Prueba II
—Kagome… tiene un poder extraño que nunca antes vi.
Kikyō deslizó las pupilas al costado, tropezándose con unos cabellos blancos que ondeaban hacia ella por el viento. Movió la mano para quitárselos de encima y le llegó su aroma; nostálgico, con una mezcla de masculinidad y frescura del bosque.
—Pocas veces lo muestra, es como un poder oculto. No creo que sea consciente de que lo tiene.
—Un poder oculto… —Kikyō ladeó el rostro con desinterés, apoyándose en la puerta del templo—. Yo no tengo algo así. Mis poderes son consecuencia de haber entrenado arduamente.
—¿Lo dices porque es tu reencarnación? —Inuyasha descansó la espalda a su lado, cruzándose de brazos. Metió las manos dentro de las mangas de su ropa—. Kagome no es como tú, Kikyō. Tardé en entenderlo, pero al final lo hice. Ella no tiene nada que ver contigo. Aunque haya heredado tus poderes espirituales, no son los mismos.
Kikyō pasó la vista al cielo nocturno. Inuyasha la miraba fijo tratando de descifrar lo que pensaba. Cincuenta años atrás le hubiera resultado más fácil, pero hoy ya no estaba seguro de lo que esos fríos ojos ocultaban. Siempre parecían estar lejos. Muy lejos de él.
—Mutaron al reencarnar… ¿eso estás diciendo?
—No sé, tal vez.
—No puedo enseñarle algo que desconozco. Si ella misma no conoce su poder, ¿cómo esperas que yo lo haga?
—Pero… la tendrás un buen tiempo aquí para observarla. Seguramente descubrirás de dónde vienen esos poderes.
—Tú la tienes más tiempo contigo, ¿no deberías haberte dado cuenta ya? Qué poco observador eres, Inuyasha.
Inuyasha bajó las orejas con una mezcla de irritación y vergüenza. Siempre era igual. Aunque pasaran los años se sentía debajo de ella. Inferior. Y Kikyō no ayudaba haciendo comentarios pasivos-agresivos que sólo resaltaban su inutilidad. Se preguntó si su falta de presencia era culpable de ese comportamiento distante. Últimamente estaba más enfocado en Kagome, pero tenía sus motivos.
—Yo no soy experto en poderes espirituales. Lo único que sé es que Kagome tiene un gran poder que podemos aprovechar.
—Suena como si la estuvieras usando.
—¡¿Huh?! —Se inclinó hacia ella— ¡No es así! ¡Solo quiero que sea más fuerte! —Cerró un puño chocando los colmillos y bajó la cabeza—. Yo… no voy a poder protegerla todo el tiempo cuando luchemos contra Naraku.
—¿Por qué? —Kikyō giró el rostro hacia él con una expresión aburrida— ¿Porque tendrás que protegerme a mí?
Inuyasha relajó el cuerpo y su mirada se profundizó. Kikyō la contempló con tranquilidad, haciendo fuerza por dentro para no caer ante ella.
—Ja, eres tan obvio. —Volvió el rostro adelante con una pequeña sonrisa—. No necesito que me protejas. Solo tienes un deber: distraer a Naraku. Yo seré quien lo purifique junto a la perla, así que seguro tendrás tiempo de proteger a Kagome. No te preocupes.
Inuyasha le mantuvo la mirada a la nada; la sacerdotisa no se dignaba a observarlo. Bufó y descansó la espalda otra vez en la puerta.
—De todas formas, también necesita mejorar sus habilidades. Así que, ¿aceptas entrenarla o no?
—Acepto.
—¿Huh? —Hizo una mueca confusa— ¿No estabas negándote?
—¿Cuándo me negué y por qué lo haría?
—… Porque quisiste lastimarla.
Kikyō se esperaba esa devolución, hasta tenía la respuesta preparada de antemano. Inuyasha, intelectualmente, no era un rival para ella. Posiblemente el único rival aceptable era el mismísimo Naraku. Un ser tan abominable como perspicaz.
—¿Lastimarla…? Oh, sí. Quizás quiera lastimarla de nuevo, la oferta es tentadora. ¿Y tú me la entregarás? ¿Es esto un regalo?
—Kikyō… —Inuyasha gruñó y la sacerdotisa rió.
—Es broma. Tráela mañana.
—¿Mañana? ¿Tan pronto?
—¿Por qué te sorprendes? Tuviste que estar muy desesperado para venir hasta aquí en medio de la noche. Estoy cumpliendo tu capricho, ¿cuál es el problema con eso?
—Ninguno, pero…
—En lugar de poner esa cara, mejor agradece que me haga un tiempo para ella.
Inuyasha desvió la mirada. Su voz no lo llevaba precisamente a agradecerle, sino a sentir que tenía una deuda con ella. Estaba seguro de que ese favor vendría con intereses.
—Bien, como quieras. Mañana la traeré.
—¿Ella está al tanto de esto?
Inuyasha dudó.
—No.
Kikyō alzó las cejas y declinó el rostro riendo en un murmullo.
—Eso es muy cruel, ¿no crees? La vas a llevar a la boca del lobo y la pobre niña ni siquiera lo sabe.
Inuyasha no contestó. Se limitó a despegar la espalda de la puerta con intenciones de retirarse. Antes de irse se volvió a ella, como esperando por algo. Kikyō levantó la vista, que tenía plantada en el suelo, y lo miró con indiferencia.
—¿Qué?, ¿quieres un abrazo de despedida?
Las orejas del Hanyō enrojecieron. No esperaba exactamente eso, pero sí un "adiós". Algún cruce de miradas, algo significativo. Después de todo, tenían una historia. Y, al menos él, sentía una necesidad de estar cerca de ella aunque fuera por un segundo.
Kikyō levantó un ángulo de la boca en un derroche de arrogancia e Inuyasha supo que se tendría que retirar sin recibir nada.
—¿Vienes aquí a pedirme que entrene a tu amada y esperas un abrazo? Ja, hombres. Lo quieren todo. —Le dio la espalda y comenzó a abrir la puerta del templo con Inuyasha mirándola incómodo—. Dos semanas, mínimo.
—¿Huh?
—Es lo que necesito para entrenarla.
—Es mucho… Sin Kagome no podemos buscar los frag-
—Dos semanas, sino no hay trato. Y tú no estarás, solo serías un estorbo.
Inuyasha se tensó. No le agradaba la idea de dejarla tantos días con su pasado amor. Confiaba en ella, pero… a veces no tanto. En especial si le hablaba de ese modo.
La sacerdotisa continuó su camino, cerrando la puerta a sus espaldas. Inuyasha, quién permanecía sumiso en el lugar, se obligó a moverse.
—Kikyō. —Puso una mano en la puerta, deteniéndola—. Supongo que ya lo sabes, pero si le pones una mano encima a Kagome…
Kikyō giró lentamente el rostro y el ángulo en su boca se extendió, transformándose en una sonrisa filosa.
—¿Qué harás?, ¿matarme? Sabes que no puedes.
El Hanyō arrastró las garras por la madera, rasgándola.
—Nunca podrás, Inuyasha. —Sus comisuras decayeron, dejando solo a la vista una expresión melancólica—. Tal como nunca podrás decidirte.
Kikyō cerró la puerta del templo y la oscuridad de éste la recibió. Se apoyó en la madera con las manos detrás de la espalda. Sus ojos se perdieron en el suelo, decididos. Y brillantes. Finalmente tendría un encuentro con su reencarnación. De pronto se sentía emocionada por entrenarla, pero también una sensación de angustia la recorría por dentro, abriéndose paso entre el entusiasmo, borrándolo en un santiamén. Kagome, con ella, iba a perder su deslumbrante humanidad, pues, no tendría piedad al entrenarla. Para perfeccionarla debía convertirla en una marioneta de lucha, tal como hicieron con ella.
—Le haré sacar su verdadero poder aunque tenga que llevarla al límite.
Sí, no tendría piedad. Eso se dijo.
Pero al final la tuvo.
Fui piadosa. No por elección, sino por su culpa. Su persona me iluminó, me cegó, haciéndome perder de vista mi cometido: hacerla más fuerte. Esa es la razón por la que vino aquí.
Estiró la cuerda del arco sin dejar de ver a su blanco, quién le correspondía con dolor.
Yo también quiero que seas más fuerte. No por Inuyasha, sino por ti. Quiero que vivas, Kagome. Y para eso…
—¿Qué esperas? Ponte en posición.
Tienes que vencerme.
La más joven no salía de la consternación. Una mano temblaba pegada a su cintura, la otra en el arco. Ese giro argumental no estaba en sus planes, la tristeza que naufragaba por su pecho tampoco. Si esa situación hubiera ocurrido semanas atrás, cuando no era nada para su mentora, lo entendería. Pero ahora carecía de sentido ese maldito duelo que quería llevar a cabo.
—Vamos a probar qué estilo es mejor. —Kikyō separó los pies, llevándose la tierra con ella—. Si el de una mocosa que no sabe nada o el mío.
Kagome encorvó las cejas, aferrando el arco con fuerza. Kikyō la subestimaba, cosa que odiaba y llevaba a sustituir la tristeza por la ya conocida ira. Trataba de contenerse, de encerrar la ira en su interior. Si la liberaba estaba segura de que se arrepentiría.
—¿Por eso quieres pelear conmigo?, ¿para ver quién es más fuerte? —preguntó Kagome subiendo la voz— ¡¿Te volviste loca?! ¡Sabes bien lo que puede pasar con la perdedora!
Su mentora se limitaba a observarla en silencio. No se movía ni pestañeaba, como si hacerlo conllevara distraerse. Kagome afinó la visión en sus ojos; no había una pizca de odio en ellos. Ese no era el problema, descartó.
—¡Este duelo no nos llevará a nada!
—Sí lo hará. Quiero ver tu poder. —Kikyō sonrió, confiada—. Tu verdadero poder.
—¡Ya te mostré todo lo que tenía!
—Tienes mucho más que eso. Enfréntame y te lo probaré.
Kagome cerró un puño con la furia en aumento. Enfrentarse con ella podría recaer en la muerte de alguna de la dos, por eso quería evitarla y por eso mismo estaba tan congelada. No quería creer que la sacerdotisa fuera capaz de matarla. Sin embargo, si lo que decía era cierto, Kikyō era la que más corría peligro enfrentándola. En otras palabras, estaba dispuesta a arriesgar su vida por lo que Kagome creía un capricho.
—Si realmente tengo ese poder… podrías morir, Kikyō. —le dijo apenada. La nombrada cerró los ojos con tranquilidad.
—Hace mucho que estoy preparada para la muerte.
—¡Pero yo no estoy preparada para perderte!
Kikyō separó los labios; el aliento escapó de ellos. Se obligó a sellarlos de nuevo. Costó. Estaba siendo injusta con Kagome. Y ella, aún así, le regalaba su cariño. Se sintió feliz por su preocupación cuando en ese momento no debía sentir nada. Debía ser una máquina sin sentimientos cuyo único propósito fuera provocarla, enojarla para que sacara a relucir su talento escondido.
—¿Me vas a decir que no esperabas esta prueba? —refutó—. Es nuestro destino enfrentarnos. Siempre lo fue.
—¡¿De qué maldito destino estás hablando?! ¡Deja de delirar!
Kagome no podía creer las estupideces que estaba escuchando, y menos lo mucho que se asemejaba ese escenario a la ilusión que le mostró Naraku cuando se encontraban en el bosque. ¿No fue solo una ilusión, entonces? ¿Era el futuro?
No..., esto iba a pasar tarde o temprano. Debí haberme dado cuenta antes.
Ya no podía ignorar las cartas que estaban puestas en la mesa, allí, boca arriba para que las viese. La frialdad de Kikyō, su propio ego despertando y el final, una prueba para medir su habilidad: un duelo a muerte.
Si puedo vencerte podré vencer a cualquier enemigo. ¿Eso quieres decirme?
Su mentora la estaba provocando para lograr su cometido. Y enhorabuena. Lo estaba logrando, y rápido.
Desde que empezaron a repasar arquería, Kikyō, con tajantes indirectas y una mirada desinteresada, poco a poco la fue preparando para que sus emociones se descarrilaran. Kagome quiso creer que no lo hacía adrede, que su comportamiento era una secuela de los celos pasados. No podía ser tan calculadora. Pero, irónicamente, al pensar en ello caía en la realidad. Esa mujer en efecto era calculadora y manipuladora, lo suficiente como para darle vuelta el cerebro de una cachetada, dejándolo desestabilizado y con las emociones revolucionadas. Sentía como si un viento la empujara, llevándola a lugares en contra de su voluntad. Kikyō era esa ventisca y ella una pequeña hoja sin sostén. Dolía. Porque juraba ser especial para ella.
Y a las personas especiales no se las trata así.
Entendía que quisiera fortalecerla, pero esa no era la manera correcta. No sabía si Kikyō estaba actuando pensando en las consecuencias, pero le recomendaba hacerlo. Kagome, aunque fuera compasiva, tenía un fuerte sentido de justicia inquebrantable. Uno que, si alguien se atrevía a traspasar, defendería a muerte. No era una mujer que se dejara pisotear y menos manipular. Eso, para ella, era una traición.
—Si das un paso más todo se terminará, Kikyō —avisó con seriedad.
Kikyō mantenía la calma, quieta en su lugar. Sin embargo, algo estaba cambiando en su mirada. Cierto brillo comenzaba a asomarse en sus pupilas, uno emocionado que Kagome no pasó desapercibido. Esos ojos le gritaban que la enfrentase, que dejara de dudar, tal como si Kikyō no fuera merecedora de sus dudas. Como si su existencia fuera una más del montón.
—Enfréntame. —insistió, pasando por alto su advertencia.
Mientras más insistía, más Kagome se sentía pesada. Una pesada angustia envolvía todo su cuerpo, robándole las ganas de hasta respirar.
¿Cómo puede pedirme eso sabiendo lo que siento? Esto es… muy cruel.
—Qué tontería… —Kagome le dio la espalda. Le ardían los ojos—. Si tú no piensas parar esta locura, yo lo haré. ¡No voy a caer en tus malditos juegos!
Comenzó a retirarse en una caminata impaciente. Kikyō arrugó el ceño viéndola partir y Kagome no llegó a dar otro paso que el sonido del viento siendo cortado retumbó en sus oídos, petrificándole las piernas. Bajó unos impresionados ojos y tragó pesado al ver una flecha clavada en la tierra justo al lado de su pie.
—¡No me des la espalda!
La voz de Kikyō la llevó a volverse lentamente, topándose con un rostro lleno de inconformismo. Le hizo frente como pudo, intentando ocultar la tristeza de haber sido atacada por ella.
—¡Te dije que no quiero luchar contra ti!
—Yo sí. Siempre he querido luchar contra ti. —Kikyō asomó los dientes en una sonrisa que le dio escalofríos—. Estuve esperando… ¡Estuve esperando este momento!
La escuchó reír y entonces, en un segundo, de un tirón, Kagome volvió atrás. Un año atrás. Cuando, escuchando en el aire una carcajada, tuvo que presenciar aquel beso que cambiaría todo. Kikyō reía igual que aquella vez. Con el mismo sarcasmo, con el mismo dolor. Apretaba los labios en una sonrisa forzada conteniéndose de reír más fuerte, de sacar esa locura pasada que juró haber enterrado.
—¡Desde que volví a la vida, desde que te vi con él, he deseado vencerte!
Cada palabra, cada oración, se incrustaba puntiaguda en su pecho, donde su corazón comenzaba a latir acelerado por la mezcla de sentimientos.
—¡Yo no deseé volver a la vida y sin embargo aquí estás! ¡Mi reflejo! —Sus comisuras temblaban mientras dejaba escapar una risita que parecía a punto de romperse—. La perla de Shikon es cruel… ¿Por qué volví? No solo reencarné, sino que también me revivieron sin mi permiso. ¿Con qué derecho…? ¡¿Por qué me despertaron de mi sueño eterno?! —Kikyō sacudió el arco en un furioso ademán, atravesando el viento. Kagome la miraba boquiabierta— ¡Lo único que yo quería era desaparecer y olvidar todo!
Su aprendiz comenzaba a sospechar que Kikyō no estaba actuando ni tampoco dramatizando. Se le quebraba la voz, sus manos se movían nerviosas y el discurso carecía de racionalidad. Esos eran sus verdaderos sentimientos. Unos que se contuvo de gritar durante ¿cuánto tiempo? Mucho. Era tan doloroso escucharla que poco faltaba para que rompiera a llorar. No obstante, había algo extraño. Kikyō pudo haberse sentido de ese modo en el pasado, pero no en el presente. Ese presente con ella. Siempre demostró pesimismo respecto a su existencia, pero cuando Kagome la oía hablar así lo único que sentía era un vacío, como si esas palabras fueran un mensaje automático. Ella ya no era un alma en pena. Su verdadero deseo era vivir de nuevo. Lo sabía, y lo sentía. Allí, latente en su corazón, fusionándose con sus propios anhelos. Kikyō no deseaba la muerte, solo se estaba resignando a ella.
—Incluso después de muerta siguen decidiendo por mí, haciendo lo que les place con mis restos, con mi alma… —Kikyō levantó el rostro hacia el cielo, revelando unos apagados ojos—. No soy libre, nunca lo fui. Quizás la única libertad que tengo es la muerte misma. Decidir cómo volver al descanso eterno. —Bajó el rostro y le sonrió con tristeza—. Eso es lo único que tengo.
—Kikyō… —Kagome tiritaba en el lugar rebalsada de impotencia. Mientras más avanzaba esa crítica situación, menos sentía que podía controlarla. Me tienes a mí, le quería gritar, pero el enojo no estaba de acuerdo con darle ese importante lugar, en especial si la Miko ni lo consideraba— ¿Perdiste la cabeza? ¡¿De qué demonios estás hablando?!
La sacerdotisa profundizó la mirada en sus ojos, yéndose lejos. Muy lejos de ese escenario. Al único lugar donde tenía libertad: sus deseos.
Si tú me mataras… no sería una muerte tan mala. En tus manos, superándome, viendo tus ojos… ¿No suena romántico, Kagome?
—De mi última voluntad.
Kagome sintió el impacto de sus palabras en la garganta, la cual se cerró de tal modo que le quitó el aire. Conformismo, eso era lo que profesaba su mentora. Y una petición silenciosa: ser borrada de la existencia por su propia mano.
—¿Última voluntad…? ¡No tiene sentido nada de lo que estás diciendo! —Kagome adelantó un paso, desesperándose. ¿Para qué te acercaste tanto si quieres morir? ¿Por qué quieres morir? ¿Qué hay de mí? Caóticas preguntas flotaban por su mente, cargándola de una furia jamás sentida. Esa no era Kikyō. No podía ser la misma mujer que una hora atrás la abrazaba con cariño diciéndole dulces palabras al oído.
—Bien, entonces dejemos esta charla sin sentido de una vez. —Kikyō hizo un ademán con la mano, llamándola—. Ponte en posición y terminemos con esto.
Kagome siguió con los ojos esas expertas manos que levantaban el arco de nuevo. Veía esos movimientos sin verlos realmente. Estaba aturdida, cegada por la furia. Una que, contrario a lo que su mentora creía, no era nacida de su crueldad en esta ocasión sino de su desapego a la vida.
—Ésta será la última prueba. Como mí aprendiz, es tu deber darlo todo en este enfrentamiento.
Kagome bajó el rostro y el brazo que sostenía el arco. ¿Cómo enfrentarla? ¿Cómo asimilar la tormenta que se estaba llevando a cabo en su corazón? ¿Era realmente el deber de una aprendiz superar a su maestra? Incluso aunque conllevara la muerte de ésta. ¿Debía hacer un reinicio? ¿Borrar todo lo que ella le dio y olvidar el intenso vínculo que habían formado? No, no podía ser así. Se negaba rotundamente a aceptar ese fatídico destino.
Kikyō pasó la vista al arco que tenía en la mano, el cual no parecía tener intenciones de usar. Lo examinó de punta a punta, sonriendo.
—Veo que hoy decidiste usarlo. Vamos, hazle justicia y enfréntame. —le dijo. Kagome alzó los ojos para verla y luego miró el arco. Un arco largo y grande, igual que el que sostenía Kikyō pero con más guerras talladas. La madera estaba gastada, desteñida. Hasta podía sentir su energía espiritual, como si estuviera vivo. La energía de su mentora, porque era su arco. El arco de Kikyō. Pero más que eso, era un regalo.
Uno que se contuvo de usar hasta el día de hoy.
—¡Agh! —Kagome pateó una piedra del suelo— ¿Por qué no puedo liberar toda mi energía espiritual? ¡Hago lo que me dices pero no puedo lograrlo!
Kagome estaba enojada. A pesar de que ya habían pasado siete días de entrenamiento, aún no era capaz de sacar a relucir todo su potencial. Trataba, de verdad trataba con todas sus fuerzas, pero algo parecía impedir que mejorara. Un escudo oculto dentro de su alma.
Su mentora, quién venía analizando detenidamente cada mejoría a lo largo de esos días, despegó la espalda de la columna del templo y caminó hacia ella a paso lento.
—Porque no quieres liberarla. Te estás conteniendo.
—¡No me estoy conteniendo!
—Lo haces. —Kikyō pasó la vista al tronco que había disparado, contemplativa. Cuando Kagome reunía su poder espiritual sentía un aura poderosa, sin embargo, también una sensación de tristeza, de abatimiento. Como si no quisiera luchar—. Kagome, tú no eres una guerrera como yo. No te gusta pelear, ¿cierto?
Kagome la miró con sorpresa, tal como si hubiera revelado una parte de sí que desconocía.
—No te gusta lastimar a los demás, por eso inconscientemente te estás reprimiendo. Es entendible. —Kikyō se plantó a su lado y la miró con seriedad—. A mí tampoco me gusta, pero no tuve otra opción. Luego de tanto batallar me acostumbré a este camino de sangre y hasta lo acepté, pero ese no es tu caso. Tú tienes otra vida y cuando todo termine podrás volver a ella. Pero para eso necesitas vencer una última batalla: Naraku. —Puso una mano en su hombro—. Si tanto te duele, no imagines que ese tronco es un demonio, sino que solo es eso, un tronco. No saldrá lastimado, ya nada lo une a esta tierra. Ha sido separado de sus raíces, está deshecho, esperando ser purificado por tu mano. Libéralo del dolor y déjalo renacer. —Cerró los dedos en su hombro con una tenue sonrisa—. La muerte también es el principio de la vida.
Kagome regresó la vista al tronco, amarillento y descortezado. Era cierto. Todo ese tiempo de entrenamiento pensaba en él como si fuera un enemigo, creía que así acertaría mejor. Cerró los ojos, borrando ese pensamiento, enfocándose en purificarlo.
Liberarlo…
Tomó aire pausadamente y empezó a levantar el arco. Se posicionó y cuando abrió los ojos Kikyō supo que saldría victoriosa. Una intensa aura espiritual comenzaba a rodearla. Era azul y resplandeciente, igual que esa vez que atacó a las abejas de Naraku cuando las emboscaron en el río. No, era mucho más brillante. Sonrió. Quizás estaba a un paso de desatar ese misterioso potencial que Inuyasha le había contado.
Kagome estiró la cuerda del arco, llevándose la flecha hacia sí. El poder aumentaba. Tanto, que la cuerda vibraba en un intento de sostener la energía. Kikyō se alertó.
—Kagome, espera.
La nombrada hizo caso omiso y continuó estirando la cuerda hasta que la flecha quedara a la altura de su mejilla.
Pero nunca llegó a estarlo.
—¡Agh!
La cuerda se rompió de golpe y le dio un latigazo en la cara, provocando que se fuera hacia atrás.
—¡Kagome! —Kikyō se apresuró a ella, tomándola de los hombros. Kagome se tapó la mitad del rostro con una mano. Sus dedos temblaban sobre la piel mientras emitía pequeños quejidos— ¿Estás bien?
Se destapó y el aire de la sacerdotisa se perdió. Tenía un corte profundo encima de la ceja. Éste se expandía hacia abajo en una gruesa línea, traspasándole el párpado y llegando a la mandíbula. La sangre no tardó en aparecer, deslizándose por su piel hasta derrumbarse en el suelo en espesas gotas.
—Ki-Kikyō. —balbuceó con una expresión de dolor, intentando abrir el ojo herido. Se tapó de nuevo por el agudo pinchazo que la atacó.
—Tranquila, no pasa nada. —Habló serena, pero por dentro se encontraba asustada. Esa herida era similar a la que, por su culpa, hoy en día Kaede cargaba—. Déjame ver.
Kagome le mostró la herida, haciéndole tragar saliva con fuerza. No paraba de sangrar. Si no hacía algo rápido perdería el ojo izquierdo. Su piel estaba partida en dos, exponiendo la carne.
—No te muevas. —Llevó la mano a su rostro y la dejó a escasos centímetros de su ojo. Empezó a concentrar energía espiritual en la palma para redirigirla a la herida.
Kagome, jadeante, se contenía de llorar mientras su mentora la curaba. El solo sentir las lágrimas a punto de formarse le generaba un dolor insoportable, como si le estuvieran clavando un alfiler dentro del ojo.
—Aguanta un poco más.
Kagome abrió el ojo sano, tropezándose con los de Kikyō. No quitaba la vista de su herida, concentrada, pero también llegaba a ver un brillo de preocupación en sus pupilas.
—Solo un poco más… —dijo más para sí que para Kagome, bajando la mano por su rostro. Su aprendiz suspiraba aliviada cada vez que su energía le acariciaba la piel en un agradable calorcito, cerrándole la herida de a poco.
—Gra… Gracias. —apenas pudo decir en un diminuto murmullo. Kikyō arqueó las cejas, sintiéndose culpable, y rodeó sus hombros con el brazo libre. La acercó a su pecho y Kagome sintió una inmediata calma, además de su fría temperatura— ¿P-Por qué se rompió la cuerda?
—Tu energía fue demasiado para ese arco de juguete —respondió, pasando los dedos por su mejilla en una suave caricia. Kagome enterró la nariz en su pecho, dejándose llevar por su cuidado. No podía pensar en nada más que eso—. Ya casi termino. —agregó, acariciándole el párpado con el pulgar. Kagome soltó una risita.
—Me haces cosquillas.
Kikyō sonrió por inercia, corriéndole el flequillo para que no estorbara.
—Voy a tener que conseguir otro arco. —Kagome dobló el rostro sobre su pecho. Se sentía protegida. Era extraño, pero también reconfortante. Era la primera vez que la tenía tan cerca estando consciente, es decir, no dormida. Quería subir las manos por su espalda, abrazarla para agradecerle su protección, pero no se animó a hacerlo. Todavía no tenían esa confianza.
—Puedes usar el mío —le dijo Kikyō, retirando la mano. Examinó su cara con detenimiento. Kagome aún no podía abrir el ojo afectado, pero por suerte no le quedó ninguna cicatriz. La curó justo a tiempo—. Te aseguro que nunca te fallará.
—¿Eh? —Kagome levantó el rostro—. No es necesario, hay muchos arcos aquí.
La sacerdotisa negó mientras la apartaba con delicadeza. Se dio la vuelta y agarró su arco que se encontraba apoyado en la columna del pasillo. Estiró el brazo junto a él, ofreciéndoselo.
—Éste arco te pertenece. —Sonrió—. Porque tú eres mi reencarnación. Es tu deber heredarlo.
Kagome ensanchó el ojo sano. Orgullo escapó de su voz, uno que la conmovió tanto como le avergonzó. No se sentía en posición de usar el arma de aquella legendaria sacerdotisa, pero tampoco podía negarse. No si Kikyō la miraba con tanta profundidad, como si rogara que lo aceptase. Negarse era igual a insultarla.
—Si es así, entonces lo acepto encantada. —Se inclinó en una reverencia y extendió las manos para aceptarlo como una buena aprendiz. Kikyō estiró la sonrisa y puso el arco en sus manos. Kagome se enderezó, apretando el arco contra su pecho—. Pero solo lo usaré cuando me sienta lista. Mientras tanto voy a usar otro arco.
Su mentora alzó una ceja, juguetona, y puso una mano en su espalda. Empezó a llevarla a los adentros del templo.
—Vamos, perdiste mucha sangre. Tienes que descansar.
Kagome asintió mientras era conducida a su habitación. Se acostó en el Futon con su ayuda, pues todavía no podía ver bien, y apoyó la cabeza en la almohada dejando escapar un suspiro.
—No te duermas todavía —le dijo Kikyō, limpiándole la sangre de la cara con un paño húmedo. Se levantó de su lado—. Ahora vengo.
Salió de la habitación a un paso más rápido del que conocía. A Kagome le costaba mantenerse despierta en esos minutos de ausencia. El exceso de energía espiritual, la pérdida de sangre y el estrés del momento, todo la llevaba a querer desmayarse. Y justo cuando estaba a punto de rendirse ante el sueño, la puerta de su habitación se abrió de nuevo. Levantó el párpado sano y miró al costado. Kikyō se acercaba a ella con una planta en la mano. Era pequeña y de hojas grandes y verdes. Cabía en la palma de su mano.
—¿Qué planta es esa?
—Ashitaba, es una planta sanadora. Su savia puede regenerar células deterioradas. Te ayudará a recuperarte más rápido —explicó, presionando con los pulgares las hojas para sacarle el jugo. Se arrodilló a su lado y llevó la mano a su rostro—. Cierra el ojo.
Kagome le hizo caso, dejándose cuidar por esas finas yemas que se posaron en su ceja. Kikyō comenzó a esparcir la savia por ella en movimientos circulares, para luego pasar a su párpado, el cual tiritó al sentirla. Ardía.
—¿La tenías preparada o qué? —bromeó—. No parece ser fácil de conseguir.
—Sabía que tarde o temprano te lastimarías. Es un entrenamiento, ¿qué esperabas? —Terminó de untarle la savia en el párpado y pasó a su mejilla. Aplicó un poco allí también.
—Huele horrible… Me hace acordar a los medicamentos de mi abuelo. —Puso una cara de asco, sintiendo la piel pegajosa.
—No te quejes, lo importante es que te ayudará. —Kikyō apartó la mano habiendo cumplido su deber—. Ahora duerme.
Su aprendiz siguió con la mirada cómo se dirigía a la punta de la habitación. Se sentó en el Tatami, recargando la espalda en la pared.
—¿Vas a quedarte ahí?
Kikyō asintió, inexpresiva.
—Ya estoy bien. Puedes ir a descansar también.
Negó con la cabeza, haciéndole esbozar una sonrisa.
—Entonces… —Kagome levantó la sábana del Futon—. Ven a dormir conmigo.
La sacerdotisa hizo una mueca de incomodidad y desvió la mirada.
—Estoy bien aquí.
—Está haciendo frío.
—Con mi cuerpo tendrás más frío.
Kagome negó con una sonrisa.
—El otro día que dormimos juntas no tuve frío.
Kikyō se achicó en el lugar y cruzó los brazos para esconder las manos en sus anchas mangas. Cerró los dedos en sus muñecas, reprimiendo el nerviosismo.
—Duérmete ya.
La menor sonrió de lado y se acomodó mejor en el Futon. Al menos hizo el intento, se dijo.
—Gracias por todo, Kikyō.
La sacerdotisa se quedó en silencio sin quitarle la vista de encima. Aunque Kagome dormía sin hacer un solo sonido, seguía preocupada. De hecho, que no roncara le hacía preocuparse más.
En algún momento perdido la oscuridad de la noche comenzó a cubrir la habitación. Le sorprendió. Habían pasado horas y ni las había sentido. Se levantó y fue hasta su habitación, pero no para quedarse. Al minuto volvió a la de Kagome con una vela encendida. Debía tener luz para captar cualquier anormalidad en su rostro. Aunque la herida estaba cerrada cabía la posibilidad de que se abriera de nuevo si hacía un movimiento brusco al dormir.
Dejó la vela justo donde estaba sentada antes y volteó el cuerpo hacia Kagome. No había nada entretenido en verla dormir, así que no entendía porqué le costaba tanto dejar de mirarla. No podía evitar quedar abstraída en esa imagen. Debido al flamear de la vela, su sombra se unificaba con la de Kagome, volviéndolas una, separándolas por momentos.
Se acercó con sigilo, como si un paso en falso provocara su despertar, y se arrodilló a su lado. Continuó observándola con curiosidad. Kagome suspiró entre sueños cuando llevó una mano a su cabeza y la acarició. Le encantaba hundirse en ese pomposo cabello, deslizar los dedos por sus suaves mechones. Desde que le acarició la cabeza por primera vez supo que aquello se convertiría en una perdición. Su ser perdía fuerza cada vez que la tocaba. Era como entrar en una hipnosis.
—Frío… dijiste. Sí, está refrescando.
Levantó la sábana con cuidado para no despertarla y se metió dentro del Futon. Quedó de costado viéndola, admirándola.
¿Qué estoy haciendo? Si se despierta…
Pensó, cubriéndola hasta el cuello con la sábana. Descansó la mano en su cintura. Kagome movió el rostro y lo acomodó en su hombro dejando escapar otro suspiro. Kikyō relajó los párpados al sentir su calor envolviéndola y pasó la vista a la ventana. Su arco, ahora de Kagome, se encontraba apoyado en ella. Lo contempló unos instantes, despidiéndose de él en silencio, y volvió la vista a los cerrados ojos de su aprendiz. Decidió imitarla.
Solo un rato…
Se excusó, prometiéndose despertar antes que ella para así no ser emboscada.
Mi arco ahora es tuyo.
Sus propias palabras resonaron en su mente antes de quedarse dormida. Eso, dentro de sí, tenía un significado más profundo que el solo pasarle su poder. Entregarle su arma, su protección, era como entregarle el corazón.
En ese tiempo no lo sabía, pero ahora lo sé.
Reflexionó mientras pasaba la atención al arco, a su corazón. Allí estaba, en manos de una intrusa que odió, que envidió y que ahora atesoraba con toda su alma hasta el punto de forzarla a superarla.
Kagome, ensimismada en su persona, recordaba lo mismo. Como si sus memorias se hubieran fusionado por unos momentos. Ese recuerdo ahora tenía otro significado que el simple hecho de haber sido elegida como su heredera. Ella también sabía la verdad.
Me diste tu corazón, Kikyō. ¿Y ahora quieres que te destruya con él?
Kikyō despegó las pupilas del arco y las dirigió a sus amables ojos. Unos que quería cuidar.
Por tu bien, yo…
—Deja de perder el tiempo y apunta. —exclamó.
Kagome relajó el cuerpo. Aquel recuerdo la inundó de una melancolía suave, una caricia para el corazón. Sin embargo, también la llenó de amargura debido al contraste que estaba presenciando. No quería pelear, pero no se veía con otra opción. Kikyō era la que necesitaba una lección, no ella. Esa mujer no tenía idea de lo que realmente le estaba molestando. Tal vez la única forma de abrirle los ojos era mostrándoselo.
Esta vez seré yo quien te ponga a prueba, Kikyō.
La sacerdotisa arqueó una ceja cuando Kagome cerró los ojos y se quedó quieta, tal como si estuviera meditando. El viento meneaba sus cabellos y Kikyō solo podía pensar en que se veía hermosa. Ese cuadro detuvo su tiempo por unos segundos, unos donde su aprendiz finalmente abrió los ojos. Convicción vio en ellos. Para su sorpresa, llevó una mano a su espalda y agarró una flecha. Levantó el arco y acomodó la flecha al costado de la cuerda.
Si disparas todo terminará, Kikyō.
Kagome flexionó el brazo derecho hacia atrás con precisión y dejó la flecha a la altura de su mejilla.
Así que, por favor, no dispares.
Imploró, estirando el dedo índice de la mano izquierda, señalando a su blanco.
¡No dispares!
Kikyō respingó con una sonrisa y separó las piernas con todas las intenciones de disparar, para su desgracia.
—Por fin te decidiste.
Kagome llamó al silencio. Se limitaba a mirarla fijamente, apuntándole. Ni parecía respirar. Kikyō sintió una punzada de dolor. Su plan estaba funcionando y, en consecuencia, sus defensas cayendo en picada. Dolía que estuviera dispuesta a atacarla. De repente quería dar marcha atrás, hacer lo único que tenía ganas de hacer: abrazarla con fuerza.
Guardándose el conflicto, comenzó a estirar la cuerda del arco mientras concentraba su energía espiritual en la punta de la flecha. Estaba segura de que su aprendiz eludiría el ataque. En silencio, eso buscaba. No era su estilo luchar con las emociones descarriladas, de hecho, le enseñó a Kagome a controlarlas. Sin embargo, ella parecía ser un caso especial. Tardó en darse cuenta, pero finalmente lo comprobó: para sacar a relucir todo su poder debía llevar sus emociones a un punto de no retorno.
Kagome se permitió asombrarse con la importante energía espiritual que emanaba de todos sus poros. Como siempre, era impresionante. Un ataque así la destruiría sin dudar, pero si se defendía con todo lo que tenía quizás sería Kikyō la destruida. Pasó la vista a su hombro con disimulo; ese sería su lugar de ataque. Tenía confianza de que lo esquivara.
—No funcionará.
Kagome volvió a su rostro, sonrojada por la vergüenza.
—¡No leas mis pensamientos! ¡No es justo!
—No los estoy leyendo, tus ojos me muestran la verdad. Nunca debes mostrarle al enemigo a dónde vas a tirar, debes visualizarlo en tu mente.
Kagome se recompuso, tragándose los insultos. La sacerdotisa atajaba cada uno de sus movimientos. Costaba huir de esos avispados ojos que todo lo veían. Y de sus consejos. Porque continuaba guiándola como el primer día. Era como si quisiera que le ganase. Corrección, eso quería.
Y eso era lo que más le molestaba.
—Concentra tu poder espiritual —ordenó Kikyō. Kagome relajó los hombros, encerrando la furia, y empezó a concentrar su energía espiritual en la punta de la flecha. Su mentora bajó un poco el arco al visualizarla—. No es suficiente. Esa energía da pena.
—¡Es todo lo que tengo!
—Te equivocas, para variar. —Kikyō cerró los ojos con un aire de arrogancia—. He visto tu verdadero poder, y el que estás liberando no le hace justicia.
—¿De qué hablas?
—Esa noche en tu habitación… cuando me diste tu energía para ayudarme —empezó a contar. De su voz escapaba melancolía—. Nunca sentí una energía tan pura. Sabía que eras poderosa, pero superaste mis expectativas.
—Esa noche… —repitió Kagome, recordando. Cierto, le había dado una gran cantidad de energía. Ni siquiera sabía que tenía ese poder en su interior. Pero estaba tan desesperada, tan asustada por perderla, que simplemente emanó. Si ese poder, en modo ofensivo, llegara a tocarla...
—Recuerda lo que sentiste ese día.
—No me hagas recordar eso... —Los abrazos, las palabras dulces, los sentimientos… Ese día, y los que siguieron, su mentora solo se dedicó a brindarle un cariño incondicional. ¿Y ahora? Ahora tenía que pelear contra ella—. Ese día te abriste conmigo.
—¿Abrirme? —Kikyō rió en un murmullo, sacudiendo la cabeza—. Lo habrás soñado.
—¡Dijiste que yo era la única persona en la que confiabas!
—Mentí. Estabas muy ruidosa, quería callarte.
Kagome reprimió las inmediatas lágrimas que amagaron a asomarse. Gimoteó, intentando ocultar el sollozo. Kikyō se desarmó por dentro al escucharla. De todas las tareas difíciles y suicidas que tuvo en su vida, esa era la peor. Quería tirar su arco al suelo y correr a abrazarla. Y besarla. Sin embargo, no podía permitirse flaquear. Tenía que seguir, aunque conllevara hacerla llorar. Su vida dependía de ello. Al igual que Inuyasha, no estaba segura de poder protegerla todo el tiempo en la futura batalla con Naraku; éste haría todo lo posible para matarla, ocupando su concentración. Kagome debía aprender a defenderse por sí sola. Y la única forma de defenderse ante tal demonio era usando su verdadero poder.
—¿Pensaste que solo por convivir un tiempo cambiaría mi forma de ser? ¿Quién te crees que eres? —continuó, tajante.
Kagome descendió unos angustiados ojos. Los tenía rojos.
—Pensé que…
—Pensaste mal. Deja de proyectar tus deseos en mí y ataca.
Kagome levantó la vista, revelando una mirada cansada. Agotada psicológicamente. El dolor que sentía no tenía nombre. No sabía cómo se mantenía en pie, posiblemente era debido al enojo. No obstante, la tristeza estaba un paso adelante de él. Tenía que decirse una y otra vez que Kikyō le estaba mintiendo, que solo quería provocarla. De otro modo, se derrumbaría.
—Veo que soy una molestia para ti —musitó con la voz quebrada. Kikyō tomó aire para calmarse. El papel que estaba encarnando comenzaba a superarla en más de un sentido—. Mejor empieza a festejar, porque en unas horas te librarás de mí.
Kagome estiró hasta el fondo la cuerda del arco. Kikyō la imitó.
—No te contengas, mocosa.
Pero lo estaba haciendo, se contenía. Ambas ya estaban en posición, listas para atacar. Las cuerdas tironeaban, sosteniendo las flechas, y los largos segundos pasaban. Ninguna disparaba. Lo único que hacían era mirarse, como si fueran sus ojos los que estuviesen luchando. Kagome rogaba por dentro que no disparara, porque si lo hacía, Kikyō sería la que perdiera la lección. Demostraría que, a pesar de todo lo que vivieron, aún no era capaz de entenderla.
—Si no disparas, yo lo haré.
—Hazlo. —La animó Kagome, frunciendo el entrecejo—. Pero te advierto que cuando lo hagas ya no habrá vuelta atrás.
Kikyō levantó el mentón con todo su orgullo y sonrió.
—Que así sea.
Disparó.
Su aprendiz ensanchó los ojos al ver la flecha dirigiéndose hacia ella. Veloz, sin compasión, atravesaba el viento haciéndolo silbar.
Su corazón se partió.
Idiota… ¡Eres una idiota!
Pensó a los gritos, soltando la cuerda con furia. Lágrimas escaparon de sus ojos al hacerlo. Las mismas que su mentora estaba reprimiendo.
Ambas flechas ondearon por el aire, rodeadas de poder espiritual, y se encontraron entre sí provocando una estruendosa explosión que no se hizo esperar. Kikyō se tapó los ojos, cegada por la luz, mientras Kagome los mantenía tan abiertos como podía. La ira no le dejaba cerrarlos, incluso aunque la ventisca generada por el ataque los dañase.
—¡Kikyō!
Escuchó a Kagome gritar a lo lejos y se destapó los ojos sólo para agrandarlos impresionada. Las puntas de las flechas luchaban en medio del aire junto a un fuerte resplandor que sacudía todos los árboles que las rodeaban. Sin embargo, la de Kagome comenzaba a desvanecerse. Al igual que antes, la flecha estaba desapareciendo, tragándose a la suya, traspasándola poco a poco.
—Este poder… Sí. —Asomó los dientes en una sonrisa. Lo sabía. Sabía que su aprendiz resultaría victoriosa. Por eso se arriesgó. Porque, contrario a su pasado discurso, confiaba en ella plenamente—. Esto es lo que quería.
El aplastante poder espiritual de Kagome devoraba al suyo, cubriéndolo de un azulado resplandor. Parecía una gran boca comiéndose su energía. Era imparable, apenas podía defenderse de ella. No había escapatoria. Estaba a punto de ser derribada.
Y no podía encontrarse más complacida con ello.
Kagome…, ya no me necesitas. Tu poder es mucho mayor que el mío.
La flecha terminó de desaparecer y traspasó la suya, partiéndola por la mitad. Ahora su único blanco era ella. Kikyō cerró los ojos, entregándose a la inevitable derrota. Es el destino, pensó. Ser vencida por su aprendiz. El ciclo de la vida. La verdad, si llegaba a morir lo haría con una sonrisa. Estaba agradecida de que fuera así. Por sus pequeñas manos y no por las asquerosas de Naraku.
Así debe ser.
—¡IDIOTA!
Abrió los ojos al escuchar no sólo ese insulto sino también unas rápidas pisadas dirigiéndose hacia ella. No podía ver nada. Lo único que llegaba a vislumbrar era una sombra acercándose en medio de la cegadora luz provocada por la explosión.
¿Kagome?
La llamó en sus pensamientos y, como si estos cobraran vida, su aprendiz se hizo presente en medio del resplandor. Su corazón se desbocó. Corría hacia ella sin aliento y con una expresión desesperada. Antes de que la energía llegara a Kikyō, ella llegó primero.
La empujó.
Kikyō cayó de espaldas al suelo y la flecha siguió de largo junto al poder espiritual. Atravesó el campo de energía, desapareciendo varios árboles en el camino y posiblemente todo lo que yacía detrás.
Un silencio se hizo presente entre ellas mientras el ruido de la explosión comenzaba a decaer en un rugido. Kikyō se incorporó con los codos, confundida, pero unas manos atrapando sus hombros la estrellaron de nuevo contra el suelo.
—¡Eres una idiota! ¡No paras! ¡No quieres parar! —Kagome la miraba agitada sobre ella. Lágrimas rodaban por sus mejillas. Una se derrumbó en su rostro, el cual no era capaz de moverse— ¡Deja de ponerme a prueba! ¡Deja de…! —Su voz se quebró. Ocultó la cara en su pecho, sujetando su ropa con fuerza. Le temblaban las manos, lloraba sobre ella como nunca la había escuchado—… Deja de jugar conmigo. Pasé la prueba, ¡pero tú no!
Kikyō abrió los ojos de par en par.
¿Ella conocía mi plan?
Se incorporó sujetándole la espalda, percibiendo los espasmos en ella. Kagome clavó las uñas en sus hombros, haciéndole cerrar un ojo por el dolor.
¿Entonces por qué me dejó hacerlo…?
Parpadeó, entendiendo. Y espantándose en el recorrido.
Era ella quién me estaba probando… Quería ver si era capaz de disparar.
—Kagome… —Atajó su cabeza con una amarga sensación pinchándole el pecho—. Perdóname, no iba a lastimarte. Necesitaba ver tu verdadero poder. Confiaba en él, por eso...
—¡Vete a la mierda! —Kagome refregó la cara contra su pecho, arrugándole la ropa con los dedos. No paraba de llorar—. A costa de tu vida… Sabías que iba a ganar y sin embargo... ¡¿Por qué sigues jugando con tu vida?! ¡Piensa un poco en lo que siento! ¡¿Qué hubiera pasado si yo no te salvaba?! ¡¿Siquiera te pusiste a pensar en lo que sentiría si morías en mis manos?!
La mente de Kikyō se estaba dispersando, alterando. Todas sus neuronas se estrellaban entre sí, generando que una sensación de pánico empezara a subir por sus pies en un hormigueo. No, no lo pensó. No lo suficiente. Estaba tan empecinada en protegerla, en ayudarla, que olvidó por completo sus sentimientos.
—Cargar con eso… ¡¿En qué momento te pareció una buena idea que yo te asesinara?! —exclamó Kagome, tironeando su ropa.
—Pensé que… —No tenía excusa. Contarle su idea romántica de la muerte solo empeoraría la situación. Había sido en demasía egoísta, y comenzaba a pesarle. Y sus ojos lo reflejaban. Perdidos en los suyos pero al mismo tiempo sumidos en la nada. Una mirada detenida. Estaba despertando de una pesadilla que ella misma se impuso.
Me equivoqué.
Entornó los párpados, conteniendo un gimoteo. Tenía ganas de llorar. Kagome estaba preocupada por su existencia, ¿y ella qué había hecho? Usar sus sentimientos con tal de ver su poder. La llevó al límite sin tomarlos en cuenta. Crueldad. Pura crueldad. Solo quería sacar lo mejor de ella, pero en consecuencia terminó destruyéndola psicológicamente. La culpa que sentía no tenía nombre. Nunca se había sentido tan mal en su maldita vida. El malestar era tan profundo que apenas podía pensar, buscar alguna excusa para disculparse. Respirar.
—Siempre manipulando, siempre jugando… ¡Tus tácticas me dan asco!
—Lo siento, yo… —Se llevó una mano al pecho. Dolía, lo sentía cerrado. Su corazón palpitaba histérico, robándole el aire.
Kagome desenterró el rostro de su pecho. Tenía la nariz roja, una mirada desamparada. La sacerdotisa siguió el continuo movimiento de sus pupilas, perdiendo la razón en el medio. Esa cara terminó de arruinarla. No lo soportaba. No soportaba verla llorar por su culpa. Estaba enloqueciendo. Todo lo que venía reprimiendo desde que la desafió se caía a pedazos.
—Ya no hay nada qué sentir. Disparaste. Te lo dije, que no habría vuelta atrás.
Oyó la sentencia y entonces su psiquis, siempre entera, se rompió.
De verdad se rompió.
—¡Kagome! —Kikyō sujetó su mejilla con fuerza, pasando la mirada a sus labios desesperada—. Yo no quería… De verdad no quería… ¡Perdóname! —Se acercó a sus labios en un impulso. Kagome la apartó por los hombros—. Kagome…
La nombrada declinó el rostro, sollozando. Kikyō lo levantó por el mentón, inclinándose de nuevo.
—Perdóname, yo… quiero besarte. —Refregó la frente contra la suya, exasperada, arrepentida de lo que hizo— ¡Quiero besarte!
Kagome la observó con los ojos cristalizados.
—¿Qué dices? ¿Es otra prueba? —preguntó con la voz tomada.
—¡No! Yo a ti… ¡te am-
—¡No lo digas! —Kagome se puso de pie, dejándola atónita en el suelo—. No ahora.
La sacerdotisa se levantó con torpeza. Sin darse cuenta, las pesadas lágrimas que estaba reprimiendo se deslizaron por los bordes de sus ojos, derrumbándose en la nada.
—Kagome… —Sujetó su mano, pero la joven se desenganchó—. Quería protegerte, ¡quería hacerte más fuerte!
—¡Te equivocaste! —Kagome le dio la espalda—. Lo único que hiciste fue jugar con mis sentimientos.
—¡No! ¡No es así!
Kagome apegó los hombros al cuello, limpiándose las lágrimas, y desprendió los pies del suelo. Kikyō contempló, suspendida en el lugar, cómo se alejaba de ella. La sentía lejos, y no porque estuviera yéndose. Algo se rompió, además de su mente. Su vínculo ahora pendía de un hilo. Lo veía ahí, tirante.
Y todo por su culpa.
—¡Kagome, espera! —Atrapó su brazo, pero Kagome se soltó de nuevo.
—¡Déjame sola!
Sus labios temblaron. No pudo moverse, no más. Sus ojos permanecieron observando la nada, allí donde antes estaba su aprendiz, quién se perdió en el bosque a paso rápido. Nunca la había visto tan enojada.
La decepcioné…
Se cubrió el rostro con una mano, sintiendo las lágrimas resbalarse por los dedos. De todas las decisiones erróneas que pudo tomar en su vida, esa fue la peor. Enojada por una estupidez, sus frías costumbres volvieron a nacer. Empecinada en protegerla, dejó de lado sus sentimientos.
¡Mierda!
Se llevó el flequillo hacia atrás, sollozando, apretando los dientes hasta sentir la mandíbula tensa. Estaba sola. De pronto se sentía tan sola como en toda su vida había estado. Abandonada, sin nadie con quién contar.
Sin su persona especial.
Todo lo que toco lo destruyo. Pero ella también… ¡Ella también me está lastimando!
La odiaba. Odiaba a esa mocosa por cómo era capaz de herirla, de domarla. A ella, una mujer que siempre mantuvo la compostura y el orgullo.
Pero…
También la amaba.
La amaba con locura.
Y ya no podía ni quería luchar contra ello.
Se limpió el borde de los ojos obligándose a mover los pies, quienes, maliciosos, la condujeron a la otra punta del patio. A donde Kagome yacía antes. En el camino se tropezó con un ente familiar: su arco. El arco de Kagome. Estaba tirado en el suelo. Podía imaginar toda la secuencia. Kagome soltándolo y lanzándose a correr hacia ella para salvarla. Lo contempló desde lo alto con la garganta hecha un nudo y se inclinó para agarrarlo.
Su energía...
La sentía. Un aura triste, culposa, pero también...
Cálida.
Apretó los párpados y las mudas lágrimas volvieron a surgir mientras estrujaba la madera con bronca.
Todo es mi culpa. No entendí sus sentimientos.
Alzó el rostro y admiró el atardecer con unos ojos carentes de vida. Y sintiéndose vacía, hundida en la tristeza, tomó una decisión. La única que le quedaba.
—Supongo que ya es tiempo.
Una de esas pesadas lágrimas estacionó en su comisura, la cual mantenía encorvada en una sonrisa desolada.
No pienso contenerme más, Kagome.
Continuará…
Hooli. Acá apareciendo para entregar el capítulo 14. Sí, un poquito dramático, pero nada grave (?
¡Espero que anden bien y nos leemos en el próximo capítulo! ¡Gracias por estar, gente linda!
nadaoriginal: ¡Gracias por seguir por acá! Tranqui que hay tiempo para lo suculento, por ahora prefiero enfocarme más en las emociones de las chiquis, así todo se siente más intenso (? ¡Besos y te leo en el próx capítulo!
Guest: ¡Gracias por leer! Y sí, Kikyo es todo un caso. Pero no esperaba menos de ella. Es decir, apenas está aprendiendo a vivir, y parte de vivir es cagarla. Lo mismo va para Kagome jajaja ¡Te leo en el próx capítulo! ¡Besos!
Chat'de'Lune: ¡Gracias por seguir por acá, estimada! Espero que andes bien. El pulpo Kikyo no se pasó con Kagome en la parte posterior, pero sí le tocó la pechosidad, si esa era tu cuestión jajaja. Escuchando a Mylène Farmer, terminé en Alizée y su clásico "Moi lolita" Temón. Te leo en el próximo capítulo. ¡Besos y namastee!
davherreras: ¡Gracias por leer! Kikyo es una caja de pandora. Nunca se sabe con lo que puede salir, pero Kagome tampoco se deja pasar por encima. Es todo un tema. ¡Te leo en el próximo capítulo, besos!
7D9: ¡Bienvenidx de nuevo! Espero que tus meses malos hayan mutado por unos buenos, o al menos por unos pasables. ¡Gracias por pasarte de nuevo por acá! Y sí, la serpiente sigue dando amor a la historia jajaja ¡Te leo en el próx! Besos!
DAIKRA: ¡Gracias por leer! ¡Y qué lindas palabras me regalaste! Hermoso de tu parte, muchas muchas gracias. Me alegra que la historia te esté gustando y atrapando, siempre es una satisfacción saber eso de los lectores, en especial si se trata de una pareja crack. Siento que conseguí lo imposible jajaj. Leyendo tu comentario me di cuenta que sigo una historia tuya. Sí, así de colgada soy. La de "Nota: los hermanos no follan". Todavía no la leí, pero me acuerdo que había leído la introducción y quedé enganchada al toque. La puse en favoritos para cuando tuviera un tiempito de leer (todavía no se dio, maldita vida movida). Pero apenas tenga tiempo te voy a estar leyendo. Por lo poco que vi, tu narración es exquisita. Ya la puedo saborear con sólo pensarla (baba). Respecto a tu visita por acá, no pasa nada si vas lento leyendo. Nadie te apura. Mientras más lento, más se disfruta. Es como la comida, mientras más lento masticás, más sentís los sabores. Yo soy igual, suelo tomarme mi tiempo para leer (y comer), excepto cuando me invade la impaciencia. Ya empecé a hablar de morfi, mejor paro porque me voy a tener que cocinar algo y son las cuatro de la matina. ¡Espero que andes bien! ¡Te leo por acá y esperá un review mío prontito! Gracias por el aguante. ¡Besos!
BriOwO: ¡Gracias por leer! Qué alegría que esta parejita te haya dado curiosidad. A veces me siento sola en este mundo porque soy una de las pocas que las shippea, snif. Siempre es una satisfacción encontrar gente que comparta tus gustos. ¡Te leo en el próx capitulo! ¡Besos!
Carol-G 20: ¡Gracias a vos por seguir por acá! El algún momento voy a volver a escribir algo Korrasami, es una adicción jajaja. Respecto a Kikyo, es difícil imaginarla sentimental porque en la serie, en general, la muestran fría, siempre teniendo la situación controlada. Pero cuando se encuentra con Inuyasha (en el anime) eso cambia. Hasta cuando se encuentra con Kagome se nota un quiebre en su personalidad, ya que la desconcierta. Es apenas perceptible, pero se ve. Kikyo tiene emociones, solo que no se permite demostrarlas, en mi humilde opinión. Y me aferré con todas mis fuerzas de esa teoría jajaja. ¡Te leo en el próximo capítulo! ¡Besos!
Maria Sato: ¡Gracias por seguir por acá! La pasé bien en las fiestas, por suerte. Un poco (bastante) ebria, pero bien jajaja ¡Espero que vos también! Genial que la historia te siga gustando :D Te leo por acá, entonces. ¡Besos!
