Regreso

Mi primer beso… ¡Mi querido primer beso fue robado por una bruja!

Kagome se arrancaba los pelos mientras volvía de la escuela. El examen… Ja, si aprobaba sería un milagro. Estuvo completamente desconcentrada gracias a su mentora. Cada vez que estaba a punto de escribir la respuesta correcta, recuerdos del beso que le regaló aparecían en su mente, desintegrándola en mil pedacitos.

Sus labios eran… tan suaves.

Chocó las mandíbulas, odiándose por pensar así.

¡Maldición! ¡Cómo se atrevió!

No se justificaba. En absoluto se justificaba tal indiscreción aunque el motivo de ésta fuera robarle la energía espiritual para sobrevivir. Cosa que, a todo esto, empezaba a sospechar que era una vil mentira que utilizó para molestarla. Kikyō no pidió permiso, no avisó, no dijo nada. Solo actuó sin importarle sus sentimientos, los cuales dejó descarrilados.

¡Esa bruja es una…!

—¡Kagome, espera!

La nombrada giró el rostro con los ojos en llamas, sin embargo, al ver a su amigo, Hōjō, relajó los párpados.

—Oh. Eres tú, Hōjō.

El muchacho paró la corrida de a poco, alcanzándola.

—Caminas muy rápido, Kagome. Veo que tu salud mejoró —le dijo, recuperando el aire con una sonrisa— ¿Cómo te fue en el examen?

Los ojos de su amiga lagrimearon.

—¡Mal! —Se tapó la cara y la sacudió de un lado a otro— ¡Mierda, es mi fin! ¡Todo terminó! ¡Mi futuro se arruinó!

—Oye… No te pongas así. —Hōjō le acarició la espalda—. Eso todavía no lo sabes, nos darán la calificación en unos días. Ten un poco de confianza.

Kagome comenzó a destaparse, aspirando el llanto por la nariz. Hōjō era tan amable como siempre. Amable de verdad, no como cierta sacerdotisa que conocía.

—Vamos, no pudo salir tan mal. —La incitó a caminar—. Te acompaño a tu casa.

Kagome le sonrió con agradecimiento.

—Gracias, Hōjō. Siempre puedo contar contigo.

—¡Cuando quieras! —Se rascó la cabeza, avergonzado— ¡Ah, casi lo olvidaba! Te traje algo.

Mientras Kagome agarraba con una ridícula sonrisa la berenjena que le daba su amigo, Kikyō -la culpable de su desgracia- paseaba por el patio del hogar de los Higurashi. No había hecho más que vagabundear por la casa en la ausencia de su aprendiz. Aburrida de la espera, no escatimó en revisar toda la habitación de Kagome. Desde cajones que claramente no debía abrir, pues, en algunos había ropa interior, hasta armarios y álbumes de fotografías. No encontró nada sorprendente, así que decidió salir al patio. Le daba curiosidad el exterior, pero cruzar la entrada parecía peligroso. Esos altos "edificios" que se veían a lo lejos, le causaban impresión, y eso que había visto incontables monstruos gigantescos en su vida. No obstante, por alguna razón esa arquitectura le impactaba. Todo era en demasía nuevo y abrumador.

Sus pasos, lentos, la llevaron al árbol sagrado. Lo contempló con melancolía. Recuerdos… amargos. Ese árbol sólo la guiaba a un único momento, a una sola persona.

—No puede ser una coincidencia que se encuentre aquí —murmuró, pasando la mano por el tronco, allí donde selló a Inuyasha en su época—. Así que éste árbol es quién conecta ambas épocas… Qué misterio.

Cerró los ojos, intentando no hundirse en esos malditos recuerdos que le hacían un nudo en la garganta. Se sorprendió; no le fue tan difícil disiparlos. Antes era en lo único que pensaba, pero ahora…

—Um... Señorita Kikyō.

La nombrada volteó el rostro, encontrándose con el hermano de Kagome. El pequeño Sota la miraba con vergüenza a unos necesarios metros de ella. Estaba tan concentrada en sus recuerdos que ni lo escuchó venir.

—¿Me pasaría la pelota, por favor? —Señaló sus pies. Kikyō bajó la vista; había un balón a su lado.

—Claro. —Le sonrió, agachándose. Agarró la pelota y se la lanzó con cuidado. Sota la atajó en sus manos y dibujó una tímida sonrisita. Esa mujer le parecía un poco intimidante ya que siempre tenía una seria expresión. Lo ponía nervioso. El extraño momento que presenció entre ella y su hermana mayor no ayudaba a tranquilizarlo. Sin embargo, al ver su sonrisa cambió de opinión. No parecía tan mala al final.

—Um... —Se acercó unos pasos, cauteloso y con las mejillas coloradas— ¿Quiere jugar?

Kikyō suavizó la sonrisa y asintió. Además de Kagome, con los únicos que podía ser ella misma era con los niños. Ellos no la juzgaban como los crueles adultos, quienes ponían demasiadas expectativas en sus hombros. En el pasado incluso llegó a repudiar a esas molestas personas que lo único que hacían era crear una falsa imagen de ella.

—¿Qué tengo que hacer? —le preguntó con dulzura, acariciándole la cabeza. Sota le mostró los dientes, travieso, y se alejó en una corrida.

—¡Quédese ahí! Le pasaré la pelota.

—De acuerdo.

Sota se posicionó y, por las dudas, pateó la pelota despacio. La sacerdotisa, entendiendo el juego, la atajó con el pie y se la devolvió. Nunca había jugado a eso con los niños de su época. Existían los balones hechos de otro material más natural, pero los usaban con las manos, no con los pies.

—¡Lo hace muy bien, señorita Kikyō! —exclamó Sota, pasándosela. Su compañera de juego se enterneció. Ese niño era tan amable como su hermana. De hecho, era mucho más educado que Kagome.

—Y tú eres un experto, pequeñín. —La pateó— ¿Juegas a esto seguido con tus amigos?

Sota asintió, enérgico, y frenó la pelota con el borde del pie. La levantó con el empeine, parándola con el pecho.

—¡Y con mi hermana también! Aunque ahora... —Sus comisuras decayeron—... ella está muy ocupada. Hace mucho que no jugamos juntos.

Kikyō no tardó en afligirse. Kagome estaba repitiendo el mismo error que ella misma cometió: no darle atención a su familia. Sus razones eran diferentes, pues, al ser la guardiana de la perla de Shikon no tenía tiempo ni para respirar. En esa época, sabía que Kaede la extrañaba cuando se la pasaba derrotando monstruos que deseaban apoderarse de la perla, pero nada podía hacer por ella más que protegerla. Empeorando la culpa que sentía, cuando volvió a la vida menos atención le dio. Hasta podría decirse que la trató mal. Le debía una charla, una larga charla.

Kaede...

—Tu hermana tiene una misión importante, es por eso que no puede jugar contigo. Pero te aseguro que no ha dejado de quererte.

—¡Ah, lo sé! ¡No quise decir eso! —Sota sacudió la mano, apresurado—. Sé que mi hermana tiene sus problemas y lo entiendo.

Kikyō se sorprendió. Ese niño, que al principio le pareció medio bochornoso, era muy maduro para su edad. Sonrió. Kagome definitivamente se había criado en una buena familia. Extraña y ruidosa, pero buena al fin.

—A mí también me gustaría acompañarla a la época del amigo con orejas de perro, pero ella nunca me deja... Dice que es peligroso. —agregó, lanzándole la pelota. Kikyō se la devolvió.

—Y lo es. Solo quiere protegerte, pequeño. Cuando seas más grande podrás ir.

Sota sonrió de oreja a oreja y asintió.

—¡Iré a visitarla cuando vaya, señorita Kikyō! —exclamó, haciendo jueguitos con la pelota. La sacerdotisa borró la sonrisa de a poco.

No estaré viva para esa altura...

—Claro. Trae tu pelota y jugaremos.

Sota se entusiasmó por la propuesta y empezó a acercarse pasando la pelota de un pie a otro.

—¡Quítemela si puede! —exclamó, ya más confianzudo. Kikyō arqueó una ceja, picarona, y se acercó dispuesta a robársela. No obstante, se detuvo al escuchar una conocida voz a sus espaldas.

—Gracias por acompañarme, Hōjō.

Miró hacia atrás, hallando en la entrada de la casa a Kagome y… ¿Quién era ese muchacho que colocaba con tanto descaro una mano en su hombro?

—¿Necesitas algún apunte? El próximo examen será dentro de una semana, puedo ayudarte a estudiar si quieres.

—¿En serio? —Kagome atrapó sus manos con los ojos brillantes— ¡Eso sería genial! ¡Gracias, Hōjō! —Lo abrazó llevada por la emoción, dejándolo entumecido.

La sacerdotisa estrechó los ojos con frialdad. De pronto se sintió una idiota por haber esperado su regreso con ansias. Kagome, por lo que veía, estaba muy ocupada. Lo suficiente como para ni notarla.

¿Quién es él?

Ese panorama comenzaba a removerla por dentro, haciéndole confirmar una teoría que venía sospechando: Kagome era cariñosa con todos, no solo con ella. En resumen, no era especial. Y hablando de especial, con ese chico parecía tener una entrañable confianza. ¿Por qué? ¿Acaso no se daba cuenta de la torpe actitud de él? Claramente estaba detrás de ella. ¿Kagome lo sabía o solo era una ingenua?

¿O le gusta?

Volvió el rostro adelante, tratando de enfocarse en el niño que se acercaba en un zig zag junto al balón.

No es mi problema si lo hace.

Pisó la pelota con fuerza cuando Sota trató de pasarla. Demasiada fuerza. Tanta, que el pequeño se detuvo en seco. Miró la pelota, temiendo que la pinchara de lo fuerte que la presionaba contra el suelo.

—¿Señorita Kikyō? —inquirió, levantando la vista. Se paralizó ante los lúgubres ojos que ahora poseía su compañera de juego— ¿Sucede algo?

La sacerdotisa ni lo miró. Sus pupilas continuaban clavadas al costado, detallando de reojo cómo Kagome reía con aquel joven, a quién no quería soltar. Cerró los puños debajo de las mangas. Una pesada energía comenzaba a trepar por sus piernas. Una que costaba sosegar.

—Métete en la casa. —le dijo sin mirarlo.

—¿Eh?

Kikyō devolvió los ojos a Sota y los ensanchó de un modo que le impactó.

—Vete.

El pequeño dio unos precavidos pasos atrás y asintió, arrancando la retirada con los hombros pegados al cuello. Esa mujer le dio miedo de nuevo. Ni siquiera se atrevió a pedirle la pelota, temía ser asesinado si lo hacía. Su voz ya no sonaba amigable, sino grave, rencorosa.

—Si quieres, la próxima semana puedo venir a tu casa para que estudiemos. —le dijo Hōjō a Kagome. Ésta última negó con la cabeza.

—Mejor voy a la tuya, acá seguro nos van a interrumpir.

—¿A... A la mía? —Hōjō se ruborizó—. Claro. Serás mi invitada de honor.

Kikyō respiró hondo, luchando contra el fuerte impulso que sentía. Uno que le gritaba separarlos a toda costa. Rezó, realmente rezó para que algún milagroso Dios hiciera magia y le devolviera la calma, pero ninguno le contestó. Los rezos fueron en vano. Kagome terminó de empeorar la situación.

—En tu casa seguro tendremos más privacidad.

¿Privacidad? Mocosa... ¿Qué quieres hacer con él?

Kikyō se dio la vuelta, furiosa, y antes de darse cuenta ya estaba despegando los pies del suelo, abandonando la escasa paciencia que le restaba. Kagome, aún entre los brazos de Hōjō, captó de soslayo cómo su mentora se dirigía hacia ellos con la frente arrugada. Se infartó. Nadie debía ver a Kikyō, y su amigo la estaba viendo muy atentamente.

¡¿Por qué viene hacia acá?!

Pensó, mientras la mandíbula de Hōjō se desencajaba.

—Kagome, esa chica…

Kikyō frenó la marcha frente a ellos. Deslizó las pupilas hacia el chico, quién se congeló como si le hubiera arrojado un hechizo, y agarró la camisa de su aprendiz por detrás.

—¡Hey! —exclamó Kagome cuando la jaló hacia sí cual cachorro, despegándola de su amigo— ¡¿Qué haces?!

La sacerdotisa la observó con indiferencia y regresó la atención al joven. Lo examinó de pies a cabeza con desprecio, casi con asco. Por otro lado, Hōjō la analizaba sorprendido.

—Kagome, ¿es tu hermana? Es muy parecida a ti. —mencionó, sintiéndose algo intimidado por esos penetrantes ojos que no le quitaban la vista de encima.

—¡Lejana! ¡Es una prima lejana! —contestó Kagome con la lengua resbaladiza.

—Parece muy cercana… Son casi iguales.

—No somos iguales —espetó Kikyō, para luego mirar a Kagome—. Vamos. —Agarró su brazo y comenzó a llevársela a las arrastras. La berenjena se perdió en el camino.

—¡Espera! ¡¿Qué te pasa?! —Se quejó la apresada, pataleando— ¡Ah! ¡Hōjō, gracias por acompañarme! —le gritó. El muchacho levantó la mano, extrañado por la situación.

Kagome se moría de vergüenza por la escenita que tuvo que presenciar su amigo. Escena que la sacerdotisa continuaba alargando, arrastrándola en contra de su voluntad. Sus pies se tropezaban en el camino de lo rápido que la alejaba de la entrada.

—¿Puedes soltarme de una vez? —Se desenganchó del agarre, enojada. Kikyō detuvo los pasos— ¿Qué te sucede? ¡Estaba hablando con él!

—No parecían estar solo hablando.

—¿Huh? ¿Qué estás insinuando?

—Que eres una ingenua. —Kikyō se volteó hacia ella con una irritada mueca—. Ese chico no quiere solo hablar contigo.

—¿Piensas que no lo sé? ¡No soy tan estúpida como crees, Kikyō!

La nombrada desvió la mirada, plantándola en el árbol sagrado. Aquella discusión, irónicamente, las dejó asentadas allí. En ese lugar tan especial.

—Entonces… ¿lo estás permitiendo? Que se acerque a ti.

Kagome arqueó una ceja, confundida por su infantil comportamiento. Parecía estar hablando con Inuyasha. Ese berrinche se asemejaba a los que el Hanyō hacía cuando la veía con Koga. La única diferencia era que su mentora mantenía la calma al reprocharle. No subía la voz, no perdía la compostura. Sin embargo, el arte de la mentira tenía un límite. Kagome, al escucharla, lograba atajar ciertos sonidos que vibraban fuera de su frecuencia normal. Unos irritados que se intercalaban entre las notas comunes. Kikyō podía fingir el color de la voz, pero no podía controlar la armonía de ésta en su totalidad. Después de todo, era humana, y el enojo por algún lado debía salir. Hecho que, para sorpresa de ambas, estaba ocurriendo en ese preciso instante.

—¿Permitir? ¿Qué estás diciendo? —Kagome le agarró el brazo—. No entiendo porqué te comportas así.

—... Sabes que no tenemos tiempo. Dijiste que volverías directo a tu casa al terminar el examen —respondió Kikyō con los ojos clavados en el suelo. Era incapaz de levantarlos; apenas chocara con los de Kagome se hundiría en un mar de vergüenza. No entendía cómo era posible decir tantas estupideces una detrás de la otra sin siquiera poder meter un pequeño filtro entre ellas. Se desconocía. Quería coserse la boca con tal de cerrarla—. Sin embargo, ahí estás, divirtiéndote con ese chico. Eres una mocosa irresponsable.

Y eso fue todo.

Kagome respiró con fuerza, tratando de reprimir la furia que venía conteniendo desde la mañana, y le soltó el brazo con brusquedad.

—¡No soy ninguna irresponsable! ¡Sólo me acompañó a casa, idiota! —exclamó, buscando sus ojos. La Miko hacía lo imposible para evitarlos— ¡Además, eres libre de volver a tu época cuando quieras! ¡Te dije que no hacía falta que me esperes!

—…

Su silencio lo único que hacía era agravar el ambiente. Y afligirla. Detrás del enojo una punzante tristeza le apuñalaba el pecho debido a ese maltrato sin sentido.

—¡Por qué estás tan enojada! ¡Dios…! —Kagome se refregó la cabeza, bufando, y le dio la espalda—. Haz lo que quieras.

Desprendió los pies del piso, dispuesta a retirarse. Hablar así no llevaría a nada, excepto a que terminara llorando de la bronca. La sacerdotisa se animó a levantar la cabeza y observó su espalda con las palpitaciones aumentando de golpe. Y el terror también. ¿Se había pasado? Rebobinó rápidamente sus acciones y palabras, avergonzándose en el camino. No había ni una sola para enorgullecerse.

Se había pasado.

Atajó el brazo de Kagome en un impulso, frenándola en seco.

—Suéltame.

—…

—¿No era que estabas apurada? Voy a prepararme para irnos. Verás que no soy ninguna mocosa irresponsable.

Kikyō arqueó las cejas de un arrepentido modo, reforzando el agarre en su brazo.

¿Qué estoy haciendo tratándola así? Lo único que hago es alejarla. Maldición... ¡Maldición!

Llevada por la desesperación de perderla, la jaló hacia sí. Su aprendiz no llegó a quejarse que ya estaba siendo rodeada por un fuerte abrazo.

—No te vayas. —le susurró Kikyō al oído, caminando hacia ella. Kagome, aturdida, se fue hacia atrás con torpeza, estampándose contra el árbol sagrado.

—¡H-Hey, suéltame! —exclamó, sintiendo cómo la aprisionaba al tronco con el cuerpo. Kikyō, haciendo caso omiso, cruzó los brazos detrás de su espalda y sumió la nariz en su cuello. Kagome le agarró los hombros, intentando apartarla— ¡Kikyō, en serio! ¡Déjame!

—No.

Kagome pestañeó, sonrojándose, y miró de soslayo esos castaños ojos que parecían estar en conflicto. Perdía fuerza. Ese abrazo la estaba debilitando demasiado rápido para su gusto.

¿Por qué luce tan triste?

Se preguntó, implorando que no se le doblaran las rodillas. Su mente, cargada por la rabia, se dispersaba gracias a ese frío aliento que le acariciaba la piel como una suave brisa. Kikyō parecía una niña escondida en su cuello. No quería salir de allí.

Ah... No es justo que seas tan tierna.

Kagome bajó los párpados, regocijada de que la necesitara tanto. Un simple abrazo la estaba destruyendo.

—Kikyō... —la llamó en un murmullo, subiendo las manos por su espalda con lentitud. Comenzó a acariciarle la cabeza— ¿Qué te pasa?

La sacerdotisa reforzó el aprecio, dejándose mimar. Esa caricia era la más dulce que había probado en su corta vida.

—Tú dímelo... Estás haciendo estragos en mi cabeza, Kagome. —musitó en su oído, estremeciéndola.

—Y tú en la mía… ¿Qué te pasó ahí? ¿Acaso estabas…? —Dudó. Acusarla de lo que venía sospechando era fantasear demasiado.

—¿Celosa? Sí, lo estaba.

Kagome ensanchó los ojos contra su hombro y giró el rostro para verla.

—¿Por qué…?

Kikyō hizo un silencio, pensativa, y la encaró de frente.

—No me gusta que un desconocido manosee a mi reencarnación —contestó, juntando sus narices— ¿Está mal?

Kagome tragó pesado y solo pudo negar con la cabeza. Era la primera vez que esa mujer hacía uso del fuerte vínculo que las unía, aunque la razón de ello dejaba mucho que desear.

—Hōjō… es un amigo, no me interesa en otro sentido.

¿Huh? ¿Por qué se lo aclaré? Algo no anda bien…

Kikyō sonrió con un dejo de agradecimiento y levantó el rostro hacia el árbol sagrado. Los rayos del sol se asomaban entre las hojas, acariciándole las mejillas.

—Este árbol… desde que volví al mundo de los vivos me ha traído malos recuerdos, pero ahora cobró otro significado. Ya no es sólo un mal recuerdo.

—¿Y qué es? —preguntó Kagome, perdida en sus ojos. Habían vuelto a la normalidad. Blandos, compasivos y con un aire de melancolía.

La sacerdotisa regresó lentamente la visión a ella y descansó una mano en su mejilla.

—La conexión contigo —contestó, haciéndole esbozar una tímida sonrisita—. Un lugar especial.

—Kikyō… —Kagome, dejándose llevar por el entrañable momento, colgó los brazos en sus hombros y los entrelazó detrás de su cuello. Kikyō la apresó más por la espalda, sintiendo su cálido aliento en los labios—. Eres tan bipolar… Me estás volviendo loca.

Kikyō rió por lo bajo y se inclinó a su oreja.

—Esa es mi línea —susurró, brindándole escalofríos—. Me vuelves loca, Kagome...

La nombrada se tensó de pies a cabeza. Esa frase daba a la malinterpretación, y que la Miko le ronroneara al oído y acariciara suavemente la parte baja de su espalda no ayudaba. De pronto la ternura se perdió.

—N-No me toques así.

—¿Por qué no? —Kikyō volvió a su acalorado rostro y se inclinó más, quedando cerca de sus labios. Kagome miró los suyos con ansiedad— ¿Te molesta? Si lo hace, dejaré de hacerlo.

—No es molestia exactamente lo que siento...

—¿Oh? ¿Y qué es? —preguntó, enredando los dedos en su cabello en una suave caricia—. Será que... ¿te gusta que te toque?

Kagome corrió la cara con unas molestas cosquillas empezando a pincharle el estómago. No podía admitir esa verdad, porque eso era, la verdad. Le gustaba que la tocara. ¿Pero cómo no hacerlo? Sus caricias eran suaves pero a la vez intensas. Aplicaba la presión justa en los lugares que tocaba, como si supiera cómo provocar a cada parte de su cuerpo. Se llegó a preguntar si Kikyō tenía cierta… experiencia en el tema o simplemente se tomaba su tiempo para pensar en cómo complacerla.

Esa última opción le puso los pelos de punta.

Por más gratificantes que fueran esas caricias, le daban miedo. Miedo por lo que despertaban en su interior, miedo porque si Kikyō continuaba... quizás le haría afrontar una nueva realidad para la que no se encontraba preparada.

Su mentora detalló en silencio esos inseguros ojos que no sabían a dónde mirar y sujetó su barbilla. La giró hacia ella, obligándola a verla.

—¿No hay respuesta?

Su aprendiz bajó las pupilas al borde de entrar en crisis. No podía aguantar más los nervios. La respiración comenzaba a traicionarla. Se sentía acorralada, asfixiada. A punto de ser descubierta. ¿Pero descubrir qué?, ¿lo que creía que estaba sucediendo? ¿Y qué creía que estaba sucediendo, exactamente?

Esta situación es algo... romántica. Y no es la primera que paso con ella.

Tragó saliva de sólo pensarlo.

Si era eso… Si la situación que las rodeaba era lo que sospechaba, ni de cerca se sentía lista para manejarla, no estando tan confundida.

—¿Kagome? —Kikyō le acarició la mejilla ante la falta de respuesta. Ardía. Ambos cachetes ardían. Kagome estaba en su límite— ¿Qué pasa?

—Yo... Um... ¡Tiempo fuera! —La empujó con los ojos cerrados y se volteó, quedando frente al árbol con el cuerpo rígido y las emociones revolucionadas. Se tocó el pecho. Su corazón latía con intensidad, tanta, que hasta dolía.

Kikyō parpadeó curiosa debido a esa huida y sujetó sus caderas. Kagome pegó un gritito cuando la impulsó hacia atrás, apegándola a su entrepierna.

—¡¿Qué haces, pervertida?! —exclamó, poniendo una mano en su pecho para alejarla.

—Te agarro para que no escapes —se limitó a contestar con una inocente carita, inclinándose hacia adelante. Kagome, empujada por el movimiento, terminó abrazada al tronco como si su vida dependiera de ello. Ese no era un simple agarre. Kikyō la estaba apoyando de un modo absolutamente inadecuado—. Aún no me has respondido.

—¿Y crees que agarrándome así conseguirás que lo haga...? —balbuceó, frunciendo los dedos contra el tronco— ¿No te quedaste conforme con haberme robado mi primer beso, bruja? ¿Ahora quieres robarme la dignidad o qué?

La llamada bruja sonrió contra su mejilla y cruzó los brazos por encima de su vientre. Kagome se mordió el borde del labio, rogando que esa cercanía dejara de causarle intensas sensaciones que la asaltaron tan rápido que apenas podía procesarlas, más sí apreciarlas. Sentía los pechos de Kikyō aplastados contra la espalda, su pelvis apegada al trasero... Todo la estaba superando.

—¿Dignidad?, ¿qué estás diciendo? —inquirió la Miko en su oído—. Eres una exagerada. Parecías a punto de salir corriendo, por eso te agarré.

—¡N-No iba a salir corriendo! Aunque ahora lo estoy pensando seriamente...

La sacerdotisa rió en un murmullo, tentada por su comportamiento. No iba a hacerle absolutamente nada en contra de su voluntad. Aunque no le creyera, de verdad su única intención era impedir la huida. Si Kagome estacionó el trasero en su entrepierna, fue un completo accidente. No se hacía cargo. Sin embargo, su aprendiz reaccionaba como si fuera capaz de llegar al abuso. Le resultaba cómico hasta cierto punto, pues, por otro lado no estaba nada complacida con la imagen que tenía de su persona. Imagen que tal vez forjó en el inconsciente gracias a que la noche pasada perdió un poco el control; única vez en la que, debía admitir, fue en contra de su voluntad. Si se guiaba por ese momento que Kagome seguramente aún sólo recordaba en sueños, no podía quejarse de la impresión que dejó en ella, más sí ¿aprovecharla? Quizás por esta vez, y sólo esta vez, se permitiría usarla a su favor para conseguir al menos una pizca de la verdad.

—Entonces..., si tanto te afecta, no voy a soltarte hasta que me contestes. —advirtió Kikyō, poniendo una mano sobre la suya, la cual se aferraba al tronco desesperada. Entrelazó sus dedos mientras con la otra reforzaba el agarre en su vientre.

Kagome apretó los labios, tiritando en el medio, y entonces la sacerdotisa supo que había ganado. Y en tiempo récord.

—¡De acuerdo, de acuerdo! —exclamó, revolviéndose entre sus brazos— ¡Hablaré, pero suéltame!

Kikyō, satisfecha de haber cumplido la meta, se enderezó mientras su aprendiz, por fin libre, se daba la vuelta con una expresión de alivio. Siguió con las pupilas cómo se resbalaba por el tronco hasta caer sentada en el suelo, donde dejó escapar un suspiro.

—Qué pesada eres cuando quieres... —masculló Kagome, refregándose la frente en un vago intento de tapar el sonrojo. Se sentía una idiota por haber caído en su trampa. Kikyō claramente la había acorralado para que hablara, como muchas otras veces la acorraló para ponerla en su lugar.

—Mira quién lo dice. —Kikyō se sentó a su lado y apoyó tranquilamente la espalda en el árbol. La observó de reojo con disimulo. Kagome no se destapaba la frente. No le permitía ver sus ojos, lo cual creía de vital importancia— ¿Y?

La más joven volvió a suspirar y descansó la cabeza en el tronco. Sus ojos se perdieron en la nada, pensativos y con un tinte de resignación. Estaba a punto de perder el orgullo.

—No me disgusta que me toques, ¿feliz?

La sacerdotisa sonrió de lado, no tan feliz. No esperaba un "me gusta", pero tampoco un "no me disgusta". Era una respuesta bastante fría viniendo de ella. No aportaba. De alguna forma sentía que continuaban en el mismo lugar, sin ningún avance que le permitiera a Kagome darse cuenta de sus propios sentimientos.

—¿Ves? No era tan difícil admitirlo.

—¿Por qué querías saber eso, pervertida? —le preguntó, estirando las piernas de mala gana— ¿Desde cuándo te importa lo que yo pienso?

La pregunta es cómo llegó a importarme, no cuándo.

Pensó Kikyō, sonriendo con desgano. Reprimir sus sentimientos se estaba tornando una tarea en demasía agotadora, más de lo que creyó. Desde hacia días que una molesta puntada en el medio del pecho no dejaba de molestarla.

—Tenía curiosidad.

—¿Huh? —Kagome alzó una ceja— ¿Por qué la tendrías?

Kikyō bufó, cada vez sintiéndose más cansada, y comenzó a dejarse caer de costado.

—Hablas mucho, como siempre.

Kagome parpadeó cuando la sacerdotisa aterrizó la cabeza en su regazo. Tal como si fuera a echarse una siestita, acomodó la mejilla en uno de sus muslos y cerró los ojos. Kagome declinó los suyos, enternecida por la imagen.

—Oh, claro. Tú descansa tranquila —bromeó en un intento de reprimir las ganas de acariciar ese largo cabello negro que se esparcía por sus piernas—. Si se me acalambran las piernas, será tu culpa. Tendrás que llevarme a caballito después.

Kikyō sofocó una risita y cerró la mano en uno de sus muslos desnudos. Esa reveladora falda no cubría ni lo básico.

—¿Cómo tú lo hiciste conmigo esa vez en la cueva? Bien, pagaré la deuda con gusto.

Kagome, sospechosa de su comportamiento, inclinó el rostro hacia adelante con las cejas levantadas y contempló su tranquilo semblante.

—Ahora eres tú la que guarda silencio ¿eh? No me contestaste, ¿por qué tenías curiosidad?

La sacerdotisa entreabrió los ojos con aire pensativo, tropezándose con la entrada del templo que llevaba al pozo. Tal vez era por el cansancio psicológico, pero estaba tan cómoda en sus cálidas piernas que comenzaba a desarmarse. No tenía fuerza para mentir, más sí para desear que Kagome le acariciara la cabeza.

—Excepto por Kaede, nunca he tenido un vínculo cercano en mi vida. Siempre los he evitado porque aquello podría beneficiar a mis enemigos —empezó a decir en voz baja—. Esta es la primera vez que siento que estoy forjando uno y puedo hacer uso de él de todas las maneras posibles.

—¿Huh? Pero con Inuyasha...

—No llegué a tener tal vínculo con él, al menos no uno tan cercano. Cuando finalmente dejamos libres nuestros sentimientos, al día siguiente ocurrió lo que ya sabes. —Se tomó un momento para continuar—. Por eso, esto es nuevo para mí. Contigo descubrí que no me molesta éste tipo de cercanía y que tampoco me disgusta el contacto físico... si se trata de ti. Esa es la razón por la que quería saber si...

—¿Yo estaba en la misma página?

Kikyō asintió sobre su pierna.

Esas palabras inmersas de sinceridad y nostalgia aflojaron totalmente a Kagome, quien, incentivada por ellas, no pudo reprimir más su deseo y terminó llevando la mano a su cabeza. Empezó a acariciarla con cuidado. Kikyō relajó los párpados al sentir un agradable calorcito. Su anhelo se hizo realidad.

—¿Es esto pena?

—Nop, me gusta tu pelo. Es muy suave. —Deslizó los dedos por esos largos mechones, generando que la Miko reforzara el agarre en su pierna absolutamente entregada a sus caricias—. Y huele bien. —Kagome se inclinó y enterró la nariz en su cuero cabelludo— ¿Usaste mi Shampoo?

—... No hay tales cosas en mi época —contestó en un murmullo, dejándose bañar por la lluvia de cabellos que caían sobre ella—. Tu pelo también siempre huele bien. Me dio curiosidad.

Kagome se enderezó y le sonrió desde lo alto mientras agarraba tres largos mechones. Comenzó a trenzarlos.

—Puedes usarlo siempre que quieras, pero la verdad no creo que lo necesites. De por sí, tú ya hueles bien, Kikyō. Mucho mejor que el Shampoo.

La nombrada ensanchó los ojos con las palpitaciones aumentando. Ansiedad. Una punzante ansiedad le comprimía todo el cuerpo. Su aprendiz era una ilusa, una maldita ilusa por hablar sin pensar. Todo lo que decía la revolvía por dentro, desarmándola. Kagome, por otra parte, también se encontraba revuelta, pero por la tristeza. Cada vez más confirmaba que Kikyō, tanto en vida como en no vida, había sufrido. Ella solo quería ser una mujer ordinaria; vivir en paz, usar un Shampoo, tener un vínculo estrecho. Quizás incluso tener la vida que Kagome misma tenía antes de caer al pozo. Si alguien se merecía todo lo mejor, era ella. Ella, quién más sufrió, debía tener una segunda oportunidad para ser feliz.

—¿Sabes...? Si quisieras, aún podrías tener ese vínculo que añoraste con Inuyasha. Él te está esperando, Kikyō. —Kagome fue sincera. Extrañamente, no sintió celos al decirle aquello, pero sí un poco de dolor. Dolor porque tenía sentimientos encontrados. Dejar en libertad a su amado le dolía, sí, pero actuar de reemplazo también. En este caso, el reemplazo de él—. No tienes porqué conformarte conmigo.

Kikyō arrugó la frente, enojada por esas palabras que las tomó como un insulto, y giró sobre sus piernas para verla. Su aprendiz la observaba con una triste sonrisa.

—¿Conformarme? Mocosa..., ¿crees que te estoy usando para reemplazarlo? Si soy así contigo, es porque quiero serlo. Ahora mismo... tú eres la persona en la que más confío, Kagome.

La nombrada separó los labios, sorprendida. Kikyō la miraba con seriedad. No mentía. ¿La persona en la que más confiaba? ¿En qué momento pasó? ¿Cómo? Cómo... podía ser que Kagome misma también sintiera lo mismo.

Confío en ella ciegamente, tanto, que es extraño. Sentimos lo mismo.

Pensó, levantando el rostro hacia el árbol sagrado. Sus ojos se perdieron en las hojas que ondeaban por la suave brisa que acompañaba esa tarde.

—Entonces..., ¿por eso me besaste? —preguntó sin mirarla—. No me creo ese verso de la energía.

Kikyō hizo una expresión de incomodidad que, por suerte, Kagome no vio. Contrario a cuando tuvo la valentía de besarla, ahora se sentía vulnerable, cobarde. Cobardía alentada por los incógnitos sentimientos de su aprendiz. No podía actuar si no estaba segura de lo que ella sentía, necesitaba escucharlo. Seguridad era su segundo nombre. Sin ella no era nada.

—Si no me crees, es tu problema. —Giró de nuevo sobre sus piernas, dándole la espalda—. No pienso gastar saliva tratando de convencerte.

Kagome regresó la visión a ella con un dejo de decepción. Odiaba cuando la Miko respondía con indirectas, así no podía entenderla.

Pero tal vez... esto es lo mejor.

—Bien, entonces te creo.

La sacerdotisa le echó un rápido vistazo desde su cómoda posición y volvió a ponerse de frente.

—¿Y eso? —Llevó una mano a su mejilla y la pellizcó juguetonamente— ¿Por qué el cambio de opinión?

—Porque... es más fácil de procesar que el hecho de que quisieras besarme. —contestó, sujetando esa gélida mano.

Kikyō permaneció mirándola unos segundos, inexpresiva, y descendió los ojos con cierta frustración atacándola. Le soltó la mejilla. ¿Un rechazo? ¿Eso era lo que estaba ocurriendo?

¿Estoy siendo rechazada? ¿Yo?

Pensarlo la frustró más.

—... ¿Tan malo sería?

—¿Hm?

Kikyō levantó los ojos y la observó con convicción.

—¿Tan malo sería que quisiera besarte?

—¿Qué...? —Kagome apegó la espalda al tronco, tragando pesado, cuando la sacerdotisa se incorporó de sus piernas, quedando a una peligrosa cercanía de su rostro.

—¿Qué pasaría si quisiera besarte ahora? —continuó, sujetando su barbilla— ¿Me dejarías?

—¿E-Es una broma?

Kikyō negó lentamente con la cabeza.

Kagome se paralizó. A pesar de que la situación ameritaba un importante análisis para así entender el trasfondo de ésta -porque no era poca cosa que pidiera besarla-, no podía pensar en nada más que en lo que estaba escuchando. Y, peor aún, no podía dejar de mirar esos profundos ojos que se sumergían en los suyos. Se estaba nublando.

—Tonta... No me gusta que jueguen conmigo. —Corrió la cara, para así huir de esa penetrante mirada que le hacía dudar.

—Nunca dije que estuviera jugando.

Kagome regresó la visión a ella con timidez, ya sin saber qué pensar ni qué decir. Kikyō le sonrió con una ternura poco común en ella y comenzó a inclinarse, pasando la mano por su cuello.

—Kagome..., si no dices nada, voy a besarte.

La nombrada clavó las pupilas en esa carnosa boca que se aproximaba y sólo pudo cerrar los ojos con fuerza.

¿Huh? ¿Voy a dejar que lo haga?

Tenía el cuerpo petrificado, tal como si le hubiera arrojado un maleficio. No podía escapar.

Escape que al final no fue necesario.

Así de rápido como cerró los ojos, los volvió a abrir cuando sintió un gélido contacto fundirse con su piel. Más no la piel de su boca.

Oh.

Kikyō presionó los labios delicadamente contra su mejilla y ahí se quedó unos instantes, disfrutando del calor que la envolvía. Kagome la espió de reojo, suspendida. Un inocente beso, ¿a eso se refería? Era un beso suave, como si una pluma le acariciara la piel.

—¿Kikyō? —inquirió, al escuchar cómo se despegaba con lentitud— ¿Eso es... todo?

La sacerdotisa volvió a su rostro con una calma sonrisa y asintió.

—Tu piel es muy suave... —Le acarició la mejilla con el pulgar—. Me dieron ganas de besarla.

Kagome apegó los hombros al cuello, algo decepcionada. Pestañeó, infartada por su propio sentir. Poco a poco la información empezaba a descargarse. Antes de que la besara, antes de que tuviera tiempo de escapar, encontró la respuesta que le faltaba. Apareció en su mente, palpitante. Sí, lo iba a permitir. Es más, deseaba que lo hiciera, de otra forma no se sentiría decepcionada.

Esto está mal...

Cuando Kikyō la besó a la mañana sin preguntar, no tuvo tiempo de pensar detenidamente en ello. Con la excusa de estar enojada, opacó su verdadero sentir: le había gustado ser besada por ella. Y ahora, más consciente, esa verdad tomaba fuerza.

Realmente mal...

Se tapó la boca, sonrojada hasta las orejas por tal descubrimiento. De todas las personas habidas y por haber, ¿tenía que sentirse atraída hacia ella? ¿Justo con ella? El pasado amor de su supuesto amor, su encarnación. ¿Cómo aceptar esa locura?

Esto no podría ser peor.

Se cubrió el rostro con ambas manos, avergonzada a niveles inexplicables. No podía ocultar la consternación. Pensara lo que pensara, mirara a dónde mirara, el momento que estaban atravesando no dejaría de existir y lo sentimientos que estaban despertando menos. La gran pregunta era, ¿Kikyō sentía el mismo tipo de atracción? Uno que todavía no tenía nombre. Gustar, en realidad, era una definición muy vaga. Además, no era la primera vez que le atraía una persona. Eso, dentro de todo, no resultaba tan grave. Ahora, respecto a los sentimientos ya no podía opinar. Los suyos eran un caos y los de su mentora un misterio. Preguntar la dejaría expuesta en más de un sentido, pues, se vería forzada también a responder algo que aún no podía descifrar. Lo único seguro era que Kikyō, con el tiempo y gracias a la convivencia, se ganó su atención. Lo venía sospechando e inconscientemente luchando contra ello, pero ahora era una certeza innegable.

Su mentora, en silencio y curiosa, observaba cómo Kagome empezaba a dibujar una cínica sonrisa que escondía unos visibles nervios. Parecía estar en un monólogo interno bastante conflictivo que en cualquier momento tomaría forma. Una explosiva.

Se llevó la mano a la boca, conteniendo una risita.

—¿Qué pasa con esa cara? Sí que eres extraña. —le dijo, sujetando su muñeca para descubrirle los ojos.

—¡Es la cara con la que nací! ¡No puedo cambiarla! —exclamó, mirándola irritada. Y colorada. Kikyō suavizó la sonrisa al divisar esos cachetes tan rojitos.

—Me gusta tu cara.

—¡Cállate! —Kagome cerró los ojos y estampó la espalda contra el tronco. Se volvió a tapar el rostro—. Justo ahora... no me digas esas cosas.

—¿Justo ahora? —Kikyō se inclinó hacia ella, cada vez más curiosa— ¿Qué está pasando ahora?

—Una tragedia.

—¿Tanto te disgustó que te besara? Será que... ¿mis labios son muy fríos? —Se tocó la boca con los dedos. En efecto, eran helados.

Kagome se destapó de a poco y la miró. La sacerdotisa lucía... ¿triste?

—¡No! —Atajó sus hombros en un impulso—. Es decir..., no me disgustó que me besaras.

Todo lo contrario, ese es el problema.

Agregó en sus pensamientos, mordiéndose el borde el labio. Nunca se había sentido tan fuera de sí en su vida. Aunque tratara, no podía controlar los nervios.

—¿Entonces? ¿Por qué actúas como una lunática?

—¡Porque...! Porque... nada. No pasa nada, no me hagas caso.

Kikyō se mantuvo neutra observándola y sujetó su mejilla. La levantó, puesto que su aprendiz parecía empecinada en estar cabizbaja. Si lo que sospechaba era cierto, Kagome podría quizás, y solo quizás, ¿estar despertando?

—Kagome... ¿Quieres que te robe la energía de nuevo?

Kagome palideció.

—¡¿Huh?!

—Quizás quieres que lo haga. —Kikyō pasó el dedo pulgar por su labio superior, mirándole la boca penetrantemente— ¿Tal vez no fue suficiente un beso en la mejilla? ¿Por eso estás así?

Su aprendiz mandibuleó incesablemente en un intento de hablar, pero solo balbuceos escaparon.

—Si es lo que quieres, yo...

—¡N-No! —Movió la mano en una negación y luego la estrelló en su frente, odiándose por perder tanto la compostura. Bufó. No podía tolerar más los nervios y menos la realidad—. Dios... Deja de tentarme.

Kikyō abrió los ojos cual platos y Kagome se congeló. ¿Tentar? ¿Había dicho tentar?

¡Me cago en mí!

—¡No, no, no, no, no! ¡Borra eso! ¡No quise decir eso! —exclamó de inmediato, sacudiéndola histéricamente por los hombros— "¡Deja de molestarme!" ¡Eso quise decir!

Kikyō parpadeó yendo de acá para allá y de súbito atajó sus muñecas. Kagome se sobresaltó ante ese agarre tan avispado, pero más ante la sugerente sonrisa que su mentora comenzaba a dibujar.

—Eso no fue lo que escuché. —ronroneó, sumiéndose entre sus piernas. Kagome tomó aire exageradamente.

Oh, oh.

—¡Fue un error! ¡No le des importancia!

—Lo dicho, dicho está —contestó Kikyō, descansando un brazo en el tronco, justo al lado de su rostro. Kagome se acopló lo más que podía al árbol, conteniendo la respiración—. Ahora tendrás que darme tu energía.

—¡Ya te di todo lo que tenía, bruja!

—No todo, a mi parecer.

Kagome volteó el cuello, sintiendo como sostenía su mejilla de nuevo, lista para girarla y arrebatarle la energía espiritual, o, simplemente, robarle los labios. Tomando aire, deslizó las pupilas hacia Kikyō, hallando en esta ocasión no a una picarona sonrisa, sino a unos profundos ojos que para nada estaban jugando. Se perdió en ellos. Le transmitían una infinitud de sentimientos. Unos que actuaban de sedante, despertando nuevamente ese pasado deseo de besarla y adormeciendo a la locura que la venía arrasando.

—Kikyō...

La nombrada le regaló una cálida sonrisa y comenzó a inclinarse hacia ella con los párpados entornados. Kagome, sin fuerzas para defenderse, dobló el rostro en un acto reflejo y separó los labios, preparándose para recibirla. Cerró los ojos. Negarse era igual que mentirse.

Kikyō, mientras continuaba acortando la distancia, detallaba esa entregada imagen con ansiedad. Kagome no oponía resistencia alguna, la esperaba casi expectante y con los labios preparados. ¿Tal vez ese momento era perfecto para dejar en libertad sus sentimientos?

—Kagome, yo...

—Vaya… Aquí estabas, jovencita.

Los ojos de ambas saltaron.

Kagome oyó la voz de su madre y cerró la boca con el cuerpo endureciéndose de golpe. De pronto volvió a la realidad en un aterrizaje bastante brusco.

¡Mierda!

Se puso de pie de un tirón. Kikyō, perpleja, se fue hacia atrás y apoyó las manos en el suelo para sostenerse. Un poco más y terminaba rodando por él.

—¡M-Mamá! ¿Qué haces aquí? —preguntó Kagome, arreglándose la ropa apresuradamente.

Kikyō se levantó, quitándose la tierra del trasero, y la contempló con una ceja alzada, para luego pasar la atención a la señora Higurashi, que se encontraba cerca de ellas. Estrechó los ojos con recelo.

Qué inoportuna es ésta familia...

—Vivo aquí, Kagome —bromeó su madre con una sonrisa algo rígida mientras espiaba de reojo a la sacerdotisa. No le agradó para nada el panorama que vio antes de interrumpirlas. Esa mujer parecía estar acorralando a su hija—. Pensé que te habías perdido, jovencita. No te encontraba por ningún lado.

Kikyō llevó su cabello hacia atrás con arrogancia y dibujó una falsa sonrisa. Tan falsa como la de ella.

—No soy tan idiota, señora, pero agradezco la preocupación.

Su aprendiz la observó con la mandíbula desencajándose.

—¡Tonta! ¡No le hables así! —masculló, solo para que ella la escuchara. Kikyō cerró los ojos, ignorándola, y los devolvió a su madre, quién no le quitaba la vista de encima con aquella sonrisa que ya comenzaba a dar miedo.

—Les preparé unos sándwiches para que se lleven. —se limitó a decir, manteniendo la educación.

—Es muy amable, señora. —contestó Kikyō del mismo modo. Kagome, por su parte, quería que la tierra la tragase. Conocía a su madre. Aunque lucía tranquila, estaba enojada. Milagro. Pocas veces la había visto enfadada en su vida, lo cual la llevaba a pensar que su mentora realmente tenía un nato talento por hacer enojar a un alma tan pacifista.

—¡Oh, por favor! ¡No hace falta tanto respeto! Tutéame. Somos familia, después de todo.

La sacerdotisa hizo una inmediata expresión de rechazo.

—Preferiría que no lo fuéramos.

—¿Oh? ¿Y por qué es eso? —preguntó. Kikyō le sonrió con cierta confidencia y rodeó los hombros de Kagome con un brazo.

—A esta altura sería un problema que lo fuéramos, señora. —respondió, contemplando a Kagome penetrantemente, quien el alma ya la había abandonado.

La señora Higurashi no pasó desapercibido ese agarre tan posesivo, no obstante, prefirió mantener la calma en vez de sacar conclusiones apresuradas. Esa mujer no terminaba de cerrarle.

—Kagome.

—¡Sí! —contestó cual soldado al llamado de su madre. La sonrisa de ésta última fue difuminándose hasta transformarse en una nostálgica.

—¿En serio no puedes quedarte un día más? Sabes qué día es mañana, ¿verdad? ¿No prefieres pasarlo con nosotros?

Kagome entreabrió los labios, recordando, y bajó la cabeza con la misma y lamentable expresión que su madre. Kikyō la observó con curiosidad.

—Aunque quiera, no puedo. Lo siento, mamá.

La madre le mantuvo la mirada con unos apenados ojos y volvió a agrandar la sonrisa, recomponiéndose.

—No te preocupes, lo decía por ti. Será la primera vez que lo pases lejos de casa, tal vez te…

—Voy a estar bien.

La madre asintió y deslizó los ojos a la mayor, que la observaba imperturbable. Le hizo una reverencia y comenzó a retirarse.

—Los sándwiches están en la cocina.

—Ah… Sí. Gracias, mamá.

La sacerdotisa esperó a que su madre entrara a la casa y finalmente dejó su duda en libertad.

—¿Qué día es mañana?

Kagome apartó los ojos. Terminó plantándolos en el agarre que aún sostenía su hombro.

—Dios... —Se quejó, desenganchándose— ¿Por qué actuaste así? ¿Quieres ponerte a mi madre en contra o qué?

Kikyō no dejó pasar esa evasiva. Decidió no insistir. Si Kagome no quería hablar de ello, lo respetaría.

—Pensé que era necesario que lo supiera. —Se acomodó el cabello de costado con desinterés, sin quitarle la vista de encima. Kagome se achicó en el lugar, incómoda. Culpa del "casi robo de energía" que su madre interrumpió. Kikyō arqueó una ceja, viendo cómo pendulaba un nervioso pie de adelante hacia atrás. Suspiró.

No sabe qué decir. Bien, yo tampoco.

Se dio la vuelta y arrancó un lento caminar hacia la entrada de la casa. Su madre arruinó el momento, no había nada qué hacer. Sin embargo, la interrupción no borraría lo sucedido. No podía negar que, entre vueltas y vueltas, terminó exponiéndose demasiado. Luego de tal momento, Kagome ya debía haberse hecho una idea de lo que estaba ocurriendo entre ambas.

—¡Ah, espera! —Kagome se apresuró hacia ella— ¿A qué te refieres con "era necesario que lo supiera"?

—No quiero que me trate como a alguien de tu familia. No lo soy.

Lo eres… aunque intentes negarlo.

Pensó Kagome con amargura, siguiéndola. Tenía sentimientos encontrados. El íntimo momento que compartieron hace unos minutos, el cual dudaba si era conveniente mencionar, lo único que hacía era potenciar esa incomodidad.

Incluso eres más que mi familia. Eres la persona más cercana a mi naturaleza.

No es como si a ella le agradara esa idea también. Era imposible ver a su encarnación como parte de su familia. Nunca la vio así y posiblemente jamás la vería. ¿Cómo hacerlo luego de todo lo que pasaron? Además, las interacciones que tenían no las dejaban bien paradas siendo "familia".

Pero… mi alma es tu alma. Esa es la realidad, aunque la neguemos.

Ese pensamiento terminó de inquietarla, inquietud que Kikyō notó de reojo. Estaba tatuada en su rostro.

—No es difícil saber lo que estás pensando, Kagome —le dijo, deteniéndose antes de abrir la puerta de la casa—. Eres muy transparente.

Kagome se sonrojó. Odiaba serlo.

—Y tú eres muy observadora, Kikyō. Oh, y una pervertida —agregó, alzando una ceja— ¡Oh! Y ladrona de energías ajenas.

—¿Ves? —Kikyō le sonrió—. Somos diferentes.

Kagome se sorprendió tanto por sus palabras como por el hecho de que no negara ser una degenerada.

—Tú eres diferente a mí, y eso es lo que me gusta de ti. —continuó, llevando una mano a su cabeza. La acarició.

¿Gustar?

—Las experiencias que pasamos cada una con su vida nos hace diferentes. —Se inclinó a su oído, poniendo la otra mano en su hombro—. Aunque seamos la misma alma, no somos la misma persona. Recuérdalo siempre, Kagome.

Cierto. La sacerdotisa tenía razón, hecho que la tranquilizó. Ambas habían pasado vidas diferentes, por ende, eran personas diferentes. Quizás tenían alguna que otra cosa en común, pero las diferencias ganaban. Y, tal como dijo ella, les gustaban. Sí, a Kagome también, aunque su mentora pudiera llegar a ser muy manipuladora en ocasiones.

Sonrió, más tranquila.

Perder el tiempo volviéndose loca, arrancándose los pelos y pensando en lo que siente por Kikyō no le sonaba un plan muy apetecible. Tal vez uno mejor era... ¿dejar que todo fluyera? Dejar que esa "atracción" recién descubierta siguiera su camino hasta el final, donde allí esperaba encontrar una respuesta a sus enredados sentimientos. Cuestionarse o cuestionar a Kikyō carecía de sentido si no tenía las cosas claras. Negar la realidad, a esta altura, menos convenía. Por más extraña que fuese, así era y no podía cambiarla. Lo único que quedaba era aceptarla. Sintiéndose extraña en el medio, sí, pero aceptarla al fin.

¿Por qué siempre me meto en estos líos?

Pensó, sin borrar la sonrisa.

Tal como su vínculo fue creciendo y cambiando con el tiempo de un modo natural, ahora los sentimientos e incluso el trato también estaban mutando. Comparado a unos días atrás, sentía que sus emociones estaban en juego. Un juego que, aunque le diera un poco de miedo, no pensaba perder. Ya estaba demasiado involucrada como para escapar.

—Es muy conveniente no tratarnos como familia, ¿no? —comentó Kagome, alzando una coqueta ceja— ¿Esa es tu excusa para "alimentarte de mí" sin ninguna culpa?

La Miko levantó otra, incitante.

—Hasta que te diste cuenta.

.

.

.

Kagome se sujetó del borde del pozo y haciendo fuerza emergió de él. Colocó un pie fuera y extendió la mano hacia Kikyō, quién venía detrás. Ésta la tomó, saliendo del pozo también.

—Está atardeciendo, se nos hizo tarde —comentó Kagome, pasando la vista al cielo. Sus ojos brillaron cuando las serpientes recolectoras, como si hubieran sentido a su dueña, se asomaron entre las nubes anaranjadas. Empezaron a dirigirse hacia ellas ondeando por el aire—. Ahí vienen...

Kikyō puso los pies fuera del pozo y observó cómo descendían con las almas en sus patas. Extendió los brazos y las serpientes, al llegar, comenzaron a depositarlas en su pecho. Suspiró aliviada, sentándose en el borde del pozo. Le hacían falta. La única contra era que ahora no tenía excusa para "alimentarse" de la energía de su aprendiz, pero tal vez eso era lo mejor.

Si sigo actuando así... terminaré por asustarla.

Kagome sonrió al ver cómo recibía las almas y volvió la vista al frente.

—Ah… —Se fue hacia atrás al ver cómo la serpiente esmeralda, obviando su misión, se dirigía directo a ella con la boca abierta—. E-Espera.

No esperó. Se le tiró encima, enroscándose en su cuerpo en una bienvenida. Kikyō, iluminada por los demás espectros, rió en un murmullo debido a ese cómico panorama. La serpiente chillaba sin cesar inmersa de felicidad.

—Te extrañó.

Kagome le acarició el lomo, recibiendo varios lengüetazos y piquitos en las mejillas.

—Yo también la extrañé, pero si me sigue apretando así me va a matar —masculló, tratando de desenredarse—. Ahora entiendo el refrán "Hay amores que matan". —Le agarró la cola y comenzó a desenroscarla de sus piernas— ¿Crees que será seguro volver al templo ahora? Quizás deberíamos ir a buscar a Inuyasha.

Kikyō arqueó una ceja mientras cruzaba las piernas. Llevó una mano a su cabello y comenzó a quitarle la tierra que se le pegó en el viaje.

—No es necesario.

—Pero si Naraku aparece... —insistió Kagome, poniéndose delante de ella con una preocupada mueca—. Aunque seas una pervertida, no quiero que te pase nada. La última vez terminaste muy herida.

Kikyō le sonrió con dulzura y sujetó su cintura. La acercó a ella de un tironcito, dejándola entre sus piernas. Kagome no se quejó como esperaba, así que se tomó la libertad de continuar.

—No va a pasarme nada. Ahora tengo tu energía en mi cuerpo y también las almas —le dijo, colocando un mechón detrás de su oreja—. No te preocupes, además... —Cerró la boca, silenciándose de pronto. Kagome dobló el cuello con curiosidad cuando vio cómo deslizaba las pupilas hacia el bosque sospechosamente.

—¿Además?

Kikyō asomó el rostro por encima de su hombro y estrechó los párpados a la defensiva. Juró ver cierto movimiento en los árboles. Las hojas se sacudieron.

Ésta presencia... Qué agradable pero no extraña sorpresa. ¿O debería ser al revés?

Pensó, sonriendo con sarcasmo.

—Además, no habrá necesidad de buscarlo. Ya está aquí.

—¿Eh? ¿Quién?

Kikyō puso las dos manos en su cintura y la giró. Kagome, ahora de frente al bosque, contempló los árboles mientras Kikyō hacía un gancho por encima de su vientre y con la mano libre señalaba adelante.

—"Tu novio violento" está aquí —murmuró en su oído. Kagome abrió los ojos de par en par— ¿Volviste a las viejas costumbres, Inuyasha? Sal de una vez. —Hizo un ademán con la mano, invitándolo a salir de su escondite.

La garganta de Kagome se cerró cuando alcanzó a ver entre los arboles una figura conocida asomándose.

Una vestimenta rojiza, unas pequeñas orejas blancas…

—Inu... yasha.

El Hanyō corrió una rama y se hizo presente con una seria expresión tatuada en el rostro. Kagome se zambulló en esos dorados ojos. Al admirarlos se percató de que los había extrañado, pero también un incoherente terror comenzó a recorrerla. Se sentía emboscada. ¿Estaba en los brazos de su pasado amor y él... lo estaba viendo?

No…

Se separó de la sacerdotisa, ruborizada. Kikyō no se sorprendió; esperaba esa reacción.

—¿Qué haces aquí…? —Kagome apenas podía hablar. No estaba preparada para verlo, no con tantos sentimientos encontrados. Unos que su compañero quizás jamás entendería, pues, ella misma aún no los comprendía en su totalidad.

Inuyasha, quien lucía extrañamente callado, pasó la vista a Kikyō con desconfianza y empezó a caminar hacia ellas.

—¿Qué hago aquí? Estaba preocupado por ustedes, pero veo que me preocupé por nada —contestó, deteniéndose frente a Kikyō. La observó desde lo alto con seriedad y corrió el rostro hacia Kagome. Ésta última se sorprendió. Inuyasha, cada vez que veía a su amada, se convertía en un dócil cachorrito, pero ahora ni parecía querer mirarla. ¿Estaba enojado con ella?—. Hace dos días que vengo rastreando el olor de ambas. Llegó hasta acá, así que vine.

Kikyō apoyó las manos en el pozo tranquilamente, siguiéndolo con las pupilas. Frías, imperturbables.

—¿Dos días? Te tomaste tu tiempo. —bromeó. Inuyasha la espió de reojo.

—No estaba cerca de la aldea y además llovió. El agua borró parte del rastro.

—Hm... Pero finalmente nos encontraste. Felicidades. —Kikyō descansó el mentón en la mano con una sonrisita— ¿Por eso fuiste anoche a la época de Kagome?

Kagome miró a su mentora con el labio inferior desprendido y luego al Hanyō.

La ventana abierta… ¿fue él?

—Inuyasha… ¿fuiste a casa?

Inuyasha le dedicó una dolida mirada que no comprendió y regresó la atención a Kikyō.

—Tú lo sabías…

La sacerdotisa rió por lo bajo con aire burlón. Kagome no podía creer su comportamiento, no enteramente. Kikyō era el sarcasmo en persona, sí, pero pensaba que ya había dejado de serlo con Inuyasha.

—No fue muy difícil adivinarlo. Tu presencia es fácil de sentir, tus intenciones más. —Despegó las manos del pozo, incorporándose—. Ahora que comprobaste que estamos bien, ¿deseas algo más? Tenemos prisa.

Inuyasha arrugó el entrecejo. Kagome, por su parte, seguía atónita.

¿Eh? ¡Pero si yo no sentí nada! ¿Anoche? ¿Estuvo anoche? ¿Por qué Kikyō no lo mencionó?

Kikyō notó de soslayo como la fresca actitud de su aprendiz comenzaba a desaparecer, siendo reemplazada por una visible confusión. Kagome no dejaba de verlo, tragaba saliva una y otra vez notablemente nerviosa por ese detalle que se le pasó. Alerta roja. No iba a dejar que se desplomara, no después de todo lo que pasaron juntas.

—Vamos, no podemos perder tiempo. —Agarró su mano y empezó a conducirla lejos del pozo. Kagome observó el agarre, dubitativa.

—Espera… —Se volteó para ver a Inuyasha, hallándolo con el semblante desfigurado por aquella misteriosa furia que ya no podía disimular. Uno de sus colmillos se asomaba por fuera de los labios.

—¿Qué fue lo que vi anoche, Kikyō? —preguntó en un gruñido, volteando el rostro hacia ellas. La nombrada se detuvo en seco— ¡¿Qué le estabas haciendo a Kagome?!

Kagome agrandó los ojos y miró a su mentora. Kikyō deslizó lentamente las pupilas a ella. Kagome solo vio oscuridad en sus ojos, una tan penetrante que le dio escalofríos. Los amables que conocía habían desaparecido. Ahora estaban tan opacados que ni siquiera vislumbraba su reflejo en ellos.

—¿Qué... me estabas haciendo? —le preguntó en un frágil murmullo, para luego mirar a Inuyasha, quien no dejaba de contemplar a la sacerdotisa con rencor— ¿Inuyasha?

De pronto sentía que todo se desmoronaba, en especial la confianza que tenía en la sacerdotisa. El enfado de Inuyasha; el silencio de Kikyō. Como siempre, no podía alcanzarlos. Ellos tenían un secreto.

Sabían algo que Kagome no.

¿Qué está pasando aquí?

Continuará…


¡Gracias por leer! Nos vemos en el próximo capítulo :)

Chat'de'Lune: Graacias por leer, ¡estimada! Me alegra que el pulpo Kikyo te siga gustando. Kagome es un poquito inocente, pero no tan inocente, como habrás visto (? jajaja Te leo en el próximo, ¡besos y namastee!

davherreras: ¡Gracias por seguir por acá! Me alegra que te siga gustando la historia y cómo se está desarrollando. Te leo en el próximo, ¡beso!

Guest: ¡Gracias por leer! ¡Qué bueno que la historia te esté gustando! Respecto a Kikyo, sí y sí, definitivamente no había otra manera de imaginármela cuando empecé a escribir este fic. Siento que tiene potencial para ser "de ésta manera" jajaj. Y respecto a Kagome, bueno, la cosa es diferente. Ella ya no actúa celosa porque ya no tiene razones para hacerlo (y tampoco se le presentaron, al menos por ahora) Antes se la pasaba celosa con Inuyasha y era medio sarcástica por el temita "Kikyo" que había en el medio de ellos, pero en este caso es diferente porque, como ves, en mi historia Kagome llega a conocer en profundidad a Kikyo y hasta le cae bien (muy bien jaja) Es otro contexto. Y las personas cambian constantemente, más si el contexto mismo cambia. Por eso no tiene necesidad de estar celosa, menos si Kikyo (en mi fic) es una persona que la cuida y hasta se sacrifica por ella, cosa que Kagome valora, lo cual la lleva a ser amable con ella. Además, por lo que vi en la serie, la personalidad de Kagome cambia un poco cuando habla con Kikyo, más si están solas. Me guié por eso. Pero tengo que admitir que sí, Kagome es bastante ingenua cuando quiere jajaja. En resumen, nuestra protagonista está cambiando por las situaciones que están pasando a lo largo de la historia. En fin, ¡te leo en el próximo! ¡besos!