Oscuridad
—¿Y?
Kikyō sorbió los fideos de la sopa instantánea y se tomó su tiempo para degustarlos. Kagome acercó el rostro, ansiosa.
—¿Te gusta?
La Miko dejó el recipiente de plástico sobre la mesa baja donde se encontraban comiendo y la miró con indiferencia.
—No está mal.
—¡Sí! —Kagome alzó los brazos, triunfante— ¡La sopa instantánea sigue rompiendo corazones!
Kikyō detalló el recipiente.
—¿Sigue?
—Ah… —Comentarle que Inuyasha era fanático de la sopa podía convertirse en una simple conversación o, en su defecto, en un suicidio. La última opción sonaba más realista—. Bueno…
—A Inuyasha le gusta, ¿no?
Atrapada.
Kagome asintió, sonrojándose. Odiaba que supiera las palabras que tenía atascadas en la garganta. ¿En qué momento esa mujer llegó a conocerla tanto? Mejor dicho, ¿cuándo bajó la guardia como para que lo hiciera?
Kikyō hizo una mueca inmersa de rechazo.
—La próxima vez dame algo que él no haya probado.
—¿H-Huh?
—Algo único —resaltó—. Solo pensado para mí.
Kagome sintió escalofríos debido a esos penetrantes ojos que acompañaban su pedido. ¿Algo solo para ella?
¿Me está pidiendo que piense exclusivamente en ella?
—Entonces… ¿Qué te gusta comer? Para tener una idea.
Kikyō dejó los palillos encima del recipiente y pensó un momento la respuesta.
—Arroz.
—¿Con qué?
—Con lo que sea.
¿Una fanática del arroz?
—Aunque no es que necesite comerlo. No me aportará nada.
Kagome juntó más las rodillas sobre el tatami, incómoda con la información. Sabía que sólo se alimentaba de almas y que lo único que hacía al probar la comida de su época era cumplirle el capricho.
—Si hablamos de aportar, solo comidas específicas aportan proteínas. Creo que ahora estamos hablando más de disfrutar la comida. Ya sabes, algunas dan placer. —comentó Kagome.
Kikyō descansó el mentón en la mano, apoyando el codo en la mesa. El término "placer" llamó su atención.
—¿Placer?, ¿qué tipo de placer?
Cierto. Habían distintos tipos, pero Kagome no estaba refiriéndose a ese placer específico que Kikyō parecía tener en mente. Su voz sonó insinuante al preguntar. ¿Una mal pensada, la sacerdotisa? Quién lo diría. La conversación se estaba desviando a otro lado, a uno que Kagome seguramente no podría sostener. No era como si supiera mucho acerca del "placer". Solo tenía quince años y ni siquiera había besado a alguien. Sin embargo, debía admitir que gracias a la información continua de su época conocía lo básico respecto a las actividades placenteras que para nada iba a mencionar porque nada tenía que ver con aquella charla.
—Disfrutar los sabores. Ese placer. —respondió con los ojos plantados en el tatami. Kikyō dibujó una cómplice sonrisita.
—¿Quieres darme placer haciéndome probar tus comidas?
—Sí… Es decir, quiero que las disfrutes.
—Hm… Hay otras cosas que podrían darme placer, no necesariamente la comida.
Kagome la miró de golpe, roja hasta las orejas. Kikyō ensanchó la sonrisa, tentada por su reacción. Ella tampoco sabía casi nada sobre "el placer", pues, lo único más placentero que había hecho en su vida era besar. No obstante, el tema no pasaba por ahí. Provocar a su aprendiz se estaba convirtiendo en una adicción. Sus transparentes reacciones le hacían reír, y desde que Kagome llegó al templo la risa había estado presente. La sacerdotisa no la demostraba, trataba de comprimirla, pero sí se permitía disfrutarla en sus adentros. Nunca se había reído tanto como con ella.
Y hablando de placer, sí que era placentero reír.
—Siento que estamos hablando de cosas diferentes… ¿De qué estás hablando tú? —preguntó Kagome con timidez.
—Quién sabe… —Kikyō agarró la sopa instantánea y se la llevó a la boca. Sorbió lo que quedaba del caldo y la dejó otra vez en la mesa—. Vamos, hay que entrenar.
Kagome asintió, poniéndose de pie.
Al final no me dijo con qué quería el arroz. Entonces…
—Arroz con curry —comentó. Kikyō la miró—. Te traeré eso la próxima vez que vuelva a mi época. No soy muy buena cocinera, pero eso me sale bien y es… único. Inuyasha no lo probó porque no tolera el picante.
Kikyō le mantuvo la mirada, incomodándola. Quizás el comentario sobre Inuyasha estuvo de más, pensó.
—Aunque eso seguro ya lo sabes. —agregó, tratando de salvar la situación.
Según Kikyō, no había nada que salvar. Kagome se estaba preocupando por estupideces, al igual que muchas otras ocasiones. Ni le molestó que conociera ese detalle del Hanyō, estaba muy ocupada alegrándose por su futuro regalo. Además, lo veía entendible. Kagome, después de todo, también había pasado tiempo con él. Un tiempo que Kikyō no. Por ende, obviamente conocía otros lados de Inuyasha que ella nunca pudo llegar a ver. Kikyō conocía su pasado y Kagome su presente. Estaban a mano, siempre lo estuvieron, pero su aprendiz claramente no había reflexionado aquello. Continuaba incomodándose cuando lo nombraba, rompiendo el cómodo ambiente que estaban creando.
—Kagome, si no sabes cómo hablar de Inuyasha, mejor no lo hagas.
—¿Eh?
—Además, estábamos hablando de mí. —Eso sí le molestaba. La atención de Kagome pasó tan rápido de ella a Inuyasha que el plato que le ofreció con mucho gusto perdía valor—. No hagas comentarios que no vienen al caso.
La joven despegó los labios con sorpresa y bajó la cabeza. Tenía razón.
—Perdóname… No quise desviar la conversación. De verdad quiero que pruebes el arroz al curry, Kikyō.
La sacerdotisa examinó esa carita arrepentida, sintiéndose mal. Tal vez estaba siendo muy estricta. Ambas seguían adaptándose a esa convivencia que bastante bien llevaban, no podía pedirle a Kagome que de un día para el otro aprendiera a tratarla. En sí, desde que ella llegó al templo, Kikyō apenas podía entenderse a sí misma. Sin contar que, a su forma, Kagome demostraba verdadero interés en ella, sino jamás le hubiese ofrecido prepararle una comida.
Eso era más que suficiente.
—Si es así, lo esperaré ansiosa. Pero asegúrate de cocinarlo tú. —Kikyō agarró el recipiente de la sopa instantánea y lo miró con sospecha—. Esto está bien, pero no es lo mismo que una comida casera. Algo falta en el sabor...
—Amor.
La sacerdotisa la observó de golpe. Kagome desvió la vista.
—Es decir..., las comidas deben prepararse con cariño. Así saben mejor —contestó, recordando los platillos que su madre le cocinaba. Los extrañaba. De hecho, se arrepentía de haber dicho que su comida favorita era una "instantánea". El sabor era adictivo, sí, pero, tal como dijo la Miko, faltaba algo. Algo importante que olvidó en todos esos meses de viajes y travesías—. Si están hechas con amor... es imposible que no gusten.
Kikyō entornó los párpados, llenándose de una melancolía que desconocía si era ficticia o real. Ella, en el pasado, siempre se encargaba de cocinarle a Kaede, pero nunca le cocinaban a ella. Apenas podía recordar los platillos de sus padres. Murieron a una temprana edad cuando sólo era una niña y Kaede apenas un bebé, por ende, los recuerdos estaban difuminados. Pero sí recordaba una cosa: la sonrisa de su madre. Una sonrisa amable, pero también cansada.
—Sí... El amor es el mejor condimento. —Le sonrió. Kagome se perdió en su sonrisa. Era una… ¿agradecida?
¿Agradecida por cocinarle?
Lo que fuere, le hizo feliz. Se sintió entendida y también aliviada. Mientras mantuviera esa sonrisa en su lugar, todo estaría bien.
—Vamos. —Kikyō puso una mano en su hombro—. Trae tu arco.
El entrenamiento de ese día, por el contrario, no le hizo tan feliz. El alivio se escapó en un suspiro. Fue riguroso y agotador, como siempre.
Y como los que siguieron.
Una semana y media se fue volando gracias a esos entrenamientos que conllevaban meditación extrema, arquería, curación y, no menos importante, la conexión de sus poderes; ejercicio que requería dejar las barreras de lado y confiar plenamente la una en la otra. Nada fácil.
Así pasaron los días, tratando de encontrar un método para conectar sus almas y también, en lo posible, evitando las bromas desubicadas, pues, no habían resultado bien en el pasado. Solo las confundían.
Pero no todo era trabajar.
En medio de esos días, Kikyō poco a poco fue accediendo a los caprichos de una Kagome más suelta, los cuales significaban: desayunar con ella, cenar con ella y, de vital importancia, escucharla. Y Kagome hablaba mucho. Las cotidianas charlas aumentaron, conociéndose más, descubriendo peculiaridades de la otra. Entrando en confianza. Kikyō mantenía su esencia distante, hablando lo justo y necesario, pero sus ojos se habían ablandado considerablemente, generando que Kagome pudiera ver más allá de aquella solitaria personalidad que venía encarnando hacía tiempo. La sacerdotisa resultó ser más normal de lo que creyó. Normalidad que, luego de procesarla, halló coherente. A pesar de haber muerto, aún tenía dieciocho años. Aún tenía curiosidades por la vida que en esta segunda oportunidad que le fue dada estaba aprovechando para liberar, y Kagome era el perfecto recipiente para recibir sus incertidumbres. En especial porque su mayor curiosidad ahora estaba enfocada en aquella época moderna donde, según su aprendiz, las casas altas abundaban, las carretas se movían gracias a un mágico motor y otras incluso hasta volaban. Tanta información le dejaba los ojos de piedra y a su intento de corazón acelerado por la emoción. A veces se sentía una niña escuchando sus historias.
Y le gustaba sentirse así.
La convivencia iba tan bien que ambas jóvenes, cuando pensaban en ello, apenas podían procesarlo. Las "peleas" se habían convertido en bromas pasajeras y los cuidados en una normalidad. Cada vez que alguna se lastimaba en el entrenamiento, la otra estaba allí para ayudarla con sincera preocupación. Se sentían tan cómodas con la mutua compañía que inevitablemente en algún momento desearon no terminar aquel entrenamiento. No salir de ese templo que las había unido y brindado una tranquilidad envidiable en medio de una guerra. Era su refugio mágico, el que las aislaba de la cruel realidad.
Temían que al traspasar la barrera para ya no volver, la magia se acabara.
Aunque no quisieran admitirlo, algo similar a una amistad estaba naciendo entre ellas. Eran más parecidas de lo que habían oído comentar por ahí y a la vez más diferentes de lo que pensaron. Diferencias que las enriquecían, prologando el interés que tenían la una por la otra.
Según los cálculos de ambas, quedaba una semana de entrenamiento, y la idea era aprovecharla al máximo.
Idea que fue descartada por un grito de Kagome una mañana.
Kikyō abrió los ojos, despertando de súbito, y se destapó de un tirón. No dudó en dirigirse apresurada a su habitación. Abrió la puerta, agitada por la corrida, sólo para encontrarla sentada en el Futon con los ojos bien abiertos. La cariñosa serpiente, que ya no le pertenecía, volteó la cara hacia la puerta desde los hombros de Kagome. Nunca se despegó de ella.
—¿Kagome?
—Lo olvidé por completo…. —balbuceó, agarrándose la cabeza— ¡Tengo un examen en dos días!
—¿Examen? —inquirió, acercándose. Se sentó en el Futon con delicadeza. La serpiente se deslizó por los hombros de Kagome y estacionó en los suyos en un saludo— ¿De esa escuela que me contaste?
—Sí... Es muy importante, marcará mi calificación final. Y no es como si viniera teniendo buenas calificaciones, apenas voy a la escuela. —Bufó—. Mierda, ¡me olvidé completamente! —Se inclinó hacia adelante, estampando la frente contra el Futon. La serpiente saltó del hombro de Kikyō y cayó en la espalda de Kagome. Comenzó a chuparle las puntas del cabello. Le gustaba el sabor a su shampoo—. Si no apruebo, será mi fin.
Kikyō la detalló, pensativa.
—Si es tan importante, ¿cómo pudiste olvidarlo?
—¡Porque esto es más importante! —exclamó, levantando el rostro—. Pero… pasar de año también lo es.
La sacerdotisa, entonces, comprendió algo de igual importancia. Kagome realmente no pertenecía a su época. Lo sabía, pero esto lo confirmaba. Ella estaba dividida. Dividida entre cumplir las responsabilidades de su época y la feudal. Eso era demasiado para una chica de quince años. Se vio reflejada. Al final su reencarnación parecía compartir el mismo y cruel destino que su encarnación. No era libre, estaba condenada por los deberes y luchando contra una dualidad constante.
Arqueó las cejas, sintiéndose mal por ella.
No iba a permitir que sucediera de nuevo. No pensaba dejar que Kagome continuara atada a un destino que no le correspondía. Al menos debía tener el derecho de decidir, derecho que ella no tuvo.
—Vuelva a tu época si es tan importante.
Kagome pestañeó, sorprendida. Se esperaba un reproche de su parte.
—Si tienes que hacerlo, vuelve.
—Pero…
—Será solo por dos días, ¿no es cierto?
Kagome asintió.
—Entonces, no hay problema. Dos días no marcarán mucha diferencia en el entrenamiento. Además, hemos avanzado mucho. —Claro que marcaría una diferencia. El tiempo era oro. Pero no podía luchar contra ese rostro tan preocupado.
—¿En serio no te molesta?
Kikyō negó, inexpresiva, y le dijo una frase que le hubiese encantado recibir cincuenta años atrás.
—Es tu vida, puedes hacer lo que te plazca con ella.
Kagome estrechó los ojos, emocionada por la comprensión, y en un impulso se lanzó a sus brazos. La Miko la atajó con torpeza. No la vio venir. Era la primera vez que Kagome la abrazaba.
—Gracias… Prometo volver lo antes posible. —susurró, plegando los dedos en su espalda. Kikyō bajó la mirada, suspendida. Kagome sonreía pacíficamente sobre su pecho.
Sobre un pecho tan frío como el suyo.
Sus manos temblaron antes de posarlas tímidamente en sus hombros. Cálida. En demasía cálida. Ahora podía apreciar ese calor en todo su esplendor. Le hacía sentir una pizca de vitalidad, como si esa calidez formara parte de su gélido cuerpo, expandiéndose en sus adentros. Era tan gloriosa la sensación que… le hizo temer.
Temer de no sentirla nunca más.
—Te acompaño al pozo.
Kagome levantó la cara.
—No hace falta. Quédate aquí, podría ser peligroso.
—Por eso mismo voy a acompañarte.
—¡No! —Agarró sus brazos— ¡Aunque no quieras aceptarlo, ahora eres un blanco fácil para Naraku! ¡Te quedarás aquí!
Kikyō negó con la cabeza; Kagome frunció el ceño.
—¡No seas testaru-
—No lo hago solo por ti, quiero ver bien ese pozo. Me parece… un misterio como eres capaz de viajar en el tiempo por él.
Kagome alzó una ceja, no creyéndole ni una palabra. Durante esos días de convivencia aprendió a decodificar sus mentiras. No era muy difícil, sino más bien requería prestar atención. Escarbar detrás de aquella indiferente máscara que siempre llevaba puesta. Kikyō podía mentir sus gestos, podía cambiar el color de voz, pero sus ojos… Sus ojos no mentían. Aunque lucieran frívolos y solitarios, un pequeño brillo se asomaba detrás de ellos.
Un brillo mentiroso.
—No vas a venir.
—Voy a ir.
—Dios… ¿Por qué eres tan obstinada?
—¿Por qué lo eres tú? —contraatacó, atajando su espalda—. No me hagas enojar, mocosa.
Kagome declinó el rostro, agotada por esa pelea sin sentido, y apoyó la frente en su pecho soltando un suspiro.
—Eres una cabeza dura, Kikyō.
La sacerdotisa la observó desde lo alto con unos ensimismados ojos y en un arranque la abrazó.
—No voy a dejar que vayas sola —musitó en su oído, apretándola contra ella—. No discutas.
Kagome volvió a levantar el rostro, apoyando las manos en su pecho. Se perdió en esos ojos castaños que la miraban con profundidad. En esos ojos esta vez sin mentiras y en ese cariñoso abrazo.
¿Por qué ella…?
—Entonces, pondré una condición. Inuyasha te acompañará cuando regreses.
Kikyō levantó las cejas con sarcasmo.
—¿Y eso? ¿No te molestará?
Kagome volteó el rostro. Sabía porqué preguntaba y le daba vergüenza tal hecho. No podía ocultarle nada a esa altura.
—Ya dejé muy clara mi posición con él —empezó a decir con aire melancólico—. Mientras no los descubra besándose entre los árboles o algo así, no hay problema.
A Kikyō se le hundió el estómago, recordando. Su comportamiento pasado le daba vergüenza. En ese momento estaba tan perdida, tan triste y enojada… Y fue tan cruel con Kagome.
—Esa vez, yo…
Kagome se percató del cambio en su actitud y levantó la mano enseguida.
—¡Está bien! ¡No tienes que explicarme nada! —Soltó una nerviosa risita que en absoluto le hizo sentir mejor—. Entiendo porque actuaste así…, creo.
Pero no deberías aceptarlo, Kagome.
Pensó con amargura. Esa vez y éste momento se sentían tan distantes para la Miko. Todo había cambiado. Su percepción de Inuyasha, de Kagome. La suya propia. Recordar lo malvada que fue con ella le hacía un nudo en la garganta. No es que ahora no tuviera una pizca de maldad (el que no la tenga que arroje la primera piedra) pero en ese tiempo se excedió.
Me excedí mucho.
La apretó más contra su cuerpo, rememorando la afligida mirada de aquella lejana Kagome que, sin poder escapar, se vio obligada a observar cómo ella besaba a Inuyasha en una muestra de superioridad. Pudo haberla dejado libre, esperar a que se fuera. Pero no. Prefirió que se quedara allí, en primera fila, para así ponerla en su lugar y demostrarle quién era el verdadero amor de Inuyasha. Aquel acto no tenía otro nombre más que crueldad, e inseguridad. Ese día descubrió lo insegura y celosa que podía llegar a ser.
Y no le agradó.
—Perdóname.
Kagome ensanchó los ojos sobre su hombro. Esa disculpa la tomó indiscutiblemente desprevenida.
—No tienes que-
—Sí tengo qué —la cortó, sujetando su cabeza—. Aunque eso no significa que tengas que perdonarme.
¿Qué era esa disculpa tan sincera? Kagome no podía creerlo. Ya bastante le costaba creer que se estuvieran llevando bien, ¿y ahora esto?
Kikyō…
Kagome bajó las manos por su espalda en una suave caricia y se acurrucó más contra ella. Realmente… la sacerdotisa había cambiado. Le agradaba esa nueva persona. O, quizás es mejor decir, le agradaba la verdadera Kikyō.
—Si quieres que te perdone, acepta que Inuyasha te acompañe. —musitó. Kikyō arrugó el ceño.
—Siempre me he cuidado sola, no lo necesito.
—Lo sé. —Kagome se apartó para verla de frente—. Pero también sé que ahora necesitas cuidarte más. No puedes escapar de esa realidad, Kikyō.
La nombrada se mantuvo en silencio, odiando a su maldito cuerpo de barro. Si no fuera por la pequeña pero letal cantidad de miasma que aún yacía en su interior, no sería un blanco fácil. Y esa molesta conversación no existiría. Porque en eso se estaba convirtiendo, en una molestia. Hablar de Inuyasha comenzaba a resultarle irritante.
—Además, de cualquier modo no podrás escapar de Inuyasha. Nos olerá apenas lleguemos al pozo.
Kikyō desvió la mirada.
—¿Planeas… verlo?
—¿Eh? La verdad no está en mis planes. Tengo prisa, así que…
—Ya veo.
Silencio.
Kikyō no quería que lo viera. De verdad no quería. Más no por las razones que antes le hacían odiar a esa muchacha, sino por otras. Temía que apenas viera a Inuyasha la magia entre ellas se acabara. Perder ese vínculo tan especial que estaban formando le aterrorizaba, lo cual creía incoherente. Ella nunca había dependido de nadie, y ahora…
Declinó la cabeza, molestándose.
Ah… ¿Qué es esto? Me estoy enojando por una estupidez.
Kagome puso una mano en su hombro.
—Alégrate, tú sí podrás verlo. —le dijo con una sonrisa. Kikyō parpadeó y levantó un enfurecido rostro.
—¡No quiero verlo!
Kagome sacó la mano a punto de asustarse.
—Yo también te dejé clara mi posición, ¿tengo que repetirla?
—No…, solo pensaba que-
—Pensaste mal.
Kikyō comenzó a levantarse, dejándola aturdida en el Futon. La comprensiva persona que tenía enfrente hace un momento desapareció con tanta facilidad que parecía haber sido una ilusión.
—No proyectes tus deseos en mí —dijo, dándole la espalda—. Eres tú la que quiere verlo.
Kagome cerró los puños debido a ese berrinche sin sentido y se puso de pie.
—¡No proyecto! —exclamó, agarrándole el brazo— ¡Solo quiero que seas feliz!
Kikyō se paralizó. Esa frase, que en un futuro sería decisiva, la revolvió por dentro.
—Y pensé que verlo al menos por un rato… te haría feliz.
Giró el rostro hacia ella con los ojos ensanchados. Kagome parecía estar a punto de quebrarse.
—No soy tan egoísta como crees, Kikyō.
La nombrada declinó los párpados con arrepentimiento. Meses atrás su aprendiz jamás le hubiera dicho aquello, pero ahí estaba hoy, diciéndoselo. Madurando.
Lo sé… Yo soy la egoísta.
Kikyō volteó el cuerpo y llevó las manos a sus hombros con una leve sonrisa.
—Estás entendiendo todo mal, Kagome.
—¡Qué es lo que no entiendo!
Que no quiero dejarte ir, pero… ¿por qué?
Apretó las mandíbulas, incapaz de mantener la sonrisa en su lugar. Una pesada energía empezaba a subir por sus pies, llenándola de un amargo sentimiento que le nublaba la cordura. Ella no era una persona impulsiva, sino calculadora. Ella nunca se dejaba llevar por las emociones, sino que las racionalizaba. Y ahora... apenas podía mantener encerrado al enojo.
¡No tiene sentido!
En un impulso, jaló sus hombros y la abrazó. Kagome se estrelló contra su pecho, pasmada. Ese aprecio era diferente al anterior. Era un abrazo fuerte, posesivo. Casi dolía de tanto que la estrujaba contra su cuerpo. Dolía igual que la adrenalina que se instaló en su corazón al recibirlo. Éste bombeaba a una velocidad tan rápida que le costaba respirar normalmente.
—Inuyasha… es una molestia ahora mismo —murmuró Kikyō en su oído. Kagome se sonrojó entre sus brazos—. No quiero que nos interrumpa, Kagome.
—¿Ki… Kikyō?
—Él es el culpable de que tú y yo nos odiáramos por mucho tiempo y sin sentido, ¿no es esa razón suficiente como para que no lo quiera cerca?
—Yo no creo… haberte llegado a odiar.
La sacerdotisa se apartó, revelando una lúgubre sonrisa.
—Yo sí lo hice. Te odié, Kagome.
Kagome contuvo la tristeza que le generaron esas puntiagudas palabras. Sabía que la odiaba, pero escucharlo... ¿Y qué pasaba con esos ojos tan oscuros? En ese momento parecía estar hablando con la antigua Kikyō; desalmada e imperturbable.
—Pero tú cambiaste eso con el tiempo —agregó, llevando una mano a su mejilla. Su tacto era más frío de lo usual. Una falsa caricia—. Solo tú. Inuyasha no aportó nada, al contrario, con sus indecisiones generó más resentimiento entre nosotras.
—Inuyasha… no lo hizo apropósito.
—¿Lo defiendes? —inquirió, arqueando una ceja—. Él es la causa de tu sufrimiento.
A Kagome no le agradó que le echara la culpa con asco. ¿Con qué fundamento se atrevía a hacerlo? Kikyō no conocía todos los detalles del vínculo que tenía con Inuyasha. Se estaba salteando una parte importante. Una que lo liberaba de toda la culpa.
—No…, yo soy la causa. Yo misma decidí quedarme a su lado a pesar de que él intentó apartarme.
Aunque es verdad que luego de eso Inuyasha continuó indeciso, terminando por agotarme.
Agregó en sus pensamientos. Si lo reflexionaba bien, la sacerdotisa tenía un poco de razón. Inuyasha supuestamente había tomado una decisión: dedicar su vida a Kikyō. Pero, contradiciéndose, continuaba entusiasmando a Kagome de un modo u otro. Si hubiera seguido su meta a rajatabla, sin desviarse en el camino, ella no hubiera sufrido ante las idas y vueltas del híbrido. Sin embargo, aunque reconocía esa verdad, Kagome era incapaz de ponerse en contra de Inuyasha. Lo quería demasiado como para hacerlo.
Kikyō detalló cómo sus ojos bajaban con desconsuelo. Comenzó a soltarle la mejilla.
Qué estupidez…
¿Qué significaba ese resentimiento que corría furioso por su cuerpo? ¿A quién se lo dedicaba? La Miko no podía calmarse, no si continuaba esa conversación. Debía terminarla para volver a sus cabales. Kagome a veces le sacaba lo mejor, pero también tenía la misma y molesta capacidad de sacarle lo peor. Le enfurecía que tuviera tanto poder en ella, al punto de cambiarle el ánimo.
—No me interesa si eres la causa o no —espetó, estrechando los ojos—. Tú y yo debemos juntar fuerzas. No voy a permitir que Inuyasha estorbe con sus patéticos sentimientos llenos de culpa.
Kagome observó con la garganta cerrada como Kikyō se volteaba para retirarse.
—Ahora que está todo aclarado, vámonos.
¿Aclarado? ¿En qué momento ese fuerte abrazo aclaró algo?, ¿en qué momento Kikyō pensó que sus filosas palabras la dejarían tranquila? Lo único que consiguió fue confundirla más. Kagome no lograba entender a su mentora ni a sus acciones.
Pero menos a sus propias emociones.
.
.
.
El bosque lucía tranquilo mientras lo recorrían, más no el corazón de Kagome. Se aferró el pecho, incómoda. La conversación pasada que tuvo con Kikyō le dejó un mal sabor de boca, y que ésta se limitara a caminar en silencio no ayudaba. No toleraba más ese pesado ambiente.
¿Está enojada?
La miró disimuladamente. Su rostro, para variar, no expresaba nada más que seriedad.
—¿Sucede algo? Has estado callada todo el camino. No es como si hablaras mucho, pero, ya sabes…
Kikyō no contestó, impacientándola.
—Si hice algo que te molestó, prefiero que me lo digas.
—¿De qué serviría? —Su voz carecía de empatía; era tosca—. Diga lo que diga, no vas a cambiar de parecer.
—¡Eso no lo sabes!
—Lo sé.
Kagome reforzó el agarre en la tira de su mochila, molestándose.
—Si es por lo de Inuyasha…
—¿No puedes pasar un minuto sin nombrarlo?
—¿Huh? ¡No hablé de él en todos estos días! Hoy lo hice porque surgió el tema.
—Tú lo sacaste.
Kagome suspiró. Kikyō podía ser muy infantil en ocasiones, quizás peor que ella. En ese momento parecían dos hermanas peleándose por una estupidez. ¿Estaba enojada por el Hanyō? Porque eso parecía.
—No retiro mi palabra, Kikyō. No tengo intenciones de verlo, ni tampoco quiero hacerlo ahora —agregó—. Estaba preocupada por tu viaje de vuelta, nada más.
Aquello consiguió un poco de su atención. La sacerdotisa la espió de reojo, para luego pasar la vista a su mochila amarilla. Estaba muy cargada. ¿Qué llevaba ahí?, ¿a ese zorrito o qué?
Agarró la tira que tenía colgada y le sacó la mochila de encima.
—¡Oye! ¿Qué estás…? —Kagome se enmudeció al ver cómo se la colgaba en un hombro.
—¿Qué tienes aquí? Está muy pesada.
—Muchos libros… —murmuró, agarrando la mochila—. Dámela, no hace falta que la lleves.
Kikyō, haciendo caso omiso, se quitó el arco y las flechas de la espalda y le entregó todo a Kagome, quién aceptó parpadeando.
—Llévalo por mí. —pidió, colgándose la otra tira de la mochila.
—¡Ah! ¡Te dije que no hace falta! ¡Devuélvemela! —exclamó, estirando la mano. La sacerdotisa atajó su muñeca con agilidad.
—En un rato.
—¿Por qué…?
Kikyō volvió la vista al frente y continuó caminando en silencio. Kagome se refregó la muñeca, sonrojada. ¿Y ahora qué? ¿Qué tenía que pensar? La estaba ayudando, eso era obvio. No obstante, ¿con qué razón? ¿Acaso no estaba enojada un minuto atrás?
—Eres tan bipolar… —masculló. Kikyō le lanzó una gélida mirada.
—¿Qué dijiste?
—¡Nada, nada!
Luego de un rato de caminata, se detuvieron para comer. Cada quien con lo suyo. Kagome se sentó en el suelo y sacó un recipiente con bollos de arroz y Kikyō se sentó enfrente esperando a que las serpientes hicieran su trabajo. No quedaba tanto recorrido, pero el estómago de la más joven no dejaba de gruñir pidiendo alimento. Además, la energía del bosque se sentía pesada, húmeda, cansándola más de lo habitual.
—El camino es más largo de lo que recordaba —comentó Kagome, dándole un bocado al arroz—. Envidio los pies de Inuya… —Se mordió la lengua, atragantándose con la comida. Se había propuesto no nombrarlo, pero ahí estaba, nombrándolo igual.
Me cago en mí…
Kikyō se mantuvo con los ojos cerrados, recibiendo las almas en el pecho.
—Las serpientes podrían llevar a una de nosotras —respondió tras un silencio— ¿Quieres que te lleven?
—¿Eh? No, no te preocupes. Estoy bien.
—Entonces no te quejes.
Kagome infló los cachetes. Ya le parecía que su amabilidad escondía algo más. Definitivamente Kikyō continuaba de mal humor. Era la primera vez que una pelea duraba tanto tiempo, ya le estaba preocupando.
La serpiente con escamas esmeraldas le entregó una última alma a su dueña y se deslizó por el aire hasta enredarse en el cuello de Kagome. Ésta última sonrió y le dio un bocado del arroz. Kikyō admiró aquel panorama con detenimiento.
—Veo que se encariñó contigo.
—¿Te parece? Estuvo todos los días conmigo. ¡Hasta duerme conmigo! —exclamó, acariciándole la cabeza. La serpiente chilló, cerrando los ojitos—. No deja de perseguirme.
—Si te molesta, puedo matarla.
Kagome despegó las pupilas del espíritu y las dirigió hacia la sacerdotisa con impresión.
—¿Qué dices…? ¿Cómo puedes decir eso como si nada? ¡Es tu amiga!
—¿Mi amiga? —Kikyō rió en un apagado murmullo—. Las serpientes son mis acompañantes, eso es todo.
—¡Pero se encariñaron contigo! No puedes ser tan… insensible. —Su voz decayó mientras se abrazaba a la serpiente, quien reposó su largo mentón en su cabeza. Ver a Kikyō de ese modo… lastimaba—. Si así es como piensas, yo también soy tu acompañante. Cuando deje de serte útil, ¿me matarás?
Kikyō abrió los ojos de par en par.
¿Piensa que solo es mi acompañante por conveniencia?
—No tengo razones para matarte —contestó—. Además, ¿acompañante? ¿Crees que eres solo eso para mí? Tú eres mi reencarnación, jamás podría matarte.
—No es así como pensabas antes.
—Siempre pensé así.
—... Trataste de matarme en el pasado.
Kikyō entornó los párpados, recordando. Su aprendiz le lanzó una bomba. Sabía a qué ocasión se refería, aquella en la que una de sus flechas le dejó un recuerdo en la mejilla. En realidad nunca quiso matarla, más bien asustarla. Ella no asesinaba humanos, por más irritables que le parecieran. En esa época no soportaba a Kagome, más no por Kagome en sí, pues, no la conocía, sino por su vínculo con Inuyasha. Por eso la asustó; la quería fuera del camino.
—Nunca tuve intenciones de matarte. No podría hacerlo.
Kagome bajó la cabeza y así se mantuvo, ensombrecida. Y sollozando. La Miko arqueó una ceja sin entender su comportamiento. ¿Se encontraba molesta por aquel recuerdo o estaba preocupada por un ser tan insignificante como ese espectro?
¿O yo soy demasiado insensible?
Detalló cómo la serpiente le lamía la mejilla en un intento de animarla. Su pecho se cerró al verlas. Esa imagen hablaba por sí sola.
Yo soy la insensible.
Suspiró y se levantó del suelo. Kagome corrió el rostro cuando se sentó a su lado.
—Dije que no podría matarte —repitió en un murmullo, poniendo una mano sobre la suya. La menor admiró el agarre conteniendo las lágrimas y giró más el rostro, esquivándola. No quería que la viera llorar—. Mírame…
—No quiero.
—Kagome..., mírame.
La nombrada se limpió la nariz con el dorso de la mano y se animó a observarla. Kikyō le devolvió unos arrepentidos ojos que le hicieron sentir un poquito mejor.
—¿No me crees? —inquirió, entrelazando sus dedos. Kagome negó con la cabeza, sintiendo como ese frío tacto le congelaba la piel.
—No es eso.
—¿Entonces?
—... Discúlpate con ella —le dijo con la voz entrecortada, señalando a la serpiente enredada en su cuerpo—. La lastimaste.
Kikyō contempló a la serpiente, quien la miraba con un brillito en los ojos. Kagome le tenía más aprecio que ella misma. Increíble.
—Lo siento. —Acarició su largo lomo, consiguiendo que chillara. Kagome se sorprendió. No pensó que accedería tan rápido a su capricho— ¿Feliz?
La menor asintió a duras penas. Unas pequeñas lágrimas escapaban de sus ojos. No podía detenerlas y tampoco sabía con exactitud porqué lloraba. Había vivido situaciones mucho peores desde que llegó a esa violenta época, pero ver a Kikyō así... Se sintió condenadamente triste cuando actuó de ese modo tan frío. Sabía que ese no era su verdadero ser, que en realidad era una buena y cariñosa mujer.
Por otro lado, Kikyō seguía sin comprenderla. Ni a ella ni a su llanto. Lo único que tenía claro era que no soportaba verla llorar. Esos pequeños gimoteos la destruían.
—Kagome... —Llevó una mano a su mejilla y le limpió las lágrimas con el pulgar, deseando también borrar esa pasada cicatriz que le dejó. Aunque no era visible, quedó impresa en su corazón— ¿Por qué lloras?
La nombrada levantó la vista lentamente y Kikyō tuvo que tragar pesado. Otra vez esos vulnerables ojos. Vulnerables e hipnotizantes. Le brindaban calor con solo mirarla.
Pero también la atontaban.
—Perdón... No sé bien porqué lo hago.
—¿No lo sabes...? —Kikyō continuó arrastrando el dedo por su mejilla, cada vez más perdida en su mirada. No podía despegarse de ella; se sentía hechizada. Kagome, captando que no le quitaba la vista de encima, desvió los ojos con timidez— ¿O no quieres saberlo?
—Yo... tampoco sé eso. Lo único que sé es que no quiero que actúes como alguien que no eres.
—¿Y quién soy?
Kagome parpadeó. Kikyō la observaba con expectativa.
—¿Quién soy, Kagome? —preguntó, acercándola por el mentón. Kagome contuvo la respiración. Estaban demasiado cerca, cercanía que le hacía notar detalles pasados desapercibidos. La Miko tenía unas largas pestañas que se fundían con las suyas, haciéndole cosquillas. Sin embargo, eso no era lo que le estaba robando el aliento, sino sus ojos. Unos tan profundos como el mar mismo. ¿Siempre fueron tan profundos? Se preguntó.
—Tú... no eres una mala persona. Eso es seguro.
Kikyō le mantuvo la mirada en silencio y soltó una lamentable risita, liberándola.
—Sí, lo soy. Desde que volví a la vida, he hecho cosas terribles. —murmuró con los ojos clavados al frente. Su mirada estaba opacada por el arrepentimiento. Uno que la menor notó, a pesar de que sus gestos no decían mucho.
—¡No lo eres! Todos cometemos errores, Kikyō. Si me tuviera que guiar por eso, yo sería una pésima persona.
—Ja… ¿Qué pudo haber hecho una niña ingenua como tú? Apenas estás aprendiendo a vivir.
Kagome bajó el rostro, recordando sus pecados. Uno en específico.
—Desear que desaparezcas.
Kikyō la observó con disimulo, para luego volver la vista adelante.
—Lo siento... Nunca te odié, pero sí deseé que desaparecieras. No sé qué es peor.
Nada es peor que lo que yo te hice sentir, Kagome.
—Si es así..., entonces me siento más tranquila. Ahora estamos a mano.
Kagome levantó el rostro con sorpresa. La sacerdotisa sonreía tenuemente.
—Kikyō...
—… ¿Aún quieres que desaparezca?
—¡No! —Se apresuró, agarrándole el hombro— ¡Claro que no! Ya bastante mal me siento por haberlo deseado. Fue hace mucho, en una crisis, ya sabes... No lo pensé en serio. Pero eso no justifica nada. —agregó, cabizbaja.
La sacerdotisa pasó los ojos al suelo, intentando descifrar el momento justo en el que Kagome deseó que desapareciera. No tardó en hallar la respuesta.
Cuando descubrió sus sentimientos por Inuyasha…
Las dos se quedaron en silencio, ya sin saber qué aportar a esa conversación que se había vuelto un poco turbia, al menos para Kagome. Su mentora no se encontraba enojada, lejos de eso, se sentía comprendida. Humana. Le gustó esa sinceridad. Tener sentimientos negativos no tenía nada de malo. Llevarlos a cabo, en cambio, era otro tema.
Kagome se refregó los brazos por el fresco vientito que recorría el bosque, pero más por ese pesado silencio que desconocía cómo romper. Estaba inquieta. No debió haber revelado aquello, pensaba. Se había dejado llevar por la confesión de la Miko, la cual no escatimó en decirle que la odiaba en el pasado. Según ella, ahora de alguna manera estaban a mano. Si realmente era así, ¿entonces por qué el ambiente se sentía tan incómodo?
Kikyō contempló de soslayo cómo se refregaba los brazos y pasó la visión a su mochila, que se encontraba a su lado. La agarró y desató los nudos que la sellaban. Empezó a revolverla. Kagome la miró, curiosa.
—¿Qué buscas?
Kikyō afinó la vista, moviendo las manos dentro de esa mochila que parecía no tener fondo.
—¿Cómo te entran tantas cosas aquí? Con razón estaba tan pesada... —comentó, sacando unos libros y cambios de ropa que Kagome había guardado por las dudas— ¿Y esto? —Con los dedos agarró una delgada tira que pertenecía a un sujetador rosa. Dobló el rostro con curiosidad y deslizó las pupilas lentamente a los pechos de su aprendiz, que la observaba roja como un tomate—. Esto es...
—¡Dame eso! —Kagome le robó la prenda y la guardó en la mochila— ¡Deja de revisar mis cosas!
—Ah. —Kikyō finalmente tocó el fondo de la mochila. Comenzó a sacar la mano, revelando una manta morada. La miró con detenimiento, confirmando que era lo que buscaba, para luego llevarla a sus hombros—. Ten. Está refrescando.
Kagome agarró la manta de los costados, parpadeando, mientras Kikyō guardaba todo lo que sacó con una indiferente expresión. Buscaba abrigarla, entendió.
Y la enterneció.
—¿Y tú?
—Mi cuerpo no sufre el frío como el tuyo. Además, solo tienes una.
—Podemos compartirla.
Kikyō pasó la vista a ella, como si estuviera meditándolo. Kagome estiró un brazo junto a la manta, ofreciéndosela. No esperaba una respuesta afirmativa, pero no perdía nada por intentarlo.
—Bien, si no tienes frío... —Bajó el brazo, pero la sacerdotisa se interpuso de pronto, sujetándolo.
—Tengo un poco.
Kagome le sonrió, burlona, y acomodó la manta en sus hombros. Kikyō agarró la punta, sintiendo como se apegaba a ella, para así lograr cubrirla. No tenía frío, simplemente quería sentir su calor. Ni pensó cuando terminó accediendo.
—¿Mejor?
La sacerdotisa asintió sin mirarla. Kagome sintió un alivio. Habían pasado de una turbia conversación a estar acurrucadas juntas en una manta. No era un mal avance, al menos el pesado ambiente había desaparecido. Así que continuó comiendo los bollos de arroz con tranquilidad. Levantó la mano, ofreciéndole un bocado.
—Sabes que no me influye.
—Hace un minuto el frío tampoco te influía. —Se burló, haciéndola refunfuñar por dentro.
—Qué pesada eres... —respondió, acercando la boca a la comida. Kagome se sonrojó cuando le dio un pequeño mordisco al arroz y volvió a su posición para masticarlo como toda una señorita. Acción que contradecía a la anterior. Comer de su mano no era para nada educado.
—¿Y esos modales?
—El resultado de verte comer todos los días.
—Oye..., yo tengo modales —le dijo, hallándose sonriente. Verla así, tan normal, le hacía sentir bien, como si hubiera conseguido lo imposible—. Bueno, no es que me importe. Es más, me agrada que seas así.
—¿Así?
—Natural. —contestó, tomándose la libertad de apoyar la mejilla en su hombro. Lo hizo sin pensar.
Kikyō declinó los ojos, detallándola con atención. Su aprendiz sonreía sobre ella, provocando que una sonrisa quisiera nacer en sus labios también. La reprimió en un acto reflejo. Porque esos eran sus instintos, reprimir las emociones. Sin embargo, eso no evitaba que pudiera sentirlas. Y se sentía bien.
Bien con ella.
—¿Cuánto camino nos falta? —preguntó Kagome, dándole un mordisco más al bollo de arroz. Levantó la mano, ofreciéndole lo que quedaba. La sacerdotisa se inclinó y le dio el último bocado, rozando sus dedos con los labios.
—Si nos apresuramos, llegaremos al atardecer. —contestó luego de tragar la comida.
—¿Esa es una indirecta para que me levante?
Kikyō dibujó una pequeña sonrisa, observando su mejilla. Tenía un arroz pegado en una comisura. Llevó la mano hasta ella, pero, pensándolo mejor, prefirió posarla en su cabeza. Quitarle el arroz ya era demasiado.
Demasiado romántico.
—No. Puedes quedarse así un poco más, si quieres. —Se limitó a responder, acariciándole la cabeza. Kagome bajó los párpados, relajándose. Su tacto era casi maternal. Suave. La inducía a un sueño absoluto.
—Si haces eso... me voy a dormir.
—¿Quieres que pare? —murmuró, pasando lentamente los dedos entre sus mechones. Kagome cerró los ojos y negó con la cabeza. Aunque la situación era extraña, pues, quien la estaba acariciando era su "enemiga en el amor", no tenía ganas de culminarla. Estaba demasiado cómoda.
—No…, me gusta.
Kikyō suavizó la sonrisa y se animó a recargar el mentón sobre su cabeza. Al hacerlo, se insultó por dentro. Eso también parecía romántico. De algún modo, todo ese momento recaía en lo mismo, como si no hubiera forma de evitarlo.
Su cabello huele bien...
Kagome levantó los párpados al sentirla, tropezándose con uno de los tantos árboles frente a ellas. Arqueó una ceja, extrañándose. Una de las ramas estaba cubierta por una gruesa tela blanca.
—¿Y eso?
—¿Hm?
Señaló el árbol. La sacerdotisa lo miró y ensanchó los ojos.
—Parecen telarañas —agregó Kagome— ¿Estaban ahí antes?
Su mentora frunció el ceño, bajando la mano por su espalda. Esa no era cualquier telaraña. Un aura oscura la envolvía.
—No. —Se puso de pie, quitándole la manta de encima por el impulso. Kagome la observó desde lo bajo— ¡Rápido, agarra tus cosas! —exclamó, atajando su arco del suelo.
—¿Eh? ¿Qué pasa?
—¡Vamos! —Sujetó su mano, levantándola de un tirón—. Tenemos que irnos ya.
Kagome guardó la manta en la mochila, apresurada, y antes de colgársela adecuadamente, Kikyō jaló su mano, incitándola a caminar. Caminar muy rápido.
—¡E-Espera! ¿Qué te pasa? —preguntó, tropezándose en el recorrido.
—¿Puedes verlas, no? —Señaló los árboles. Su aprendiz siguió la señal y afinó la visión. Esas gruesas telarañas iban apareciendo en todas las ramas de los árboles. De a poco, el bosque comenzaba a ser cubierto por ellas—. Son las telarañas de Naraku.
—¿Naraku? —repitió, alarmándose.
—Sí, una parte de él. Tenemos que salir de aquí. Nos contaminarán si nos tocan. —informó, acelerando el paso.
Aunque seguro ya lo estaban haciendo. Mi reacción con esa serpiente, las lágrimas de Kagome..., no son coincidencia. La oscuridad nos está rodeando.
Chasqueó la lengua cuando su pie crujió. El suelo comenzaba a tapizarse de blanco; las telarañas avanzaban también por él, persiguiéndolas.
Están rodeando todo el bosque... No hay tiempo.
—¡Corre!
Kagome se desorientó, y antes de darse cuenta ya estaban corriendo por el bosque dentro de un campo de energía que Kikyō conjuraba para protegerlas. Sin embargo, era uno pequeño comparado a la gran cantidad de telarañas que decoraban todos los árboles. Caían sobre ellas desde las ramas, como si se estuvieran derritiendo. Se las llevaban puestas en medio de la corrida. Mientras más avanzaban, más las telarañas se estrellaban contra el campo, pero no se desintegraban como debían hacerlo.
Esto está mal... No tengo suficiente energía. Siento el miasma de Naraku despertar en mi cuerpo. Las telarañas lo están llamando.
Pensó Kikyō, preocupándose.
—Kagome, necesito que te concentres —le dijo con la voz entrecortada por la maratón—. Concentra tu poder en nosotras para crear un campo, tal como entrenamos.
La nombrada, fatigada como ella, asintió tratando de concentrarse, pero le costaba demasiado estando en movimiento. Solo pudo liberar un poco de energía.
—¡Concéntrate!
—¡Estoy tratando! —exclamó, desesperándose. Las telarañas ahora salían de todas partes, adhiriéndose al campo de energía. A donde mirara allí estaban, atacándolas en diagonales direcciones— ¡Paremos un momento, así podré...! —Kagome frenó de golpe cuando una la emboscó de frente, dirigiéndose directo hacia ella— ¡Mierda!
Kikyō chocó los dientes y extendió las manos, redirigiendo la energía del campo a la telaraña. Una poderosa luz emanó de sus manos, protegiendo a su aprendiz. Luz que le costaba sostener. Su interior palpitó con fuerza al esforzarse.
No... El miasma... Naraku está aquí.
—¡Kikyō! —exclamó Kagome, al verla caer de rodillas. Despegó los pies del suelo para alcanzarla, pero su mentora levantó una mano.
—¡No te acerques!
Kagome derrapó sobre la tierra. La sacerdotisa había eliminado parte de la telaraña con su energía, pero sus ojos no dejaron pasar cómo algunos hilos consiguieron adherirse a su pecho. Se estaban oscureciendo.
—¡Vete! ¡No dejes que te toquen!
—¡No, no voy a abandonarte!
Kagome se puso frente a Kikyō y agarró el arco que yacía en su espalda. Empezó a disparar contra las telarañas. Las flechas espirituales las desintegraban en el camino, pero más telarañas aparecían desde las alturas, cayendo sobre ellas como si fueran lluvia. Se les venían encima, no importara cuántas veces las destruyera.
—¡Mierda, mierda! —exclamó, yéndose hacia atrás. Sacudió el arco de un lado a otro, tratando de quitarse una telaraña que se adhirió a su cabeza— ¡Suéltame, maldita!
La Miko se aferró el pecho, agitada. La herida provocada por Naraku comenzaba a palpitar en su piel, quemándole por dentro.
Es todo, nos está contaminando. Y lo que sigue terminará de hacerlo.
—¡Kagome, no caigas en sus alucinaciones!
—¿Huh? —Se volteó para verla— ¿Alucinaciones?
—¡Naraku está...!
—¿Kikyō? —La voz de Kikyō no se escuchaba aunque estaba hablando. Movía los labios pero nada emanaba de su boca. Parecía una película muda— ¿Qué está pasando?
Pasó la vista al frente y sus ojos destellaron. Fuego. Un rojizo fuego empezaba a rodear al bosque de pronto, incendiando cada parte de él. Podía oler el césped quemado.
—¿Una ilusión? —Giró el rostro hacia la Miko de nuevo y se paralizó al no encontrarla— ¡Kikyō! ¡Dónde estás!
Caminó por el bosque en llamas, buscándola, llamándola hasta desgarrarse la garganta. No había señales de ella, tampoco podía sentir su presencia.
El miedo comenzaba a invadirla, el sudor a recorrerla.
Estaba sola.
Ahora estaba sola en medio de esas llamas que acaloraban el ambiente, tornándolo más pesado de lo que ya lo sentía. Las telarañas, como si hubieran cumplido su deber, habían desaparecido.
Regresó el rostro adelante, reforzando el agarre en el arco.
—Qué debo hacer… Kikyō.
Continuará…
Capítulo cinco entregado. ¡Gracias por leer!
Chat'de'Lune: ¡Gracias por seguir por acá, estimada! No entendí lo de "Faltó una "H", disculpá mi lentitud y espero la correspondiente explicación (? jajajaj ¡Te leo en el próximo, besos y namastee!
7D9: ¡Gracias por leer! Yo también tengo una fuerte debilidad por los animalitos. Siempre que puedo (y tenga sentido) pongo un animalito en mis historias jajaja La serpiente todo lo sabe (? ¡Te leo en el próximo, besos!
