Visita

Kikyō detuvo los pasos que la empujaban por el bosque. Miró a su izquierda con disimulo, luego a la derecha. La estaban siguiendo. Una espesa neblina cubría los alrededores, dificultándole la vista, pero aquella manta no era suficiente para ocultar la presencia conocida que le acuchillaba la espalda: un fragmento de la perla. Palpitaba llamándola, como si ese pequeño recordara que alguna vez estuvo a su cuidado. Se concentró, buscando una esencia portadora. No sentía nada. Era como si el fragmento se estuviese moviendo por sí solo, sin cuerpo ni voluntad.

¿Una creación de Naraku? No..., no hay rastros de maldad.

Giró el rostro, reforzando el agarre en el arco que llevaba en el hombro.

—No me gustan las visitas inesperadas. Sal de una vez y terminemos con esto.

Esperó hasta que el misterioso decidiera aparecer. No transcurrió mucho antes de que escuchara pasos. Casi mudos, como si fueran de un asesino profesional, se acercaban acariciando la tierra en un suave crujir. Volteó el cuerpo, preparándose para recibirlo con indiferencia o, en caso de ser necesario, con una flecha apuntándole al corazón. La pantalla de neblina comenzaba a sombrearse, dibujando la figura de ¿un niño?

—Tú eres…

Kikyō admiró el traje de exterminador llevaba puesto y subió a sus ojos. No halló nada en ellos. Eran unos ojos muertos, sin emoción alguna. Parecidos a los suyos.

El niño se plantó frente a ella e hizo una reverencia.

—Disculpe, estaba esperando el momento para hablar con usted. No era mi intención molestarla.

Una voz infantil… Un niño que perdió su niñez.

Kikyō le sonrió con una amabilidad vacía. Era su día de suerte. Lo que venía buscando decidió aparecer por sí solo.

—He estado esperándote, Kohaku.

El nombrado levantó la cabeza. Vio esa sonrisa que le dedicaba y supo que no era real. Se conformó. No necesitaba que lo fuera.

—Mejor dicho, he estado buscándote —agregó Kikyō, estirando el brazo hacia él. Le acarició la nuca, ahí donde el brillo de un fragmento se asomaba—. Por esto.

Kohaku asintió con seriedad.

—Lo sé. Me enteré de sus planes, sacerdotisa, es por eso que estoy aquí. Úselo, por favor.

Kikyō centró la atención en el rostro del niño; un gesto firme, entregado a su destino.

—Sabes lo que va a ocurrir si te quito el fragmento, ¿no es así?

Kohaku bajó los párpados. Su aura estaba cambiando, los pensamientos también, pero no sus convicciones. Esas que Kikyō quería romper. Lo estaba poniendo a prueba, pero a la vez sentía que se probaba a sí misma. Las historias similares de vida le hacían imposible el no verse reflejada. Caer fácil en la empatía comenzaba a ser probable.

—Siempre he estado dispuesto a sacrificar mi vida.

—¿No tienes miedo de morir? ¿No hay nada que te haga aferrarte a esta vida?

¿Vivir es tan doloroso para ti?

El niño pasó la mirada a ella. Kikyō no encontró miedo ni incertidumbre en esos ojos caídos. Lo único que emanaban era soledad.

—Lo que me hace aferrarme es lo mismo que me lleva a sacrificarme. —contestó, dejándola pensando un momento.

—¿Es esto una venganza? ¿Quieres vengarte de Naraku por lo que te hizo?

—Mi vida tiene un único propósito, y ahora que lo conozco no puedo quedarme de brazos cruzados. —Kohaku sujetó su mano con una sonrisa, dándole valor para que hiciera lo correcto—. Tómelo, por favor.

Él sabe que debo completar la perla para purificar a Naraku… Y aún así, aunque conlleva su muerte, no duda.

Kikyō se sintió triste por él. Su mano titubeaba en ese cuello infantil. Tenía que arrebatar la vida de un niño para cumplir un propósito. ¿En qué clase de sacerdotisa se había convertido? Ella, que adoraba a los niños.

Si nos hubiéramos conocido cincuenta años atrás, mi deber sería sanar tu alma. Pero ahora… no puedo hacer nada por ti.

Cerró los dedos en su nuca. Kohaku estaba quieto, sin oponer resistencia. Kikyō seguía dudando. Por más de que le daba vueltas y vueltas al asunto, no encontraba otra solución. Desde hace mucho sabía que tarde o temprano tendría que cometer un pecado imperdonable: borrar su existencia. Estaba preparada. Pero cuando Kohaku se plantó en sus narices con un rostro desolado, las convicciones se alejaron.

Y entonces, apareció otro rostro en su mente. Uno dulce que jamás tomaría el camino fácil.

Si lo dejara morir… me odiarías, ¿no es cierto, Kagome?

Sonrió de lado, recordándola. A ella, su aprendiz.

Claro que lo harías.

Kikyō abandonó el cuello del niño y le dio la espalda. Éste último la observó, confundido.

—¿Sacerdotisa?

Quizás aún pueda hacer algo por él, aunque el precio a pagar será alto.

Una teoría rondaba por su cabeza. Y, como siempre, era una arriesgada. No estaba segura de que funcionase, pero prefería morir tratando de salvarlo que vivir con el pecado de haberlo matado. Manchar su alma... El alma de Kagome, no era una opción. Ya bastantes huellas le había dejado cuando estuvo poseída por el odio.

—Si entiendes tu propósito, ven conmigo. —le dijo, retomando los pasos por el bosque. Kohaku volvió a ponerse serio y despegó los pies del suelo para seguirla. Desconocía si aquella sacerdotisa era buena o mala, tampoco le interesaba. Su decisión estuvo tomada desde que, a escondidas, escuchó hablar al grupo de Inuyasha sobre el plan de Kikyō para acabar con Naraku. Mientras sus metas fueran las mismas, la seguiría hasta el mismísimo infierno.

Kikyō lo espió de reojo en el camino. Kohaku daba pasos firmes a su lado.

Yo ya no tengo vuelta atrás, pero él aún conserva su cuerpo original.

Levantó la vista al cielo y sus ojos brillaron con nostalgia.

Espero estar haciendo lo correcto, Kagome.

.

.

.

—Kagome, ¿sientes algo?

Kagome negó a la pregunta de Inuyasha, sin prestar mucha atención. Estaba más atenta al crujido de las ruedas de la bicicleta sobre la tierra que de su voz. La empujaba por el manubrio, pensativa.

Hace varios días que estaban buscando a Kohaku, era el último eslabón que quedaba. Una semana atrás se encontraron con Koga para arrebatarle los fragmentos. Querían evitar una batalla, pero el lobo no fue muy amigable a la hora de escucharlos. Al final, gracias al encanto de Kagome, Koga aceptó entregar los fragmentos de sus piernas a cambio de un trato: lucharía con ellos cuando la batalla contra Naraku iniciara. Es decir, dentro de poco. Todos los demonios de Naraku ya habían sido aniquilados, solo quedaba él mismo y el último fragmento perdido: Kohaku. Éste requería más discreción que Koga. No podían robarle el fragmento, más sí intentar hallar un modo de salvarlo. Pero Kagome temía.

Temía que Kikyō lo encontrara antes de hacerlo.

Confiaba en que no le haría daño a un niño. O eso quería creer. Una pequeña parte de ella dudaba, y se aborrecía por eso, puesto que no estaba dudando de cualquier persona sino de una muy especial. Dos razones le hicieron caer en la desconfianza. La primera: antes de la separación, ella le dijo que tenía algo que hacer. No especificó qué. La segunda razón era una visión propia y amarga: hoy en día podía decir que Kikyō tenía tendencias suicidas. Si ella veía a la muerte como una liberación, ¿qué le impedía liberar a Kohaku de su desgracia? Hacía fuerza para callar esos pensamientos, para creer en ella, pero costaba. Quizás si Kikyō le contestara "las llamadas" no costaría tanto.

—Siento una leve presencia de un fragmento, pero no estoy segura. —comentó antes de que Inuyasha le reclamara por la falta de atención.

—¿Por dónde? —preguntó Shippo desde el canasto de la bicicleta. Kagome señaló una montaña a lo lejos.

—Por allá. Pero… es raro. No logro descifrar si es un fragmento o no. La energía es extraña.

—¿Huh? —Inuyasha se inclinó hacia ella, cruzándose de brazos— ¿Qué quieres decir? Si lo sientes, tiene que ser un fragmento.

—¿Piensa que se trata de Kohaku, señorita Kagome? —preguntó el monje a sus espaldas.

Kagome giró el rostro para verlo, luego miró a Sango. Al hacer contacto visual, su amiga bajó la cabeza. Ella ya no sabía qué hacer con su hermano, cómo rescatarlo de las sucias manos de Naraku. Sango cargaba con una de las historias más trágicas que Kagome había oído en su vida. La creía más pesada que la de Inuyasha y Kikyō.

—Lo vamos a salvar, te lo prometo. —Puso una mano en su hombro. Sango sonrió a duras penas.

—Ya no sé… si él quiere ser salvado. Quizás mi deber como hermana mayor es...

—¡Ni se te ocurra decirlo! ¡Estamos en la recta final, no puedes darte por vencida! —exclamó, zarandéandola. Sango la miró con los ojos enrojeciendo y apoyó la mejilla en su hombro. Mientras más se acercaba el final, más temía por el destino de su hermano.

Kagome rodeó sus hombros y la arrimó a su cuerpo en un consuelo. Inuyasha observaba todo con seriedad.

—¡Keh! ¡No sirve de nada entristecerse! Lo único que tenemos que hacer es ir allá. —Señaló la montaña—. Es la única pista que tenemos.

—Sí, pero… —Kagome detalló el estado de su amiga; parecía agotada en más de un sentido. No estaba lista para enfrentar a Kohaku. Éste último, no hace mucho, había rechazado su compañía. Sango sintió un vacío cuando lo vio partir. Aquel escenario ya era una costumbre para ella, pero no dejaba de ser doloroso, en especial porque ahora Kohaku la recordaba—. Quizás es mejor que vayamos mañana. Está atardeciendo y no sabemos lo que nos está esperando ahí.

—Lo que sea, lo enfrentaremos.

—Las chicas están cansadas, Inuyasha. —Miroku le dio unas palmaditas en el hombro—. Hemos caminado todo el día. Es mejor descansar por hoy.

—¡Además tenemos hambre! —exclamó Shippo—. No seas testarudo, perro.

Inuyasha estrechó los ojos y le dio un golpe en la cabeza, haciéndolo refunfuñar.

—¿A quién llamas perro, enano?

—¡Kagome, me pegó de nuevo!

Kagome le acarició la cabeza a Shippo con una sonrisa maternal.

Esta normalidad…

Pasó la vista al cielo, melancólica. Dos semanas y media habían pasado desde que partió del templo y se reencontró con sus amigos. Todo había vuelto a la normalidad, excepto ella. Las horas lejos de Kikyō las sentía como días, y los días como años.

La extrañaba.

La despedida había sido muy abrupta. En un momento estaban ahí, besándose apasionadamente sin pensar en nada, y luego ¡puf! despedida. Tenía muchas preguntas atragantadas en la garganta: ¿Qué somos ahora? ¿Qué quieres que seamos? ¿Qué hacemos con esto que nos pasa? No tuvo tiempo de preguntarle nada. Kikyō le había demostrado todo lo que sentía en aquel último beso, pero no era suficiente. Necesitaba que el dulce sonido de su voz le brindara más claridad.

Cuando volvió a encontrarse con sus amigos, se dio cuenta de que los había extrañado. La rutina; los viajes, las comidas compartidas, las risas. Estaba cómoda con ellos, pero algo le faltaba. Algo importante. Su corazón estaba inquieto, no le daba tregua. Día a día le golpeaba el pecho, como si tratara de llamar la atención. Ni cuando dormía la dejaba en paz, y sus sueños menos. Últimamente no paraba de soñar con Kikyō. Y eran unos sueños... algo intensos. Ya era una costumbre despertarse en medio de la noche agitada y con un mareo extraño. Ese beso que compartieron fue el disparador. No podía dejar de pensar en eso y en cómo Kikyō, sin reparos, decidió marcarla como suya dejándole de recuerdo dos marcas. Una había desaparecido, pero la de su pelvis no. Seguía allí, ahora pequeña, pero lo suficientemente grande como para que Sango, un día mientras tomaban un baño en unas aguas termales, la notara.

—Kagome, ¿qué es eso?

Kagome, que estaba a punto de unirse a ella, se quedó quieta en el lugar. Sango la señalaba con medio cuerpo hundido en el agua, pero no señalaba cualquier parte. Siguió su dedo con las pupilas y terminó mirándose la entrepierna. La sangre le subió a las mejillas. Había olvidado ser cuidadosa al respecto. En sí, había olvidado que cargaba con ese tatuaje. Ya era parte de ella. No podía creer que aún lo tuviera. Kikyō había hecho un buen trabajo rompiéndole, literalmente, los vasos sanguíneos. Después de todo, por más romantizada que estuviese la marca, no dejaba de ser una herida. Indolora, pero herida al fin.

—Ah… ¿esto? Me habrá picado un bicho. —contestó, adentrándose en el agua con una sonrisa tensa.

—Hm… Qué bichito más atrevido. —Sango comenzó a acercarse a ella con una ceja levantada. Kagome, panicosa, se fue hacia atrás hasta terminar con la espalda estampada en el muro de piedra que cubría las termas—. Picarte justo ahí… Esto es sospechoso. ¿Pasó algo con Inuyasha?

Un dejo de travesura huyó de la voz de Sango, quién le sonreía de forma cómplice. Kagome se maldijo. Su amiga antes era una buena samaritana. Pero tenía que llegar ella, una chica del futuro, y contarle curiosidades sobre su mundo. Gracias a las charlas cotidianas, Sango sabía muy bien lo que tenía tallado en la piel.

—¡C-Claro que no! ¡Él nunca me haría algo así!

—¿Entonces quién fue?

Mierda.

Kagome se achicó en el lugar. Contarlo o no contarlo, qué aprieto. ¿Sango lo entendería? La historia con su mentora. A ella misma le costó su tiempito asimilar esos sentimientos revoltosos que poco a poco comenzaban a tomar forma. Entonces, ¿cómo haría ella? Todo indicaba que era muy pronto para contarle, ¡pero quería hacerlo! Seguía siendo su mejor amiga. Y, la verdad, necesitaba un apoyo, un consejo, ¡algo! Cargar con ese secreto se le estaba haciendo tan pesado que costaba mantener la boca cerrada.

—Si te cuento algo muy delicado, y repito, ¡muuuy delicado!, ¿prometes que no se lo dirás a nadie?

Si antes Sango tenía curiosidad, ahora ésta la carcomía. No la soportaba encerrada en el cuerpo. Asintió cual soldado.

—Lo prometo.

—¿En serio? Si Inuyasha se entera podría costarme el pellejo...

—Kagome, eres mi mejor amiga. Jamás podría traicionarte. —Agarró su mano con una sonrisa y la incitó a sentarse en el agua con ella—. Si hay algo que te preocupa, quiero ser la primera en saberlo. Eso hacen las amigas, ¿no? Apoyarse mutuamente. Tú me enseñaste eso.

Sango eligió las palabras perfectas. Con un rostro dulce y una voz baja le transmitió la seguridad que le faltaba. Las dudas se dispersaron. Se lo contaría. Ella era su real y única mejor amiga. La confianza que le tenía no se comparaba a la de sus otras amigas. De hecho, era un insulto seguir ocultándole tan importante información.

—Bueno…, no me picó la pulga Myoga, por si lo pensaste.

Sango se echó a reír.

—Eso es obvio. Conociéndote, hubieras aplastado a ese pervertido antes de que lo hiciera. Por lo que me contaste una vez, creo que sé lo que es eso. —Señaló su entrepierna debajo del agua—. Por eso pensé que Inuyasha...

—Inuyasha es muy tímido. ¿Te lo imaginas haciéndome esto? No, yo tampoco. —Kagome suspiró. Esa timidez le frustraba en el pasado. Si era por él, Kagome llegaría virgen a los cuarenta—. Y acertaste, esto es lo que piensas.

—¿Pero entonces quién te lo hizo?

Kagome refregó las rodillas entre sí, nerviosa. El solo pensar en pronunciar el nombre de la culpable ya le hacía querer gritar histérica. Costaba deletrear las letras. Se encontró deseando que su amiga diera la respuesta por ella, pero no era factible. Sango nunca lo adivinaría si no hablaba. Pero quizás si le daba algunas pistas...

—¿No se te ocurre nadie? ¿Con quién estuve antes de que me reuniera con ustedes?

—Con quién… —Sango puso un dedo en su mentón y comenzó a ensanchar los ojos progresivamente— ¡¿Qué?! ¡¿Kikyō lo hizo?!

—¡No grites! —Kagome le tapó la boca, roja como un tomate— ¿Quieres que se entere toda la aldea? ¡Menos mal que podía confiar en ti!

—¡P-Perdón! —balbuceó contra su mano, igual de roja que ella—. Es que me tomó por sorpresa...

—Dímelo a mí.

Kagome volvió a apoyar la espalda en el muro, suspirando. Sango, por otro lado, la miraba apenada. Le había hecho sentir mal con su patética reacción. Se obligó a enfriar la cabeza. No era momento de sorprenderse, sino de apoyarla como la amiga que era. Por eso tomó aire y sujetó sus hombros con firmeza.

—¡Kagome, cuéntamelo todo! ¡Desde el principio! Como tu amiga, merezco saber la verdad. Estoy lista para lo que sea. ¡Vamos, dispara!

Kagome parpadeó y luego le sonrió, más tranquila. Estuvo a punto de arrepentirse de haberle contado. Se rectificó a tiempo. La seguridad volvió con la suficiente fuerza como para impulsarla a ser sincera.

Y así fue. Con algunos intervalos y toses nerviosas en el medio, le contó todo desde el principio hasta el fogoso final. Cuándo empezó a sentir cosas por ella, cómo esos sentimientos crecieron hasta aplastarla y cómo Kikyō le demostró los suyos. No dejó nada afuera.

Y afuera estaban los ojos de Sango, que los tenía tan abiertos que parecían a nada de escaparse de los párpados.

—Ya veo… Conque eso pasó. Nunca me imaginé que tú y ella podrían llevarse tan bien hasta el punto de terminar... Bueno...

—¿Así? Yo tampoco. Todavía me parece irreal, es como si todo hubiera sido un sueño muy extraño. —Kagome sonrió. Vio su sonrisa en el agua. Era la misma que veía reflejada en los ojos de Kikyō cuando estaban juntas. Un gesto dócil y cariñoso.

Sango hizo una pausa para dejarla respirar y, de paso, para regalarse un momento ella misma. ¿Kikyō y Kagome? Sorprendente. De todas las combinaciones posibles, jamás se le hubiera ocurrido esa. Debía admitir que, aunque fuera inusual, tenía su encanto. Imaginarlas juntas, sonriéndose entre sí y abrazadas, le hacía emocionar como una groupie. Las dos eran dignas de una belleza admirable y compartían el mismo alma. Encarnación y reencarnación, una novela romántica. Pero le preocupaba el final de ésta, ya que, como en toda novela, había un tercero en juego que podría arruinar la historia.

—Kagome, lamento ser tan directa, pero debo preguntar… ¿Estás enamorada de ella? Tienes que estar segura si quieres seguir adelante con esto. Después de todo, para Inuyasha ella es...

—Lo sé. Eso me ha tenido bastante inquieta, pero a ella no parece molestarle —contestó, recordando lo directa e indiferente que fue Kikyō con su pasado amor—. Es como si lo hubiera superado por completo. No logro entenderlo. Inuyasha fue tan importante para ella, y ahora... no sé.

—Ella es más grande que tú, supongo que los años le dieron sabiduría. Además, pasó terribles experiencias que habrán influido lo suficiente como para aclarar sus sentimientos. Creo que…, incluso antes de que ocurriera esto contigo, Kikyō ya había dejado atrás a Inuyasha. Si lo piensas bien, es él quién siempre está persiguiéndola, no al revés.

—Sí, eso mismo pienso. Y me molesta, porque comparada con ella parezco una niña indecisa. —Kagome bajó el rostro, deprimiéndose—. Pero… ¡mis sentimientos son reales, Sango! No te estaría contando esto si no lo fueran.

—¿Y qué hay de Inuyasha? ¿Aún sientes cosas por él?

Kagome hizo un silencio. En sus ojos no había duda, más sí un dolor que venía arrastrando del pasado.

—Yo también hace tiempo decidí olvidar mis sentimientos por él. No fue fácil. La verdad, antes de conocerla bien no me veía con muchas esperanzas. Aunque lo estaba olvidando, siempre quedaba algo de él en mí. Pero ahora, cuando lo miro, ya no es como antes. Ya no me revoluciona, en cambio ella... sí.

—¿Te forzaste a olvidarlo por Kikyō? —continuó Sango, acariciándole la espalda. Sabía que el tema le pesaba.

Kagome negó con la cabeza.

—No, por mí. Como le dije a Kikyō una vez, yo no soy la segunda de nadie. Y nunca lo seré.

Sango le sonrió con orgullo. A pesar de que apoyaba su vínculo con Inuyasha, le molestaba verla sufrir por él. Siempre a punto de llorar, siempre cabizbaja por el dolor que cargaba. Muchas veces tuvo ganas de gritarle: ¡abre los ojos!, ¡él se está yendo con otra! Quizás se veía reflejada, pues, el monje Miroku no era de los hombres más fieles. Ambas sufrían lo mismo. Sin embargo, Kagome la tenía más difícil. Inuyasha guardaba sentimientos profundos por otra mujer y el monje solo tenía impulsos lujuriosos con otras mujeres. No lo justificaba. Pero creía más problemático el amar a dos personas, que el desear físicamente a más de una persona.

—Si puedo serte sincera, me siento aliviada de que lo hayas olvidado.

Kagome la miró con sorpresa. Sango le sonreía con dulzura.

—Si Kikyō es lo que te hace feliz, ve por ello, Kagome. Tienes todo mi apoyo.

—Sango… —Las comisuras de Kagome temblaron. Sin poder ni querer contenerse, se lanzó a su pecho para llorar. La emoción de ser aceptada le ganó y los brazos fuertes de Sango estrechándola con cariño la conmovieron—. Gracias, pero no es tan fácil. Kikyō está… muerta. Me estoy metiendo en un mundo peligroso.

—Puede ser, pero no por eso deja de ser hermoso. —Sango apoyó el mentón en su cabeza, acariciándole el cabello—. Creo que deberías apreciar este tiempo con ella en vez de luchar contra él. Y, quién sabe, tal vez podamos hacer algo para salvarla. A Kikyō… y a Kohaku.

Kagome levantó el rostro con los ojos rojos. Sango no borraba la sonrisa.

—La situación de ambos es similar. Si se salva uno, debería poder salvarse el otro, ¿no crees?

Tenía razón. Ambos estaban muertos, ambos condenados a volver al otro mundo por fuerzas que no podían controlar. Aún así, con todo en contra, Sango no se rendía con su hermano. Y kagome nunca, pero nunca, se rendiría con Kikyō.

—¡Sí, sé que podremos salvarlos! —Le sonrió de oreja a oreja, limpiándose las lágrimas— ¡Siempre hay una forma!

Sango alargó la sonrisa y asintió.

—¿Piensas decírselo a Inuyasha en algún momento?

—Um… Con todo lo que pasó, no me sorprendería que sospeche. Nos encontró algunas veces... Bueno, abrazadas y eso. La verdad, preferiría decírselo yo antes de que se entere por su propia cuenta. Pero antes… —Kagome desvió la mirada, tornándose pensativa. Sango acercó el rostro, curiosa.

—¿Antes?

—Necesito ver a Kikyō una vez más. Quiero confirmar que lo pasó entre nosotras fue real. Cuando lo haga, todo cerrará.

Pero, al final, pasaron muchos días y no la pudo ver de nuevo. Su ausencia ya comenzaba a pesarle. Kagome probó muy sutilmente llamarla con sus pensamientos, pero Kikyō no respondió a ninguno de los llamados. Afectada por los miedos que nacen bajo la lejanía, aquello le hizo pensar lo peor. Quizás Kikyō se arrepintió de lo sucedido, o tal vez decidió no dañar a Inuyasha metiéndose en una historia complicada. Como fuere, destruyó a Kagome. Un lado racional le gritaba que estaba exagerando, que dejara de comportarse como una niña insegura, pero el otro era incapaz de evitar los pensamientos catastróficos. Kikyō dijo que podía llamarla, que acudiría a ella si la necesitaba. Pero no. No respondía, no la sentía cerca, no fue a buscarla como prometió. Nada. Ni rastros de ella. Más allá del dolor, temía que le hubiese pasado algo.

—Kagome… ¡Kagome!

La nombrada volteó el rostro con una expresión emboscada. Inuyasha la observaba con cara larga.

—Estás en las nubes. ¿Escuchaste algo de lo que dije?

—Ah… No. Perdón. —Se refregó la frente, preocupándolo— ¿Qué dijiste?

—¿Qué pasa?, ¿te duele la cabeza?

Kagome negó incómoda cuando puso una mano en su hombro. Le costaba mirarlo a los ojos con la mente reproduciendo imágenes de Kikyō.

Inuyasha analizó ese rostro que se empecinaba en evitarlo y bufó.

—Bien, vamos a acampar acá.

—¿Eh? Pero querías seguir de largo… ¿En serio está bien que descansemos por hoy?

—¡Keh! Una noche más no hará la diferencia.

—Hm… ¿Pero qué es esto? —Miroku asomó los ojos por encima del hombro de Inuyasha— ¿Estás siendo considerado, Inuyasha?

—¿Tendrá fiebre? —preguntó Sango, llevando una mano a su frente.

—¡Estoy siendo realista! Kagome está en las nubes, tú estás cansada. Solo serán un estorbo si aparece un enemigo.

Las implicadas arquearon una ceja.

—¿Estorbo? Siempre tan comprensivo, Inuyasha. —Kagome levantó el dedo índice con una sonrisa cínica. Comenzó a moverlo de un lado a otro. El hanyō lo seguía con los ojos, tragando pesado—. Es mi deber agradecer tu amabilidad como corresponde.

—¡K-Kagome, espera!

Kagome ensanchó la sonrisa solo para asustarlo. No tenía ninguna intención de dejarlo estampado en el suelo. Levantó el dedo por costumbre, pero al hacerlo se dio cuenta de que no estaba enojada. Una novedad. En general, los berrinches de su compañero la sacaban de quicio por más mínimos que fueran. Hoy no. ¿A ese punto había llegado? Inuyasha ya no le generaba ni rabia. Y si lo hacía, duraba poco.

No puedo enojarme con él… Qué raro.

El hanyō, que tenía los ojos cerrados esperando la caída, abrió uno. Vio a Kagome con curiosidad. Ella no lo miraba. Prefería mirar el suelo, el cual no tenía nada de interesante. Receloso por no recibir atención, se acercó agazapado. No podía confiarse. Kagome era de las que cambiaban de opinión rápido. Un descuido y ¡bum! terminaría en el suelo.

—¿Kagome?

La nombrada levantó los párpados y lo vio sentado en cuatro patas. Siempre le daba ternura ese comportamiento perruno. Pero ahora, de nuevo, nada. No le generaba nada. Era algo doloroso, porque esa indiferencia tenía un solo significado: el adiós definitivo a sus sentimientos románticos por él. Aquello era igual a despedirse de su propio corazón, quién tuvo escrito por mucho tiempo el nombre de ese mitad bestia.

—Oh. Veo que al fin aprendiste a sentarte solo, Inuyasha. Ya no será necesario que use el conjuro. —Le sonrió, dándole unas palmaditas en la cabeza—. Buen chico.

Inuyasha gruñó ante las risitas que se escucharon detrás de él. Shippo resaltaba, descostillándose en el canasto de la bicicleta.

—La felicito, señorita Kagome. Finalmente lo domó. —Miroku se tapó la boca para disimular la risa. Sango le siguió.

—Es como un cachorrito.

—¿Verdad que lo es? —Kagome rió con ellos y posó los ojos en el hanyō. Se agachó y llevó las manos a su collar—. Supongo que ya no necesitas esto.

Las pupilas de Inuyasha se afinaron cual felino cuando agarró el collar y empezó a levantarlo para quitárselo. Ella le sonreía, pero de una forma lastimosa, como si fuese la última vez que fuera a verlo. Se puso de pie con brusquedad. El collar no, pensó. Ese collar significaba mucho para él. Para ellos. Era una especie de lazo entre los dos. Violento, sí, pero especial. Chocó los colmillos con una mezcla de furia y tristeza. ¿Kagome le estaba diciendo adiós?, ¿eso significaba?

—¿Qué pasa, Inuyasha? ¿No quieres liberarte de una buena vez del hechizo? —le preguntó Miroku, dándole un empujoncito con el codo— ¿Te acostumbraste a ser un perrito?

Inuyasha bajó el rostro con una sensación agridulce subiendo por la garganta. Le costaba respirar. Solo una vez se sintió de esa manera, y fue cuando pensó que Kagome había muerto por su culpa. ¿Estaba a punto de llorar? Imposible, no se lo permitiría. Prefería morir antes que derramar una sola lágrima por esa ¿traidora? Dolió pensarlo. Odiaba ver a Kagome así, odiaba ver a Kikyō del mismo modo. Pero más se odiaba a sí mismo. No tenía derecho de reclamar con toda la miseria que le hizo pasar a Kagome, lo sabía. Sin embargo, su mal carácter no opinaba igual.

—¡Cierra la boca, Miroku! ¡Y tú…! —Señaló a Kagome, quién pestañeó con inocencia— ¡Solo estaba preocupado por ti, pero nunca más voy a molestarme en hacerlo!

No llegó a contestarle nada. Inuyasha pegó un salto, sacudiéndole los cabellos. Antes de desaparecer entre los árboles del bosque, volteó el rostro hacia ella. Kagome sintió una presión en el pecho al hallar fastidio en su mirada. Y dolor.

—Creo que se enojó en serio... ¿Me pasé con él, chicos? —Miró a sus amigos en búsqueda de una segunda opinión. Sango fue la primera en acercarse.

—No lo creo, se tratan como siempre. Inuyasha es el que está un poco a la defensiva últimamente. Aunque no me sorprende. —agregó en su oído, haciéndole sonrojar.

—¿Oh? ¿Secretos de chicas? ¡Quiero participar! —Miroku agarró sus hombros y se puso en medio de las dos con una sonrisa traviesa—. Ahora que lo pienso, Sango tiene razón. Inuyasha ha estado así desde que fue a buscarla al templo de la señorita Kikyō. ¿Acaso sucedió algo entre los tres?

Kagome tragó saliva. ¿Inuyasha sabía la verdad? ¿Miroku sospechaba? Se le heló la piel. Si el monje descubría la verdad sería su fin. Aunque Inuyasha no lo admitía, Miroku era su mejor amigo. Estaba bien claro que le contaría todo.

—¡Ya se le pasará, Kagome! —Shippo subió a su hombro en una grata salvada—. Déjalo, volverá solo. Siempre lo hace.

—Sí...

No se tranquilizó. Todo estaba patas arriba. Sus sentimientos por Kikyō, las sospechas del hanyō y ahora también de Miroku. Al menos tenía a Sango de su lado.

Los ojos de Inuyasha cuando me miró... Era como si estuviese a punto de llorar.

Bufó mientras arrojaba leña a la fogata. Estaban preparando el campamento. El anochecer se había hecho presente e Inuyasha todavía no regresaba. Era la primera vez que su berrinche duraba tanto.

¿Le habrá pasado algo?

Se sentó en su bolsa de dormir y tiró otra rama a la fogata sin ganas. Sango, sentada a su lado, la miraba preocupada.

—Seguro volverá pronto.

—Sí… —¿Y si no lo hacía? ¿Y si encontró alguna distracción en el camino? Como, por ejemplo, ¿su primer amor?

Cerró el puño, partiendo en dos la rama que tenía en la mano. Sango se sorprendió al verla. Esa no era una ramita, sino una rama bastante gruesa. Requería cierto grado de fuerza romperla. Se preguntó si su fortaleza se debía al entrenamiento, pero lejos estaba aquello de ser verdad. Era el resultado de los celos. Unos inmediatos celos que la invadieron al imaginarla con ella. Más no celos de Kikyō, sino de Inuyasha.

—¿Estás bien? ¿Quieres hablar? —murmuró Sango en su oído. Kagome reaccionó al escucharla y miró la rama partida.

Oh, oh.

Se tapó la boca, impactada por su propio actuar y sentir. No quería esos celos, ¡tenía que arrojarlos a la basura de inmediato! Pero costaba. Había tratado de no pensar en Kikyō durante todos esos días en los que, entristecida, se resignó y dejó de llamarla al nunca obtener respuesta. Eso no resultó muy bien. Le era imposible alejarla de su mente. De algún modo, siempre terminaba volviendo a ella. A su perfecto rostro, a su suave sonrisa, a las atenciones, los abrazos y, en especial, a ese maldito beso que terminó de sacudirle el cerebro. Quería verla. Quería verla con urgencia. Y Kikyō no parecía desear lo mismo.

Se acostó de golpe en la bolsa de dormir, sobresaltando a Sango. Ésta última puso una mano en su hombro.

—¿Kagome?

Kagome se acurrucó contra sí, dándole la espalda.

—Estoy bien, solo tengo sueño. Voy a dormir.

—¿No va a cenar, señorita? —preguntó el monje, sentado frente a ellas. Estaba asando un pescado en la fogata—. Hoy tuvimos suerte con la pesca. No querrá perdérselo, ¡es un gran pez!

—No tengo hambre.

—¿Qué pasa, Kagome? —Shippo amagó a acercarse, pero Sango negó con la mano en señal de que no la molestara.

—¿Qué tal si hoy duermes conmigo y Kirara, pequeño Shippo?

El zorrito observó con una cara triste a su siempre compañera de sueño. Al tropezarse con su espalda, atinó a dirigirse a Sango. Hasta él sabía cuándo no debía molestarla. Eso podía tener graves consecuencias.

Kagome agradecía en silencio el apoyo de Sango. Ese día no estaba para nadie. Si su malhumor seguía extendiéndose terminaría agarrándosela hasta con Shippo.

Sango sabe la verdad, pero los demás deben pensar que estoy así por Inuyasha.

Confirmó esa sospecha unos minutos después cuando sus amigos, pensando que dormía, susurraban su nombre y el del hanyō. Siempre chismosos.

No es así, no estoy triste porque Inuyasha se fue. Estoy triste porque quiero ver a la bruja y no puedo.

Dobló los dedos en la bolsa de dormir. Le ardían los ojos. ¿Iba a llorar? La sacerdotisa ni había tratado de contactarla, no se merecía sus lágrimas. Sin embargo, igual se las regalaba. El llanto venía desde adentro, profundo y pesado. Su cabeza era un desastre, su cuerpo un poco más, pues, apenas pensaba en ella asociaba con el último momento vivido. Ese beso se encargó de confirmar sus sentimientos, y de hacerle sentir que no tenía salida. Mirara a donde mirara, estaba Kikyō. Tenía una batalla por delante, amigos que proteger, e igual seguía pensando en ella como si todo lo demás no existiera.

Se dio vuelta con brusquedad, quedando boca arriba. Las horas pasaban y no podía dormir. El ronquido de Shippo musicalizaba la fogata que los mantenía cálidos en medio del clima otoñal que, dentro de poco, le dejaría el paso libre al invierno. Sus amigos terminaron durmiéndose antes que ella. Inuyasha seguía sin volver, haciéndole confirmar que sin duda fue a ver a Kikyō. Siempre que tardaba era por eso.

Aunque la vayas a ver, ella ya no tiene ojos para ti.

Su interior se retorcía de celos, lo cual le hacía aborrecerse.

Fue a mí a quién le dejó una marca, no a ti.

Sus ojos se perdían en el cielo estrellado mientras bajaba una mano por su abdomen. Escondió los dedos debajo de la falda y presionó su pelvis en un vago intento de recordar lo que Kikyō le hizo sentir. Un suspiro huyó de los labios, trayéndole a la memoria otros. Unos fríos que se arrastraban por su piel; besándola, regalándole suaves mordidas. Declinó los párpados, entrando en calor. Sus dedos temblaban deseosos de seguir bajando para consolarla ante la ausencia de esos labios perdidos. Les dijo que no, que ni se atrevieran, pero ya era tarde. Las yemas se estaban deslizando debajo de la ropa interior, cautelosas. Tocaron un sitio crucial y una sensación aguda subió veloz por su cuerpo hasta chocar con el cerebro.

Se sentó de un tirón, como si le hubieran jalado los brazos a la fuerza. Su corazón palpitaba deprisa. El lugar que estuvo a punto de profanar también.

Necesito... despejarme.

Se puso de pie, rogando volver en sí. ¿Qué estuvo a punto de hacerse? Conocía la palabra, pero hasta pensarla le daba vergüenza.

Mejor ni pensar.

Pasó la vista a la fogata, estaba a punto de extinguirse. Nada iluminaba el campamento más que la luz de la luna. El viento soplaba, poniéndole la piel de gallina. Era una de esas noches frías en las que extrañaba su cama como nunca. Bajó los ojos a Shippo; se acurrucaba lo más que podía a Kirara para buscar calor. Queriendo cuidarlo, agarró unas ramas del suelo y las tiró a la fogata. El fuego volvió a avivarse, sombreándole el rostro. Se quedó observando un momento las magnéticas flamas y giró la cabeza, encontrándose con su bicicleta.

Una vuelta no me vendría mal. Siempre me calma andar en bici.

Se subió a la bicicleta tratando de hacer el mínimo ruido. Puso un pie en uno de los pedales y con el otro se impulsó sobre la tierra. Comenzó a andar a un ritmo tranquilo, alejándose del campamento. Usualmente su razón de escape era Inuyasha, pero hoy era diferente.

Quizás no me contesta porque no quiere presionarme luego de lo que pasó.

Pensaba, adentrándose en el bosque. El aire fresquito de la noche le acariciaba los cabellos y le congelaba los labios. Debió llevar un abrigo. Tenía frío en las manos. Y en el corazón. A pesar de lo que sucedió con Kikyō, no sentía que ésta tuviera alguna intención de profundizar el vínculo. Todo era ambiguo con ella y con su pesimista forma de ver la vida. Era como si ese beso no hubiera iniciado nada, solo...

¿Lo terminó? ¿Sin darme tiempo a responder? Tan engreída como siempre.

Aceleró el andar guiada por el enojo. Éste crecía y crecía, haciéndole respirar pesado. Se estaba alejando mucho del campamento. No era conveniente, pero no podía dejar de andar. La rapidez con la que iba reflejaba sus anhelos, quienes, furiosos, deseaban ver a la sacerdotisa con la misma fuerza que querían insultarla.

—Que me vas a contestar si te llamo, que me vas a venir a buscar… ¡No digas cosas que no vas cumplir, idiota! —gritó, haciendo eco en el bosque, moviendo los pies más rápido.

Los árboles se le venían encima, se llevaba todas las ramas puestas. El camino no era adecuado para andar en bicicleta. No le importaba. Necesitaba liberar la ira o ésta la comería viva.

—¡No estorben! —Levantó una mano y emanó poder espiritual, dispersando las ramas. Pero una traviesa quedó viva— ¡Agh!

Se incrustó en el costado de su cintura y un pie se resbaló del pedal. Las ruedas comenzaron a bailar de un lado a otro debido a la pérdida de equilibrio. Kagome trataba de enderezarlas, pero por la velocidad a la que iba era imposible. Frenó en un salvataje de emergencia y su cuerpo se fue hacia adelante por inercia. De pronto estaba volando. Por instinto, se dio media vuelta en el aire y su espalda amortiguó la caída de una manera dolorosa. Ahí quedó, tirada en el suelo boca arriba y agarrándose la herida. Lo único que se escuchaba, además de las ruedas girando en reversa, era su respiración agitada.

—Idiota… Yo soy la idiota.

Se sentó, conteniendo un gritito. Miró su cintura; una mancha de sangre comenzaba a expandirse en la camisa blanca. No era una herida grave, pero sí molesta.

—Mierda... —Se llevó una mano a la frente, bufando— ¿Qué estás haciendo conmigo, bruja?

Y cuando pensaba que esa noche no podía empeorar, escuchó un sonido a lo lejos. Agudo y extenso, como el chillido de un auto en pleno derrape. Levantó el rostro, tensándose. De repente se dio cuenta de dónde estaba parada: sola y en medio de una completa oscuridad. Los arboles hacían la suficiente sombra como para que la luna dejara de iluminar el camino. No llevaba su arco en caso de necesitarlo y no veía factible usar la bicicleta como arma.

—Me recibí de imbécil, confirmado.

Se puso de pie mirando a todas las direcciones. Comenzaba a asustarse. El chillido se acercaba, haciendo eco en el bosque.

—Mierda, mierda, mierda. —Caminó hacia atrás, juntando energía espiritual en las manos, lista para golpear lo que sea. Era una presencia extraña. Podía sentirla arrastrándose por el aire, pero no llegaba a descifrar si era buena o mala— ¿Un enviado de Naraku? Mejor no me quedo a comprobarlo. —Agarró la bicicleta del suelo. Tenía el canasto torcido por el golpe, pero al menos estaba viva. Arrancó el camino de regreso, llevándola con las manos. Si se ponía a andar no podría defenderse bien. Necesitaba las manos libres.

La presencia seguía acercándose rápido. La sentía cada vez más pegada a la espalda.

—¿Dónde está la entrada del bosque? ¿Cuánto me alejé? Dios. —Aceleró los pasos, pero tuvo que frenar en seco cuando la herida le lanzó una puntada desde adentro que le hizo apretar las muelas—. Ugh... Tengo que hacer algo con esto.

Se detuvo un momento para romper un pedazo de la camisa y vendarse. Sin embargo, no llegó a arrancarla. Sus músculos se entumecieron cuando sintió una respiración en el cuello. Le acariciaba la piel, pesada y fría, como si le estuvieran poniendo un hielo en aquella zona. Aterrada, giró el rostro con lentitud y lo próximo que llegó a ver fue unos afilados dientes que formaban parte de una gran boca.

—¡Ah! —Se fue hacia atrás, cerrando los ojos y levantando las manos en un reflejo. Esperaba un ataque y su posible fin, pero en vez de eso sintió algo húmedo en la mejilla.

¿Una… lamida?

Abrió los ojos y una luz blanca la encandiló. Afinó la vista, tratando de ver. Un cuerpo alargado, escamas verdes, unos ojitos amorosos.

—Tú… ¡Serpiente!

La serpiente, al ser reconocida, no dudó en lanzarse hacia ella para rodearla en un abrazo asfixiante. Kagome rió aliviada y le acarició la cabeza.

—¡Casi me matas de un susto! ¿Qué haces aquí? —le preguntó mientras el espectro la llenaba de besitos por toda la cara—. Espera… Si tú estás aquí, ¿significa que ella también?

La serpiente se desenredó de su cuerpo y apuntó el hocico hacia adelante.

—¿Quieres que te siga?

Chilló en una afirmación. Kagome lo meditó. No era lo más seguro continuar adentrándose en el bosque, pero no podía luchar con las ganas de ver a su mentora. Emoción. Una intensa adrenalina la recorría de pies a cabeza, haciéndole minimizar cualquier tipo de peligro que pudiera aparecerse.

—Bien, tú mandas. Muéstrame el camino.

Comenzó a seguirla, empujando la bicicleta. El espectro, deslizándose por el aire, iluminaba el camino con su nato resplandor. Los árboles se emblanquecían con su cercanía, las hojas verdes también. Parecían cubiertos de nieve y Kagome se sentía en plena navidad.

—¿Por qué no vino ella? ¿No le da la cara luego de haberme ignorado durante semanas?

La serpiente chilló de nuevo, pero Kagome no entendió su lenguaje.

¿Entonces no está con Inuyasha...?

Se aferró la cintura, aspirando el aire entre dientes. La herida dolía más que antes y el recorrido se le hacía interminable. Al menos diez minutos pasaron desde que empezó a seguirla. ¿A dónde quería llevarla ese animalito? Temía que llegaran al amanecer.

—¿Falta mucho? —preguntó, corriendo unas ramas. La serpiente giró el hocico hacia ella y luego lo devolvió al frente. Lanzó un chillido más largo que los anteriores. Señalaba una arboleda que cubría lo que parecía el final del bosque— ¿Quieres que vaya allá? Se escucha algo…

Agua cayendo en cantidad, como un torrencial lejano. Sin embargo, no llovía. Solo se le ocurría otra cosa: una cascada. Agudizó el oído para confirmarlo.

—Sí, tiene que ser una cascada.

Apresuró la caminata, empezando a ponerse ansiosa. Sin darse cuenta, se arreglaba la ropa, el cabello, los latidos se desquiciaban. Detuvo los pies frente a la pantalla de árboles que le impedía la entrada y con las manos separó las ramas. El panorama cambió. Dio en el blanco. Escondida al final del bosque había una pequeña cascada. Una montaña de rocas llenas de musgo cubrían los costados y el suelo, permitiendo que el agua se almacenara en una laguna. Y, dentro de ella, una sacerdotisa desnuda se dejaba bañar por el agua. Concentrada, inmóvil.

El tiempo se detuvo para Kagome con esa imagen. Era un cuadro perfecto, digno de ser admirado por horas. Le hubiese gustado fotografiarla, pero, además de no tener cámara, estaba muy ocupada alegrándose de que estuviese viva. Y bella. Bella como siempre.

La serpiente se arrastró por el aire hasta su dueña, quién lentamente comenzaba a abrir los párpados. Kagome se entumeció cuando deslizó las pupilas hacia ella.

—Viniste.

Se aclaró la garganta intentando domar a los ojos, que se morían por examinar ese cuerpo desnudo. No era la primera vez que la veía como vino al mundo, pero así lo sentía, como si nunca la hubiese visto. Hoy sus ojos la miraban con otras intenciones. Lejos quedaron los inocentes del pasado, que incluso solían mirarla con respeto. Las gotas resbalándose por su piel, el cabello pegado a los hombros y pechos, sus ojos penetrándola con profundidad… Todo le hacía entrecortar la respiración. ¿A quién no le movería el piso? Se justificó en sus pensamientos para evitar la vergüenza nacida del deseo.

—Tú me llamaste. —contestó por fin, obligándose a despejar la mente. Dejó la bicicleta apoyada en un árbol y emprendió los pasos hacia la cascada.

Kikyō le mantuvo la mirada, distante, y comenzó a arrastrar los pies por el agua para salir de ella.

—Y tú viniste muy obediente.

Con cada paso que daban, el corazón de Kagome se desbocaba entre nervioso y entusiasmado. Agradecía verla sana y salva, pero no se sentía lista para ese encuentro incluso aunque lo venía esperando. La agarró con la guardia baja. Estaba revolucionada. Con deseos, anhelos carnales que venía conteniendo desde la separación y que ese cuerpo desnudo despertaba con facilidad. No sabía cómo procesarlos y menos cómo responder a esas alertas excitantes que se disparaban desde adentro. Le asustaba sentirse así, porque nunca se sintió así. Y al lado del deseo, yacía otra emoción que no aportaba: el enojo. Ahora más que nunca estaba enojada. ¿Por qué no contestó sus llamadas si se encontraba bien?

Kikyō emergió del agua y puso los pies en la tierra. Kagome, a orillas de la laguna, dio un paso atrás, pero tuvo que devolverlo adelante cuando sin querer pisó un Yukata que había en el suelo.

—No vine solo por ti. Fue una coincidencia, estaba paseando por el bosque. —Se excusó.

—No existen las coincidencias, solo existe lo inevitable. —Kikyō señaló el Yukata con una pequeña sonrisa—. Ayúdame a vestirme.

¿Eso fue una orden? ¿Y por qué estoy obedeciendo?

Kagome lo agarró de mala gana y se lo dio. Kikyō extendió los brazos.

—Pónmelo.

No quedaban rastros de la conducta prudente y reservada que caracterizaba a esa mujer. Hablaba con soltura y un tinte autoritario disfrazado de picardía. De pronto Kagome se sentía aplastada por su presencia. Bajó las pupilas a sus hombros, meditando si ponerle el Yukata, y éstas la traicionaron desviándose unos grados. Kikyō tenía los pezones erectos debido al agua recibida. Los veía subir y bajar en un calmo respirar.

—¿Cuándo me convertí en tu ayudante? —inquirió, colgando el Yukata en sus hombros, haciendo fuerza para no mirar más allá. Kikyō cerró los ojos, pasando los brazos por las mangas.

—Eres mi aprendiz, eso te convierte en mi ayudante.

—Veo que sigues igual de soberbia.

—Y tú igual de rebelde —la remató, acomodándose la ropa en el cuello—. Aún no terminó tu tarea. Haz el nudo.

Kagome miró el cinto que ella tenía en la mano y frunció el ceño.

—Hazlo tú, bruja.

Kikyō subió un ángulo de la boca y agarró sus manos. Las llevó a sus caderas, haciéndole sentir esas pronunciadas curvas que creía perfectas. El Yukata estaba húmedo, y las ganas de meter las manos debajo de éste para apreciar su piel mojada no eran pocas.

—¿Qué pasa? ¿Te di una tarea difícil?

Kagome levantó la vista, encontrándola inclinada hacia ella. Kikyō no borraba la sonrisa. Comenzaba a sospechar que disfrutaba de verla en un aprieto. Retiró las manos antes de que se movieran por sí solas. Perder la dignidad no era parte del plan. Mutar el ambiente, que no dejaba de sentirse cómplice, sí.

—¿Qué hacías ahí? —le preguntó, señalando la cascada.

Kikyō se miró las palmas vacías sintiendo el mismo vacío por dentro. Se preguntaba porqué su aprendiz la rechazaba después de tanto tiempo sin verse. Estaba arisca, reacia al contacto.

—Meditaba.

—¿A esta hora?

—Y te esperaba. Tal como pensé, apareciste.

Kagome estaba harta de esa sonrisa fanfarrona. Y de su cuerpo semidesnudo. Kikyō mantenía el Yukata abierto con una mano en la cadera. Uno de sus pechos era visible y no le importaba. Esa pose ganadora servía de alimento tanto para esos tímidos deseos que se negaba a aceptar como para el enojo. Había estado preocupada durante semanas y esa mujer no poseía ni una pizca de inquietud en el rostro. Le exasperaba.

—¿Mandaste a la serpiente porque sabías que estaba cerca? ¿Sentiste mi presencia?

—Sí.

—Ya veo... Qué curioso. Pudiste sentirme ahora, pero no todas las veces que te llamé antes.

El tonito sarcástico de Kagome no removió a Kikyō. Seguía mirándola firme, como si con los ojos pudiera doblegarla.

—¿Me llamaste?

—¿Te sorprende? Dijiste que podía llamarte si te necesitaba, sin embargo..., no respondiste a ninguno de mis llamados. —Kagome bajó el rostro, cerrando los puños. Quería atarse la lengua. No era la idea reclamar. Y ahí estaba, haciéndolo. Se sentía ridícula, por completo expuesta, pero simplemente no podía parar—. Entiendo que debes tener tus asuntos, ¿pero siquiera te imaginas lo que ha sido mi cabeza desde que dejé el templo? Un desastre, y todo por ti. Al menos esperaba que me contestaras una vez.

Kikyō se sintió en el cielo cuando expresó que la necesitó y en el infierno por no haber estado para ella.

—¿Me extrañaste? —le preguntó, llevando una mano a su cadera. La impulsó despacio a su cuerpo y a Kagome se le hizo un nudo en el estómago. Hoy tenía todas las alertas activadas. Diminutas Kagomes corrían por su cerebro gritando: ¡peligro, peligro! ¡Acercamiento inadecuado, posible autodestrucción! Se sentía más sensible de lo normal, como si fuera a estallar en cualquier momento. La actitud confianzuda de la sacerdotisa era el detonador y los sentimientos y deseos reprimidos durante largos días la bomba.

En otras palabras, un roce más y explotaría.

—¡No te extrañé! —exclamó, apartándose para salvarse—. Solo quería saber si… nuestra conexión funcionaba a lo lejos.

Kikyō soltó una risita encantadora que le hizo acelerar las palpitaciones. Por alguna razón, hoy esa mujer se veía más seductora que nunca, o quizás su percepción sobre la realidad estaba fallando. Apostaba por ambas.

—No puedes mentirme —murmuró Kikyō, inclinando el rostro. Atajó su nuca para evitar un posible escape—. Te siento, ahora mismo siento tu anhelo. Querías verme, Kagome.

La nombrada pasó la vista al suelo, avergonzada por la cercanía. Y, de repente, la tensión se cayó de golpe por una curiosidad. Un pequeño brillo resaltaba sobre la tierra, parecía un pedacito de vidrio. Se agachó para verlo mejor y sus ojos se ampliaron.

Un fragmento de la perla...

—Esto es… —Lo sujetó con la punta de los dedos. El brillo del fragmento era débil, apenas visible. Un cristal vacío. Tampoco emanaba poder espiritual. Si así fuera, lo hubiera sentido a kilómetros.

—Debió haberse caído del Yukata.

Kagome escuchó la voz tranquila de Kikyō y se levantó. Puso el fragmento frente a sus ojos.

—¿De dónde sacaste esto?

La cuestionada permaneció en silencio, observándola con seriedad. Kagome la miraba del mismo modo, temiendo lo peor.

—No es de Koga. Entonces, éste es de…

—Sí, es de ese niño. Kohaku.

El pecho de Kagome se hundió por la impresión. Por un momento dejó de respirar. Imágenes de Sango pasaban rápidamente por su mente. Una Sango en lágrimas.

—No… No pudiste…

—No pude, ¿qué?

—¡¿Le robaste el fragmento a Kohaku?! —exclamó, agarrando el cuello de su Yukata.

Kikyō, quién siempre conservaba la calma, arrugó el entrecejo.

—¿Piensas que lo asesiné?

Kagome reforzó el agarre, apretando las muelas. No quería pensar eso, de verdad que no. Pero todo la llevaba a pensarlo. ¿Por qué tendría el fragmento, entonces? Era sabido que Kohaku moriría si se lo arrebataban.

Kikyō aguardaba una respuesta que no iba a llegar. Los ojos de su aprendiz dudaban y aquello la destruía. Esbozó una sonrisa solitaria. Esa era una de las tantas consecuencias de entregarse emocionalmente a otra persona. Kagome tenía su corazón en la mano, y podía tanto acariciarlo como estrujarlo a su antojo. Por eso siempre estuvo sola. Por eso, cuando estaba viva, se enfocaba únicamente en el camino de la matanza, hasta que conoció a Inuyasha y sufrió por primera vez las consecuencias de entregarse a otro. Ahora, con Kagome, no era diferente. De hecho, era mucho más doloroso.

Y del dolor al enojo hay un solo paso.

—Esto es algo decepcionante. No pensé que sospecharías de mí sin dudar después de todo lo que pasamos juntas.

Aquel contraataque hizo sentir culpable a Kagome. Le soltó la ropa de a poco con un gesto incómodo. No le hacía gracia sospechar de ella. Reaccionó en un impulso.

—No es que dude de ti, pero...

—Lo haces.

—¡Si no quieres que lo haga, deja de dar vueltas y dime qué pasó con Kohaku!

—Entrégame tu confianza antes. —Kikyō atajó su brazo, poniéndose seria—. Necesito que confíes en mí, ahora más que nunca.

—¿Y lo dices luego de ignorarme por semanas? Dame una explicación a eso y te entregaré la confianza que quieras.

Kikyō arqueó las cejas y bajó los ojos. En ellos Kagome veía pasar una lucha interna: decirle la verdad o no. Ella nunca titubeaba, ¿tan grave era el asunto? Mientras más tardaba, más insegura le hacía sentir.

—Eso... es complicado.

Y no pudo elegir una respuesta peor. La inseguridad crecía, comiéndola por dentro, tomando la forma de una vocecita que le advertía que, de alguna manera, estaba a punto de ser dejada aunque nunca formalizaron nada. Estaba harta de las evasivas. Necesitaba irse de ahí antes de quebrarse. Ver su rostro lleno de mentiras era un viaje seguro a la amargura y cero ganas tenía de comprar ese pasaje.

—Al menos dime si Kohaku está a salvo.

Kikyō desprendió los ojos del suelo y apuntó a los suyos. La miraban con rabia y decepción. Dolía recibir esa mirada. Quería gritar la verdad, pero no podía. No sabiendo cómo reaccionaría.

—Está a salvo.

—¿Y dónde está?

—No lo sé.

—¿No lo sabes...? —Kagome inspeccionó sus ojos, buscando hallar la verdad. Pero Kikyō la evitaba, prefiriendo mirar a otro lado. Claros indicios de que estaba mintiendo—. Bien, ya entiendo... ¡Voy a buscarlo yo misma!

Le dio la espalda y un escalofrío subió por la columna de Kikyō. Le quemó la nuca y su fallecido corazón palpitó frenético por el miedo de perderla. Ya conocía esa sensación. Casi siempre venía acompañada de un apagón mental.

—No puedo creerlo... ¡Yo estuve como una idiota extrañándote y tú lo único que haces es mentirme! —exclamaba Kagome sin pensar, alejándose a grandes zancadas— ¡Siempre es igual! ¡Estar contigo es como girar en un puto círculo!

Kikyō la observaba partir, atónita por lo que escuchaba. Sus ojos comenzaban a ensancharse, los músculos a tensarse. La idea de su partida, la verdad de que la extrañó, el dolor de recibir su decepción...

—Espera, Kagome. —la llamó, siguiéndola a paso rápido. Atrapó su hombro, pero Kagome se desenganchó de un manotazo.

—¡Suéltame! ¡Me voy!

Kikyō arrugó los labios, perdiendo la paciencia. Kagome se alejaba en dirección al bosque, la lastimaba con palabras filosas y con su imagen haciéndose cada vez más pequeña. La perdería. Si no hacía algo rápido la perdería. Estrechó los ojos, sintiéndolos arder, y en un acto de desesperación levantó la mano.

—No vas a ir a ningún lado.

El apagón mental llegó.

Las puntas de sus dedos brillaron y un relámpago tronó en el cielo. Kagome volteó el rostro ante los chillidos ensordecedores que se oían en las alturas. Afinó la vista en el cielo y el aliento se perdió. Las serpientes recolectoras de almas bajaban de las nubes en una estampida. Se dirigían directo hacia ella; rápido, furiosas. Dio un paso atrás; dos, tres. No llegó a gritar que ya estaba siendo rodeada por los espectros. Se enroscaban en su cuerpo entre chillidos, impidiéndole moverse.

—¡Kikyō, qué haces! —exclamó, sintiendo como la jalaban hacia atrás. La estamparon contra un árbol y comenzaron a dar vueltas por él. Kagome las veía pasar una y otra vez sobre su cintura y piernas. La estaban aprisionando— ¡¿Estás loca?!

La sacerdotisa bajó los dedos con una expresión fría y comenzó a acercarse a paso lento. Kagome se removía de un lado a otro tratando de escapar. Era como aquella vez. Encadenada a un árbol, tuvo que ver una escena que le gustaría borrar de la memoria. Ese día la detestó. Recordar aquel sentimiento le hacía querer llorar. Ahora sentía todo lo contrario por ella. Y por eso le dolía tanto cada acción y silencio de su parte.

—¿Por qué me haces recordar lo cruel que fuiste? —sollozó, declinando el rostro. Kikyō se detuvo frente a ella y levantó su mentón con los dedos.

—Te estoy inmovilizando para que no escapes, no es mi intención hacerte recordar nada.

Kagome escuchó su voz grave y supo que ya no estaba hablando con la Kikyō que conocía. Esa era, en efecto, la que se presentó ante ella como un espíritu maligno un año atrás.

—¿Para que no escape? ¡¿Eres consciente de lo psicópata que suenas?! —Sacudió la cabeza, borrando las lágrimas— ¡Déjame ir, bruja! ¡Tú eres la que no confía en mí! ¡Si así fuera, me dirías la verdad! ¡No quiero estar con alguien que no me toma en serio!

—¿Que no te tomo en serio…? —masculló Kikyō con rabia. Una de sus manos temblaba al costado de su cintura, la otra tenía ganas de agarrarle el rostro e impulsarlo a sus labios para dejara de decir estupideces.

Kagome se fue hacia adelante, logrando desenganchar los brazos. Levantó una mano, dispuesta a darle una cachetada.

—Suéltame o te golpearé.

Kikyō atajó su mano sin quitarle una peligrosa vista de encima.

—No.

—¡Kikyō!

—¡Dije que no! —exclamó, atajando sus mejillas. Kagome parpadeó, asustada, cuando se acercó y capturó sus labios con furia.

—¡Hm!

Puso una mano en su pecho para apartarla, pero Kikyō atrapó su muñeca y la estrelló contra el tronco. Ese beso no se comparaba a ninguno. Era un beso desesperado, cargado de angustia. La sacerdotisa se llevaba sus labios entre suspiros, arrinconándola con el cuerpo.

—E-Espera. —Kagome corrió el rostro. Kikyō agarró su barbilla y la giró hacia ella, obligándola a volver a sus labios—. Kikyō...

Perdiendo resistencia, entornó los párpados cuando Kikyō asomó la lengua y la adentró en su boca. Comenzó a enredarse con la suya lentamente, degustándola, devorándola como hacía tiempo tenía ganas de hacer. En el medio pasaba la mano por su nuca en una caricia intensa, reforzaba el agarre en su muñeca, enrojeciéndola. Kagome ya no tenía fuerzas para luchar. No era correcto ni el modo ni el momento, pero no podía evitar desear esos besos. Con la mano libre temblando, se aferró de su espalda mientras la sacerdotisa continuaba moviéndose contra su boca, entrelazando sus lenguas en roncos jadeos que se fusionaban con los suyos.

—Quería verte... —musitó Kikyō, despegándose de sus labios con una expresión solitaria—. Pero no podía dejar que Inuyasha se diera cuenta de mi presencia. Por eso mandé a la serpiente.

Kagome, agitada por el fogoso encuentro, desvió los ojos. Le daba vergüenza mirarla. Allí, con la boca hirviendo, amarrada y a su total merced.

—No pude responder a tus llamados porque nunca los recibí —continuó—. Para salvar a Kohaku tuve que extraer la energía del fragmento y sumirla en su cuerpo, de esa forma él podría vivir con esa energía. Pero, como pensaba, no fue suficiente. Tuve que darle mi energía espiritual también, y eso me dejó tan débil que estuve desvanecida por días, quizás semanas. Cuando desperté, Kohaku ya no estaba. Lo único que encontré fue el fragmento sin luz.

Kagome separó los labios, impactada.

—Hubieras empezado por ahí… ¿Por qué no dijiste eso desde el principio? ¡Eres una tonta! ¡Pudiste haber muerto! ¡No tenías que arriesgarte tanto!

—Sabía que te pondrías así, por eso no te lo dije. No quería preocuparte, Kagome. Sé muy bien que tú no deseas mi muerte, me lo dejaste muy claro la última vez. Pero... no podía abandonar a ese niño.

Kagome se tragó el próximo insulto, sintiéndose culpable. Kikyō había arriesgado su vida para salvar a Kohaku y ella lo único que había hecho era tener ideas equivocadas. Queriendo cuidar a sus sentimientos, le ocultó la verdad. Pero también generó un malentendido. Esa mujer siempre pensaba primero en Kagome, hasta el punto de serle molesto. No quería ser cuidada, quería sinceridad. Era lo único que faltaba entre ellas.

—Kikyō..., perdóname. No quería dudar de ti, pero... ¡Agh, siempre actúas tan sospechosa! ¡Es tu culpa que piense mal!

—¿Mi culpa?

—¡Sí! ¡Todo es tu culpa! —Kagome la abrazó en un impulso—. No es justo, me das vuelta la cabeza a tu antojo.

Kikyō subió las manos por su espalda, correspondiendo el abrazo. Se apegó a su mejilla con una sonrisa y el dulce aroma de Kagome la invadió, embriagándola. Lo había extrañado horrores.

—¿Eso es bueno?

—¡No!

—Entonces, estamos a mano. Porque tú también me manejas a tu antojo. Cuando estoy contigo siento que no tengo voluntad propia. —murmuró en su oreja, acomodando un mechón detrás de ésta.

—¡Guárdate las palabras bonitas, no necesito eso! ¡Lo único que necesito de ti es sinceridad! —exclamó Kagome, sujetando su rostro—. No vuelvas a mentirme, no me ocultes nada más y confía en mí. Estamos juntas en esto, ¿recuerdas? No tienes que hacer todo sola, ¿cuántas veces más tengo que repetirlo? Ya parezco un disco rayado.

—¿Un disco...? ¿Qué es eso?

—¡Solo prométeme que vas a confiar en mí! Si lo haces, nunca más voy a dudar de ti.

La sacerdotisa observaba esos ojos firmes, derritiéndose por dentro. Amaba esa mirada decidida y brillante. Le contagiaba la valentía. Kagome tenía razón, pero no era fácil desprenderse de las costumbres arraigadas. Siempre puso primero a los demás. Cuando vivía con Kaede, también le ocultaba información que la podría dañar e incluso tapaba sus heridas de guerra para que no las viera. Le sonreía, como si éstas no le quemaran la piel debajo de la ropa. Esa era su forma de ser. Sin embargo, con Kagome no tenía futuro si continuaba manejándose así. Y entendía el porqué. Iban a luchar juntas, la honestidad era indispensable para trabajar en equipo. Pero más indispensable era el vínculo que compartían. Y no era un vínculo cualquiera. No eran compañeras, tampoco amigas, sino algo mucho más profundo. Sin sinceridad absoluta, la perdería.

—Solo quería cuidarte... —Declinó el rostro con una mueca apenada—. Confío en ti, Kagome. No volveré a ocultarte nada más. Por más doloroso que sea, te lo diré.

—¿Lo prometes?

Kikyō asintió con una sonrisa amena, acariciándole la mejilla. Kagome se relajó al recibirla. Por fin se estaban entendiendo. El alivio le hizo sonreír por primera vez en aquella revoltosa noche.

—Nunca rompas esa promesa.

—Nunca.

Kikyō puso una mano en el tronco mientras con la otra continuaba acariciándola. La observaba con profundidad, generando que Kagome volviera a los nervios. Los había olvidado por un momento, también el hecho de estar amarrada a un árbol. Kikyō no dejaba de encerrarla con el cuerpo. Sentía sus pechos aplastándola y el estómago retorcido por la cercanía.

—Bien... Ahora que está todo aclarado, ¿podrías soltarme? —preguntó en un hilito de voz. Kikyō dibujó una sonrisita traviesa y negó con la cabeza— ¿Estás empecinada en hacerme enojar o qué?

—No te veo muy enojada —ronroneó ella, inclinando el rostro. Separó los labios sobre los suyos, haciendo que Kagome la imitara en un reflejo—. Yo también te extrañé... demasiado. —Asomó la lengua y trazó su labio superior de una tortuosa forma antes de adentrarse de nuevo en su boca. Kagome no pudo hacer más que respirar fuerte y plegar los dedos en su Yukata. Cerró los ojos, dejándose llevar por esa húmeda lengua que giraba sobre la suya.

Kikyō bajó las manos por los bordes de su cintura, haciéndole estremecerse, y las metió dentro de la camisa. Empezó a subir por su abdomen, congelando cada parte de su piel. Kagome tenía la impresión de que iba un poquitito rápido. La sentía más confiada que la vez pasada, como si su cuerpo ahora fuese de su pertenencia.

—Pervertida… ¿Con qué derecho me tratas de esta forma tan íntima? ¡Esto es invasión a la privacidad!

—La última vez te traté igual y no estuviste en contra, ¿eso no nos hace íntimas? —contestó Kikyō, arrastrando los labios desde su boca hasta la mandíbula. Se sumió en la curva de su cuello y besó despacio esa piel que olía tan bien. Kagome dobló el rostro, sintiendo cosquillas en el lugar afectado— ¿Qué pasaría si yo quisiera volverme aún más íntima contigo, Kagome? —preguntó en un murmullo, bajando la mano por su espalda. La impulsó hacia adelante, imprimiéndola a su cuerpo. Kikyō aún tenía la ropa empapada, y eso provocaba que la sintiera... Bueno, mucho.

Kagome ya no sabía a dónde mirar, cómo salvar a su corazón, que no dejaba de palpitar histérico. Era incapaz de responder a su pregunta. Si se refería a lo que pensaba, para nada estaba lista. Incluso aunque lo deseara. Tenía miedo de sus propias reacciones, de hacer todo mal o de entrar en pánico. No, no estaba lista.

—M-Me estoy mojando.

Kikyō soltó una risita en su oreja y la observó de frente.

—¿Ya?, ¿tan rápido?

Kagome infló los cachetes. No le era una sorpresa que su mentora a veces tirara frases que rozaban el atrevimiento. ¿Rozaban? No, las cosas como son. Era una atrevida. En sus días en el templo, ésta dejó entrever que podía llegar a ser de ese peculiar modo si le daban pie. Kagome le dio la mano y, como dice el dicho, no dudó en agarrarle el codo. Así de correctita y seria, cuando menos lo esperaba le hacía una broma inapropiada.

—¡Me refiero a tu ropa! ¡Me estás mojando!

—Si te molesta, me la puedo sacar. —contestó con tranquilidad, apartándose. Comenzó a bajarse el Yukata por los hombros y Kagome tuvo una crisis.

—¡Espera, espera, espera! —Sacudió la mano, sonrojada hasta las orejas. Kikyō, extrañamente, se detuvo. Pero no por su pedido. Kagome vio como estrechaba la vista en su cintura poniendo una expresión preocupada.

—Kagome, estás sangrando. —Llevó una mano a su camisa y la levantó, impresionándose en el acto. Tenía la piel abierta en un tajo que arrancaba en el borde de la cintura y terminaba poco antes de llegar al ombligo. Se preguntó cómo no vio antes la mancha de sangre en la camisa. Culpó a la discusión pasada y al arrebato de pasión que la cegó por unos instantes— ¿Qué te pasó? ¿Por qué no me dijiste?

—Um… ¿Porque estoy atada a un árbol? —Kagome levantó una ceja—. A todo esto, diles que me suelten o juro que voy a gritar. No querrás que Inuyasha nos escuche, sabes que puede.

—No lo hará. Lo mandé a otra dirección —contestó Kikyō, pasando los dedos por la herida—. Hay que curarte esto, se va a infectar.

—¿Qué? Espera, ¿a dónde lo mandaste?

—Quién sabe. Está siguiendo a otras serpientes que no lo llevarán a nada.

—¡Ah, con razón nunca volvió! —¿Lo tenía todo planeado? Con lo manipuladora que era, no le extrañaría—. Kikyō…, eso fue malvado. Él está preocupado por ti.

—Nunca dije que fuera buena.

Kikyō continuaba examinando la herida, concentrada. En medio de la tarea, levantó dos dedos. Hizo un giro y las serpientes que la mantenían encerrada se disiparon.

—Vamos adentro.

Kagome miró a la izquierda, luego a la derecha y por último la miró a ella. Se acaloró al encontrarla lamiéndose los dedos. Deslizaba la lengua por los bordes, drenándose de la sangre que consiguió. Parecía estarla disfrutando, como si fuera su banquete favorito.

¿Es un vampiro o qué?

—¿A-Adentro de dónde?

Kikyō se sacó el dedo índice de la boca y señaló la cascada.

—Me estoy quedando en una cabaña que está pasando la cascada.

—Pensé que dormías en los árboles… —comentó Kagome, arreglándose la camisa.

—También. En realidad, desperté en esa cabaña. Supongo que Kohaku me llevó hasta ahí.

—Ah, respecto a eso... Necesito más detalles para contarle a Sango. Él ahora está... vivo, ¿no? ¿A dónde crees que pudo haber ido? ¿Cómo te encontró?, ¿o tú lo encontraste? ¿Y qué hay del fragmento? ¿Aún sirve aunque no tenga luz?

—Había olvidado lo mucho que hablas... —Kikyō le agarró la mano con una sonrisa y empezó a arrastrarla con ella—. Allá te contaré todo lo que sé, vamos.

Kagome se dejaba llevar por su andar; los nervios la seguían como su sombra. Kikyō, para no perder la costumbre, estaba como si nada. Como si no hubieran discutido y como si no la hubiera amarrado a un árbol para besarla de tal manera que aún sentía los labios hinchados.

—Quiero que sepas que sigo enojada por cómo me trataste antes. Usar a las serpientes... Sí que enloqueciste. ¿Qué bicho te picó?

—Tú.

Rodearon la cascada hasta llegar a la parte trasera. A unos pasos más estaba la cabaña. Tal como el templo, se encontraba en unas condiciones deplorables. Era pequeña y tenía la puerta de paja torcida, además de varias tablas de madera descolocadas. Mientras más se acercaban, más la tensión se apoderaba de Kagome. Si fuera de la cabaña pasó lo que pasó, dentro de ella podría pasar cualquier cosa.

—Ni se te ocurra abusar de mí ahí adentro, ¿oíste?

Kikyō giró el rostro hacia ella con una carita inocente que no la dejó muy tranquila.

—Si es consentido, no estaría abusando de ti.

—¡No consentí nada todavía!

—Todavía.

Llegaron a la entrada de la cabaña. Kikyō corrió con la mano la paja que cubría la puerta y la incitó a entrar. Kagome observó los adentros. Sus pies no se movían. Un presentimiento la atacaba: si entraba ahí, no habría vuelta atrás. Tenía ganas de salir corriendo y al mismo tiempo de entrar de cabeza. Quizás estaba pensando de más. Debía estarlo. Tenía que estarlo por el bien de su salud mental.

Kikyō alzó una ceja ante la espera interminable y bufó.

—No voy a hacerte nada. Vamos, entra.

Kagome se recompuso y entró a la cabaña. La herida comenzaba a arderle demasiado, realmente necesitaba que la cure.

—Espero que cumplas esa promesa, bruja.

Kikyō la siguió esbozando una sonrisa cómplice.

—¿Cuándo lo prometí?

Kagome frenó los pies con otra sonrisa. En su caso, una deforme. Escalofríos la recorrieron de arriba abajo y un pensamiento se apropió de su mente. Uno simple, pero concreto.

Mierda.

Esa noche, definitivamente, no estaba transcurriendo como esperaba.

Continuará...


¡Bueeenas gente linda! Mil disculpas por tardar tanto, me perdí en los caminos de la vida. Espero que anden bien y que les haya gustado este capítulo. Prontito les traigo el próximo.

Paso a responder los comentarios:

Chat'de'Lune: ¡Gracias por pasarte, estimada de siempre! Tardé siglos, pero acá estoy. Espero que andes bien. Como siempre, sigo tus consejos musicales y suelo rodearme de música francesa cuando escribo sobre el pulpo Kikyo y Kagome. No sé, les va bien. La cosita entre ellas está avanzando, pero con intervalos, como habrás podido leer. Parece que tienen una adicción a las peleas, una mierda, ¡pero qué divertido es escribirlas! En fin, ¡nos leemos por ahí, estimada! Te mando un beso grande y namasteee para vos.

nadaoriginal: ¡Gracias por leer! Me alegra haber satisfecho tus antojos (? Y sí, Inuyasha ya está bastante colgado entre estas dos, veremos qué pasa cuando la cosa avance. ¡Besos y que andes bien!

Annitabanana: ¡Gracias por leer! ¡Me alegra que el capítulo te haya gustado! Espero que éste también :) Es verdad que ya estamos en la recta final, pero todavía quedan un par de capítulos. ¡Espero que andes bien! ¡Besos!

Guest: ¡Gracias por leer! Me leíste los pensamientos con el temita del baño entre Sango y Kagome. Tenía esa escena escrita hacía un tiempo y cuando leí tu comentario empecé a reír maliciosamente, ¡porque acertaste! Con tantos baños compartidos, ¿cómo no iba a notar ese DETALLITO en Kagome? Quería que al menos alguien del grupo supiera la verdad, ¿y quién mejor que su mejor amiga? Respecto a si Kagome se considera heterosexual o no, nunca lo pensó mucho, digamos que le impactó más el hecho de gustar de "sí misma" por decir de alguna manera jajaja. En fin, ¡espero que andes bien y nos leemos en el próximo! ¡Besos!

Carol G-20: ¡Gracias por leer! ¡Me alegra que la historia te guste! Estas chicas hacen que mis dedos no paren de martillar el teclado, esa es la única respuesta que tengo a tu pregunta de "cómo le hago para escribir todo eso" jajaja. ¡Espero que te haya gustado el capítulo y nos leemos la próxima! ¡Besos y que andes bien!

aleja2005: ¡Gracias por pasarte! Qué alegría saber que estás enamorada de la historia :) Generar eso es mi todo. Perdón por la tardanza, espero poder actualizar más rápido la próxima. ¡Besos y que andes bien!

Ya que estamos en la recta final, me tomo un momento para agradecer todo el apoyo y los divinos comentarios, ¡me dan vida siempre! Nunca esperé tan buen recibimiento tratándose de una pareja crack. Todavía sigo sorprendida. Gracias por estar y por animarse a leer este ship tan poco explorado. Mi idea siempre es expandir el fandom con todas las caras que tenga, y con esto me refiero también a los ships crack. Gracias de nuevo, ¡se lxs quiere! (llora)

Espero que sigan bien, sanitxs y a salvo. Nos leemos en el próximo capítulo :)