Prueba I
Kagome abrió los párpados con pereza y volvió a cerrarlos arrugando la frente. Unos molestos rayos de sol entraban por la ventana, lastimando a sus queridas pupilas.
Ya es de día…
Trató de moverse, encontrándose con una resistencia. Una familiar. No le sorprendió despertarse en los brazos de Kikyō. Últimamente dormían así; juntas, abrazadas, como si fueran una. Sintiendo la calma respiración de la otra.
Pero eso terminaría hoy.
Pasó la mano por su brazo en una caricia, haciéndola sonreír en sueños.
Parece tan tranquila…
Pensó, sonriendo por igual. Desenterró la nariz de sus pechos para disfrutar mejor ese pacífico rostro que merecía ser adorado unos momentos. Kikyō dormía como un bebé, tal como si la guerra que las esperaba no existiera. Por lo general, era ella quien se despertaba primero, pero hoy no parecía tener intenciones de madrugar.
Qué linda…
Continuó observándola en silencio, recordando la noche pasada. Todo lo de la noche pasada. Porque, contrario a lo que su mentora creía, en esta ocasión sus recuerdos no se habían perdido. Seguían intactos, incluso los últimos.
Se llevó una mano al cuello, allí donde Kikyō la besó repetidas veces. Donde ella misma, sin oponerse, se dejó besar.
Ella… a mí…
Bajó las pupilas a sus pechos, también víctimas de esos fríos labios.
En ese momento… todo dejó de importarme.
Muy despacito comenzó a desenredarse de sus brazos. Se sentó con cuidado para no despertarla y volvió a sonreír al pasar la mirada al frente. La serpiente, su fiel compañera, se encontraba enrollada en los pies de ambas. Dormía igual de tranquila que su dueña original. Soltó una risita. Al respirar dejaba escapar un pequeño silbido.
—¿Están conectadas o qué? —musitó, detallando sus ojitos cerrados—. Pareces un gato.
Las tres parecemos una pequeña familia.
Un aura de melancolía se sentía en el aire, como si ese templo se estuviera despidiendo de ellas, pues, hoy sería el último día que pasaría con su mentora allí.
Tan rápido… Las semanas se fueron volando.
Una suave caricia en la espalda la sobresaltó de pronto. Volteó la cara, encontrándose con Kikyō sonriéndole dulcemente. Se perdió en ese perfecto gesto. Tenía una mirada dormida, vulnerable. Lejos había quedado esa imperturbable sacerdotisa del principio.
—Buenos días. —La saludó en voz baja, pasando la mano por su espalda de arriba hacia abajo. Kagome le devolvió la sonrisa y se inclinó.
Su mano es tan fría, pero sus caricias tan cálidas…
Le dio un beso en la mejilla.
—Buenos días.
Kikyō tardó en reaccionar. Kagome nunca la había saludado así. Se preguntó si era agradecimiento por haberse quedado toda la noche con ella.
Kagome despegó los labios de su mejilla y la abrazó.
—Estás suavecita… —murmuró, descansando el rostro en su pecho con una sonrisa—. Como un osito.
La Miko la observó desde lo alto, embelesada, antes de rodearla con los brazos.
—¿Qué dices? ¿Sigues dormida?
Kagome negó sobre su torso y se incorporó con las manos.
—¿Qué quieres hacer hoy? Ya que es el último día, ¿quieres hacer algo especial? Además de entrenar.
Kikyō lo meditó un momento, entristeciéndose. No quería que ese fuera el último día que pasaran juntas, pero ya que lo era, ¿por qué no ser un poco caprichosa?
—Cosas normales.
—¿Normales?
—Quiero… —Apartó la vista, pensativa—… desayunar en la cama.
Kagome se contuvo de reír. Su pedido, en efecto, era muy normal, por no decir dominguero. Kagome, los domingos, tenía esa rutina: desayunar en la cama viendo su programa favorito de tv. Se saltaba los desayunos familiares y también los almuerzos para básicamente no hacer nada más que quedarse todo el día en la cama holgazaneando. Extrañaba un poco esa vida.
—¡Concedido! ¿Algo más?
—Hablar.
—¿Tú quieres hablar? —Levantó una ceja—. Bien, hablaremos. ¿Qué más?
Kikyō bajó la mirada, pensando qué más le apetecía. Su principal capricho lejos estaba de cumplirse, así que debía recurrir a otros más simples y que no implicaran la desnudes de su aprendiz.
—Almorzar afuera, dar un paseo y luego… tomar una siesta. Nunca tomé una.
La más joven se horrorizó.
—¡¿Nunca?!
Kikyō negó con la cabeza y Kagome respingó con una sonrisa.
—Amiga mía, hoy tendrás tu primera siesta, ¡y será épica!
La sacerdotisa le sonrió con agradecimiento.
—¿No te molestan? Mis pedidos…
—¿Molestarme? ¡Ja! Todo lo que pides… ¡amo hacerlo! —Se lanzó a sus brazos con energía— ¡Holgazanear en mi especialidad!
—¿Holgazanear…? ¿Eso es lo que quiero hacer?
Kagome se incorporó y la tomó de los hombros mostrándole los dientes.
—¡Sí! ¡Y está perfecto!
Kikyō tardó en cerrar la boca. Sonrió. Su aprendiz la apoyaba, tal como imaginó. Incluso aunque se trataran de caprichos que para los demás carecían de importancia. Pero para ella, que nunca pudo realizarlos, eran un privilegio.
—¡Hoy te haré de comer yo! —exclamó Kagome—. Traje los condimentos para hacerte el Arroz con curry que te prometí hace tiempo.
—El arroz…
—Solo pensado para ti. —Le guiñó un ojo, haciéndole suavizar la sonrisa— ¡Ah! Pero eso es para el almuerzo. ¿Qué quieres para desayunar?
—Almas.
Kagome dibujó una tensa sonrisa. Cierto, esa era su principal proteína. Una algo sombría.
—Um… No sé si te las puedo traer en bandeja. ¿Quieres que llame a las serpientes? Aunque no creo que me obedezcan.
—Lo harán.
—¿Les diste esa orden? —preguntó, curiosa. Kikyō no dejaba de sonreírle.
—No hizo falta. Saben que estás conmigo.
—¿Te refieres aquí?, ¿en el templo?
—No. —Kikyō comenzó a reincorporarse con los codos. Kagome se entumeció cuando enredó los brazos detrás de su cuello y hundió la nariz en la curva de éste, allí donde la noche pasada impregnó sus labios—. Saben que estás conmigo, ¿entiendes?
Kagome puso las manos en su espalda, sonrojada. Oh, sí. Ahora entendía.
Y, por alguna razón, no podía contradecirle.
—Entonces…, las llamaré.
Kikyō sonrió complacida contra su piel y apartó el rostro. Su aprendiz la miraba avergonzada.
—Llévate a tu amiga. —Señaló a la serpiente en sus pies, la cual ahora se encontraba durmiendo boca arriba—. Es la líder, después de todo.
—No lo parece… ¡Mírala! —Kagome soltó una carcajada—. Está roncando y todo.
—De quién habrá aprendido eso… —Kikyō la observó con picardía. Kagome le sacó la lengua en respuesta y empezó a levantarse del Futon.
—Bien, voy a buscar tu comida. Tú puedes seguir durmiendo. Te despertaré cuando "esté lista". —bromeó.
La Miko siguió con los ojos cómo agarraba su ropa del tatami para vestirse. Kagome actuaba sospechosamente servicial. ¿Atenciones antes de la inevitable despedida?, ¿eso estaba pasando? No sabía si alegrarse o entristecerse, tampoco le veía el caso preocuparse por eso. Cualquiera que eligiera no borraría su sonrisa. No si Kagome estaba pensando en ella.
Y solo en ella.
.
.
.
—¿Te gusta?
Kikyō bajó la cuchara que le dio Kagome para comer y asintió con una sonrisa.
—Está delicioso.
—¡Genial! ¡Me alegra que te guste! Temía haberme pasado con la sal.
Estaban almorzando en el pasillo de las afueras del templo. ¿Razón? Así lo pidió Kikyō.
Luego de desayunar en la cama, cada quién con lo suyo, se dedicaron a charlar un rato hasta que la hora del almuerzo llegara, y, por ende, también el próximo capricho de su mentora: comer afuera. Todo transcurría con tranquilidad. El día ayudaba: soleado, otoñal. Las hojas que se desprendían de los árboles, amarillentas y anaranjadas, ondeaban por el aire hasta yacer en la tierra del patio, tapizándola de colores.
Kikyō le dio otro bocado al Curry, mirando de reojo a la cocinera. Ella no estaba comiendo.
—¿Y tu porción?
—Ah, eso… —Kagome se rascó la mejilla—. Pensé que había traído de más, y al final traje de menos… ¡Pero no pasa nada! No tengo hambre. Ya comí una sopa instantánea en el desayuno.
Kikyō miró el plato con arroz que tenía en la mano y agarró una porción. Le acercó la cuchara.
—Come.
Kagome alejó el rostro, sonrojada.
—¡No hace falta, en serio!
—Abre la boca. —Kikyō alzó las cejas en una amenaza. Kagome tragó pesado y no tuvo otra opción más que abrirla y dejarse alimentar. Kikyō metió la cuchara en su boca.
—No soy una niña… —espetó, masticando la comida de mala gana.
—Traga antes de hablar. —La sacerdotisa agarró otra ración con indiferencia y la acercó a sus labios—. Dices que no eres una niña, pero te comportas como una.
Kagome infló los cachetes. No podía encontrarse más avergonzada. No concebía la idea de que le estuviera haciendo el avioncito. La última en hacerlo fue su madre, cabe recalcar, hace muchísimos años atrás. ¿Kikyō aún la veía como una niña o solo era su forma de cuidar? Cualquiera de las dos opciones le molestaba.
No quiero que me vea así.
Quería que Kikyō la viera como una adulta. Como una mujer.
La vería como una.
—¿Una niña…? ¡Mírame bien! —Kagome se levantó la camisa del uniforme y le mostró sus dotados pechos cubiertos por el sujetador. Kikyō ensanchó los ojos, bajando la cuchara. El arroz terminó en el suelo— ¿Te parece que soy una niña? ¡Tengo los pechos más grandes de mi clase! ¡Todas mis amigas me envidian!
Kikyō levantó los párpados con un importante esfuerzo y observó ese empecinado rostro que gritaba en silencio que le diera la razón.
—Ciertamente… son grandes para tu edad.
—¡Ja! ¿Lo ves?
—Pero eso no te hace una adulta. Esto lo hace. —Puso un dedo en su frente, refiriéndose a su madurez.
Kagome se bajó la playera haciendo un puchero. Creyó que mostrándole su cuerpo la haría flaquear. ¿Por qué? Porque su mentora demostró tener cierta... debilidad hacia él. Pero no. No flaqueó ni un poco. Hasta el día de hoy esa mujer no soportaba perder contra ella. Si encontraba un pequeño espacio para llevarle la contra, lo aprovechaba.
O al menos eso pensaba.
—Aunque debo admitir… —Kikyō se tocó los pechos y frunció el entrecejo—. Me pregunto si esas comidas instantáneas son las responsables de tu extraño crecimiento. Cuando tenía tu edad yo era una tabla…
Kagome parpadeó, procesando su hipótesis, y se echó a reír. Kikyō la miró con recelo.
—¿Qué es tan gracioso?
—¡Cómo lo dijiste, eso es gracioso! Tabla... ¡Ja, ja! —Se limpió el borde los párpados sintiéndose más tranquila. Enhorabuena; le había ganado en algo—. Bueno, no es para tanto. Ahora son más grandes que los míos. No tienes nada que envidiarme.
Lo sé. Y también sé que te gustan, mocosa.
Kikyō sonrió por dentro. La más joven, en sueños, había aceptado que le gustaban sus pechos. Sin embargo, revelar esa información podría terminar en un problema. Mejor disfrutar la victoria en silencio.
—¿Por qué te molesta que diga que eres una niña? No es un insulto. —Kikyō le dio un bocado a la comida mientras Kagome pendulaba las piernas de adelante hacia atrás, llevándose la tierra en el camino.
—Porque no me gusta que me subestimen. Creo haberme ganado el título de adulta con todo lo que pasé aquí.
La mayor cerró los ojos con suficiencia. Le estaba mintiendo un poquito. En realidad, a esa altura del partido ya no pensaba en ella como una niña, no en su totalidad. De hecho, Kagome era bastante madura para su edad. Se lo demostró muchas veces. Claro que podría decírselo y terminar con esa conversación de una vez, pero le regocijaba demasiado debatir con ella.
—Ja… Qué ilusa eres. Deberías agradecer tu juventud, Kagome, no evitarla. Cuando seas una adulta lo primero que querrás hacer será volver a la niñez.
—¿Por qué lo dices?
Kikyō agarró otra porción del arroz y arrimó la cuchara a su boca con una seria expresión.
—Ser adulta conlleva tomar decisiones. —La metió en su boca sin esperar un permiso. Kagome se quejó, casi atragantándose con el arroz— ¿Te sientes lista para eso? ¿Sabes lo que significa tomar una decisión? —preguntó, sacándole la cuchara de la boca. Limpió con el pulgar unos arroces que quedaron en su comisura.
—… ¿Elegir entre una cosa u otra?
—O entre una persona u otra.
Kagome abrió los ojos de par en par. Kikyō le mantenía la mirada con seriedad.
—Tomar una decisión significa ganar algo a costa de una pérdida. Ganarás lo que elegiste y perderás lo que decidiste dejar de lado. Pero ante todo, deberás aceptar las consecuencias de tu elección.
Lo que deje de lado…
Kagome bajó la cabeza, impactada.
¿Quiere decir que todavía soy una niña porque no le puedo hacer frente?
Frunció las manos contra las rodillas. A esa altura era innegable que debía tomar una decisión. Si decidía quedarse con su mentora, perdería a Inuyasha. Y si decidía estar con Inuyasha, perdería a Kikyō. Conocía esa realidad, pero escucharla la abrumó. Aunque ya no tenía intenciones de estar románticamente con Inuyasha, pues, entendió que eso no tendría futuro, tampoco quería perderlo como amigo, y eso sentía que iba a pasar si tomaba una decisión. No lo veía capaz de tolerar que sus dos amadas estuvieran juntas. De por sí ya sonaba a una locura. Definitivamente se alejaría. Pero, a cambio de su distancia, ganaría otra cosa: a Kikyō, quién, casi estaba segura, se había convertido en su nuevo interés amoroso. Nuevo, pero no por eso menos intenso. ¿Raro? En eso no podía refutar.
Pero ella está...
El solo pensar que no pertenecía al mundo de los vivos le hacía dar marcha atrás. ¿Cuán doloroso sería perderla si ambas aceptaban sus sentimientos y los consolidaban? Ella misma le dijo que aunque fuera por poco tiempo quería disfrutar de su compañía, pero en ese momento no sentía lo que estaba sintiendo ahora, no con tanta fuerza. Y hasta ayer aún no lo tenía muy claro. Por eso quería asegurarse de sus sentimientos antes de tomar cualquier tipo de decisión que pudiera dañarla. Temía tardar mucho, pero, para su sorpresa, la claridad era cada vez mayor. Con cada día que pasaba reforzaba la idea de que Kikyō era sumamente especial para ella. La noche pasada, escoltada por besos y palabras devotas, fue clave para esclarecerse. Kikyō, a su forma, le dejó entrever que sentía cosas por ella. Estaban en la misma página. Kagome ya no la veía sólo como su mentora, como una amiga o simplemente como una persona que le gustaba. Sino como algo más. Algo mucho más profundo que debía tratarse con cuidado. Sería injusto para la sacerdotisa si diera un paso adelante aún con Inuyasha en su corazón.
O medio corazón.
Tenía que reconocer que, como llegó a entender no hace mucho, sus sentimientos hacia Inuyasha estaban cambiando incluso desde antes de pisar el templo. ¿Por qué? Porque el amor no es suficiente para sostener un vínculo; éste debe ser alimentado, cuidado, si quiere florecer en su máxima expresión. Para mantener a una flor viva hay que regarla, sino se marchitará. Si solo una de las partes ama bien, si solo una es la que entrega todo por la otra, tarde o temprano ese amor se convertirá en uno pesado, tóxico. Amar es dar y recibir. Eso lo entendió cuando un día ya no pudo romantizar más la idea de ser la única enamorada, de ser la típica protagonista buenita y rechazada que da todo por su distante amor.
¿Qué hay de mí?
El día que reflexionó aquello todo cambió. Y agradeció el cambio, quién vino acompañado con una furia silenciosa y unos puños cerrados. Su corazón, que llevaba tallado el nombre del Hanyō, comenzó a descascararse, revelando su independencia emocional, dejándole espacio para que otra persona entrara a su vida. Una persona como Kikyō. Si tuviera que hacer una estadística, diría que hoy en día su encarnación ocupaba la mayor parte de su más íntimo ser. Pero de igual forma no sonaba justo. Kikyō se merecía que pensara solo en ella, que su corazón fuera solo de ella. Hasta no sacar lo que restaba de Inuyasha de sus pensamientos no podía elegir.
¿Kikyō estará pasando por lo mismo que yo?
Se preguntaba. ¿Acaso era la única debatiéndose? La sacerdotisa había amado al Hanyō intensamente, pero no parecía tener dudas. Cuando volvieron a la época antigua y se encontraron con Inuyasha, Kikyō, además de desafiarlo, apenas le dirigió la mirada. Era un hecho que tenía las cosas más claras que ella. Como siempre, estaba un paso adelante.
—… Supongo que tienes razón. Todavía soy una niña. —contestó con un aire de tristeza.
Kikyō observó su rostro decaído y dejó la cuchara en el plato. Suspiró.
—Te lo dije.
Kagome la espió de reojo. Ese suspiro escondía una congoja que pudo sentir.
—¡P-Pero no por mucho tiempo! —agregó, sujetando su hombro. La sacerdotisa se volvió a ella, inexpresiva— ¡Voy a esforzarme para convertirme en una adulta lo antes posible!
¿Quieres decir que vas a tomar una decisión sobre mí?
Pensó Kikyō, manteniéndole la mirada. Agradecía que pensara en ella, pero no quería forzarla. Kagome ya tenía suficientes batallas con las que lidiar como para andar pensando en sus sentimientos. De hecho, ella misma también tenía sus propias batallas. Unas que, debido a la bella distracción que tenía enfrente, a veces olvidaba. Había decidido conformarse con lo que sentía, pero sin darse cuenta seguía atacándola con indirectas. El deseo en su corazón era tan grande que apenas podía controlarlo. Y que Kagome se empecinara en tomar una decisión no ayudaba.
—No tienes porqué saltarte etapas. Te dije que deberías aprovechar tu juven-
—¡La estoy aprovechando! Aquí… contigo. —Kagome desvió el rostro, sonrojada—. Además, deja de hacerte la superada. Solo tienes tres años más que yo. Tú también eres joven.
—Técnicamente tengo quinientos cincuenta años más que tú. —respondió de forma automática. Kagome se achicó en el lugar.
—Mejor no lo menciones…
—¿Por qué?
—¿No es obvio? —preguntó, incómoda. La sacerdotisa ni se movió—. Nuestra diferencia de edad es importante, Kikyō.
—¿Y?
—Y... si pienso en ello ahí sí me siento un bebé a tu lado. Es un poco abrumador. —contestó, dándole un bocado a la comida. Kikyō levantó las cejas con sarcasmo.
—¿Me ves como una roba cunas?
Kagome escupió el arroz cual aspersor. Arroces que aterrizaron, por supuesto, en la cara de su mentora, quién se limpió gruñendo por dentro.
—¿Era necesario bañarme en arroz?
—¡¿Y era necesario que me dijeras eso?! —Carraspeó Kagome, golpeándose el pecho para pasar la comida.
—¿Qué tiene? Solo te pregunté si-
—¡Ya, ya! ¡Ya te entendí! —Sacudió las manos, histérica. Se le pusieron los pelos de punta. Su crisis pasaba más allá del término completamente inadecuado que utilizó la sacerdotisa. El problema era que ese término específico no se aplicaba a una amistad, sino a una relación. ¿Dónde quedaron las indirectas? Aquello había sido en demasía directo. Sus emociones no estaban preparadas para tal estampida de honestidad. La sacaron de su cómoda zona de confort a la fuerza.
Kikyō se acomodó el cabello sobre un hombro empezando a preocuparse por la expresión de terror en su aprendiz. Sus ojos iban y venían sin saber dónde meterse. ¿Qué había dicho de malo? Se lo había preguntado medio en serio, medio en broma. La primera maldita broma que hizo en su vida, ¿y salió así de mal? Nunca más volvería a hacerlo. ¿O quizás ese término significaba otra cosa en su época? Estudiaría para la próxima.
—Si te incomoda, no tienes que responderme.
Kagome la miró, topándose con una carita arrepentida. Su ceja tiritó.
¿Qué pasa con esa cara tan tierna? Es como si lo hiciera apropósito... Ahora me siento mal.
—No..., no me incomoda. Me sorprendí, nada más. —Se rascó la cabeza, queriendo huir de la conversación—. La verdad... nunca te vi así. Si lo pienso bien, aquí parece ser lo más normal del mundo que... Bueno, por lo que vi, acá las mujeres se casan demasiado temprano y tienen hijos a los quince o dieciséis años. Eso no tiene sentido para mí.
—¿No lo tiene? —Kikyō hizo una pausa, reflexionando sus palabras. Por más de que le daba vueltas no encontraba el problema—. Es normal.
—¡¿Dónde es normal que una chica de dieciséis años tenga un hijo o se case?!
—Es suficiente edad. Ya está preparada.
—¡Estás loca! A esa edad ni siquiera terminamos de desarrollarnos, por el amor de dios... —Kagome se tapó la frente, indignada—. Menos mal que las cosas cambiaron con los años.
Kikyō se halló curiosa con el tema. Basándose en su educación, no veía incorrecto que una joven quedara embarazada a esa edad. De hecho, según lo que le contaron sus padres, los dieciséis era la edad ideal. Pero para Kagome parecía una aberración. ¿Tan grave era la situación?, ¿tanto habían cambiado las cosas? No conocía todas las costumbres de la época moderna, así que no podía opinar mucho. Sin embargo, si dejaba de lado su cuadrada moralidad, tenía sentido lo que decía. Casarse y tener hijos a los escasos dieciséis años, cuando recién estás descubriendo el mundo, incluso para ella era demasiado. Siempre pensó que las entrevistas matrimoniales no eran justas, sino más bien superficiales. Casarte con alguien que no amas y siendo tan pequeña... Por su rol de sacerdotisa nunca tuvo que pasar por ese calvario. Era lo único que agradecía de haber seguido el legado de su familia.
—Veo que hay una gran brecha entre nosotras.
Kagome la observó, sin entender.
—Las reglas de tu época son completamente diferentes a las mías. —agregó.
—Ah... Sí. Pero no tanto como crees. Es decir, no me costó mucho adaptarme a esta época a pesar de que hay demonios y todo eso. Sacando algunas costumbres y la tecnología, no hay tanta diferencia en lo demás.
—¿Estás diciendo que no tendrías problema de quedarte aquí? —preguntó Kikyō con los ojos fijos en el plato—. Me refiero a... para siempre.
Kagome la contempló unos instantes y pasó la vista al cielo con melancolía. La sacerdotisa ya le había hecho una pregunta similar, pero ahora sonaba diferente. Porque todo era diferente.
—Si no fuera por mi familia no tendría problema. Los extrañaría, sí, pero si lo pienso bien también tengo una familia aquí. Sango, Shippo y hasta el pervertido de Miroku han pasado a formar parte de mi vida.
—¿No te estás olvidando de alguien?
Claro que se estaba "olvidando" de alguien. Pensó que la sacerdotisa le seguiría el juego para evitar la futura incomodidad. Se equivocó. Prefería nombrar al innombrable. Sin mirarla, se limitaba a comer en silencio como si no hubiera lanzado una bomba.
—Siempre me dices que no lo nombre y mírate ahora, nombrándolo. —Kagome alzó una ceja—. Creo que hay algo que no estás entendiendo. No tengo intenciones de ir más allá con Inuyasha, ya te lo dije. Di un paso atrás hace mucho. Es un amigo y nada más.
Kikyō agarró una porción de arroz distraídamente. Sabía que el problema no radicaba en que Kagome quisiera estar con Inuyasha, sino en que una parte de ella continuaba amándolo. La conocía. Kagome no iba a aceptar sus sentimientos por ella hasta que Inuyasha desapareciera de su corazón. No era una persona que jugara a dos puntas, y lo agradecía.
—¿Y yo? —preguntó en un murmullo.
—¿Eh?
—¿Qué soy yo para ti?
Kagome entornó los párpados al escucharla. La respuesta apareció, inmediata, en su mente. Pero no podía decirla, aún era muy pronto.
—Eres... muy especial para mí. Me gustaría decir que eres como una hermana mayor, pero nuestro trato no es el de unas hermanas, sino... —Se ruborizó—. Ya sabes... Es mucho más que eso.
Kikyō sonrió de lado entre contenta y desilusionada con la respuesta. Últimamente se la pasaba así, a medio sentir.
—¿Qué hay de mí? ¿Qué soy para ti? —contraatacó su aprendiz. La Miko suspiró manteniendo la sonrisa y volvió a acercarle la cuchara.
—Una molestia.
Kagome rió por dentro mientras abría la boca, ya resignada a dejarse alimentar.
—¿Qué pasaría si les cuento a los demás que me hiciste el avioncito? —mencionó con picardía—. Se te caería la imagen a pedazos.
—Me da igual, hazlo si quieres. Peor que la imagen que estoy viendo no será. —Señaló su boca—. Tienes Curry en los dientes.
Kagome se tapó la boca y comenzó a limpiarse histérica. Y sorprendida. Juró que le pediría un pacto de silencio con tal de mantener la frívola imagen que la caracterizaba.
Sonrió.
De algún modo le hacía feliz que no le avergonzara que revelase esos detalles tan íntimos de su convivencia. Era como si estuviese orgullosa del vínculo especial que habían forjado.
—¿Se fue? —le preguntó, mostrándole los dientes. Kikyō puso una falsa cara de asco, haciéndole reír—. Tú también tienes —atacó, generando que palideciera—. Es broma.
Kikyō achinó los ojos exageradamente y le pellizcó el cachete. Kagome, riendo en un murmullo, colgó la cabeza de lado para verla con una sonrisa.
Verla mucho.
La mayor ya se estaba intimidando por esos ojos grandes que no le quitaban la vista de encima. Decidió posar los suyos en el arroz y seguir comiendo. Realmente agradecía casi no tener calor corporal, gracias a eso el sonrojo solo se hacía presente en su interior.
—¿Sabes? Para ser nuestra primera convivencia no salió nada mal. La verdad, cuando llegué aquí pensé lo peor —empezó a decir Kagome, pasando los ojos al frente. Tropezó con la serpiente esmeralda. Se encontraba ondeando en el aire, esperando por un bocado como si fuera un perro. Le hizo un ademán con la mano y agarró una pequeña porción de arroz con los dedos—. Creí que no tendríamos nada de qué hablar o que chocaríamos al hacerlo, pero al final resultó bien. —Sus cachetes se acaloraron mientras la serpiente le robaba la comida de la mano de un lengüetazo—. Demasiado bien, diría yo.
Kikyō continuaba comiendo, limitándose a mantener un semblante distante. Kagome miró la cuchara que sostenía con delicadeza. Estaban compartiendo la misma cuchara, pero no parecía molestarle. Comía sin asco alguno y hasta pasaba la lengua por ella de un modo que le hacía aclararse la garganta. Solo quería agarrar los pedacitos de arroz que quedaban, pero la imaginación de Kagome se encargaba de transformar ese inocente panorama en uno incitante.
—Lo que quiero decir es que... la paso bien contigo. —acotó ante ese silencio que ya comenzaba a preocuparle.
Kikyō dejó la cuchara en el plato haciendo un ruido seco y allí quedó, pensativa. Su aprendiz se inclinó hacia ella, ansiosa. Sus ojos café se estaban tornando profundos. ¿Dónde estaba su mente?, ¿en qué pensaba? Quería saberlo con urgencia.
—Yo… acepté entrenarte porque quería conocerte más.
Kagome separó los labios, sorprendida.
—Luego de que me salvaste esa vez en el río no pude dejar de pensar en ti —continuó, cabizbaja—. Quería saber porqué me salvaste y cómo pudiste hacerlo. ¿Lo sabes, no? Te puse a prueba ese día.
Kagome se llenó de un amargo sentimiento, recordando. Si había algo que odiaba en la vida era que la pusiera a prueba. En esa época pensaba: ¿Con qué necesidad? Tú me odias. ¿Por qué haces esto? ¿Te intereso o solo quieres molestarme? Preguntas del estilo naufragaban por su mente provocando que, sin darse cuenta, terminara siendo ella la interesada.
—Solo tú estando moribunda te tomas el trabajo de ponerme a prueba. —Apoyó el mentón en la palma—. Me molestó.
—Me tenía sin cuidado si te molestaba. No eras nadie para mí —respondió Kikyō sin tacto alguno, haciéndola gruñir por dentro—. Pero sí tenía curiosidad sobre de ti. Después de todo, tú eres mi reencarnación.
Kagome descansó las manos detrás de la espalda. Sus ojos se perdieron en el cielo, nostálgicos. Ese día también nació la curiosidad en su interior.
—¿Y? ¿Al final soy como pensabas?
—Para nada. —La sacerdotisa negó riendo por lo bajo—. Sabía que eras un desastre, pero te has superado a ti misma.
—Mira quién lo dice... Tú también resultaste diferente.
—¿Hm? ¿Cómo es eso? —Kikyō cruzó las piernas con una sonrisa suspicaz y se inclinó a su rostro— ¿Será que has descubierto mis tenebrosos secretos?
—Deja de hacerte la misteriosa, eso ya no funciona conmigo. —Kagome negó con el dedo índice, arrogante—. Porque tú no quieres que funcione. —Disparó y el labio inferior de Kikyō se desprendió—. Hace ya un tiempo que decidiste dejar de fingir conmigo. Tiraste esa máscara que siempre usabas a la basura, y lo agradezco. Gracias a eso pude conocerte mejor. Debo admitir que me sorprendí al principio. —Dejó escapar una risita—. Quién iba a pensar que alguien como tú podría ser tan celosa, curiosa y... Bueno, también tienes tus momentos de ternura.
Kikyō la observaba rígida en el lugar. Todos sus músculos se tensaron de golpe, tal como si Kagome la estuviera amarrando con una cuerda. Porque así se sentía, atrapada. Presa de la vergüenza. Quería salir corriendo de allí, pero lo único que conseguía al removerse era que reforzara las cuerdas.
—Aunque también tienes un carácter de mierda cuando quieres.
Bien, ahora solo quería golpearla.
—¿Disculpa?
—Y está bien, es normal. Tú eres normal. —Kagome puso una mano sobre la suya, suavizando la sonrisa—. Eres solo una mujer ordinaria, Kikyō, igual que yo. Eso es lo que veo ahora. Y... me gusta lo que veo.
La nombrada estrechó los ojos con la garganta haciéndose un nudo. Su aprendiz la miraba con un incondicional amor. Se preguntó si era consciente de ello. De lo que sus ojos confesaban y cómo le afectaban. Lo único que siempre quiso era ser lo que estaba escuchando: una mujer ordinaria. Que la vieran así, que la aceptaran por cómo era en realidad. Y ahora, finalmente, había cumplido su cometido. Al final su peor enemiga terminó siendo ella misma. Ella y las incontables máscaras que se ponía día a día para no desmoronarse. Acostumbrada a ser diferente, atacada por las responsabilidades, olvidó lo que era vivir incluso estando viva. Y ahora, muerta, había aprendido por fin el significado de la palabra vida. Aprendió a vivir. Pero solo gracias a esa mocosa que no dejaba de sonreírle con cariño.
Todo era gracias a ella.
No sabía cómo pagarle, no tenía con qué. Eso pensaba, cuando en realidad el pago ya estaba hecho.
—Gracias. —Kagome reforzó el agarre en su mano—. Me gustó conocerte, gracias por dejarme hacerlo. Yo también tenía curiosidad sobre ti, Kikyō.
La sacerdotisa cerró los ojos, conteniendo el dolor. Sonaba a despedida. Sus palabras se incrustaban, puntiagudas, en su pecho. Por un momento maldijo el haberla conocido. Si hubiese sabido que sería tan doloroso separarse de ella...
Volvió a enderezarse con la cabeza gacha y dejó el plato a su lado. Kagome lo miró. Comió bastante, pero aún quedaba un poco.
—¿No quieres más?
—Estoy llena.
Se preocupó por el color de su voz. Se escuchó apagada, sin vida. ¿Había dicho algo malo? Algo definitivamente dijo.
—¿Estás bien?
Kikyō asintió.
—Estoy un poco cansada.
—Dormimos bastante… ¿Necesitas almas?
Negó sin levantar la cabeza. Kagome arrugó una comisura cada vez más inquieta por su comportamiento. La sacerdotisa tenía un semblante decaído, como si estuviera alimentándose de penas en vez de Curry. No soportaba verla así.
—¿Quieres… recostarte en mis piernas?
Kikyō levantó el rostro de a poco, tropezándose con los ojos de Kagome. No había duda en ellos, pero sí vergüenza. Vergüenza que, como si fuera contagiosa, empezó a sentir ella también. Kagome juntó las rodillas, invitándola. Kikyō las detalló, tentada.
Cómo decir que no.
—Sí.
Lentamente se inclinó y apoyó la mejilla en sus muslos. Como si hicieran magia, se sintió más tranquila. Y entonces, cambió de opinión. Aunque doliese, amaba estar a su lado. Agradecía haber vuelto al mundo de los vivos, porque gracias a eso pudo conocerla.
Kagome puso una mano en su cabeza y comenzó a acariciarla, haciéndole entrecerrar los párpados. No se cansaba de esas caricias. Tan suaves, tan tiernas…
Ansiaba más de ellas.
Frunció los dedos contra su muslo al darse cuenta de sus propios deseos, los cuales, traviesos, jalaron los recuerdos de la noche anterior. Estuvo a nada de perder el control. Se preguntaba si Kagome era consciente de ello, de que un poco más y no sólo hubiera robado sus lágrimas, sino algo más preciado. Nadie puede ser tan inocente, pensaba. Kagome no decía nada, no mencionaba la noche pasada. Las dos continuaban como si nada, aceptando los cambios pero no mencionándolos. Está bien, lo entendía. Esa incertidumbre no se comparaba con el dolor de la inminente separación que al anochecer llegaría.
—¿Te sientes mejor? —preguntó, tratando de sacar esas ideas de la cabeza; lo único que hacían era deprimirla. Kagome bajó la mirada—. Lo de anoche…
—Ah, sí. Gracias por quedarte conmigo. Realmente te necesitaba.
Kikyō giró sobre sus muslos, quedando frente a su ombligo. Kagome cerró más las piernas en un acto reflejo. Esos penetrantes ojos ahora no se desprendían de su… ¿entrepierna? Parecía estarla detallando minuciosamente sobre la falda, acción que no le hacía ninguna gracia.
—¿Qué estás mirando con tanta atención…?
—Todo.
La sacerdotisa agarró el borde de la falda y la levantó. Kagome se infartó cuando de repente un fresco vientito le acarició la entrepierna.
—Se te ve todo con esta cosa, Kagome. ¿Cómo puedes luchar así? —preguntó, admirando esa fina tela de color rosa que protegía un sagrado lugar—. Sí que debes dar espectáculos.
—¡T-Tú...! —Kagome jaló su cabello, despegándole la cara de sus piernas. Kikyō la miró con una expresión aburrida.
—Duele.
—¡¿No te cansas de ser una pervertida?!
—Solo te estaba avisando.
—¡Agh! —Kagome le soltó el pelo y corrió el rostro. Sus cachetes ardían, las orejas más—. Avisando... Sí, claro.
Kikyō se rascó la cabeza, incorporándose.
—Deberías agradecerme, no enojarte —espetó, buscando sus ojos. Parpadeó al ver su cuello. En medio de esa delicada piel, justo debajo de la oreja, yacía una pequeña marca que antes no había visto. ¿Una picadura, quizás?— ¿Y esto? —Pasó los dedos por su piel. Eso no parecía una picadura; era mucho más grande que una. Tragó saliva, pensando lo peor—. Esto es...
—¿Qué tengo? —preguntó Kagome, malhumorada. Kikyō deslizó los ojos a ella con cierta intranquilidad y agarró el plato; gracias a la serpiente no quedaba ni una miguita. Lo puso a su altura para que vea su reflejo.
—Mira.
Kagome dobló más el cuello y contempló su reflejo en el plato transparente. Sus ojos saltaron al ver una marquita morada. Resaltaba, llamativa, en medio de su piel. No tardó en comprender lo que era.
—¿Esto… fuiste tú?
La sacerdotisa regresó la vista a la marca, pensativa, y asintió.
—Sí.
Su aprendiz se tapó la cara, ahogando un grito. Era lo que le faltaba. Kikyō le había hecho un chupetón y no mostraba indicios de pánico por ello.
—Habrá sucedido cuando te besé ayer.
—¡Esto no solo sucede! —exclamó, descubriéndose. Kikyō se tapó los oídos con su mejor cara de póker— ¡Me besaste con mucha fuerza, bruja!
—Lo siento, no sabía que podía dejar una marca.
—¡No te creo!
—¿Cómo se supone que iba a saberlo? Nunca besé a nadie así. —Kikyō acarició su cuello, apenada. Al menos una parte de ella. La otra gritaba histérica, victoriosa, por haberle dejado una huella. Pequeño detalle que Kagome advirtió. Su mirada en absoluto se mostraba arrepentida, sino más bien regocijada.
Maldita bruja… Lo está disfrutando.
Suspiró. No tenía ganas de pelear. Lo hecho estaba hecho. Ya está, la había marcado. Y, siendo sinceros, casi que ni le sorprendía. Los comprometidos momentos que pasaron juntas generaban que no se sintiera en las mejores condiciones como para regañarla. Esa marca carecía de importancia si la comparaba con los abrazos, los besos y demás muestras de cariño que compartían. Incluso se halló agradecida de que no hubiera marcado su pecho también, pues, lo besó. Unas cuantas veces.
—Qué problema… —Se frotó el cuello, intentando borrarla. Imposible—. Si mi madre ve esto me matará.
—¿Por qué se daría cuenta de lo que es?
—¡Porque no es estúpida, Kikyō! —Arrugó el ceño—. En mi época cualquiera sabe lo que es esto.
—¿Y qué es? —preguntó en demasía curiosa— ¿Tiene un significado?
Kagome le mantuvo la mirada, entrando en calor. Tener que explicarlo le daba más vergüenza que cargar con esa cicatriz.
—Esto… es como una marca de territorio. —masculló, desviando el rostro.
—¿Territorio?
—¡Me marcaste como tuya, idiota! —Se desesperó, frotándose con más fuerza—. Va a tardar unos días en irse. Ah... —Volvió a suspirar con pesadez—. Si me pongo hielo tal vez se vaya más rápido.
Kikyō miró la marca con la emoción en aumento. Desconocía aquel importante significado. Y ahora que lo sabía lo único que quería hacer era marcar todo su cuerpo. Pero había un problema. Kagome estaba claramente descontenta con la idea.
—¿Tanto te molesta?
—¡Sí!
—Entonces... —Bajó la mirada, vacilante. Kagome levantó una ceja al ver cómo refregaba los dedos en sus largas mangas. ¿Estaba nerviosa?, ¿ella?— ¿Quieres vengarte?
—¿Huh?
Kikyō puso las manos en sus hombros y se sentó a ahorcajadas de ella. Kagome echó un rápido vistazo a su entrepierna, ahora con un peso de más, y volvió a sus ojos con los nervios a flor de piel.
—Hazme lo mismo —musitó Kikyō, inclinándose, dejando su cuello al descubierto listo para ser marcado. Se estaba ofreciendo cual banquete para un vampiro. Banquete que revolvió el estómago de su aprendiz, y no por sed de sangre—. Déjame una marca.
—E-Eso no…
—Me lo merezco, ¿verdad?
Kagome pasó saliva por la garganta, intentando calmar los nervios que estallaban en su vientre. Ese esbelto cuello se le hacía demasiado tentador. No hizo falta mucho para que despertaran sus ganas de besarlo. Apenas podía soportar la cercanía y el floral aroma que comenzaba a envolverla, atontándola. Estaba perdiendo el control tan rápido que le parecía absurdo.
—Vamos… —La sacerdotisa se inclinó más, llamándola—. Hazlo.
Se lo merece…
Pensó, nublándose. Sí, se merecía ser marcada. Llevar la mancha de la vergüenza, tal como la que ella portaba. Estaba en todo su derecho de vengarse por, no sólo ese beso, sino por todos los que Kikyō le regaló.
Era su deber zambullirse en ese cuello.
Con cuidado corrió su largo cabello, descubriéndole más el cuello. Pálido, blanco como la nieve. Sus ojos se profundizaron al verlo. Se sentía un animal a punto de cazar una deliciosa presa. ¿De dónde salían esos instintos? Nunca se había sentido así.
—¿Segura? —inquirió, acercándose. Rozó su piel con la nariz, deleitándose con la fragancia que desprendía—. Cuando lo haga ya no te podrás arrepentir. —Kikyō asintió con tranquilidad—. Bien…
La sacerdotisa entornó los párpados cuando presionó los labios en su cuello con delicadeza. Despacio, sin apuro, Kagome empezó a besarla. Plegó los dedos en sus hombros disfrutando de esos labios que se movían acompasados, dejándole un rastro húmedo en cada lugar que rozaban, provocándole un hormigueo debajo de la piel. Siempre era ella quien la besaba, esta era la primera vez que tenía el goce de disfrutar un beso suyo. La mejilla no contaba, éste era un beso de verdad. Uno que deseaba hacía tiempo. Por eso le ofreció vengarse.
Para obtener un último regalo de ella.
Kagome separó los labios y su intento de corazón saltó cuando deslizó la lengua lentamente por su piel, anestesiándola, preparándola para lo inevitable. Sus dedos comenzaban a traicionarla, temblando sobre los hombros de la más joven. Kagome no se estaba conteniendo. Cada vez la besaba con más fuerza; escuchaba su respiración jadeante en el medio. O quizás era la suya. Ya no lo sabía. Todo había desaparecido. Lo único que existía era esa mocosa succionando su piel hacia sí, buscando dejarle la bendita marca. Sus labios le hacían arder el cuello y esa lengua arrastrándose el vientre.
Kagome, no tan lejos de esas sensaciones, respingó profundo contra su piel y sin pensar sujetó la parte baja de su espalda. La atrajo hacia sí, apegándola a su cuerpo.
El aliento de Kikyō huyó cuando percibió su intimidad contra la suya. Allí, presionándola, haciéndole sentir una intensa puntada por dentro. Enterró la nariz en su cabello, entrando en un lapsus peligroso. Y, antes de darse cuenta, ya estaba impulsando las caderas hacia adelante para sentirla más.
Y la sintió.
—Mh...
Kagome abrió los ojos impresionada por ese ruidito que en nada sonó inocente. Fue un gemido. Un claro gemido; suave, con una pizca de exaltación. De pronto se dio cuenta del panorama y de la presión que atacaba su parte baja. Estaba tan concentrada en su deber que no se percató de ese pequeño detalle. Kikyō no se movía, pero tampoco se despegaba de ella. Estaba adherida a su cuerpo, le agarraba los hombros con fuerza, como si soltarla significara la muerte. Pero significaba otra cosa.
Una impactante cosa.
Se apartó con el corazón en la boca.
—¡B-Bruja, no gimas! ¡Se supone que es una venganza!
Kikyō tardó en deslizar las pupilas a ella; unas opacadas por el placer de la cercanía y de aquellos besos recibidos. Apenas la oyó. Su cerebro no se encontraba exactamente allí.
—Perdón, se siente bien.
Kagome arrugó los labios, ansiosa. La sacerdotisa permanecía mirándola de soslayo, rogando por dentro que volviera a su deber.
—¿Terminaste?
—Aún no... —Miró su cuello, dudosa. ¿Era correcto seguir? ¿Qué estaba pasando realmente? Sabía la respuesta, pero no quería reconocerla. Le daba vergüenza estar despertando ciertas... cosas en la mayor.
—Sigue... —Kikyō se abrazó a su espalda y apoyó la frente en su hombro. Se sentía desarmada, vulnerable. Y amaba sentirse así—. Trataré de no gemir.
—¡No lo digas así!
Kagome tomó aire, juntando valentía, y volvió a su cuello. Kikyō se mordió el borde del labio y atajó su cabeza, reprimiendo el placer. Kagome continuó besándola, pasando la lengua por su piel y succionándola, apresando su espalda en el camino, robándole suspiros. Las sensaciones eran mucho mejores que en sus indebidas fantasías. Deseó que no terminara, que se quedara allí por siempre. Que marcara todo su cuerpo con fuego si era necesario.
Pero la realidad tenía otro plan.
Kagome levantó las pestañas sobre su piel, haciéndole cosquillas, y de a poco fue liberándola. Si fuera por ella hubiera seguido allí, refugiada en su cuello. Sin embargo, temía que cruzaran una línea si esa situación se alargaba, y no estaba preparada psicológicamente para eso.
Se tomó su tiempo para erguir la cabeza y enfrentar lo que hizo. Miró a su mentora con fragilidad, recibiendo la misma mirada cual reflejo. Cuando sus ojos se cruzaron todo se esfumó. La vergüenza, los nervios, todo. Los pájaros cantaban de fondo, el viento silbaba acompañándolos, pero ellas no escuchaban nada. Estaban solas en ese mundo mágico.
Kikyō se tocó el cuello, sintiéndolo arder. La marca comenzaba a aparecer. La sentía ahí, palpitante.
—Kagome... —Reforzó el agarre en su espalda y la abrazó con tanta fuerza que Kagome perdió la suya. Se fue hacia atrás sin sostén alguno y terminó de espaldas en el suelo. No pensó cuando enredó los brazos en la cintura de Kikyō y la arrimó hacia sí, acoplándola a su cuerpo.
No sabían bien porqué se estaban abrazando. Pero necesitaban hacerlo, como si aquello fortaleciera lo que acababa de suceder.
—Ya está apareciendo... —murmuró Kagome contra su oído. Kikyō apoyó la mejilla en su hombro con una entregada mirada.
—Sí..., gracias.
—¿Por qué me agradeces?
Kikyō negó contra su hombro y acomodó el rostro en su pecho. Sus emociones se estaban descarrilando. Las percibía atascadas en el pecho, desbordadas y arrancándole la cordura sin piedad. Querían salir. Desde que la besó querían salir con urgencia.
—Hueles bien. —Refregó la nariz contra sus pechos, entumeciéndola—. Tu corazón... está latiendo fuerte.
—No lo digas...
—Es tan cálido. Tu latir, tu calor... —Reforzó el abrazo llevada por las sensaciones—. Podría morir aquí.
Kagome bajó la mirada, ensimismada en su persona. El término "morir" le daba terror aplicado a ella. Pasó una mano por su espalda, incapaz de actuar de otra forma. No sabía qué decir. Quizás no había nada que decir. Unas caricias que recorrían su cintura lo decían todo.
La sacerdotisa abrió los ojos sobre su pecho, dejándose mimar por esa delicada mano que subía y bajaba por su espalda. Ni supo cómo terminó sobre ella. Tuvo un fuerte impulso que no pudo contener. Se arrepentía un poco. El razonamiento, de nuevo, se alejaba gracias a la cercanía, tornando peligrosa la situación.
Y a su lengua resbaladiza.
—Kagome... ¿recuerdas lo que me dijiste anoche?
La nombrada derivó los ojos al techo. ¿Recordarlo? Ja, cómo no recordarlo. A ella sí que se le había aflojado la lengua. Culpó al sueño, puesto que estaba entredormida cuando la asaltó esa necesidad de contarle sus sentimientos. Fue un desliz. Sin embargo, aquello no borraba lo sucedido. Le había dicho que la quería. Y no se arrepentía. Pero todavía no se encontraba en posición de admitirlo.
—Anoche... Sí. Hay algo que recuerdo muy bien: lo que tú confesaste, bruja. —Decidió desviar el tema, después de todo, Kikyō también tenía sus cositas que explicar. Ninguna se salvaba.
La llamada bruja levantó la cabeza con una expresión de incredulidad. Kagome bajó la suya con una ceja alzada.
—Te veo muy cómoda sobre mis pechos... ¿Por eso los tocaste cuando estaba débil, eh? ¿Cuándo pensabas decírmelo?
Kikyō se incorporó de su cuerpo acomodándose un mechón en la oreja; ahora sí que quería salir corriendo. Volando si era posible. Estaba a nada de llamar a sus serpientes para que la desaparecieran de allí.
Su aprendiz se sentó sin dejar de observarla, mirada que no era correspondida. La mayor hacía lo imposible para evitar el contacto visual.
—¿Eso es lo único que recuerdas de anoche?
—¿Te parece poco? Ayer estaba consciente cuando tú me... Ya sabes. Pero esa vez estaba casi inconsciente, ¿entiendes la diferencia?
Kikyō asintió como una niña castigada.
—Lo estaba dejando pasar porque es nuestro último día juntas, pero ya que salió el tema preguntaré. —Atrapó su hombro— ¿Por qué lo hiciste?
Kikyō frunció los dedos contra el suelo, incómoda. Su rostro, como siempre, no contaba nada, pero por dentro no podía encontrarse más revuelta. Finalmente el día de afrontar las consecuencias de sus actos había llegado. ¿Qué decir? ¿Cómo excusarse? No tenía excusa alguna. Solo la verdad se asomaba por su mente, implorando ser liberada. Y ya habían pasado demasiadas cosas juntas como para mentirle con algo tan delicado.
—Porque te veías hermosa.
Kagome ensanchó los ojos no sólo por esa revelación, sino también por la profunda mirada con la que vino escoltada.
—Tu cuerpo... es hermoso, Kagome. Lo siento, no pude evitarlo. —Se tapó la cara con una mano—. Sé que no me justifica, nada lo hace. Pero es la única excusa que tengo. Quería decírtelo, pero no sabía cómo.
Kagome trataba de regresar el labio inferior al superior. Costaba. Esa sinceridad... Últimamente Kikyō pecaba de sincera.
—No volveré a hacerlo. Perdóname. —Inclinó la cabeza en una disculpa. Kagome se llevó la mano al cabello. Empezó a enredar los dedos en sus mechones con nerviosismo. No sabía dónde meterse. Esa respuesta no estaba en sus planes.
—Es... la primera vez que dicen algo así de mi cuerpo.
—¿La primera vez? —Kikyō levantó la cabeza, revelando un semblante confundido. No le agradó ese comentario debido a que solo significaba una cosa. Una maldita cosa que le robaba la culpa que sentía de un tirón— ¿Alguien más tuvo la chance de opinar?
—¿Eh? Bueno... —Kagome selló los labios rezando que no saliese la verdad por ellos. Mientras más nerviosa estaba, más probabilidades de que escapara había. ¿Por qué esa mujer siempre terminaba dando vuelta la situación?—. No realmente.
Kikyō frunció el entrecejo, molestándose. Esa chiquilla no sabía mentir. En su rostro estaba tatuada la verdad. Una que aborrecía. No era correcto enojarse cuando ella fue la única depredadora, no obstante, al enojo poco le importaba ese detalle. Pasaba por alto todo, llevándola a un estado que odiaba y costaba controlar. Emociones humanas... Aún no sabía cómo lidiar con ellas. En especial si eran negativas.
—Inuyasha te vio, ¿no es así?
—¿Ah? Um... Sí. —Kagome se rascó la mejilla y Kikyō supo que el dulce momento pasado estaba a punto de esfumarse— ¡Pero fue un accidente! Todas las veces fueron un maldito accidente...
—¿Todas las veces? —¿Por qué la había visto desnuda tantas veces? ¿Con qué derecho? Eso no sonaba a un accidente.
No debería sorprenderme.
Inuyasha y Kagome viajaban juntos hacía más de un año. Sorpresa sería que no hubiesen tenido algún que otro percance con todo lo que vivieron juntos. Si ella misma la vio desnuda el primer día que llegó al templo, ni se quería imaginar cuántas veces Inuyasha la vio a ella. Y quién sabe cuántas cosas más se estaba perdiendo de esa historia; una que no la involucraba. Ese era el verdadero problema, no que él la hubiese visto como vino al mundo. De pronto se sentía en desventaja. Aplastada por ese fuerte vínculo que Kagome tenía con el que fue su pasado amor. No era una novedad aquello, sabía que tenían una relación estrecha, pero trataba de no analizarla. Si lo hacía ocurría esto: inseguridad llamando a la puerta. Ese tipo de comentarios despertaba lo peor de sí, incluidos los celos.
¿Desde cuándo soy así? ¿O siempre fui así? Tan posesiva...
Se odiaba.
Se odiaba porque en lo único que podía pensar era en que quería separarlos a toda costa, incluso aunque tuviera que pasar por alto los sentimientos de Kagome.
Bufó.
Tenía que calmarse antes de que la ira se apropiara de ella y tomara otra forma: una sin rastro de madurez.
Muy cerca de ese caos, su aprendiz pasaba por uno similar. Insultaba por dentro a su gran boca. No debió confesar aquello. En absoluto debió decírselo. Y la expresión irritada de su mentora lo aseguraba.
—De verdad no fue para tanto. —Hizo un intento de apaciguar el ambiente.
—Ya veo... Entiendo.
Kagome siguió con la mirada cómo Kikyō se levantaba de su lugar. Le dio la espalda, haciéndole esperar lo peor.
—Vamos. Debemos repasar todo antes de que te vayas.
La cagué.
Pensó, deprimiéndose. El tema de Inuyasha siempre les fue delicado, pero hoy lo era aún más. Sin embargo, ya no por las mismas razones, sino por otras que todavía le costaba creer.
—¿Y... el paseo?, ¿lo demás? Íbamos a dormir juntas. Tu primera siesta, ¿recuerdas?
Kikyō giró el rostro hacia ella y Kagome se congeló debido a unos filosos ojos que capturaron los suyos. Kikyō maligna en sus narices.
—Ya no quiero dormir contigo.
Sip, confirmado. La cagué.
Suspiró.
Pasaron de estar amorosamente abrazadas a silenciosamente separadas. Una normalidad entre ellas. Kagome ya estaba acostumbrada a esos cambios drásticos y algo bipolares que Kikyō a veces conjuraba. En otro momento lo hubiese dejado estar, pero ahora le preocupaba. Era el último día, no deseaba pasarlo con esa incomodidad encima. Tenía que decir algo, tratar de solucionar las cosas o al menos hacerle entender que en nada le importaba que Inuyasha la haya visto desnuda.
Pero al final no fue capaz de decir nada.
Esos ojos la paralizaban en más de un sentido, despojándola de cualquier excusa futura. Por no decir que se sentía una idiota al tener que justificarse. No había hecho nada malo, era su mentora la que estaba distorsionando todo. Y que callara tal distorsión era lo que más le irritaba. Pensaba que ya tenían la suficiente confianza como para decirse las cosas en la cara.
—Separa los pies. —Kikyō sujetó sus tobillos y los separó—. No puedo creer que todavía sigas posicionándote mal.
—¡No lo hago apropósito! Los pies se me juntan solos…
Arquería. La primera práctica que tuvieron cuando Kagome llegó al templo y ahora la última. El repaso arrancó ahí. Diciendo lo justo y necesario, su mentora le dio un arco y cruzándose de brazos se dispuso a observar cómo disparaba a los troncos que ya tenían varias marcas por los entrenamientos pasados. Aunque Kagome atinaba, no la felicitaba, solo la regañaba cuando se equivocaba.
Sigue enojada…
Pensó, soltando la cuerda. La flecha se clavó en el medio del tronco, perfecta. Miró a la sacerdotisa esperando al menos un "bien hecho", pero lo único que halló fue severidad. Kikyō, en especial estando enojada, parecía otra persona cuando se ponía en rol de entrenadora. La misma que conoció la primera vez. Esa mentira que se empecinaba en mantener cuando estaba de malhumor.
Le molestaba.
Porque hablando de mentiras, había una que Kikyō continuaba callando. Una que se contuvo de preguntar para evitar problemas. No obstante, ahora se sentía en su completo derecho de abrumarla con esa cuestión que tenía atragantada desde que volvió a la época antigua. ¿Incentivo? Simple: Kikyō estaba siendo injusta con ella.
—Oye, ¿al menos podrías dejar de mirarme con tanto odio? —le preguntó, llamando su atención—. Soy yo la que debería estar enojada. —Agarró una flecha de su espalda—. Me toqueteaste sin mi permiso y además sigues mintiéndome. Odio que no me digan las cosas en la cara.
—¿De qué hablas? —Kikyō dio un paso adelante, dispuesta a ganar la batalla— ¿En qué te estoy mintiendo?
—¿No se te ocurre nada? —Kagome clavó los ojos en ella, decidida a sacarle la verdad. Kikyō ni pestañeó—. Inuyasha. Nunca me dijiste que fue a mí casa. Ya que estamos siendo sinceras, dime por qué lo ocultaste.
La sacerdotisa hizo lo imposible para que sus facciones se mantuvieran en su lugar. Como una piedra, dura, experimentó por dentro un pavor intenso. Pensaba que Kagome ya se había olvidado de eso, pero no. Estaba esperando el momento oportuno para preguntarle. ¿Y qué mejor momento que este? Cuando estaba desquitando su frustración en ella sin derecho alguno.
—No me pareció necesario decírtelo. —atinó a contestar un poco tarde para su gusto. Había dejado espacio suficiente para que Kagome sospechara.
—¿Ah, no? ¿Que Inuyasha nos haya visto abrazadas y semidesnudas no te pareció importante como para decírmelo?
Comprobado. En ese mínimo espacio, en ese maldito silencio, la más joven aprovechó para formular esa cuestión que la terminaría dejando sin municiones.
—Nada iba a cambiar aunque te lo dijera. —Optó por mantenerse firme. No se le ocurría otra excusa.
—¿Sabes qué creo? —Kagome acortó la distancia con un tinte provocativo e inclinó el rostro hacia el suyo—. Que no querías que pensara en él, por eso no me lo dijiste.
¿Cuánto más quería acorralarla? Si seguía pinchándola, a Kikyō no le quedaría más remedio que atajar esos pomposos cachetes e impulsarla a sus labios con desenfreno. Esa niña se estaba metiendo en un campo minado. Un paso más y explotaría.
Mejor seguir enojada.
Se inclinó y agarró una rama gruesa del suelo. Kagome la observó insatisfecha desde lo alto. Para no perder la costumbre, la acusada iba a proceder a ignorar las preguntas comprometedoras. No le sorprendió, esperaba esa reacción.
—Ahora le vas a dar a esto. —Se la mostró, dando por finalizada la conversación. Kagome bajó el arco al ver la rama.
—¿Ehh? ¡Espera, espera! ¡Nunca practicamos tiro en movimiento!
—Porque no estabas lista, ahora lo estás.
—Pero no sé cómo hacerlo... Suelo fallar cuando el blanco se mueve.
—Por eso mismo hay que practicarlo.
Kagome pasó la vista al arco, insegura. La sacerdotisa ni se inmutó ante su mirada de cachorrito abandonado.
—¿Cómo hago?
Kikyō agradeció en silencio que le siguiera la corriente y no volviera al tema anterior. Kagome sabía cuándo parar. Contrario a ella, que su carácter le impedía soltar el enojo (camuflado en sarcasmo) que aún sentía por estar celosa de Inuyasha. Trataba de superarlo, pero cada vez que veía a su aprendiz imágenes aparecían en su mente, por no decir fantasías. Una se llevaba el premio: Kagome desnuda abrazando a Inuyasha. Al final ella tenía razón respecto a su "carácter de mierda". No había otra manera de describirlo cuando entraba en esa tesitura.
—Hay un momento. Un ínfimo momento donde el objeto en movimiento casi deja de moverse. ¿Cuál es?
Kagome empezó a hacer rápidos cálculos para encontrar la respuesta. Sentía que estaba en un examen oral de la escuela.
—¿Cuando está por caer? —Se arriesgó.
Kikyō asintió, conteniéndose de sonreír. No pensó que la fuera a sacar a la primera. No por subestimarla, sino porque a veces podía ser muy despistada.
—Debes captar ese momento preciso, apuntar antes de que caiga y tirar cuando está por hacerlo. ¿Entendido?
Su aprendiz asintió, aún no muy segura. Kikyō se puso en posición para arrojar la rama y Kagome preparó el arco.
—¿Lista? —Llevó el brazo hacia atrás y lanzó la rama al cielo—. Apunta.
Kagome afinó la vista, estirando la cuerda junto a la flecha. El sol no le permitía ver bien. La rama giraba y giraba aumentando la altura, hasta que se detuvo.
—¡Ahora!
Disparó junto al aviso. La flecha, rodeada de poder espiritual, atravesó las nubes y rozó la rama, pero no la destruyó. Kikyō, de igual forma, se sorprendió. Para ser la primera vez no estuvo nada mal.
—Terrible. De nuevo.
Pero no iba a decírselo.
Kagome se posicionó otra vez, ya sin esperanzas de recibir un buen trato. Kikyō arrojó otra rama.
—Espera. —Puso una mano en su pecho antes de que tirara. Sus pupilas seguían cada movimiento del blanco con rapidez— ¡Ahora!
Kagome soltó la cuerda; falló de nuevo. La rama continuó cayendo, libre de peligro. Kikyō suspiró y le sacó el arco de la mano. Robó una flecha de su espalda, separó los pies y estiró la cuerda hacia sí en una demostración.
—¿Tengo que hacer todo por ti? —Disparó. La mandíbula de Kagome se desencajó. Aunque la rama ya estaba en plena caída, la destruyó en un santiamén. El tiro fue incoherentemente preciso—. Así es como debes hacerlo. ¿Tan difícil es de entender?
Kagome cerró los puños con fuerza. Ya comenzaba a desquiciarle su malhumor. Conociéndose, poco faltaría para que estallase en un huracán de furia. No se mecería ese trato tan injusto que venía soportando. Ella no era responsable de que la sacerdotisa sufriera de celos.
—Para ti es fácil decirlo, has entrenado por años. —refunfuñó, robándole el arco.
Kikyō la miró con una ceja levantada y puso una mano en su cadera.
—Para tu información, este tiro lo aprendí en un solo día.
—¡Qué bien! ¡Me alegra que seas tan talentosa! —exclamó Kagome, diciéndole adiós a la calma. Kikyō casi da un paso atrás por su repentina explosión— ¡Lamento no ser como tú!
—No dije que…
—¡Ahórratelo y tira la maldita rama! —Apuntó al cielo, agarrando el arco con una innecesaria fuerza.
—Si lo agarras así no podrás…
—¡Arrójala!
Kikyō frunció el ceño y lanzó la rama con furia. Kagome, más furiosa aún, agrandó los ojos estirando la cuerda.
No puedo fallar… ¡No voy a fallar aunque tenga que hacerlo a mi modo!
Dobló el arco, horrorizando a su mentora, y soltó la cuerda.
—Esa forma no es correc... —Kikyō se tragó la corrección cuando la flecha se deslizó con una rapidez increíble por el cielo, abriéndose paso entre las nubes. Parpadeó, sin creer lo que veía. La flecha por un segundo desapareció, como si nunca la hubiese lanzado, y reapareció justo frente a la rama, haciéndola explotar en miles de pedacitos por el poder espiritual.
¿Qué demonios fue eso? ¿Cómo pudo desaparecer?
Pensó anonadada, viendo cómo los restos de la rama caían hacia ellas.
—¡Ja! ¿Qué tal eso? —Kagome volteó el rostro con una sonrisa ganadora. Kikyō la contempló con seriedad.
¿Atinó porque dobló el arco? No..., este tiro tuvo más energía espiritual que los anteriores.
—¿Qué fue lo que hiciste? La flecha desapareció.
—¿Eh? —Kagome se mostró confundida—. No desapareció, se perdió en las nubes.
No, no se perdió.
Kikyō creía ciegamente en lo que había visto. Nadie, absolutamente nadie, podía engañar a sus avispados ojos. Si de algo se jactaba, era de tener una vista perfecta.
—Como sea, lo importante es que le di. —Kagome apoyó el arco en su hombro, orgullosa de su hazaña. La sacerdotisa negó con la cabeza.
—Hiciste trampa. No debes doblar el arco.
—¡No es trampa, es mi estilo! —La señaló con una flecha— ¡A partir de hoy lo bautizo! ¡No tengo porqué ser igual que tú!
Y no lo era, afirmaba la mayor. Esa energía no se comparaba a la suya. Por un segundo fue enorme, abrumadora. Kagome explotó su poder y ni siquiera se dio cuenta de ello.
¿Logró emanarlo porque quería vencerme...? No, porque está enojada. Ya entiendo, sus emociones…
Kikyō cerró los puños debajo de las mangas, sonriendo. Lo sospechaba, pero ahora era una certeza. Había encontrado un diamante en bruto. Diamante que la miraba desafiante; sus ojos brillaban con fervor. No le gustaba esa mirada, pero a la vez le hacía sentir una importante adrenalina en su interior. Deseaba pulirlo, perfeccionar ese diamante hasta que resplandeciera igual que sus ojos. ¿Quería un desafío? Bien, lo tendría.
—¿Tu estilo...? De acuerdo. —Comenzó a retirarse de su lado. Kagome se extrañó cuando agarró su arco y una flecha de la columna del pasillo y giró el cuerpo hacia ella con una sonrisa peligrosa—. Tu estilo contra el mío.
—¿Huh?
Kikyō elevó el arco con gracia y lo dejó caer pausadamente junto a la flecha. Estrechó la visión en su blanco. En Kagome.
—Vamos a enfrentarnos, aquí y ahora. Veremos qué tan efectiva es tu peculiar técnica.
Kagome dio un paso atrás. Dos, tres. Impensable. Tenía que ser mentira. ¿Enfrentarse a ella? A una persona tan importante. Sus poderes no eran broma. Si la energía de su mentora la alcanzaba, moriría. Y si la de Kagome resultaba vencedora, el mismo destino tendría Kikyō. ¿Enfrentarse a ella, en serio?
—¡Estás loca!
Kikyō flexionó el brazo derecho sin titubear, estirando la cuerda del arco junto a la flecha.
—Si no te defiendes, morirás.
Prefiero morir, pensó Kagome.
¡Prefiero morir a luchar contigo!
Kikyō arrastró los pies por la tierra, preparándose, y ensanchó los ojos en una amenaza.
—¡Ataca, Kagome!
Continuará…
Hooli infectadiiinis. Acá apareciendo después de un "pequeño" intervalo. El año nuevo me pegó duro. Bueno, acá les dejo la primera parte de este capítulo. Prontito voy a subir el segundo.
¡Espero que anden bien y que hayan pasado unas lindas fiestas! Paso a responder los comentarios.
¡Gracias por leer!
nadaoriginal: ¡Gracias por seguir leyendo! Y sí, el quilombo sentimental sigue vigente con estas dos Mikos jajaja. Te leo en el próximo capítulo, ¡besos!
davherreras: ¡Gracias por seguir por acá! Me alegra que te haya gustado tanto el capítulo anterior. Lo tenía pensado como una explosión de sentimientos, y qué genial que te haya llegado. Mi trabajo acá está hecho jajaja ¡Te leo en el próx, besos!
Anthe: ¡Gracias por leer! Buenísimo que la historia te esté gustando. Es todo un logro saber que a la gente le gusta tratándose de una parejita tan especial jajaja. ¡Te leo en el próx, besos!
Chat'de'Lune: ¡Essstimada, gracias por seguir por acá! El olor a deseo sePsual fue principalmente de Kikyo; Kagome estaba desmayada jajaja No entendía nada. Y sí, yo también sentí penita por Kikyo cuando murió en el anime (y manga). En realidad sentía pena mientras miraba la serie años atrás. No entendía porqué le dedicaban tanto odio a Kikyo. ¿Qué nadie puede ponerse en sus zapatos o carecen de empatía? La mina pasó por mucho y a pesar de todo aceptó su rol de "muerta viviente" y (luego de superar la envidia) dejó ser a Inuyasha con kagome, sabiendo que su reencarnación le hacía bien. Nada, me dio mucha bronca la gente que la puteaba. En todo caso, Inuyasha se merecía más puteadas por ser el indeciso (aunque también lo entiendo). Espero que hayas disfrutado de este capítulo y te leo en el próximo. ¡Besos y namasteee! PD: "Désenchanté" de Mylène Farmer. Otro temazo.
Guest: ¡Gracias por leer! Y sí, la situación con Kikyo e Inuyasha ahora se complicó jajaja. Te leo en el próximo, ¡besos!
Maria Sato: ¡Gracias por seguir por acá, estimada! Espero que hayas pasado unas lindas fiestas. Y nada, a darle para delante a este año que también viene un poco rarito por lo que veo jajaja. Genial que la historia te genere tantas emociones, es la idea. Así que te leo prontito, ¡besos!
Annitabanana: ¡Bienvenidx y gracias por leer! Yo también estuve buscando por aaaaños una buena historia de Kagome y Kikyo. Al no encontrarla, decidí hacer una. ¡No puede ser que haya tan pocas de este ship con todo el potencial que tieneeen! ¡Te leo prontito, besos!
