Aniversario
Kikyō siguió con los ojos como una veloz flecha se incrustaba en la tierra, justo al lado del tronco que utilizaban para practicar. Kagome chasqueó la lengua, sacó otra flecha de la espalda y apuntó al blanco. Falló de nuevo.
Kikyō bufó. Hoy no era el mejor día de su aprendiz. Podía sentir su impaciencia a lo lejos.
—No estás relajada, así nunca atinarás.
—¡Ya lo sé! —Kagome agarró otra fecha y volvió a tirar con los ojos agrandados, buscando mejorar la visión—. No hace falta que me lo digas.
Falló. La Miko observaba todo ese fallido entrenamiento sentada detrás de ella. Kagome se despertó de malhumor, algo inusual. Era la primera vez que la veía tan gruñona y sin tacto alguno.
Le llamó la atención.
Luego de despertarse toda despeinada y con unas grandes ojeras, sorber los fideos de la sopa instantánea efusiva y agarrar el arco con furia, Kagome se dispuso a practicar tiro aunque Kikyō no se lo ordenó.
Descansó el mentón en la mano, sonriendo. ¿Sorprendida? No. ¿Curiosa? Sí. Su comportamiento le intrigaba. Kikyō coqueteó toda la vida con las emociones humanas, pero nunca llegó a hacerles frente. A gritarles "¡Hey, estoy aquí, lista para aceptarlas! ¡Denme todo lo que tengan!" No, no llegó. Cuando estaba a punto de hacerlo, el mal, quién siempre la persiguió, apareció para recordarle que su destino no era ser una mujer ordinaria y menos sentimental. Por eso ver a Kagome tan humana, con sus idas y vueltas emocionales, era deslumbrante para su primeriza persona, quién recién estaba aprendiendo a sentir.
A sentir bien.
Kagome siempre la entretenía con sus múltiples facetas, pero hoy sí que se estaba luciendo. No la juzgaba. Su causa y reacción en efecto era muy humana. No se esperaba menos luego del choque que tuvieron con Inuyasha. Pasó de la tristeza a la ira, típico. Cero problemas tenía con ello; mejor afuera que adentro. Además, verla así le parecía divertido. Un interesante espectáculo del que, por ahora, solo era espectadora. Sin embargo, estar en las bancas no evitaba que pudiera provocarla para conseguir más de esas graciosas reacciones que le hacían el día.
—¿Te ayudo?
—¡No! —Kagome volvió a sacar otra flecha. Su brazo temblaba de la fuerza innecesaria con la que sostenía el arco—. Puedo sola.
—No es lo que veo.
—¡Pues estás condenadamente ciega! Cállate y déjame concentrarme.
Una ceja de Kikyō tiritó. De acuerdo, todo muy lindo pero su aprendiz se estaba pasando. Ya no le parecía tan divertido. Era tiempo de abandonar la banca.
Se puso de pie, quedando detrás de ella, y agarró su brazo. Kagome giró el rostro con el entrecejo fruncido.
—No vuelvas a hablarme así —espetó con seriedad. Kagome le mantenía la mirada, desafiante—. No quedan muchos días. Tengo que perfeccionarte, así déjame ayudarte.
—Perfeccionarme... Lo dices como si solo fuera una maldita arma para ti.
Kikyō separó los labios. Lejos estaba eso de ser verdad.
—¿Qué dices?
Kagome regresó la atención al frente y comenzó a estirar el hilo del arco.
—Olvídalo.
La sacerdotisa arqueó las cejas, angustiándose. Hablando de reacciones humanas, pasó del enojo a la tristeza en un maldito segundo. Al revés de Kagome. Esa mocosa era capaz de lastimarla con tanta facilidad que le molestaba. No se sentía tan fuerte como antes, no desde que ella empezó a formar parte de su vida. Le robó la fortaleza y no parecía tener intenciones de devolvérsela. A veces la deseaba de vuelta. Ese instante era una de esas ocasiones.
—No eres solo un arma para mí.
—¡Dije que lo olvides! —exclamó Kagome con los ojos ardiendo. Estaba a punto de llorar por una tontería. Los sentimientos encontrados le llevaban la delantera desde el día de ayer. Por un momento pensó en volver a su casa para desahogar las penas en paz, pero luego recordó que en vez de desahogarse posiblemente terminaría sintiéndose peor. Ese día no era un día cualquiera, sino que venía acompañado de una pesada memoria que, desgraciada, se sumaba a la confusión constante que sentía.
Kikyō admiró en silencio como hacía lo imposible para contener las lágrimas y bajó su mano junto al arco. Aquel no era un simple berrinche, entendió. Ella estaba sufriendo.
—Kagome, paremos un momento.
—No hace falta. —contestó con la voz entrecortada.
—Vamos... Suéltalo. —Kikyō abrió de a poco su mano, haciendo que tirara el arco al suelo—. Ahora, respira hondo.
—¿Para qué?
—Hazme caso.
Kagome cerró los puños y sin ver otra salida decidió obedecerla. Tomó aire profundo.
—Eso es... —Kikyō puso una mano en su vientre y otra en su espalda—. Otra vez.
Kagome repitió el ejercicio unas veces más. Extrañamente, se estaba calmando. El sentir en su plenitud el aire recorriéndole los pulmones, llenándolos, le vaciaba la mente al mismo tiempo. La furia que sentía consigo misma iba en picada. Lenta, se derrumbaba por su cuerpo hasta terminar en los pies. Pero había un problema. Mientras más se derrumbaba, más subía la vergüenza.
—Una vez más —musitó Kikyō en su oído, escondiendo la mano dentro de su playera. Kagome tembló al sentir esos dedos tan fríos en la espalda—. Vamos, respira.
Respiró hondo de nuevo. La sacerdotisa sonrió, sintiendo como su espalda se expandía hacia su palma.
—¿Mejor?
Kagome dejó caer los hombros, apenada por su comportamiento pasado. Acababa de hacer el ridículo, y ahora lo veía bien claro. ¿Qué tenía?, ¿cinco años? Odiaba cuando ese mal carácter se apoderaba de ella. Su mentora no tenía la culpa de que sus emociones fueran un completo desastre.
—Perdóname... —Volteó la cara hacia ella—. No quise tratarte mal. Hoy me desperté con el pie izquierdo.
Kikyō le sonrió en respuesta. Kagome se sorprendió. Esperaba encontrarla molesta, pero no. Todo lo contrario. Kikyō le acariciaba la espalda suavemente debajo de la ropa, induciéndola a una relajación absoluta.
Aunque también a una inquietud inevitable.
—Fue algo divertido de ver. Hasta que quisiste cerrarme la boca, mocosa. ¿Quién te crees que eres?
Kagome bajó el rostro, sonrojada.
—Lamento eso... A veces pierdo la cabeza muy rápido. Créeme que lo que menos quería era mostrarte esta parte de mí. No me deja bien parada.
—Hm... Supongo que es parte de la convivencia. No se puede evitar.
—Más que convivencia, esto ya parece un matrimonio. —bromeó Kagome. Kikyō rió por lo bajo, haciendo un gancho en su cintura. La impulsó hacia atrás, apegándola a su cuerpo.
—No voy a discutirte eso. Creo que ya pasamos por todas las etapas.
—Falta la crisis. Siempre hay una crisis en un matrimonio. —respondió, agarrando esa delicada mano que le sostenía el vientre.
—¿Lo de ayer no fue una crisis? —inquirió Kikyō en su oído. Kagome entornó los párpados—. Casi me engañas con Inuyasha, y en mi propia cara. ¿Qué clase de esposa eres?
Su aprendiz sacudió la cabeza conteniendo una risita.
—Sí... Tienes razón. Soy una pésima esposa. Pero podría decir lo mismo de ti.
—¿Yo? No recuerdo haber sucumbido a él. Estoy aquí contigo, ¿no es así? —murmuró, bajando las puntas de los dedos por su espalda—. Pero tú... aunque estás aquí no pareces estarlo realmente. ¿Qué te preocupa?
¿Ahora? Que sigas acariciándome.
Pensó con el cuerpo rígido. Esos malditos dedos continuaban bajando, acercándose a un lugar un poco sensible. Era un amago, nunca llegaban a tocarlo. Pero lo que sí lograban era que se debatiera seriamente el porqué estaba deseando que llegaran.
—Ya sabes qué me preocupa.
Kikyō se enmudeció mientras volvía a subir por su piel con la palma, percibiendo su calor. Kagome suspiró. Esa caricia comenzaba a sentirse demasiado bien. Aquella mano arrastrándose con suavidad pero a la vez con firmeza se llevaba no solo varios suspiros de su parte, sino también la ansiedad.
—¿Te gusta?
—Sí... Tu mano se siente muy bien.
Kikyō rió en un murmullo.
—Me refiero a Inuyasha. ¿Aún lo quieres?
Kagome se mordió la lengua. Habló sin pensar.
—Ah... Eso. —Se tapó el rostro, bufando—. No importa que lo quiera o no, te dije al principio que ya había renunciado a él.
—¿Entonces por qué te afecta tanto?
—Porque no soy un robot, Kikyō. —Kagome la miró con tristeza— ¿Tú lo eres?
La sacerdotisa alzó una ceja.
—¿Robot? ¿Qué es eso?
—Una máquina que no tiene sentimientos. No puedo olvidarme de todo lo que sentí por tanto tiempo como si nada.
Esas palabras removieron a la Miko. ¿Entonces ella era un robot? Últimamente ni pensaba en Inuyasha. No..., corrección. Desde que Kagome llegó al templo su atención se enfocó en algo más: en ella. No fue por nada, se la ganó. Se ganó su atención con todos los méritos. Le hizo sentir bien, acompañada, entendida y cuidada. Kagome, en sus adentros, también reconocía esa verdad. Su mentora también se había ganado su atención, pues, hasta que no vio a Inuyasha ayer apenas había pensando en él.
Kikyō reforzó el agarre en su vientre, frustrándose. Quería que su aprendiz despertara, que sintiera la misma comodidad que ella estaba sintiendo. ¿Quizás necesitaba más tiempo? El mismo que ella tuvo al distanciarse de Inuyasha. Pero..., ¿era correcto que despertase? Kikyō pronto tendría que partir al otro mundo. No se veía con mucha esperanza de vida, no acercándose la batalla con Naraku; él haría todo lo posible para matarla. Además, su alma últimamente se sentía tan en paz que hasta la escuchaba. Le susurraba al oído que dentro de poco sería tiempo: abandonaría su cuerpo para finalmente volver a su lugar de origen. La ira y el rencor que la mantenía anclada al mundo de los vivos había desaparecido. Kagome consiguió armonizarla hasta ese punto, uno que creía perdido. Todo indicaba que su estadía en la tierra estaba al borde de terminar. Sin embargo, Kagome le había dado permiso de quererla y también de ser querida, o al menos eso había entendido en la conversación que tuvieron en su casa. Le dijo que aunque fuera por poco tiempo no podía cambiar sus sentimientos. Sabía que hablaba de un amor casi fraternal, pero Kikyō lo tomó para cualquier tipo de amor.
Incluso el que ahora estaba sintiendo.
—¿Kikyō?
La nombrada levantó el rostro, encontrándose con Kagome de frente.
—Te quedaste callada.
—Hoy... vamos a meditar la mayor parte de la tarde. —Desenredó los brazos de su cintura—. No puedes entrenar el cuerpo si tu mente sigue en ese estado. Debes aprender a controlar tus emociones o ellas te controlarán a ti.
Kagome observó cómo se sentaba en el pasillo de las afueras para empezar meditar. Le sonrió desde lo alto. Era una sonrisa triste.
—Lo siento, pero posiblemente esté así todo el día.
—Si es por Inuyasha...
—No es solo por él. —Kagome se sentó frente a ella y cerró los ojos—. Estoy lista.
Kikyō permaneció mirándola un instante y cerró los ojos. Su aprendiz evitó el tema. Por algo era, no debía preguntar. Como siempre, tendría paciencia hasta que la joven decidiera contarle su verdadero pesar.
Paciencia que ejercieron ambas durante toda la meditación. Estuvieron horas, mucho más que en otras ocasiones. A Kagome le costó horrores hallar su energía espiritual, dejar la mente en blanco, lo usual. Mientras más ansiosa se ponía, peor era. No obstante, cuando finalmente logró apartar las emociones, tuvo que reconocer que la meditación consiguió lo imposible: tranquilizarla. De hecho, la necesitaba. Kikyō no se equivocó al darle ese ejercicio puntual. Sin embargo, apenas abrió los ojos fue como si la magia que mantenía encerrada a la tristeza se esfumara. La nostalgia volvió. Una que la venía acompañando desde que se despertó. Más no nostalgia por Inuyasha, sino por otro ser querido. Muy querido y especial.
—Ya es de noche. —mencionó mientras la sacerdotisa levantaba los párpados.
—Sí. —Kikyō pasó la vista a la luna, poniéndose de pie. Le tendió una mano a Kagome, quién la tomó con una sonrisa, y caminó hacia el patio para observarla mejor—. La luna está muy brillante hoy, es como si... —Afinó la vista, silenciándose. Juró ver cierto movimiento entre los árboles, justo detrás del campo de energía que cubría la parte trasera del templo.
Esta presencia…
Kagome la miró con curiosidad, arreglándose la falda.
—¿Kikyō?
—... Puedes bañarte primero.
Kagome se asomó por encima de su hombro, tropezándose con un semblante contemplativo.
—¿Pasa algo?
—No. Voy a meditar un rato más, así que no me esperes para cenar.
—De acuerdo… —Kagome comenzó a retirarse a paso lento, no sin antes espiarla otra vez. La notaba extraña— ¿De verdad está todo bien?
Kikyō giró el rostro hacia ella con una tenue sonrisa y asintió. Kagome le devolvió la sonrisa y, guardándose la intriga, siguió caminando hacia los adentros. Sentía que algo le sucedía, pero no quería molestarla insistiendo. La sacerdotisa era respetuosa respecto a los temas que prefería callar, por ende, debía corresponderle por igual.
Kikyō deshizo la sonrisa al verla desaparecer por el pasillo y volvió el rostro adelante. Empezó a dirigirse hacia la barrera espiritual, agarrando el arco en el camino.
No puedo equivocarme, es él.
Al llegar, puso la mano en la barrera y la traspasó con sus serpientes descendiendo del cielo en caso de que las necesitara. Excepto una, la esmeralda. Esa ya ni obedecía sus órdenes. Se la pasaba con Kagome, jugueteando.
Puso un pie afuera y la presencia se hizo más fuerte.
Está aquí.
—¿Otra vez escondiéndote? —preguntó al aire, pasando la mirada de un lado a otro por el bosque.
El césped comenzó a crujir, avisando que alguien se acercaba. Kikyō se puso a la defensiva cuando unos arbustos frente a ella se sacudieron, pero no tardó en relajar el cuerpo al divisar la familiar silueta de un Hanyō apareciendo entre las sombras. Sus dorados ojos, que brillaban gracias a las luminosas serpientes que flotaban alrededor, poseyeron los suyos con melancolía. Kikyō no pudo hacer más que sonreír.
—Sabía que vendrías, Inuyasha. El encuentro de ayer no te dejó muy complacido.
Inuyasha no dio ningún paso más. Apoyó la espalda en un árbol, decidiendo mantener una sabia distancia que a la sacerdotisa no le sorprendió.
—¿No me vas a atacar esta vez?
Kikyō rió en un murmullo y tiró el arco al suelo. Levantó las manos en una señal de paz.
—Mientras no me provoques, no lo haré.
Inuyasha sonrió de lado, pasando la vista al arco.
—Esto es un poco nostálgico, ¿eh, Kikyō? Hace cincuenta años atrás no dejabas de amenazarme con esa cosa.
—Tenía mis razones para hacerlo.
—Pero nunca me matabas. Siempre me preguntaba por qué esa odiosa mujer me dejaba con vida. —Su voz no parecía encontrarse allí, sino justamente cincuenta años atrás. Resonaba baja, casi en un susurro.
—... Tú no eres un demonio más. No puedo matar a nadie que posea un grado de humanidad.
—Naraku tiene una parte humana.
—Será la única excepción.
—Y a Kagome trataste de matarla en el pasado. —Inuyasha alzó la vista con seriedad. La sacerdotisa levantó el mentón, obligándose a no perder la compostura.
—Y tú no la protegiste de mí, Inuyasha. No me vengas con reclamos y ve al grano.
El Hanyō bufó, cruzándose de brazos.
—Mañana vendré a buscar a Kagome.
Kikyō se mantuvo impasible ante sus palabras, que las tomó como una sentencia. No obstante, por dentro se encontró con una desesperación apenas soportable. Menos mal que dijo que no la provocara.
—Sigues con eso... Aún es muy pronto. No está lista. Acordamos un tiempo límite, ¿recuerdas?
Inuyasha hizo memoria. La única razón por la que envió a Kagome a entrenar con ella era simple: su bienestar. Una batalla peligrosa se avecinaba y era necesario que su compañera se hiciera más fuerte. Temía no poder protegerla todo el tiempo. Ese fue el incentivo que lo llevó a lo impensable: entregarla a Kikyō. Entre negativas propias y argumentos de sus amigos, aceptó a regañadientes. No se vio con otra opción.
—Esa vez que vine a buscarte para pedirte que la entrenaras... no dudaste. ¿Por qué aceptaste tan rápido?
Kikyō pasó la vista al cielo con una mueca indiferente. Pensó la respuesta un segundo.
—Beneficios personales.
—¿Huh? ¿Qué significa eso?
—Como dije, personales.
Inuyasha arqueó una ceja. Usualmente sus encuentros nocturnos no se destacaban por ser muy románticos, pero al menos rescataba las miradas profundas, los susurros dulces que se dedicaban y hasta los silencios que escondían incontables sentimientos. Hoy... Hoy nada de eso estaba pasando. Y temía que no pasara nunca más. Que el día de ayer, donde su pasado amor se mostró distante, fuera el reflejo del futuro.
—Tendrás que dejar tus beneficios para después. Naraku está a punto de conseguir todos los fragmentos, hoy uno de sus demonios atacó de nuevo. —Se tomó un momento para continuar—. Muchos humanos murieron. No llegamos a tiempo. Sin Kagome no podemos saber dónde están los fragmentos de la perla.
La sacerdotisa entornó los párpados e Inuyasha los cerró.
—No podemos perder un minuto más. Solo quedan los fragmentos de Kōga y Kohaku, tenemos que conseguirlos.
—Kohaku... —Kikyō hizo silencio, recordando—. Ese niño sigue vivo gracias al fragmento de la perla.
Inuyasha asintió.
—Encontraremos una forma de salvarlo, pero Naraku no piensa igual. Kikyō, el entrenamiento terminó. Necesitamos a Kagome para robarle los fragmentos a Kōga. El lobo rabioso no quiere dárnoslos.
—¿Por qué Kagome haría la diferencia? —preguntó. Inuyasha gruñó, meneando los dedos sobre el brazo. Recordar la razón lo enfurecía.
—Ese lobo está enamorado de ella. Hará todo lo que diga, incluso entregarnos los fragmentos que tiene en las piernas.
La sacerdotisa levantó las cejas y soltó una carcajada.
—Otro más... Parece que Kagome tiene muchos admiradores. Un demonio, en esta ocasión. Quién lo diría... —Se llevó el cabello hacia atrás con un aire de arrogancia—. Esa mocosa no deja a nadie suelto.
Inuyasha la observó con una expresión de incomodidad. No sabía cómo interpretar aquello. Si era sarcasmo o simplemente una realidad. Quizás ninguna de las dos, concluyó, pues, lo había dicho con cierto orgullo.
—Si tanto te preocupa, ¿por qué no le sacas los fragmentos a la fuerza? No te cae bien, ¿verdad?
Inuyasha desvió la mirada cada vez más incómodo. Kikyō asintió con una sonrisita cómplice.
—Ya veo, le tomaste cariño. Me sorprendes, Inuyasha. Antes no te interesaba hacer amigos, y ahora eres amigo incluso de tu contrincante.
—¡N-No es así! ¡Ese lobo me saca de mis casillas! Pero... —Se rascó la cabeza, refunfuñando—. Kagome se enfadará si lo lastimo.
—Hm... No sabes mentir, para variar.
—¡Deja de desviar el tema! Kikyō, si seguimos a este paso... más humanos morirán. —Bajó la mirada con pesadumbre—. Necesitamos a Kagome.
Kikyō analizó ese penoso semblante, inexpresiva. Buscaba y buscaba una pizca de mentira en sus gestos para así incriminarlo, pero no la encontraba. Inuyasha no sólo quería a su compañera de regreso, sino que de verdad estaba preocupado por los demás.
—Qué inusual... Tú preocupándote por los humanos. Cuando te conocí nos aborrecías. Me imagino que tu cambio de actitud se debe a Kagome.
Inuyasha sacudió una orejita; Kikyō sonrió de soslayo.
—Yo no pude enseñarte eso, no llegué a hacerlo. No..., aunque hubiera vivido más tiempo seguramente no podría haber hecho lo que Kagome hizo por ti. —Cerró los ojos, esbozando una lamentable sonrisa—. Una parte de mí también odiaba a las personas. Tú y yo seguro nos hubiéramos recluido del mundo, en cambio ella te hace ser parte de él.
Inuyasha la examinó frunciendo las garras contra los brazos. Kikyō lucía triste.
—¿Qué te pasa con ella? —Por fin liberó esa pregunta que le venía carcomiendo los nervios hacía días.
La Miko abrió los ojos y los mantuvo en el suelo, pensativa.
—¿Qué fue lo que realmente vi en la habitación de Kagome? ¿De verdad le robaste la energía o...? —No se animó a continuar. Le daba vergüenza. No solo vio lo que fuese que estuvieran haciendo, sino que también olfateó algo particular ese día. El aroma de Kikyō, siempre suave, cambió cuando abrazó a Kagome, transformándose en uno intenso. Adictivo. Sus instintos de bestia se activaron en ese mismo instante, provocando que casi despedazara la ventana con las garras. Más no instintos destructivos, sino otros desconocidos que jamás había sentido. Los creyó peligrosos y tuvo que retirarse. Ese aroma, nunca antes desprendido de parte de su amada, le nubló la mente. Emanaba de todos sus poros, le gritaba que se lanzara hacia ella con urgencia. Antes de perder la cabeza, desapareció de la ventana de Kagome.
Kikyō agrandó la sonrisa ante los titubeantes ojos del Hanyō, que oscilaban de izquierda a derecha sin saber dónde meterse.
—¿Estás preocupado de que te la robe, Inuyasha?
—¡¿Huh?! —Dio un paso adelante, despertando de las memorias— ¿Qué tonterías dices? Kikyō, estás... extraña.
—¿Extraña? Pero si me siento más humana que nunca. Incluso que cuando me encontraba con vida.
Inuyasha arrugó los labios, comenzando a frustrarse. Al igual que ayer, sentía que estaba hablando con otra persona, no con la Kikyō que conocía. De algún modo tomaba aquello como una traición.
—... Tú no eres así.
—¿No lo soy? —Kikyō descansó la espalda en un árbol frente a él y su sonrisa mutó por una melancólica—. Una vez me dijiste eso, Inuyasha. ¿Lo recuerdas? Fue la primera vez que te confesé lo que pensaba de mi vida y tú me dijiste exactamente lo mismo que ahora. Debo admitir que me sentí un poco decepcionada. Pensaba que tú podrías entenderme.
—Yo... aún no te conocía bien, pero ahora lo hago.
—¿Oh? ¿Lo haces? Discúlpame si dudo.
Inuyasha frunció el ceño, sintiéndose insultado por la desconfianza, y comenzó a caminar hacia ella a paso firme. Kikyō se apegó al árbol cuando estampó una mano a su costado. Entró en estado de alerta. No era una buena idea tenerlo cerca.
—Deja de decir tonterías... Soy el único que te conoce de verdad. ¡Y soy el único que puede entenderte! —La abrazó de golpe, dejándola suspendida.
—¿Q-Qué haces? ¡Suéltame! —exclamó, empujándolo por los hombros. Inuyasha reforzó el agarre.
—No me importa que me odies o que me tengas rencor. Ya te lo dije una vez. Mis sentimientos por ti no han cambiado, Kikyō, ¡así que deja de subestimarme!
Nostalgia. Una fuerte nostalgia la invadió de inmediato, llevándola atrás. Cincuenta años atrás. Cuando ambos habían jurado, sin muchas palabras pero con grandes gestos, un amor eterno. Su aroma, su calor, su voz... Todo la drenaba de una pesada melancolía. Siempre evitaba tocarlo porque esto era lo que pasaba, sus convicciones se aflojaban. Aquellas que trabajó arduamente para conseguir olvidarlo.
—Déjame, por favor...
Inuyasha no le hizo caso. La abrazó con más fuerza, robándole la suya en consecuencia.
—Inuyasha... —Descompensándose por la cercanía, subió las manos por su espalda y se aferró a sus hombros. Era un reflejo corresponderle, no podía evitarlo.
—Kikyō...
Abrazarlo era reconfortante, pero a la vez agobiante. Siempre era igual. Un aura triste siempre los rodeaba. Hicieran lo que hicieran, dijeran lo que dijeran, el oscuro pasado no desaparecía. Nada lo compensaba. No podían escapar de él y de ese maldito remolino de crueles eventos. Sintieron un amor tan grande, y ahora estaba tan dañado... La nostalgia se mezclaba con el dolor, provocando que ese abrazo no tardara en transformarse en uno puntiagudo, tóxico. Lastimaba. Antes no le molestaba, no le agobiaba esa toxicidad que se volvió la raíz de su vínculo, es más, se alimentaba de ella y controlaba al Hanyō con ella. Pero ahora era diferente. No quería esa oscuridad en su vida, o en lo que restaba de ésta. Eso ya no era amor. Un amor sincero no debía doler, y ese dolía. Dolía mucho.
¿A qué se estaban aferrando?
El amor es una intensa combinación de emociones y sentimientos. Y deseos. La combinación que ahora los envolvía se destacaba por la desesperación, culpa y melancolía. Ninguna de esas palabras se aferraba al presente, todo estaba ligado al pasado, por ende, no tenía futuro. Ese amor estaba estancado en el tiempo. Lo que tuvieron alguna vez se hizo pedazos. Esa realidad era innegable. Inuyasha luchaba contra ella, pero Kikyō ya se había resignado hacía tiempo. Sin embargo, inconscientemente, nunca la había asumido en su totalidad. Pero ahora...
¿Y ahora qué?
Entreabrió los párpados, los cuales se apagaron por el momento, y los ensanchó de golpe. De pronto Inuyasha desapareció, siendo reemplazado por una dulce sonrisa y unos grandes ojos castaños que conocía muy bien. La miraban juguetona.
Sus labios temblaron.
Kagome...
El sólo pensar en ella llenó a su pecho de calor y mutó esas pesadas emociones por unas livianas. Así debía sentirse el amor: liviano, libre, dulce... como ella.
Apretó los labios, conteniendo las lágrimas, y se encontró sonriendo con resignación. Ahora todo había cambiado, esa era la respuesta que buscaba.
Ahora la quería a ella, a su aprendiz.
Lo sabía, pero esto es peor de lo que pensé. Yo estoy... Realmente estoy, de ella...
Kagome era la nueva dueña de su corazón. Y bienvenida sea. Hiciera lo que hiciera, no podía quitarse ese intenso sentimiento de encima. Aunque mirara a Inuyasha, aparecía ella. Aunque lo abrazara, deseaba abrazarla más a ella. Todo giraba alrededor de Kagome, de su reencarnación. Y le gustaba sentirse así. Kagome, con su dulzura, cuidado y humanos errores, consiguió curar lo que parecía incurable: un corazón roto y lleno de rencor.
Pero ella... no creo que sienta lo mismo que yo. No así de fuerte.
Apoyó la frente en el hombro del Hanyō y suspiró, dejando toda la frustración en él, quién, inocente, pensó que era un suspiro aliviado nacido del abrazo.
Estoy acabada. No me la puedo sacar de la cabeza.
—Kikyō… —Inuyasha acarició su cabello con una mirada afligida. Siempre que la tenía en brazos sus ojos se opacaban—. Te conozco. Sé que estás sufriendo, por eso...
No, tú no me conoces. Ya no.
—Por eso… suéltame. —Kikyō clavó las uñas en sus hombros y lo empujó. Inuyasha se fue hacia atrás, confundido—. No sabes nada de mí, Inuyasha. No sabes cómo soy ahora ni cómo fui antes.
—¿Qué dices? ¡Yo siempre-
—¡Te enamoraste de la imagen que creaste de mí! —explotó. Tenía esas palabras atragantadas hacía tiempo—. Te sentías solo, yo también. Éramos dos extraños que no encajábamos en el mundo, esa fue la razón de nuestro vínculo. ¡Pero ahora estás lleno de culpa hacia mí!
—¡No! ¡No es así!
—¡Me repugna! Me repugna… —Bajó el rostro, tratando de no llorar—… que sientas pena por mí.
Inuyasha se estaba exasperando. No podía llegar a ella. Había una barrera mucho más grande que antes.
—Ese no es el amor que quiero, Inuyasha. En realidad nuestro amor se marchitó hace años, y lo sabes.
—Kikyō…
La sacerdotisa se aferró el pecho con el rostro ensombrecido.
—Yo te dejé ir hace mucho tiempo. Ahora lo único que importa es derrotar a Naraku, por eso… —Dio unos pasos adelante, deteniéndose a su lado—... te entregaré a Kagome. Pero dame un día más, por favor. Puedes venir mañana a la noche.
Inuyasha la observó con pesar, clavándose las garras en las palmas. Eso, más que un pedido, sonaba a un ruego.
—Kikyō, ella… a ti...
La nombrada rió en un decaído murmullo y le dio unas palmitas en el hombro.
—Tranquilo, ella está completamente enamorada de ti.
—¿Por qué… me dices eso?
—Porque es la verdad. —Esbozó una derrotada sonrisa—. Sin embargo, no te la mereces. Ni a ella, ni a mí. No si continúas con tantas dudas. Lo único que haces es dañarla. ¿Cómo puedes abrazarme como si nada sabiendo lo que a Kagome le provoca?
—¿Desde cuándo te preocupa que la dañe? —Inuyasha estrechó los ojos, sospechoso— ¿Qué pasó en estas semanas para que te importe tanto? ¿Qué sientes por ella? —insistió, temiendo la respuesta.
—Qué siento… —Kikyō bajó los ojos, pensativa, y los cerró dibujando una pequeña sonrisa—. Lo mismo que tú sientes por ella.
Inuyasha abrió los ojos de par en par y allí quedó, estupefacto, mientras la sacerdotisa se alejaba de su lado a paso lento.
—Ki… ¿Kikyō?
—Es muy fácil sentir eso por ella, ¿no crees? Es tan amable, extraña y divertida... Tuvo mala suerte de cruzarse conmigo, un cadáver desesperado por esas cualidades —continuó, parándose frente a la barrera espiritual. Agarró su arco y volteó el rostro hacia él con una frágil sonrisa—. Supongo que nos atrapó a los dos con la misma magia. Después de todo, tú y yo somos parecidos. Ambos necesitábamos ser curados, y ella fue nuestro remedio.
Inuyasha no podía cerrar la boca. Todo se desmoronó. En un maldito segundo todo perdió sentido.
—Kikyō..., es tu reencarnación. —Lo dijo como si sus sentimientos fueran sumamente prohibidos. Pero lo que el Hanyō no sabía era que a ésta Kikyō, la Kikyō libre, poco le importaba lo prohibido o la moralidad.
—Quizás por eso mismo siento esto. —Se tocó el pecho—. Ella es mi alma gemela, ¿no lo ves? Es inevitable. Mis sentimientos… y todo lo que quiero hacer con ella no se puede evitar.
Inuyasha tragó pesado, sonrojándose. Ahora entendía lo que había olfateado ese día en la casa de Kagome. La sacerdotisa la deseaba en más de un sentido, y su cuerpo se lo hizo saber. ¿Pero confesárselo así, sin pelos en la lengua? ¿A él? Justo a él. Esperaba que le mintiera, que inventara alguna excusa. ¿De dónde salía esa sinceridad? ¿Desde cuándo alguien tan calculadora como ella era sincera?
—Kikyō, esto es... —No sabía qué decir. ¿Cómo salir de la sorpresa?, ¿cómo asimilarla?, ¿qué hacer? ¿Kagome también sentía lo mismo por ella? El solo pensarlo le hacía hervir la sangre, pero se trataba de sus dos amadas. Aunque se enfadara no podía desquitarse con ellas como lo hacía con Kōga. No podía hacer nada, ¡nada! Excepto sentir celos por las dos, lo cual le parecía una locura.
Kikyō permaneció mirándolo, esperando por una respuesta que no iba a llegar, y puso una mano en la barrera.
—Siempre serás mi primer amor, Inuyasha —le dijo con nostalgia—. Pero ya sabes lo que dicen del primer amor… No está destinado a durar.
El nombrado se aclaró la garganta y estiró el brazo antes de que se retirara.
—¡Kikyō! —La sacerdotisa giró el rostro—. Kagome... ¿Qué siente Kagome por ti?
Kikyō regresó los ojos al frente y declinó la cabeza.
—Eso me gustaría saber.
Traspasó la barrera, dejándolo suspendido en medio de la oscuridad.
Y entonces, ahora en soledad y con la mente hecha trizas, Inuyasha maldijo el día en el que obligó a Kagome a entrenar con ella.
De verdad... lo maldijo con toda su alma.
Kagome, ajena a aquella discusión, se acurrucaba en el Futon con un triste semblante. La fiel serpiente, su ya denominada mascota, se encontraba enrollada en sus pies. Al menos tenía algo de compañía, ya que la Miko ni se asomó para darle las buenas noches, saludo que se había vuelto una costumbre para ambas.
La había escuchado entrar al templo, pero no se atrevió a llamarla. Porque quería llamarla. Ese día terminó siendo un infierno, no solo por Inuyasha, sino también…
—Papá… —Plegó los dedos contra la almohada. Pequeñas lágrimas rodaban por sus mejillas. Tal vez sí debió hacerle caso a su madre y quedarse en su época un día más.
Era el aniversario de la muerte de su padre. Sabía que se acercaba, pero con tantas distracciones la agarró un poco desprevenida. En general no se quebraba tan fácil con aquel tema, había pasado tiempo desde que falleció. Aprendió a lidiar con eso desde pequeña, tampoco le gustaba preocupar a su familia. Sin embargo, el asunto de Inuyasha… No, más el asunto de Kikyō, influyó en su estado. No estaba triste sólo por haber rechazado a Inuyasha, sino porque sinceramente en ese momento eligió quedarse con la Miko. Decisión que le sacudió el cerebro. Y el corazón. ¿Por qué la eligió? ¿Por qué últimamente se sentía tan desnuda frente a ella? Seguir poniendo de excusa que se quedó para terminar el entrenamiento ya no servía. El tema pasaba por otro lado. Cada gesto que tenía su mentora la emocionaba a niveles exagerados. Sus atenciones, los cuidados, las caricias… Era consciente de que le atraía, pero esto ya estaba superando la atracción. Se había dicho a sí misma que dejaría que las cosas fluyeran y ahora sentía que ese fluir se estaba convirtiendo en una peligrosa situación. Peligrosa para su corazón.
Se tapó el rostro con la almohada.
Algo estaba mutando en su interior, algo que temía enfrentar. No le veía sentido. No lo podía tener. Ella estaba enamorada de Inuyasha, supuestamente. Y Kikyō era… Fue su enemiga, por decir de alguna manera. ¿Pero ahora? Ahora solo la quería a su lado para llorar en su hombro lo mucho que extrañaba a su padre.
Se destapó, revelando unas gruesas lágrimas.
¿Por qué su corazón la elegía a ella para llorar? Para algo tan íntimo.
Kikyō…
La nombró en sus pensamientos, sollozando. La serpiente levantó la cabeza al escucharla y comenzó a deslizarse por el Futon. Empujó con cariño su mejilla, haciéndole esbozar una leve sonrisa.
—Algo no anda bien conmigo, amiga.
Soltó un pesado suspiro y enterró la cara en el Futon. La serpiente se acurrucó a su lado, haciéndose un bollito.
Quiero verte...
Cerró los ojos, intentando convocar a Morfeo. Tarea que parecía imposible. Los largos minutos pasaban, y nada. Lo único que hacía era seguir pensando en ella. En ella y sus enredados sentimientos.
—Yo... quizás esté...
Se tragó las palabras cuando la serpiente levantó la cabeza de pronto. Se escuchaban pasos. Lentos pero seguros se acercaban por el pasillo. Kagome se dio la vuelta y su corazón saltó cuando la puerta de la habitación se abrió.
—Kikyō…
La nombrada, cubierta por un Yukata, le mantuvo la mirada con seriedad y comenzó a acercarse sin esperar un permiso. Se arrodilló en el Futon con delicadeza mientras Kagome se sentaba abrazándose a la almohada.
—¿Me llamaste? —inquirió, sonriéndole con dulzura.
—¿Eh?
—Aquí… —Se tocó el pecho—. Te escuché.
Kagome miró su pecho, conmocionada. Más lágrimas escaparon; verla terminó por desarmarla. Se tapó el rostro con la almohada, para así acallar el llanto que iba en aumento. Kikyō la detalló, preocupada. Llegó a ver sus ojos antes de que se cubriera, los tenía muy rojos. Esas lágrimas no eran solo de ahora.
—Kagome… —Con cuidado le sacó la almohada que con tanto empeño abrazaba, revelando un rostro desamparado— ¿Por qué lloras? —preguntó, llevando una mano a su mejilla. Deslizó el pulgar por ella, borrando su dolor. Kagome descansó la mejilla en su palma con los párpados temblorosos.
—Tú… me escuchaste.
—Claro que lo hice. Estamos conectadas… justo ahora.
Kagome se perdió en su profunda mirada, ensimismándose.
¿Ella vino por mí?
—¿Estabas… pensando en mí?
La sacerdotisa agrandó la sonrisa, trazando su mandíbula con las yemas.
—Siempre estoy pensando en ti.
Kagome entrecerró los ojos, sollozando más fuerte, y en un impulso se lanzó a sus brazos. Kikyō la envolvió en un protector abrazo.
—¿Qué sucede? —preguntó en su oído, acariciándole la cabeza.
Su voz sonaba tan dulce, tan cariñosa… La derretía. Esos dedos entrelazándose con sus cabellos en gráciles caricias más.
—Lo siento, solo un poco… —Se aferró a su espalda y descansó la frente en su hombro, apenada por su debilidad.
La sacerdotisa asintió, comprensiva, y reforzó el brazo. Kagome lloraba en su hombro. Silenciosa, en murmullos. Desconocía la razón. Pensó en Inuyasha, creyendo que quizás tenía que ver.
—No es eso.
Ensanchó los ojos y la miró. Kagome se enderezó con la nariz roja.
—Mi papá…, es su aniversario —mencionó con el rostro decaído—. Usualmente lo paso en casa con mi familia, pero este año es diferente. No puedo tomarme esa libertad.
—Me lo hubieras dicho… Podías quedarte un día más en tu época.
—¡No! No tenemos tiempo y no quería ser una molestia. —respondió, limpiándose la nariz con el dorso de la mano.
Kikyō relajó los párpados, hipnotizada por su tierna persona. Kagome se veía tan pequeña en ese instante, tan frágil... La enloquecía. Una mezcla de cuidado y ansiedad la atacaban. Quería consolarla toda la noche, si era posible. Pero también quería agarrar esos colorados cachetes e impulsarla a sus labios.
—¿De verdad piensas que a ésta altura eres una molestia? —Levantó su mentón observándola con la misma vulnerabilidad. Mirada en la que su aprendiz se zambulló— ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
Kagome esbozó una débil sonrisa, reforzando el agarre en su espalda.
—Quedarte así un rato, solo eso. Al menos por hoy… —Su voz se quebró de nuevo. Kikyō detalló con el pecho oprimido esas lágrimas que continuaban fluyendo. No las soportaba. Le partían el corazón en dos.
—No llores… —Se inclinó y besó una lágrima debajo de su ojo. Kagome endureció la garganta intentando no llorar, pero era imposible. Su cercanía la calmaba tanto como la inducía a liberar el dolor.
—Kikyō…
La nombrada le sostuvo la mejilla y continuó besándole las lágrimas con cuidado mientras la atraía hacia sí por la espalda, ubicándola entre sus piernas. Kagome frunció los dedos contra sus hombros al sentir esos fríos labios pasando por su piel; cachete; nariz, frente. La sacerdotisa no dejaba ningún lugar sin besar, excepto uno. Uno que comenzaba a anhelar.
—Kagome… —Kikyō besó una lágrima cercana a su comisura y, llevada por el momento, arrastró los labios por su mandíbula hasta encontrarse con su cuello—. Hay una aquí también… —Pasó la lengua por su piel lentamente, provocando que Kagome girara el rostro con los párpados entornados. Ese húmedo y suave contacto le aceleró el corazón de golpe. Empezaba a costarle respirar. De pronto el pecho le pesaba tanto como las emociones contenidas—. Y aquí...
Kikyō separó los labios sobre su cuello y los cerró en una pequeña succión que le brindó escalofríos. Kagome arqueó las cejas sintiendo como esa curación comenzaba a transformarse en tentadores besos que recorrían todo su cuello, haciéndole cosquillas.
Mi corazón… va a estallar.
—Ki… Kikyō… —la llamó en un suspiro, resbalándose por sus hombros, descubriéndolos del Yukata.
La Miko levantó el rostro con unos oscurecidos ojos y los centró en esos semiabiertos labios. Se humedeció los suyos pasando las manos por su espalda en suaves caricias que bajaron por sus caderas. En un tironcito la impulsó hacia ella. Kagome cruzó los brazos detrás de su cuello cuando sus vientres se encontraron, tornando la cercanía en demasía sentida. Sus respiraciones ya no sonaban serenas. El aliento escapaba de sus bocas, entrecortado.
No… Si esto sigue así no podré detenerme...
Kikyō se inclinó hacia adelante, embelesada, y comenzó a recostarla, acomodándose sobre ella. Kagome estacionó la espalda en el Futon con las mejillas coloradas. Kikyō la observaba desde lo alto, intentando contenerse. La imagen de su aprendiz tan entregada a su persona no ayudaba. Incluso las lágrimas que aún recorrían sus ojos le parecían hermosas. La emoción que sentía se expandía por su pecho, amenazante, avisándole que en cualquier momento la cordura la abandonaría. Pero esas lágrimas... Esas dolorosas lágrimas que continuaban resbalándose por sus mejillas le impedían descontrolarse por más hermosas que fuesen.
No puedo abusar de su estado…
Se inclinó a su oreja, donde Kagome percibió su respiración acelerada.
—¿Quieres que me quede contigo esta noche? —murmuró en ella, trazando el borde con los labios. Kagome la observó de soslayo, disfrutando de esos largos cabellos negros que se esparcían por su rostro.
—Sí… —Rodeó sus hombros por detrás, abrazándose a ella—. Yo te llamé, después de todo.
Kikyō sonrió contra el borde de su oreja y con mucha voluntad se desplomó a su lado. Kagome giró el rostro y la observó con profundidad mientras calmaba al corazón. La verdad… en ese momento ni le interesaba lo que estuvo o estaba a punto de pasar. Tampoco le importaba entenderlo, tenerla a su lado era todo lo que necesitaba. Lo único que sabía con certeza era que su corazón por primera vez llamó a una persona que no era Inuyasha.
La llamó a ella.
Kikyō levantó la mano y acomodó unos desordenados mechones en su frente. Luego le acarició la mejilla, borrando el rastro de sus lágrimas. Solo eso hacía. Permanecía en silencio, mirándola y acariciándola. No parecía tener intenciones de hablar, porque ya no había nada que decir. Al menos en su corazón todo estaba dicho.
Kagome sujetó esa fría mano y le regaló la sonrisa más bella que había visto en su vida.
—Kikyō... eres más dulce de lo que pareces.
—Solo contigo.
Kagome se sintió en demasía regocijada con esa respuesta tan directa como rápida. Tan bien se sintió, que deseaba más de ella.
—¿Con-
—No, con Inuyasha nunca fui así. No llegué a serlo, ya te lo dije.
—Lo siento…
Kikyō arqueó una simpática comisura y le dio un golpecito en la frente.
—Deja de nombrarlo.
—Ah, perdón. Es pura curiosidad, lo juro. No estoy mal por él ni nada parecido.
—Hm... —Se colocó de frente, pasando la mirada al techo—. Entonces, ¿por qué eres tan curiosa conmigo?
—Porque… me interesas.
Kikyō volteó el rostro hacia ella con unos penetrantes ojos que le hicieron arrepentirse de haber sido tan sincera.
—Quiero decir… —Extraño. Kagome no podía mentir aunque lo estaba intentando, no si su mentora la miraba de ese modo—. Eso. Me interesas. Y me gusta estar así… contigo. No me molestaría que a partir de hoy durmamos juntas. Solo si tú quieres, claro.
La sacerdotisa respiró hondo. No podía encontrarse en una situación más comprometida. Mientras más veía el sonrojado rostro de Kagome, más se sentía a punto de perder la cabeza. Todo en su interior gritaba, estallaba. De repente se confirmó en sus adentros porqué el Hanyō había caído tan rendido ante esa humana. Kagome era de verdad… De verdad... un maldito encanto.
Quería hacerla suya allí mismo.
Esquivó su mirada para calmarse. Si continuaba viéndola terminaría besándola. Meditar le vendría muy bien ahora, quizás así podría apaciguar las intensas ansias que le recorrían el cuerpo.
—Eso será imposible.
—Ah... Entiendo. —Kagome bajó los ojos, entristeciéndose—. Soy muy molesta cuando duermo. Termino abrazándote y chupándote el dedo...
Kikyō volvió a observarla con la garganta cerrada. Esa carita triste no hacía más que descarrilarla.
—Sí, eres molesta, pero ese no es el problema —respondió, incorporándose. Kagome se ruborizó cuando colocó medio cuerpo sobre ella, quedando cerca de su rostro—. Si dormimos juntas todos los días tarde o temprano me tentaré.
—¿Ten... tentarte?
—Tu dignidad peligra conmigo, Kagome. —amenazó de un modo que Kagome vio muy cómico. Su cara, para variar, no expresaba nada a diferencia de esas peligrosas palabras. Se preguntó si la sacerdotisa no era consciente de ello o si había practicado toda su vida esa cara de póker que generalmente la caracterizaba. No podía tomarla en serio si le hablaba así.
—¿Qué vas a hacer?, ¿abusar de mí? —bromeó, atajando uno de esos largos mechones que caían sobre su pecho. Kikyō sonrió de un modo sugerente.
—Eso y mucho más.
Su aprendiz se achicó en el lugar, soltándole el cabello. Ahora sí que podía tomarla en serio; no parecía estar bromeando. Algo en el ambiente se lo decía, y sus acciones pasadas lo confirmaban.
La sacerdotisa alzó una ceja ante ese rostro petrificado y le pellizcó el cachete.
—¡Auch!
—No pongas esa cara, estoy bromeando. —Volvió a acomodarse a su lado y pasó la vista al techo. Único sector que podía mirar para no mirarla a ella—. Inuyasha vino hoy. Dijo que mañana a la noche te vendrá a buscar, así que no podremos dormir juntas.
Kagome parpadeó, desorientándose.
—¿Huh? ¿Cuándo vino?
—Cuando te fuiste a bañar.
—Cuando me... —Lo meditó, arrugando la frente—. Por eso me dijiste que fuera primero, tramposa. ¿No querías que lo viera?
—No quería que pasara lo de ayer. Fue un dolor de cabeza esa pelea tan infantil.
Tenía un punto. En efecto fue demasiado infantil todo lo que sucedió. Ella también hubiera querido evitarlo, en especial porque esa pelea generó que sus sentimientos perdieran el rumbo.
—Entonces... ¿mañana tendré que irme? —Kagome se puso de costado, apoyando la mejilla en el brazo— ¿Por qué tan pronto? Le dije que terminaría el entrenamiento.
—La situación con Naraku empeoró.
—… Ya veo. ¿Crees que estoy lista?
—No, ni por los pelos. —Kikyō le sonrió—. Pero sé que lo harás bien, Kagome. Tienes un gran poder en tu interior, lo sentí. Además, no lucharás sola. Cuando el momento llegue, yo estaré ahí para ayudarte.
—Pero…
Más allá de la violenta batalla que le esperaba, la idea de separarse de su mentora tan rápido le hacía un nudo en la garganta. Al igual que ayer. Había vuelto con ella para pasar más tiempo a su lado, ¿y ahora tendría que dejarla? Estaba demasiado cómoda con su compañía, pero el problema no pasaba sólo por ahí. Temía por su muerte.
Temía salir de allí y no verla nunca más.
Kikyō observó sus ojos dubitativos y se llevó las manos al pecho. Comenzó a abrirse el Yukata sin previo aviso. Kagome se fue hacia atrás cuando sus pálidos senos saltaron a la luz.
—¿Qué haces...?
—Mira. —Le mostró su pecho desnudo. A la más joven le costó despegar las pupilas de esos encantadores pezones rosados que la saludaban. Los creyó perfectos, casi que los envidió—. La cicatriz ya no está. Tú curaste lo imposible, Kagome. Tus poderes lo hicieron. Confía en ellos.
Kagome la detalló en silencio. Aquella extensa cicatriz que antes decoraba su piel había desaparecido. Lo único que quedaba de ella era una delgada línea en medio de sus pechos. Desconocía tal información. Sabía que la había curado, pero no recordaba haber visto los resultados de sus poderes. El desmayo ocasionado por el exceso de energía que le brindó había borrado no sólo aquel inadecuado recuerdo que la sacerdotisa se empecinaba en ocultar, sino también lo que estaba viendo.
—¿Yo hice esto? —inquirió, trazando la cicatriz con los dedos. Kikyō se entumeció al sentirla—. Todavía no recuerdo bien esa noche.
—Mejor.
—¿Huh?
—… Nada.
Kagome achinó los ojos en señal de sospecha y volvió la vista a su pecho.
—Ya no estás tan fría. Tu piel... —Continuó deslizando los dedos en medio de sus senos, rozando los costados de éstos. A Kikyō se le entrecortó la respiración; sus pezones comenzaban a entusiasmarse por el contacto. Los percibía allí, endureciéndose poco a poco. Cerró el Yukata en un intento de ocultarlos, dejándole la mano encerrada.
—Ya viste suficiente.
Kagome levantó la vista con inocencia y bailó los dedos sobre su piel. La Miko agrandó los ojos cuando unas inmediatas cosquillas la asaltaron de adentro hacia afuera. Se tapó la boca, sorprendida y conteniendo la risa. No sabía que podía tenerlas. Su cuerpo de barro sentía más de lo que creía. Tenía cierto sentido si lo pensaba, ya que también podía sentir dolor.
Y placer.
—¿Q-Qué haces?
—Cosquillas.
—Deja de… —Cerró los ojos, dándole la espalda. La risa chocaba contra su palma, acción que Kagome veía muy divertida—. M-Mocosa.
—¡La risa hace bien al alma! —exclamó en su oído. Kikyō se volteó más, aferrándose el vientre. No solo por las desesperantes cosquillas, sino también por esa traviesa mano que bajaba por su abdomen para conseguir más de ellas. Se encontró deseando que esos no mal intencionados roces se transformaran en otra cosa.
—¡Vamos, libérala! ¡No voy a parar hasta que te rías!
Kagome se asomó por encima de su hombro para atacar con más fuerza, pero no llegó a hacerlo. Su mandíbula se desencajó cuando la Miko, sin poder aguantar más, se destapó la boca y se echó a reír. Era una risa suave; una sonrisa fresca.
Simplemente la encandiló.
—Kikyō… eres muy hermosa.
La mayor se atragantó con la carcajada y giró el rostro, hallando al suyo a una peligrosa cercanía. Kagome ya no le hacía cosquillas, no por fuera. Sin embargo, por dentro aquel elogio recibido se encargaba de continuar la tarea. Nunca le habían dicho aquello, al menos no una persona querida. Inuyasha no era del tipo adulador. Cuando estaba viva escuchaba comentarios similares mientras transitaba los caminos de su aldea, pero en nada le importaban. Eran superficiales. Seguía de largo intentando no irritarse con esos murmullos que le atacaban las espaldas. Pero escucharlo de Kagome… Ella provocaba que esas palabras finalmente tomaran forma.
Si ella lo decía... se sentía hermosa.
Kagome se sorprendió al ver sus ojos. Kikyō la miraba como si no lo pudiera creer, como si no fuera merecedora del elogio. Le correspondió tal mirada con una expresión confundida. Sí se podía creer. Nadie en el mundo que tuviera ojos podía decir que la sacerdotisa no era una belleza. Su hermosura sobrepasaba incluso al de las modelos japonesas de su época. Nunca había visto a una mujer tan bella. Antes no quería admitirlo, pues, "enemiga", pero ahora que tenían otro tipo de vínculo era capaz de decírselo con libertad.
—¿Qué pasa? —le preguntó con dulzura, poniendo una mano en su cabeza—. Te congelaste.
Kikyō estrechó los párpados, movilizada por dentro, y en un arranque se volteó y sumió el rostro entre sus pechos como si hubiera hallado agua en un desierto. Kagome puso las manos en su espalda con las mejillas ardiendo. Era un abrazo desesperado.
No te vayas… No quiero que te vayas.
Imploró Kikyō en sus pensamientos, hundiendo la nariz en ese cálido lugar que olía tan bien.
—O-Oye...
—Kagome, no deberías ir diciendo eso por la vida. —murmuró, haciéndole cosquillas. Sus pechos se asomaban un poco entre el Yukata, permitiéndole sentir esa suave y acolchonada piel sobre sus mejillas.
—¿Qué tiene de malo?
—Podría malinterpretarse. Si yo fuera un hombre ya no estarías tan segura.
—Pero no lo eres…
La sacerdotisa bajó las pestañas sobre su piel y presionó los labios en uno de sus pechos. Los de Kagome se despegaron ante la descarga eléctrica que recibió.
—Quizás… conmigo tampoco estás segura.
Su aprendiz declinó la vista, boquiabierta. Kikyō besaba lentamente la curva de sus pechos deslizando las manos por su espalda, arrastrando su ropa con cierta exasperación. Dulces, esos labios se movían acompasados contra su piel, degustándola, conteniéndose de ir más allá. En cada ocasión que la tocaban, las descargas eléctricas volvían. Marchaban debajo de su piel como hormiguitas hasta terminar en sus pezones, los cuales comenzaban a despertar. Aunque fuera extraño, no la incomodaba ser besada por ella. Al contrario.
Se estaba nublando.
Esos besos la estaban hechizando, las sensaciones más.
—Si eres tú... está bien. —Kagome la acurrucó hacia sí por la cabeza—. Está bien, Kikyō.
La nombrada frunció los dedos contra su espalda, conteniendo las lágrimas. Y el deseo. Un hambriento deseo que apenas podía sosegar. Lo único que le impedía dejarlo en libertad era la inadecuada situación. Se suponía que tenía que consolarla por el aniversario de su padre, no aprovecharse de ella.
—¿Eres consciente de lo que significa eso? —inquirió con fragilidad, sumiendo una pierna entre las suyas— ¿De lo que está pasando... entre nosotras?
Kagome la contemplaba abstraída desde lo alto, acariciándole el cabello. No se sentía allí. Lo estaba, pero apenas percibía la realidad. Desde que Kikyō la abrazó lo único que sentía era su cuerpo contra el suyo, su helado aliento acariciándola y esas sinceras palabras que escapaban de su boca en un susurro y con un tinte de plegaria. Todo lo demás había desaparecido.
—Tal vez. No lo sé... Lo único que sé con certeza es que no quiero dejar de verte, Kikyō.
Eso era un hecho. En algún momento del camino ninguna deseó alejarse de la otra. Sus sentimientos, ahora turbulentos, tenían que afrontar la dura realidad: la separación. Cuando Kagome traspasara la barrera nada volvería a ser igual. Ella se iría con sus amigos y Kikyō no aceptaría su futura oferta de acompañarlos. Era una solitaria por naturaleza. Solo al lado de Kagome se sentía cómoda, y sabía que ella no abandonaría a sus camaradas. Era su deber permanecer con ellos en tan importante momento; debía encontrar los fragmentos restantes. No podía forzarla a quedarse a su lado en aquel desolado templo que, para ellas, resultó un preciado hogar. Además, la sacerdotisa tenía otra misión. Una que debía cumplir sola.
Kikyō delineó una lastimosa sonrisa sobre su piel y abandonó ese cálido refugio sólo para estrecharla en brazos. Kagome pestañeó contra su pecho, sonrojada.
—Este no es un adiós. Nos volveremos a ver —musitó. Kagome se aferró a su cintura, angustiándose—. Es inevitable.
—Sí… Es inevitable.
¿Cuándo empezamos a tratarnos así? Ya no lo recuerdo.
Se preguntó la más joven, dejándose llenar por el afrodisíaco aroma que la envolvía. Ella no era la única implicada respecto a lo sentimental, ahora podía confirmarlo. Kikyō sentía algo por ella; esas caricias no eran las de una mentora ni las de una amiga. Desconocía si su sentimiento era tan profundo como el suyo, pero intuía que se asemejaban bastante. Una vocecita en su corazón se lo decía. En sí, de un modo inconsciente, hacía mucho había comprendido la verdad. Sus almas, conectadas por una fuerza que superaba la del tiempo, eran incapaces de no sentirse atraídas por la otra. Antes de llegar al templo, antes de siquiera salvarla incontables veces, Kagome ya tenía curiosidad por ella. Era como un imán. Cada vez que la veía, además de sentir celos por su relación con Inuyasha, también sentía un extraño apego. Sin embargo, esa conexión no bastaba para apreciarla tanto como ahora lo estaba haciendo. Kikyō se ganó su aprecio con acciones y palabras. Y Kagome se ganó el de ella con lo mismo. Eso, más la inevitable conexión que compartían, daba en resultado el vínculo más intenso y profundo que tuvo en su vida. Si no fuera por la existencia de Inuyasha, no estaría debatiéndose nada. Ese inevitable vínculo seguiría su curso naturalmente, llevándolas a las dos a ser...
Se acurrucó más contra su pecho, avergonzada.
A ser mucho más que solo mentora y aprendiz.
Pero Inuyasha existe, y ese es el problema.
—Perdóname, Kikyō.
La sacerdotisa descendió la mirada, hallando unos apenados ojos.
—Creo que... te estoy causando problemas.
Kikyō separó los labios, impresionada.
Lo sabe... Kagome lo sabe.
Sonrió.
—Descansa. —Comenzó a acariciarle la cabeza, induciéndola al sueño. Uno que llegó más rápido de lo que Kagome pensó. Su tacto siempre la relajaba.
—¿Te quedarás toda la noche? —preguntó en un murmullo, somnolienta. La sacerdotisa asintió sobre su cabeza y la besó con cariño.
No se sentía muy tranquila con la respuesta de su aprendiz, quién titubeante contestó: no quiero dejar de verte. Y menos con la que vino después: te estoy causando problemas. Todo le daba a entender que, a pesar de conocer la verdad, seguía confundida. Y era normal que lo estuviese. El corazón de Kagome estaba dividido entre ella e Inuyasha. Sonaba mal si lo decía así, incluso desalentador. Pero no lo era, porque una parte de su corazón ahora le pertenecía a ella, a Kikyō. Está bien, se conformaba con eso. Antes lo único que deseaba era hacerle pensar en sus sentimientos para que así los descubriera, pero ahora entendía que no era tan importante saberlos porque conocía los suyos propios. Y, quién sabe, quizás la joven encontraría su respuesta pronto. No había apuro. Lo único que le importaba era que Kagome se mantuviera sana y salva.
Y feliz.
Le gustaba quererla, se sentía bien hacerlo. Con eso era suficiente.
Mientras sigas existiendo… yo estaré bien.
Se llevó esa reflexión a los sueños, donde, irónicamente, Kagome aparecía en ellos. Una Kagome un poco más traviesa. Una que no dudaba y le permitía explorarla de todas las formas posibles. No se quejaba si la tocaba; sonreía contra sus labios con cada caricia recibida y también se animaba a tocarla a ella en íntimos lugares que le hacían estremecerse. Era un sueño algo... intenso.
Quizás por eso al despertar gracias a un minúsculo ruidito se sintió desorientada, además de acalorada. No sabía si lo que estaba viendo era real o continuaba soñando. Tampoco sabía cuánto tiempo había pasado desde que se durmió.
—¿Kagome…? —La llamó adormecida, viendo cómo se desenlazaba de sus brazos— ¿Qué pasa?
Kagome se rascó la cabeza, bostezando, y la miró con los ojos achinados por el sueño.
—Pis.
Kikyō parpadeó, despertando, y soltó una risita. Definitivamente esa era la realidad.
—Ve.
Kagome asintió y con mucha pereza se levantó del Futón. La sacerdotisa se puso de costado para verla partir, y resbalarse. Ensanchó la sonrisa mientras respiraba hondo y sus ojos se profundizaban. Kagome solo tenía que ir al baño, pero hasta eso le provocó una ternura desmedida.
Qué linda es…
Escondió el rostro en la almohada, aferrándola con fuerza. Por primera vez en su vida se sentía como debía sentirse una chica de su edad: adolescente. Una a punto de explotar y con las hormonas fuera de control.
Quiero besarla… No sé cuánto más pueda aguantar.
Suspiró. Sí, había decidido aceptar la confusión de la joven y no apurarla, sin embargo, su cuerpo no opinaba igual. Estaba casi al límite. Temía que se moviera por sí solo como aquella ocasión en su casa.
La madera del pasillo comenzó a crujir pasado unos minutos. Kikyō desenterró la cara de la almohada. Era Kagome. Regresaba a paso torpe. No creía equivocarse al pensar que continuaba dormida a pesar de haberse levantado.
Entró a la habitación, se desplomó a su lado dándole la espalda y cerró los ojos como si nunca los hubiera abierto. La sacerdotisa levantó la cabeza y la contempló con curiosidad. Sonrió.
—¿Hiciste pis? —inquirió con dulzura en su oído, abrazándola por detrás. Kagome dibujó una atontada sonrisa al sentir una suave presión en la espalda.
—Tus pechos... —balbuceó, sujetando esa mano que le sostenía el vientre—... son grandes.
Kikyō contuvo una carcajada y apoyó el mentón en su hombro. Confirmado, seguía dormida.
—¿Te gustan?
Asintió con los ojos cerrados.
—Y a mí me gustan los tuyos... —ronroneó contra su cuello, observándolo con adoración. Presionó los labios en su piel—. Por eso los toqué.
—Perver... tida...
Kikyō volvió a reír, pasando los labios por su nuca. Esa mocosa en absoluto se encontraba allí. Hasta el día de hoy le sorprendía el sueño tan profundo que tenía. Casi que lo consideraba un don.
—Es tu culpa que lo sea —contestó, sintiendo su calma respiración expandiéndose hacia ella. Kagome ya no mostraba muchos signos de estar escuchándola, si es que la escuchó. Despegó los labios de su cuello para confirmarlo y admiró con una blanda sonrisa su rostro durmiente—. Pareces un bebé...
Mejor dejo de molestarla.
Agarró la sábana y la arropó hasta el cuello, para luego acurrucarse a su lado, abrazándola. Kagome, todavía con un pie en el mundo de Morfeo y otro en la realidad, entreabrió los ojos al sentir el calorcito de la sábana y una fría respiración acariciándole la oreja. Aún dormida, se sentía tan feliz y protegida... Ese abrazo era tan dulce que acallaba a su consciencia, siempre indecisa, y liberaba a su verdadero ser: el inconsciente, quien pecaba de sincero.
—Kikyō…
—¿Hm?
—Te quiero.
La sacerdotisa abrió los ojos de golpe. Por un momento el tiempo se detuvo. La emoción que la asaltó la dejó sin habla y con el pecho endurecido. Lágrimas querían escapar de sus ojos, los cuales ardían. Lágrimas por finalmente estar escuchando lo que tanto había anhelado. ¿Estaba soñando? No..., todo se sentía muy real.
—Kagome... —Arrastró la frente por su nuca, haciéndole cosquillas con el flequillo, dejando rastros húmedos en su piel.
No podía evitar llorar. Quería parar, pero no podía. No eran lágrimas de tristeza sino de felicidad. De emoción. Nunca había llorado de esa manera. Sólo conocía las lágrimas nacidas de la agonía, pero estas... Estas se sentían tan bien al ser liberadas.
—Ven aquí... —La jaló hacia sí por el brazo. Kagome rodó sobre el Futon con los ojos cerrados y terminó sumida en su pecho. La sacerdotisa la abrazó con fuerza, tal como si fuera el último abrazo—. Te quiero, Kagome.
—Hm...
—Sé que estás dormida. Quizás mañana no recuerdes lo que me dijiste. Pero... te aseguro que yo siempre lo voy a recordar.
Kagome apenas abrió los párpados y volvió a cerrarlos. Se abrazó a ella, reforzando el aprecio. Kikyō le sonrió desde lo alto, acariciándole la cabeza.
—Siempre… Incluso aunque mi existencia desaparezca. ¿Sabes por qué, Kagome? —preguntó en su oído, ya sin obtener respuesta—. La porción de tu alma que tengo en mi cuerpo volverá a formar parte de ti, y con ello también el recuerdo. Nunca nos separaremos porque… seremos una. —Besó su mejilla, humedeciéndola con las lágrimas.
Siempre fuimos una, Kagome.
Continuará.
Hoooli, acá dejando el capítulo 12 antes de las fiestas, que ya se nos vienen encima. ¿Cómo andan?, ¿cómo las van a pasar? ¿En familia, con amigos, en pedo? Espero que haya mucho alcohol de por medio (mala influencia activada). Pero dale, fue un año medio choto, hay que celebrar al menos un día. Tireemos la caasa por la ventaana genteee.
Bueno, gracias por leer. Espero que pasen unas hermoosas fiestas y nos leemos en el próximo capítulo. ¡Besitos a todxs y se me cuidan!
nadaoriginal: ¡Gracias por leer! Sí, el encuentro con Inuyasha pudo haber sido un desastre, pero decidí que no. Ya bastante infantil fue jajaja. Gracias por seguir acompañándome, querido yurista, ¡y nos leemos prontito! ¡Besitos!
Carol-G 20: ¡Bienvenida al mundo de los Fanfic y gracias por leer! El epílogo de "Perdición" era una idea nomás. No estaba segura de hacerlo, y todavía no lo estoy. Creo que esa historia ya terminó (qué genial que te gustó), ya pasaron años desde que la escribí jaja. Pero posiblemente haga otra más adelante, cuando se me despierte la intensidad de nuevo. ¡Me alegra que esta historia te esté gustando también! ¡Nos leemos pronto, besitos!
Guest: ¡Gracias por seguir por acá! Me alegra que te siga gustando la historia. Y sí, hay algunas opciones para que Kikyo no desaparezca, pero eso se verá más adelante. No hay que olvidar que la perla de Shikon nunca cumple tu verdadero deseo, excepto que sea el deseo correcto. ¡Te leo en el próximo capítulo, besitos!
Chat'de'Lune: ¡Esstimaaada (le tose), gracias por seguir por acá! Ya estoy mejor, fue un pequeño ataque de alergia nada más, así que respirá tranquila. Hasta me hice el test y todo: negativo lalala. Kikyo y sus manitas de pulpo no paran, hay que darle un correctivo a esa piba (? jajaja Te leo en el próximo, ¡besitos y namastee! PD: alta canción innamoramento.
Maria Sato: ¡Gracias por leer! Yo ando bien, por suerte. Vivita y coleando. Espero que vos también. Me alegra que la historia te siga gustando. ¡Te leo en el próximo capítulo, besos!
davherreras: ¡Gracias por seguir por acá y apoyar la historia! Esperemos que Kagome se decida pronto, chi. Y concuerdo, ojalá este nuevo año no sea tan caótico y el sol nos sonría (? Cuidáte y nos leemos en el próximo capítulo. ¡Besitos!
