Aprecio
—¿Cómo dijiste que te llamabas, jovencita?
—No lo dije.
Kikyō contestó con desinterés a la pregunta que hizo la madre de Kagome. No había tiempo de presentaciones. Luego de salvar a su aprendiz le demostraría en todo su esplendor lo damita y educada que podía llegar a ser.
Recostó a Kagome en su cama y empezó a sacarle la camisa del uniforme para examinarla bien.
—¡Ah, una pervertida!
Le lanzó una gélida mirada al pequeño que la señaló. En general le agradaban los niños, pero ese parecía demasiado escandaloso, al igual que su hermana. No tardó en darse cuenta del lazo sanguíneo que compartían, eran casi idénticos.
—¡Sota, no seas maleducado! Está tratando de ayudarla. —Lo retó su madre—. Discúlpalo, jovencita.
Kikyō volvió la atención a Kagome, no sin antes espiar al anciano que, haciendo mucho ruido, la ayudó a llevarla a su habitación. Miraba todo con la mandíbula por el piso e innecesariamente cerca; no podía creer el parecido que tenía con su nieta.
—¿Podrían retirarse, por favor? Necesito concentrarme. —preguntó, intentando esconder la irritación en la voz. Su familia era tan chiflada como imaginó. Desde que apareció en el templo de los Higurashi no dejaron de hacer escándalo, ametrallándola con preguntas descabelladas que podían ser respondidas tranquilamente más tarde, cuando Kagome fuera salvada. Kikyō tenía ganas de gritarles que se callaran, pero le pareció maleducado hacerlo.
—Claro, te dejaremos tranquila. —La madre, la única que parecía sensata, comenzó a llevarse a los curiosos por la espalda—. Por favor, avísame cuando termines. —pidió con una preocupada mueca. Kikyō asintió.
Apenas cerró la puerta, suspiró aliviada. Posó los ojos en el desmayado rostro de Kagome. Estaba pálida.
—Kagome… —Acarició su mejilla: helada—. No hay tiempo. Tengo que absorber el miasma de tu cuerpo.
Terminó de quitarle la camisa. Alzó una ceja al ver el sujetador de color rosa que cubría sus pechos; era similar al que descubrió en su mochila. Lo creyó demasiado revelador, como toda su ropa. Ni siquiera llegaba a cumplir bien su labor, parte de sus pechos quedaban expuestos.
—Qué extraño sostén… —Sacudió la cabeza. ¿Qué estaba pensando en un momento así?—. Creo que tengo las suficientes almas para soportar el miasma, pero igual me dejará debilitada. Espero que esto funcione, no estoy en las mejores condiciones.
Deslizó los dedos por la herida de su hombro y puso las manos en su pecho. Debajo de su piel navegaba un oscuro color, como si fuera la sombra de un pez bajo el agua. Pero no, era el miasma contaminándola.
—Resiste, Kagome.
.
.
.
Un techo en su lugar. Nada de maderas desprendidas o polvo, como los techos que decoraban el templo. Eso fue lo primero que divisó Kagome al abrir los párpados. Le pesaban horrores.
Permaneció mirándolo unos segundos, reconociéndolo.
¿Mi habitación?
Se sentó sofocando un quejido y quedó cabizbaja, somnolienta. Su rostro no se levantó hasta un momento después, cuando llegó a oler un aroma familiar.
¿Tostadas?
Se preguntó, refregándose el hombro. Poco a poco el sueño la abandonaba, dándole la bienvenida a la realidad.
—¿Mamá? —Parpadeó, reaccionando— ¡Kikyō!
Se destapó de un tirón, revelando un infantil pijama rosa con dibujos de ositos, y en una corrida salió de su habitación. Bajó las escaleras apresurada y abrió la puerta de la cocina.
—¡Ki…! —Se tragó las próximas letras al ver a una tranquila sacerdotisa llevándose una tostada a la boca— ¿… kyō?
Kikyō, que se encontraba desayunando con su familia en la mesa, la miró inexpresiva. Sí, era ella. Esa mueca indiferente lo probaba.
Funcionó. Traspasó el pozo.
—Buenos días. —La saludó con naturalidad, tal como si vivieran bajo el mismo techo.
—Bu… Buenos días.
—¡Kagome! —Su abuelo saltó de la silla y se arrojó a sus brazos con lágrimas en los ojos— ¡Por fin despertaste, mi niña!
—Te tardaste. —comentó Sota desde su asiento, dándole un trago al té.
—Vaya, Kagome. Enhorabuena. —Su madre le sonrió con calidez—. Ven, siéntate con nosotros. Tienes que comer para recuperarte.
—¡Kagome! —Su abuelo continuaba llorando dramáticamente en sus brazos.
Sip, definitivamente ese era su hogar. Su escandaloso hogar.
Aún algo paralizada, se quitó de encima al anciano y caminó hasta la mesa. Había un asiento vacío al lado de Kikyō. Lo detalló, extrañada.
—¿No te vas a sentar? —preguntó Kikyō, bajando la tostada.
¿Qué pasaba con esa actitud tan serena? ¿Su mentora era consciente de dónde estaba parada? Bueno, sentada. Estaba en su época. ¡Su época! ¿Cómo podía estar así? Tratándose de ella, la verdad no debería sorprenderle. Kikyō siempre permanecía impasible incluso ante las peores situaciones. Pero aún así, esperaba alguna reacción, ¡algo!
Kagome corrió la silla y se sentó. Quedó rígida en el lugar, procesando el panorama. Su abuelo llorando a sus pies; Sota burlándose de ella, la madre riéndose con calma y Kikyō silenciosa a su lado.
No entiendo nada, pero la imagen tiene cierto sentido.
Bufó y agarró una tostada de la panera.
—¿Alguien podría explicarme qué pasó? Lo último que recuerdo fue que saltamos al pozo. —dijo, observando a Kikyō mientras le daba un bocado a la tostada.
La sacerdotisa se tomó su tiempo para contestar, pues, estaba bebiendo un té con toda la paciencia del mundo.
—Una de las arañas te alcanzó cuando caíamos por él. Tuve que absorber el miasma de tu cuerpo.
—¿Eh?
—Te salvó la vida, Kagome —agregó la madre con una sonrisa, sirviéndole té—. Agradécele.
—Ah… —Kagome parpadeó repetidamente—. Gracias.
—¿Qué clase de agradecimiento es ese, niña? —interrumpió el abuelo, señalándola— ¡Le falta pasión!
—Y a ti te faltan unos tornillos, como siempre —espetó, alzando una ceja, para luego volver los ojos a la Miko—. Perdóname, Kikyō. Todavía estoy un poco confundida. —le dijo, rascándose la cabeza.
—¿Te duele? —inquirió Kikyō, llevando una mano a su cabeza— ¿Te golpeaste?
Kagome negó rápidamente.
—No, solo… estoy algo atolondrada.
—Eso es porque dormiste un día entero, hermana —acotó Sota con una sonrisita cómplice—. Roncaste como nunca.
—¡¿Huh?! —Se levantó de golpe, poniendo las manos en la mesa— ¡¿Un día?! —Miró a su invitada, pálida— ¿Y tú? ¿Qué hiciste un día aquí?
Kikyō se limitó a sorber el té con los ojos cerrados.
—De verdad son de tal palo, tal astilla. —El anciano señaló a la sacerdotisa—. También durmió como un bebé.
Una ceja de Kikyō tiritó. Ese anciano la sacaba de sus casillas. Desde que llegó a su época que no paró de hacerle preguntas sobre si era su tatara-tatarabuela y sobre la perla de Shikon. Oh, y cómo no, sobre su parecido con Kagome. Solo se limitó a contar que era la encarnación de su nieta antes de caer en un profundo sueño gracias al agotamiento que le dejó curarla.
Kagome volvió a sentarse lentamente y la contempló con preocupación.
—¿Te recuperaste? —preguntó, poniendo una mano en su hombro—. Estabas muy agotada antes de cruzar el pozo, y además usaste energía para salvarme ¿no?
Kikyō dejó la taza en la mesa y asintió. Kagome le sonrió con suavidad.
—¿Dónde dormiste? No tenemos cuarto de huéspedes.
—Me debes una, durmió en mi cuarto —habló Sota—. Yo dormí en el sillón.
Kagome se tapó la boca, conteniendo una carcajada. Imaginarla en la habitación de Sota, llena de juguetes y posters de superhéroes, era hilarante.
—Hoy dormirás en mi habitación. —Le dio unas palmaditas en el hombro—. No dejaré que pases por ese tormento de nuevo.
Kikyō le agradeció en silencio. No podía explicar lo incómoda que se sintió en esa habitación llena de extraños aparatos "tecnológicos", como ellos les llamaban. Esa época era una verdadera locura para su antigua persona. Cajas con imágenes que se movían, música que salía mágicamente de otra caja; la ropa, las costumbres, más cajas mágicas. Ruido, un ensordecedor ruido que provenía de las afueras. Todo era diferente y abrumador. Hasta el aire olía diferente, contaminado. Y eso que ni había salido de su hogar; temía con lo que se encontraría afuera. Prefería que Kagome se lo mostrara, aunque eso no borraría la sorpresa futura. Se llegó a preguntar cómo hizo esa joven para adaptarse a la época antigua si a ella le costaba tanto digerir la moderna.
—Hm… Pero es extraño —comenzó a decir la madre de Kagome, poniendo un dedo en su mentón—. Estaba segura de que Inuyasha estaría con ustedes. ¿Sucedió algo?
—Es verdad, ¿y el amigo con orejas de perro?, ¿por qué no vino contigo? —preguntó Sota.
Kagome bajó la cabeza, incómoda. Su madre acababa de revelar que Inuyasha también podía traspasar el pozo, información que la Miko, quien ahora la miraba de soslayo con recelo, sospechaba hacía un tiempo.
—Bueno… Digamos que las cosas se complicaron un poco.
Estoy segura de que su olfato le hizo saber que estuvimos en el pozo, debe estar buscándonos. Si aparece acá me muero… Aunque ya pasó un día y no vino, qué extraño.
Reflexionó, preocupada.
Espera… ¿Ya pasó un día?
—¡Oh, no! —Se levantó de nuevo, empujando la mesa— ¡Perdí un día entero de estudio! —exclamó, agarrándose la cabeza— ¡Y además perdí mi mochila con los libros de la escuela!
Kikyō la contemplaba desde lo bajo, inexpresiva.
—Voy a tener que pedírselos a mis amigas. Ah… —Se dio la vuelta, bufando—. Y tener que pasarme todo el día y la noche estudiando.
Kikyō se preguntó si ese estudio sería tan riguroso como el entrenamiento que le aplicaba. Sonaba dramáticamente preocupada.
Kagome comenzó a caminar hacia el pasillo con los hombros decaídos, pero se detuvo al recordar algo importante. O, mejor dicho, a una invitada importante.
—¡Ah, Kikyō! ¿Terminaste de desayunar?
La nombrada asintió.
—Entonces, ven conmigo. —Hizo un ademán con la mano, llamándola. La sacerdotisa pareció pensarlo un momento y corrió la silla con delicadeza. Se levantó e hizo una reverencia a su familia.
—Muchas gracias por la comida. Estuvo deliciosa.
—Vaya, pero qué educada eres. —La madre le sonrió extremadamente complacida—. Toda una señorita.
—No se parece en nada a su reencarnación —acotó Sota, emitiendo una risita traviesa—. Aprende de ella, hermana.
Kagome le gruñó, agarrando la mano de su mentora.
—Cierra la boca, enano.
Empezaron a subir las escaleras en silencio. Kikyō detallaba su espalda en el camino. Pasó la vista a su mano, que la aferraba con suavidad.
Recuperó su calor…
—Lamento el escándalo, mi familia es un poco extraña. —le dijo Kagome, abriendo la puerta de su cuarto. Le brindó el paso.
—Como tú. —contestó, haciéndola reír.
—Siéntate donde quie… Ah, ya lo hiciste. —La vio sentada en su cama con una inocente carita. Kikyō, quién sabe porqué, tenía una expresión tan relajada en el rostro que parecía otra persona comparada a la educada de la cocina.
¿Quiso quedar bien con mi familia? ¿Es por eso que se mantuvo tan neutra?
Kagome empezó a cerrar la puerta para evitar las posibles interrupciones, pero se detuvo cuando escuchó un ronco maullido a sus espaldas. Miró el suelo y un gato regordete pasó a su lado, entrando a la habitación.
—Oh, Buyo. Tiempo que no te veía. —Se agachó para agarrarlo y lo alzó como si fuera un bebé. El gato se refregó contra su cuello, ronroneando— ¿Qué tienes ahí? —Le sacó una pequeña pluma de la boca— ¿Cuántas palomas te comiste esta vez?
La sacerdotisa admiró al felino con curiosidad. Más que gato, parecía una inmensa bola de pelos.
—Parece un poco… excedido de peso. —dijo, sin querer sonar grosera.
—¿Tú crees? Mira. —Kagome se acercó y puso al gato en su regazo para que comprobara lo mucho que pesaba. Kikyō lo examinó antes de poner la mano en su lomo y acariciarlo. Buyo no tardó en entrar en confianza; el aroma que desprendía era similar al de su dueña. Se dio la vuelta, mostrándole la pancita para que lo acariciara allí.
—Pesa mucho para ser un gato. ¿No es eso malo para su salud?
—Sip, es un gordito problemático. Hemos tratado de ponerlo a dieta, pero se la pasa comiendo palomas afuera y cuando está adentro lo único que hace es holgazanear. No hay manera de que adelgace así.
—Ya veo. —Kikyō le acarició la pancita, sintiendo su suave pelaje. Fue incapaz de no sonreír ante sus ronroneos—. Es muy dócil… No como tú. —agregó, levantando los ojos. Kagome arqueó una ceja mientras el gato, satisfecho de las caricias, abandonaba el regazo de la sacerdotisa para hacerse un bollito arriba de la almohada, dispuesto a tomarse una siestita.
Al menos esta vez Inuyasha no lo molestará.
Pensó Kagome, recordando como el Hanyō, cada vez que iba a visitarla, se la pasaba jugando con Buyo hasta el punto de molestarlo y terminar con varios rasguños. Con su mentora no pasaría por ese calvario. Mentora que, a todo esto, no dejaba de mirarlo con una pequeña sonrisa. Parecía estar adorándolo.
—Veo que te gustan los gatos.
—Me gustan los felinos en general. Son independientes, sinceros y fieles por elección propia, no como otros animales que son fácilmente domados.
—Hm... Buyo no te caería tan bien si conocieras su secretito —comentó Kagome con un dejo de burla. La sacerdotisa la miró— ¿Sabes cómo encontré el pozo la primera vez?
Kikyō negó.
—Estaba buscando a Buyo, y la búsqueda terminó por llevarme al pozo. Si no fuera por él, jamás hubiera conocido la época antigua.
—¿Y? ¿Por qué eso haría que tu gato me desagradara?
La más joven parpadeó. Kikyō la observaba indiferente, como si no entendiera la indirecta que le lanzó.
—Tampoco hubiera conocido a Inuyasha.
La sacerdotisa permaneció mirándola unos segundos y desvió la vista.
—Eso me da igual. No veo el problema.
—Oh...
Pasó la prueba, lo cual le resultó extraño. No se esperaba una respuesta tosca pero tampoco tanta indiferencia. No es como si quisiera que le gritara: ¡gracias a tu gato pude conocerte!, ¡y qué alegría haberlo hecho! Pero le hubiera gustado recibir un: eso ya no me interesa, porque ahora me agradas. Kikyō, con su cambio de actitud, la llevó en algún momento a anhelar esas simples pero importantes palabras. Dicho de otro modo, quería una confirmación de amistad. Aquella silenciosa que se estaba formando entre ellas. Deseaba que dejara por escrito lo que con acciones demostraba.
—Aún así, te contradices. Dijiste que Buyo es dócil y que yo no lo soy. —Kagome se inclinó hacia ella con una sonrisita suspicaz—. Si yo no soy dócil, ¿eso significa que te agrado?
Kikyō lo meditó un momento y cerró los ojos con una sonrisa. La atrapó. Esa revoltosa mocosa la atrapó por completo. Sin embargo, ser emboscada no significaba tener que darle la razón.
—Podría decirse, pero todavía estás a prueba. No te confíes.
Kagome sonrió de soslayo, complacida con la respuesta. Bueno, media respuesta. Mejor que nada era. Además, Kikyō le había salvado la vida. En realidad no tenía derecho de decir nada. En este caso, las acciones hablaban más que las palabras.
Mejor cambio de tema.
Kagome agarró la silla de su escritorio y la dio vuelta. Se sentó frente a la Miko, apoyando los brazos encima del respaldo.
—Así que, aquí estamos.
Kikyō asintió.
—Aquí estamos.
Silencio.
Había muchas cosas que Kagome quería preguntarle, al igual que Kikyō a ella, pero costaba pronunciar esas preguntas porque eran… algo comprometedoras. Como todo lo que despertó en ellas la situación con Naraku. ¿Por qué Kagome tuvo una ilusión de ella?, ¿por qué Kikyō tuvo una ilusión sobre Kagome? Esas cuestiones encabezaban la lista de ambas, pero ninguna se sentía segura para preguntar, no sin tener algún fundamento que justificara aquella curiosidad. Como fuere, alguna debía romper el silencio, y Kagome sabía que no sería la sacerdotisa la que se encargara de ello.
—¿De verdad te sientes mejor? —le preguntó. Kikyō apoyó una mano en la cama de Kagome, relajando el cuerpo. Una suave fragancia se colaba en sus sentidos mirara a donde mirara. Toda esa habitación olía a ella. Su aroma estaba en todas partes, más en su cama.
—Qué suave… ¿Es pelaje de animal? —Acarició el acolchado rosa que la cubría.
Kagome levantó las cejas.
¿Y esta evasiva?
—Sintético.
—¿Sintético?
—Um… Falso.
—Para ser falso, se siente muy real. Parece de zorro. ¿Por qué usan falsos?
—¿Porque no queremos matar animales por nada? —respondió, sonriendo de lado—. Con el paso de los años muchas razas de animales se extinguieron por el exceso de caza sin sentido. El hombre ya no caza solo para comer, sino por deporte.
—Hm…
—Como ves, la humanidad ha avanzado mucho en varios aspectos, pero también ha retrocedido en otros. Aunque yo no puedo decir mucho ya que me alimento de animales.
—Hipócrita. —balbuceó Kikyō con la vista plantada en el acolchado. Kagome estrechó los ojos.
—¿Disculpa?
—Eres una hipócrita. —Volvió a mirarla con seriedad—. Tienes pieles falsas, pero comes animales. Decídete.
Kagome hizo lo posible para que su sonrisa no se transformara en una irritada, pero no lo logró.
—Hago lo que puedo, ¿de acuerdo? Me gusta la carne, qué se le va hacer. —Giró la silla de un lado a otro con la frente arrugada—. Al menos no los cazo por deporte.
—No veo la diferencia, todo recae en lo mismo: la muerte de ellos.
—¡No es lo mismo! ¿Y qué pasa con esta conversación? —inquirió de mala gana—. Deja de evitar el tema, ¿cómo se encuentra tu cuerpo?
Kikyō dobló el cuello con desinterés. Sus ojos terminaron clavados en una ¿fotografía? (así le dijeron que se llamaba) de Kagome cuando era pequeña. Tuvo que contener la ternura que le generó su carita tan infantil. Estaba con un hombre. ¿Su padre, tal vez? Al lado había otra foto: Kagome con el pequeño que conoció.
—Así que eres una hermana mayor... —mencionó. No creía que fuera una coincidencia que ambas sean hermanas mayores—. Me pregunto quién cuida a quién. —bromeó, haciéndole sonreír.
—Aunque no lo creas, yo lo cuido a él. ¿O acaso la anciana Kaede te cuidaba cuando era una niña?
Kikyō hizo silencio, llenándose de nostalgia. El tema de su hermana le era delicado. Y doloroso.
—¿Es muy diferente el trato? Siendo un varón.
Su aprendiz comenzaba a impacientarse con las constantes evasivas. No le molestaba que quisiera conversar, pero como ese escenario no solía ser muy común le era inevitable caer en la sospecha.
—Por ahora no. Supongo que cuando él crezca las cosas van a cambiar un poco. Quizás mis consejos ya no le servirán. En sí, no creo que me los pida más. Posiblemente huya de mí y se vaya a jugar con sus amigos. —agregó con una risita.
—Ya veo. Tiene sentido.
—Sí... Entonces, ¿cómo te encuentras? —insistió. Kikyō apoyó las dos manos en la cama y pasó la vista de izquierda a derecha con aburrimiento, examinando su cuarto. No llegaba a descifrar si le gustaba o no, pues, no estaba acostumbrada a la decoración moderna. Lo único certero era que no parecía la habitación de una adolescente; todo era de color rosa o pastel, como si fuera una niña.
—Tu habitación es muy infantil.
—Kikyō... —la llamó Kagome en un reproche. La nombrada suspiró.
—Estoy mejor. Descansé lo suficiente.
—Pero… las almas. —Kagome se enmudeció, pensativa—. Mierda, no pensé en eso. ¡Aquí no puedes recibirlas! —Se levantó, apresurada—. Tienes que volver.
Kikyō le mantuvo la mirada desde lo bajo y cerró los ojos.
—Si vuelvo me esperará una emboscada. Naraku sabe que vine a tu época.
—Inuyasha ya debe estar en el pozo, debió seguir nuestro rastro. Él te ayudará.
Kikyō abrió los ojos con un dejo de molestia. No quería depender de él, no quería que Kagome siquiera lo nombrara.
—Tengo las almas suficientes para aguantar, puedo esperar un día más. Dijiste que solo te tomaría dos días, ya va uno.
En realidad no podía esperar. Estaba mintiendo, mintiendo descaradamente. Y por eso mismo no quería tocar el tema. Su cuerpo, desde que cayó en la ilusión de Naraku, se había debilitado. El miasma dentro de él despertó y no parecía tener intenciones de volverse a dormir. Empeorando la situación, para salvar a Kagome no tuvo más remedio que absorberle el miasma y purificarlo, contaminándose aún más. En conclusión, se encontraba en las últimas. La larga cicatriz que decoraba su pecho continuaba descascarándose de a poco, generándole un punzante dolor que trataba de ocultar con su siempre indiferente semblante. Ni siquiera las almas podían salvarla, volver carecía de sentido. Lo único que podía hacer era rezar para aguantar unos días más hasta terminar de entrenar a su aprendiz. Luchar a su lado contra Naraku ya no era factible, todo dependería de Kagome. Tenía que aumentar su poder espiritual con urgencia.
Unos días más… Tengo que aguantar unos días más.
—Aún así, creo que lo mejor es que-
—Kagome. —Kikyō se levantó. Kagome parpadeó cuando llevó una mano a su cabeza— ¿Recuerdas lo que le dije a Inuyasha cuando te trajo a mí?
La joven lo pensó un momento, recordando, y declinó los párpados. Ya sabía a dónde se dirigía.
—Que nos podíamos cuidar solas…
—Exacto. No necesitamos depender siempre de él. —Le acarició la cabeza esbozando una pequeña sonrisa—. Tenemos nuestra propia fuerza, y, aunque no lo creas, ahora es mucho mayor que la de él.
Kagome se dejó mimar, no muy convencida con ese discurso. El tema no pasaba por quién era el más poderoso. La Miko sonaba casi como si estuviera compitiendo con Inuyasha.
—Solo estoy preocupada por ti. Sé bien que podemos cuidarnos solas, pero pensé que-¡Auch! ¡No me jales el pelo!
—Te dije que estoy bien, mocosa. Deja de insistir, es molesto.
Kikyō volvió a sentarse en la cama, dejándole el cabello desordenado. Kagome se lo refregó con los cachetes inflados y cayó de culo en la silla.
—Como quieras. Pero si te mueres, después no me culpes.
Kikyō soltó una risita.
—Tonta, yo ya estoy muerta —respondió con naturalidad—. Además "si me muero", ¿cómo podría echarte la culpa? Ya estaría bajo tierra.
—Ah… —Kagome se sonrojó por la estupidez que dijo—. Bueno, ya sabes… Entendiste el punto —balbuceó, reclinándose de adelante hacia atrás con la barbilla pegada al respaldo—. Y no digas eso.
—¿Qué?
—Que estás… muerta.
Kikyō plantó los ojos en el suelo con una solitaria sonrisa.
—Oh, lo siento. Pensé que sabías ese pequeño detalle de mí persona ya que naciste gracias a mi muerte, Kagome.
Kagome cerró los dedos en la silla, enojándose.
—¡Nací gracias a mis padres, no gracias a ti! ¿Acaso me pariste o qué?
Kikyō pestañeó y se tapó la boca conteniendo otra risita.
—Sabes a lo que me refiero. No niegues la realidad, yo ya no existo en este mundo. Esa es la verdad.
—¡No para mí! —Kagome despegó la barbilla del respaldo— ¡Te estoy viendo, estás aquí conmigo! ¡Por eso…! Por eso… para mí estás igual de viva que yo.
Esa joven no dejaba de sorprenderla con sus delirios. ¿Qué clase de persona viva necesitaba almas de mujeres en pena para alimentarse? Kagome no quería aceptar la realidad, ¿pero por qué? ¿Por qué se preocupaba tanto por ella? Al igual que cuando la salvó de Naraku. Logró traspasar la ilusión y no se apartó de su lado, al contrario, se arriesgó por ella. Dio todo por ella.
Arrugó la frente, inquieta.
No quería eso. No deseaba que se sacrificara por una persona que ya no existía. Era un desperdicio.
—Si sigues arriesgando tu vida por mí serás tú la que muera, Kagome —le dijo en voz baja—. Dime… ¿por qué te arriesgaste así en el bosque?
Kagome volvió a pegar la barbilla en el respaldo y giró la silla, dándole la espalda. Sus mejillas estaban entrando en calor. La verdad, ni pensó cuando actuó. Simplemente sintió una tremenda desesperación al ver a su mentora a punto de ser aniquilada por Naraku.
No puedo perderla.
Fue lo único que apareció en su mente, no obstante, con la crítica situación que tenían encima no se paró a preguntar la razón de ello. No había tiempo. Ahora, con más calma, la respuesta flotaba en sus pensamientos bien clara. Y, siendo sinceros, no le agradaba mucho sentirse así. Lo creía incoherente. ¿Cómo pasó? ¿En qué momento sus sentimientos inmersos de envidia se transformaron en aprecio? Se preocupaba por Kikyō como si fuera parte de su familia. Quizás, de alguna manera, lo era.
—¿Kagome?
La nombrada suspiró. ¿Para qué ir en contra de lo que sentía? Era mucho más sano sentir lo que estaba a punto de responder que seguir estando celosa de ella por el vínculo que tenía con Inuyasha.
—¿No es obvio? Porque me importas, tonta. Por eso me arriesgué, y volvería a hacerlo sin dudar. —respondió al fin, y, en consecuencia, el endurecido corazón de Kikyō se removió.
El aire escapó de sus labios.
"Porque te necesitamos para derrotar a Naraku; porque Inuyasha se pondrá triste si te pierde". Esas fueron las respuestas que se asomaron por su mente mientras esperaba a que Kagome contestara. Respuestas que dio en el pasado; no se esperaba las palabras de su presente. La tomaron absolutamente desprevenida. ¿Por qué a esa chica le importaba lo que pasara con ella? ¿En qué momento comenzó a importarle? ¿Fue por sus atenciones, por la comida?, ¿el entrenamiento, tal vez? Por lo que fuere, a Kikyō le hizo feliz resultar tan importante para ella como para arriesgar su vida. Tan feliz que apenas podía controlar la emoción y, peor aún, su comportamiento.
Kagome levantó el rostro cuando sintió un tironcito en la espalda. Echó un vistazo por encima del hombro. Kikyō la observaba con vulnerabilidad, jalando su pijama con los dedos. Kagome tragó pesado, sintiendo una repentina presión en el pecho. ¿Qué sucedía con esos ojos tan blandos? No tenían resistencia alguna.
—¿Qué pasa? —preguntó, algo intimidada.
—Ven…
Kagome se sonrojó y regresó la cara al frente. Nervios le cosquilleaban el estómago sin piedad. Se lo aferró, tratando de calmarse. La sacerdotisa de pronto le pareció condenadamente hermosa, transparente. No es que no fuera hermosa antes, es decir, no era ciega. Sus finos rasgos, esos ojos profundos, su cabello largo y sedoso, esa piel tan blanca como la porcelana... Y así podía seguir un buen rato. Siempre le pareció innecesariamente bella. Pero justo ahora... tenía un encanto especial. Tanto era así, que le impactó.
—E-Estoy bien aquí.
Kikyō tironeó dos veces más su pijama. Kagome apegó los hombros al cuello, cada vez más ruborizada.
Esto es ridículo, solo es Kikyō.
Se autoconvenció, dándose coraje para finalmente incorporarse y cumplir su pedido. Se sentó a su lado con unos tímidos ojos y manteniendo cierta distancia que una fuerte intuición le aconsejaba que mantuviera.
Kikyō detalló el espacio vacío entre ellas y, para la suerte de Kagome, lo destruyó acercándose y sujetando su cintura con delicadeza. La más joven no llegó a voltear el rostro que ya estaba siendo arrastrada hacia adelante.
Kikyō la envolvió entre sus brazos, acurrucándola en su pecho.
Kagome se quedó en silencio con la cara sumida en su pecho. Sus ojos se tornaron pensativos, haciéndole olvidar los nervios pasados. Lo único que hacía la sacerdotisa era abrazarla, solo eso. Abrazarla con un afecto que podía sentir, pero que no comprendía de dónde venía ni la razón de él.
—Desde ayer que estás sospechosamente cariñosa. Es extraño —murmuró Kagome—. Tú me odias.
—Sí, lo hago —contestó Kikyō, apoyando el mentón en su cabeza con una leve sonrisa—. Mucho.
Kagome sonrió y subió las manos por su espalda, correspondiendo el abrazo.
—Y aún así volviste para salvarme de Naraku. Me juzgas de hipócrita, pero al final eres igual de hipócrita que yo, Kikyō.
—¿Te sorprende? Compartimos la misma alma, en algo teníamos que parecernos.
Kagome se tomó la libertad de apoyar la mejilla en su pecho. Tal vez lo estaba imaginando, pero lo sentía más cálido.
—Dime, ¿cómo fue posible que nos conectáramos telepáticamente? —preguntó. Kikyō no borraba la sonrisa.
—De la misma forma que nuestras almas se conectaron. Estábamos sincronizadas.
—¿Hace cuánto sabías eso?
—No lo sabía. Lo intuía, así que hice la prueba.
Kagome desvió los ojos con un dejo de inquietud. Se sentía completamente expuesta. Primero sus emociones, ahora sus pensamientos… No había escape alguno. Su mentora podía ver a través de ella, lo cual consideraba un problema.
—¿Ahora resulta que puedes leer mis pensamientos?
—Solo si tú me lo permites. Debiste haberlo sentido, que traté de entrar en tu mente…
Kagome asintió.
—Sí, fue como si estuvieran forzándola.
Kikyō captó cómo se mordía el borde del labio. Sonrió con suficiencia.
—¿Qué pasa?, ¿tienes miedo de que descubra tus más adorados secretos?
—¡Sí! —exclamó, levantando el rostro—. Aunque… creo que a esta altura no hay nada que no sepas.
—¿Nada? —La sacerdotisa reforzó el agarre en la parte baja de su cintura— ¿No hay nada que me ocultes?
¿Lo que piensas de mí, quizás?
Pensó, observándola penetrantemente, atajando todos sus gestos para no perderse la verdad. Su aprendiz parecía estar meditándolo. Ya no se mostraba tan convencida.
—Ya te dije lo más incómodo. —Kagome apoyó la frente en su hombro, suspirando—. Que me importas.
La adrenalina volvió, y de súbito. Se instaló en su pecho por poco y estrujándolo por dentro. Cada vez que Kagome pronunciaba esas palabras, Kikyō perdía parte de su lucidez.
Ah…
Deslizó las manos por su delgada espalda y reforzó el abrazo, sumiendo la nariz en la curva de su cuello. De repente ese abrazo no le era suficiente. Necesitaba sentirla más.
Yo… le importo.
¿Pero era correcto? Que Kagome le tuviera aprecio. Tarde o temprano la sacerdotisa tendría que partir, pues, no pertenecía al mundo de los vivos. ¿Acaso no estaba provocándole un futuro dolor al dejar que se encariñase con ella? Sí, claramente lo estaba haciendo.
Entornó las pestañas contra su piel, vacilante.
Pero se sentía tan bien ser querida... Ser querida de una manera casual, no forzada como sentía que Inuyasha hacía por la culpa que ahora lo recorría. Eran dos formas de querer diferentes. Si tenía que elegir, se quedaba con la de Kagome. Porque la de ella se sentía tan cálida, tan natural y sincera. Le contagiaba la alegría que siempre portaba. La forma de Inuyasha, aunque también era sincera, solo le causaba dolor debido a que, como bien tenía claro, era un amor marchito. Un amor pasado que no pudo florecer. Y, aunque hubiera florecido, no creía que Inuyasha fuese capaz de transmitirle tanta tranquilidad. Después de todo, era un ser inseguro, acomplejado consigo mismo. Y justamente por eso hallaron un refugio en el otro, porque sentían igual. ¿Pero hasta dónde un sentir tan retraído podría haberlos beneficiado? Ahora, a la distancia, podía ver esa verdad con claridad. En cambio con Kagome no era de ese modo. Ella le hacía sentir segura de sí misma, incluso siendo un mísero cadáver. Con tonterías como hacerle expresar sus sentimientos o apreciar sus comidas, hasta otros grandes gestos como salvarla, la inducía a vivir la vida. No a esconderse de ella.
Aún así… yo no debo ser querida. Menos por ella.
Una pesada amargura se instaló en su pecho, reemplazando a la adrenalina. ¿Qué estaba haciendo con Kagome?, ¿a dónde quería llegar? No debía llegar a ningún lado. Si extendía ese cariño, se convertiría en un doloroso recuerdo para ella.
Tengo que parar esta locura.
Pensó, despegándose de su cuello.
—Kagome.
La nombrada alzó el rostro y la miró con la ingenuidad de un niño. Kikyō le respondió con una triste sonrisa.
—No dejes que te importe demasiado. Recuerda, estoy muerta. No te encariñes con alguien como yo.
Porque sino… yo me encariñaré aún más contigo.
Kagome abrió los ojos de par en par. Al instante los sintió arder. Lo que dijo no era una novedad, pero escucharlo no solo la entristeció, también le molestó. Kikyō no estaba siendo justa.
Bajó el rostro, frunciendo las manos contra su pecho.
—Me pides que no me encariñe contigo, pero actúas así… Eres cruel, Kikyō.
Sí, lo era. Kagome tenía razón, sus acciones se contradecían. Debía dejar atrás ese comportamiento tan afectuoso que estaba adoptando con ella, de otro modo, ésta continuaría sufriendo.
—Lo siento… —Empezó a desenredar los brazos de su cintura, sin embargo, no llegó a soltarla. Kagome atajó una de sus manos, deteniéndola— ¿Kagome?
Su aprendiz se mantuvo unos momentos cabizbaja, como si estuviera a punto de dar un importante discurso.
—Yo… no creo que tenga nada de malo que me importes —comenzó a decir, levantando la cabeza. Kikyō se sorprendió al ver sus ojos tan firmes—. Si me guío por tu lógica, no debería encariñarme con ninguna persona porque tarde o temprano la perderé. Es parte de la vida, ¿sabes? Morir.
Kikyō la escuchaba con atención. Imposible no hacerlo. Kagome desprendía un aura de sabiduría que nada tenía que ver con su corta edad.
—Así somos lo seres humanos. Nos arriesgamos continuamente a una separación, pero igual preferimos formar vínculos y disfrutarlos lo más que se pueda. Tú también eres humana, deberías entenderlo. En especial… —Kagome meditó sus próximas palabras—… si estás enamorada de Inuyasha. Sé que él estuvo dispuesto a convertirse en humano por ti, ¿pero qué tal si nunca hubiera tenido esa posibilidad? ¿Crees que él no hubiera aceptado estar contigo solo porque su vida es mucho más larga que la nuestra al ser un Hanyō? ¿Crees que hubiera tenido miedo a la inevitable separación? No…, Inuyasha hubiera vivido al máximo cada segundo contigo, adorando cada momento, a pesar de saber que tú te irías primero por ser humana. Él..., aunque no es como nosotras, entendió eso y lo aceptó. ¿Tú lo hubieras aceptado si no hubiese podido convertirse en humano o hubieras temido por su larga vida?
Kikyō tenía la garganta cerrada, no podía pronunciar nada. Nada. La melancolía que huía de su voz le robaba las palabras, pero más su discurso.
—Para nosotros, los humanos, los vínculos son importantes, así que… —Frunció el entrecejo, descolocándola— ¡No me vengas con estupideces! ¡Yo decido si tenerte cariño o no! Aunque nuestro vínculo no dure mucho, yo… no puedo cambiar mis sentimientos de la nada. Lamento si no te gusta, pero así es como me siento, ¡y tendrás que aguantarlo!
Kikyō se humedeció los labios, ansiosa. Esas palabras… ¿cómo debía tomarlas? Ella tenía razón, ¿pero era consciente de lo que le estaba diciendo? ¿A qué se refería exactamente con "cariño"?, ¿a una amistad? ¿Acaso no se daba cuenta de que todo lo dicho podía malinterpretarse? Si Kikyō fuera Inuyasha, sus palabras se tomarían directamente como una confesión romántica. Sin embargo, solo era su mentora y, no hace tanto, su enemiga en el amor.
Sabiendo eso, ¿entonces por qué no podía evitar emocionarse?
—… ¿Estás diciendo que yo también puedo quererte con libertad? —preguntó Kikyō, sujetando su mejilla— ¿Me estás dando permiso de hacerlo? Aunque sea por poco tiempo.
Kagome se inquietó. ¿Querer? Eso había sonado fuerte. No recordaba haber dicho ese término tan comprometedor. De repente sintió que estaban hablando de temas diferentes.
—¿Quererme… cómo? —inquirió en un murmullo. Kikyō se perdió en sus tímidos ojos, nublándose.
¿Cómo quiero quererla?, ¿en qué sentido?
La racionalidad se alejaba, los sentimientos aumentaban. Alerta roja. Corto circuito en camino. Ya no pensaba bien, no pensaba directamente. Algo estaba despertando en su interior; un fuerte deseo que le borraba la cordura. Los ojos de Kagome no ayudaban. Como siempre, la hipnotizaban.
—¿Kikyō?
La nombrada arrastró el pulgar por su mejilla en una suave caricia, mirándola con profundidad. Kagome se achicó en el lugar, observando la caricia de reojo.
¿Qué pasa con este ambiente?
Pensó, regresando la atención a ella. Se aclaró la garganta al encontrarla a una peligrosa cercanía. Sus ojos debían estar mintiendo. No podía ser cierto lo que veía.
Espera...
Kikyō comenzó a inclinarse lentamente con los párpados entornados, sin quitarle la vista de encima. Kagome se perdió en sus ojos. La miraban, pero era como si no estuvieran allí.
¿Qué está...?
Su boca tembló mientras la sacerdotisa continuaba acortando la distancia, separando los labios, encontrándose con su aliento. Kagome los detalló con las palpitaciones en aumento.
—K-Ki…
—¡Hermana!
Kagome se tragó su nombre cuando la puerta de la habitación se abrió de súbito.
—¡Mamá dice que...! —Sota amplió los ojos y allí quedó, congelado por el paisaje—… le ofrezcas a… tu invitada… Um...
La susodicha invitada deslizó las pupilas hacia él y lo observó con recelo mientras poco a poco abandonaba la mejilla de Kagome.
—Eh… ¿Interrumpí algo?
Kagome le lanzó una fulminante mirada, haciéndolo tiritar.
—¡Cuántas veces te lo tengo que decir! ¡Toca la puerta! —Agarró un almohadón y se lo revoleó. Sota cerró la puerta apresurado, esquivándolo justo a tiempo— ¡Dios!
El portazo despertó a la sacerdotisa. ¡Bum! De golpe, sin avisar, la cordura volvió a ella de un tirón, y como nunca. De pronto bajó de las nubes y regresó a la tierra en un aterrizaje bastante improvisado. Su mente se aclaró, dispersando esos intensos sentimientos que la cegaron por unos críticos segundos. ¿Qué estuvo a punto de hacer?
Si ese niño no hubiese interrumpido…
Kagome, igual de inquieta, se animó a contemplarla, hallándola de pie y con el rostro ensombrecido. El inesperado aterrizaje también le afectó. No sabía qué decir. No entendía nada, su cerebro explotó. ¿Kikyō estuvo a punto de besarla? No, imposible. Tenía que ser un malentendido. Tal vez se acercó para sacarle una pelusa o algo así, pero ¿con sus labios?
Sacudió la cabeza, acalorada. Lo que fuere, tenía que cortar ese tenso ambiente.
—Oye… —Estiró una mano hacia ella. Kikyō se apartó, dejándola con el brazo en el aire.
—¿No tenías que estudiar? —preguntó de espaldas a ella. Su voz apenas se escuchaba.
—Ah… Sí.
—Entonces, hazlo.
La sacerdotisa se retiró a paso lento, saliendo por la puerta. Kagome admiró su ida, preocupada. ¿A dónde iba? No conocía su época. Rezó que no se perdiera.
—¿Qué demonios…?
Se llevó una mano a la frente y permaneció unos instantes cabizbaja, tratando de digerir lo que había -o casi había- ocurrido. Aunque le diera vueltas al asunto, seguía sin hallar una respuesta razonable. La única que se le ocurría era, literalmente, increíble.
—Esto está mal... —masculló, levantándose de la cama.
Fue hasta la silla y se sentó cruzando los brazos en el escritorio. Hundió la cabeza en ellos, soltando un pesado suspiro.
—¿Cómo se supone que voy a estudiar ahora?
Ahora que sus sentimientos estaban en conflicto.
Continuará...
Acá dejo el capítulo siete. ¡Gracias por leer!
7D9: Alta peli Thelma y Louise. Ahora la voy a tener que ver por no sé ya qué vez jajajaj. Kagome y Kikyo se parecen más en el manga, pero en el anime es verdad que no se parecen mucho. Recién si las mirás de cerca, pero casi nada. Diría que hasta Sango se parece más a Kikyo jajaja ¡Nos leemos! ¡Besito!
