¿Amigas?

La primera en abrir los ojos fue Kikyō, y lo primero que vio fue el sucio techo de la habitación. Nada interesante.

Giró el cuello, tropezándose con el durmiente rostro de Kagome. Detalló cómo respiraba con tranquilidad, somnolienta y recordando. Recordando que ayer quizás… No. Con seguridad había hablado de más. Contarle tales intimidades sobre su relación con Inuyasha, pedirle que durmiera con ella… ¿Qué clase de espíritu la poseyó como para pedirle tal cosa a una muchacha que, a pesar de conocerla hacía tiempo, todavía no la conocía por completo? Y ni hablar del historial que tenían.

Uno muy delirante.

Se contestó a sus adentros. No obstante y contradiciéndose, no se arrepentía. Se sintió bien, tan bien poder hablar de sus sentimientos con alguien. Fue como quitarse un gran peso de encima. Nunca había tenido a nadie para hacerlo, ya sea en vida y no vida. Su trabajo como guardiana de la perla Shikon no le permitía relacionarse con nadie de un modo estrecho. Inuyasha fue una excepción, sin embargo, nunca llegó a revelarle sus mayores temores o inseguridades, aunque intuía que el Hanyō los conocía.

Kagome movió un poco el rostro y lo acomodó en su hombro. Kikyō la observó con indiferencia.

Entonces, haber compartido esa información significaba que Kagome se estaba convirtiendo en su… ¿primer amiga?

Frunció el ceño.

Imposible. ¿Esa muchacha revoltosa, su amiga? ¿Esa muchacha que detestó en su momento y que ahora admiraba por su bondad y valentía?

No, no es correcto.

Ese pensamiento no sonó con la fuerza que esperaba, al contrario, la incitó a seguir investigándola. No tenía nada mejor que hacer. Además, esa era una oportunidad única. Nunca había podido examinarla de cerca, confirmar si realmente eran parecidas o no.

Afinó la vista en sus ojos cerrados, recordándolos abiertos. Kagome era de ojos grandes, expresivos. Los de Kikyō eran más angostos, solitarios. Detalló sus pestañas: largas, pero no tan largas como las suyas. Su piel tenía más color que la propia, pero eso era por obvias razones. Sus rasgos… Ahí sí debía admitir que eran bastantes similares, incluso en algunos gestos se parecían. El cabello de Kagome, por otro lado, era ondulado. El de Kikyō lacio y más largo.

Pequeñas diferencias físicas; grandes diferencias internas. Porque ahí radicaba la magia y lo que la dejaba extrañamente tranquila: la personalidad de Kagome. Esa era la gran diferencia que las volvía dos seres distintos a pesar de compartir la misma alma.

No eran iguales.

Kikyō levantó una mano y apoyó el dorso en su mejilla. Lo deslizó hacia abajo por su piel lentamente.

Cálida…

Kagome se removió en el lugar y pasó un brazo por encima de su abdomen. Se abrazó a ella, dejándola suspendida. Un intenso calorcito comenzaba a rodearla, generando que sus párpados decayeran con deleite.

¿De dónde saca esa fuerza vital? Ni siquiera Inuyasha emana tanto calor.

Pensó, permitiéndose disfrutar esa calidez que cada vez más abrigaba a su gélido cuerpo. Era como pararse frente al sol.

Se siente bien…

Llevada por el momento, se animó a sujetar ese brazo que la envolvía con suavidad. Kagome, despegándose los labios, refregó la cara contra su hombro y arrastró una pierna hacia adelante, apoyándola sobre la suya.

Kikyō se entumeció.

Ya no estaba tan tranquila. Su estómago se hundió al sentirla cerca. Kagome no respetaba el espacio personal ni siquiera dormida. Nunca había tenido un contacto tan íntimo con nadie, tampoco con Inuyasha. Sí, lo había abrazado, besado, pero jamás tuvo a una persona básicamente encima de ella. Si pudiera sonrojarse, lo haría. De alguna u otra forma esa chica siempre terminaba pegada a su cuerpo, ya sea por salvarla, ayudarla o por estar plácidamente dormida.

Debía sacarla con urgencia. No toleraba más el hueco que tenía en el estómago.

—Kagome, despierta.

La nombrada arrugó la frente haciendo un ruidito de inconformismo, que resonó como un pequeño ronroneo, y plegó los dedos en su cintura.

—Vamos —insistió, sacudiéndole el brazo—. Hay que levantarnos.

—Hm… No quiero. —Enterró la cara en la curva de su cuello y el pecho de Kikyō saltó cuando sus labios le rozaron la piel. Se lo aferró, asustada. En esta ocasión no dolió, solo molestó.

¿Otra vez? ¿Es ella?

Se preguntó, analizándola. Kagome por poco y babeaba. Imposible que su corazón bombeara tan fuerte.

No…, soy yo.

Cerró un puño con una intensa sensación de frustración atacándola. ¿Por qué se sentía tan frustrada?

Me cuesta respirar… ¿Qué es esto?

Se aclaró la garganta mientras sus ojos, en un descuido, se estancaban en los entreabiertos labios de su acompañante. Rosados, carnosos y charlatanes.

Se rozó los suyos.

¿Son parecidos?

Se preguntó, llevando los dedos a la boca de Kagome. Trazó su labio superior con el pulgar.

No…, los suyos son un poco más delgados.

Pensamientos innecesarios naufragaban por su mente mientras resbalaba el dedo a su labio inferior. Lo bajó con cuidado, descubriéndole los dientes. Rió por dentro. Esa imagen era en demasía ridícula: Kagome con la boca abierta y su dedo casi adentro de ella.

—De verdad… qué sueño profundo tienes. No te despiertas con nada. —murmuró, conteniendo la risa.

Risa que dejó de ser graciosa cuando Kagome abrió más la boca y capturó su dedo cual bebé que captura su biberón. Kikyō palideció. Si ya parecía un cadáver, ahora se veía como un fantasma.

—Hm… Helado… —deliró, comenzando a succionarle el dedo pulgar con lentitud—. Vainilla…

Kikyō se congeló al ver cómo pasaba la lengua por su dedo emitiendo un grave ronroneo. Observó esa escena con los ojos bien abiertos, de piedra. No podía moverse, al menos no por fuera. Por dentro se encontraba completamente movilizada. Cosquillas atacaban a su estómago, amenazando con terminar en otro lugar.

—Chocolate… —prosiguió con el divague. Kikyō respiró hondo y, sin darle permiso, su dedo comenzó a enredarse con esa lengua, rodeándola, sintiendo su humedad y suavidad en cada giro. La presionó un poco hacia abajo y Kagome arqueó las cejas—. Mh…

Ese sonido, que dejó de sonar inocente, le hizo reaccionar.

N-No…

Se sentó de un salto, destapando a la joven que no tenía ni idea de lo que había hecho. O, mejor dicho, provocado.

—¿Hm? —Kagome sintió un molesto fresquito en las piernas y abrió un párpado. Buscó con la mirada algo familiar, hallando a la sacerdotisa sentada con los hombros tensos— ¿Kikyō? —La llamó con la voz áspera, sin conseguir respuesta alguna. Se refregó un ojo y con el otro vio su brazo. Lo tenía enredado en la cintura de Kikyō— ¡Ah, lo siento! —Lo sacó de inmediato.

La Miko permanecía cabizbaja. Desprendía un aura pesada, lo cual no era buena señal.

—¿K-Kikyō? —Kagome se sentó y asomó los ojos por encima de su hombro. Su cara estaba ensombrecida—. Perdón, no me di cuenta.

Kikyō levantó un poco el rostro, pero no la miró.

—Sí que eres pegajosa. —Sonó enojada.

—Suelo dormir abrazada a Shippo…, es la costumbre. Pensé que eras él.

La sacerdotisa volteó el rostro hacia ella con lentitud. Kagome se sorprendió al verla. Sus ojos desprendían una mezcla de vergüenza e irritación. Aquello le hizo pensar lo peor. Esa mujer no se avergonzaría por nada.

—Um… ¿Dije algo dormida o hice algo más? —preguntó, rascándose la mejilla. Kikyō le mantuvo la mirada un instante y volvió a esquivársela.

—No.

Silencio.

Kagome se refregaba las rodillas con las manos, inquieta por su comportamiento evasivo. Claramente había dicho o hecho algo fuera de lugar, pero la Miko no estaba dispuesta a decirle la verdad. Había puesto una barrera. Parecía como si el día de ayer nunca hubiese existido. Ese día donde Kikyō se mostró sincera y sin defensa alguna. Aunque a Kagome le confundió la conversación que tuvieron, puesto que no era poca cosa que Kikyō de pronto pudiera conectarse con ella, también la tomó como un avance. Pensó que ya no habría tantas barreras entre ellas, pero ahora de nuevo…

—Kikyō, yo…

La nombrada comenzó a levantarse, dejándola con las palabras en la boca. Kagome atajó su brazo en un impulso.

—¿A dónde vas?

Kikyō tardó en responder.

—Al río.

—¿Al río? —Procesó la respuesta— ¡Ah, no hace falta! Yo iré a pescar, tú sigue descansando.

Kikyō miró el agarre y se desenganchó.

—Ya estoy bien. Además, tengo que salir de todas formas. Yo también debo alimentarme.

Turbio. Esa conversación se estaba tornando demasiado turbia. Sabía a lo que se refería con alimentarse y, siendo sinceros, le daba un poco de escalofríos su dieta.

—Entonces voy contigo —insistió Kagome, levantándose también.

—No hace falta.

—¡Quiero ir! —exclamó, sobresaltándola—. Es decir… Puedo pescar mi propia comida.

La sacerdotisa estrechó los ojos de un frívolo modo que le puso los pelos de punta.

—¿No me necesitas?, ¿eso estás diciendo?

¿Huh?

—¡No! Solo… no es necesario que te tomes la molestia todos los días.

Kikyō devolvió la vista al frente y empezó a caminar hacia la puerta.

—No es molestia.

Kagome se relajó al escucharla. Kikyō continuaba enojada, sí, pero su amabilidad no se había esfumado. No todo estaba perdido.

—¡Igual iré! No vas a convencerme de lo contrario.

Kikyō bufó, agotada. No solo por el berrinche de su aprendiz, sino también por la comprometida situación en la que estuvo unos minutos atrás. De algún modo le robó la energía.

—Haz lo que quieras.

Luchar contra ella era una batalla perdida, lo sabía. Kagome podía llegar a ser más testaruda que Inuyasha. Mucho más.

Kagome sonrió, satisfecha de haber ganado la batalla, y empezó a desvestirse.

—¡En un minuto te alcanzo!

Kikyō le echó un último vistazo desde el pasillo.

—En media hora, quieres decir.

Kagome pasó la vista a ella, solo para no encontrarla. Suavizó la sonrisa.

—Parece que ya me conoce bien —Se sacó el Yukata para colocarse el uniforme de la escuela—. Qué descuido de mi parte, ¿o ella es muy observadora?

Las dos.

Llegó a la conclusión, sin deshacer la sonrisa. Desconocía la razón, pero le gustaba que la Miko conociera sus defectos y, bastante resignada, los aceptara.

Parecemos… ¿amigas?

.

.

.

Kagome y Kikyō se plantaron frente a la barrera espiritual que ésta última había conjurado. La sacerdotisa la atravesó primero, seguida por Kagome, que se preguntaba cuánta energía diaria debía gastar en mantenerla en su lugar. Mucha, aseguró.

—Estate atenta, podrían aparecer demonios de Naraku. Ya debe saber que estamos aquí.

Kagome asintió mientras se dirigían al río cercano que se encontraba pasando unos arbustos del bosque. Kikyō llevaba un arco en la espalda; también le dio uno a ella. Uno de los suyos. El tamaño era mucho más grande que el que solía utilizar.

Se detuvieron a las orillas del río. Pequeño comparado con otros, pero suficiente para lo que necesitaban. Kikyō se sentó en una piedra más grandecita que las que bordeaban el río y alzó la vista. Las serpientes recolectoras de almas, que estaban revoloteando por el aire, comenzaron a acercarse a ella para cumplir su deber. Kagome la espió de soslayo. La sacerdotisa suspiraba aliviada cada vez que un alma era depositada en su pecho.

Tantas almas… ¿Hay tantas mujeres que mueren en pena? Qué triste.

Pensó, mientras se sentaba a las orillas del río y lanzaba la caña de pescar de bambú que le dio Kikyō. El agua salpicó. Se quedó en silencio oyendo como el río fluía con tranquilidad, intentando mantenerse paciente hasta que pescara algo. Mintió descaradamente al decir que podía conseguir su propia comida. Inuyasha se encargaba de eso, o, en su defecto, Miroku y Sango. Se les daba mejor pescar y cazar. Sin embargo, no quería que Kikyō siguiera tomándose esa molestia por ella. En especial si lo hacía enojada, cosa que Kagome continuaba asegurando.

La sacerdotisa, a unos necesarios metros de ella, plantó los ojos en su espalda.

Qué lenta es. Yo ya hubiera pescado a más de uno.

Bufó.

No podemos perder tiempo.

Se levantó.

—Oye.

Kagome tensó los hombros y giró el rostro hacia ella con una nerviosa sonrisa.

—¡Y-Ya estoy a punto de pescar uno!

Kikyō arqueó una ceja y se acercó en un lento caminar que le pareció interminable.

—¿Si? ¿Cómo lo sabes? ¿El pez te avisó?

Kagome infló los cachetes y volteó el rostro dramáticamente.

—No sabía que eras tan "graciosa", Kikyō.

La nombrada sonrió con aire de suficiencia y se sentó a su lado. Le sacó la caña de la mano.

—Primero que todo, ¿cómo piensas pescar si no usas una carnada? —preguntó, colocando en el anzuelo de la caña una pequeña raíz que sacó de su manga. Lanzó la cuerda al agua.

—No tenía ninguna…

—Se te dio una boca, úsala. Me la hubieras pedido.

Kagome abrazó sus rodillas con la irritación en aumento y apoyó el mentón en los brazos. La Miko tenía el nato talento de hacerla enojar con facilidad, quizás hasta más rápido que Inuyasha. La competencia era rigurosa.

—No quería molestarte, ya bastante molesta parecías cuando desperté. No es fácil hablarte si estás así.

Kikyō le echó un rápido vistazo y regresó la vista al río.

—Estoy así por tu culpa.

—¿Huh? —Levantó el rostro— ¿Qué hice? Ya me disculpé por haberte abrazado.

La sacerdotisa bajó la cabeza, incómoda con los recuerdos que la asaltaron. Incomodidad que únicamente pasaba por dentro. Su rostro no reflejaba nada. Nada. Solo neutralidad, cosa que a Kagome exasperaba. Así no podía descifrarla.

—No fue lo único que hiciste —contestó. Su aprendiz tragó pesado, esperando lo peor—. Dime, ¿qué es "helado"?

Kagome parpadeó.

—¿Por qué lo preguntas?

—Dijiste eso mientras dormías.

—Oh… —Se rascó la nuca, sonrojada. ¿En serio?, ¿soñar con un helado? ¿Qué tan glotona podía ser?—. Es un postre cremoso que se hace a base de lácteos. Se le agrega sabores diferentes y luego se congela.

Kikyō procesó la respuesta, tratando de imaginarlo.

—¿Cómo se come?

—¿Eh? Bueno…, chupándolo creo. Algunos lo mastican, pero yo prefiero chuparlo. —Esbozó una placentera sonrisa, recordando el sabor a vainilla; su favorito—. Sientes mejor el sabor en la boca. Lo traería para que lo pruebes, pero posiblemente se derrita en el viaje. ¿Por qué la curiosidad?

Kikyō la contempló con cara de pocos amigos. Ahora entendía todo.

—¿Qué? ¿Por qué me miras así? —preguntó, inquietándose. Kikyō levantó una ceja y acercó el dedo pulgar a su boca. Kagome apartó la cara en un impulso.

—¿Mi dedo parece un helado?

—N-No.

—¿Entonces por qué lo chupaste?

Los colores subieron por el rostro de Kagome sin compasión. ¿Chuparlo? ¿Lo había chupado?

—No me digas que…

Kikyō asintió y la joven quiso morir. Se tapó la cara, avergonzada a niveles inexplicables. Quería que la tierra la tragase.

—¡Perdón! ¡No tengo idea de por qué te confundí con un helado!

Tal vez fue por su piel tan fría… ¿Pero por qué estaba su dedo cerca de mi boca?

La sacerdotisa observó sus orejas ruborizadas y no pudo evitar sonreír.

—Eres tan extraña. —le dijo. Kagome separó los dedos para verla.

—Mira quién lo dice…

—Yo no ando por la vida chupando los dedos de la gente.

—¡Yo tampoco! —Se destapó la cara, efusiva—. Es la primera vez que me pasa. No recuerdo haberle chupado la cola a Shippo o algo así… Me atragantaría con sus pelos.

Kikyō se cubrió la boca, reprimiendo una carcajada. Su imaginación se encargó a la perfección de crear esa escena.

—¡No te rías! —exclamó Kagome, roja como un tomate. ¿Kikyō estaba riendo? Y no se refería a esa risa malvada que había llegado a escuchar de su parte— ¡Sé que lo estás imaginando!

Kikyō se destapó aclarándose la garganta y volvió la atención al río.

—¿Los extrañas? A tus amigos.

Kagome no dejaba de sorprenderse con lo charlatana que se encontraba y más aún con lo rápido que se le había pasado el enojo. Casi que dudaba de su salud. ¿Tal vez un colapso mental?

—No todavía. No pasaron tantos días. Además, estoy cómoda aquí. Si no lo estuviera, seguramente los extrañaría.

Kikyō se guardó la próxima pregunta. Preguntarle si tampoco extrañaba a Inuyasha solo las pondría incomodas a las dos.

—Ya veo.

Ambas se quedaron en silencio unos minutos. Lo único que se escuchaba era la corriente del río susurrando. Kagome, en el mientras tanto, continuaba tratando de enfriar el cuerpo debido al poderoso ataque de calor que le agarró por el penoso acontecimiento. Las situaciones más ridículas sólo le ocurrían con Kikyō. ¿Por qué tanta mala suerte? ¿Qué demonios había hecho en otra vida para ser tan casti…? Ah, cierto. Su otra vida estaba sentada justo a su costado. ¿Cargaba con su karma, entonces?

Hablando de Karma…

Había algo que deseaba preguntarle. Algo que la tuvo inquieta toda la noche y quizás por eso ocasionó que sus sueños se desviaran.

—Respecto a lo de ayer… ¿Qué crees que pudo haber pasado? —le preguntó. Kikyō permanecía con los ojos en el río— ¿Cómo es posible que nuestras almas se hayan conectado?

—La respuesta es simple. ¿No te viene ninguna?

Kagome lo pensó un momento.

—Somos la misma alma…

—Sí. Parte de tu alma sigue en mi cuerpo, es por eso que pudieron conectarse.

—Pero… ¿por qué exactamente? Nunca nos sucedió antes. ¿Será porque estamos pasando tiempo juntas? Quizás la cercanía…

—¿Dices que nuestras almas se están llamando? —Kikyō lo analizó un instante—. Tendría cierto sentido, tal vez tu alma está reclamando la porción que yo tengo en mi cuerpo. Después de todo, es tuya.

Kagome recordó a la malvada bruja Urasue que ocasionó el regreso de Kikyō. Ella era la culpable de que su alma se encontrara partida. No obstante, aunque la llamaran loca, no le molestaba compartirla. Al principio no le agradó mucho la idea. ¿A quién le agradaría? Le resultó espeluznante. No podía dejar pasar la pequeña pero molesta sensación de vacío que sentía en su interior. Usualmente no le daba importancia, trataba de no pensar en ello. Sin embargo, eso no borraba la realidad. A su alma le faltaba una porción, una que fue robada por su mentora. Irónicamente, al estar cerca de ella no percibía esa falta. Era como si sus almas necesitaran la cercanía de la otra para sentirse plenas de nuevo. La mala noticia era que, exceptuando ese entrenamiento, en general no solían encontrarse, por ende, sus almas continuaban sintiendo un vacío permanente. Luego de un tiempo se acostumbró a ello e incluso llegó a pensar que era natural que la sacerdotisa se quedara con una parte de ella.

—No…, mi alma nunca reclamará a la tuya porque yo no siento esa necesidad —empezó a explicar con los ojos plantados en el río. Su voz transmitía un dejo de melancolía—. Kikyō, mi alma es originalmente tu alma, así que en realidad lo que tienes en tu cuerpo te pertenece. Yo no debería reclamarla. En sí, creo que eres libre de hacer lo que quieras con ella.

Kikyō reforzó el agarre en la caña al oírla. ¿Hasta dónde llegaba la bondad de Kagome? Ella no tenía intenciones de reclamar su alma, por el contrario. Según sus palabras, creía que no le pertenecía. No se consideraba digna de tenerla.

Le molestó su amabilidad.

Pero más se molestó consigo misma, porque ese modo de pensar de Kagome debía ser su culpa. Kikyō, en el pasado y consumida por el odio, la denigró en más de un sentido, llegando a hacerla sentir que no merecía el título de reencarnación.

¿Cómo pudo ser tan cruel?

¿Qué culpa tenía esa chica de haberse enamorado de la misma persona que ella? Además, ¿no fue ese su deseo al morir? Ver a Inuyasha una vez más. No era una coincidencia que ambas se hubieran enamorado del mismo hombre.

Su destino… es mi culpa.

Kikyō reencarnó en Kagome para poder cumplir ese desesperado cometido. En otras palabras, casi que le impuso el amor que Kagome siente por Inuyasha, pues, le marcó el destino y los sentimientos. Lo hizo inconscientemente, pero se lo marcó al fin. Si ella no hubiera existido... Si no hubiera muerto con tanto odio en su corazón, pero a la vez con tanto anhelo, quizás Kagome nunca se hubiera enamorado de Inuyasha. Sus sentimientos trascendieron el tiempo y la condenaron.

No merezco tu amabilidad.

—Kagome, nunca más digas eso.

La nombrada la miró sin entender a qué se refería. Kikyō tenía la frente arrugada.

—También es tu alma, eres merecedora de ella. No ignores tu existencia. Tú no eres mi sombra.

El alivio que sintió Kagome al escucharla la dejó detenida en el tiempo. Era como si le hubiera sacado un peso de encima. No se había percatado hasta ese momento, pero desde que su alma fue dividida esperó esas palabras. Esperaba la aceptación de la sacerdotisa. Aunque no se llevaran bien, aunque nunca se unificaran, esperaba ser al menos merecedora de su alma y dejar de ser rechazada cruelmente por ella. Kikyō, al principio, logró hasta hacerla sentirse extraña en su propio cuerpo.

Bajó el rostro frunciendo las manos contra las rodillas. Odiaba tener a Kikyō en un pedestal, porque esa era la razón por la cual se sentía inferior y buscaba su aceptación. No era solo por la historia que tenía con Inuyasha, sino por Kikyō en sí. Siempre sentía que estaba un paso adelante suyo.

Y ahora Kagome quería caminar a su lado.

—… Eso no explica lo que nos pasó ayer. Dijiste que nuestros latidos estaban conectados, sintiendo lo mismo. —Se limitó a decir. Tenía la garganta cerrada, mala señal. No quería quebrarse frente a ella.

La sacerdotisa declinó los párpados comenzando a ponerse ansiosa. Aquel tema la revolvía por dentro cuando no debía hacerlo.

—Ahí tienes tu respuesta, estaban conectados. Eso es todo.

¿Eso es todo?

Esa respuesta era pobre. ¿Por qué estaban conectados?, ¿por qué latieron tan deprisa la una por la otra? ¿Solo por una insignificante broma? Algo más tenía que haber detrás. Al igual que su mentora, Kagome tampoco estaba muy segura de querer seguir escarbando ese tema tan delicado, sin embargo, algo la empujaba a hacerlo. Una fuerte intuición con la que no era capaz de luchar.

—Esa conexión podría beneficiarnos si la usamos bien —continuó Kikyō, jalando la caña hacia sí. Pescó uno—. Si nuestras almas pudieron conectarse, eso significa que nuestra energía espiritual también puede hacerlo, formando así…

—Una energía mucho más fuerte. —adivinó Kagome, contemplando como un pez saltaba del agua. Kikyō asintió.

—Si combinamos nuestro poder derrotaremos a Naraku. Tenemos que purificarlo junto con la perla de Shikon, esa será la única oportunidad de vencerlo. Es por eso que hay modificar el entrenamiento.

—¿Cuál es tu idea?

—Por ahora, más meditación. Mucha más. Debes aprender a localizar tu poder, sino no servirá de nada esta conexión. Tenemos que aprovecharla.

Kikyō dejó al pez sobre las piedras, le puso otra raíz al anzuelo de la caña y volvió a lanzarla. Kagome vio cómo caía al agua, pensativa.

—No me agrada mucho la idea de que puedas sentir lo mismo que yo. Mis emociones son privadas, ¿sabes?

—No es como si quisiera sentirlas, solo sucedió. Además, no puedo sentirte todo el tiempo. Ayer fue porque… —Kikyō se silenció, insegura. No sabía bien el porqué habían latido al unísono, y lo poco que intuía no le convencía.

Y la confundía.

Kagome la observó con unos intrigados ojos, acercándose a ella.

—¿Porque…?

—Quién sabe… Lo importante es que tenemos que lograr que suceda más seguido para combinar nuestro poder espiritual. Sé que no te agrada, a mí tampoco, pero hay que hacerlo.

Kagome volvió a su posición, decepcionada con su respuesta, y apoyó las manos en las piedras para estirar las piernas.

—Sí, supongo que no queda otr-¡agh! —exclamó, llevando la mano a su rostro. Se cortó con la punta de una piedra—. Mierda… —Sopló su palma. Una gruesa gota de sangre se resbalaba por ella.

Kikyō deslizó los ojos a su herida y dejó la caña de pescar en el suelo. Le agarró la mano. Kagome aspiró el aire entre dientes cuando presionó la herida con el pulgar.

—No te quejes, hay que detener la hemorragia. —espetó Kikyō, presionando más fuerte.

—Es un cortesito. Va a parar sola.

La Miko hizo caso omiso a sus palabras y llevó la otra mano a su palma. De ella comenzó a emanar un violáceo resplandor. Cálido comparado con su helada piel. Kagome se sorprendió al ver como la herida se cerraba con la misma facilidad con la que se abrió.

—Guau…

—Tú también podrás hacerlo si continúas con el entrenamiento —comentó Kikyō, levantando la vista—. Curación.

—Eso suena muy avanzado para mí…

—Lo es, pero tienes el poder dentro de ti. Te falta aprender a controlarlo.

Kikyō dejó de emanar poder espiritual y se dedicó a acariciarle la herida ya cerrada con el pulgar. Kagome desvió la mirada, inquieta por las cosquillitas que le hacía.

—Supongo que hasta que aprenda tendré que seguir usando las medicinas de mi época.

El término "medicina" retumbó en el cerebro de la sacerdotisa. Tenía curiosidad, pues, se dedicaba a eso, además de ser la guardiana de la perla.

—¿Qué clase de medicinas hay allá?

—Muy avanzadas —respondió Kagome con orgullo—. Aunque... a veces no lo suficiente. —agregó en un decaído murmullo.

Kikyō se perdió en sus ojos, los cuales habían adquirido un desolado brillo. Kagome tenía una historia detrás, y se encontró incoherentemente ansiosa por descubrirla.

—¿A quién perdiste? —preguntó sin escrúpulos. Kagome esbozó una pequeña sonrisa. El tacto no parecía formar parte de Kikyō. Mejor así. No le agradaba la pena.

—A mi papá.

—… Lo siento mucho.

—No pasa nada. Fue hace tiempo.

—El tiempo no borra las heridas, solo las cicatriza. Al igual que ésta. —Kikyō estiró los dedos sobre los suyos. Parpadeó, curiosa, al ver la diferencia de tamaño—. Tu mano es muy pequeña… como la mía cuando tenía tu edad.

Kagome detalló sus manos pegadas con una extraña sensación de paz llenándola por dentro. Los dedos de Kikyō eran un poco más largos. Finos, pero también firmes gracias a ese arco que siempre la acompañaba.

—Algún día te alcanzaré. —contestó con una tímida sonrisita, levantando la mano junto a la suya. Kikyō subió los párpados y la contempló abstraída. La piel de Kagome empezaba a envolverla en un agradable calorcito, como siempre.

—Sí…, lo harás. —Le sonrió con una dulzura poco común en ella y entrelazó sus dedos, sintiendo más su calor.

Nunca pensé que un simple agarre podría sentirse tan bien…

—Vamos, ya conseguí tu desayuno. —Comenzó a ponerse de pie, obligándola a seguirla.

La más joven le sonrió a duras penas. Agradeció en silencio a esa mano que no la soltaba; era reconfortante. Recordar a su padre no fue una buena idea por más aceptado que estuviese. Que el aniversario de su muerte se acercara no ayudaba.

—Menos mal. Si fuera por mí, hubiéramos estado aquí horas.

Kikyō le devolvió la sonrisa, igual de pequeña, sin embargo, no tardó en borrarla y reemplazarla por unos desconfiados ojos que dirigió al cielo. Kagome arqueó una ceja.

—¿Qué pasa?

—¡Sh! —Le tapó la boca—. Algo se acerca.

Kagome agudizó el oído, pasando la visión de izquierda a derecha. Dentro del silencioso bosque, solo adornado por los pájaros y el susurro del río, comenzaba a escucharse un grave zumbido que se mezclaba con el silbido del viento.

Bzzzzzz…

¿Un aleteo?

Bzzzz Bzzzzz…

No, varios aleteos.

Kikyō agarró su arco de la espalda y se puso en posición de ataque.

—Naraku… —masculló Kagome, sujetando su arco también.

—Sí, prepárate.

Pequeños puntitos negros comenzaban a aparecer entre las nubes. Puntitos que cada vez se hacían más grandes y notorios, tomando forma; la de un insecto. Un enjambre de abejas venenosas se dirigía directo hacia ellas.

Kagome las detalló, extrañada.

—¿Abejas? Pero si son los demonios más débiles de Naraku. Solo para el monje Miroku son letales.

—No, ahora no solo para él —corrigió Kikyō, estirando la cuerda del arco—. Para mí también.

—¿Huh?

—¡Dispara! —exclamó, soltando la cuerda. Kagome la imitó, apresurada. Las abejas se tiraban de cabeza hacia ellas, tornando el sonido del aleteo ensordecedor.

Eran miles, y las rodeaban.

Las dos continuaron disparando a todas las direcciones, trazando rayos de luz en el cielo. Aunque los tiros de ambas eran certeros, exterminando a varias abejas, la cantidad de ellas no les permitían bajar la guardia. Eran tantas que daban la impresión de estar multiplicándose.

—¡Mierda! ¡Son demasiadas! ¡Nunca vi tantas! —exclamó Kagome, chocando los dientes. Kikyō, por su parte, permanecía imperturbable mientras pensaba un plan. El único que se le ocurría.

—¡Vamos! —Tomó la mano de Kagome y comenzó a correr, llevándosela con ella— ¡No podemos gastar energía aquí! ¡Hay que volver a la barrera!

Kagome miró hacia atrás en medio de la corrida; las abejas las perseguían.

—¡Ese maldito sabe que estamos aquí!

—Claro que lo sabe. Naraku siempre se adelanta, pero yo me adelanto más —espetó Kikyō, sonriendo desafiante—. No pienso dejar que nos debilite.

Atravesaron unos arbustos que les dejaron varios rasguños de recuerdo y se detuvieron antes de llegar a la barrera. Varias abejas les impedían el paso. Kagome, ya impaciente, se preparó para tirar.

—¡Qué molestas! —Sacó una flecha y continuó disparando una y otra vez, descuidando su espalda en consecuencia.

Kikyō la espió de reojo y se alertó. Una abeja estaba a punto de emboscarla por la espalda con el aguijón preparado.

—¡Kagome!

Se puso detrás de ella y estiró los brazos. De sus manos emanó una poderosa luz violácea que desintegró al demonio en un santiamén, pero que también la dejó sin energía alguna. Cayó de rodillas al suelo, agitada. No se había drenado de las suficientes almas como para lidiar con una batalla.

—¡Kikyō! —exclamó Kagome, yendo hasta ella— ¡¿Estás bien?!

La nombrada, respirando con dificultad, se dejó ayudar por Kagome para ponerse de pie.

—Vamos… No hay tiempo. Hay que atravesar la barrera.

Kagome asintió y pasó su brazo por encima de los hombros. Comenzó a llevarla hacia la barrera sacudiendo el arco de un lado a otro para espantar a las abejas.

—¡Agh! ¡Vete! —exclamó a un paso de traspasar la barrera. Una abeja traviesa no le permitía pasar; otras se acercaban por detrás. Miró a Kikyō de soslayo, preocupada por su estado. Apenas se mantenía en pie, culpa de su descuido.

Descuido que la enfureció.

—Tú… —Kagome abrió la mano frente a la abeja y ensanchó los ojos— ¡Desaparece!

Los ojos de Kikyō resplandecieron ante el fuerte poder espiritual que emanó. Una luz azulada y con un brillo tan cegador que desintegró al demonio en un instante.

—Kagome…

La joven se miró la palma, atónita, al caer en lo que había hecho. Nunca había liberado su poder espiritual de una forma tan consciente.

—¡No te distraigas!

—¡Ah, sí! —Kagome continuó arrastrándola hacia la barrera y pegando un salto la traspasó junto a Kikyō. Miró hacia atrás en medio de la caída; las abejas se estrellaban contra ésta brutalmente, quemándose en el acto.

La espalda de la Miko se estampó contra el suelo, al igual que el pecho de Kagome. Quedaron ahí, fatigadas y observando desde lo bajo cómo las abejas que restaban, habiendo entendido el mensaje, comenzaban a retirarse.

—Esas malditas... —masculló Kagome, incorporándose. Pasó la vista a Kikyō, quien parecía no poder levantarse del suelo— ¡Kikyō! —La atajó por la espalda— ¿Estás bien? ¿Te lastimaron?

La nombrada negó con la cabeza.

—No, solo me desgastaron.

—¿Necesitas…?

Kikyō asintió y levantó un tembloroso brazo, llamando a sus serpientes. Kagome contempló el cielo. Las serpientes recolectoras de almas empezaban a descender por él, iluminando el anaranjado atardecer que, gracias al ataque, llegó en un suspiro. Traspasaron la barrera espiritual y Kagome arqueó una ceja. Al verlas comprendió algo.

Algo que la enfureció.

—Pensé que las serpientes no podían traspasar la barrera y que por eso tenías que salir de ella para alimentarte.

Kikyō se quedó en silencio, recibiendo las almas que las serpientes depositaban en su pecho. Kagome observó con los ojos estrechados cómo suspiraba aliviada. Una intensa impotencia la recorría de pies a cabeza, haciéndola hervir por dentro.

Por mi culpa, ella…

—Cada vez que ibas al río a pescar te arriesgabas a recibir un ataque, ¿no es cierto?

La sacerdotisa, ya más recuperada gracias a las almas, empezó a enderezarse. Levantó los ojos, encontrándose con el rabioso rostro de Kagome.

—¡Eres una tonta! ¡No vas a volver a salir!

Kikyō se sacudió la ropa llena de tierra con desinterés y se puso de pie.

—¿Quién te crees que eres para darme órdenes? —Le lanzó una gélida mirada—. Mocosa.

Kagome tembló en el lugar, pero no de miedo.

—¡Alguien que se preocupa por ti, esa soy!

El labio inferior de la sacerdotisa se desprendió. Se obligó a unirlo al superior de inmediato, manteniendo la compostura.

—¿Por qué lo harías? No digas estupideces. —Le dio la espalda. Temía que su expresión cambiase debido a sus palabras, pues, le alegraba que se preocupara por ella. Alegría que no era la idea demostrar.

Kagome adelantó un paso y agarró su brazo con fuerza. Kikyō giró la cara hacia ella con el entrecejo fruncido.

—Suéltame.

—No.

—Te dije que-

—¡No, vas a escucharme! —Kagome atajó su otro brazo y la volteó conteniendo las lágrimas que estaba reprimiendo. Kikyō detalló los bordes rojizos de sus ojos sin saber qué pensar—. Grábatelo en la cabeza: ¡no voy a dejar que te arriesgues así de nuevo! ¡Punto final!

La sacerdotisa relajó la frente, perdiéndose en esos ojos a punto de llorar. ¿Llorar… por ella? Jamás nadie lo había hecho, o al menos no había llegado a verlo. Kagome, a pesar de estar al borde de quebrarse, la miraba con una convicción que era imposible de romper. Una convicción que la partía en dos. Como siempre… esa chiquilla le llevaba la delantera y ni siquiera era consciente de ello.

Suspiró.

Y, antes de darse cuenta, le estaba sonriendo. No podía luchar contra esa cara.

—¿Dejarás de dramatizar si te hago caso?

Kagome meneó la cabeza una y otra vez, aspirando el futuro llanto por la nariz. La tenía roja. Kikyō suavizó la sonrisa al verla y la atajó entre sus dedos. La sacudió de un lado a otro juguetonamente, haciendo que cerrara los ojos por la incomodidad.

—Para variar, hablas demasiado. —murmuró, limpiando una lágrima que huía de uno de sus ojos. Arrastró los dedos hacia arriba por su mejilla y le acarició la cabeza.

Kagome la bajó, dejándose mimar. Aunque su tacto era frío, también era extremadamente cariñoso. De alguna manera, la desarmaba.

—¿Te sientes mejor? —preguntó con la voz entrecortada. Tenía la garganta cerrada.

Kikyō asintió y levantó la otra mano. Una de sus serpientes, que continuaba cerca por las dudas, bajó del cielo.

—Solo necesitaba más almas.

Kagome siguió con las pupilas cómo la serpiente se deslizaba por su brazo hasta rodearle el cuello por detrás. Ese peculiar espectro clavó sus redondos ojos en ella, sintiéndose observado. Kagome tragó saliva. No tenía un gran recuerdo de ellos, pues, la sacerdotisa una vez no escatimó en ordenarles que la aprisionaran a un árbol para así poder ver en primera persona cómo besaba a Inuyasha. Dejando de lado el mal sabor de boca, si lo examinaba bien, no era tan espeluznante como creía, excepto sus patas, que parecían las de un insecto. Esa serpiente, en especial, tenía un color diferente en las escamas. Uno esmeralda que se fusionaba con el blanco. Detalle menor que carecía de importancia comparado a sus ojos, que no dejaban de observarla con atención, tal como si fuera una presa.

—¿Por qué me mira así? —preguntó, inquieta.

Kikyō rió en un murmullo al verla tan nerviosa y estiró el brazo hacia ella. El espectro se deslizó por éste en ondulados movimientos hasta abandonarlo y empezó a dirigirse hacia Kagome.

—O-Oye… —Kagome dio un paso atrás cuando la serpiente se acomodó en sus hombros y empezó a rodearle el cuello lentamente, tal como hizo con Kikyō—. Me va a ahorcar.

—Solo si yo se lo ordeno.

—No lo ordenes, por favor —contestó, endurecida. La serpiente continuaba deslizando su largo cuerpo por ella en una espiral, envolviéndola por completo—. Oh, dios.

Kikyō agrandó la sonrisa, conteniendo una carcajada mayor.

—Le agradas.

—¿T-T-Tú crees? —tartamudeó, observando de soslayo cómo acercaba el rostro a su mejilla. Abrió la boca, revelando unos puntiagudos dientes, y Kagome cerró los ojos rezando no ser devorada.

Lengüetazo.

Los volvió a abrir de un tirón y miró al espectro sorprendida.

—Me… lamió.

—Te dije que le agradas.

—Oh... —Kagome se animó a posar una mano en su cabeza; la acarició, sintiendo las rígidas escamas que la cubrían. La serpiente cerró los ojos y emitió un agudo y dulce sonido que la enterneció—. Vaya… Es muy dócil.

—Solo contigo. Es la primera vez que se acerca a otra persona que no sea yo. Estos espectros no suelen ser amigables, sino más bien solitarios.

Como tú.

Pensó Kagome, pasando la mirada a Kikyō. Le sonreía con paz. Una que la traspasaba. Se preguntó si ella era la culpable de ese precioso sonreír.

—Dime… ¿Por qué dijiste que las abejas ahora te afectan?

Kikyō deshizo la sonrisa, tornándose pensativa. No era la idea revelar sus debilidades, pero si no lo hacía estaba segura de que le esperaría una gran insistencia de parte de su aprendiz. ¿Para qué luchar? Tarde o temprano le sacaría la verdad.

—Mi cuerpo quedó delicado luego del miasma que me impregnó Naraku. Cualquier veneno puede ser fatal para mí en este momento, y él lo sabe.

Kagome agrandó los ojos.

—Espera, ¿quieres decir que no pude purificar todo el miasma aquella vez en el río?

Kikyō negó.

—Lo hiciste. Salvaste lo más importante, mi alma. —Se llevó la mano al pecho—. Pero mi cuerpo de barro es otro tema, aún queda un poco de miasma que ni tú ni yo seremos capaces de borrar. Es demasiado poderoso. Incluso tuve que tomar el alma de la sacerdotisa Midoriko para regenerar mi cuerpo.

—¿Esa sacerdotisa que fue la creadora de la perla de Shikon? —inquirió. Kikyō afirmó con la cabeza—. Así que… fuiste tú quién se llevó su alma. —No le era desconocido el tema. Junto a Inuyasha y los demás habían estado buscando la tumba de esa legendaria sacerdotisa meses atrás para averiguar más sobre la perla.

—Sí, fui yo. Sin embargo..., aunque tenga un alma poderosa sigue sin ser suficiente. Naraku logró su cometido, me debilitó. Es por eso que aquí estoy, entrenándote.

Kagome se angustió. Kikyō ahora era un blanco fácil. Un poco de veneno y listo, su vida acabaría. Y a pesar de todo, ella…

Se arriesgaba por mí.

Cerró los puños. La frustración volvía, lenta y penetrante. Se sentía inservible.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti, Kikyō? —preguntó con una mirada afligida. La sacerdotisa la analizó un momento mientras pensaba la respuesta.

—Sí, aprender a pescar.

Kagome esbozó una cansada sonrisa.

—Trato.

Las dos comenzaron a caminar hacia el templo. Kagome, en su caso, aún con la serpiente alrededor del cuello. No parecía querer despegarse.

Ese día no habría entrenamiento. No con el atardecer flotando sobre ellas y menos con Kikyō todavía recuperándose. Naraku ya sabía que estaban juntas, eso era seguro. Salir de la barrera, por otro lado, ya no parecía tan seguro.

Kagome se sacó los zapatos en la entrada mientras admiraba la espalda de su mentora, quien también se estaba descalzando.

—Gracias. —le dijo, entrando al templo. Kikyō volteó la cara hacia ella antes de continuar su camino hacia el cuarto de aseo. Tenía una urgente necesidad de quitarse la tierra de encima.

—¿Por qué?

—Me salvaste ahí afuera.

Kikyō derivó los ojos al suelo, recordando. Cierto, la había salvado. Y esa no era la primera vez que un impulso protector le nacía para con ella.

—Sería un inconveniente que te murieras ahora.

Kagome rodó los ojos.

—Eres tan poco honesta… ¿No es más fácil admitir que te preocupaste por mí?

—¿Preocuparme? —Soltó una risita, negando con la cabeza.

—Lo hiciste —insistió, plantándose frente a ella en un saltito. Kikyō retrocedió ante la radiante sonrisa que poseía—. Te preocupaste, admítelo.

—No hay nada que admitir.

—¿Qué dices, amiguito? —Kagome acercó la oreja a la serpiente. Ésta refregó la cabeza contra su mejilla en una caricia— ¿Que se preocupó por mí? Sí, eso pensé.

Kikyō frunció los dedos contra su ropa, inquietándose. De repente quería huir de allí a las corridas, peor que cuando era atacada por las abejas.

—¿Puedo ir a bañarme en paz o esto va a durar más tiempo?

Kagome achinó los ojos exageradamente, analizando los suyos, que expresaban poco y nada, y le dio la espalda.

—¡Bien! Como quieras. No te molestaré más.

Kikyō observó su espalda con una distante mirada. Claro que se había preocupado, pero aceptarlo era otro tema. Un gran salto que no creía conveniente dar, porque si lo daba, cambiaría notablemente la relación que hasta ahora mantenían: una cordial, sin molestos sentimientos en el medio. No obstante y gracias al comportamiento de su aprendiz, todo ese autodiscurso se estaba yendo a la basura. Kikyō, suspirando, ya estaba parada con los pies al borde del precipicio para dar ese arriesgado salto. ¿Motivación? Kagome no la miraba, hecho que le hizo preocuparse.

¿Se enojó o es otra de sus bromas?

—Oye.

Kagome, ignorándola, acarició las escamas de la serpiente acostada cómodamente en sus hombros.

—¿Oh? Me pareció escuchar algo… ¿Tú escuchaste? —le preguntó a la serpiente, quién respondió con un agudo chillido.

Kikyō alzó una ceja. Era todo. No iba a tolerar un minuto más esa escenita, porque eso era, una escena. Acababa de comprobarlo. ¿Quién se creía que era para molestarla así? Para indagar tan hondo hasta preocuparla. No podía bajar la guardia porque esto era lo que ocurría; Kagome se adelantaba, pensando que podía controlarla.

Tenía que ponerla en su lugar.

Recordarle quién mandaba y quién era la encarnación aquí. ¿Quería una respuesta? La iba a tener, pero no del modo fácil.

Había que pagar un precio.

Kagome soltó un gritito cuando sintió cómo unos delicados brazos envolvían su cintura, abrazándola por detrás. Kikyō la apegó a su cuerpo, dejándola congelada.

—Eres realmente una molestia, ¿sabías? —musitó en su oído. Kagome carraspeó, nerviosa.

—¿L-Lo soy?

—¿Qué quieres que te diga?, ¿que estaba preocupada por ti? —continuó, reforzando el agarre en su abdomen. Kagome apegó los hombros al cuello, sonrojada. Se sentía un pequeño ratoncito acorralado por un gato—. Bien, lo estaba. ¿Ahora serás una buena niña y dejarás de molestarme?

Kagome asintió repetidamente, rogando que la soltara. Sus manos, extrañamente, por más frías que fueran comenzaban a quemarle la piel por encima de la ropa, tal como un hielo.

Si lo sostienes por mucho tiempo te quemará.

Kikyō sonrió por la patética reacción que consiguió y, queriendo más de ella, subió una mano por su vientre, adentrándose en su playera.

—¡O-Oye! —Kagome atajó su muñeca con el corazón a mil por hora— ¡A dónde vas!

—Tu ropa es extraña y demasiado reveladora —contestó, frenando los dedos en el borde del brasier— ¿Qué es esto? —Agarró el gancho del sujetador.

—¡Algo que no debes tocar!

—Hm... Deberías tener cuidado. Alguien podría aprovecharse de esta ropa tan ligera... —prosiguió en un ronroneo, bajando la mano por su abdomen. Esos dedos se arrastraban por la piel de su aprendiz con una pensada y tortuosa lentitud. Un intencionado plan macabro para hacerle perder la dignidad, ya que Kagome le había robado la suya hacía un minuto.

Kagome tiritó debido a ese gélido tacto que la revolvía por dentro y giró el rostro hacia ella con unos vulnerables ojos que a Kikyō le hicieron borrar la sonrisa de golpe.

Oh.

Ansiedad, eso sintió de pronto expandiéndose por su pecho. Aquellos ojos tan frágiles la incentivaban a dejar de lado la broma y jugar en serio con ella. Eran hipnóticos.

Esta mocosa… es peligrosa.

La dejó en libertad, tanto por su propio bien como por el de Kagome. La lección debía llegar a su fin.

Kagome se observó liberada y volteó el cuerpo para verla. Kikyō se alejaba de su lado, como siempre, a paso lento. Gruñó. La Miko solo quería darle una lección, llegó a la rápida conclusión. Otra vez le había devuelto la jugada y, lamentablemente, debía admitir que se llevó la victoria.

—No tardes, pervertida. También quiero bañarme —comentó de mala gana. Kikyō siguió de largo sin dirigirle palabra alguna y desapareció por el pasillo—. Qué bipolar es… Soy yo la que debería ignorarte.

Kagome se fue a su habitación mientras esperaba a que la sacerdotisa terminara de bañarse. No gastó tiempo en pensar en lo sucedido, no esta vez. Sabía que Kikyō solo estaba poniéndola en su lugar. Y también sabía la razón: a esa mujer no le gustaba perder ante ella, a tal punto que era capaz de sobrepasar los límites para ganarle. En silencio, como una sombra, la atacaba cuando menos lo esperaba.

Sonrió, desafiante.

Está bien, a ella tampoco le gustaba perder. Que ahora se llevaran dentro de todo bien no significaba que la flama competitiva tuviera que extinguirse. Dentro del delgado manto que protegía su convivencia, llamado "compañerismo", seguirían compitiendo. No por Inuyasha en esta ocasión, sino por ellas mismas. Encarnación contra reencarnación; lo veía divertido. ¿Cuál de las dos sería la ganadora? O, mejor dicho, la sobreviviente de aquella convivencia.

Muy lejos de eso, Kikyō no pensaba igual, al menos no en ese instante. Mientras escurría el agua entre sus dedos en lo único que pensaba era en los profundos ojos de Kagome. La asustaron. Lo hicieron porque despertaron una extraña sensación en su interior: emoción. Una sensación olvidada que hacía cincuenta años no sentía en plenitud. ¿Qué clase de emoción? La verdad, temía averiguarlo y tampoco es que supiera cómo. No tenía tanta experiencia respecto a las emociones humanas. Allí se declaraba incompetente.

Mejor no indagar de más, concluyó. No había tiempo para eso. Saber que la escandalosa muchacha le agradaba era suficiente para sostener la convivencia. Ni más, ni menos.

Empezó a levantarse de la tina de madera, provocando que sus largos cabellos emergieran del agua. Puso un pie afuera y se llevó la mano al pecho, sintiéndolo cerrado. El sólo recordar esos frágiles ojos le hacía sentir de nuevo aquella punzante emoción que la asaltó al verlos.

Ni más, ni menos…

Kagome se estiró en el Futon, perezosa.

—¿Está meditando en el baño o qué?

La serpiente, quien claramente le había tomado cariño, pues, no se despegaba de su lado, se deslizó por su mochila, curiosa. Metió la cara adentro, haciéndola reír.

—¿Qué buscas? —le preguntó, gateando hacia ella. La serpiente levantó la cabeza; tenía un recipiente pequeño en la boca— ¿Oh?... ¡Oh! ¡Me había olvidado que traje una! ¿Me la das? —El espectro le entregó la sopa instantánea que tenía en la boca, dejándola en su mano. Kagome sonrió de oreja a oreja—. Mañana se la daré a Kikyō para que la pruebe. Tú también puedes comer, si quieres. —Le acarició la cabeza, haciendo que emitiera ese ya familiar ruidito agudo. Kagome rió cuando en otro símbolo de felicidad aleteó esas grandes orejas que tenía al costado del rostro—. Eres muy dulce… Creo que tengo algo para darte ahora, a ver…

Tú eres la dulce… siendo tan amable con él.

Sin que Kagome lo supiera, una sacerdotisa observaba aquella tierna escena escondida detrás de su puerta.

—¡Ah, encontré una barrita de cereal! No sé si puedes comer esto, pero espero que te guste. —Abrió el paquete y acercó la punta de la barra a su boca. La serpiente la olfateó y le dio un bocado— ¿Y?, ¿está rica? —preguntó. La serpiente chilló, complacida— ¡Entonces es toda tuya!

Kikyō contempló, asombrada, como el espectro comía de su mano con toda la confianza del mundo. Nunca lo había visto comer, ni siquiera sabía que podía hacerlo.

Quién lo diría… Es extraño que ese espectro se encariñe tanto con alguien que no sea yo.

Kagome se desplomó en el Futon de nuevo, cansada de la espera, y cerró los ojos dispuesta a tomarse una siesta.

—Unos minutitos… hasta que la bruja se digne a aparecer. —murmuró. Kikyō la insultó en silencio.

¿Bruja? Mocosa…

La serpiente se deslizó por el Futon, ondeando de un lado a otro, y se enrolló encima de su pecho. Kagome abrió los párpados, adormecida.

—Kikyō.

La nombrada se estremeció.

—Al menos sácamela de encima para dormir. —Volteó el rostro hacia la puerta—. Pesa.

Kikyō quedó adherida a la pared conteniendo la respiración. No podía moverse, menos salir de su escondite. ¿Kagome supo todo ese tiempo que se encontraba allí?

—Como sea…

Kagome cerró los ojos y poco tardó en comenzar a roncar. Kikyō permaneció escondida detrás de la puerta con una pasmada expresión.

Yo…

Se tapó el rostro, aferrándose el pecho. Ardía.

Algo está cambiando dentro de mí.

Continuará...


Cuarto capítulo entregado. ¡Gracias por leer!

Chat'de'Lune: Gracias por seguir leyendo, estimaada. Me alegra que te siga gustando, al igual que la interacción. Mientras hacía el fic me preguntaba qué tipo de interacción podrían tener, y salieron estos diálogos de forma natural. No me las imagino actuando de otra manera jajaja Te leo en el próximo! Besitos, que andes bien y namasteee.

7D9: ¡Gracias por leer! Qué bueno que te parezca una linda pareja :) Ya sé que no es la más codiciada por el fandom, pero siempre tuve una debilidad morbosa por este shipp jajaja. Inuyasha va a aparecer poco, pero va a aparecer. Todos queremos ver cómo va a reaccionar (risita maligna) ¡Besitos y que andes bien!