Regalo
Qué frío…
Kagome se acurrucó más contra… ¿Qué era eso? Se sentía blando, suave, pero justamente helado. Lo que fuere, tenía brazos. La mano que le acariciaba la espalda en lentos compases debía pertenecer a una persona.
Abrió los ojos y allí quedaron, somnolientos, mientras su cerebro procesaba lo que estaba viendo, y también asfixiando.
¿Pechos?
Pensó, sintiendo como se expandían hacia ella en un tranquilo respirar. Aún entendiendo poco y nada, levantó la mano y presionó uno para confirmar la teoría. Acertó. Tenía la nariz enterrada en unos pálidos pechos que le acobijaban las mejillas; unos más grandes que los suyos.
Huelen bien… A jabón. Mi jabón, y a… ¿Kikyō?
Comenzó a ensanchar los ojos mientras un aroma floral ingresaba a su nariz, haciéndole reaccionar.
La información terminó de descargarse.
¡¿Kikyō?!
Se fue hacia atrás, histérica. Sin embargo, no pudo escapar. Unos largos brazos la arrimaron de nuevo a ese cuerpo tan frío, impidiéndoselo.
—Todavía no… Necesito recargar energía.
Kagome quedó endurecida en el abrazo. Endurecida y con el corazón a mil por hora.
—¿Ki… Kikyō? —inquirió, asomando los ojos por encima de sus pechos. La sacerdotisa bajó los suyos y sonrió tenuemente— ¿Estabas despierta?
—Tú me despertaste tocándome así. —Señaló su delantera con las pupilas—. Veo que no pierdes el tiempo.
Kagome descendió la vista y palideció al ver sus dedos hundidos en esa esponjosa piel. Se aferraba a su pecho como si fuera a caer por soltarlo. Debido al susto... Bueno, lo apretó sin querer.
—¡L-Lo siento! —Sacó la mano como si le quemara. ¿Qué demonios hacían las dos abrazadas desnudas de la cintura para arriba y por qué la Miko no se sorprendía de ello? Ni siquiera parecía molestarle el haberla tocado de ese peculiar modo—. Perdón… No me di cuenta. —insistió ante la firme mirada que no la abandonaba.
¿Cómo diablos llegué aquí?
Respiró hondo, intentando calmarse.
Recordaba haberse quitado la playera para darle calor, ¿pero en qué momento terminó durmiendo en sus brazos? Se estaba desesperando, no lograba recordar. Mientras más trataba, más las imágenes se enredaban.
Kikyō rió en un murmullo al ver sus ojos de piedra.
—Sí que eres escandalosa por las mañanas… Al menos ésta vez no me chupaste el dedo —le dijo, apretándola contra ella por la espalda— ¿Quieres chuparlo? —Acercó el pulgar a su boca con una suspicaz sonrisita—. En agradecimiento por lo de ayer, te dejaré hacerlo.
Kagome arrugó la frente desde su apresada posición. Lo que le faltaba. Además de sentirse una idiota por ser la única nerviosa, su mentora se estaba burlando de ella. Tiempo fuera. Era momento de dar vuelta el partido.
—Con una vez tuve suficiente, gracias. —respondió, corriendo el rostro.
—¿Segura? —Kikyō bajó su labio inferior con el pulgar—. Aún puede ser tuyo…, solo tienes que pedírmelo.
Kagome estaba perdiendo la paciencia gracias a su infantil comportamiento. No entendía de dónde salía ese buen humor. Porque sí, estaba de buen humor. Como nunca antes la había visto.
—Te lo voy a morder si sigues molestando. —Apoyó los dientes en su dedo en una amenaza. Lo único que consiguió fue que Kikyō riera por dentro.
—¿Por qué tan enojada? Soy yo la que debería estarlo. Me despertaste haciendo tanto ruido…
—Oh, lamento eso. No todos los días me despierto en brazos de mi enemiga, ¿sabes? —espetó Kagome, alzando una ceja—. Me tomó por sorpresa.
—¿Oh? —Kikyō arqueó otra, siguiéndole el juego—. Puedo decir lo mismo de ti. No todos los días se me pega una mocosa revoltosa mientras duermo.
—¡Tú eres la que me está abrazando! —exclamó, levantando el rostro.
—Te dije que necesito recargar.
Kagome la insultó por dentro y volvió a apoyar la mejilla en su pecho.
—Pensé que ya estabas bien... —Bufó—. Hazlo de una vez, tengo que levantarme para ir a la escuela.
Kikyō descansó el mentón en su cabeza y se quedó en silencio. Sus ojos, distraídos, se perdieron en el cálido resplandor que entraba por la ventana. El sol pintaba una de las paredes; podía ver las partículas flotar en medio de la luz. Todo lo sentía en paz y armonía. Bautizó ese momento como perfecto. Allí, acurrucada con su salvadora, acobijadas por un ambiente relajante. Solo había un pequeño problema: Kagome no parecía muy cómoda con la situación. Percibía su cuerpo tenso, como si en cualquier instante fuera a escapar.
—¿Tanto te molesta mi cercanía?
Sorpresa. Las sorpresas continuaban asaltando a Kagome aquella mañana. ¿Qué pasaba con esa pregunta tan insegura? Hasta le hizo sentir mal.
—No me molesta, solo… estoy un poco confundida. No recuerdo bien lo que pasó ayer. Te di mi energía y luego… ¿Luego qué? —preguntó, poniendo las manos en su espalda. Kikyō la apretó contra ella al sentirla.
—Te desmayaste, nada de otro mundo.
—¿Me desmayé? —repitió, no muy satisfecha con la respuesta. Ciertas imágenes de la noche anterior flotaban por su cerebro. Imágenes que veía difusas, como si fueran un lejano sueño. Sin embargo, lo poco que veía era suficiente para incomodarla. Si aquello fue un sueño, ¿por qué había soñado algo así?— ¿Me desmayé y ya? ¿Solo eso?
—Solo eso.
Kikyō creyó conveniente omitir ciertos… detalles lujuriosos de su parte. No venía al caso confesar que básicamente enloqueció un poco y que, con mucha fuerza de voluntad, logró contenerse justo a tiempo. Justo antes de traspasar una peligrosa barrera. Era un grato milagro que Kagome no recordara lo sucedido. Bueno…, milagro era una forma de llamarlo. Kikyō había pensado en la posibilidad de una amnesia, y verla hecha realidad era su bálsamo para la ansiedad, pues, costaba mantenerse neutra con esa duda atragantada. Quizás, sin darse cuenta, ese fue el incentivo que generó que las cosas se le fueran de las manos. Inconscientemente sabía que gracias al desmayo no recordaría la verdad, y, ahora consciente, sabía que aún no era tiempo de que la recordara. Kagome no estaba lista, y ella misma tampoco se sentía lista para confesar tal acto de perversión. Solo estaba alargando lo inevitable. Tarde o temprano su aprendiz recordaría, pero mientras tanto…
—Te excediste, me diste demasiada energía. Fue algo bastante irresponsable de tu parte. —agregó con un aire de grandeza.
Kagome se achicó en el lugar con los cachetes colorados. No podía mantener una conversación si seguía abrazada a ella. Esa cercanía le revolvía el estómago, haciéndole cosquillas por dentro. No sabía a dónde mirar, porque a dónde mirara estaban los pechos de Kikyō. No era la primera vez que los veía, pero sí la primera que estaba de cara a ellos. Eran tan blancos como la nieve y sus pezones igual de rosados que los suyos, tal vez más. Una imagen tan encandilante como tormentosa. Al menos agradecía la fría temperatura de su cuerpo, actuaba de sedante para su piel.
—Me excedí, sí. Pero acá estás, pidiéndome energía otra vez. ¿Quién es la irresponsable, eh?
—Solo necesito un poco —respondió Kikyō, sujetando su cabeza por detrás—. No hace falta que te concentres. Puedo sentirla.
—Entonces… ¿qué hago?
—Quédate así un momento. —Kikyō la abrazó con más fuerza, pasando una mano por su espalda y la otra por su cabello—. Solo un momento…
Mentía. La sacerdotisa le estaba mintiendo descaradamente y sin una pizca de culpa por ello. No necesitaba su energía espiritual en absoluto. Ayer Kagome le dio todo lo que tenía, curándola por completo del miasma.
Lo único que quería era sentir un poco más su calor.
Kagome, obediente, permaneció abrazada a ella en silencio. En silencio y esperando. Esperando mucho.
Se extrañó.
Los minutos pasaban y nada ocurría. Ninguna luz milagrosa, ninguna sensación. Ayer por poco y sintió que se le salía el alma del cuerpo y ahora solo sentía la calma respiración de su mentora sobre la cabeza y las caricias que le regalaba en la espalda y cuero cabelludo, el cual rascaba suavemente, induciéndola al sueño.
¿Está tomando mi energía o no? Tengo que levantarme… Llegaré tarde.
—Date prisa, Kikyō. Si mi madre entra y nos ve abrazadas desnudas te aseguro que nos tildará de incestuosas.
La sacerdotisa abrió los ojos sobre su cabello. ¿Incesto? Nunca lo había pensado así.
—¿Es correcto denominar esto como incesto? No compartimos la misma sangre, solo la misma alma.
Kagome lo analizó un momento.
—Si lo pones así… creo que es aún peor. ¿Compartir el alma no es un vínculo más profundo que el de la sangre?
—Mucho más profundo. El más profundo de todos —contestó, pasando los dedos por sus mechones—. Entonces… ¿esto sería más prohibido que el incesto?
—¿Por qué lo dices como si lo estuvieras considerando…? —preguntó Kagome, inquietándose—. No sé si prohibido, pero definitivamente sería extraño.
—… No más extraño que mi pecadora existencia.
Kagome bajó los párpados contra sus pechos, apenada por la tristeza que huyó de su voz. Su mentora se consideraba un pecado que no debía existir. Una marioneta sin vida que volvió del infierno. Odiaba que se viera de esa manera, porque Kagome no la veía así. Pensó en decírselo, pero carecía de sentido. Ya se lo había dicho. No parecía haber manera de cambiar su modo de pensar.
O esa no es la manera correcta...
Agregó en sus pensamientos. Si no podía convencerla, ¿qué tal animarla?
—Entonces…, supongo que podemos considerar esto como necrofilia. —bromeó.
—¿Qué es eso?
Kagome levantó la cara y agrandó los ojos como si quisiera asustarla.
—Atracción hacia los cadáveres...
Kikyō parpadeó, suspendida, y no pudo evitar soltar una risita.
—¿Qué pasa con ese humor tan…?
—Negro. Se le dice humor negro a éste tipo de bromas.
—Ya veo. —Kikyō cerró los ojos, estirando la sonrisa. Le agradaba. Crudo, sin pelos en la lengua ni compasión. Ese humor se acoplaba bien con su sarcástica personalidad—. Me gusta.
Kagome se aplaudió por dentro, satisfecha de haberla animado. Se imaginó que le agradaría. Kikyō, contrario a ella, no era una persona que se sensibilizaba por todo, a veces hasta carecía de tacto. Esas bromas definitivamente le iban bien.
—¿Terminaste?, ¿o debemos seguir este acto necrofílico por más tiempo?
Kikyō rió con los ojos cerrados y, muy a su pesar, comenzó a soltarla. Kagome, por fin libre, se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda. Estiró los brazos, desperezándose.
—Mierda... Tengo poco tiempo. —mencionó, contemplando el reloj de la mesita de luz.
Su mentora también se sentó. Bajó los ojos, estancándolos en el pantalón de Kagome. El borde estaba desarreglado, dejando entrever un poco la línea de su trasero.
¿Eso… fui yo?
Se preguntó, rememorando la noche anterior. Tenía un vago recuerdo de haber tanteado muy inocentemente aquella zona.
Fui yo.
Contuvo una risita. No sentía ni un poco de culpa por lo que había hecho. Nada de vergüenza, nada de remordimiento. Nada. Conocer los sentimientos de Kagome era la razón de su descaro; sentimientos que Kagome misma aún no conocía. Era incorrecto justificarse debido a eso, pero no tenía otra excusa para expiarse. Lo único que le resultaba algo inquietante era su propio reaccionar. No comprendía cómo pudo perder el control. En ese instante su mente se nubló, disipando toda racionalidad posible. Nunca le había sucedido eso, por ende, se asustó. Aunque, al mismo tiempo, debía admitir que se sintió extremadamente bien no pensar por una vez en la vida.
—¿Funcionó? —preguntó Kagome de repente, sonándose el cuello. Lo tenía contracturado por haber dormido toda la noche en la misma posición.
—¿Qué?
Kagome giró la cara hacia ella con las cejas alzadas.
—La energía.
—Oh. —Kikyō desvió la mirada—. Sí.
Algo en esa respuesta no convenció a su aprendiz. Afinó la visión con sospecha y se acercó a su rostro para examinarla. Los ojos de Kikyō se mostraban limpios, brillantes, como los de un bebé. Su mirada desprendía un grado de ingenuidad y… ¿regocijo?
¿Me estoy perdiendo de algo?
—¿Qué pasa con esos ojos? —Clavó un dedo en su frente—. Pareces un cachorrito.
Kikyō entornó los párpados y dejó caer los hombros con una tenue sonrisa.
—Tu energía es muy cálida, no puedo evitar sentir placer.
—¿Pla… Placer?
—Sí, placer. —Levantó los ojos y la observó con profundidad. Kagome apartó la vista ante esa penetrante mirada. Había algo diferente en ella, además de sus ojos. Lucía demasiado entregada a su persona, hasta emanaba un aura de inocencia. Si lo pensaba bien, tenía cierta coherencia su actitud. Kagome también se sentía distinta, todo gracias al mágico momento que compartieron la noche pasada. Un momento que las unió más y reforzó el vínculo que tenían, desintegrando las pocas barreras que quedaban entre ellas. Kikyō se había quebrado, mostrándole sus lágrimas por primera vez, y Kagome le había demostrado todo lo que la apreciaba al curarla sin tener un solo sentimiento negativo. Todo pintaba bien, excepto por una cosa: aún tenía la teoría de que se le estaba escapando algo de esa noche.
Una teoría que comenzaba a incomodarla.
—Me voy a vestir.
Decidió no indagar más en ello; una sabia vocecita le advertía que no se encontraba preparada para recordar.
Kikyō la miraba desde lo alto, curiosa, mientras Kagome enrollaba el futon que al final ni fue necesitado. Lo guardó en el armario y se dedicó a vestirse.
—Hoy tengo el examen. Apenas termine volveré a casa y nos iremos. —mencionó, colocándose el sujetador por la espalda. Sus ojos se perdieron en la ventana mientras se acomodaba bien los pechos dentro de las copas. Estaba abierta. La cortina ondeaba de adentro hacia afuera debido al vientito fresco de la mañana.
Con razón tuve tanto frío… No recuerdo haberla dejado abierta.
Kikyō se levantó también, subiéndose la ropa por los hombros.
—¿Cuánto dura el examen?
—Unas dos horas, supongo. —respondió Kagome, poniéndose la camisa del uniforme.
—Hm… ¿Te sientes lista?
—Nunca me siento lista. —Suspiró con una sonrisa resignada—. Pero daré mi mejor esfuerzo. Es lo único que puedo hacer. —agregó, bajándose el pantalón para colocarse la falda. Kikyō observó con atención cómo la subía por sus piernas y dio un paso adelante. Kagome tiritó cuando de pronto un gélido tacto le rozó la piel.
—Lo harás bien —musitó Kikyō en su oído, acomodándole la camisa del uniforme por la espalda—. Ten fe… ¿No me dijiste eso antes? Cree en tus palabras.
Kagome sintió ese toque como el más dulce jamás sentido. Sus manos le rozaban la espalda con suavidad, con un cuidado infinito, tal como si fuera un tesoro.
—… Lo haré.
La sacerdotisa sonrió y enterró la nariz en su cabello, rodeando su cintura con la mano. Respiró su aroma, encontrándose con el suyo propio. Sus esencias se habían mezclado al haber dormido abrazadas.
—Gracias de nuevo, Kagome. Me salvaste anoche.
La nombrada miró aquella mano en su vientre, confundida.
Qué rara está hoy…
—No es común en ti agradecer, Kikyō —contestó, sonrojándose. Su comportamiento no hacía más que extrañarla, sin embargo, no podía negar que también le parecía algo lindo—. Hoy… tu voz suena mucho más suave. ¿De verdad no pasó nada más ayer? Luces diferente.
—Diferente… ¿cómo?
—Solo… —Kagome comenzó a voltear el rostro, topándose con unos expectantes ojos. No confiaba en esas vagas imágenes que tenía de antes de desmayarse. Pensó en confesarlas, pero no tenía el valor de describirlas. Lo único que haría sería revelar que tuvo un sueño erótico con ella—… pareces diferente. Más amable.
—¿No fui amable antes?
—No… Es decir, ¡sí! Lo que quiero decir es… Ya sabes, mucho más amable.
Kikyō sonrió con ironía y se fue hacia atrás, apoyándose contra el marco de la ventana.
—¿Te parece amable que me alimente de tu energía? —La señaló— ¿Eres masoquista además de necrofílica?
Kagome le esquivó la mirada, entre avergonzada y molesta con su respuesta. Se arrepintió de haberla llamado amable.
Tal vez lo soy.
—Olvídalo.
El humor negro definitivamente no resultaba con Kagome. Comparada con ella, era en demasía sensible.
Continuó vistiéndose en silencio, confirmando una duda que venía carcomiéndola hacía unos días. Más específicamente, desde que fueron atacadas por Naraku. Su mentora no era la única cuyo comportamiento había cambiado, el suyo también. ¿Y qué si Kikyō era amable o cruda? ¿Por qué tenía que afectarle tanto? Mejor dicho, ¿por qué su maldita persona no paraba de afectarle con cada mínima acción? Conocía esos síntomas, los había sentido más de una vez. Esa preocupación constante, las emociones exageradas, los cambios de humor repentinos… No era ajena a nada de ello. Inuyasha solía ser el dueño de ese embrollado combo sentimental, pero ahora… ¿Qué estaba pasando ahora mismo en su corazón?
Sacudió la cabeza, poniéndose las medias. Tenía un importante examen en camino, esa debía ser su única preocupación.
—Quédate aquí hasta que vuelva —dijo, regresando la vista a Kikyō. La halló observando la ventana con desconfianza. Pasaba un dedo por el borde como si estuviera limpiando el polvo de la madera— ¿Qué pasa?
—… Nada.
Para variar, no se conformó con esa respuesta, pero no tenía tiempo de indagar de más.
—Ni se te ocurra salir, ¿de acuerdo? Y si lo haces, dile a Sota o a mi madre que te acompañe. Será un problema si te pierdes.
Kikyō se volteó para verla. Kagome se colocaba la mochila, lista para retirarse.
—Deberías desayunar. Ayer gastaste mucha energía. —contestó, caminando hacia ella. En un descuido chocó el pie contra el escritorio y un osito de peluche se cayó.
—Ya estoy mejor. Comeré en el camino, sino llegaré tarde. —Kagome se detuvo antes de abrir la puerta. Miró el picaporte, pensativa—. Siento que me olvido algo… ¡Ah! ¡El carnet de estudiante!
Kikyō levantó el oso de color marrón y lo examinó. Parecía viejo, preciado, con una historia detrás; una que quería conocer. Kagome agarró el carnet del escritorio y la observó con curiosidad. Su mentora parecía muy entretenida con ese osito. Se halló enternecida. De pronto se le vino Shippo a la mente. Su hermanito adoptivo siempre se emocionaba con los lápices de colores que le llevaba de su época, al igual que Kikyō se estaba emocionando con ese peluche. Su rostro, como siempre, lucía apacible, pero no podía mentir ese brillito en los ojos. ¿Quizás nunca tuvo un juguete?
Eso… sería muy triste.
Sonrió.
—Si te gusta, puedes quedártelo —le dijo. Kikyō la miró de golpe—. Está un poco viejo, pero es un osito muy querido. Me acompañó toda la vida.
Kikyō lo dejó en el escritorio con un aire de melancolía.
—Si es tan importante para ti, ¿por qué me lo quieres dar?
—Por eso mismo, porque es importante.
La sacerdotisa se volvió a verla con el labio inferior desprendido. Kagome le sonreía con sinceridad, una que le endurecía la garganta. De repente quería llorar. El mismo cariño que la envolvió en cuerpo y alma la noche pasada volvía a sentirse en plenitud tan sólo empujado por el recuerdo de él.
—No puedo aceptarlo.
—¡Vamos! ¡No lo rechaces! Lo harás sentir mal. —Kagome agarró al oso y movió un bracito frente a su rostro— ¡Llévame contigo! —exclamó con una vocecita aguda, tocando su nariz con el brazo. Kikyō declinó los párpados, derritiéndose por dentro.
Dulce… ¿Cómo puedo negarme si eres así?
Muy lentamente agarró al osito y lo arrimó a su pecho. Kagome asintió, satisfecha.
—Ahora que estás en buena compañía me voy más tranquila. —Giró hacia la puerta, regalándole una última sonrisa. Kikyō abrió la boca para hablar y volvió a cerrarla sin saber qué decir. Quería abrazarla. Necesitaba hacerlo con urgencia, no importara de qué forma—. Te veré después.
—Espera.
Kagome detuvo el paso que estaba por dar y permaneció en su lugar mientras Kikyō se acercaba.
—¿Qué pasa? —preguntó, mirando de reojo cómo dejaba al osito en la cama.
—Necesito… una última recarga.
—¿Huh? —Sonrió de soslayo, poniendo una mano en la cadera—. Ya te estás abusando, sacerdotisa. ¿Quieres matarme?
—Tal vez. —Kikyō se paró frente a ella con una pequeña sonrisa que no le brindaba confianza—. Dijiste que querías ayudarme, así que no me contendré. Mientras no tenga a las serpientes voy a alimentarme de ti todo lo que quiera.
Kagome sintió escalofríos ante aquella sentencia. Esa tierna Kikyō que se encandiló con un osito desapareció de súbito, recordándole que en realidad estaba parada frente a una macabra bruja que ahora se alimentaba de su energía.
Bueno… Al menos así las cosas tienen sentido.
Pensó, bufando. Dejó la mochila en el suelo y estiró los brazos, esperando por ese abrazo que le robaba la energía.
—No te pases y hazlo rápido, no puedo perder un solo minuto más.
—¿Rápido? —Lo analizó un momento—. Bien, como quieras.
Kikyō agarró uno de sus brazos y en un lento tirón la jaló hacia ella. Kagome se estrelló contra su pecho. No llegó a levantar el rostro que unos fríos dedos agarrando su mentón lo hicieron por ella.
—¿Kikyō? —la llamó, empezando a inquietarse. La sacerdotisa le sonrió con una dulzura inusual y comenzó a atraerla hacia sí por la barbilla. Kagome se congeló al ver cómo abría la boca.
No pudo reaccionar a tiempo.
Kikyō se inclinó y juntó sus labios en un suave beso. Uno que mantuvo largos instantes donde Kagome ni respiró. Sus labios eran acolchonados y cómodos, pero también fríos. Frialdad que se estaba tornando cálida gracias a su propio calor.
Kikyō, cuyos párpados había cerrado, hizo un gancho en su espalda y la atrajo a su cuerpo, besándola con más fuerza. Kagome ensanchó los ojos, incapaz de reaccionar. Sus manos temblaban sin saber dónde meterse. Sin saber si abrazarla o empujarla.
No hizo falta decidir.
La sacerdotisa, luego de unos segundos, comenzó a despegarse lentamente de su boca, acariciándola con los labios. La presionó una última vez en un corto beso y abrió los ojos, hallando a los de su aprendiz petrificados.
—Con eso será suficiente —murmuró, pasando los dedos detrás de su oreja en una caricia—. Ya te puedes ir.
Kagome frunció los labios, descongelándose, y se tapó la boca roja hasta las orejas.
—¡T-Tú, demonio! ¡Me robaste mi primer beso! —La señaló. Kikyō pestañeó con inocencia.
—¿Oh? ¿Eso hice? Solo estaba tomando tu energía.
—¡¿Por qué no lo hiciste como antes?!
—Me pediste que fuera rápida, éste es el método más rápido que se me ocurrió para adentrarme en ti. —respondió con calma, llevando sus largos mechones hacia atrás.
Kagome plegó los dedos contra su boca, nerviosa a niveles inexplicables, y le dio la espalda.
—¡Bruja!
Los cabellos de la Miko volaron ante el portazo que le dedicó. Kagome desapareció de su vista, dejando en su lugar el ruido de pesadas zancadas bajando por la escalera.
Zancadas que volvieron a subir con la misma rapidez.
Levantó las cejas cuando Kagome abrió la puerta con los cachetes colorados y agarró su mochila del suelo.
—¡Me olvidaba esto! —exclamó con la misma tesitura que cuando la insultó y pegó otro portazo, revoleándole el cabello de nuevo.
Esta vez no regresó.
Kikyō permaneció unos instantes observando la puerta con su mejor cara de póker y se tapó la boca. Empezó a reír contra su palma.
—Su cara… —balbuceó, bajando la risa de a poco—. Sí que es transparente. —Se destapó, revelando una sugerente sonrisa—. Lo único que robé fueron tus labios, tontita.
En efecto, no tomó su energía, solo su boca. Tenía ganas de besarla, así que decidió cumplir ese deseo. De hecho, si mal no recordaba, estuvo a punto de hacerlo ayer, aunque de un modo menos consciente.
Se tocó los labios con unos abstraídos ojos. Los de Kagome resultaron tan suaves y cálidos como pensó.
Y adictivos.
—Su primer beso…
Entusiasmada, así se sentía.
Así que Inuyasha todavía no la besó… No me sorprende, no es de los que toman la iniciativa.
Se sentó en la cama, haciendo saltar al osito de peluche. Pasó la visión a él.
—¿Se habrá enojado? —musitó, agarrándolo. Su mirada se perdió en el oso, sin embargo, su mente continuaba en el beso. Aún sentía los labios calientes, la emoción apretándole el pecho—. Claro que lo hizo. —Suspiró, refregándose la frente—. Esto me está superando.
Alzó la vista, clavándola en el escritorio. Agrandó los ojos. En él yacía una fotografía que ya había visto, pero no examinado. Era la foto donde Kagome, pequeña, se hallaba con un hombre que intuyó que era su padre.
Se levantó, casi hipnotizada por ella, y la agarró. Kagome tenía un oso de peluche en la mano. El mismo oso que le regaló pero mucho más joven. Uno que, posiblemente, le dio su padre.
—No… —Kikyō se fue hacia atrás, cayendo sentada en la cama, y allí quedó, con los ojos enrojeciendo y el osito temblando en la mano— ¿Por qué eres tan…?
Una mezcla de felicidad y tristeza naufragaba por su pecho, cerrándolo, oprimiéndolo tanto que dolía. Felicidad porque Kagome le regaló algo tan preciado y tristeza por no creer merecerlo.
Se tapó la cara, apretando las mandíbulas.
Esto… de verdad me está superando.
Continuará…
Capítulo nueve entregado. ¡Gracias por leer!
Binnie: ¡Buenas! ¡Gracias por leer! Me alegra que la historia te esté gustando. La verdad que sí es algo bastante nuevito este ship, no hay mucho contenido del Kagkik, lo cual es un insuuulto D; El vínculo que tienen se puede super exprimir para hacer contenido, además de que es re profundo. Espero que más gente lo note como vos jajaj ¡Te leo en el próximo, beso!
7D9: ¡Gracias por seguir por acá! Me alegra que te sientas identificadx con la historia, siempre trato de escribir situaciones naturales (obviando el viaje en el tiempo jaja) porque eso hace que se sumerjan más en la historia, y personalmente así me gusta más. ¡Te leo en el próximo, beso!
davherreras: ¡Gracias por seguir leyendo! Espero que la historia te siga gustando. Para mí también Kagome queda mucho mejor con Kikyo que con Inuyasha jajaja ¡Nos leemos en el próximo, ¡beso!
Chat'de'Lune: Heey, estimada. ¡Gracias por seguir por acá! Y gracias por las correcciones, no soy nada sin ellas. Me alegra que la historia te siga gustando (y el pulpo Kikyo más jajaj) Te leo prontiito. ¡Besos y namasteee!
