Salto de fe

Kagome…

La nombrada frenó en seco el paso que estaba por dar y alzó la vista hacia los árboles en llamas.

—¿Kikyō?

Era la voz de la sacerdotisa. La escuchaba en un lejano eco junto al sonido de las ramas chamuscándose. Kagome tenía los sentidos más alertas que nunca. Irónico. No creía que aquellas imágenes fueran reales, pero sus sentidos se resistían a ese pensamiento, haciéndole oler el césped quemado y abrazándola con calor gracias al incendio que la rodeaba.

Kagome…

Reforzó el agarre en el arco y comenzó a seguir el llamado de su voz. El césped seco crujía con cada paso que daba; las hojas de los árboles que flotaban a su alrededor, chamuscadas, no le quemaban a pesar de estar en llamas. La situación era ciertamente sospechosa, al igual que ese llamado. No dejaba de pensar que estaba cayendo redondita en una trampa, pero era la única pista que tenía de ella. Hacía minutos que estaba buscándola. Había dos caminos: arriesgarse o quedarse en su lugar, quieta, y esperar un milagro.

La paciencia no era una de sus virtudes.

Mientras más se adentraba en el bosque, más el ruido de las llamas la ensordecía; el sonido se le hacía semejante al de un diluvio. Corrió con la mano una rama para despejar el camino y sus pupilas se achicaron ante lo que vio.

Tú y yo estábamos destinadas a encontrarnos, Kagome.

—Ki… kyō.

La sacerdotisa, de pie a unos pasos de ella, le apuntaba con su arco. Su rostro solo emanaba odio. Puro desprecio hacia su persona.

Pero también estamos destinadas a matarnos.

Kagome separó los labios y miró al costado al sentir una pesada energía a su alrededor. El bosque lentamente comenzaba a desintegrarse. Los árboles se derretían, el suelo desaparecía y las flamas se apagaban, dando paso a un solitario y oscuro lugar en el que no había nada más que ellas.

No puede haber dos de nosotras. Una tiene que desaparecer.

—No… ¡¿Qué estás diciendo?!

Kikyō dibujó una perversa sonrisa, llevando la flecha hacia atrás.

Saca tu arco.

Kagome dio un paso atrás, sigilosa. ¿Qué estaba sucediendo? Si eso era una ilusión, se sentía muy real. El frío en su nuca era real, el dolor que empezaba a incrustarse en su pecho también. Debía resistirse, aquella no podía ser la realidad.

—No.

¡Defiéndete!

La sacerdotisa disparó. Kagome se fue hacia atrás con torpeza, esquivando la flecha de puro milagro. Le rozó la mejilla, trazando una línea de sangre en ella. La rozó con los dedos, estupefacta, y los miró. La sangre también parecía muy real, como el ardor en la piel.

—Esto no está pasando…

Kikyō sacó otra flecha de su espalda y le apuntó.

Si no te defiendes, te mataré.

Kagome estrechó los ojos, cerrando el puño con sangre. Una parte de ella le decía que su mentora, a esta altura, sería incapaz de lastimarla. Sin embargo, la otra se encargaba de ocupar su mente con apocalípticas ideas; desde que Kikyō podía estar siendo controlada debido a la ilusión hasta una peor: traición. Todo ese entrenamiento había sido un engaño para debilitar a su corazón y así poder eliminarla de una buena vez. Ella lo dijo: la odiaba, la odió. ¿Por qué cambiaría en tan poco tiempo de opinión?

¿Esto es real? Y si lo es, ¿tengo que atacar?

Aún dudosa, pero obligada a defenderse, llevó una mano a la espalda, agarró una flecha y le apuntó con los ojos cristalizándose. No quería disparar, eso era lo que menos quería hacer en el mundo. En otro momento quizás se hubiese defendido sin dudar, pero ahora…

Ahora todo ha cambiado.

—¿De verdad lo harás? —preguntó con la voz entrecortada— ¡¿En serio eres capaz de matarme?! ¡Dijiste que no lo harías!

Kikyō rió por lo bajo, estirando la cuerda hacia sí.

Solo una ingenua como tú podría creerse eso.

Los labios de Kagome tiritaron. Bajó el rostro, ensombreciéndose y con el pecho tan comprimido que le costaba respirar. Sus lágrimas escaparon antes de tiempo, resbalándose por las mejillas y cayendo al vacío. Aunque trataba era incapaz de pensar en positivo, de creerle a esa pequeña esperanza que le gritaba que su mentora realmente había llegado a apreciarla, que todo lo que estaba viendo era una mentira. Una fuerte sensación de pesimismo le impedía hacerlo. La estaba drenando por completo, borrándole la luz y succionándole la energía. No sabía si venía de ella misma o de afuera, lo único que sabía era que no podía detenerla. Trepaba por sus piernas, volviéndolas pesadas, con claras intenciones de llegar a su corazón y oscurecerlo.

Entonces… Kikyō no ha cambiado.

Solo le había estado mintiendo por conveniencia, para debilitarla y así finalmente cumplir su cometido.

Me usó…

La usó.

Sigo siendo un estorbo para ella.

Nunca dejó de serlo.

—¿En qué más me mentiste? —inquirió separando los pies, poniéndose en posición de tiro, tal como ella le enseñó— ¡Dímelo! —Levantó un rostro lleno de lágrimas, estirando la cuerda del arco.

La sacerdotisa cerró los ojos con una soberbia sonrisa.

En todo. Tú solo eres mi sombra. Una sombra tan inútil que se creyó las mentiras de su enemiga. Das pena.

Kagome reforzó los dedos en la cuerda. Furia. Una intensa furia comenzaba a mezclarse con el dolor. Se sentía traicionada. Aunque fuera por poco tiempo, se había abierto a ella. Le contó muchas cosas de su vida y, peor aún, le entregó su confianza. Todo para nada. Todo para ser utilizada y desechada.

Kikyō alargó la sonrisa al ver la rabia que reflejaban sus ojos.

Me gustan esos ojos... Vamos, dispara. Terminemos esto de una buena vez.

—¡Cállate!

La sacerdotisa estiró el dedo índice, apuntando al blanco. A ella.

Te mataré y me quedaré con Inuyasha. No puedes vencer el amor que nos tenemos. Él es todo lo que tengo, ¡no puedes quitármelo!

Kagome parpadeó al escucharla. De todo lo que dijo, eso era lo que menos tenía sentido. Kikyō no era así. Quizás podía llegar a ser extremadamente manipuladora, al punto de engañarla para destruirla, ¿pero victimizarse de esa manera? Ella no era de las que sentían pena de su propia persona, al menos no de las que la expresaban. Imposible. No podía ser ella. Y si lo era, ¿Kikyō creía que los quería separar? Estaba equivocada. Muy equivocada. Tal vez en un principio deseó eso egoístamente, pero ahora, luego de conocerla bien, solo deseaba la felicidad de ambos, aunque eso significara aparatarse del camino.

Y Kikyō lo sabía.

—No entiendes nada… —masculló Kagome, bajando el arco. La sacerdotisa arqueó una ceja— ¡Yo no quiero interponerme entre ustedes!

Mientes.

Kagome chocó las mandíbulas con la furia en aumento. Furia que se estaba haciendo visible. Kikyō retrocedió, afinando la visión. De su cuerpo comenzaba a desprenderse un impresionante poder espiritual. Uno que, si no se equivocaba, se encontraba fuera del control de Kagome. Acrecentaba con los segundos, envolviéndola en un azulado manto.

—¡No miento! ¡Yo...! —Kagome cerró los ojos y otras dolorosas lágrimas rodaron por sus mejillas— ¡Yo no quiero lastimarte! ¡¿Cuándo lo vas a entender?!

Kikyō ensanchó las pupilas cuando ese intenso resplandor explotó hasta cegarla. La energía escapó del cuerpo de Kagome y comenzó a dirigirse hacia ella en veloces rayos de luz que iluminaban la oscuridad. No tuvo tiempo de reaccionar. Le atravesaron el pecho, generando que se fuera hacia atrás.

Kagome dejó escapar un gritito al ver cómo se estampaba en el suelo debido al impulso. No tenía idea de lo que había hecho.

—¡Kikyō!

No puede ser…

Balbuceó, despegando la espalda del suelo con unos cínicos ojos que no eran propios de la sacerdotisa.

¿En qué momento ustedes… se unieron?

Kagome pestañeó, despertando de lo que había hecho. Esa ya no era la voz de Kikyō, sino otra que conocía muy bien.

Una que le hizo hervir la sangre.

—¡Naraku! —exclamó, despegando los pies del piso. Empezó a correr hacia él con el arco en alto y toda la furia acumulada— ¡Cobarde!

Naraku dibujó una sombría sonrisa mientras su figura comenzaba a mutar, convirtiéndose en la suya propia. Kagome derrapó los pies antes de llegar a él y disparó. Naraku desapareció, esquivando la flecha, y reapareció detrás de ella.

—¡Agh! ¡Suéltame! —exclamó Kagome cuando le jaló el cabello con brutalidad— ¡Maldito!

Naraku se acercó a su oído riendo en un murmullo.

Hm... Qué interesante. Me has mostrado algo de mucha utilidad, niña.

—¡¿Huh?!

Parece que tendré que cambiar las preguntas del examen de tu amiga.

Kagome lo meditó un segundo, entendiendo.

—¡¿Kikyō también está atrapada en una ilusión?!

Naraku arqueó una siniestra comisura y atajó su cuello con fuerza. Kagome sofocó un quejido, cerrando los ojos. Esos dedos apretaban su piel sin compasión, por poco y le quebraban los huesos. Pero no. A su enemigo no le interesaba matarla, no en ese momento. Quería información.

Y la obtuvo.

Quizás tú pudiste superar mi ilusión, pero Kikyō no podrá. Su corazón está lleno de resentimiento y odio. Lo puedo sentir.

—¿Q-Qué dices?

Naraku le soltó el cabello con desprecio y comenzó a disiparse en una nube de miasma, dejándola suspendida.

Que está acabada.

Kikyō corría por el bosque en búsqueda de Kagome. Se había desvanecido frente a sus ojos gracias a las ilusiones de las telarañas. El fuego que la rodeaba también era una ilusión, por ende, no se privaba de atravesar los árboles en llamas sin temor alguno. Sabía a lo que se enfrentaba. Las telarañas de Naraku y sus poderes ilusorios no le eran una novedad. Sin embargo, eso no significaba que no fueran efectivos. Y, lamentablemente, una de las telarañas la había tocado.

No debo bajar la guardia. Si tengo un solo pensamiento negativo…

Se detuvo en seco. Tarde. El pensar en no tenerlo le hizo justamente tenerlo.

Mierda.

Levantó el rostro de a poco y sus párpados decayeron con melancolía. Los árboles se abrieron paso para mostrarle un recuerdo incrustado en su corazón, uno doloroso. Ahí estaba ella disparándole a Inuyasha con aquella flecha que lo durmió durante cincuenta años. Todo pasaba en cámara lenta para generarle aún más dolor a esa pesada memoria con la que cargaba.

Sonrió de soslayo y cerró los ojos con un dejo de arrogancia.

—¿Eso es todo lo que tienes, Naraku? Veo que te gusta ser repetitivo, pero esta vez no funcionará. Ese recuerdo está más que superado.

Yo no lo veo así.

Kikyō sintió un escalofrío en la nuca. Volteó el cuerpo de súbito, encontrándose con su aprendiz a unos pasos de ella. La observaba con frialdad, sin interés alguno por su persona.

—Kagome…

La nombrada le mantuvo la mirada y sonrió suspicaz.

No lo has superado, bruja.

Kikyō permaneció en alerta. Esa no era Kagome. Esos ojos tan fríos no la caracterizaban. Además, el bosque comenzaba a desaparecer, dándole lugar a ese maldito escenario que le dio muerte. El árbol sagrado y un importante agregado: fuego. El mismo fuego con el que fue cremada y consumida hasta quedar míseras cenizas de lo que alguna vez fue. Eso no podía ser más que una ilusión.

—Patético. —Sacó una flecha de su espalda y le apuntó—. No eres real.

Kagome puso una mano en su cadera y señaló al costado con el pulgar.

¿Él tampoco lo es?

Kikyō siguió con los ojos su dedo y una sensación de incomodidad la invadió.

—Inuyasha…

El Hanyō la observaba con tristeza mientras pasaba un brazo por encima de los hombros de Kagome.

Kikyō, perdóname. Al final no podré permanecer a tu lado. Kagome me necesita.

La sacerdotisa levantó las cejas con sarcasmo, para luego reír en un murmullo que desprendía soledad.

—Dime algo que no sepa, Inuyasha. —Estiró la cuerda del arco—. Terminemos con esto. —Afinó la vista en ellos, dispuesta a desaparecerlos con una sola flecha.

Pero no pudo tirar.

Kagome se abrazó a Inuyasha de pronto, siendo correspondida amorosamente. Kikyō borró la sonrisa. Ese panorama sí la perturbó. La removió por dentro, dejándola paralizada y con una pesada sensación incrustada en la garganta. No lo soportaba. No podía soportar un minuto más esa imagen. Ellos dos sonriéndose; abrazándose, acercándose para… ¿besarse?

Sus ojos saltaron.

—¡No la toques!

Kagome se detuvo antes de rozar los labios de Inuyasha y volteó el rostro hacia Kikyō, quién apretaba las mandíbulas respirando con fuerza. Le sonrió con complicidad.

¿Con quién estás enojada, Kikyō?

La nombrada parpadeó.

¿Con quién…?

¿De quién estás celosa? ¿De mí o de él?

Su labio inferior se desprendió. ¿De quién estaba celosa? En el pasado sólo tenía un interés, una sola persona que le importaba y que se ganó toda su atención. Pero ahora, ¿consideraba enemiga a esa persona?

A Inuyasha.

Al verlos a punto de besarse un inmediato rencor nació en su interior, nublándola. La quemó por dentro, furioso y lleno de tristeza.

No puedo dejar que me confunda.

Pero eso estaba pasando. La estaba confundiendo y apenas podía evitar esas caóticas ideas que le ametrallaban la mente. Aunque trataba de esclarecer los pensamientos, poco lograba. La imagen de su aprendiz no ayudaba.

Kagome sonrió ganadora al verla titubear.

¿Qué pasa, Kikyō? ¿No vas a responderme?, ¿o no sabes cómo responder?

La sacerdotisa comenzó a bajar el arco sin dejar de ver a Kagome. De pronto se sentía débil, sin ganas de defenderse, pero sí con ganas de desaparecer. Una penetrante verdad empezaba a asomarse por encima de su consciencia, riéndose de su persona.

Este rencor… no es hacia ella, es hacia Inuyasha. Yo… ¿no quiero que me la quite?

No quería. No deseaba que su pasado amor le robara todo lo que había construido con su aprendiz en tan poco tiempo. Una confianza envidiable, un vínculo especial. Un hogar. Con Kagome se sentía tan cómoda que hasta podía ser ella misma. Kagome no la juzgaba, no ponía expectativas en ella, al contrario, la incitaba a dejar en libertad su verdadero ser. De a poco, entre bromas y charlas cotidianas, le inducía a relajarse y a dejar atrás esa máscara que siempre cubría su rostro. Y su corazón. El peso que llevaba en sus espaldas desaparecía a su lado. Por primera vez en su vida se sentía ligera, tranquila. No quería perder aquello. La sola idea le desesperaba.

En algún momento del camino se hizo adicta a su compañía.

Kagome...

Bajó los ojos y sonrió. Era una sonrisa triste. Gracias a ese dolor que no dejaba de recorrerla halló la respuesta que esa falsa Kagome esperaba, más no se la contó a su corazón, que latía apresurado. Aún era muy pronto.

Yo…

Su pecho se quebró.

—¡Agh!

Y en más de un sentido.

Se lo aferró, cayendo de rodillas al suelo. Puso una mano en la tierra, respirando agitada, y con la otra bajó un lado de su vestimenta, descubriéndose el hombro.

—Me contaminó… —La herida del pasado ataque de Naraku, que Kagome le curó, se estaba descascarando. Palpitaba ferviente, quemándola por dentro, expandiéndose hasta llegarle al pecho.

Debido a los sentimientos negativos lo que quedaba de miasma en mi cuerpo se activó.

Frunció los dedos contra la tierra, adolorida. Ese punzante dolor le paralizaba el cuerpo, impidiéndole levantarse.

—No tengo energía. Me está devorando por dentro. —masculló, alzando la vista. Kagome soltó una burlona risita al verla debilitada y comenzó a acercarse a paso lento. Se detuvo frente a ella y la contempló desde lo alto con desprecio.

No me equivoqué. Has cambiado, Kikyō.

La voz de Naraku...

O quizás es mejor decir que esa chiquilla te debilitó. Gracias a ella tu destino está marcado: la muerte.

Sonrió, fatigada.

—Aunque yo muera, Kagome tarde o temprano te derrotará.

La falsa Kagome rodó los ojos y se agachó. Atajó su mentón con rudeza.

¿Tu nueva amiguita? Es igual de patética que tú. No se atrevió a disparar cuando tomé tu forma.

Kikyō agrandó los ojos. ¿Kagome también había quedado encerrada en su ilusión? ¿No la pudo superar? No…, Kagome era más fuerte que una falsa ilusión.

De tal palo, tal astilla… Al final ustedes sí que son almas gemelas. Son igual de estúpidas.

Continuó, deslizando los dedos por su mentón. Kikyō, para su desagrado, lo levantó y le sonrió con sincera felicidad.

Cierto, Naraku tenía razón.

Eran almas gemelas; encarnación y reencarnación. Inuyasha no podía arrebatarle a su alma gemela, nadie podía romper un vínculo tan profundo como ese.

¿Sonríes? ¿Tan feliz estás por morir? Bien… Entonces cumpliré tu deseo.

Naraku llevó un brazo hacia atrás. Kikyō detalló cómo éste comenzaba a tomar una forma puntiaguda. Estaba dispuesto a partirla en dos.

No puedo moverme. No podré escapar.

Pensó, observando la malvada sonrisa de esa Kagome. Lejos estaba de parecerse a la original. Su aprendiz tenía una de las sonrisas más hermosas que había visto en su corta vida, tratar de imitarla era imposible.

Al igual que escapar.

¡Muere!

Naraku impulsó el brazo hacia adelante; Kikyō cerró los ojos, resignada a lo que iba a suceder pero también extrañamente tranquila. Mientras Kagome existiera, nunca se iría en realidad. Mientras Kagome existiera… su alma nunca se esfumaría.

Al menos pude conocerte mejor antes de partir. Al menos tú… me recordarás.

Permanecer en su memoria era lo único que le importaba en ese instante. No entendía bien el porqué deseaba aquello y tampoco le daba vueltas. Era su deseo, solo eso. Lo único que lamentaba era que su aprendiz tuviera que luchar sola a partir de ahora.

Lo siento, Kagome…

—¡Naraku!

La sacerdotisa abrió los ojos de golpe y éstos brillaron ante el destello de una flecha espiritual que pasó rápidamente frente a ellos.

Naraku se fue hacia atrás, salvando su pecho del ataque, pero no el hombro. La flecha se incrustó en él, desintegrándolo.

¡Tú…!

—¿Ka… gome? —Kikyō observó boquiabierta como la verdadera Kagome corría hacia ella con una desesperada expresión. Parecía haber pasado una travesía para llegar hasta allí.

—¡Kikyō, no le creas nada! ¡Esa no soy yo!

Naraku, adolorido por la flecha espiritual, regresó a su forma original mientras Kagome llegaba hasta Kikyō y se derrumbaba a su lado. Ésta última aún no podía reaccionar. ¿Cómo pudo ser capaz de meterse en su ilusión?

—¡¿Estás bien?!

La sacerdotisa la miró respirando con dificultad y trató de sonreír.

—Sí.

¿Cómo pudiste entrar a su ilusión, niña?

Preguntó Naraku sin poder ocultar el asco en la voz. Kagome deslizó unos furiosos ojos a él.

—Tú mismo lo dijiste, Naraku. —Sonrió, burlona, y puso una mano en el hombro de Kikyō—. Somos almas gemelas, ¡y ahora estamos más unidas que nunca!

El pecho de Kikyō saltó al escucharla, robándole el aliento. La conexión se activó. Se lo aferró sintiendo no sólo los desaforados latidos de Kagome, sino también su poder transitando por sus venas. La estaba revitalizando. La cicatriz en su pecho, consecuencia del miasma, lentamente comenzaba a cerrarse, pero no tardaría en volverse a abrir si no escapaba de la ilusión.

¡Nos conectamos! ¡Es ahora!

—¡Kagome! —Le tendió una mano— ¡Tu mano!

Kagome la miró un segundo, comprendiendo, y la tomó. La sacerdotisa se levantó junto a ella obligándose a no pensar en el dolor que continuaba asaltándola por dentro.

—¡Como lo practicamos! —exclamó, levantando la otra mano hacia Naraku. Kagome asintió y la levantó también. Naraku dio unos precavidos pasos atrás.

Estúpidas… Hagan lo que hagan será una pérdida de tiempo.

Ya lo veremos

Pensó Kagome, concentrando su poder espiritual en la palma, tal como su mentora le estuvo enseñando durante esos rigurosos días de entrenamiento. Intuía porque Kikyō quería usar esa estrategia. Estaban conectadas, lo sentía en su interior, tanto su poder espiritual como el de ella. Esa era la única opción que tenían para escapar de ese malvado: explotar su poder.

—¡Concéntrate! —exclamó la sacerdotisa, reforzando el agarre en su mano. De la otra comenzaba a emanar un destello violáceo, al igual que uno azulado de la de Kagome.

Naraku chocó los dientes, sintiendo un terror instintivo, y de un salto se alejó.

¡Idiotas!

Levantó las manos, revelando dos esferas oscuras en ellas. Kikyō examinó esas esferas que gradualmente iban creciendo. Según sus cálculos, no podrían vencerlo, pero sí detenerlo por unos instantes. Espió a su aprendiz de reojo.

Kagome, ¿me escuchas?

Kagome se sobresaltó al oír la voz de Kikyō en su cabeza. ¿Telepatía? ¿Desde cuándo?

Cuando Naraku lance su ataque, nosotras atacaremos al mismo tiempo. El choque de energías provocará que la ilusión donde estamos encerradas se disipe.

Kagome se volteó a verla.

¿Kikyō? ¿Cómo es posible que nosotras…?

No hay tiempo para explicaciones. Escucha, apenas se disipe la ilusión corre hacia el pozo. No está lejos de aquí.

Kagome apretó su mano con fuerza.

¡No voy a abandonarte!

Sí, lo harás. Naraku empezará a perseguirnos apenas termine la ilusión, y mi cuerpo está muy debilitado para escapar. No tiene caso que mueras aquí. Utilizaré lo que me queda de energía en este ataque. No lo desperdicies.

Kagome arqueó las cejas. Impensable, no iba a acceder. Apenas acabara la ilusión, la ayudaría. Sin embargo, esa información no la revelaría. Intentó vaciar la mente. Temía que su mentora pudiera leer ese pensamiento también.

Gracias, Kagome.

Kagome la miró conteniendo las lágrimas. Kikyō le sonrió.

Por venir a buscarme.

Su voz resonó tan dulce en su mente, tan cariñosa… Un color inusual que no siempre mostraba.

Kagome le esquivó la vista; sus ojos podían revelar la verdad. Sus pupilas quedaron estancadas en esas dos esferas oscuras que crecían de tamaño, amenazándolas y haciendo volar todo lo que había alrededor, como si un furioso tornado se acercara. El poder era abrumador.

No tienen escapatoria… ¡Morirán aquí!

Sus dedos temblaron. ¿Podrían igualarlo? Estaba perdiendo la confianza. Esa maldita ilusión que le mostró Naraku, aunque la superó, le había afectado la psiquis, contaminándola. Los pensamientos pesimistas se apropiaban de ella con una facilidad nunca antes sentida.

Kikyō notó el temblor en su mano y le acarició el dorso con el pulgar.

—Confía —le dijo. Kagome la miró. Los ojos de la sacerdotisa resplandecían llenos de vida. Vida que la llenaba. Ella sabía que iba a morir, y aún así…—. Confía en mí, podemos hacerlo.

Kikyō…

Kagome recuperó la compostura, asintiendo, y regresó la vista al frente. No era tiempo de dudar. Si su mentora estaba dispuesta a darlo todo, ella también.

Naraku arqueó una confianzuda comisura y levantó más los brazos, dispuesto a disparar.

¡Desaparezcan!

Lanzó su poder hacia ellas.

—¡Ahora! —ordenó Kikyō, expulsando su poder espiritual de la mano. Kagome la imitó con toda la energía que tenía.

Ambas energías, puras e impuras, oscuras y luminosas, corrieron rápidamente por los aires eliminando todo lo que había alrededor y chocaron entre sí. Kagome se tapó los ojos ante el emblanquecido resplandor que ocasionó la explosión. Ésta se expandió hacia los costados, derritiendo a la fuerza la ilusión que las encerraba, revelando de a poco los árboles del bosque, pero también haciéndoles perder de vista a Naraku. Solo se vislumbraba aquel oscuro poder luchando contra el de ambas.

—¡Kagome, ahora! —exclamó Kikyō, apoyando una rodilla en el suelo. Le temblaba el brazo, apenas podía mantenerlo en alto. Su cuerpo contaminado era incapaz de soportar su propio poder. La cicatriz volvía descascararse, arrancándole la piel— ¡Yo lo sostendré, escapa!

Kagome, con la mano tiritando por el fuerte poder espiritual que estaba despidiendo, observó a la sacerdotisa desde lo alto con un ojo cerrado. Reforzó el agarre en su mano.

—¡Idiota! ¡¿De verdad pensaste que iba a abandonarte?! —gritó debido al ensordecedor ruido de ambos poderes colisionando entre sí.

Kikyō respingó desde el suelo, sorprendida. Kagome le sonreía con una gran gota de sudor resbalándose por la frente.

—¡Vamos, de pie! —La jaló hacia ella. Su mentora se dejó llevar por el impulso. Chocó contra el hombro de Kagome, quien pasó un brazo por encima los suyos y la apegó a su cuerpo— ¡Yo voy a protegerte, así que ni se te ocurra rendirte! —exclamó, dejándola más atónita de lo que ya se encontraba.

¿Por qué, Kagome?

—¡Serpiente! ¡¿Estás aquí?! —Kagome llamó a su fiel mascota, desorientando a Kikyō— ¡Necesitamos tu ayuda!

Del oscuro anochecer empezaron a descender las serpientes de la sacerdotisa a toda velocidad, lideradas por la esmeralda. Kagome le sonrió, asomando los dientes.

—Dijiste que podían llevar a una persona, ¿no?

Kikyō se alarmó.

—¡No pensarás…!

Kagome señaló a la sacerdotisa cuando los espectros estacionaron a su lado.

—¡Ya saben qué hacer! ¡Aléjenla de aquí!

—¡Kagome! —exclamó Kikyō, comenzando a ser rodeada por las serpientes, que a su vez depositaban almas en su pecho. Desenredó los brazos como pudo, desesperándose— ¡Espera!

—¡No hagas escándalo! ¡No me estoy despidiendo! —Kagome flexionó las rodillas, sosteniendo el poder en la palma con mucho esfuerzo. Aún tenía la energía de Kikyō en su interior; era lo suficientemente intensa como para tumbarla— ¡Yo no soy tan dramática como tú! —La observó con los cabellos revoloteando por el viento e hizo un ademán con la cabeza— ¡¿Qué esperan?! ¡Llévensela!

Las serpientes, obedeciendo, empezaron a retirarse por el aire con Kikyō enredada entre sus largos cuerpos.

—¡No! —Kikyō estiró el brazo hacia ella mientras los espectros incrementaban la velocidad, alejándola del campo de batalla. Kagome se hacía cada vez más pequeña, ya casi no podía verla. Lo único que veía era el resplandor que continuaba luchando contra Naraku. Nunca sintió tanta desesperación en su vida.

Otra vez… Otra vez, ¡y otra maldita vez!

Apretó las mandíbulas con tanta fuerza que se lastimó.

¡Por qué siempre te arriesgas por mí!

—¡Kagome!

La nombrada ahogaba sofocados quejidos mientras esperaba el momento oportuno para cerrar la mano y comenzar a correr. Era el único plan que tenía. Poco a poco iba decayendo la intensidad del choque, lo cual le avisaba que en cualquier momento Naraku, impaciente por aquel ataque que no estaba llevando a nada, atacaría de un modo diferente. Ella también estaba impaciente. Su mano comenzaba a quemarse por el poder espiritual. Se le estaba pelando la piel, no duraría mucho más.

—¡Muéstrate, Naraku! ¡¿O acaso me tienes miedo?!

Lo apuró, esperando una respuesta. Una que no tardó en llegar junto a una macabra carcajada. Naraku odiaba ser subestimado.

Imbécil… ¿Qué pretendes hacer? No puedes salvarla.

¡Aquí está!

Esa mujer ya está muerta, ¡como tú!

El blanco resplandor, que con mucho esfuerzo estaba sosteniendo, empezó a tornarse más oscuro. Kagome parpadeó con debilidad, vislumbrando como una ensombrecida figura emergía en medio de las tinieblas. La figura de Naraku.

¡Ahora!

Kagome soltó el poder, cerrando la mano, y se agachó justo a tiempo. La energía siguió de largo, robándole varios cabellos y borrando los árboles que la rodeaban. Sin perder un solo segundo, se puso de pie con torpeza, le dio la espalda a Naraku y empezó a correr con la escasa energía que le quedaba. Naraku sacudió los brazos hacia los costados, dispersando el poder restante, y sonrió.

¿Quién es la cobarde ahora? No puedes escapar. Tu adorado Inuyasha no está aquí para protegerte.

Elevó la mano, señalando al frente.

Vayan, mis queridas amigas.

Kagome, corriendo agitada, echó un vistazo por encima del hombro al escuchar pasos siguiéndola. No podía ver casi nada por la oscuridad.

¿Es él? No… Espera.

Esos pasitos tan pequeños no podían ser los de Naraku. En sí, no podía ser que Naraku tuviera tantos pies. Porque eso era lo que resonaba sobre la tierra, pequeñas pero rápidas pisadas que se dirigían directo hacia ella cada vez más rápido. Se mordió el borde del labio, asustada, cuando diminutos puntos rojos comenzaron a iluminar la oscuridad del bosque desde lo alto, lo bajo, los costados. Todos la miraban a ella.

Oh, no…

Patas peludas; colmillos filosos, ocho ojos. Ganas de devorarla.

¡Odio a las arañas!

Miles de arañas salieron de la oscuridad y empezaron a perseguirla cual estampida. Arañas de su tamaño, es decir, nada agradables.

Apresuró la corrida, perdiendo el aliento en el camino. No veía ninguna posibilidad de escapar de tantos bichos deseosos de carne. Apenas podía correr, apenas podía respirar. No le quedaba energía espiritual y menos lucidez para pensar una estrategia.

Al final… quizás sí debí despedirme.

Pensaba mientras daba la vida en esa maratón. Nunca había tenido tanto miedo en su vida, y eso que creía que ya lo había visto todo. Pero no, ahí estaba esa maldita era feudal, demostrándole que el terror podía ser aún peor.

—¡Ah! —Tropezó con la raíz de un árbol, cayendo brutalmente al suelo. Arrastró la tierra con los dedos, adolorida—. Mierda… —masculló, enderezándose. No llegó a ponerse de pie. El terror la invadió antes de tiempo, congelándola—. No...

Sus ojos se agrandaron cuando una de las arañas la emboscó de frente, saltando hacia ella mientras emitía un chillido que le destruyó los tímpanos. Paralizada, observó cómo abría la boca, revelando unos colmillos inmersos de ácido. Todo se nubló.

Se dio por muerta.

—¡No! —exclamó, agarrándose la cabeza y esperando el inevitable ataque.

Ataqué que nunca llegó.

¿Qué…?

Otro chillido se escuchó en el aire. Uno que conocía.

Se animó a levantar el rostro y la esperanza volvió a su pecho de un tirón.

—Tú…

La serpiente esmeralda pasó velozmente a su lado y se estampó contra la araña, defendiéndola.

—¡Serpiente! —la llamó, levantándose— ¡No me digas que…! —Volvió los ojos al frente y su corazón se aceleró al encontrar a una jadeante sacerdotisa con el arco en alto—. Kikyō…

—¡Agáchate!

Kagome se agachó en un reflejo y la sacerdotisa disparó. La flecha le robó otros cabellos y eliminó a más de la mitad de las arañas que tenía detrás de sí.

—¡O-Oye! ¡Casi me matas! —exclamó Kagome, frotándose la cabeza. Kikyō corrió hacia ella y le agarró la mano.

—¡No te quejes! ¡Vamos! —Jaló su mano, incitándola a retomar la maratón— ¡El pozo no está lejos!

Kagome tardó en acomodar los pies y seguirle el ritmo para correr a su lado. El alivio que sentía era igual de grande que el enfado.

—¡Para qué volviste! ¡Aún estás débil!

Kikyō no contestó, se limitó a seguir corriendo sin soltarla. Las arañas restantes continuaban persiguiéndolas rápidamente, moviendo las patas de arriba hacia abajo como si estuvieran excavando la tierra. Kagome chasqueó la lengua al verlas.

—¡Qué molestas! ¡Ese maldito de Naraku está jugando con nosotras!

—Solo podré disparar una vez más si nos alcanzan —comentó la sacerdotisa, quitando ramas del camino con el arco—. Tenemos que perderlas de vista.

—¿Las serpientes no te dieron almas? —Kagome la imitaba con el suyo, pegándole a las ramas y a las asquerosas patas que las atacaban por detrás.

—Algunas. Las suficientes para moverme, pero no para defenderme.

Kagome reforzó el agarre en su mano, nerviosa a niveles inexplicables. Le costaba pensar con toda esa adrenalina encima, apenas estaba digiriendo que su mentora hubiese vuelto por ella.

—Eso no suena bien. Tenemos que… ¡Ah! ¡Ahí termina el bosque! —exclamó, señalando adelante. El pozo se encontraba pasando unos árboles— ¡Pero no creas que me iré dejándote con esas cosas peludas!

—No te preocupes por mí. —Kikyō la contempló de soslayo. Su respiración sonaba más pesada que antes, como si estuviera a nada de desplomarse—. Huiré con las serpientes.

—¡No creo que tengas tiempo para eso! —Kagome señaló a las arañas que corrían a sus costados, buscando emboscarlas. Sus miles de ojos rojos no las perdían de vista. Las serpientes estaban muy ocupadas tratando de alejarlas— ¡Nos están acorralando! ¡Las serpientes no podrán rescatarte a tiempo!

Kikyō frunció el ceño mientras finalmente traspasaban los últimos árboles, abandonando el bosque. El pozo se hizo presente a unos pocos metros; olvidado, viejo, siempre igual. Kagome lo analizó sin cesar la corrida. Ya estaban en el pozo, por ende, estaban cerca de la aldea de Kaede, donde se encontraba Inuyasha. ¿Por qué no acudía a rescatarlas?

¿Será que no está en la aldea? ¿O Naraku hizo algo para evitar que sintiera nuestro aroma?

No podía recurrir a él, llegó a la inevitable conclusión. Carecían de tiempo. Todo dependía de ella, y solo se le ocurría un plan para salvar a Kikyō. Uno arriesgado que le surgió de pronto debido a la adrenalina:

Un salto de fe.

Ambas frenaron los pies en el pozo, fatigadas. Se voltearon, quedando cara a cara con las arañas. Se les venían encima.

—¡Vamos! —Kikyō la impulsó por la espalda, incitándola a entrar al pozo— ¡Vuelve a tu época!

Kagome apoyó las manos en el borde para no caer. Sus ojos, ahora decididos, no se despegaban de las arañas. Pensara lo que pensara, no se le ocurría otro plan.

No queda otra opción.

Atajó la mano de la sacerdotisa, quien la observó confundida.

—¡Qué estás esperan-

—Kikyō, esta vez serás tú la que tendrá que confiar en mí.

Kikyō le mantuvo la mirada, respirando con dificultad. ¿Qué tramaba su aprendiz? Lo que fuere, obviamente sería arriesgado. Todo con ella era una incógnita.

—¿Qué estás planeando? —preguntó, volviendo el rostro adelante para captar el momento justo en el que las arañas flexionaban las patas, preparándose para saltar. Ensanchó los ojos. Comenzaron a caer en picada hacia ellas.

Kagome esbozó una cansada sonrisa al verlas y puso una mano en el pecho de Kikyō.

—¡Una locura, eso estoy planeando! —La empujó. Kikyō se fue hacia atrás con el asombro tatuado en el rostro y cayó dentro del pozo— ¡Si yo puedo traspasarlo, tú también! —Kagome saltó, adentrándose también.

—¡Estás loca! —exclamó en el recorrido, admirando cómo la joven caía hacia ella. Una fuerte energía comenzaba a succionarla a sus espaldas.

—¡Ten fe! ¡Podrás cruzarlo! —Kagome estiró el brazo y agarró su mano en el aire— ¡Porque tú eres mi encarnación!

Esas palabras, tan simples como impactantes, conmovieron a su mentora. Kagome lo dijo con orgullo, el mismo orgullo que ahora ella sentía por tener a una reencarnación tan valiente. De repente le dejó de importar que estuvieran siendo perseguidas o que estuviese a punto de caer en un mundo desconocido. A su lado no temía. Era imposible hacerlo si ella le sonreía con tanta confianza.

Esta mocosa… está mal de la cabeza.

Delineó una resignada sonrisa, jalando su mano hacia sí. Kagome flotó hacia ella lentamente debido a los efectos del pozo, que empezaba a iluminarse, y Kikyō la recibió en sus brazos.

—Eres todo un caso. —susurró en su oído, abrazándola. Kagome sonrió contra su hombro y se aferró a su espalda con fuerza.

—Esa es mi línea, bruja.

Kikyō abrió los ojos, los cuales había cerrado por la paz que sentía en aquel aprecio, y los agrandó de golpe al divisar cómo una de las arañas saltaba dentro del pozo con los colmillos al descubierto. Aún podía llegar a ellas, no lo habían traspasado.

—¡Kagome, cuidado!

Kagome miró hacia atrás y lo próximo que sintió fue un doloroso pinchazo en el hombro. Penetrante. Tan penetrante que juró que le había atravesado los huesos. No llegó a entender lo que sucedió, pero su mentora lo vio en primer plano.

La araña clavó sus afilados y venenosos colmillos en su piel.

Kagome abrió la boca pero nada emanó de ella. El grito quedó ahogado en la garganta mientras sus ojos rodaban hacia atrás, llevándola a la inconsciencia.

—¡Kagome!

Kikyō extendió la mano y le lanzó a la araña la última pizca de poder espiritual que le quedaba. Ésta chilló, siendo expulsada hacia arriba.

—¡Kagome, reacciona! —La sacudió por los hombros mientras continuaban en pleno viaje. Kagome no reaccionaba. Su cabeza meneaba sin sostén en cada sacudida. Tenía los ojos entrecerrados, perdidos, y su hombro no paraba de sangrar—. No... El veneno está actuando. Tengo que absorberlo.

Giró el cuerpo junto a ella en medio de esa pesada gravedad. Una luz azulada comenzaba a rodearlas, descubriendo el final del túnel. Estaban a punto de llegar a la otra época. Llegada que era urgente, solo allí podría curarla antes de que fuera tarde. El problema era, ¿lograría llegar?

—¡Rápido, rápido! —rogó Kikyō entre dientes, divisando cómo la luz se hacía más intensa.

¡Tengo que poder traspasarlo!

Fuera del templo de los Higurashi, un anciano arrastraba la escoba por el suelo, arrimando las hojas del otoño.

—¡Brrr! —Se refregó los brazos— ¡Qué frío hace! El clima está cambiando. Espero que Kagome se encuentre bien. ¡A esa niña le encanta andar desabrigada!

El anciano subió los escalones del templo con la escoba en mano y observó la puerta. Tenía polvo.

—Le daré una repasada también.

La deslizó hacia el costado y sus ojos saltaron.

—¿Kagome?

Una agotada sacerdotisa levantó el rostro desde el suelo. El anciano achinó los ojos exageradamente, inspeccionándola, y miró a la joven que se hallaba desarmada en sus brazos.

—¡¿Dos Kagomes?!

—¡Rápido, anciano! ¡Necesito su ayuda!

Continuará…


Capítulo seis entregado. ¡Gracias por leer!

7D9: La serpiente lo sabe todo (? jajaja Respecto a tu pregunta, sip. El bebé era el que controlaba las emociones (más oscuras), como le pasó a Kagome en un capítulo. Pero las telarañas de Naraku generan un efecto similar al crear ilusiones. ¡Gracias por leer! ¡Te leo en el próximo, besos!