Fusión

Estudiar, esa era su meta.

Meta que se complicaba un poco gracias al penoso episodio que hacía unos minutos vivió con Kikyō. Kagome no podía dejar de pensar en eso, y era urgente borrarlo de sus pensamientos. El examen era mañana, sí o sí debía enfocarse en sus estudios. Si se distraía, reprobaría.

Suspiró, reclinándose en la silla.

—Primero tengo que conseguir los libros…

Obligándose a reaccionar, se dispuso a llamar a Eri, una de sus amigas, quién por suerte accedió a prestarle sus libros diciéndole que en un rato estaría en su casa. Era domingo, así que la agarró desocupada.

Kagome empezó a vestirse mientras la esperaba. Seguir andando con ese infantil pijama de ositos no era la idea. Se puso una falda negra y una blusa de manga larga azul, pues, el otoño ya se estaba sintiendo.

Luego de un rato, el timbre de la entrada principal sonó. Eri llegó innecesariamente rápido. Intuyó el porqué. Esa amiga, en especial, era la más metiche de todas. Seguramente tenía muchas ganas de que le contara chismes sobre "su violento novio".

Kagome salió en su búsqueda. Bajó las escaleras y pasó por el comedor para dirigirse a la puerta. Sin embargo, dio un paso atrás cuando alcanzó a ver a Kikyō en la sala de estar. Se encontraba inmóvil frente a la televisión. Parecía estarla analizando muy detenidamente.

Veo que descubrió "la caja mágica".

Se le escapó una risita que provocó que la sacerdotisa girara el rostro hacia ella. Kagome se entumeció. Apenas chocaron sus ojos el penoso acontecimiento volvió a sus recuerdos de un tirón. Desvió el rostro, sonrojada, y continuó su camino, saliendo por la puerta.

Kikyō arqueó una ceja.

¿Acaba de evitarme? ¿A dónde va?

Curiosa, caminó hacia la cocina y se paró junto a la ventana. Levantó la cortina para espiar el patio. Kagome se encontraba con una chica de cabello corto en la entrada de la casa. Se dedicó a observar con indiferencia cómo reían y charlaban casi a los gritos, tal como si Kagome no tuviera una inmensa responsabilidad en los hombros, y no se refería exactamente a los exámenes.

Qué despreocupada…

Agudizó el oído para tratar de escuchar algo. No tenía nada mejor que hacer. Lo único que llegó a oír le impactó. Juró que esa chica le había dicho "¿Y tu novio?" Luego oyó un agregado: "violento".

¿Un novio violento?

Procesando.

Debe referirse a Inuyasha.

Bufó.

¿Le dijo que era su novio? Menos mal que ya no le interesaba…

Se llevó la mano al pecho. Dolía, y no tardaría en doler más gracias al miasma, que continuaba expandiéndose en sus adentros. No obstante, dudaba que esa fuera la única razón del dolor. Había otro tipo de dolor colándose en el medio. Uno más penetrante y profundo que le hacía un nudo en la garganta. Mientras más observaba a Kagome, más incrementaba. Tenía miedo de que ahora su aprendiz no quisiera saber nada de ella por aquel pequeño desliz que la asaltó en un momento de debilidad. Uno que provocó que casi la... ¿besara?

Bajó los párpados, inquieta.

¿Por qué... hice eso?

—¿Te apetece comer algo, jovencita?

Kikyō se sobresaltó al escuchar a la madre de Kagome. Su energía era tan serena que ni la sintió venir.

—No, muchas gracias.

La madre la admiró con tranquilidad y pasó la vista a la ventana.

—Las amigas de Kagome están preocupadas por su ausencia en el colegio. Siempre tiene que mentir para poder ir a tu época —empezó a decir. Kikyō la miraba con disimulo. Esa mujer desprendía un aura de sabiduría, cosa que le inquietaba un poco. Sentía que podía ver a través de ella—. Tú eres esa joven, ¿no es cierto? La que también está enamorada de Inuyasha.

La sacerdotisa estrechó los ojos con desconfianza. ¿Kagome le había hablado de ella?, ¿de qué forma?

—Lo era. Yo ya no pertenezco al mundo de los vivos.

La señora Higurashi no mostró sorpresa alguna. Se limitó a dirigirse a la mesada.

—Ya veo, es una lástima —respondió, abriendo la heladera—. Lamento la intrusión, estaba preocupada por ella. Pero tú y Kagome parecen llevarse bien, es un alivio.

Kikyō se silenció mientras la madre comenzaba a preparar la comida para el almuerzo.

—¿Creía que quería matar a su hija?

—… Kagome no me cuenta mucho, pero siempre resalta que su vida no peligra en tu época. Sé que miente —dijo, cortando unos tomates—. Soy su madre, después de todo.

Su vida siempre está en peligro.

Pensó Kikyō, apenada.

—No soy su enemiga, tampoco su amiga —contestó—. Pero le puedo asegurar una cosa… Yo la protegeré.

La madre giró el rostro hacia ella con una pequeña sonrisa.

—¿Aunque no seas su amiga? Curioso.

Kikyō le sonrió por igual.

—Sí, ciertamente lo es.

.

.

.

Kagome estrelló la frente contra los libros. Ya era de noche. Se pasó toda la mañana y tarde encerrada en su cuarto y estudiando como una desquiciada. Apenas podía procesar la gran cantidad de información que tenía en el cerebro. Las formulas que memorizó flotaban por él, chocándose las unas con las otras. En todo ese tiempo no vio a su mentora. Intuyó que ésta quiso darle su espacio para estudiar, lo cual agradeció. Ella no era una escandalosa como cierto hanyō que conocía.

—Tengo que seguir… pero no tengo energía. —Su estómago gruñó, confirmándolo—. Supongo que un descanso no me vendrá mal.

Amagó a levantarse, pero la puerta de la habitación abriéndose generó que se sentara de nuevo.

—Kikyō… Ya me preguntaba dónde estabas.

La nombrada entró en silencio y cerró la puerta a sus espaldas. Kagome bajó la vista; tenía un plato en la mano.

Plato que dejó en el escritorio.

—Te lo manda tu madre.

Kagome miró el sándwich que yacía en el plato y luego la espió de soslayo. Incómodo. Desde la mañana había estado inquieta por ese extraño momento que compartieron. O casi compartieron. La sacerdotisa, contrario a ella, actuaba normal. Como si nada hubiera pasado. ¿Eso significaba que en realidad nada pasó?, ¿fue todo su imaginación?, ¿un malentendido? ¿No debía mencionarlo, entonces? La verdad, no creía que fuera una buena idea, solo tensaría el ambiente y la desconcentraría de sus estudios. Además, había tiempo de sobra para preguntarle, pues, cuando regresaran a la época feudal debería seguir con el entrenamiento, por ende, con la convivencia. Aunque sabía, muy dentro de sí, que el "tener tiempo" era únicamente una excusa para juntar el valor del que ahora carecía.

—Gracias. Lamento que tengas que pasar por esto, te lo compensaré.

—¿Compensarme qué? —preguntó Kikyō, sentándose en su cama. Se fue hacia atrás y recargó la espalda en la pared, flexionando una rodilla—. Tu época es interesante.

Kagome analizó el panorama. Usualmente era Inuyasha el que se encontraba en su cama, esperándola a que terminara las tareas. Era extraño verla a ella en su lugar.

Dibujó una tenue sonrisa.

Pero… es agradable tenerla aquí.

—Veo que descubriste la ducha. —Kagome señaló su cabello suelto. Kikyō miró sus largos mechones y volvió la vista a ella—. Tienes el pelo húmedo.

—Tú también.

—Me bañé hace un rato.

—Tu madre tuvo que mostrarme cómo abrir la "canilla" —le dijo, cerrando los ojos con una penosa sonrisa—. Solo había que girarla.

—¿Y tú qué hiciste?

—La rompí.

Kagome se tapó la boca, riendo.

—Esta época es muy diferente, ¿no? Cuesta adaptarse. —mencionó, dándole un bocado al sándwich. Se lo ofreció; Kikyō negó.

—¿Terminaste de estudiar?

—Eso quisiera. —Suspiró—. Me falta un poco. Tengo un sueño terrible, pero voy a tener que seguir.

La sacerdotisa la contempló con cierto pesar.

—¿Por qué te esfuerzas tanto? ¿Cuando todo termine dejarás la época feudal para volver aquí?, ¿es por eso?

Aquella pregunta la tomó desprevenida. ¿Eso era lo que deseaba?, ¿volver permanentemente a su mundo? No lo había pensado, no tenía tiempo para hacerlo. Solo actuaba, no reflexionaba. Un lado de ella sí quería regresar. Era su época, después de todo. Su familia, sus amigos, las costumbres… No podía dejarlas de un día para el otro. No se imaginaba una vida sin ellas. Pero… era cierto. Algún día debería elegir entre una época u otra.

—Bueno… Aquí es donde nací y crecí, una parte de mí siempre va a pertenecer a éste mundo.

—¿Y la otra parte?

—¿Huh?

—¿Pertenece a Inuyasha?

A Kagome no le agradó esa afirmación, porque eso fue, una afirmación. Kikyō la observaba con seriedad, mirada que ya conocía. Quería ver su reacción. La estaba poniendo a prueba, como siempre. Y odiaba que lo hiciera.

—¿Por quién me tomas? Inuyasha no es lo único que ronda en mi cabeza, ya deberías saberlo. Si decido quedarme en tu época será por mis propios motivos. —Kagome bajó el rostro con un dejo de irritación. La sacerdotisa, lejos de ese malestar, sonrió muy satisfecha con su respuesta. Sí, en efecto la estaba probando—. Voy a seguir estudiando un rato más. Tú puedes dormir, si quieres.

Kikyō negó con la cabeza.

—Te espero.

—¿Eh? —¿Por qué esperarla?—. No hace falta, te vas a aburrir de sólo mirarme.

Kikyō no respondió. Se limitó a acomodarse mejor contra la pared y no quitarle la vista de encima, tal como si lo hubiera tomado como un desafío. Kagome esbozó una tensa sonrisa, dejando la molestia de lado. ¿Cómo se suponía que iba a estudiar con esos ojos tan penetrantes contemplándola?

De verdad… parece Inuyasha. ¿Va a mirarme toda la noche?

—Um… ¿Quieres ver tele mientras? —preguntó, señalando una pequeña televisión de tubo que había en la punta de la cama.

—¿Tele?

—La caja mágica. —Kagome agarró el control de la televisión y la prendió. Kikyō se sobresaltó cual gato asustado cuando la imagen de un hombre apareció en ella—. Ten. —Le arrojó el control. La Miko lo atajó con curiosidad y empezó a moverlo frente a su rostro de un lado a otro.

—¿Qué hago con esto? —preguntó, rozando los botones con las yemas.

—Ah, cierto. No sabes usarlo. —Kagome se levantó de la silla y se sentó en la cama. Señaló los botones del control—. Estos son para el volumen, ya sabes, que se escuche más fuerte o más bajo. Y éstos para cambiar de canal. —Le mostró, presionándolos. Kikyō dobló el cuello al ver cómo la imagen cambiaba mágicamente por otra— ¿Ves? —Le devolvió el control.

—Qué curioso… —musitó, cambiando compulsivamente de canal. Su rostro no expresaba emoción alguna, pero su interior era otro tema— ¿No te molesta? El ruido.

—¡Para nada! —Kagome le restó importancia, sacudiendo la mano—. Estoy acostumbrada a estudiar con música.

—¿Música? —inquirió, mientras Kagome volvía a la silla. Kikyō la miró unos momentos y devolvió la vista a la televisión. Siguió cambiando de canal.

Kagome agarró un lápiz y retomó los ejercicios de matemáticas tratando de no pensar mucho en la sacerdotisa que la acompañaba. No le estaba yendo muy bien con eso.

Veo que le agarró la mano…

Pensó, sonriendo para sí, escuchando cómo no dejaba de cambiar de canal. Se le hacía divertido ver a Kikyō tan emocionada con algo, porque lo estaba. Aunque no lo demostrara, Kagome lo sabía. Ya la conocía lo suficiente.

De pronto Kikyō dejó de cambiar de canal; Kagome paró de escribir. En el cuarto comenzaba a escucharse una melodía pop.

Esto es…

Levantó la visión del cuaderno, tropezándose con un osito marrón que había en el escritorio.

Música.

Volteó el rostro hacia la Miko. Ésta le correspondió la mirada, inexpresiva.

¿La puso por mí?

—La música de tu época es muy extraña.

Kagome respiró hondo, tratando de calmar al corazón. ¿Era necesario que su mentora pasara de ser insoportablemente manipuladora a un dulce caramelito en un segundo? Esa dulzura la derretía.

Kikyō devolvió los ojos a la televisión.

—Y las mujeres… usan poca ropa, como tú.

Kagome miró la pantalla y se sonrojó. Una chica rubia bailaba vestida con un top y una minifalda bastante reveladora. Se tocaba los pechos en medio del baile, pasando la lengua por sus labios incitantemente.

Justo ese video… es un poco subido de tono. Que lo esté mirando con tanta atención me pone nerviosa...

—Bueno… Cada quién puede usar lo que quiera, ¿no?

—¿Lo que quiera? Cuánta libertad… —Kikyō sonrió con una melancolía que a Kagome le cerró el pecho.

No le era indiferente la historia de la sacerdotisa. Ella nunca pudo ser libre, ni siquiera pudo ser una mujer ordinaria. No obstante, ¿ahora no era diferente? Tenía una segunda oportunidad, aunque solo fuera un cadáver andante.

—¿Quieres probarte mi ropa? Casi es de tu talle. —preguntó. Kikyō arqueó una ceja, espiándola con recelo.

—No, gracias. —Volvió la atención al video—. No entiendo lo que dice esa chica...

—Porque está en inglés, es otro idioma.

—¿Extranjeros? —Hizo un pensativo silencio— ¿Por qué pasan ese contenido en Japón?

—Um… Es una larga historia. Pero digamos que ese país nos invadió hace décadas, así que, como ves, también nos inculcaron algunas de sus costumbres.

La sacerdotisa frunció el ceño.

—¿Perdimos una guerra contra ellos? —Adivinó.

—Ajá. Una guerra bastante terrible.

—¿Y los japoneses de esta época aceptaron adaptarse a ello?

—No quedó otra opción, eran las reglas de antes. No sólo Japón fue afectado por la guerra, otros países también. Debería darte mis libros de historia… —agregó más para sí que para ella, refregándose el mentón.

—¿No quedó otra opción…? —Kikyō apretó el control con fuerza—. Qué deshonra… Ver éste contenido de los que nos masacraron. ¿Cómo fueron capaces de caer tan bajo?

Kagome pestañeó, curiosa. Aunque su voz resonaba como siempre, impasible, un dejo de rencor se asomaba detrás de ella, y eso que todavía no había pasado por aquella trágica situación.

—… Así eran las guerras. Además, pasó hace mucho.

—Sigue siendo una deshonra para los que murieron en la batalla. Al menos deberían haber mantenido el orgullo y las costumbres japonesas.

—Las mantenemos… Hola, vivo en un templo.

—Pero ves contenidos extranjeros. ¿Qué clase de hipocresía es ésta?

Kagome la observaba cada vez más sorprendida. Realmente… Kikyō era una persona con un pensamiento antiguo. No debía asombrarle, pues, pertenecía a otro tiempo. Hoy en día a ese pensamiento se lo denominaba "ignorante" e incluso "xenofóbico". Sin embargo, no podía culparla por opinar así. Kikyō no había pasado por la misma educación que ella: una sin discriminación. Es más, lamentablemente algunos japoneses, en especial los ancianos, aún se manejaban de esa forma.

Si así es como piensa, ¿eso significa que discriminó a Inuyasha en su momento por ser un hanyō? Por ser diferente...

—Lamento informarte que en esta época deberás abrir la cabeza, Kikyō. El mundo trata de unificarse, y parte de hacerlo es conocer otras culturas.

—¿Una cultura que masacró a nuestro pueblo? No entiendo ese razonamiento.

—Dios… Pareces mi abuelo, estás generalizando todo. Nosotros tampoco fuimos unos santos, ¿sabes? También los masacramos a ellos y hemos invadido incontables países. La guerra siempre fue cruel, no importa de qué país se trate. Además, la decisión de los políticos de ese tiempo no tiene nada que ver con el pueblo o con esa chica. —Señaló la televisión—. En la época feudal también hay guerras, ¿no te quejas de eso?

La sacerdotisa hizo una mueca disconforme y bajó la cabeza ya sin saber con qué defenderse, pues, Kagome tenía razón. Su aprendiz hablaba con demasiada sabiduría para tener una edad tan corta. ¿Eso enseñaban en esa extraña escuela a la que tenía que asistir? ¿Unificación? La verdad, su pensamiento le parecía correcto. Es más, en silencio lo apoyaba. Sin embargo, costaba procesarlo. Costaba porque su crianza fue absolutamente diferente a la de Kagome. Cuadrada, sin piedad. Con el orgullo en alto.

—Definitivamente ésta época no es para mí.

Kagome sonrió de lado ante ese resignado comentario.

—A veces es necesario dejar el pasado atrás para conseguir la paz. Mientras más nos unamos, más evitaremos las guerras y las muertes. ¿No es eso lo importante? Enfocarse en un futuro mejor.

—¿Dejar el pasado atrás? —repitió, pensativa—. Quizás… en eso tienes razón.

Kagome colgó un brazo en el respaldo de la silla, conteniendo una risita. Hablando de batalla, había ganado la que estaban teniendo. La sacerdotisa se enmudeció, como si estuviera reflexionando palabra por palabra lo que dijo. De algún modo, le enterneció. Era la primera vez que su aprendiz le enseñaba una lección a su mentora.

—Si tanto te molesta, aprieta el botón para cambiar de canal. El próximo suele pasar música tradicional japonesa. Te gustará.

Kikyō la observó unos segundos y cambió de canal. En efecto, una relajante música tradicional comenzó a sonar, adornada de instrumentos como el Shamisen y la clásica flauta Shakuhachi. Sintió un inmediato alivio al escucharlos. No todo estaba perdido. Japón aún mantenía sus costumbres.

—¿Mejor? —preguntó Kagome con una sonrisita simpática, descansando el mentón en la mano. Kikyō asintió sin mirarla, haciéndola reír por lo bajo— ¿Ves que no perdimos nuestras costumbres? Somos uno de los países más tradicionales, a todo esto, así que deja de quejarte.

Kikyō se encogió de hombros. No soportaba haber perdido un debate contra ella. Era su mentora, se suponía que debía tener la razón siempre. Siempre. Pero no, ahí estaba su aprendiz, enseñándole lecciones de vida.

—… Y tú deja de distraerte. Ponte a estudiar.

—Ah… Sí.

Pero si fuiste tú la que sacaste el tema…

Pensó Kagome, regresando la visión a los libros. Suspiró y trató de concentrarse en los números que yacían en el cuaderno.

Números que le tomaron unas horitas más de estudio.

En todo ese tiempo no se volteó a mirar a Kikyō. Temía desconcentrarse si lo hacía, aunque ya se encontraba lo suficientemente desconcentrada al no escuchar sonido alguno, tal como si la Miko se hubiera esfumado. Lo único que se oía era el lápiz contra el papel.

¿Se habrá dormido? No…, no es de las que bajan la guardia.

Pasado un ratito más, Kagome se estiró contra el respaldo de la silla, dando por finalizado el estudio. Se puso de pie, perezosa.

—Ah… —Parpadeó al ver a Kikyō dormida contra la pared. Su rostro caía de lado junto a unos largos mechones—. Sí se durmió. Qué raro…

Kagome comenzó a ponerse su pijama rosa tratando de hacer el menor ruido posible. Cuando terminó de vestirse, apagó la luz y se dirigió hacia la durmiente sacerdotisa. Colocó una rodilla sobre el colchón y con mucho cuidado le sacó el control de la televisión de la mano. Sus ojos se perdieron unos instantes en los suyos. Cerrados, tranquilos.

Dejó el control arriba de la tele y comenzó a reclinarla hacia atrás para acostarla. Kikyō hizo una mueca de molestia, abriendo los párpados.

—Ah, perdón… No quise despertarte —murmuró Kagome, acomodando su cabeza en la almohada—. Vamos, métete adentro.

—¿De dónde? —preguntó con la voz áspera.

—Del acolchado.

Kikyō, extrañamente, se dejó arropar por la más joven. Ésta le sonrió, tapándola hasta el cuello, y se retiró de la cama para ir hasta el armario. Sacó un futon y comenzó a acomodarlo en el piso.

—Yo debería dormir en el suelo. —mencionó Kikyō, incorporándose con los codos.

—Claro que no, eres mi invitada —contestó Kagome, metiéndose adentro del futon—. Además, no creo que tengas otra oportunidad de probar una cama tan milagrosa como la mía. Aprovéchala.

—¿No me vas a invitar de nuevo?

Kagome levantó la vista, boquiabierta. Kikyō la contemplaba desde lo alto con un brillito en los ojos que podía ver gracias a la luz de la luna que entraba por la ventana.

—¿Eh? Si tú quieres…, claro.

—Quiero. —Le sonrió—. Tu familia es extraña, pero muy amable. Como tú.

Kagome desvió la mirada, sonrojándose, y apoyó la espalda en el futon. Últimamente la sacerdotisa no hacía más que ponerla nerviosa, tanto, que no sabía cómo reaccionar. Su mente se enredaba, transformándose en un caos, cuando recibía esos comentarios de su parte.

—Mañana iré a la escuela temprano. Volveré a la tarde. —Se limitó a decir.

Kikyō asintió y también se acomodó en el colchón.

—Buenas noches, Kikyō.

—Buenas noches.

Silencio.

Solo los grillos se escuchaban en las afueras, brindando un ambiente de paz y calma. Sin embargo, esa paz no era suficiente para calmar al corazón de Kagome, quien aún se encontraba en conflicto por las extrañas actitudes de su mentora.

Se puso de costado, tratando de vaciar la mente y dormir. Si no pegaba un ojo en toda la noche, el estudio habría sido en vano.

A dormir.

Cerró los ojos, tratando de invocar a Morfeo.

No supo cuánto tiempo pasó desde que le dio esa orden a su mente. Media hora, quizás una hora. No estaba segura, pues, se encontraba adormecida. Con un lado del cerebro alerta y el otro no. El lado despierto, de pronto, le tiró ciertas alarmas al escuchar unos pequeños quejidos.

¿Qué…?

Kagome se incorporó, refregándose un párpado, y miró al costado. Pestañeó al ver a la sacerdotisa retorciéndose sobre la cama. Estaba pálida, mucho más de lo que solía estar.

—¡Kikyō! —Abandonó el futon de un salto y se subió a la cama— ¿Estás bien?, ¿qué te pasa?

La nombrada abrió los párpados como pudo, aferrándose el pecho.

—N-Nada. Vuelve a tu lugar.

—¿Te duele? —Puso una mano sobre la suya. Se asustó al sentirla más fría que de costumbre—. Kikyō… ¿estás herida?

La sacerdotisa negó con la cabeza.

—E-Estoy bien. Ya pasará.

—¡¿Qué es lo que pasará?! —Kagome se desesperó, agarrando su muñeca— ¡Déjame ver! —Corrió su mano, estampándola contra el colchón. Ensanchó los ojos. Un oscuro brillo se asomaba debajo del traje de la sacerdotisa—. Kikyō, no me digas que… —Sujetó sus hombros y comenzó a bajarle la vestimenta hasta la cintura, revelando sus pálidos pechos. Y una cicatriz. Una larga cicatriz que arrancaba en su hombro derecho y terminaba en el medio de sus pechos. La conocía.

—Esto es…

—Un recuerdo de Naraku —respondió Kikyō en un murmullo casi inaudible. Apenas podía hablar gracias al despertar del miasma, que, inoportuno, decidió palpitar con fuerza en medio de su sueño—. Pero también… de ti. Tú me ayudaste esa vez en el río.

Kagome trazó la cicatriz con los dedos; se estaba descascarando. Su piel se partía. Aquella oscura energía palpitaba en ella, provocando que la herida se extendiera hasta casi llegarle al ombligo.

—Sabía que habías quedado delicada, pero esto… Pensé que te había curado.

La sacerdotisa, respirando fatigada, puso una mano en su hombro.

—Te lo dije. Salvaste lo más importante: mi alma. Mi cuerpo no tiene salvación, no a esta altura.

Kagome se mordió el borde del labio, nerviosa. Una intensa desesperación la estaba invadiendo, la misma que la asaltó al presenciar cómo Naraku estaba a punto de acabar con su mentora.

—¿Qué puedo hacer…? ¡Dime qué puedo hacer para ayudarte!

Kikyō sonrió de soslayo y llevó la mano a su mejilla. Kagome la sujetó al borde de las lágrimas. La desmoronaba verla así. Tan frágil... Tan entregada a la muerte.

—Nada, no te preocupes. Puedo aguantar un poco más, lo suficiente como para terminar de entrenarte.

—¡No me importa el maldito entrenamiento, me importas tú! —exclamó con las lágrimas escapando. Kikyō arqueó las cejas, intentando contener las suyas— ¡Mierda! ¡¿Por qué no me dijiste nada?! ¡Sabías que era peligroso absorber el miasma de mi cuerpo e igual lo hiciste en esas condiciones!

—Si no lo hacía, ibas a morir. No me arrepiento de lo que hice, Kagome.

—Idiota… ¡Volvamos a tu época! ¡Necesitas almas!

—No harán la diferencia, ya no.

Kagome frunció los dedos contra sus brazos, apretando las mandíbulas. La sacerdotisa cada vez se enfriaba más. Su piel le helaba las yemas. No podía permitir que continuara sufriendo, no frente a sus ojos.

—No voy a dejar que mueras. —Se limpió los párpados, borrando las lágrimas, y la observó con convicción—. No es tiempo aún.

Kikyō hizo un gesto de incomodidad al ver cómo Kagome empezaba a desabotonarse la camisa del pijama.

—¿Qué haces…?

—Darte calor.

Kagome se sacó la camisa por los hombros; Kikyō corrió el rostro. Esta vez no llevaba ese extraño sujetador. No llevaba nada.

—No hace falta que… —La voz la abandonó cuando vio de reojo cómo se inclinaba hacia ella. Kagome la abrazó con fuerza, brindándole un calor que no tardó en llegar—. Kagome…

—Esto es lo único que puedo hacer por ti, excepto que me digas la verdad. Sé que puedo ayudarte, dime cómo. —susurró en su oído.

Kikyō se estremeció. Sentía la suave presión de sus pechos contra los suyos, generando que un hervor intenso se instalara en su vientre a pesar de estar sintiendo un terrible dolor.

¿De dónde saca tanta calidez?

Se animó a posar las manos en su espalda. Más calor.

Tanta fuerza… ¿Es por mí? ¿Hasta dónde puede llegar esta chica por alguien como yo? ¿Qué tanto puede sacrificar? Quiero saberlo.

—¿De verdad... estás preocupada por mí?

—¿Es en serio? Pensé haberlo dejado claro hoy. —Kagome descansó la frente en su hombro, reforzando el abrazo. Kikyō se retorció debajo de ella. Apenas podía tolerar la cercanía. Sus pezones se rozaban cruelmente, brindándole una suave caricia que le hacía cosquillas. Cosquillas que le entumecían el cerebro y le aceleraban la respiración—. Por favor, dime cómo puedo ayudarte.

La sacerdotisa, conmocionada por su cuidado y perdida en las sensaciones, descendió las yemas por su espalda y se abrazó a ella.

Quiero… saberlo.

—… Préstame tu energía. —murmuró contra su oído, debilitada. Ya no sabía si por el miasma o por lo que Kagome le provocaba. Se sentía condenadamente frágil, no podía pensar bien.

—¿Mi energía?

—Con eso al menos podré recuperarme un poco. Concéntrate. Libera tu energía espiritual hacia mí.

Kagome asintió contra su hombro, decidida, y cerró los ojos. Empezó a concentrarse y proyectar su energía hacia afuera. Las pupilas de Kikyō brillaron ante el tenue resplandor que comenzaba a emanar de su cuerpo. Uno que, gradualmente, se intensificaba y la envolvía con la misma fuerza que los brazos de Kagome.

—Eso es… —Kikyō le acarició la cabeza mientras con el brazo libre hacia un gancho en su espalda. Bajó los párpados, dejándose drenar por su energía y enfocándose en la suya propia para fundirlas en una sola, fusionándolas.

Su calor… lo siento en mi interior. Me quema.

—Kagome… —La llamó en un suspiro, siendo rodeada por un blanco resplandor—. Se siente bien…

La vitalidad perdida estaba volviendo, y con mucha fuerza. La llenaba de pies a cabeza, le acariciaba la piel por dentro. El poder espiritual de Kagome se encontraba a su máximo nivel, uno nunca mostrado. Corría vigoroso por sus apagadas venas, drenándola.

Cuánta vitalidad… Su poder finalmente ha mostrado su verdadera personalidad. Este es el poder de Kagome. Uno en demasía puro.

Kikyō entreabrió los párpados, atolondrada por el placer que le generaba aquella energía en su interior, y la observó de soslayo. Kagome mantenía los ojos cerrados, concentrada y ¿llorando?

¿Llorando por mí?

Detalló esas pequeñas lágrimas que rodaban por sus mejillas, suspendida.

—Ki… kyō. —Kagome la llamó dentro del lapsus, apretándola contra ella—. No voy a dejar que desaparezcas.

El pecho de la nombrada saltó ante una puntiaguda emoción que lo traspasó de golpe. La emoción de Kagome. El deseo de Kagome. Intenso, desesperado, le hablaba a su fallecido corazón. Le pedía que por favor se quedara a su lado.

Su corazón… puedo sentirlo.

Se tocó el pecho. La cicatriz comenzaba a cerrarse lentamente. No era posible. ¿Kagome la estaba curando por completo? Eso requería un poder espiritual incluso más fuerte que el suyo. Una emoción no contaminada. Solo había una respuesta a tal milagro: Kagome deseaba honestamente salvarla.

Ahí estaba la respuesta que quería. Esa chica estaba dispuesta a arriesgar todo por ella, incluso su vida. Lo sabía, pues, ella se lo había dicho, pero ahora lo estaba comprobando en carne propia.

No hay sentimientos negativos en su corazón…

Al igual que la primera vez que la curó del miasma de Naraku, Kagome debía mantener la mente lúcida. Tenía que querer salvarla con sinceridad, de otro modo, la purificación no funcionaría. En ese momento, Kikyō la puso a prueba sólo porque podía. Quería averiguar qué sentía esa chica por ella. Superó la prueba en aquella ocasión, y ahora estaba más que superándola.

Esta purificación es mucho más avanzada que la de esa vez.

Lo que Kikyō había sentido dentro del río cuando estaba siendo salvada por ella fue respeto, casi admiración y mucha tristeza. Eso le transmitió Kagome. Pero ahora…

Cariño… Sincero cariño hacia mí.

Estrechó los ojos, emocionada, y no pudo contener más las lágrimas. Se abrazó a ella con todo lo que tenía mientras el resplandor aumentaba la intensidad, llenando todo el cuarto con su luz.

—Kagome… —Ocultó el rostro en la curva de su cuello, sollozando y pasando las manos por su espalda, plegando los dedos en ella, sintiéndolos arder contra su piel. Era la primera vez que se quebraba frente a alguien, y, extrañamente, no le avergonzaba hacerlo—. Gracias.

La nombrada comenzó a abrir los párpados, despertando del trance, y pasó la vista a su pecho. La cicatriz estaba desapareciendo, cerrándose sobre su piel.

—Funcionó… —murmuró con fragilidad, incorporándose con las manos. Sus dedos temblaron sobre el acolchado. Apenas podía soportar el peso de su cuerpo. La cantidad de energía que le entregó la había dejado agotada—. Qué alivio…

Kikyō aflojó el agarre en su espalda y la miró con los ojos enrojecidos. Kagome le sonreía dulcemente. Cansada, pero dulce. La luz arrancaba un viaje de regreso directo a su dueña, oscureciendo de nuevo la habitación, dejando solo al resplandor de la luna de protagonista, iluminándola.

—No tenías que usar toda tu energía. —mencionó Kikyō con culpa. Su aprendiz parecía estar a punto de desvanecerse. Sus ojos apenas la enfocaban.

Kagome le sacó la lengua en respuesta y se sentó en su vientre con una arrogante sonrisa. Kikyō trató de no mirar sus desnudos pechos, pero le fue imposible no echar un rápido vistazo. Sus pezones eran rosados, pequeños… Realmente encantadores.

—No me vengas con regaños, lo que importa es que estás bien.

—Más que bien. Creo que… —Kikyō pasó la mano por su pecho. La cicatriz casi ni se sentía. Sólo quedaba una delgada línea de ella—… eliminaste por completo el miasma. Tu poder es increíble, Kagome.

Demasiado, diría yo. ¿Dónde lo tenía escondido? Es como si hubiera estado sellado hasta ahora.

—Lo sé, lo sé —contestó con orgullo, llevando su cabello hacia atrás. Movimiento que le costó horrores. Su mano, así como se alzó, volvió a caer sin peso, aterrizando en el muslo de su mentora—. Aunque me siento un poco…

—¿Vacía? —Kikyō reposó una mano en su mejilla, preocupada—. Te lo dije, me diste demasiado. Tienes que descansar para recuperarte.

—Vacía no, borracha —corrigió, rascándose la cabeza con los párpados decaídos—. Ah… Ahora sí tengo sueño. Y mi cuerpo… Algo anda mal.

Kikyō tragó pesado cuando Kagome apoyó las manos en sus piernas, usándola de sostén, y llevó la espalda hacia atrás para evitar desplomarse. Sus pechos rebotaron frente a sus ojos, quienes no pudieron despegarse de esos rosados pezones aunque trataron.

—Qué raro… No me puedo mover. —balbuceó con el rostro inclinado hacia un lado. Sentía el cuerpo de goma. Y su mente… Su mente no se encontraba exactamente allí. Todo le daba vueltas.

Yo tampoco puedo moverme.

Pensó la Miko al borde del colapso nervioso. Ese tentador panorama le estaba haciendo perder la cabeza. No lo podía creer. Nunca se había sentido tan fuera de sí como en ese instante. Su respiración se agitaba; el pecho le apretaba, ansioso. Su garganta se resecaba, las manos querían moverse solas. Estaba a punto de perder el control.

Kagome se refregó la nuca en un lento movimiento que lo creyó indiscutiblemente sensual y soltó un profundo suspiro que, para sus oídos, sonó en demasía incitante.

Oh.

Kikyō relajó los párpados, hipnotizada. Esa perfecta imagen terminó de despertar un primitivo lado de su persona que estuvo tratando de contener desde que su aprendiz la abrazó. No pudo más contra él.

Su mente se apagó.

—Kagome… —Sin pensar, llevó las manos a su cintura y empezó a subir por su vientre lentamente, sintiendo su calor en las yemas—. Eres hermosa.

La nombrada deslizó unas opacadas pupilas hacia ella y emitió risita que carecía de fuerza.

—Qué dices en un momento así…

—La verdad. —Kikyō continuó subiendo por su abdomen con unos ensimismados ojos y agarró sus pechos con delicadeza. Kagome alzó un poco el rostro—. Cálida…

La joven se ruborizó ante esas manos perversas que le daban escalofríos, pues, eran heladas. Menos que antes, pero heladas al fin. Kikyō, por su parte, se deleitaba con esos erectos pezones que le rozaban las palmas.

—Oye, pervertida… ¿Dónde crees que estás tocando? —preguntó Kagome con la visión desenfocada, sujetando una de sus manos— ¿Vas a aprovecharte de mi estado?

Kikyō, muy lejos de su cordura, levantó los ojos esbozando una sugerente sonrisa.

—Tal vez.

Kagome parpadeó, intentado despertar. Esa bruja era capaz de todo. Tenía que escapar, pero no tenía energía alguna. Estaba a punto de desvanecerse.

—Acabo de salvarte la vida… ¿así me pagas? —le dijo con la voz áspera, desprendiendo esa mano de su pecho. La otra continuaba muy cómoda en su gemelo.

La sacerdotisa la observó desde lo bajo con los ojos oscurecidos y en un impulso se sentó, aferrándose a su espalda con fuerza para que no escapara. Kagome volvió a parpadear con debilidad al chocar con esa mirada tan hambrienta.

—¿No es éste un buen pago? —murmuró Kikyō, inclinándose a su cuello. Entreabrió los labios contra su piel, deleitándose con su aroma y apretándola más contra ella. Su cuerpo dolía de lo entumecido que se encontraba, de los deseos que estaba conteniendo—. Estás a punto de desmayarte, Kagome… ¿Por qué no dejas que te cuide? Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte.

Kagome corrió el rostro, sonrojada, cuando esos intrépidos labios comenzaron a arrastrarse por su piel, provocando que levantara el cuello por las cosquillas ocasionadas. Eso de cuidado no tenía nada. La mano que continuaba presionando uno de sus pechos, menos.

—N-No te muevas así… bruja… —masculló, sintiendo como Kikyō se acoplaba a ella, apegándose a su intimidad de un indebido modo. Kagome se aferró a su espalda, sofocando un jadeo. Esa impactante presión le robó el escaso aliento que le quedaba, pero más lo hizo la respiración entrecortada que le acariciaba la oreja en una gélida brisita—. P-Pervertida. Mañana… te las verás… conmi… —No pudo continuar. Finalmente su cerebro, agotado por el desgaste de energía, se apagó sin avisarle. Rodó los ojos hacia atrás y su espalda perdió sostén.

Kikyō emigró de su cuello y reforzó el agarre en su espalda para que no se desplomara. La arrimó a su pecho desnudo, sonriente.

Kagome, luego de tanta lucha, se desmayó, quedando en manos de la llamada bruja, quien, ahora mismo, no se encontraba en sus cabales.

Kikyō la observó desarmada en sus brazos y deslizó los dedos por sus ondulados mechones.

—No puedes mentirme.

Te sentí. Cuando nuestras energías se fusionaron… sentí tu afecto hacia mí.

Pensó, recostándola en la cama. El rostro de su salvadora cayó de lado sobre la almohada, inerte. Kikyō se puso de costado, mirándola profundamente.

Era grande. Muy grande.

Suavizó la sonrisa y, sin una pizca de remordimiento, sumió el rostro en medio de sus pechos, abrazándose a ella. Apoyó una pierna encima de la suya, apegándola más a su cuerpo.

—No puedes mentirme… —repitió en un murmullo, trazando la curva de su espalda con los dedos hasta llegar al borde del pantalón. Adentró las puntas en él, refregando el rostro contra sus pechos, aspirando su delicioso aroma y sintiendo la suavidad de ellos contra sus mejillas—. Y yo tampoco puedo.

Ya no.

Continuará…


Capítulo ocho entregado. ¡Gracias por leer, gente linda!

davherreras: Heey, ¡gracias por leer! Me alegra que la historia te esté gustando. ¡Mil gracias por los comentarios y te leo en el próximo capítulo! Besos!