ha cambiado.

—¡No es así! ¡Inuyasha aún te am-

—Aunque lo haga, es un amor marchito. —Kikyō regresó los ojos a Kagome y se perdió en los suyos. Preocupación. Sincera preocupación vio en ellos—. Está bien, así debe ser. Yo tengo una misión diferente ahora. Eso es en lo único que me enfoco.

Kagome adivinó sus próximas palabras.

—Naraku.

—Sí. Destruirlo es mi única misión.

—¿Pero qué hay de ti?

Kikyō levantó más los párpados.

—¿Qué hay de tus deseos, Kikyō? Tus verdaderos deseos.

La sacerdotisa entreabrió los labios con sorpresa. ¿Por qué se preocupaba por ello? Por los deseos de una persona que ya no debía seguir rondando en el mundo de los vivos. ¿Por qué esa chica siempre era tan amable? No era justo. La destruía.

Sonrió.

—También están cambiando, por lo que veo.

Kagome dobló el rostro, sin entender. Gesto que a la mayor le provocó una ternura desmedida. Quizás era por lo frágil que había quedado, pero se sentía blanda, sin fuerza alguna para disimular su verdadero sentir.

—¿No estás feliz? No voy a interferir más entre ustedes. Tienes el camino despejado, Kagome.

Kagome, quien continuaba por poco y encima de ella, analizó sus ojos. No mentía. Kikyō le decía la verdad. Se había rendido con Inuyasha. No…, rendido no. Lo había liberado.

No se sentía bien con ello.

Eso no era una victoria para ella, en sí, hacía tiempo que también Kagome estaba enfocada en otra cosa, en arreglar su error y destruir a Naraku a como diera lugar. Sus prioridades estaban cambiando. No se había dado cuenta hasta ese momento en el que Kikyō le despejó el camino, quitándole la venda de los ojos. Sin embargo, ese camino regalado… no quería recorrerlo así, porque ya estaba recorriendo uno.

Su propio destino.

Se sintió un poco identificada con las palabras de la sacerdotisa. No era su caso "el amor marchito" porque realmente no había empezado nada con Inuyasha, puesto que él siempre estaba de aquí para allá, de Kikyō a ella. Siempre revoloteando, siempre indeciso, siempre haciéndola sufrir aunque no lo hiciera apropósito. En algún momento Kagome se agotó de esa histeria, de que sus emociones dependieran de él. Por eso últimamente peleaban tanto, por eso últimamente solo estaba enfocada en arreglar su error. Y por eso aceptó ese entrenamiento a regañadientes.

Estaba cambiando su destino sin siquiera percatarse.

—No me interesa tener el camino despejado, Kikyō.

La mayor ensanchó los ojos, incrédula.

—Ahora mismo solo me interesa arreglar el desastre que hice con la perla, quiero terminar esta maldita guerra de una buena vez. No quiero que nadie más sufra. Ni mis amigos, ni tú.

Kikyō siguió el continuo movimiento de sus pupilas. Honestidad, solo eso hallaba en sus ojos. Ahora entendía lo que todos veían en esa joven. Bondad, simpatía, un fuerte magnetismo imposible de ignorar. Kagome era mucho más buena de lo que ella misma llegó a ser cuando estaba viva. Dolía admitirlo, pero también le enorgullecía, puesto que ella no era cualquier persona, sino que era su reencarnación.

—Entonces… ¿tú también lo estás dejando ir?

Kagome evitó su mirada unos segundos en los que esas palabras se impregnaron, punzantes, en su corazón. Inuyasha nunca olvidaría a Kikyō, lo sabía, incluso aunque ésta lo dejara en libertad. Kagome había decidido quedarse a su lado sabiendo eso, y seguía firme con esa decisión. No cambiaría. Sin embargo, respecto al amor… tal vez hacía tiempo ya se había rendido pero no quería aceptarlo.

No…, lo estaba superando sin darse cuenta. De a poco, sigilosa, Kagome se alejaba del corazón del Hanyō.

—Siempre voy a estar a su lado ayudándolo, pero yo… no soy la segunda de nadie. —respondió con firmeza, volviendo los ojos a ella. Kikyō esbozó una orgullosa sonrisa y llevó una mano a su mejilla.

—No creo que seas la segunda, pero sí creo que Inuyasha puede ser muy indeciso, a tal punto que es agotador. No te mereces eso, yo tampoco. Así que… bien dicho.

Le agradaba esa chica, no tenía caso seguir negándolo. Le venía agradando hacía ya un tiempo. Por las experiencias, por las devoluciones en sus encuentros. Aunque no lo demostrara todo había sumado para Kikyō. Por eso aceptó entrenarla, además de saciar su propia curiosidad. Y ahora era una certeza, estaba mucho más que segura de que le agradaba. Kikyō ya no veía a la pequeña asustadiza que conoció al principio, sino a una mujer valiente y decidida, dispuesta a valerse por sí misma. Eso era inevitablemente atractivo. Un atractivo que ahora, con Inuyasha lejos, podía apreciar con libertad.

Kikyō acarició su rostro con dulzura, provocando que Kagome lo acercara al suyo en un reflejo. Un confortante ambiente se sentía en el aire, opacando todos los pensamientos innecesarios, todas las incertidumbres que no tenían ganas de cuestionar.

Paz, eso sentían.

Kagome unió sus frentes, haciéndole cosquillas con su flequillo rizado, y le sonrió.

—Siento que por primera vez estamos hablando en serio. De mujer a mujer. —murmuró. La mayor soltó una risita.

—Yo siempre hablo en serio.

—¿Si? ¿Lo de ayer no fue una broma, entonces? —preguntó con un tono coqueto, más burlón que otra cosa.

Kikyō tragó pesado, sintiéndose emboscada.

—Lo de ayer… terminó siendo un problema para mí.

Kagome despegó la frente y colocó las manos a los costados de su cuello para sostenerse. La sacerdotisa la observaba desde lo bajo, deleitándose con la lluvia de largos cabellos que caían hacia ella.

De verdad… Kagome se veía hermosa.

No pudo evitar tomar uno de esos mechones entre sus dedos y deslizarse por él.

—¿Qué te pasó anoche? Apenas pude pegar un ojo por la preocupación. —preguntó Kagome. Pregunta que a Kikyō la removió por dentro.

—¿Por qué te preocupas por mí? Yo ya estoy muerta, no tiene sentido.

Kagome dudó tanto como se angustió. No sabía bien porqué se preocupaba, tampoco sabía si quería averiguarlo. Solo tenía una seguridad: su preocupación ya no pasaba sólo por proteger a la amada de Inuyasha y evitar la tristeza de él. Quería evitar su propia tristeza. Si Kikyō desaparecía… Esa Kikyō que de a poco comenzaba a mostrar su verdadero ser, uno dulce y compasivo, posiblemente lo lamentaría.

Kikyō notó el titubeo en sus ojos. No la forzó a contestar.

—Nuestras almas se conectaron. Tu corazón… pude sentirlo —empezó a decir, resbalando la mano por su garganta hasta presionarle el pecho—. Latía rápido, muy rápido. Y entonces… algo parecido a un corazón empezó a latir dentro de mí. Mi cuerpo de barro no lo soportó en su momento, fue algo nuevo para él. Pero creo que ahora se está acostumbrando.

Kagome se inquietó. Lo que le faltaba, que Kikyō pudiera sentir sus emociones. ¿Qué seguía?, ¿leer sus pensamientos?

—¿P… Por qué dices que se está acostumbrando?

—Porque… —Deslizó los dedos en medio de sus pechos, haciéndole estremecerse—… ahora late igual de fuerte, pero puedo soportarlo. —Kikyō clavó unos penetrantes ojos en los suyos—. Tú corazón y mi corazón laten igual en este preciso momento. Están en armonía.

Kagome abrió los ojos de par en par y se tocó el pecho. En efecto, palpitaba con intensidad. Estaba tan sumida en el reconfortante momento que no se había dado cuenta.

—¿Mi corazón late… fuerte?

Kikyō esbozó una pequeña sonrisa y asintió. Kagome se fue hacia atrás, consternada. Esa mujer estaba revelando una información tan íntima sobre ella…, sin embargo, no era capaz de procesarla, de comprender el significado. ¿Su corazón?, ¿latiendo fuerte por Kikyō? No podía ser. No entendía nada. Al igual que anoche, cuando sus palpitaciones se aceleraron por la broma que le devolvió. Se convenció de que los nervios le ganaron, pero… ¿a Kikyō le había pasado lo mismo? ¿Qué significaban esas palpitaciones para ellas, entonces?

Se quedó cabizbaja sobre el futon, sin fuerza para levantarse. Se sentía desnuda y vulnerable. La sacerdotisa, aquella que alguna vez la odió, ahora estaba sincronizada con ella. ¿Cómo habían pasado de eso a esto?

Kikyō se sentó y la contempló con tranquilidad.

—Kagome, ¿qué pasa?

Su aprendiz se mordió el borde del labio.

—No sé lo qué pasa, ese es el problema.

—Yo tampoco lo sé bien, pero… algo es seguro. Ahora tú y yo estamos más conectadas que nunca. Eso cambia bastante el entrenamiento. Tendremos que modificarlo.

Kagome alzó unos tímidos ojos y apuntó a esos café. Para su extrañeza, Kikyō le sonrió y agarró su mano con suavidad.

—Pero antes de hacerlo… quiero dormir un poco más. —La jaló hacia ella, generando que se desplomara a su lado con la sorpresa tatuada en el rostro. Kikyō también se recostó— ¿Te quedarías conmigo? Creo que antes pude dormir gracias a ti. Irónicamente, yo también me siento tranquila a tu lado.

Kagome asintió con las mejillas coloradas y Kikyō agrandó la sonrisa.

—Gracias.

No tardó mucho en cerrar los ojos, como si hubiese estado conteniendo ese sueño desde que despertó. Contrario a Kagome, que los tenía tan abiertos como dos lunas gemelas. ¿Le había dado las gracias? Eso era lo más cercano a un milagro.

Fue allí a entrenar, a volverse más fuerte y luego a despedirse sin decir mucho más que un simple "adiós" a la sacerdotisa. Pero ahora todo se estaba descarrilando. Ese plan se caía a pedazos, al igual que sus emociones.

—No sé lo que me pasa…

Se arropó hasta las orejas intentando no pensar en ello y menos caer ante el delicioso aroma floral que desprendía la mayor. Sentía que la llamaba como si fuera el canto de una sirena. Suave, hipnótico…

Un canto que no pudo resistir mucho tiempo.

Acercó el rostro a su cuello y se ocultó allí, en la curva de él. En su fragancia. Tan exquisita como fría era su piel. Tan nostálgica como ajena.

De verdad… no lo sé.

Continuará...