Promesa
Una piedra; dos, diez. Si Kagome seguía arrojando piedras al río terminaría por acabarlas.
—¡Maldición!
Cayó de culo en el suelo y abrazó sus rodillas. Había perdido la noción del tiempo. En algún momento, buscando alejarse la sacerdotisa, terminó fuera del campo de energía. Se dedicó a vagar por el bosque tratando de calmarse, de parar de llorar e insultarla. Al final se hizo de noche y el río donde solían pescar la recibió.
—Esa bruja... Nunca dejé de ser una prueba para ella. —Arrojó otra piedra sin ganas. El agua salpicó, difuminando el reflejo de la luna.
Estuvo reflexionando todo el día, sin embargo, aún no conseguía bajar unos cambios. Sentía el pecho cerrado desde que abandonó a su mentora, los párpados hinchados de tanto llorar. Pensó que eran amigas. Que habían forjado un vínculo, y no uno cualquiera. Uno profundo, íntimo. Incluso más íntimo que el que tenía con Inuyasha. Creyó que la estaba curando. En muy poco tiempo Kikyō la conquistó en más de un sentido, mostrándole lados hermosos de su persona. Demostrándole que podía sonreír. Parecía haber sido una ilusión, ya que gracias a su actuación tiró abajo en un santiamén todo lo cultivado. Porque sí, sabía que había sido una maldita actuación para sacar a relucir sus poderes. No obstante, eso no justificaba tal falta de respeto a sus sentimientos.
Y a su confianza.
—Cómo se atrevió…
¡Quiero besarte!
Hundió la cabeza en los brazos, sonrojada. Sus orejas ardían en medio de la fría ventisca que la acompañaba a orillas del río. Sí que le sorprendió esa repentina confesión, pero solo llegó a digerirla mucho después de que consiguió calmarse. Calma que, como si fuera una batería, se estaba acabando. Era cuestión de pensar en Kikyō y todo volvía a empezar.
Parecía tan desesperada... Nunca la vi así.
—Quizás me pasé con ella. Quería ayudarme, pero esa forma de hacerlo… Si no confía en mí, no hay nada qué hacer.
—Confío en ti.
Kagome levantó la cara y giró el cuerpo. Pánico sintió al verla. Kikyō la observaba desde lo alto con un aire de tristeza. Sus sueltos cabellos bailaban al son del viento, transformando esa imagen en una magistral y a sus sentimientos en una tormenta.
—Inuyasha va a venir pronto —le dijo, caminando hacia ella. Kagome se puso de pie, precipitada, y retrocedió con el ceño fruncido— ¿Qué haces aquí?, ¿escondiéndote de mí? Te busqué por todas partes.
—No necesito esconderme de ti, bruja. Estaba dando un paseo y terminé acá, eso es todo. —Retrocedió más, metiendo los zapatos en el agua.
Kikyō alzó una ceja al verlos. Kagome parecía un gato con el lomo levantado y los pelos erizados. Y al igual que un felino, sus ojos emanaban furia pero también temor. Casi que podía ver un rabo sacudiéndose histérico en su trasero.
—¿Me tienes miedo?
—Ja, ¿cómo podría temerle a una perdedora? Yo te gané, ¿recuerdas? —Kagome forzó una sonrisa que le dolió recibir—. Y hablando de eso, creo haberte dicho que quería estar sola. —Señaló el bosque—. Vete.
Kikyō irguió el mentón, valiente, y decidió seguir avanzando. Su aprendiz cerró los puños, nerviosa, y llevó un pie atrás.
—¡Vete! —Pateó el agua, salpicándola. Kikyō ladeó el rostro al sentir las gotas golpeándole la mejilla y volvió a verla con seriedad— ¡No quiero verte!
Las amenazas no servían. Su mentora continuaba acercándose con la frente arrugada, sumiendo los pies dentro del río. Kagome se fue hacia atrás como si estuviera delante de un depredador. No entendía porqué sentía un intenso temor incrustado en el pecho. Más no temor por Kikyō, sino por ella misma.
Por caer ante ella.
—¡¿Eres sorda?! —Pateó el agua de nuevo, mojándole la ropa— ¡Te dije que-
—¡Ya lo sé! —Kikyō atajó su brazo y la impulsó hacia sí. Kagome puso las manos en sus hombros cuando hizo un gancho en su espalda, aprisionándola a su cuerpo—. Sé muy bien que no quieres verme, que me odias ahora mismo. Y también sé… que lo tengo bien merecido. —dijo, bajando la cabeza.
Kagome se perdió en sus ojos; arrepentidos, desolados. La luz que habían adquirido en todo ese tiempo de convivencia ya no estaba.
—Pero al menos, por favor, escucha lo que tengo que decirte. Luego podrás seguir odiándome.
La sacerdotisa parecía a punto de romperse, lo cual generaba que su corazón también se rompiera. Si continuaba viendo esa mirada se vendría abajo. Hizo fuerza para sacársela de encima, pero Kikyō reforzó el agarre en su espalda sin dejar de ver sus ojos con profundidad.
—B-Bruja, ¿por qué tienes tanta fuerza? —Se quejó, removiéndose sobre su pecho. Empezaba a sospechar que era ella la que carecía de fuerza— ¡Suéltame!
—Lo haré cuando decidas escucharme.
—¡Eso es extorsión!
Kikyō asintió como si extorsionarla no tuviera nada de malo. Kagome tensó la mandíbula, irritada. Era mejor escucharla que seguir en sus brazos. Como si fueran lava, la derretían. Y también a sus convicciones.
—¡Bien, como quieras! ¡Ahora suéltame de una vez!
Kikyō dudó unos momentos antes de desenredar el brazo de su cintura. Temía que saliera corriendo, pero no. Cumplió su palabra. Allí estaba Kagome, acomodándose la camisa y, probablemente, insultándola en silencio.
—Tienes un minuto. —Levantó el dedo índice y luego señaló el espacio vacío detrás de ella—. Lo que tengas que decir hazlo a una distancia considerable.
Kikyō sonrió con tristeza y levantó las manos en son de paz. Retrocedió unos pasos, saliendo del agua.
—¿Aquí está bien?
Kagome midió la distancia. Al menos unos cinco pasos las separaban. Le pareció correcto. Salió del agua también y los pasos se redujeron a cuatro.
—Habla —ordenó, cruzándose de brazos. Kikyō bajó las manos, poniéndose nerviosa. No tenía un discurso preparado. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo hacerlo? Lo que quería decir flotaba por su mente, pero las palabras se enredaban, cruzándose entre ellas, haciéndole sentir una presión en la cabeza—. Si no vas a hablar, me voy.
Kagome hizo un ademán de retirarse. Kikyō atajó su brazo en un impulso y dijo lo primero que le gritó el corazón.
—Tengo miedo de perderte.
Kagome la observó descolocada. Solo dolor halló en sus ojos.
—No sé si voy a poder protegerte todo el tiempo cuando luchemos contra Naraku. Inuyasha tampoco podrá. Como sabes bien, estará picando de aquí para allá entre nosotras —comenzó a explicar, soltándola de a poco. Se llevó un mechón detrás de la oreja; lo tenía mojado gracias al berrinche de su aprendiz—. Por eso quería sacar tu máximo potencial. Para que sobrevivas, Kagome.
La nombrada desvió el rostro. Noticia vieja, información sabida. La explicación no compensaba nada. Y esa preocupación no valía la pena si sus métodos carecían de tacto.
—No quise ponerte a prueba, pero… si hubiera sido amable nunca hubieras mostrado tu verdadero poder, ya que no tendrías la necesidad de hacerlo. Ahora eres consciente de la energía que duerme en ti, ¿no es cierto?
Kagome estuvo de acuerdo con aquella voz que sonaba preocupada al hablarle. Sí, la había sentido. Una energía tan poderosa que rebalsaba de su cuerpo como si fuera incapaz de contenerla. No entendía porqué tenía tanta energía ni de dónde salía. Sin embargo, gracias a Kikyō entendió una cosa: cómo conjurarla. ¿Agradecérselo? Jamás.
—Tenía todo controlado. Si yo llegaba a ganar iba a poner un campo de energía a tu alrededor para protegerte de mi ataque. En ningún momento se me pasó por la cabeza lastimarte, solo quería fortalecerte.
Ese no es el problema, refutó la menor en sus pensamientos. ¡Ese no es el único problema! La sacerdotisa seguía sin despertar, hecho que alimentaba a su furia.
—En realidad… siempre he pensado así. Incluso en el pasado siempre que se me presentaba una oportunidad te ponía a prueba para ver tus habilidades. Aunque eso lo sabes muy bien. —Cerró los ojos con una penosa sonrisa—. Te hice pasar muchos malos momentos. ¿Pero sabes por qué, Kagome?
Kagome deslizó las pupilas a ella, tropezándose con unos melancólicos ojos que la llevaban atrás. A todos los encuentros que tuvo con Kikyō antes de considerarla parte de su vida. Esos encuentros solo le traían malos recuerdos, pues, en cada uno de ellos la sacerdotisa se mostraba distante.
—Porque tú eres quién quedará después de mí —sentenció y el labio inferior de su aprendiz se desprendió—. Aunque en esa época no te conocía bien, sí conocía esa realidad. Yo no debo existir porque tú existes. —Puso un dedo en su frente—. Tú eres yo y al mismo tiempo no lo eres. Pero la realidad sigue siendo la misma: he reencarnado y he aquí mi reflejo. Ya no soy necesaria en este mundo.
Kagome respiró hondo a punto de perder la paciencia. Colgaba de un finito hilo y se encontraba muy tentada de cortarlo con una filosa tijera. Una palabra más y la golpearía. Kikyō era sinónimo de resignación y ya estaba harta de escucharla hablar así. Quizás una golpiza la despertaría. Luego de haber luchado contra ella a muerte un golpecito no era nada.
—Por eso, como mi reencarnación, es tu deber reemplazarme.
¿Deber? ¿Desde cuándo era "un deber" para ella? Suficiente, la golpearía.
—¡Tú...!
Agarró el cuello de su ropa y la impulsó hacia sí con rudeza. Kikyō ni se inmutó cuando llevó el puño hacia atrás con los ojos en llamas.
—Eso pensaba antes.
Su puño tembló antes de caer en la violencia. Lo bajó mirándola con sospecha y le soltó la ropa dándole una misericordiosa oportunidad de explicarse. Kikyō, como si nada estuviera pasando, le sonrió.
—Viviendo aquí contigo me di cuenta de lo egoísta que estaba siendo. Estuve a punto de hacer contigo lo que hicieron conmigo: quitarte la libertad. —Se animó a reducir la distancia y sujetó el borde de su camisa en un agarre tímido—. Kagome, no tienes que seguir mis pasos. Ya te lo dije una vez: haz con tu vida lo que quieras. Te he enseñado todo lo que sé. Lo único que me importa… es que sigas existiendo, incluso aunque mi existencia desaparezca por ello. —Llevó una mano a su mejilla. Kagome vio su sonrisa triste y declinó el rostro con el corazón hundido—. Lo lamento, debiste sentirte muy presionada por mi culpa.
Es como girar en círculos, pensó. Kikyō continuaba sin entenderla. Lo único que veía era lo que tenía enfrente, no lo que había detrás. ¿Cuán ciega podía ser? ¿Y cuán explosiva podía ser ella misma gracias a su comportamiento?
Mucho.
—Idiota… ¡Eres una imbécil! —Levantó la cara y Kikyō se sorprendió cuando vio sus ojos cristalizados. ¿No iba a golpearla hacía un segundo atrás?— ¡Sigues sin entender nada! ¡No estoy enojada sólo por cómo jugaste con mis sentimientos, sino por tu desapego a la vida! —exclamó, agarrando su muñeca con fuerza— ¡Te arriesgaste sin más, como si no valieras nada! ¡Como si no fuera a extrañarte por perderte!
Kikyō abrió la boca mientras Kagome apretaba su muñeca temblando de impotencia. La soltó con bronca y evitó sus ojos. Su garganta comenzaba a cerrarse. Dolía de tanto que se estrujaba contra las cuerdas vocales.
—¿Por qué no valoras tu vida? —preguntó en un decaído murmullo—. Hay personas que se preocupan por ti; yo soy una de ellas. ¿No entiendes que voy a sufrir si algo te pasa? Tu vida no es solo tuya, Kikyō. En el momento en el que decidiste formar un vínculo conmigo... tu vida dejó de pertenecerte solo a ti. —Volvió la vista a ella con seriedad—. Ahora también me pertenece.
Kikyō tragó saliva, entusiasmándose. ¿Le estaba diciendo que era de su propiedad? No podía tomarlo de otra manera. Y le encantaba que así fuera. Una intensa adrenalina empezaba a llenarla por dentro, excitándola en más de un sentido, borrándole las pocas intenciones que tenía de controlarse.
—Si es así, entonces… —Estiró el brazo y sujetó su mentón. La acercó a ella con lentitud, dejándola cerca de su rostro—. Tú también eres mía. —Miró sus labios, deseosa de comérselos—. Y sólo mía.
Kagome sintió una pecaminosa emoción al escucharla. Kikyō miraba su boca sin disimulo alguno, sin ganas de seguir ocultándose.
¿En qué momento cambió todo?
Pensó, aclarándose la garganta, resistiéndose a esos ojos magnéticos. De un manotazo se apartó.
—Tonta, lo tomaste para otro lado. —Le dio la espalda, sonrojada—. No me refería a eso.
Kikyō, ignorando la evasiva, acortó la distancia de nuevo. Kagome se endureció cuando pasó un brazo por encima de su vientre y la impulsó hacia atrás, apegándola a su cuerpo.
—¿No te agrada la idea? Ser solo mía —ronroneó en su oído, apretándole el abdomen—. Ser solo tuya…
Su aprendiz plegó los dedos contra la falda, entrando en calor. Una molesta sensación se estaba incrustando en su estómago, haciéndole cosquillas. Sentía todas las curvas de Kikyō acopladas a las suyas. Sus pechos aplastados en la espalda, el hueco de su entrepierna adherido al trasero. No era la primera vez que era emboscada de ese modo por ella, pero sí la primera que le afectaba demasiado.
—Sigues igual de tóxica que siempre. —Quiso sonar seria, pero en lugar de eso su voz resonó baja, quebrada.
—Es tu culpa que sea así. Me sacas lo peor, mocosa.
—¿Huh? —Kagome volteó el rostro— ¿Ahora resulta que yo soy la culpa…? —Se tragó las letras al ver una dulce sonrisa que nada tenía que ver con la toxicidad. Giró el rostro de nuevo. Su corazón no la soportaba—. N-No me agradan las personas posesivas.
—Hm… ¿Y entonces por qué te gusto?
Kikyō soltó la bomba y Kagome se paralizó. Vergüenza le golpeaba el pecho.
—Te gusto, ¿no es así? Te gusto lo suficiente como para enojarte conmigo —insistió, pegándose a su mejilla con una sonrisa. Cerró los ojos y refregó el cachete contra ella, drenándose de su aroma—. Hueles bien…
Kagome la escuchó suspirar en su oído y le agarró la mano en un impulso. Su piel ardía entre esos dedos que la acariciaban debajo de la camisa.
—E-Espera…
—No, ya esperé mucho. —Kikyō movió el rostro y besó su mejilla. Kagome se entumeció de pies a cabeza—. Kagome, tienes razón. Mi vida te pertenece. Antes de conocerte no hubiera dudado ni un segundo en sacrificarme para derrotar a Naraku, pero ahora dudo. Dudo porque quiero vivir para estar contigo.
La más joven ensanchó los ojos, impresionada.
—Y sé que eso es imposible porque… ya estoy muerta. Tarde o temprano este cuerpo se pudrirá. Esa realidad se me vino encima, llevándome a desear lo único que me vi en posición de desear: una muerte más amable, fusionarme contigo. —Entornó las pestañas sobre su piel, conteniendo la amargura—. Eran solo deseos, pero cuando hoy me enfrentaste vi una oportunidad de cumplirlos. De cualquier manera voy a morir, pensé, ¿así que por qué no morir en tus brazos? Perdóname, fui egoísta. No imaginé lo que sentirías. No…, lo imaginé y lo pasé por alto. No tengo perdón.
Kagome declinó el rostro con la misma amargura impresa en el corazón. Ahora veía el panorama desde otro lado, desde el de Kikyō. La desesperación de querer vivir, la resignación de no poder hacerlo. La aceptación y el final: morir en sus brazos. Aunque lo último le sonara a un disparate, no podía enojarse con ella por pensar así. Era cuestión de abrir un poco más los ojos y ver más allá: no se encontraba frente a una persona que supiera sentir bien, que valorara la vida o que al menos la viera desde un ángulo sano. Uno actúa desde lo que es. Y Kikyō, con un pasado terrible, actuaba como podía, con las herramientas que tenía. Apenas estaba aprendiendo a vivir en esta segunda oportunidad que le fue dada, por ende, forzarla a manejarse de otra forma sería apresurado, casi desconsiderado. Kagome quería curarla, hacerle ver la luz. Estaba tan empecinada en hacerlo que también pasó por alto sus sentimientos. A su modo, Kikyō le demostró que la amaba. Un modo oscuro, sombrío: morir por ella. Esa era su naturaleza. Kagome había sido elegida para algo sumamente importante. Al final las dos estaban ciegas, sin entenderse la una a la otra por la simple razón de que eran diferentes. Demasiado diferentes. Kagome veía la vida con esperanza y la sacerdotisa con pesimismo. El suficiente como para romantizar la muerte.
Muerte…
Ese término, que había naturalizado a la fuerza debido a las experiencias de vida, ahora pesaba. Pesaba mucho viniendo de alguien que no quería perder. Le desesperaba, le hacía maldecir a Naraku por haber arrastrado a su mentora a una desgracia tras otra, por haber oscurecido ese bondadoso corazón que sabía que tenía. Ella, justo ella, no se merecía nada de eso.
Porque lo había dado todo.
Chocó los dientes y unas desobedientes lágrimas se resbalaron por los bordes de sus ojos. Kikyō las vio, preocupándose.
—No es justo… ¡No es justo que hayas muerto! —explotó, haciendo eco en el lugar. Hacía mucho tenía ganas de escupirlo de la garganta— ¡No es justo que no puedas vivir! ¡No es justo nada de lo que te pasó!
—Kagome…
—¡Si tan solo hubiera una forma…! ¡Si tan solo pudiera salvarte! —Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, gimoteando—. Quizás con la perla…
Kikyō abrió los ojos de par en par, alarmándose. Comenzó a desenredar el brazo de su vientre. Kagome, en ese estado, era peligrosa. Sus decisiones más. La caja de Pandora se estaba abriendo. Debía cerrarla de inmediato.
—No. —Puso una mano en su hombro. Kagome la observó con los ojos rojos—. Sé lo que estás pensando, y un deseo tan egoísta como devolverme a la vida contaminará la perla.
—¡¿Dónde es egoísta?!
—Solo nos beneficiaría a nosotras dos, la perla no está hecha con ese propósito. Ese no es el deseo correcto.
—¡¿Entonces cuál es?! ¡Qué tiene de malo desear que un ser querido vuelva!
Querido…
Kikyō delineó una sonrisa que pendulaba entre la tristeza y felicidad.
—La perla de Shikon nunca cumple tu verdadero deseo. ¿Lo sabes, no? Solo hay un único deseo correcto.
Su aprendiz regresó la vista al río mordiéndose el borde el labio.
—Destruirla...
—Sí.
Destruir la perla de Shikon no formaba parte de sus preocupaciones tiempo atrás. De hecho, Kagome deseaba destruirla. Esa perla, más que una salvación, era una amenaza. Un imán para las desgracias y los demonios que querían poseerla. Debía ser destruida, llevándose consigo a Naraku. Inuyasha, aunque no lo había mencionado, también estaba de acuerdo con desaparecerla, dejando de lado su empedernido anhelo de convertirse en un Yōkai. Pero ahora… Ahora Kagome tenía un deseo, ahora la perla le era de utilidad. Y no podía usarla. El nivel de frustración que manejaba se le escapaba de las manos.
—No es justo… ¡No quiero que desaparezcas! —repitió entre sollozos, tapándose el rostro. Kikyō la miraba apenada— ¡Se supone que es una maldita perla que cumple deseos!
La sacerdotisa pasó la vista al río con nostalgia. Cuando le entregaron la perla, eso era. Una perla que podía llevarte a la felicidad, que podía darte todo. Eso le dijeron, eso creyó. Fue inocente. También podía quitarte todo. La perla de Shikon terminó siendo la primera protagonista de su desgracia y la de Inuyasha. Esa esfera no era más que una amenaza para el mundo.
—Es una perla creada casi por accidente, no me sorprende que no funcione —empezó a decir en voz baja—. En su interior alberga un alma buena y una maligna. Depende del deseo que escojas la perla se purificará o se ensuciará. Pero... ningún demonio o humano ha logrado pedir el deseo correcto. Parece ser que todos, al final del día, somos egoístas.
Incluso mi deseo de convertir a Inuyasha en humano... era egoísta.
—¡Yo seré la que lo haga! ¡Yo pediré el deseo! —Kagome se destapó el rostro, revelando unos ojos llorosos pero decididos—. Si todo sale mal, me haré responsable.
No desistía. Esa terca mocosa no quería rendirse y menos aceptar la realidad. No era correcto, pues, Kagome estaba sufriendo, pero a Kikyō le hacía feliz que pensara en ella al borde de literalmente cagarse en todo lo demás. Kagome era consciente del caos que llevaba consigo la contaminación de la perla. Todo se perdería, vidas en especial. Los demonios malignos reinarían la tierra, si es que algo quedaba de ella. Pero ahí estaba, pasando todo por alto para tratar de revivirla. No debía sonreír. En absoluto debía sonreír por las locuras que estaba diciendo.
Y, sin embargo, estaba sonriendo como nunca.
—¿Cómo te harás responsable del fin del mundo? —preguntó, reprimiendo toda la felicidad mal sentida—. Es imposible, Kagome. Tú misma dijiste que todos tenemos un tiempo de vida y que éste debe ser aprovechado. Vivir el presente. Gracias a tus palabras decidí vivir este presente contigo aún sabiendo que quizás no tenga futuro.
Su aprendiz bajó el rostro, ensombreciéndose. Kikyō vio su espalda encorvada con pesar; todavía la recorrían pequeños espasmos debido al llanto. Queriendo consolarla, enredó los brazos en su cintura en un cariñoso abrazo que provocó que sus lágrimas emergieran de nuevo.
—Gracias, Kagome. Me hace feliz que pienses en mí. Con eso es suficiente. —Apoyó el mentón en su hombro—. Estos días contigo han sido una bendición para mí. Por primera vez en mucho tiempo mi alma sintió un respiro. Pude ser yo misma a tu lado.
Kagome estrechó los ojos, sujetando esas manos que se entrelazaban en su vientre.
—Me sorprendió. No pensé que me llevaría tan bien contigo, que me… encariñaría tanto contigo. La verdad, me gustaría que estos días de paz nunca terminaran.
Kagome volteó el rostro, encontrándose con una amena sonrisa.
—Yo tampoco quiero que terminen...
Kikyō ensanchó la sonrisa.
—Contigo he descubierto partes de mí que ni siquiera conocía, y me gustó conocerlas. Me divertí. No tengo remordimiento alguno por este encuentro. —Se abrazó más a ella—. Fui muy feliz a tu lado, Kagome. Mi alma, gracias a ti, podrá descansar en paz cuando llegue el momento.
Kagome aspiró el llanto por la nariz, pero no había caso. No podía parar de llorar. Sus palabras solo eran sinónimo de despedida. No podía pedir un deseo, no podía salvarla. ¿Entonces qué podía hacer? Solo le quedaba una opción.
—Ven conmigo —musitó, reforzando el agarre en sus manos—. Sé que no es tu estilo viajar acompañada, pero siempre hay lugar para uno más en nuestro grupo. Si estamos todos juntos es menos probable que Naraku se salga con la suya.
Kikyō llevó una mano a su cabeza y negó suavizando la sonrisa.
—Sabía que me dirías eso, y supongo que ya sabes la respuesta. Yo no encajo en ningún lado, Kagome. No me sentiría cómoda, menos con Inuyasha ahí.
—Eso…
—No toleraría ver cómo se preocupa por ti. —Una pizca de molestia escapó de su voz—. Sabes porqué, ¿verdad?
Las mejillas de Kagome se acaloraron.
—No me importaría… verte un poco celosa.
Kikyō rió por lo bajo y juntó sus frentes.
—Qué linda eres…, pero no. Lo siento, tengo algo qué hacer. Y tú tienes otro deber. Por ahora debemos separarnos.
La sacerdotisa le hablaba con dulzura. Su voz era una caricia para los oídos, pero su discurso una daga para el corazón.
—¿Qué tienes qué hacer?
—Lo sabrás pronto.
—Kikyō… —la llamó en un reproche. La nombrada volvió a reír— ¿Cuándo te volveré a ver? —le preguntó, llevando un brazo hacia atrás. Kikyō relajó los párpados al sentir su mano pasando por su cabeza, deslizándose por los largos mechones que le cubrían la nuca. Los ojos de Kagome estaban adquiriendo un penetrante brillo que la hipnotizaba. Costaba no bajar las pupilas y mirar sus labios. La atmósfera también se sentía diferente, cómplice.
—Kagome, a esta altura deberías saber que lo que menos quiero es separarme de ti —susurró—. Por eso… me gustaría ofrecerte algo.
—¿Qué cosa?
—Si este cuerpo de barro logra sobrevivir a la batalla con Naraku, estás más que invitada a volver aquí. Me encantaría que lo hicieras. —Acomodó un mechón detrás de su oreja—. No sé cuánto más pueda aguantar, pero…
—¿Estás diciendo que…?
Kikyō asintió mientras pasaba una mano por el borde de su cintura, acercándola más a ella. Sus pupilas descendieron, deteniéndose en la boca de Kagome, quién en un reflejo miró la suya.
—Me gustaría pasar mis últimos días… —prosiguió, inclinándose lentamente a sus labios—… contigo.
Kikyō cerró los ojos y Kagome los ensanchó cuando juntó sus labios en un suave beso que no tardó en derretirla a pesar de su frialdad. Sin ganas de luchar contra él, cerró los párpados dejándose llevar por esa boca que presionaba la suya con cariño. Kikyō la besaba despacio. Arrastraba los labios por los suyos, dispuesta a disfrutarlos como hacía tiempo quería hacer.
Kagome bajó la mano por su cabeza y se aferró a su cuello. Lágrimas escapaban de sus ojos en el encuentro. Kikyō deslizó el pulgar por su mejilla, borrándolas, mientras continuaba moviéndose acompasadamente contra su boca, cerrando los labios sobre los suyos, abriéndolos, frunciendo los dedos en su cintura. Kagome, comenzando a sentirse impaciente, se halló deseando más. Separó los labios en una muda petición, pero, para su desgracia, Kikyō empezó a despegarse llevándose su labio inferior en el camino.
Kagome abrió los ojos muy a su pesar y la observó embelesada.
—Esa vez en casa… no me robaste la energía cuando me besaste. —murmuró contra sus labios. La sacerdotisa negó con una pequeña sonrisa.
—Solo quería besarte.
—Creo que… lo sabía.
Kagome quería decir mucho, pero carecía de fuerza. Ese beso le robó las palabras y revolucionó a su corazón. Y que su mentora la mirara con tanto amor no ayudaba.
—No hace falta que me respondas ahora. —Kikyō puso un dedo en sus labios, como si supiera lo que estaba pensando—. Solo quería despedirme como corresponde.
—Pero…
—Sé que tu corazón está en conflicto, Kagome. En conflicto… por él. No quiero forzarte a decidir. Soy feliz sintiendo esto por ti, con eso es suficiente. —Acarició su cabeza con una sonrisa maternal—. Lo siento. Fue desconsiderado de mi parte actuar así sabiendo que quizás no me queda mucho, pero no podía aguantar más estos sentimientos encerrados.
—¡No te disculpes! —Kagome se giró y atrapó sus hombros— ¡No tiene nada de malo decir lo que sientes!
—Lo sé. Gracias a ti, ahora lo sé. —Cerró los ojos con paz. Contrario a la más joven, que lejos estaba de sentir aquello—. De cualquier modo, Inuyasha vendrá pronto.
—Que espere… —balbuceó, arrugándole la ropa con los dedos. Kikyō pestañeó— ¡Que espere! ¡Ahora no puedo irme así como si nada!
Le hizo reír. Kagome la miraba con un intenso brillo en los ojos. Parecía un gatito esperando por una caricia, lo cual era un problema. Si seguía mirándola así terminaría por secuestrarla. La idea era mantenerse neutra, no encerrarla en el templo.
—Sí puedes. —Puso las manos en sus hombros—. Tienes una misión en camino, Kagome. Además, la lejanía te vendrá bien para pensar.
Kagome dio un paso atrás con una expresión avergonzada. Kikyō se estaba tomando la situación con madurez, dándole tiempo para que procesara sus sentimientos. Entendía racionalmente aquello, no era justo para ella que insistiera. Pero sus hormonas juveniles se encontraban tan alborotadas por el beso que lo único que podía pensar era que quería besarla de nuevo.
Al final sí soy una niña...
Kikyō admiró ese rostro desamparado que parecía a punto de gritar. Tal como Kagome, pensó que parecía una niña. Definitivamente seguía considerándose más madura que ella. Lo suficiente como para entender (y aceptar) sus propios sentimientos gracias a la reflexión y paciencia, cualidades que a Kagome no parecían interesarle. Ella era una chica más de acción que de reflexión. En otras palabras, era todo lo contrario a Kikyō.
Y por eso le gustaba.
—¿Estás bien? —le preguntó, inclinándose. Kagome asintió, aún sin atreverse a verla a los ojos—. Vamos, tienes que empacar tus cosas. —Kikyō se dio vuelta y comenzó a andar de regreso.
Su aprendiz la siguió a paso lento. La sacerdotisa actuaba tan normal que hasta le molestaba. ¿Cómo podía comportarse así cuando se habían besado? ¿Cómo podía ser tan paciente como para esperarla? Kagome no podría tolerar estar en ese lugar, y lo sabía porque ya lo había estado con el tema de Inuyasha.
Inuyasha...
Cierto, Inuyasha existía. Con todo lo sucedido ni había pensado en él. No obstante, Kikyō, compasiva, se lo recordó. Pudo haber tomado partido, aprovechar el beso para sacarle ventaja y terminar de conquistarla. Pero no. Decidió respetar sus conflictivas emociones.
¿Por qué...?
Kikyō no se merecía quedar en espera. Y, sin embargo, no se quejaba de ello. Pensó, quizás, que también se debía a la resignación. No pensaba en el futuro porque no se veía con un futuro. No se imaginaba una vida con ella, lo único que hacía era conformarse con su lugar. Y eso, además de preocuparla, le molestaba.
—Kagome.
La nombrada levantó la vista. Kikyō la miraba a unos pasos con una tenue sonrisa.
—No te preocupes por mí, en serio. Estaré bien.
Kagome quedó tiesa en el lugar admirando cómo seguía su camino.
Otra vez esa sonrisa... Una sonrisa triste. ¿Leyó mis pensamientos?
Kikyō se veía tan pequeña desde sus, ahora, empañados ojos. No había leído sus pensamientos, llegó a la conclusión. Simplemente estaba pensando en ella.
Siempre pensaba en ella.
Cerró los puños con tanta fuerza que sus nudillos sobresalieron.
—Que no me preocupe... ¡¿Que no me preocupe?!
Kikyō se giró al escucharla y tragó pesado ante lo que vio. Kagome se dirigía hacia ella con una mueca rabiosa. Era como si una estampida estuviese a punto de aplastarla. Frenó los pies sobre la tierra y sujetó sus mejillas con fuerza.
—¡Cómo quieres que no me preocupe! —Jaló su rostro y atrapó sus labios con furia.
—¡Mh! —Kikyō arqueó las cejas cuando abrió la boca, llevándose la suya. Se fue hacia atrás por el impulso, terminando de espaldas contra un árbol. Confundida, detalló esos labios que rogaban ser correspondidos.
Kagome…
Cerró los ojos y antes de darse cuenta ya la estaba impulsando hacia sí por la espalda, asomando la lengua entre los labios. La sumió en su boca y su cuerpo se electrizó al hallar la de Kagome, que la esperaba ansiosa. Las puntas se rozaron y entonces supieron que ya no habría vuelta atrás. Kikyō sujetó su mejilla y empezaron a besarse como si no hubiera un mañana. Ese beso no se comparaba al anterior. No conocía la paciencia, el cuidado y menos la clemencia. Sus lenguas se enredaban, exasperadas. El aliento de ambas huía en suspiros mientras meneaban el rostro, anhelando sentirse más.
—Kikyō… —Kagome se desprendió de a poco, dejándola con una mirada perdida y los labios húmedos—. Lo haré, vendré aquí cuando todo termine.
—Kagome...
—¡Así que deja de hacerte la fuerte!
La sacerdotisa abrió los ojos con sorpresa.
—No quiero que nos fusionemos, no tengo el más mínimo interés en eso —continuó. Kikyō no salía de la sorpresa. Los ojos de su aprendiz resplandecían fervientes— ¡Lo único que quiero es que seas feliz! —Ocultó el rostro en su pecho, aferrándole los brazos—. Si realmente morir te hará feliz, que así sea. Pero si ese no es el caso, ¡no te des por vencida! ¡Encontraremos una forma de salvarte!
Kikyō, atrapada en sus amorosas palabras, agarró su cintura contemplándola con profundidad. Ya no pensaba, su cuerpo se movía por sí solo.
—Duele... verte así. —Kagome refregó la cara contra su pecho, reprimiendo las lágrimas— ¡Te daría mi alma con tal de revivirte!
La sacerdotisa terminó de entrar en estado de suspensión. Una traicionera lágrima huyó de uno de sus ojos ante tal muestra de cariño. Toda la fortaleza que venía cultivando se derrumbó. Le temblaban los labios, las manos. El corazón. No era justo que esa chiquilla la desarmara cuando con tanto empeño se propuso no caerse. Cuando decidió nunca dejar de sonreírle a pesar de la desgracia que le esperaba. No, no era justo que le diera esperanzas a un alma errante. Le hacía sentir pésimo.
Y al mismo tiempo se sentía en el cielo.
—Mocosa…
Kagome ahogó un gritito cuando Kikyō se giró de pronto, imprimiéndola al árbol. Estampó una mano a su costado con una mueca irritada. Y avergonzada.
—¿Qué estás planeando? ¿Eres consciente de lo que estás diciendo? —preguntó, inclinando el rostro. Kagome se achicó en el lugar. Sonaba condenadamente peligrosa— ¿Quieres enloquecerme? Si sigues así… —Kikyō rozó sus labios, para luego trazar el superior con la lengua, haciéndola tiritar—… no voy a poder dejarte ir.
Kagome frunció los dedos en su espalda y recibió de nuevo a esa boca que la anhelaba hacía tiempo. Sus lenguas se entrelazaban entre suspiros mientras la mayor, ansiosa, buscaba más de su persona pasando las manos por su cuello y cadera en caricias que hacían convulsionar a la más joven. Ésta última sofocó un jadeo al sentir cómo unos fríos dedos se deslizaban hacia arriba por la curva de su espalda, adentrándose en la playera. Kikyō percibió esa piel ardiendo en las yemas y supo que, realmente, se encontraba en el cielo.
—Kagome… —Soltó sus labios, dejándole de recuerdo un rastro de saliva, y escondió la cara en la curva de su cuello—. Iba a dejarte ir sin esperar nada. Pero ahora... si no vuelves por mí, yo iré por ti.
Su aprendiz la abrazó, ruborizada. Tenía el corazón a mil, los labios palpitantes por sus fogosos besos. Apenas podía mantenerse en pie de lo mucho que Kikyō la oprimía a su cuerpo.
—Mientras tanto... reforzaré esto para que no te olvides de mí. —susurró en su oído y Kagome ya la tenía explorando su cuello, besándolo y lamiéndolo con cierta rabia contenida. Conocía sus intenciones.
—Espera... No la hagas más grande. —Un respingo se le escapó cuando Kikyō succionó su piel, intentando reforzar la marca pasada que le había hecho.
Kagome giró el cuello, comenzando a nublarse. Su piel quemaba. Quemaba justo donde Kikyō deslizaba la lengua hacia arriba, brindándole una sensación húmeda. La sacerdotisa, conforme de haber cumplido su deber, abandonó su cuello para volver a sus labios con hambruna. Kagome no hacía más que dejarse llevar por ella. Sentía el cuerpo de goma, flojo. Las dos suspiraban complacidas al besarse, al sentir sus lenguas jugar entre ellas y explorarse. Se preguntó si el hecho de poseer la misma alma intensificaría aquel encuentro, porque no podía creer que solo unos besos y caricias le hicieran sentir tan bien y débil al mismo tiempo.
—Kikyō... —la llamó con fragilidad mientras la nombrada bajaba por su mentón, mordisqueándolo en el acto. Se alarmó. ¿A dónde iba? Su rostro cada vez bajaba más, resbalándose en medio de sus pechos, deteniéndose en su ombligo. Se arrodilló ante ella y Kagome tuvo que tragar pesado para no escupir el corazón por la boca— ¿Q-Qué haces?
Kikyō sonrió sobre su vientre desnudo agradeciendo en silencio esa ropa tan reveladora que siempre le gustaba criticar.
—Asegurarme. En caso de que Inuyasha te vea desnuda de nuevo... —Mordió su vientre, provocando que cerrara un ojo, y agarró los bordes de la falda—... dejaré una huella por aquí también para que conozca su lugar.
Kagome se limitaba a mirar boquiabierta cómo bajaba su falda lentamente, llevándose la ropa interior también. Se tapó la boca cuando le descubrió la pelvis. Y un poco más abajo. Allí donde debería haber vello si le gustara dejárselo. Kikyō detuvo el recorrido sin perderse ningún detalle de esa piel que, aún sin probarla, ya le parecía suave y apetecible. Elevó el rostro con una sonrisa y dejó el borde de la falda justo encima de su centro. Kagome tembló, cerrando los ojos. Si decidía bajar la falda unos centímetros más sería su fin, pues, revelaría por completo su intimidad. Y ya bastante estaba viendo de ella. Al menos agradecía que sus labios estaban cubiertos.
—Eres hermosa, Kagome. —La voz de Kikyō sonó dulce para sus oídos, pero un dejo de travesura se escondía detrás. No podía calmarse. No si ella se encontraba mirando fijamente su triangulo de las bermudas.
—K-Kikyō..., ¿cuántas reglas estamos rompiendo haciendo esto?
—Todas y cada una de ellas.
Kagome se destapó la boca cuando presionó los labios en su pelvis en un beso que extendió los segundos suficientes como para revolverla por dentro. Kikyō, contenta con su reacción, separó los labios y los cerró en una lenta succión que le hizo sacudir las caderas. Volvió a separarlos y deslizó la lengua hacia el costado por su piel mientras se animaba a subir una mano por su muslo, sumiéndose debajo de la falda. Kagome respiraba agitada en el mientras tanto; el aire no llegaba a sus pulmones. Levantó el rostro con los ojos oscurecidos, acomodando mejor la espalda en el tronco. Necesitaba un sostén. Esos besos y húmedas lamidas le aflojaban las rodillas y poblaban a su estómago de mariposas. Sentía que iban a escapar por la boca en cualquier momento.
Kikyō suspiraba regocijada al pasar la lengua por su piel, besarla y mordisquearla. Las manos, sin querer quedarse fuera, continuaban subiendo por sus muslos llevándose la falda, tentadas de rodearlos para llegar a su parte trasera. A pesar de su tacto frío, a la más joven le quemaban. Pero más le ardía la entrepierna. Ahí, apenas cubierta, comenzaba a pesarle. Como si toda la energía de su cuerpo se estuviera reuniendo en ese único y sensible lugar. Era placentero, pero también algo doloroso. Le desesperaba. Bajó los ojos, tropezándose con su pelvis desnuda inclinada hacia adelante y con su mentora besándola, tatuándole la bendita marca. Si ya se sentía así por estar siendo besada allí, ni se quería imaginar cómo se sentiría si Kikyō decidía besarla más abajo, en su punto más delicado. Que, a todo esto, estaba sólo a un centímetro.
Tenía que sacarla de ahí con urgencia antes de perder la razón.
Pero la vista era tan gratamente culposa que lo único que se le pasaba por la mente era agarrarle la cabeza e impulsarla a su intimidad para así calmar el tormento que estaba despertando en su interior. Kikyō arrodillada en sus pies, meneando el rostro entre besos, marcándola para que no la olvidara. Ah... ¿Cómo luchar ante eso?
—Kagome... —La escuchó ronronear y sus ojos, ahora entrecerrados, apuntaron a su rostro. Kikyō tenía las cejas arqueadas, una expresión de entrega—. Aquí también hueles bien...
—Kikyō... —Llevó la mano a su cabeza sin pensar. Quería más de ella, la deseaba con desesperación. Frunció los dedos en su cabello cuando Kikyō succionó la piel cercana a su centro, generando que éste se retorciera por dentro como si quisiera escapar de la pequeña cueva que lo protegía. Esos amagos la estaban matando. Su aliento comenzaba a perder el ritmo y Kikyō lo veía con claridad en su abdomen, que tiritaba hacia ella en cortos saltitos. Queriendo sentirlo, llevó la mano a su vientre encontrándose con que ardía. Dobló los dedos en su piel, dejándola roja, deleitándose con el calor que la envolvía.
Kagome ladeó el rostro sobre el árbol con la mente en blanco. Ya nada aparecía en ésta más que ese momento. No había señal de saliva tampoco, lo cual provocaba que se aclarase la garganta seguido en busca de hidratarla. Esos pequeños quejidos eran música para la mayor.
¿Esto es... placer?
Se preguntó Kagome, regresando la vista a su mentora.
Nunca se había sentido así, era la primera vez. De hecho, pocas veces se le había cruzado por la cabeza pensar en "sexo" o "placer". Lo único más desaforado que llegó a desear antes de conocer a Kikyō fue un beso de Inuyasha. Una inocencia de su parte, pensó. Quién diría que la responsable de su despertar sexual terminaría siendo su, antes, enemiga en el amor. Y no creía, de verdad no creía que Inuyasha pudiera llegar a ser tan suave, delicado y a la vez intenso como estaba siendo la sacerdotisa.
¿Es porque es una mujer?
Se preguntó mientras pasaba la mano por su cabello. Kikyō, cual cachorro acariciado, hundió la nariz en su pelvis como si buscara protección. Todo le daba a entender que sí, que la atendía tan bien porque era una mujer. No se le había ocurrido pensar en eso, lo dejó ser naturalmente. Lo único que pensó, bastante horrorizada, cuando descubrió sus sentimientos por ella fue: "Oh, no. ¡Es mi encarnación!". Ésta era la primera vez que se avivaba de ese pequeño detalle: Kikyō, además de ser su pasado, era una mujer. Y qué mujer. Todas las oportunidades amorosas que se le presentaron antes siempre fueron a manos de hombres, su mentora era la primera mujer que se sentía atraída hacia ella.
Y la última.
Sonrió, jalando su cabello hacia abajo con cuidado. Kikyō despegó los labios de su piel a la fuerza y la miró ensimismada. Le sonrió y subió hasta su rostro. Quedó cerca de sus labios, agarrando su cintura con las manos, acoplando sus curvas a las suyas en el acto. Kagome cruzó los brazos detrás de su cuello, apegándola más a su cuerpo. En sus ojos vio el reflejo de los suyos: cariño, deseo.
—¿Tú también te sientes extraña? —musitó sobre sus labios. Kagome apenas pudo levantar los párpados; le pesaban—. Aquí... —Kikyō le agarró la mano y la llevó a su intimidad. Presionó, generando que sus párpados decayeran también.
Su aprendiz bajó las pupilas y observó su mano arrebatada sobre la intimidad de Kikyō. Sin pensar, hizo más presión. La sacerdotisa se aclaró la garganta ante la intensa puntada que la asaltó por dentro.
—Sí...
—Qué alegría. —Descansó la frente en la suya—. No ser la única.
—¿Es raro? —le preguntó Kagome en un murmullo—. Que quiera más de ti...
Kikyō ensanchó la sonrisa sobre sus labios y los besó.
—Es perfecto —respondió, pasando a su mejilla—. Y sería más perfecto si Inuyasha no estuviera viniendo.
Kagome se desanimó. Qué inoportuno, pensó. Aunque quizás era lo mejor. Probablemente..., no. Era más que seguro que si no estuviese en camino ellas llegarían hasta el final. Si se ponía a pensar en eso, los nervios, dormidos por el placer, no tardarían en despertar. Había sido valiente en ese encuentro, adaptándose a sus caricias, pero aún no se encontraba preparada para ir más allá.
Kikyō sacó su mano de su intimidad para evitar futuros inconvenientes. Ya haberla besado había despertado ciertas sensaciones en su ser que gritaban ser aliviadas. Si esa mano seguía allí el próximo paso sería desatarse el nudo del Hakama con impaciencia para que la atendiera.
Kagome se observó liberada y luego se sintió aprisionada cuando Kikyō la abrazó, aplastándola contra el árbol. Subió las manos por su espalda disfrutando de ese placentero calvario. Sus cuerpos se adecuaban y encastraban a la perfección. Desde sus esponjosos pechos, que se presionaban entre sí con suavidad, hasta esa ajena entrepierna pegada a la suya desnuda. Incluso sus corazones latían al unísono. Todo estaba en sincronía.
Excepto una cosa.
—Ouch... —Se quejó, mirando hacia atrás—. Me estoy raspando el trasero.
Kikyō parpadeó y espió por encima de su hombro. En efecto, el trasero de Kagome, descubierto por la mitad gracias a sus juguetonas manos, estaba sufriendo, pues, se encontraba adherido a la corteza del tronco. Eso debía pinchar.
Soltó una risita.
—Lo siento. —Sujetó los bordes de la falda y se la subió de golpe. Kagome terminó con los pelos de punta cuando la ropa interior chocó contra su intimidad, provocándole una aguda puntada en el centro, que continuaba sensible.
—Bruja... No tenías que hacerlo así. —Se quejó, apoyando la frente en su hombro. Sus dedos se aferraban casi con exasperación de su ropa— ¿Y qué fue eso de marcarme ahí abajo? Estás cada día peor.
Kikyō le acarició la cabeza conteniendo la risa.
—Solo quería dejarte un recuerdo. Si hubiera sabido que te afectaría tanto, no lo hubiera hecho.
—¡No me afectó! —exclamó, encarándola de frente. Kikyō levantó las cejas con sarcasmo—. Bueno, un poquito... ¡Es que no lo vi venir! Me agarraste desprevenida...
—¿Es eso una queja? Hasta recién no parecías quejarte... —ronroneó, acariciándole el cuello. Kagome bajó el rostro con los cachetes colorados. Le daba vergüenza que supiera cómo le afectaba—. Kagome, ahora no hay vuelta atrás.
Alzó la cabeza de nuevo, sin entender. Kikyō le sonreía con dulzura.
—Te lo dije. Si no vienes por mí, yo iré por ti. Es una promesa. —La abrazó, apretándola contra su cuerpo. Kagome quedó sumida en su pecho, embriagándose con su aroma, y correspondió el abrazo.
—Que así sea.
Kikyō se apartó sosteniéndole los hombros. Silencio. Ahora los únicos que hablaban eran los ojos, quienes no se despegaban de la otra. Sin embargo, sus bocas, que ya habían probado el jugo prohibido, no podían mantenerse calmas como sus ojos. Deseaban sentirse una vez más.
—Kagome... —Kikyō sujetó su barbilla y comenzó a inclinarse. Kagome bajó los párpados sin dudar, esperando ansiosa esos carnosos labios. Pero el beso no llegaba. Los abrió ante la molesta espera, encontrándose con que su mentora no la miraba, por el contrario, sus ojos estaban clavados al costado, sigilosos. Conocía esa mirada y definitivamente no era para ella—. Finalmente llegó.
Kagome pasó la vista al frente, atajando unos movimientos entre los árboles. Solo podía tratarse de una persona.
—Mierda...
Kikyō volteó el rostro sin soltarla y unos dorados ojos destellaron en medio de la oscuridad. Luego le siguió un platinado cabello que destacaba en el verde de los árboles.
Sonrió.
—Bienvenido, Inuyasha.
El Hanyō frunció el ceño, corriendo una rama con la mano. Esa bienvenida le supo amarga, lo que veían sus ojos más. Kikyō estaba abrazando a una Kagome bastante acorralada. Y despeinada. Los cabellos de ambas estaban desordenados, como si una ventisca se los hubiera llevado, y tenían la ropa arrugada, tal como si se hubiesen vestido con prisa.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó de mala gana, despegando los pies del suelo. Kagome desvió la mirada mientras Kikyō soltaba su cintura sólo para darse vuelta con una arrogante sonrisa. Se acomodó la camisa con desinterés.
—Nos estábamos despidiendo.
—¿Huh? —Inuyasha se plantó delante a ellas, cruzándose de brazos. Miró a Kagome, quien se apegó al árbol como si quisiera fusionarse con él— ¿Y tú por qué tienes la cara roja? ¿Estás enferma? —Llevó la mano a su frente y se tocó la suya—. No pareces tener fie… —Agrandó los ojos cuando un intenso aroma naufragó por el aire hasta entrar a los orificios de su nariz. Olfateó una vez y su corazón se desbocó. Dio un salto atrás tapándose la nariz—. Tú… y tú… —Inuyasha intercaló los ojos entre ellas, sonrojándose.
Otra vez ese aroma… Esta vez emana de las dos.
Pensó, tratando de controlar ese maldito instinto que despertaba cuando aquella peculiar fragancia le atacaba los sentidos. Kikyō observó de soslayo sus dedos; temblaban sobre la nariz. Inuyasha por poco y se clavaba las garras como si estuviera conteniendo un estallido. Estrechó los ojos con recelo.
Después de todo es mitad bestia… Esto podría ser un problema.
—Kagome.
La nombrada miró a su mentora, nerviosa. Ésta última la observaba con seriedad.
—Ve a buscar tus cosas.
—Pero...
—Vamos, ve. —Le dio una palmadita en el hombro.
Kagome despegó la espalda del tronco y con la cola entre las patas comenzó a retirarse, no sin antes espiarlos una última vez. Inuyasha hizo contacto visual y no lo pudo sostener. Regresó la vista adelante avergonzada a niveles inexplicables. No podía mirarlo a los ojos. Sentía, de alguna manera, que había traicionado su confianza.
Kikyō, al perderla de vista entre los árboles, se volvió hacia Inuyasha, quién continuaba tapándose la nariz con una expresión inquieta. Lo contempló en silencio. Tanto silencio, que lo estaba impacientando.
—¡Si tienes algo qué decir, hazlo de una vez! —exclamó. La sacerdotisa levantó una ceja y empezó a reducir la distancia.
—Quién lo diría... Tu olfato es impresionante, Inuyasha.
El Hanyō retrocedió, jadeante y aterrorizado de que descubriera lo que estaba sintiendo. Kikyō se detuvo delante de él. Su frente gradualmente comenzaba a arrugarse, haciéndole esperar lo peor.
—Pero también es peligroso.
Inuyasha ensanchó los ojos y lo próximo que llegó a ver fue una rápida mano dirigiéndose hacia él. Kikyō atajó su cuello y lo presionó con fuerza, robándole el aire.
—La tocas y te mato, ¿me oíste?
—Ki-Kikyō... —Atajó su muñeca con un ojo cerrado— ¡¿Q-Qué estás diciendo?!
—Lo que escuchaste. —Reforzó el agarre, asesinándolo con la mirada—. Conozco los instintos de tu clase, mejor guárdatelos.
—¡¿M-Mi clase?! ¡Deja de bromear! —Inuyasha se soltó de un manotazo y allí quedó, respirando agitado y sujetándose el cuello. Lo sentía cerrado— ¡Eres tú la peligrosa! ¡¿Qué le estabas haciendo a Kagome?!
—Nada sin su consentimiento.
Inuyasha gruñó, sonándose los dedos. Si no fuera una de sus amadas, ya la estaría golpeando.
—Ese aroma… sale de toda tu piel. —Se tapó la nariz de nuevo con la manga de la ropa— ¡¿Y yo soy el peligroso?!
Kikyō parpadeó con inocencia y se llevó la palma al rostro. La olió, no hallando nada más que la fragancia de Kagome.
—Estás exagerando, te dije que fue consentido.
—¡¿Qué mierda fue consentido?! ¡¿Qué hicieron?!
—¿Por qué te molesta tanto? —Puso una mano en su cadera, altanera— ¿Con quién de las dos estás enojado?
—¡Con las dos!
—Ja… Tan perdido como siempre.
Inuyasha se mordió el labio, desangrándose por los colmillos, y atajó sus hombros con rudeza. La sacerdotisa se quejó en el medio, removiéndose.
—¡Tú me prometiste que no ibas a dejar que nadie te tocara un solo cabello! ¡Que solo yo podía hacerlo!
—Un hombre, dije. Que ningún hombre me tocaría un solo cabello. —Sonrió, tajante—. Como ves, Kagome es una mujer. No he roto mi promesa, Inuyasha.
El Hanyō no dejó pasar el sarcasmo en su voz. Se burlaba. Su amada se burlaba en su cara, y dolía.
—¿Por qué sigues actuando así, Kikyō? —Juntó sus frentes con unos confundidos ojos— ¡No entiendo nada de lo que haces!
—Sí, lo entiendes, pero no quieres aceptarlo. —Kikyō puso una mano en su pecho para apartarlo—. No quieres aceptar que nos estás perdiendo. ¿Acaso pensaste que te esperaríamos toda la vida? Tú no puedes decidirte, ¿y aún así no nos dejas ser? Eres un hipócrita.
Inuyasha reforzó el agarre en sus hombros a punto de perder el control.
—¿Dejarlas ser...? ¡¿Qué demonios quieres decir con-
—¡Inuyasha!
El nombrado miró al frente ante ese conocido llamado que le hizo sacudir las orejas. Su compañera de viaje lo fulminaba con la mirada a unos pasos de ellos. Levantó el índice, provocando que temblara.
—¡Kagome, espe-
—¡Siéntate!
—¡Ugh!
La sacerdotisa levantó una chistosa ceja al verlo caer a sus pies. Esa imagen la drenaba de tanto regocijo que casi, casi..., le hacía sentir culpable. No es que aún no guardara cariño hacia él, pero el Hanyō estaba siendo demasiado escandaloso. Se merecía un pequeño castigo.
—¿Qué está pasando aquí? —Kagome se acercó con la mochila colgada en un hombro y el arco en el otro. Miró a su mentora con complicidad— ¿Qué hiciste?
—¿Por qué me culpas sin dudarlo? —respondió Kikyō, inclinándose a su rostro con una mueca disconforme—. Después de todo lo que hici-
Kagome le tapó la boca, ruborizada. Kikyō dejó caer las cejas y se enderezó bufando.
—¿Tienes todo? —preguntó mirando al Hanyō con indiferencia, el cual se incorporaba adolorido del suelo.
—Sí…
Su aprendiz puso una triste carita que la desarmó. Kikyō trató de sonreír. El momento que ninguna quería que llegase, llegó.
—Inuyasha, gracias por venir hasta acá. —Kagome pasó la vista a él. Inuyasha se puso de pie, sacudiéndose la ropa. La tenía llena de tierra.
—No pareces muy agradecida. ¡Por qué hiciste eso, tonta!
—¡Porque estabas siendo un atrevido!
—¿Huh? ¡¿Yo soy el atre- —Kikyō clavó unos amenazantes ojos en los suyos, haciendo que se tragara la oración— ¡Keh! —Les dio la espalda y se agachó—. Vamos, súbete de una vez. —Seguir discutiendo carecía de sentido. En especial si no podía decodificar con quién estaba enojado más.
Kagome suspiró y se viró hacia la sacerdotisa. Ésta mantenía una tenue sonrisa que parecía a punto de quebrarse.
—Kikyō… —Estiró los brazos en una petición. Kikyō suavizó la sonrisa con el pecho cerrado y la abrazó obviando los gruñidos del mitad bestia.
—Buen viaje, Kagome. —Besó su mejilla, apretándola contra ella—. Te veré pronto. Muy pronto… —agregó en su oído—. Si me necesitas, solo llámame.
—¿Llamarte? —inquirió mientras rompían el abrazo. Kikyō se tocó el pecho.
—Aquí… te escucharé.
Kagome sonrió de lado, entendiendo, y le dio un último abrazo. Inuyasha veía todo desde su gacha posición. Sus ojos, antes iracundos, poco a poco comenzaban a relajarse. Algo en esa imagen lo descompensó. Era un abrazo sincero. Kikyō la abrazaba con una tristeza que llegaba hasta él, entristeciéndolo también. La conocía. Aunque ella lo negara, la conocía bien. Kikyō no quería separarse de Kagome.
La amaba tanto como él.
Pasó la atención al bosque, pensativo. ¿Qué hacer? Para variar, no podía hacer nada, excepto seguir volviéndose loco por aquella vuelta de guión que todavía costaba procesar. Quizás Kikyō tenía razón al decirle hipócrita. Quizás lo que estaba sucediendo era lo mejor para ambas. Por cómo iban las cosas, él jamás llegaría a decidirse. En cambio, ella parecía muy decidida. Pero, ¿y Kagome? Desconocía lo que ella sentía. Kikyō dijo que "había sido consentido", y eso tenía un único significado. Uno que le partía el corazón en dos.
Se sobresaltó cuando sintió un peso en la espalda.
—¿Inuyasha, estás aquí? —le preguntó Kagome, poniendo las manos en sus hombros—. Ya estoy lista.
Inuyasha llevó las manos a sus muslos para sostenerla bien y se levantó. Giró el rostro hacia Kikyō, quien lo observaba con melancolía.
—Perdóname, Kikyō.
La nombrada se sorprendió. No entendió el porqué de la disculpa, Kagome tampoco. Ninguna tuvo tiempo de preguntarle. Inuyasha flexionó las piernas y de un salto se internó en el bosque, desapareciendo de su vista.
Kikyō permaneció con el cuello en alto, admirando el último lugar donde había visto a su aprendiz.
Ya no estaba.
Kagome ya no estaba con ella. Se fue, dejándola con una sensación de soledad, pero también con una pizca de esperanza gracias al íntimo momento que compartieron.
Viró los pies sobre la tierra y arrancó un camino de regreso hacia el templo. Ya no tenía nada qué hacer allí, y pronto no tendría nada qué hacer en ese templo tampoco. Mañana lo abandonaría.
Sus pasos la devolvían sin ganas. Sentía un vacío, todo había pasado demasiado rápido. Hacía un momento estaba allí, besándola, probándola, sintiéndose plena. Y ahora estaba tan llena de nada. Apenas se habían despedido y ya la extrañaba.
Levantó la vista y se detuvo en seco. Una amiga apareció en sus narices. Una que, sin darse cuenta, necesitaba.
—Ya se fue. Llegaste tarde.
La serpiente esmeralda ondeó por el aire hacia ella. Kikyō afinó la vista en su boca. Tenía una ¿manta?
—¿Y esto? —La agarró. Era una manta morada, la que Kagome usó una vez para cubrirlas cuando se dirigían al pozo—. Esto es… —Hundió la nariz en la tela, encontrándose con su aroma— ¿Se la robaste?
La serpiente dio vueltas en el aire como una espiral, haciéndola reír.
—Gracias. Al menos ahora… tengo esto. —Llevó la manta a su pecho y siguió caminando junto a la serpiente a su lado— ¿Por qué no te fuiste con ella? Juré que te había domado.
El espectro chilló y Kikyō entendió.
—Ya veo… Gracias por quedarte conmigo. No era necesario.
La serpiente volvió a chillar, refregando la cabeza contra su mejilla.
—Hueles a ella… Tú también pudiste despedirte. —Kikyō le acarició el lomo con una sonrisa apenas visible. Temía romperse en cualquier momento.
Llegó hasta el templo. Se descalzó y no fue a su habitación a pesar de que ya era muy tarde. Prefirió ir al patio, ahí donde una discusión terminó obligándola a confesar sus sentimientos. Aún recordaba bien claro cómo esa mocosa había corrido hacia ella, arriesgando su vida al meterse en medio de la explosión ocasionada por sus poderes espirituales.
Se sentó en el pasillo, acomodando la manta en sus hombros. Agarró las puntas y las llevó a su pecho, cubriéndose lo más que podía con ella. Su vista terminó plantada en la luna, nostálgica.
—Al final nunca supe si me perdonó... —Hizo una pausa, recordando el ardiente momento que habían vivido. Cerró los ojos, sonriente—. Supongo que eso significa que me perdonaste. ¿No es así, Kagome?
El camino de vuelta hasta el campamento de sus amigos estaba resultando el más silencioso de sus vidas. Usualmente ambos hablaban cuando Inuyasha la llevaba a cuestas, pero esta vez su compañero no pronunciaba palabra alguna. Se imaginaba la razón. Ella tampoco ayudaba, no sabía qué decir. Su mente no se encontraba exactamente allí, sino en todo lo sucedido con su mentora. El recuerdo de sus caricias todavía seguía latente en su piel y la tristeza de abandonarla en su corazón.
—La noche luce sospechosamente tranquila —mencionó para cortar el silencio. Inuyasha no contestó. Kagome se asomó por encima de su hombro. Lucía pensativo— ¿No estás feliz, Inuyasha?
El Hanyō apoyó un pie en la rama de un árbol y pegó uno de los tantos saltos que los estaban devolviendo al campamento.
—¿Por qué debería estarlo?
—Porque las dos mujeres que amas ahora se llevan bien.
Inuyasha sacudió las orejas antes de volver a usar una rama de apoyo. Kagome había sonado extremadamente sarcástica.
—¡Keh! ¿Qué dices, tonta? Nunca pedí que se llevaran bien.
—Hm… ¿Es así? —Kagome apoyó la mejilla en su espalda. Cálida. El calor del Hanyō la envolvía por completo. Extrañamente, por primera vez le molestó. Era demasiado calor. Prefería la piel fría de la sacerdotisa, que actuaba de sedante para la suya.
El aroma de Inuyasha…
Pensó, enterrando la nariz en su largo cabello platinado. Le gustaba, porqué negarlo. Era fresco e intenso, típico de hombre. Pero mientras más lo olía, más irónicamente ese aroma le traía a la memoria otro. Uno más suave, floral. Una fragancia tan exquisita que era capaz de atontarla. Ninguna tenía comparación con la otra. Claro que no la tenían; una era de hombre y otra de mujer. Si tuviera que elegir, diría que su sentido del olfato se deleitaba más con un aroma suave, tal como el de Kikyō.
Inuyasha permanecía en silencio esperando a que Kagome dijera algo más, lo cual no parecía estar por pasar. Su compañera se estaba comportando muy extraño. Y estaba oliéndolo.
Oliéndolo mucho.
—¡Deja de olfatearme! —exclamó—. Después te burlas porque yo lo hago…
—¡Ah! ¡Perdón! —Apartó la cara—. No me di cuenta.
Inuyasha alzó una ceja. ¿Solo eso iba a decir? ¿Dónde estaba la típica reacción vergonzosa? La esperaba y a la vez no. Porque Kagome había cambiado, de eso no había duda. Y le dolía tal cambio, por no decir que le aterraba.
—Kagome... ¿pasó algo entre ustedes?
Su compañera frunció los labios, nerviosa, y desvió el rostro con una sonrisa rígida.
—¿Por qué lo preguntas?
—¿Cómo qué por qué? Las encontré... así. Abrazadas. —Inuyasha bajó el rostro, sonrojado. Kagome se sonrojó también.
—Oh. Bueno..., nada grave pasó.
—¿Huh? ¿Qué significa eso? —Volteó la cara con el entrecejo fruncido.
—Que... eso. Todo lo que pasó fue bueno.
No había que ser un genio para darse cuenta de que Kagome no quería hablar del tema. O, mejor dicho, que lo estaba protegiendo de tal tema.
Inuyasha bufó y volvió el rostro adelante.
—¿Cómo te fue? ¿Te sientes lista? —preguntó, estacionando en el suelo. Corrió por él rápidamente y pegó otro salto—. Antes de ir en búsqueda de Naraku tenemos que sacarle los fragmentos al lobo rabioso.
—¿Al joven Kōga? —Kagome se acomodó detrás de la oreja uno de los tantos mechones que bailaban por el viento—. No va a ser fácil convencerlo. Últimamente está empecinado en vencer a Naraku por sí mismo.
—Porque quiere impresionarte. —balbuceó tan bajito que Kagome no lo escuchó.
—¿Qué dijiste? —preguntó, acercándose.
—Que le voy a dar una paliza.
—¡Ni se te ocurra! Es nuestro amigo.
—¡Amigo mis-
—¡Inuyasha! —Kagome estiró su cachete, haciéndolo refunfuñar—. Cuidadito con lo que vas a decir.
—¡Keh!
Kagome sonrió. Pero era una sonrisa triste. Incluso aunque ahora estuviese con Inuyasha, no podía dejar de pensar en su mentora. Se habían besado. Y no fue cualquier beso. Fue uno intenso, inmerso de emociones y verdades reprimidas.
Trazó sus labios con las yemas, ruborizándose.
Ahora alguien más ocupaba su mente y corazón.
Alguien que, tal como ella, también se rozaba los labios con una ensoñadora mirada.
—Kagome…
Continuará...
¡Capítulo 15 entregado! Momento de decir "mucho texto". Sí, se me fue la mano con este capítulo. Pero bueno, hago lo que puedo (shora). No creía conveniente cortarlo antes porque iba a cortar todo el ambiente romanticaaah.
Ya estamos llegando caaasi a la recta final. Les agradezco que sigan por acá leyendo y comentando. ¡Siempre es un incentivo leer sus comentarios! ¡Gracias por estar! (abrazo rompe costillas) Pintó el amor.
¡Espero que anden bien y nos leémos en el próximo capítulo!
nadaoriginal: ¡Gracias por leer, como siempre! Sí, Kikyo se pasó antes. Pero bueno, creo que ya lo compensó un poco (guiño guiño) jajaja ¡Besos, cuidáte!
Chat'de'Lune: ¡Gracias por leer, estimada! Perdón si con el capítulo pasado te dejé bajón, espero que este haya arreglado un poco la cosa ;D. ¡Indilaaa! Me diste ganas de escucharla, hace mucho que no la escucho. ¡Voy para allá! ¡Besotes, namasteee y cuidáte mucho!
Annitabanana: ¡Gracias por leer! Me alegra que la historia te esté gustando. ¡Te espero en el próximo capítulo, entonces! ¡Besos, cuidáte!
Guest: ¡Gracias por seguir por acá! Kikyo no se quiere separar de Kagome, la quiere para ella... intensamente (? Pero su forma de amar sigue siendo un poco inestable. A ver si Kikyo la descaga un poco en este capítulo jajajaj ¡Besos, cuidáte!
