Hoooli, ¡volví! Sí, SÍ, como lo leen. No estaba muerta (casi). Miil disculpas por la eterna demora, gente linda! Pasaron cosas, cosas pasaron. Finalmente después de mucho les puedo traer un nuevo capítulo de esta parejita que adoro. Voy a tratar de ser más constante con las actualizaciones, pero no prometo fecha en caso de que la vida, para variar, decida distraerme con responsabilidades y cosas varias. Lo que sí aseguro es que esta historia se va a terminar aunque tenga que escribirla con los pies (? En sí, está llegando a su fin. Quedan pocos capítulos.
Quiero agradecerles de corazón por la paciencia y los hermosos comentarios que me dejan. ¡Me dan vida! Los mismos, como siempre, serán respondidos abajo de todo :) De verdad, muchas gracias por el apoyo y me disculpo de nuevo. Suelo caer en hiatus, es medio mi marca, pero admito que esta vez me zarpé jajaja. Ya está, podemos proseguir. Necesitaba sacar el amor del pecho.
Los dejo con el capítulo. Espero que compense un poquito la espera y que lo disfruten! :)
Contigo
Todas las neuronas de Kagome trabajaban arduamente en la orden que les dio ésta última: calmarse. Por culpa de las actitudes provocativas de Kikyō, la tarea estaba costando lo suyo. De a poquito, con paciencia, iban consiguiéndolo. Y justo cuando Kagome se disponía a relajar los hombros y las neuronas a festejar el éxito de su trabajo, una imagen la desquició de nuevo generando un corto circuito. Una que involucraba los pechos desnudos de la sacerdotisa.
—¡¿D-De verdad vas a abusar de mí, bruja?!
Kikyō frenó las manos en seco. Se estaba quitando el Yukata por los hombros.
—Solo estoy cambiándome. Tengo la ropa mojada, ¿recuerdas? —Se agachó para agarrar su traje de sacerdotisa del suelo. Comenzó a vestirse con calma— ¿Por qué estás tan nerviosa? Estaba bromeando antes.
Kagome se achicó en el lugar; una manta en el suelo que le había ofrecido Kikyō. Moría de vergüenza con ese cuerpo desnudo moviéndose agraciado frente a ella. Que le afectara tanto le jodía la existencia.
—¡Con esa cara de nada que tienes nunca sé cuándo estás bromeando y cuándo no!
—¿Cara de nada…? —Kikyō levantó una ceja acomodándose bien el cuello de la ropa y se arrodilló a su lado—. Al menos yo no soy un libro abierto como tú. Es muy fácil leerte con todas las caras que haces, Kagome. —La señaló, burlona. Kagome infló los cachetes— ¿Ves? Ahí va de nuevo.
—¡Pues lamento ser tan expresiva! Si tanto te molesta mi cara, no la mires.
Kikyō le sonrió suave.
—Me gusta tu cara, podría mirarla todo el día.
Por un instante, solo por un instante, Kagome extrañó a la vieja Kikyō. A esa bruja malvada que ni le pasaba la hora y que siempre la observaba por encima del hombro. Irónicamente, era más fácil tratar con ella. Su presente, en cambio, era todo un desafío. Se sentía intimidada por su persona, nerviosa por la facilidad con la que se explayaba. En su estado actual no podía resistir ni un solo halago sin entrar en crisis. Era consciente de que estaba actuando como una idiota y hacía un esfuerzo por no ser una. Todo es culpa de Kikyō, se excusaba. Aún se sentía anclada a ese árbol, atacada por sus labios, quienes la habían besado con una pasión algo dominante que provocó un vuelco en su corazón. Para rematarla, Kikyō estaba entera comparada con ella. Con una expresión pacífica arrojaba leña al hueco que yacía en el suelo para preparar la fogata. Era de noche, hacía frío, y a Kagome le molestaba que no se sintiera como ella, que hiciera caso omiso a la batalla interna que libraba. No la juzgaba sin pruebas. Si la sacerdotisa estuviese igual de nerviosa literalmente lo sentiría. Cuando ambas sentían lo mismo sus almas se conectaban de inmediato como si colisionaran entre ellas. Era una sensación extraña en la que sufrían una especie de invasión, pues percibían todo de la otra. Más de una vez sucedió, hoy no estaba sucediendo. Kagome era la única al filo de la navaja.
«Me gusta tu cara… Y lo dice con tanto descaro»
—Entonces, te gusta tu cara —mencionó con los ojos en el fuego. Poco a poco se avivaba, sombreando las paredes de la cabaña. Kikyō arrojó una última leña a la fogata y la miró.
—Supongo. Nuestros rostros se parecen, eso es inevitable. Eres mi reencarnación, después de todo —le dijo, llevando una mano a su camisa. La levantó para ver la herida—. Hm, se infectó un poco.
—¿En serio? —Kagome se miró el abdomen. El tajo que nacía en el borde de la cintura y terminaba cerca del ombligo estaba tomando un color amarillento— ¿Qué tan grave es?
—Digamos que vas a morir lenta y dolorosamente. ¿Últimas palabras? —Kikyō acercó la mano a su abdomen riendo por lo bajo. Kagome no tardó en sentir una energía amable que venía envuelta en un resplandor violáceo. Ésta se desprendía de la palma de Kikyō y se fundía con su piel, calentándola. Se quedó observando cómo la curaba, pensativa.
—¿Crees que somos unas ególatras por gustarnos?
La sacerdotisa vio hacia arriba, tropezándose con sus ojos. Despedían cierta inquietud.
—Quizás, pero esa teoría no me satisface. Tu apariencia no es lo único que me gusta, Kagome. Esto también. —Puso una mano en su pecho—. Tu corazón... Eso es lo que más me gusta y lo que nos diferencia.
Kagome apoyó las manos en el suelo, evitando sus ojos. Hoy carecían de impurezas. Eran honestos y blandos, la destruía con ellos.
—Igual… yo no te veo muy parecida a mí, Kikyō.
—Lo mismo digo.
—En sí, no me gusta que me comparen contigo.
—Estamos en la misma página.
—¿A quién le gustaría ser comparada con una bruja malvada? —alardeó en broma. Kikyō achinó los ojos y agarró un pedacito de piel con los dedos. La pellizcó.
—¡Auch!
—Cuida lo que dices, mocosa.
—No quiero. —Kagome le sacó la lengua. Un acto infantil que antes, mucho antes de entrenar juntas, quizás hubiera ocasionado una arruga en la frente de Kikyō. Pero ésta ahora no hacía más que dedicarle una sonrisa cómplice. Los "malos tratos" se habían convertido en juegos infantiles hacía tiempo.
—Quédate aquí, voy a buscar unas hierbas al bosque. —Comenzó a ponerse de pie. Kagome la seguía con una vista curiosa.
—¿Con tu poder no es suficiente?
—Lo es, pero eso no impedirá que te arda por la infección. La hierba te va a ayudar con el dolor. —contestó, corriendo la paja de la entrada.
Kagome cruzó las piernas cual indio y se vio la herida. Ya no existía, pero era verdad que todavía dolía un poco.
—Oh, por cierto. —Kikyō se volvió a ella antes de salir—. Acabas de decir que te gusto, ¿es eso un permiso?
—¿Permiso? ¿Permiso de qué?
Kikyō le sostuvo la mirada un momento y cerró los ojos con una sonrisa.
—Supongo que cuando vuelva lo averiguaré.
Se fue, dejándola con la curiosidad a flote.
—¿Permiso? —Se repetía Kagome, rascándose la cabeza. Y como si con ese movimiento removiera a las neuronas, entendió la indirecta. Y los ojos saltaron— ¡Oh no, la cagué! ¡Soy una idiota! —Estampó los puños en la manta con una expresión dura. Los nervios que con mucho esfuerzo había sosegado resurgían de nuevo, quemándole el estómago—. E-Espera, debo calmarme. Solo soy una niña inocente, ella lo sabe. No creo que ahora venga de la nada a comportarse como una abusadora. —Algo en el razonamiento no la convenció— ¡Lo hará! ¡Definitivamente abusará de mí! ¡A ésta época no le importa en lo más mínimo la diferencia de edad!
Se tapó la boca, hiperventilando. Si Kikyō la había besado como la besó, ¿por qué se contendría de seguir adelante? Después de todo, Kagome le correspondió el beso. Refunfuñando por la vergüenza, pero lo hizo. Quizás ella tomó eso como una aceptación anticipada, un pase de ida sin vuelta. Problemas, se veía en grandes problemas. Quería gritar, caminar por las paredes como una histérica. Apenas sabía lo que era el placer, menos sabía darlo. Temía no poder seguirle el ritmo.
«Espera, ¿por qué me estoy planteando el seguírselo? ¡Solo debo decirle que no!»
«¿Pero quieres decirle que no?»
Una voz maliciosa se asomó detrás de su cerebro, paralizándola.
«No te engañes... La deseas tanto como ella a ti»
Kagome tragó pesado y se tocó las mejillas. Ardían.
«¿Acaso no estuviste a punto de masturbarte pensando en ella? ¿Qué me dices de eso?»
—¡Eso fue…!
«Un signo de deseo»
No había argumentos para contradecir a esa vocecita traidora que sonaba como ella. Mientras más pensaba alguno, más una fantasía no autorizada se creaba en la mente. Su cuerpo fue atentado por un estremecimiento al imaginarse desnuda junto a ella.
«Mierda»
En efecto, la deseaba.
—De qué sirve mentirme a esta altura.
Se refregó la cara, suspirando. El deseo no era el problema, en realidad. Eso lo tenía más que asumido desde que, extrañándola horrores cuando se separaron, empezó a tener ciertos sueños con ella. El tema pasaba más por... ¿el miedo a la primera vez? Podría decirse. La inseguridad, los nervios que generan desnudarse en más de un sentido frente a otro ser humano. Un contacto estrecho que no solo deja expuesto a tu cuerpo sino también al corazón.
—Quería que me viera como una mujer, pero esto… No sé si estoy lista.
La paja de la entrada se sacudió de golpe. Kagome ensanchó los ojos, pálida.
—¿¡Por qué volviste tan rápido?!
Kikyō levantó las cejas por el súbito recibimiento. Señaló el exterior.
—La planta que necesitaba estaba cerca…
—¿No podía estar más lejos? Todavía no estoy lista... —Kagome inclinaba el rostro con una mueca preocupada. Kikyō la veía sin comprenderla. ¿Lista?, ¿lista para que le aplique la savia de la planta? No se le ocurría nada más.
—¿Tanto te duele?
Lo único que escuchó Kagome fue "dolor". Y eso le hizo volverse a ella con una carita asustada.
—¡¿Va a doler?!
—Quizás te arda un poco. No te preocupes, voy a hacerlo despacio.
—¿Ah? Tú ya… ¿Ya hiciste algo como esto?
Kikyō asintió.
—Claro que sí. Ya lo sabes, me dedico a esto.
—¡¿Te dedicas?! —Kagome se fue hacia adelante con los ojos de piedra—. Pero si me dijiste que nunca habías hecho nada… ¡Eres una mentirosa! Y yo que me sentía especial.
Kikyō comenzaba a perderse. Miraba con desconcierto a esa chica que, por alguna razón, ahora estaba enojada, pues no quería verla a los ojos. Cabizbaja y de mala gana, farfullaba.
—No puedo creerlo… ¿Acaso cobras también?, ¿vas a cobrarme a mí?
El tonito cínico con el que le hablaba era, definitivamente, muy molesto. Pero Kikyō respiraba hondo e invocaba a la paciencia. Ya habían pasado por una discusión importante, no era la idea repetir el pasado.
—Kagome, ¿me parece a mí o estamos hablando de cosas diferentes?
Kagome la espió de reojo.
—¿De qué estás hablando tú?
—De esto. —Kikyō estiró la mano con la hierba. Kagome clavó las pupilas en la planta con la sangre subiendo rápidamente por las mejillas.
—Ah... Ja, ¡ja ja! —Se llevó una mano a la cabeza riendo como una desquiciada. Kikyō la observaba con su mejor cara larga. ¿Qué podía haber pasado en esos míseros cinco minutos en que se ausentó como para que enloqueciera tanto?—. O-Olvida lo que dije, ¡acá no pasó nada!
—Ni se te ocurra, ahora me dirás qué clase de fantasía tuvo esa cabecita tuya. —Kikyō se agachó y clavó un dedo en su frente— ¿Dijiste que cobraba? ¿Acaso te referías a lo que estoy pensando? —le preguntó, dándole empujoncitos con el dedo. Kagome sacudió las manos con nerviosismo.
—¡No, no! ¡Fue un malentendido!
—¿Y entonces? ¿Por qué enloqueciste?
—¡Porque…! Porque dijiste que… Permiso, eso. —musitó, corriendo la cara.
—¿Permiso? —Kikyō hizo memoria y entonces comprendió todo. Bufó. Esa niña es el colmo, pensaba— ¿Te creíste lo que dije? Kagome, no voy a hacerte nada. A esta altura ya deberías saber que lo que digo son solo amenazas vacías. —Le sonrió, acariciándole la cabeza—. Me gusta verte nerviosa, eso es todo.
Una sensación de alivio llenó a Kagome ante lo escuchado, pero también una de rotundo fracaso. «¿Entonces no te gusto tanto como dices? ¿No quieres hacerlo conmigo?, ¿no soy suficiente mujer para ti?», se preguntaba sumida en la decepción. Histérica como ella sola. Y aunque quería gritar a los cuatro vientos ese sentimiento pesimista que le cerraba el pecho, se contuvo. Lo único que conseguiría al hacerlo sería resaltar la sonrisa guasona que tenía frente a sus narices.
—Empieza a practicar tu cara si vas a seguir bromeando, casi me infartas.
—Estás exagerando.
—¡Sabes que soy exagerada!
—¿Tanto rechazo te provoco? Si lo que hubiera dicho fuera verdad… ¿acaso me hubieras rechazado?
Preguntó y entonces el ego de Kagome volvió a su lugar, allí, vanidoso. Pero también reapareció el temor. Más no temor por Kikyō, sino por ella misma. Arrugó los labios, poniéndose tensa. Kikyō permanecía mirándola, esperando una respuesta que no iba a llegar. Bufó y le entregó la planta.
—Ten, póntela tú misma si tanto miedo me tienes.
Se fue a una esquina de la cabaña y se sentó contra la pared. Kagome la observaba con un sentimiento amargo floreciendo. Bien, quizás había exagerado un poquito.
—Perdón…, no quise hacerte sentir mal —le dijo, meciéndose de adelante hacia atrás—. Últimamente mis emociones son un desastre.
Kikyō colgó un brazo en la rodilla. Tenía la vista fija en el suelo.
—Está bien. Supongo que esto es mi culpa, hoy te asusté. No fue mi intención, solo…
—¿Solo?
Ella fue levantando los ojos de a poco. Kagome se entumeció cuando en ellos vio una profundidad que, además de ser hipnótica, le resultó inquietante. Peligrosa.
—No quería dejarte ir.
Y ahí estaba esa malvada mujer, sacudiéndole el corazón de nuevo. Reforzó el agarre en la planta. Las palpitaciones aumentaban deprisa, provocando que le costara respirar.
«Ah… Vas a matarme»
Estiró las manos con la planta en una muda petición. Kikyō las detalló y luego la miró a los ojos.
—¿Segura?
Kagome asintió repetidamente. Kikyō se levantó y fue hasta ella. Se arrodilló a su lado y le quitó la planta de la mano. Comenzó a presionar las hojas para sacarle el jugo. Habiendo extraído lo suficiente, le subió la camisa y empezó a pasarle la savia por la herida.
—Como dije, te va arder un poco.
—Sip, ya lo estoy sintiendo. —Kagome entrecerraba un ojo mientras la mano de Kikyō iba y venía por su abdomen.
—¿Cómo te hiciste esto?
—Básicamente me llevé puesta una rama cuando tu serpiente me pegó un buen susto.
—Ya es tuya, te quiere más que a mí.
—¿Tú crees? Debería ponerle un nombre, entonces. —Estiró el cuello hacia atrás, pensando un nombre en el techo— ¿Midori? No es tan blanca como las demás, es medio verdecita.
—Y desobediente. En vez de darme almas se va a jugar contigo. —Kikyō sonrió de lado, quitando la mano de su abdomen—. Ya está, con esto dejará de doler.
Se puso de pie y volvió a la esquina donde antes se encontraba sentada. Sí que se había tomado sus palabras muy a pecho, pensaba Kagome.
—Oye…, no hace falta que te alejes tanto.
—Si me quedo acá no corres ningún peligro, ¿verdad? —Se burló. Kagome estrechó los ojos.
—¡No te tengo miedo!
—¿Oh? ¿Es así? Entonces… —Kikyō señaló su costado con el índice—. Ven aquí.
Kagome juntó coraje y lentamente se levantó. Su nueva meta era recuperar la dignidad que perdió con la escenita que hizo y para ello era necesario apagar el "modo idiota".
Caminó hasta ella y se sentó a una considerable distancia que la sacerdotisa observó con una ceja en alto.
—Más cerca.
Kagome apretó las rodillas entre sí con unos molestos nervios que le revolvían el estómago. En un saltito se acercó. Kikyō analizó muy detenidamente su estado y, como si quisiese empeorarlo, pasó un brazo por detrás de sus hombros. La arrimó hacia ella hasta quedar hombro con hombro.
—¿Y? ¿Me tienes miedo?—le preguntó al oído. Kagome negó histéricamente con la cabeza, haciendo que riera en un murmullo.
—Dios... Eres peor que el monje Miroku.
—¿Es eso un insulto?
—Lo es.
Kikyō pasó la vista a la fogata con indiferencia.
—Solo quiero aprovechar el tiempo contigo antes de que vuelvas.
—Ah, respecto a eso..., aún tienes que contarme sobre Kohaku y el fragmento que usaste para salvarlo. ¿Qué pasó con eso?, ¿quedó inservible? ¿Y por qué estabas con Kohaku?, ¿tú lo buscaste o él te encontró?
—... ¿Podríamos hablarlo en un rato?, ¿o tienes que volver ya?
—¿Eh? No, no realmente. No sé. —Kagome apartó los ojos, tropezándose con la paja de la entrada. Meneaba lento por el viento de las afueras—. Me fui sin avisarles, eso es lo único que me preocupa.
—Mandaré a una de las serpientes para que sepan que estás aquí, ¿eso te dejará tranquila?
¿Eso te hará quedarte más tiempo?, escuchó Kagome. Y no pudo decirle que no. Asintió.
Kikyō levantó la mano libre y apuntó dos dedos a la entrada. La punta de estos se iluminaron y un chillido se escuchó en las afueras. Kagome lo reconoció.
—¿Midori?
—Sí, ella les entregará mi mensaje.
—Ya veo... Gracias.
Kikyō cerró los ojos y la apretó más a su cuerpo por el hombro.
—Ahora no tienes excusa, te quedarás conmigo toda la noche. Ha pasado tiempo desde que dormimos juntas, y debo admitir que... —Esbozó una sonrisa tenue—... extrañé tu calor.
Kagome ojeó esa mano blanca que le acariciaba el hombro con el pulgar. La calmaba, incluso aunque ahora estuviese sentenciada a pasar la noche con ella. Imposible no sentirse protegida a su lado. Siempre era así. Un solo toque de sus manos, una sola mirada, y ya se sentía a salvo. Kikyō siempre llevaba ese aire de grandeza a todos lados, pero hoy se lo dedicaba solo a ella.
—¿Siempre fuiste así de sincera? Es decir, cuando tienes las cosas claras. —le preguntó en voz baja.
—Si las tengo claras, sí. No me gusta perder el tiempo.
No era difícil identificarse con ella. Cuando Kagome finalmente aclaró sus sentimientos por Inuyasha, fue a encararlo con valentía sabiendo que no sería correspondida. Es que tenía esa necesidad de sacarlo de su pecho, de vaciar ese sentimiento agridulce. Sin embargo, este caso era diferente. Lo que sintió alguna vez por él no se comparaba a lo que ahora estaba sintiendo. Este sentimiento le hacía ver todo distinto; el cielo, el bosque, sus amigos, ella misma, lo que fuere. Los sentimientos por Kikyō se expandían desde su pecho hacia afuera transformándolo todo. Era como si le hubiesen reemplazado los ojos por otros; unos profundos y coloridos. Todo se sentía tan fuerte, tan vivo. Le costaba manejar esa intensidad que últimamente venía acompañándola. Un consuelo era saber que no era la única que se sentía de esa manera.
—Aún no entiendo qué viste en mí, Kikyō.
—La verdad, yo tampoco. —Kikyō giró el rostro hacia ella con una expresión socarrona—. Hay muchas cosas que podría mencionar, pero, conociéndote, igual no te despejarían la duda. —Hizo una pausa, buscando las palabras correctas—. Entonces, diré esto: tu forma de ser se adecua perfectamente a mí. Es así de simple. Nos complementamos. En otras palabras, me sirves. Y yo te sirvo a ti, Kagome.
Le hizo reír por dentro. Una respuesta mecánica, no esperaba menos de una persona que vivió como un robot toda su vida.
—¿No es eso un poco frío?
—¿No son así las relaciones humanas? Dar y recibir. ¿Quién querría quedarse sin recibir nada? Si alguien acepta ese trato, carece de amor a sí mismo.
—Suena mal, pero es cierto. Ah… —Kagome soltó un suspiro y se animó a descansar la mejilla en su hombro—. Entonces, supongo que alguien tan fría como tú no cree en el amor a primera vista.
—Ja. —Kikyō sacudió la cabeza como si hubiera dicho una estupidez—. El amor a primera vista no sigue orden ni razón. Claro que no creo en él, es una fantasía. Una mentira. —Apoyó el mentón en su cabeza. El aroma de Kagome ingresaba lento por su nariz, aturdiéndole los sentidos. Suave, floral. Embriagador como siempre—. Supongo que alguien tan infantil como tú sí cree.
Kagome meditó antes de responder.
—¿Sabes? Extrañamente no, no creo en él. Antes de Inuyasha nunca me gustó ningún chico, pero tenía ganas de que me gustara alguno. Veía a mis amigas saliendo con ellos y..., ya sabes, me daban ganas. Digamos que pensaba que así aprovecharía mejor mi juventud. Pero ahora, después de haber pasado tantas aventuras aquí, entiendo que solo fui engañada por el mandato de la sociedad.
—¿Mandato?
—Enamorarte, casarte, tener hijos… Eso es lo que me inculcaron toda la vida y parece ser que no eres nada si sigues otro camino. Yo... no quería que ese camino definiera mi vida. Hoy lo sé.
Kikyō entrecerró los ojos. Melancolía emanaba de ellos. El punto planteado no le era indiferente.
—Cuando aún me encontraba con vida, veía a las demás mujeres vivir su juventud con gracia y sin preocupaciones. También me daban ganas de ser como ellas, de dejar de ser la guardiana de la perla de Shikon y ser solo una mujer ordinaria. —Comenzó a decir con los ojos fijos en la fogata, como si allí estuviera viendo las memorias pasadas. Kagome la miraba a ella, sosteniéndole la mano que colgaba en su hombro—. Inuyasha era esa posibilidad. Pensé que podría ser una mujer normal a su lado y amarlo hasta el fin de mis días. Sin embargo, como sabes bien, eso nunca sucedió.
Kagome pasó la vista al suelo. Prefirió no acotar nada sobre Inuyasha, tampoco sobre su vida pasada. Era la primera vez que Kikyō se abría ella sin necesidad de preguntarle.
—Lo que tú llamas mandato… era de verdad un deseo para mí. Yo siempre quise tener una vida ordinaria, aburrida de algún modo. Eso… ¿te decepciona? A alguien tan aventurera como tú.
—¡Claro que no! —Kagome negó con la mano—. Cada quién puede desear lo que quiera. Las dos tuvimos vidas muy diferentes, es normal que tú desees eso y que yo haya deseado todo lo contrario.
—¿Normal? —Kikyō subió una comisura—. Luego de todo lo que pasamos juntas, me pregunto qué es la normalidad.
—Un grupo al que tú y yo no pertenecemos, eso está claro.
Kikyō la miró. Kagome le sonreía con picardía.
—Tú y yo somos jodidamente raras, Kikyō. —Puso un dedo en su nariz—. Vamos al revés del mundo. Al principio me costó aceptar eso, lo admito, pero ahora me gusta. Creo que nos hace especiales. Nadie puede habitar este mundo, es solo nuestro.
Una sonrisa abierta nació en la sacerdotisa. Sonreía de corazón. Siempre se sintió un bicho raro y eso le daba tristeza, puesto que era ignorada por los demás ya sea por su belleza impactante, que provocaba envidia en las mujeres y pavor en los hombres, o por ser la guardiana de la perla de Shikon. Su personalidad, distante y reservada, la alejaba aún más de la sociedad. Su único apoyo era Kaede, pero ella era solo una niña, por ende, no le contaba sus preocupaciones. Al final del día, siempre estaba sola. Pero ahora alguien más la acompañaba en ese camino empedrado. No era la única extraña, Kagome también. Y eso lo cambiaba todo. Ser extraña ya no era sinónimo de tristeza sino de felicidad.
—Jodidamente… raras.
Kagome se echó a reír.
—Creo que es la primera vez que te escucho decir una palabrota. Te queda bien.
Los ojos de Kikyō se iluminaron.
—Jodidamente.
—Sip, eso dije.
—¡Jodidamente! —exclamó, acercando el rostro. Kagome levantó las manos con una sonrisa tensa. Era como si Kikyō estuviera diciendo su primera palabra, emocionada como un bebé.
—Sí..., ya entendimos el concepto.
Kikyō regresó la espalda a la pared manteniendo la emoción en los ojos. Poder expresarse con libertad sin ser juzgada, pero sí felicitada, era una sensación única. Kagome, no ajena a ese rostro feliz, cayó en la tentativa de admirarlo. Pasaba los ojos por esos rasgos finos con los que fue bendecida esa mujer; las pestañas largas, esa boca carnosa y rosada que despertaba al hambre, unos ojos profundos y ya no tan serios, la tez blanca y suave, el cabello largo y negro… El calor se incrustaba en las mejillas debido a esa extravagante belleza que más de una vez la dejó tildada. Esa mujer era una muñeca japonesa, la más hermosa que vio en su vida. No obstante, tal como Kikyō, lo que creía más hermoso era su corazón, aquel que le daba forma a todo lo demás.
—Creo que… al final el mandato sí me alcanzó —comentó, llamando su atención—. Es decir, contigo. Quiero estar… contigo. —Agachó la cabeza para que no viera su sonrojo. Pero Kikyō lo vio, siempre la veía. No se perdía un solo detalle de su persona. Debajo de ese flequillo ondulado se encontraba una niña tímida que le aceleraba las palpitaciones—. Entiendo que no pudiste cumplir tu meta antes, ¿pero qué hay de ahora? A pesar de tu situación, ahora de algún modo eres libre, Kikyō.
—Sí…, quizás lo soy. —Kikyō agarró su cabeza y la llevó al hombro. Pasaba los dedos por su cabello, tranquila—. Soy libre de odiar tanto como de amar, pero esa no es la razón por la que agradezco haber vuelto.
Kagome levantó el rostro. Kikyō bajó el suyo con una sonrisa.
—Gracias a que volví pude conocerte. Ese es mi mayor regalo, Kagome. No fue una coincidencia este encuentro. Mi destino…, estoy segura, era conocerte.
Todas las defensas altas, que Kagome con mucho esfuerzo sostenía, se cayeron. Esa frase taladró hondo hasta tocarle el corazón. Arqueó las cejas con un sentimiento pesado insertándose en el pecho y tuvo una necesidad de acortar la distancia, de romper ese muro que ella misma se había impuesto por miedo a no ser suficiente.
—Kikyō…
Kikyō entornó los párpados cuando le sujetó la mejilla y plantó un pequeño beso en sus labios. No llegó a cerrar los ojos. Kagome se desprendió así de rápido cómo la besó y cual gato agazapado se movió para acomodarse entre sus piernas.
—¿Puedo quedarme así un rato?
La mayor veía enternecida esa espalda menuda, esa cabeza baja que le daba vergüenza levantar. Sonrió. Kagome era, de verdad, una maldita ternura. Estiró los brazos y la arrimó a su cuerpo por el abdomen.
—Puedes quedarte el tiempo que quieras, Kagome.
Kagome se dejaba alimentar por ese abrazo que Kikyō reforzaba conforme pasaban los segundos. La sentía tibia detrás suyo. Quería darle calor, calentar su piel con la propia. Allí, rodeada de un aroma a jazmines, de pronto se sentía blanda, cansada de luchar contra los deseos que venía encerrando. Ese único abrazo actuaba de sedante pero a la vez la exasperaba. Aquella mezcla de sentimientos, ese ardor constante en el estómago, era una prueba de que se encontraba al límite, quisiera aceptarlo o no.
—Perdóname, te tildé de abusadora pero al final soy yo la que… La que… —No pudo terminar, la vergüenza la calló. Kikyō la miraba con calma.
—Kagome, no quiero que te sientas presionada cuando estás conmigo. Tenerse así es más que suficiente para mí. —Le besó la cabeza, luego debajo de la oreja y apoyó el mentón en su hombro. Se quedó así, protegiéndola en aquel abrazo que a su aprendiz derretía.
Guardaron silencio. Uno que Kikyō acompañaba jugando con una de sus manos. Las refregaba entre sí en sutiles caricias, entrelazaba sus dedos con un cariño que le llegaba a la otra. Kagome la seguía, acariciando la suya, observando ensimismada la unión. Sus manos encajaban tan bien, se sentía tan bien ese simple roce. Nunca pensó que el toque inocente de una mano podría inducirla a un sentimiento desbordante. Viendo aquella unión, se sentía enamorada. Tan enamorada de ella que costaba callar al sentimiento. Iba a explotar. Una intensa energía comenzaba a subir por su cuerpo a pesar de que esa caricia era la más tierna alguna vez recibida. Estaba inquieta, ansiosa. Su ser deseaba a esa mano que jugaba con la suya, a la otra que se deslizaba por el vientre, a esos labios que pasaban por su cuello en dóciles besos. Su agradable olor, los pechos que descansaban en la espalda…
«Ah… Esto está mal. Me siento rara»
Agarró la mano en su vientre queriendo llevarla a otro lado, a ese que continuaba ardiendo desde que Kikyō la besó en el árbol. No..., desde que se despidieron allá en el templo. Pensó en quitarla para salvarse a sí misma de la perdición del deseo que, al serle inexperta, no sabía cómo soportar y menos cómo afrontar. Pero el bienestar de su tacto no podía ser ignorado, la incitaba a perderse en ese deseo que intentaba controlar sin éxito. Al final dejó a esa mano en paz, pero sin pensar terminó llevando la suya a la mejilla de Kikyō, quien parpadeó al sentirla.
—Ya no puedo… —musitó cerca de sus labios. Kikyō miraba los suyos con una emoción creciente en el pecho—. Soy yo la que ya no puede más, Kikyō.
Y entonces la besó. Kikyō se mostró sorprendida al principio, pero no tardó en relajar la frente y corresponderle con un hambre que trataba de sosegar. Pasaba la mano por el borde de su cintura, movía los labios sobre los suyos con el mayor cuidado posible, como si presionarlos de más significara romperlos. Los separó, asomando la lengua, y la adentró en su boca. Kagome suspiró al sentirla y la mano que le sostenía la mejilla se trasladó al cabello. Dobló los dedos allí, enredándose con su lengua, ronroneando en el beso. Kikyō abrió los ojos con el deseo tocando fondo. Una alerta resonaba en la cabeza y se desplazaba por el cuerpo en un cosquilleo.
—Kagome, espera…
Kagome no quería esperar. La besaba cada vez más apasionada, no la dejaba respirar. Kikyō sufría la angustia de una excitación que se acentuaba en la pelvis, allí donde el trasero de su aprendiz presionaba. Tenía ganas de llevar las manos a sus caderas y apretarla contra ese punto sensible que comenzaba a palpitar, pero se contenía.
—No creo que…
—Solo un poco… —La calló Kagome en sus labios. Kikyō arqueó las cejas y se separó con falta de aliento.
—Un poco… No puedo hacer eso, Kagome. Si seguimos… no creo que pueda detenerme. Ya no.
Kagome la miraba con un rubor intenso en las mejillas. No había nada en su cabeza más que esa bella sacerdotisa que le devolvía la mirada con una suplicante. El miedo de sí misma, el terror de ser descubierta en más de un sentido, ya no existía. Todo se había esfumado al estar entre sus brazos.
—No quiero que te detengas, Kikyō. Quiero… sentirte más.
Dijo las palabras mágicas y los ojos de la implicada enrojecieron. No podía evitar la emoción de ser correspondida, de no ser la única enamorada. Kagome se estaba entregando a ella sin objeciones, sin dudas ni reparos. ¿Cómo negarse a esos ojos que le rogaban hacerla suya? Que le miraban los labios queriendo volver a ellos. El deseo que tenía por su aprendiz era tan grande, tan grande, que temía que la devorara viva.
—¿Estás segura?
Kagome asintió con una sonrisa amena que, luego de un momento de reflexión, fue regresada por igual. Kikyō deslizó los dedos por su mandíbula y se acercó a sus labios. Los rozó como si fueran un tesoro.
—Quizás sea un poco torpe, esta será mi primera vez. Mi primera y quizás… última vez.
Un sentimiento amargo le cerró la garganta a Kagome. No quería que fuera la última, no quería que ella desapareciera. Quería seguir conociéndola, seguir a su lado. Protegerla. No era justo, la historia de ellas no era justa. ¿Enamorarse para luego perderla tan rápido? ¿Aceptar la inminente separación sin dar batalla? ¿Ese era su destino?, ¿solo quedaba aceptarlo?
«No…, lucharé por ella hasta el final»
Le acarició la mejilla con unos ojos entregados. Kikyō sonrió contra su palma y la besó.
—Entonces… será nuestra primera vez.
Kagome la impulsó por la mejilla y volvió a sus labios, los cuales se abrieron enseguida permitiéndole la entrada. Sus rostros se movían acompasados en el beso, las lenguas se degustaban jugando dentro de la boca. Giraban y giraban, se deslizaban entre ellas en húmedos roces. Era un beso anhelado, libre de las ataduras que antes sentían. Kikyō se perdía en ella, la exploraba a su antojo como siempre quiso hacer. Rodeó su cintura con un brazo y la arrimó más a su cuerpo. Consideraba una adicción la necesidad de tenerla cerca, de tocarla y ser envuelta por su calor.
—Kagome…
Kagome enderezó el rostro cuando los labios de Kikyō se resbalaron por la mandíbula para ir al cuello. Sus ojos se perdían en la fogata mientras ella lo besaba. Sentía unas suaves cosquillas que subían y bajaban por su piel. Ella escoltaba aquellas caricias con una de sus manos, que trepaba por su cintura. La entumecían esos dedos fríos.
—Hueles tan bien…
La escuchó murmurar en la nuca. Navegaba los labios por ella, bajaba por la curva del cuello. Estiró un poco su camisa, descubriéndole un hombro, y lo besó con adoración. Kagome se sintió desfallecer.
—Y eres tan linda, tan dulce… Me vuelves loca. —Su voz iba adquiriendo un tono bajo, ronco. Kikyō parecía estar alejándose de allí, aterrizando en otro lugar donde no existía la cordura. Kagome se excitaba de solo escucharla. Nunca se imaginó que sus sentidos pudieran llegar a ser tan sensibles. Culpó a quien le dejaba rastros húmedos en la piel. Solo ella podía llevarla a otro nivel sensitivo utilizando únicamente la voz.
Kikyō lamió despacio la piel de su cuello y luego la succionó. Kagome se mojó los labios tratando de sostener la euforia que la atacaba. No podía desarmarse así de rápido, recién habían empezado. Pero es que esos labios y lengua eran tan fríos, y se sentían tan bien. La dopaban, se fundían con su calor. Kikyō sujetó su barbilla y la giró hacia sí para besarla. Esta vez con más pasión que ternura, entró a su boca y empezó a jugar con su lengua mientras subía por el abdomen debajo de la camisa, ansiosa por encontrarse con algo que no hace tanto le era prohibido. Kagome dejó escapar un suspiro cuando sus dedos, sigilosos, treparon por uno de sus pechos y lo presionaron por encima del sujetador. Comenzó a masajearlo lentamente de adentro hacia afuera. Kikyō la estaba tocando y de esa forma íntima… Le parecía incoherente pero a la vez natural. Un magnífico desorden.
Kikyō abandonó sus labios con una sonrisa tenue y agarró la camisa por los bordes. Kagome conocía su deseo. Levantó los brazos y permitió que se la quitara por la cabeza. De pronto un fresquito le erizó la piel. No era solo por el cuerpo helado que yacía detrás de ella, sino también por la impresión de estar desnuda en todos los sentidos posibles. Verse así, solo con el sujetador rosa, resaltaba ese momento íntimo. Lo volvía aún más real y generaba ansiedad por el futuro.
—Ahora sí estoy en problemas —murmuró Kikyō contra el borde de su oído, llevando los dedos al gancho que se encontraba adelante—. Los sujetadores de tu época son muy extraños. —En un intento de desabrocharlo, movió los dedos cual chasquido y un "¡click!" se escuchó—. Oh, fue más fácil de lo que pensé.
Kagome soltó una risita.
—Es cuestión de prác… tica. —Quiso lucirse, pero no llegó a hacerlo. La sacerdotisa comenzó a separar ambas partes del gancho, aflojando el sujetador. Sus pechos rebotaron frente a sus propios ojos. Otros, más hambrientos, atajaron cada sensual movimiento desde lo alto.
—¿Qué decías?, ¿práctica? —inquirió Kikyō, bajándole los breteles por los hombros con una lentitud que parecía malvadamente planeada. Llevó las manos a sus pechos y los apretó con suavidad, como si estuviera protegiéndolos. Por fin podía tocarla a su gusto. La sensación de esa piel esponjosa superaba a cualquier fantasía que pudo haber tenido en el pasado.
Kagome cerró los ojos. Ya no podía responder. Si hablaba escaparía otro sonido en vez de palabras. Las manos de Kikyō agarraban sus pechos por debajo. Los amasaba hacia adentro despacio y luego los apretaba, hundiendo las yemas en esa piel sensible. Kagome respiraba pesado, le costaba quedarse quieta. Buscando un sostén, colgó los brazos en esas piernas que la encerraban y se aferró a ellas. Kikyō la veía con una sonrisa que era incapaz de borrar. Quería más, mucho más de esas expresiones. Atajó con los dedos uno de sus pezones rosados y presionó un poco. Muy poco, pero lo suficiente como para que su aprendiz emitiera el primero de los muchos gemidos que se llevaría de regalo esa noche. Suspiró al escucharla. Su voz era indiscutiblemente excitante; rasposa, un tono más arriba de lo común. Su pezón se endurecía entre los dedos, reacción que la llevó a jugar con el otro también. Pasaba la yema por él, lo frotaba de un lado a otro.
Kagome estiraba el cuello ante las caricias, sus mejillas enrojecían a un nivel ya molesto. Tenía calor a pesar de que esa noche era una de las más frías. Kikyō la miraba embelesada. Estaba entrando en un trance más rápido de lo que creyó. Era la primera vez que tocaba a otro cuerpo así. Antes, cuando podía considerarse un ser vivo, pensaba que sería un hombre el que recibiría sus primeras caricias. Ahora no podía agradecer más el haberle tocado una mujer. Esa impresión de estar tocando a una flor, delicada y femenina, ningún hombre se la podía dar. No..., ninguna otra mujer tampoco, se rectificó. Kagome era la única que despertaba una obsesión en ella. Una que, inconformista, le hacía desear de más.
—Kagome… —Bajó una mano por su vientre con unas claras intenciones de ir más allá. Kagome seguía con las pupilas cómo arrastraba la palma por su muslo, escondiéndose debajo de la falda, llevándosela consigo hasta revelar su ropa interior blanca. Cerró las piernas en un acto reflejo—. No voy a lastimarte. Confía en mí.
Kagome carecía de voluntad, no tenía la fuerza para negarse. Movió la cabeza en un consentimiento. Kikyō rodeó uno de sus muslos hacia adentro y luego regresó por él aplicando un poco de fuerza para que separara las piernas. Le besó la mejilla, buscando en realidad los labios, y al hallarlos entrelazó sus lenguas mientras con cautela estacionaba dos dedos en su intimidad. Kagome tiritó cuando empezó a frotarla por encima de las bragas. Se sentía tan bien ese simple roce que hasta temió lo bien que se sentiría debajo de la ropa.
—Kikyō… —Primera vez que escapó su nombre con un placer tímido, pero no la última.
La nombrada sonrió contra su boca y continuó besándola sin dejar aquella otra importante tarea. Sus dedos danzaban de arriba abajo sobre esa tela que comenzaba a humedecerse. Tenía básicos conocimientos sobre el sexo y todos los aplicaba con ella. Le daba una especial atención al centro. Lo frotaba, presionando más fuerte en ocasiones. La humedad se hacía más notable y el deseo de probarla en carne propia también.
Kagome contrajo el vientre cuando unos fríos dedos comenzaron a desplazarse debajo de las bragas. Escalofríos. Una sensibilidad extrema, eso sintió cuando una de sus yemas se detuvo en el clítoris y no se privó de comenzar un perverso baile sobre él, rodeándolo y presionándolo.
—Hm... —Llevó una mano hacia atrás y se agarró de su mejilla observando cómo la mano de Kikyō se movía debajo de las bragas. Era una imagen excitante, el tacto más. Se mordió el borde del labio—. Kikyō...
La sacerdotisa, ya no tan tranquila, aumentaba la velocidad en su intimidad. Era suave al tacto y resbalosa. Empezaba a mojarse demasiado. Fluidos claros quedaban tendidos de sus dedos. No podía dejar de mirarla con unos ojos que no se encontraban allí sino compenetrados en el momento. Tenía que repetirse seguido que no estaba soñando, pues aún encontraba irreal el estar tocando a su reencarnación de esa manera.
—¿Te gusta? —preguntó, deslizando un dedo en medio de esos delgados pliegues recién descubiertos. Kagome asintió como pudo— ¿Y aquí? —Presionó su entrada y luego se dedicó a rodearla, empujándola con las yemas. Kagome sintió un disparo agudo por dentro que le hizo atajar su muñeca en un impulso— ¿No?
—Ah, perdón… —La soltó de a poco, avergonzada. Su cuerpo se movió por sí solo. Kikyō, como si lo supiera, la miraba apacible.
—Tranquila, aún no voy a entrar.
—No lo digas así, pervertida.
—No me contestaste… ¿Te gusta? —Le mordió el borde de la oreja, insistiendo en su intimidad. La presionaba en movimientos circulares. Bajaba y subía el ritmo, provocando una convulsión en la pelvis de Kagome. Ésta última se aclaró la garganta, hallándola reseca.
—Sí…
Kikyō estiró la sonrisa, complacida, y volvió a sus labios mientras con mucho cuidado se animaba a sumir la punta del dedo medio, encontrándose con una calidez abrumadora en su interior. Kagome soltó un quejidito en su boca.
—¿Duele?
Sacudió la cabeza con una expresión vulnerable que despertó aún más la excitación en Kikyō. Las cosquillas que le revolvían el vientre desde que arrancó a tocarla no desistían. Bajaban, estancándose en la entrepierna, quien rogaba recibir una mísera caricia. Empujó su boca, como si allí pudiera ahogar toda la excitación, y en su entrada apoyó la punta del dedo anular también. Lo dobló hacia adentro y comenzó a moverse despacio penetrándola solo con las puntas. Pero eran suficientes para que Kagome finalmente revelara el placer que estaba sintiendo. Sin saberlo, Kikyō estaba tocando uno de sus puntos más sensibles, el cual no vivía lejos de la entrada. Allí, en una pared alta y suave, ella frotaba los dedos. Y la revolucionaba con ellos.
—Ah… —Kagome jadeó más alto, frunciendo los dedos en su mejilla. Kikyō sintió ese pequeño rasguño como la gloria misma.
Estaba viva.
Se sentía bien viva.
Continuó penetrándola mientras con la mano libre masajeaba uno de sus pechos ya no con tanto reparo sino más con fuerza. Esos dedos le hundían la piel dejándola rojiza, estiraban su pezón descaradamente. Kagome apoyó la mejilla en su hombro, abriendo más las piernas. Su néctar le envolvía los dedos a Kikyō. Se resbalaba por ellos, calentándolos.
—Tan cálido… —murmuró Kikyō sin pensar. Admiraba desde lo alto esa perfecta imagen que jamás se borraría de su memoria. Kagome estaba absolutamente desarmada entre sus brazos, con las rodillas flexionadas y los pies entumecidos. Las manos resbalándose por sus piernas; su rostro, el deleite que mostraba, los pechos subiendo y bajando rápido debido a la falta de aliento. Kikyō estaba perdiendo el sentido—. Kagome…
Se fue hacia adelante, tumbándola boca abajo en el suelo. Kagome no llegó a sorprenderse que en su lugar tuvo que sofocar un gemido. Kikyō le besaba la espalda, deslizaba la lengua por su piel mientras se sostenía de sus caderas y arrancaba una lenta danza de pelvis contra su trasero, refregándose contra ella, buscando sentirla. Kagome levantó el rostro, jadeando. Ese desinhibido roce podía hacerle acabar, sabía que podía. Sentía las ganas allí, en su intimidad, que ardía con los dedos de Kikyō dentro. No quería terminar tan rápido, no quería ser la única atendida. También quería atender. Pero Kikyō no la soltaba. Seguía meciéndose sobre ella con la respiración descompensada. La aplastaba contra el suelo con el cuerpo, succionaba la piel de su cuello dejándole marcas que, otra vez, tardarían en irse.
—N-No…
—¿No qué? —La voz de Kikyō sonaba ida en su oreja. Pasaba la lengua por el borde, luego le mordía el lóbulo con unos ojos oscuros por el deseo. Kagome cerró fuerte los suyos y se dio vuelta. Atrapó sus hombros y la empujó hasta que cayó sentada. Kikyō la miraba respirando rápido, tratando de volver al eje— ¿Kagome?
—No es justo…
—¿Huh?
Kagome subió la cabeza y unos ojos firmes se estrellaron en los de Kikyō. La intimidaron.
—Yo también… —Kagome gateó por el suelo y se acomodó entre sus piernas. Deslizó las manos por su pecho, haciéndole tragar pesado—. Yo también quiero hacerte sentir bien, Kikyō.
Un momento de suspensión atacó a la sacerdotisa. Al salir de él, le sonrió. Era una sonrisa triste.
—No es necesario.
—¿Por qué no? —insistía Kagome, bajándole el traje por los hombros. Kikyō la detuvo por las manos.
—Soy yo la que quiere tocarte, Kagome.
—¿Y crees que yo no quiero? ¿Acaso pensaste que me iba a quedar quieta solo disfrutando?, ¿así de egoísta me ves?
Kikyō desvió la mirada. Soledad había en su rostro.
—Pero este cuerpo… Este cuerpo es… —Se mordió el labio con una pesada amargura en el centro del pecho. Le dolía. Kagome relajó los gestos al verla. Y entendió todo— ¡Es fal-
—Es perfecto.
Kikyō regresó los ojos a ella. Los tenía rojos, quería llorar. Y que Kagome la observara con tanto amor no ayudaba. Le arrancaba las lágrimas a la fuerza.
—Ya lo he tocado, lo he sentido, es tan real como el que perdiste. Y es perfecto para mí, Kikyō. —Arrastró los labios por los suyos. Kikyō cerró los ojos y las lágrimas se resbalaron por las mejillas. Kagome las limpió con el pulgar—. No hay nada de qué avergonzarse, eres hermosa.
La sacerdotisa se perdía en sus ojos mientras Kagome le bajaba el traje por los hombros. Ella le sonreía de una forma tan dulce. Pasaba por alto la vergüenza que sentía por su cuerpo, por esa existencia falsa.
—Me gustas, Kikyō. Por eso… déjame tocarte. —Ocultó el rostro en la curva de su cuello. Kikyō lo dobló al sentir sus labios fundiéndose allí. Kagome respiraba profundo contra su piel, se nutría del aroma que desprendía—. Tú eres la única que huele bien aquí… Ahora lo puedo decir, amo tu olor.
—Kagome… —Su voz tembló por el llanto y entonces toda fuerza alguna la abandonó. Se abrazó a ella con todo lo que tenía. Los brazos en su espalda, las piernas en sus caderas. Kagome la besó y la amargura fue disipada para transformarse en un agridulce sentimiento que venía cargado de amor y desesperación. Si aquello era realmente querer a alguien, si ese sentimiento intenso que le rogaba ser destruida por su aprendiz era amor, lo aceptaba con los brazos abiertos. Porque se sentía tan bien ser destruida por ella. En cada beso que le daba, en cada arrastre de sus labios por el cuello, Kikyō se desarmaba con goce.
—Kikyō…
Y que la llamara con placer no hacía más que elevar ese goce a un nivel caótico, a uno donde no le importaba nada más que esa joven entre sus piernas. Ella quería sentirla, probarla, y Kikyō ahora no deseaba nada más que aquello. Que perderse en ella. Apoyó las manos en el suelo, entregada a su persona, y se dedicó a observar cómo le abría el traje, descubriendo unos pechos tan blancos como la nieve. Dos puntos rosados y erectos resaltaban en ellos. Kagome se quedó ensimismada viéndolos y luego levantó las pupilas con una sonrisita traviesa que también despertó una sonrisa en Kikyō. Aún tenía rastros de lágrimas en las mejillas, pero éstas no significaban nada, porque ahora se sentía más segura que nunca. Kagome le hacía sentir así. Llevó una mano a su cabeza y juguetona enredó un dedo en esos mechones ondulados.
—¿Quieres probarme, mocosa?
—¿Si quiero? —Kagome subía las manos por el borde de su cintura, suavizaba la sonrisa—. Claro que quiero, idiota.
Inclinó el rostro y deslizó la lengua por su clavícula. La trazó hacia abajo por su piel y Kikyō estiró el cuello cuando cerró la boca en uno de sus pezones. Comenzó a succionarlo despacio. El placer no se hizo rogar.
—Ah, Kagome…
La nombrada estuvo a punto de rodar los ojos debido a esa voz placentera que le revolvió el vientre, y algo más. Cerró los párpados y deslizó la lengua por su pezón, dejándolo brillante. Kikyō veía cómo jugaba con él. Lo mordisqueaba, bailaba la lengua debajo haciéndolo saltar. Lo estiró hacia sí con los labios arrancándole un gemido largo.
—Hm…
El cerebro de Kagome procesaba un poco lento sus gemidos, pues estos quedaban impresos en su cuerpo cada que los lanzaba, en especial en el piso inferior. Su voz quedaba allí, retumbando, haciéndole unas cosquillas insostenibles. Arrastró los labios por su piel y atajó el otro pezón con los dientes. Lo lamía dentro de la boca, giraba por él con la lengua. Pero no era suficiente, había mucha más piel para explorar. Abrió más la boca y la cerró en su pecho tratando de abarcar todo lo que podía de él.
—¡Ah! —Kikyō agarró su cabeza y la impulsó hacia ella. Kagome se dejó zambullir en esa piel blanda y suave y empezó a succionarla. Kikyō reforzaba el agarre en su cabello a medida que las sensaciones aumentaban de nivel. Kagome succionaba su pecho respirando fuerte, calentándole la piel, intercalaba las succiones con lamidas que la volvían loca. ¿Quién era esa chica tan efusiva? Era como si se hubiese transformado. Lo que le hacía sentir era tan intenso y agradable que, no conforme con quedarse allí, la sensación bajaba por el abdomen en un hormigueo, amenazando con llegar a la entrepierna. Como si Kagome lo supiera, arrancó un camino hacia abajo con la mano. Deslizaba los dedos despacio por su vientre, haciéndole tiritar cada parte que rozaba. Los sumió debajo del pantalón y Kikyō entornó los párpados cuando empezó a frotarle la ropa interior. Un cosquilleo más fuerte la atacó allí. Las piernas se movían lentas pero nerviosas, su respiración se estaba volviendo arrítmica.
—Kagome…, se siente bien.
Su voz en éxtasis no dejaba de inquietar a la intimidad de la nombrada aprendiz, quien ya no podía ni quería reprimir a los deseos. Quitó la mano de su ropa interior y agarró el cinto del pantalón. Comenzó a desatarlo con Kikyō avergonzándose desde lo alto. Ser desnudada por ella era una fantasía descomunal, un deseo que oscilaba entre el placer y el pudor. Y ahora se estaba haciendo realidad. Kagome agarró los bordes del pantalón y lo arrastró por sus piernas hasta quitárselo. Antes de lanzarse hacia ella, detalló las curvas predominantes de sus caderas y esas piernas largas que, además de creerlas perfectas, llamaron a una envidia sana.
—De verdad… eres hermosa.
Encaró el rostro a su abdomen sin darle tiempo a responder. Lo besaba, trazaba la lengua por su piel dejándola húmeda y brillante. Kikyō respiraba agitada en el medio. Kagome rodeó el ombligo con la punta de la lengua y continuó bajando, llegando a la pelvis de quien la veía con el traje colgado en las muñecas, estirado en el suelo como la manta que le ofreció al llegar. Creía saber lo que su aprendiz anhelaba hacer, ¿pero era correcto dejarla hacer… eso? Mejor dicho, ¿eso era normal? ¿Formaba parte del sexo? Sus conocimientos sobre éste eran, definitivamente, menores que los de la chica del futuro. Porque jamás, nunca nadie le dijo que apuntar los labios a ese sector tan pudoroso era parte del sexo. No creía correcto dejarla hacer eso, pero dios que quería dejarla. Necesitaba sentirla con urgencia.
—¿Estás segura…?
Kagome levantó la vista con una sonrisita suspicaz y presionó los labios en su pelvis, allí en el triangulo de las bermudas que se asomaba por la ropa interior, la cual era mucho más reservada que la suya. Comenzó a bajarla por los bordes sin quitarle la vista de encima. Kikyō respiró hondo cuando su intimidad quedó desnuda frente a esos ojos que, algo desconocidos, ahora no se privaban de detallarla. Un hambre voraz carcomía a Kagome al ver esos labios finos y brillantes que esperaban por ella.
—Nunca estuve tan segura en mi vida, Kikyō.
Y entonces habló. Una voz extrañamente madura, confiada, fue lo que escuchó la sacerdotisa. Era imposible no sentirse una reina con el deseo que esa voz transmitía. Pero era una reina tímida. No merecedora del trono, según su percepción, porque esa plebeya la estaba domando completamente.
—¿Ves? Tu cuerpo es como cualquier otro. —murmuró apenas deslizando los dedos por esos labios. Kikyō se achicó en el lugar, avergonzada por cómo la miraba y exasperaba con esos amagos que no llegaban a nada. Recordó, entonces, su teoría sobre Kagome. Esa chica era, sin dudas, más de accionar y no pensar. Porque si así fuera, si fuera una pizca más reflexiva, hubiera tenido un poco de consideración antes de lanzarse a su intimidad de lleno y sin avisar, provocando que todo su cuerpo se electrizara de golpe y que su voz lo manifestara.
—¡Kagome! —exclamó, agarrando su cabeza en un impulso. Kagome lamía cada parte de ella, la exploraba sin piedad. Pasaba la lengua por el lado interno de sus labios, probando su placer, luego subía al clítoris y lo succionaba— ¡Ah!
«¿Esto es placer…?»
Se preguntaba entre sacudidas causadas por unos labios que se cerraban en sus pliegues para succionarlos. Kagome saboreaba el ligero néctar que desprendía, deslizaba la lengua por su clítoris y la despegaba despacio, quedándose con sus fluidos. Kikyō la observaba jadeando desde lo alto. Le pesaba el pecho, no podía respirar bien. Kagome levantó los ojos para verla y presionó el clítoris con la punta de la lengua. Comenzó a rodearlo mientras con dos dedos frotaba la entrada.
—Kikyō…, sabes bien.
La intimidad de Kikyō ardía por dentro, una puntada aguda la atacaba por fuera. Kagome sonrió en esa piel húmeda. La trazó con toda la lengua y luego la envolvió hacia atrás llevándose más que solo sus gemidos. Kikyō atajaba cada movimiento con los párpados entrecerrados, cada fluido que quedaba tendido entre esa lengua y su intimidad. La excitación que sentía no era solo corporal sino también visual. El rostro compenetrado de Kagome, sus ojos apagados por el placer, los cabellos negros descansando en sus muslos, los pechos rozándolos.
«Se siente tan bien… Siento como si me fuera a caer, ¿esto debería ser así?»
De verdad se lo preguntaba; nunca había sentido placer antes. No uno tan profundo. Y profundo es a donde Kagome parecía querer llegar. Mientras succionaba el centro, con los dedos empujaba la entrada buscando ingresar.
—Kikyō… —Levantó la cabeza para recibir una necesitada aprobación. La sacerdotisa se humedeció los labios y asintió. Tenía el rostro inclinado, las manos temblando en el suelo por las sensaciones abrumantes.
—Por favor, Kagome.
Le suplicó su más grande deseo: ser tomada por ella.
Kagome estuvo tentada de perderse en la emoción, de llorar de felicidad al ser tan gratamente recibida por, hoy podía admitirlo, su ser más querido, pero hizo fuerza para contenerse y sin querer retrasar más lo inevitable comenzó a penetrarla con dos dedos. El anular y el índice eran succionados por su intimidad lentamente. Kikyō levantaba las caderas a medida que entraban, sintiendo un terremoto por dentro. Kagome parpadeó, sorprendida, cuando en su interior encontró un hallazgo. Aunque el cuerpo de la sacerdotisa era helado por fuera, por dentro y entre las paredes suaves que la rodeaban, era cálido, tanto como el suyo. Era su vitalidad. Lo que confirmaba que, a pesar de estar muerta, de alguna forma seguía viva.
Para Kagome siempre estuvo viva.
—Kikyō…, tú también eres cálida. —musitó, comenzando a moverse dentro de ella.
—¡Ah!
Kikyō le revolvía el cabello, se aferraba a él con fuerza. Kagome la frotaba por dentro, cubría el clítoris con la boca y lo succionaba. Sentía cierta impaciencia de su parte, como si en cualquier momento fuera a perder el control. Y sus ojos lo confirmaban. La miraba con hambruna, como un animal. No despegaba las pupilas de las suyas mientras sus yemas, calientes en esa cueva húmeda, se topaban con una barrera suave que le impedía explorarla más. Kikyō cerró un ojo al sentir un pinchazo. Kagome empujaba ese muro delgado, quería romperlo.
—K-Kagome.
La nombrada le sonrió dulce exigiéndose olvidar cualquier instinto primitivo y subió por su cuerpo para consolar a ese rostro que lucía un poco inquieto.
—Está bien, Kikyō.
Kikyō tardó en entender la suerte de consuelo. Empezaba a nublarse, a dejar de razonar cuando toda la vida lo único que había hecho fue hacerlo. Al entender, le sonrió también y se abrazó a ella.
—Hazlo, Kagome. Estoy lista.
Esas manos frías se aferraban de su espalda, confiando. Kagome sentía aquella entrega en un solo agarre. Y llevada por ella, confiada en que su mentora estaba más que preparada, en algún momento se saltó la parte de ir despacio. Kikyō ensanchó los ojos con impresión cuando la penetró de lleno, destruyendo la barrera sagrada que significaba su virginidad. Una que el cuerpo de barro que le fue concedido imitó a la perfección.
—Ka… gome. —Subió unos temblorosos dedos por su cabello y sonrió desde el alma. Ardía. Su intimidad quemaba, estaba por completo en llamas. Por fin algo de calor recorría a sus frías venas—. Kagome…
La culpable de su sentir estaba perpleja por lo que ocurría en su interior. Lo sentía hirviendo, comprimiéndole los dedos. Levantó la mirada y vio a una sacerdotisa temblorosa y rendida. Una pizca de dolor se mezclaba en sus ojos placenteros.
—Kikyō, esto… ¿Dolió? Creo que me pasé.
Kikyō apenas pudo negar con la cabeza. Dolió, sí, pero era un dolor placentero. El dolor de la vida.
—Sigue…
Kagome se obligó a volver. Comenzó a moverse lentamente dentro de ella para que se acostumbrara. En cada vaivén esa piel caliente se expandía y cerraba contra sus dedos.
—Mh…
La sacerdotisa ya ni se gastaba en ocultar los gemidos más eróticos que tenía guardados. Estaba totalmente a merced de Kagome, quien se mecía hacia ella penetrándola. Kikyō cruzaba los brazos detrás de su cuello, las piernas en sus caderas, hundía la nariz en su clavícula. Se movía al compás con ella, dejándose llevar. Kagome casi que la sostenía en brazos mientras arqueaba los dedos en su interior, queriendo robarle más gemidos. Presionó una pared alta sin querer y el cuerpo de Kikyō saltó. Una puntada se disparó desde adentro hacia el clítoris, electrizándola.
—Sí… Sigue así.
Kagome tuvo que respirar hondo debido a esa voz que conforme pasaban los minutos adquiría un color realmente tentativo. La besó para calmarse. Kikyō no era la única que estaba en llamas, pero sí la que estaba a punto de culminar. Una sensación agobiante y profunda comenzaba a expandirse por todo su cuerpo en un hormigueo. Navegaba por él y se zambullía hasta el fondo de su intimidad, haciéndole sentir extraña. Los músculos se contraían, hacían fuerza hacia adentro de un modo que no podía controlar.
«¿Qué es esto? ¿Voy a…? No, todavía no quiero»
Como era una inexperta en el tema, desconocía que podía tener más de un orgasmo seguido. Y por eso, con mucha fuerza de voluntad arrastró la mano por la frente de Kagome, levantándole el flequillo. Unos ojos que lucían dormidos fue lo que encontró. Dormidos de placer.
—¿Kikyō?
Kikyō comenzó a enderezarse mientras la agarraba por la cintura. En un tironcito la sentó encima de ella. Kagome cayó en sus piernas sin sostén alguno. Procesaba todo lento, su mente continuaba en el momento anterior.
—No es justo que solo yo esté disfrutando —susurró Kikyō contra sus labios, para luego besarlos. Sabían diferentes. A ella misma—. Quiero disfrutarte también.
—Yo también estaba disfrutando, ¿piensas que no? —Kagome ladeó el rostro de forma coqueta. Kikyō le limpiaba las comisuras con una sonrisa blanda. Estaban mojadas debido a los fluidos que le robó.
—Pienso que es momento de hacer lo que hace tiempo tengo ganas. —dijo y entonces comenzó a bajar una mano por la curva de su espalda. Subió por el borde de la cadera, llevándose la falda, y debajo de ella sus dedos se prendieron a ese trasero mullidito y suave.
Kagome, luego de superar el sobresalto, se echó a reír.
—¿Tantas ganas tenías de tocarme el trasero, bruja?
—Sí, me gustan sus dimensiones.
—¿Dimensiones? —Kagome se tapaba la boca tratando de no escupir la risa— ¿Acaso lo mirabas a escondidas?
—Siempre. Tu ropa no deja mucho a la imaginación, Kagome. Se me iban los ojos aunque no quisiera.
—Eso no es excusa, pervertida. De hecho, es motivo de sanción en mi época.
—Lástima, no en la mía.
La sacerdotisa no tenía nada de sacerdotisa en ese momento, aunque sí conservaba la cara de póker. Recitaba su discurso libidinoso con ella. Esa mujer se había alejado de toda pureza existente, necesitaba un exorcismo con urgencia. ¿Qué pasaba con esa honestidad casi ridícula? ¿El sexo provocaba aquello? Tenía que ser eso. Kagome, entre risitas, no encontraba otra explicación. Transparencia pura, esa era la consecuencia de conocerse en completa intimidad.
—¿Te ríes?, ¿en serio? —Kikyō fue a su cuello, agarrándole el trasero con ambas manos. Comenzó a masajearlo en movimientos ondulantes que le hicieron tragar la risa de un saque. Cuando esos dedos le estiraban la piel hacia afuera, una puntada aguda se estrellaba directo en su intimidad. Todo estaba más conectado de lo que creía—. Ya veremos quién ríe última, mocosa.
Kagome comprendió sin mucho esfuerzo que su round había terminado, ahora le tocaba a su mentora. Y como excelente mentora que era, temía que hiciera un trabajo tan exquisito que así, en un parpadeo, se vería terminando encima de ella. Enlazó los brazos detrás de su espalda. Ya no podía sostenerse bien, no si una mano larga subía por uno de sus muslos con malas intenciones. Kikyō agarró el cierre de la falda y comenzó a bajarlo. Bueno, esa era la idea.
—Qué gancho extraño tiene esto… —mascullaba con la frente arrugada. No podía bajarlo, se le atoraba.
Kagome rió en un murmullo y giró la falda sobre su cintura, dejando el cierre adelante. Lo bajó como si nada.
—¡Tadaaan! No era tan difícil, ¿verdad?
Kikyō alzó una ceja. Había sido derrotada por una falda. Patético.
—Quítate esa cosa de una vez.
—¿Qué pasa con esa ansiedad…? Ya ya, no me mires así. Me la quito. —Kagome empezó a levantarse con una sonrisa ganadora.
Kikyō levantó la vista y se le descolgó la mandíbula. Encima de ella, Kagome se bajaba lentamente la falda por las piernas, se la quitaba por un tobillo con una delicadeza que le hacía relamerse los labios. Apoyó distraída una mano en el suelo, luego la otra. Se dedicó a admirarla desde lo bajo. Veía esas bragas ceñidas en su intimidad, imagen suficiente para elevar la temperatura. No esperaba que se desnudara de esa forma tan sensual. Esa sesión estaba saliendo estupendamente bien.
—¿Por qué me miras así? —Kagome se mostró confusa por esos ojos que no dejaban de verle la entrepierna con dureza.
—¿Cómo que por qué? La vista es alucinante desde aquí, Kagome.
Y entonces, arrojando la falda al suelo, Kagome entendió.
Entendió que había hecho un espectáculo.
—¡Ah! —Se fue hacia abajo tapándose la intimidad. Un ojo de Kikyō tiritó cuando le destruyó las piernas— ¡N-No me di cuenta! ¡Juro que no quería hacerte un striptease!
De verdad no quería hacerlo. Por costumbre se paró y simplemente se quitó la falda ignorando que su mentora se encontraba abajo de ella disfrutando de todo con lujo de detalles.
—¿Strip-qué? —inquirió Kikyō, refregándose las piernas con una mueca adolorida.
—¡N-Nada! Solo… continúa con lo de antes.
—Continuemos, quieres decir —corrigió, apretándola contra ella por la espalda—. Por cierto, me dejaste sin piernas, linda. Tenemos una batalla en camino. Trata de que llegue entera, ¿quieres?
Kagome dibujó una sonrisita tímida por cómo la llamó.
—¿Me dijiste linda?
Kikyō levantó una comisura y acomodó un mechón detrás de su oreja.
—Lo eres.
A su aprendiz le ardían los cachetes. ¿Ahora ese sería su nuevo trato? Uno tan coloquial e íntimo que le parecía irreal. Todo lo que antes tenían había subido de nivel en una sola noche. Y se notaba en las miradas, en la voz que utilizaban al hablarse, en el tacto nada reprimido y en algo más allá que solamente era sensorial. Un tipo de conexión que solo las parejas emanan cuando las miras desde afuera. Le gustaba ese trato, le hacía sentir especial.
—Perdón por romperte las piernas…
—Perdonada.
—Eso fue rápido.
—¿Cómo quieres que no te perdone si te tengo así? —ronroneó Kikyō contra sus labios, arrimándola más por el trasero—. Imposible no hacerlo… —Cerró los ojos y la besó. Kagome volvió a cruzar los brazos detrás de su cuello y una nueva sesión donde sus lenguas jugaban, enredándose lentas, arrancó.
Kikyō ya no era tan paciente como antes, si es que en algún momento lo fue. Suspirando en sus labios desplazaba la mano por el torso, se encontraba con uno de sus pechos. Lo rodeó y presionó, hallando a su piel mucho más cálida que antes. La temperatura corporal de Kagome subía cuando lo masajeaba y entrelazaba sus lenguas con fuerza. Quería probarla, quería darle lo mismo que ella le dio. Resbaló la boca por el cuello, tatuándolo de marcas en el recorrido, y arrastró el flequillo hacia abajo por su piel hasta apretar con los dientes uno de esos pezones rígidos. Deslizó la lengua por él y luego empezó a succionarlo con una lentitud tortuosa que le arrancaba gemidos a su aprendiz, quien sufría un cosquilleo ya conocido pero elevado al cuadrado. Desde lo alto, la observaba conteniendo la respiración. Era desesperante cómo la lamía y mordía, cómo la miraba con hambruna desde su lugar. Kikyō le sonrió confiada y movió rápido la lengua debajo de su pezón. Kagome dobló la espalda viendo cómo éste se hinchaba por el estímulo recibido. Resplandecía gracias a su saliva y la mente giraba en una espiral de placer.
—Ah…
La voz comenzaba a traicionarla, la garganta a resecarse, las manos a moverse solas. Una fue a parar a la cabeza de Kikyō, la otra se sostenía de su hombro. Estaba demasiado sensible por haberla explorado.
—Tu olor se siente mucho más aquí… Es exquisito.
Kikyō subía a sus labios, una de sus manos bajaba. Trazaba con la punta de los dedos aquel abdomen firme que se sacudía con cada roce. Metió la mano debajo de las bragas y Kagome tuvo que aferrarse con fuerza de su cabello.
—Kikyō…
La nombrada estaba estática en la sorpresa de encontrarla mucho más húmeda que antes. Su intimidad le calentaba la mano y pensaba aprovecharla. Kagome jadeó contra su oído cuando comenzó a frotarla mientras giraba la lengua por uno de sus pezones. Esos dedos no se quedaban quietos. Rodeaban y presionaban el clítoris brindándole fuertes sensaciones que no terminaban allí, sino que subían a la pelvis y la comprimían por dentro tensando cada músculo de su cuerpo. La sensibilidad se estaba volviendo insoportable, al punto de sentirse demasiado extraña, ajena a su sentir cotidiano. Le daba un poco de miedo lo que sucedía con su cuerpo, esa falta de control, pero el placer superaba todo.
—Quiero probarte… —murmuró Kikyō, despegando la lengua de su pecho. Empezó a recostarla sobre la manta. Kagome se dejaba llevar, tragando saliva. Kikyō se inclinó hacia ella con una mirada profunda y reposó una mano en su mejilla. Ensanchó un poco los ojos.
—Estás temblando…
Kagome sonrió con fragilidad. Los cabellos esparcidos en la manta, una expresión de entrega. No tenía con qué defenderse.
—Estoy bien.
—¿De verdad? Podemos parar si quieres, Kagome.
Negó con la cabeza y sujetó la suya.
—Sigue…
La sacerdotisa pareció meditarlo un momento, pero al final su genio le ganó. No tardó en arrancar un descenso por su cuerpo, besando su piel, que ardía al sentirla. Kagome se incorporó con los codos y se dedicó a verla. Kikyō lamía su piel despacio, presionaba los labios en ella con un cuidado que le hacía sentirse protegida. Besó su ombligo y continuó bajando. Era hipnótica la imagen de esos cabellos negros deslizándose por sus muslos. Sabía a dónde iba y le daba vergüenza que llegara. Era injusto detenerla, pues ella misma la exploró de esa forma, pero no podía ocultar la inquietud. Una cosa era probarla y otra ser probada.
—Um, Kikyō…
Ese llamado nervioso no fue pasado por alto. La mayor, en respuesta, llevó una mano a su pecho mientras escondía el rostro entre sus piernas. Lo apretó hasta sentir el pezón duro de Kagome en la palma. No había consideración en aquel agarre, más bien era una orden para que se guardara las quejas. ¿Desconsiderada? Tal vez, pero es que su reencarnación era una belleza, más en ese momento. Ya no podía mantener la calma con ese cuerpo desnudo y húmedo en primer plano. Kagome tenía calor, lo sentía en su piel. Cada vez le quemaba más al tacto, se tornaba resbalosa. Pero un calor más intenso se sintió cuando frenó el rostro en su intimidad. Se desprendía de ella, colisionaba en sus mejillas siempre frías. Atontada por tal descubrimiento, hundió la nariz en sus bragas y pasó la lengua por la tela. Estaba mojada. Kagome cerró los ojos con los cachetes colorados. Sus bragas eran retiradas. Kikyō las bajaba por las caderas, seguía por las piernas hasta desaparecerlas. Volvió a su lugar de interés y se acomodó bien entre sus piernas. Kagome tragaba pesado. Los nervios la dominaban de pies a cabeza.
—Espera…
Kikyō hizo caso omiso. Rodeaba el muslo hacia adentro, no quitaba los ojos de su intimidad, como si esta fuera una especie en extinción digna de ser admirada. Levantó un poco una de sus piernas y la acomodó en su hombro para que estuviera más cómoda ante lo que iba a acontecer. Esa pose la dejaba en demasía expuesta. Y lo veía. Los pétalos húmedos de Kagome brillaban y las ganas de separarlos con los dedos para ver su néctar no eran pocas.
—Kikyō, no sé si…
—¿No es esto lo que se hace cuando amas?
Una sensación de impacto se estrelló directo en Kagome. Kikyō le besaba el muslo con adoración, subía por él con la lengua.
—¿Amar…?
—Sí, amarte.
«Sentimos igual»
Y aunque lo sabía, necesitaba escucharlo. Escuchar ese dulce murmullo, contemplar esa sonrisa amable, no tenía comparación con la confesión fantasiosa que siempre naufragaba por su mente. Esa que, ambigua y solo con demostraciones físicas, Kikyō más de una vez le había obsequiado. Esta era clara, concisa. Simple. Y no podía resistirse a ella. Mientras sus miradas se cruzaban con un cariño incondicional, toda inseguridad se derrumbaba como si nunca hubiera existido. Le sonrió de la misma forma y en una aceptación silenciosa llevó la mano a su cabello.
Kikyō alargó la sonrisa en su piel y las caderas de Kagome temblaron cuando se hundió en su intimidad. Empezó a lamerla, a explorarla con un deseo inmenso que venía acumulando. Kagome sentía un hormigueo intenso en la zona, éste huía de sus labios en gemidos entrecortados.
—Eres deliciosa…
Se tapó la boca, sonrojada. Su vientre ardía debido a esas húmedas caricias que iban y venían por su intimidad. Kikyō separó esos pliegues finos con la punta de la lengua y la deslizó hacia arriba, disparándole escalofríos.
—Ah…
Kagome frunció los dedos en su cabello. Se agarraba de él como si se fuera a caer. Con cada lamida que recibía, más su trasero amagaba a despegarse de la manta. Le temblaban las piernas, los dedos de los pies se contraían. Estaba entrando a una etapa en la que, de verdad, ya no tenía control alguno. Se aplaudía por aún mantenerse, dentro de todo, entera. No era poco que la sacerdotisa la estuviera besando allí, en un templo tan pudoroso que estaba lleno de terminaciones nerviosas que le hacían rodar los ojos.
Kikyō continuaba jugando con sus labios. Los succionaba unos segundos y luego los soltaba de golpe, haciéndole retorcerse por el impacto. Respiraba pesado contra su piel, la exploraba con una pasión desenfrenada que le hizo preguntarse a Kagome quién la estaría pasando mejor, si ella o Kikyō. Porque sus manos se aferraban con tanta necesidad de los muslos, dejándole los dedos marcados, que la idea de que estuviera a punto de acabar por solo probarla era alta. Bajó las pupilas para confirmar su pensar, pero terminó convulsionando al sentir cómo Kikyō empujaba el clítoris con la lengua. Su vientre se contrajo cuando empezó a rodearlo lentamente.
—¡Ah!
«Esto está mal… Me estoy perdiendo»
Declinó los párpados, empezando a marearse. La visión de Kikyō meneando la cabeza entre sus piernas estimulaba a los sentidos más allá del tacto recibido. Parecía como si se estuviese alimentando de ella. La besaba como si fueran sus labios de arriba y Kagome ya no podía reprimir las gratas sensaciones de ser devorada por ella.
—Ah… Kikyō… —Pasó la mano por su cabeza en una muestra de placer y la impulsó más hacia sí—. Me haces cosquillas.
—¿Cosquillas…? ¿Y aquí? —Kikyō bajó a su entrada con la lengua y comenzó a hundirla progresivamente. Kagome sacudió las caderas al sentirla dentro.
—¡Ahí no! Ahí… no.
Esa lengua se deslizaba lento por su interior, rozaba aquella pared alta que despertaba una excitación aguda y desesperante. Kagome se tapaba el rostro con un brazo, apretando las muelas. Kikyō disfrutaba de su sabor, allí dentro se percibía mucho más. Era salado, con una pizca del aroma de Kagome, que emanaba por todos sus poros. Le fascinaba, quería más. Mucho más de ella. Emigró la lengua, llevándose varios fluidos, y la reemplazó por dos dedos. Comenzó a frotar la entrada, para luego adentrar las puntas. Fue succionada más fácil que la vez anterior. Apuntó los ojos a su intimidad. Esos labios estaban hinchados, rojizos por la excitación. Se aclaró la garganta sintiéndose ansiosa y levantó el rostro.
—Kagome, yo… —Comenzó a gatear entre sus piernas. Se detuvo en su rostro con una expresión suplicante. Kagome se dejaba bañar por la lluvia de cabellos negros que aterrizaban en sus hombros—. Voy a hacerlo, Kagome.
Kagome pestañeó con torpeza y solo pudo asentir. Sabía lo que iba a hacer. Los dedos de Kikyō rogaban entrar más en ella. Kagome ya estaba preparada. Lo estuvo desde que tomó su rostro y la besó en un arrebato. Allí, minutos atrás y refugiada por sus piernas, entendió que no podía luchar más contra lo que sentía. Aunque sus caminos fueran difíciles, aunque el futuro fuera incierto, quería intentarlo. Quería estar con ella. La decisión, en realidad, estaba tomada hacía mucho. Ahora podía manifestarla.
—Hazlo, Kikyō.
Enredó los brazos en su cuello buscando un refugio ante lo que iba a suceder. Kikyō esbozó una sonrisa agradecida y besó sus labios mientras muy lentamente comenzaba a penetrarla, sumiendo la mitad de los dedos. Kagome tensó la mandíbula. Empezaba a doler, a pincharle como si le estuvieran clavando una aguja prendida fuego.
—¿Duele mucho?
Sacudió la cabeza.
—E-Estoy bien.
Su vocecita enterneció a quien se encontraba dentro de ella.
—Linda… —Kikyō volvió a sus labios empujando más esa pared que había hallado en su interior. Era suave pero resistente. Kagome apretó los párpados y cruzó las piernas en sus caderas cuando Kikyō se fue hacia adelante y la atravesó por completo, provocándole un inmediato ardor en su intimidad.
—Ki... Kikyō. —Resbaló las manos por su piel y lágrimas huyeron. No sabía bien el porqué lloraba. Si era por ese punzante pero aguantable dolor o por la emoción del momento, que se acumulaba en el pecho tornándolo pesado. Quizás eran ambas. Sin embargo, la sacerdotisa llegó a una sola conclusión.
—¿Te lastimé? —le preguntó, sujetando su mejilla. La miraba preocupada.
—N-No, estoy bien. En serio. —Kagome trataba de sonreír mientras sus lágrimas eran limpiadas por una mano amable que hacía pedazos a sus sentimientos.
—¿Por qué lloras?
Su sonrisa fue deshaciéndose hasta no quedar nada de ella. Kagome arqueó las cejas y una emoción devastadora la llevó a prenderse de su espalda.
—Porque... te amo. Te amo tanto que duele.
Kikyō abrió los ojos de par en par. El aliento, fatigado por el momento, se cortó de golpe. Era la primera vez que Kagome le expresaba abiertamente sus sentimientos. Sin dudas, sin necesidad de hacerse la dormida, le contaba su amor. Kikyō la miraba sin poder creerlo. Su corazón fallecido se aceleraba al compás del de Kagome hasta el punto de no saber a quién pertenecía cual. Estrechó los ojos, emocionada, y el juicio se perdió.
—¡Kagome!
Se impulsó hacia ella, penetrándola hasta el fondo. Kagome plegó los dedos contra su piel queriendo gritarle un "¡cálmate!", pero las sensaciones entre placenteras y dolorosas que la irrumpían le robaron la voz. Su cuerpo se sacudía furioso sobre la manta debido a las embestidas de Kikyō, quien se mecía sobre ella con unos ojos desesperados de amor. Sus dedos la penetraban sin clemencia, pues, ya estaba preparada para recibirlos. El dolor comenzaba a desaparecer, ahora solo quedaba el placer y los eléctricos choques que corrían debajo de la piel, erizándola.
—Ah… —Kagome jadeaba contra su cuello, invitándola a seguir.
Kikyō arqueó los dedos en su interior, encontrando un punto sensible que le hizo estremecerse. Lo frotó con las yemas sintiendo cómo ese lugar, ya no tan estrecho, le estrujaba los dedos.
—¡Ah!
Kagome arrastró un gemido más alto que le dio vuelta el cerebro. No solo la intimidad de su aprendiz ardía, la suya también. Quería sentirla más, unir sus cuerpos. ¿Cómo podía hacer eso? Se preguntaba.
—Kagome… —Muy despacio quitó los dedos de su interior y se incorporó. Kagome la miraba con fragilidad, recibía una sonrisa tenue que no sabía cómo tomar. Kikyō procedía a sujetar una de sus piernas, se la colocaba en un hombro. No parecía pesarle, seguía sonriendo.
—¿Kikyō?
Kikyō le sostuvo la mirada con otra absorta y pasó la vista a su intimidad. Reforzó el agarre en su pierna y la sujetó por la cintura. Desesperada por unirse a ella, impulsó las caderas hacia adelante, apegándose a esa piel tan sensible. Kagome ahogó un gritito cuando empezó a mecerse, frotando sus pliegues entre sí.
—¡E-Espera!
Kikyō ni la escuchó. Sus ojos rodaron por la inmediata sensación de esos labios mojados refregándose contra los suyos. Se sentía tan bien, tan jodidamente bien.
—Mh… Kagome…
La nombrada dobló el rostro entrando en un éxtasis. Sus clítoris se frotaban generándole un hormigueo mucho más insoportable que cualquiera otro sentido. Le arrancaba el aliento, le cerraba el pecho. Era tan desbordante lo que sentía que se le estaba apagando el cerebro. Y con ello se le aflojaban las piernas, el labio inferior se desprendía.
Kikyō, igual de ida que ella, reforzaba el agarre en su cintura acelerando los movimientos. Kagome, yendo y viniendo por la manta, veía su abdomen firme bailando hacia ella. Bajó la vista y los latidos se desquiciaron al notar cómo sus pliegues se rozaban entre sí como si fueran sus labios besándose. El placer de ambas se estiraba en cada embestida que Kikyō le daba. Era todo, estaba a punto de explotar.
Pero no era la única.
Kikyō se mordía el borde del labio. En su rostro se notaba una expresión de aguante, de no querer terminar con esa tan esperada sesión, pero ya no podía más. El placer se estaba propagando por todo su cuerpo, avisándole que en cualquier momento sería expulsado. Aún le sorprendía estar sintiéndolo. Mejor dicho, estar sintiendo. Ella estaba muerta, ese cuerpo ni era suyo, pero se sentía más viva que nunca.
—Kagome, creo que… —Su voz tembló cuando empezó a inclinarse hacia ella—… no podré aguantar mucho más.
Kagome, agitada, la recibió con los brazos abiertos. Pasaba las manos por esa piel suave que era cubierta por cabellos de seda, cruzaba una pierna en su trasero. Hizo presión, apegándola más a su cuerpo.
—Yo tampoco…
Kikyō se incorporó con los codos y besó sus labios con una sonrisa cansada mientras retomaba las embestidas. Primero lento, luego más rápido. Kagome se deslumbraba con su trasero balanceándose entre sus piernas. Tentada por el panorama, deslizó una mano por su espalda y se aferró a él. Kikyō escondió el rostro en su cuello con la respiración entrecortándose. Mientras más cerca estaba de culminar, más algo pasaba dentro de su cuerpo. Algo extraño pero conocido.
«¿Qué es esto? Mi cuerpo se siente tan cálido… como aquella noche en su casa. No, mucho más. Algo… quiere entrar en mí»
Abrió los ojos contra su cuello, impresionada.
«¿La energía de Kagome?»
La observó de soslayo sin dejar de mecerse hacia ella. Kagome estaba sintiendo lo mismo, lo veía en sus ojos agrandados. Ésta la miró con el rostro brillante por el sudor.
—Kikyō, tu energía…
Kikyō miró sus ojos y luego su pecho. Una energía blanca y cálida se desprendía de Kagome y se fusionaba con la suya, la cual también emanaba del pecho. Se lo tocó. Sí, era muy similar a esa vez que le dio su energía.
No solo sus cuerpos se estaban conectando, sus almas, sintiéndose en sintonía, también lo hacían. Simbiosis, un acto involuntario de un alma quebrada en dos. Un acto de desesperación de la misma para regresar a ser una sola. El resplandor las unía, las rodeaba, y ninguna podía salir de la sorpresa y de esa fusión que les hacía hervir por dentro y por fuera. Era una sensación tan pura y calma. Se sentían llenas.
—Esto… —Kagome pasó la mano por su pecho. Kikyō sujetó su mejilla y una sonrisa emocionada se delineó en sus labios.
—Nuestras almas… Kagome, ¿la sientes? Mi alma.
Kagome se perdió en sus ojos brillantes y lágrimas huyeron de nuevo. Se abrazó a ella con una sonrisa abierta.
—La siento.
—Ahora… somos una.
Kikyō se inclinó lento a sus labios y la besó. Allí, cubiertas por ese manto blanco y el calor de la fogata, volvió a moverse sobre su intimidad. Y ambas se sobresaltaron. Las sensaciones no se comparaban a las de antes. Ahora que estaban unificadas en cuerpo y alma, la sensibilidad era extrema. Era como si estuvieran en el cuerpo de la otra, lo sentían todo. Lo propio, lo ajeno, absolutamente todo. El aliento de Kagome se entrecortaba con cada embestida, los dedos de Kikyō se resbalaban por su mejilla, labios, caían en la manta y la arrugaban. Pronto explotarían. Y si seguían así, juntas. Kikyō la golpeaba rápido con las caderas, se aferraba con fuerza de sus hombros, apretaba los ojos como si así pudiera aguantar más. Pero ya era tiempo de soltarse.
—Ka… gome. —La llamó con una voz finita y se impulsó una última vez sintiendo cómo su cuerpo empezaba a convulsionar— ¡Ah!
Kagome arrastró los dedos por su piel y arqueó la espalda emitiendo un desgarrador gemido que se fusionó con el de Kikyō. Empezó a temblar debajo de ella, quien la sostenía temblando por igual en esa explosión que estaban compartiendo. La excitación acumulada se disparaba por todos lados. Subió hasta un grado que ya no podían tolerar y entonces se disipó de golpe.
Kagome estrelló la espalda en la manta, perdiendo toda fuerza alguna. Kikyō la siguió, desplomándose sobre ella sin aliento pero a la vez con una placentera relajación. Su mente quedó vacía, no había nada en ella mientras los espasmos restantes aún le recorrían el cuerpo, haciéndole tiritar por momentos. Kagome la abrazó con un visible agotamiento y soltó un largo suspiro en su cabello. Tenía sueño, mucho sueño.
Kikyō aún no podía reaccionar. Tenía los ojos anestesiados, respiraba agitada tratando de calmarse. A pesar del cansancio, se sentía en paz. Una que, en medio de esa fusión de almas, le entregó un mensaje.
«Mi alma… está en paz. Finalmente alcanzó la paz. La escuché»
Se abrazó a Kagome, acurrucando el rostro entre sus pechos.
«Está lista para irse. El amor de Kagome terminó de curarla»
Sus ojos enrojecieron.
«Pero… aún no quiero irme. Quiero quedarme a su lado un poco más. Así que, por favor, sé paciente»
Cerró los ojos. Lágrimas rodaban por sus mejillas. Trataba de ocultarlas en la piel de Kagome. No quería separarse de ella, pero todo indicaba que pronto lo haría. Su alma gritó cuando se fusionó con la de Kagome. Cuando, por unos cortos minutos, probó el bienestar de volver a ser una.
En ese momento de éxtasis donde se fusionaron tanto en cuerpo como en alma, una especie de visión la asaltó. Un Déjà vu donde su alma, renaciendo, se gestaba cálida dentro de un bebé. Ese bebé era Kagome. La veía desde lo alto, veía la luz rosada de la perla de Shikon dentro suyo. Y aunque ella murió llena de odio, ese cuerpo pequeño la acobijaba, le daba una nueva oportunidad, borraba la tristeza. Si no hubiera vuelto a la vida, Kagome hubiera podido purificar por completo su alma llevando una vida tranquila y feliz, la que ella no tuvo. Pero volvió y con la misma ira con la que murió. Y entonces, como un ciclo repetitivo, Kagome apareció. Su otra mitad apareció para cumplir con lo que había empezado siendo tan solo un bebé: purificarla. Lástima que conseguir eso era igual a desaparecer. Mientras más Kagome hacía contacto con su alma, purificándola, más se acortaba su tiempo en la tierra, pues su alma sentía que ya era hora de partir, en calma y esta vez sin odio alguno.
Cuando lo entendió, allá en el templo donde entrenaron, una tristeza pesada junto a una felicidad ligera se apropió de ella. Su vida era una triste ironía. Finalmente podía descansar en paz, pero ahora no quería, porque eso significaba dejar de ver a Kagome. Y entonces se resistía a los llamados de su alma. Se resistió cuando recién la escuchó: estoy lista, ya vámonos. Eso le dijo. Sin embargo, a esta altura Kikyō prefería seguir caminando por la tierra siendo un espíritu maligno, impuro, con tal de poder permanecer al lado de Kagome. No era correcto, la tierra no era su verdadero hogar. Lo sabía, lo había aceptado y se había propuesto disfrutar de su aprendiz aunque fuera por poco tiempo. Incluso hasta quiso desaparecer siendo, de alguna forma, asesinada por ella. Purificada por ella. Pero ahora…, sintiéndola tan cálida en su pecho, sintiendo su amor y los latidos al unísono, era tan difícil pensar en la despedida. Mucho más difícil que antes.
Refregó la cara entre sus pechos, sofocando sollozos. Una mano le acariciaba el cabello, una voz dulce le preguntaba qué le sucedía. Kikyō negaba, callaba para no romperse en un llanto, luego le decía que estaba feliz y que por eso lloraba. Y era cierto, claro que estaba feliz. ¿Pero por cuánto tiempo podría mantener esa felicidad? ¿Cuánto más podría resistirse al llamado inminente de la muerte? De su alma.
«Por favor…, aguanta un poco más»
Suplicó, dejándose besar por unos labios suaves que se arrastraban por sus mejillas, llevándose al dolor.
«¡Solo un poco más!»
Continuará…
Si llegaron hasta acá, ¡mil gracias por leer! Sí, no tuve piedad con la extensión. Como siempre, no sé resumir. No me daba cortar juuusto este capítulo en dos, medio que iba a perder la magia. Pero bueno, espero que no se les haya hecho muy tedioso leerlo.
Paso a contestar los comentarios (tarde pero seguro):
Maria Sato: ¡Queriiida Sato, tanto tiempo! Espero que andes bien. Mil gracias por pasarte por acá en... septiembre del año pasado? Dios, colgué fuerte jajaj Espero que la historia (si la recordás) te siga gustando. ¡Nos leemos prontito, beso grande!
DAIKRA: ¡Muchas gracias por leer, estimada! Definitivamente la serpiente es uno de mis personajes favoritos también. Ya ni me acuerdo cómo se me ocurrió que formara parte de la historia, pero ahora la amo como si fuera mi mascota jajaja Me alegra que la historia te esté gustando y espero leerte prontito. Te mando un beso!
aleja2005: ¡Muchas gracias por leer! Acá vengo a cumplir con la petición de seguir la historia (sí, unos meses más tarde, pero bueno jajaja). Te leo en el próximo capítulo! Besos!
nadaoriginal: ¡Muchas gracias por leer y seguir por acá! Me alegra que el dramatismo sea de tu gusto, porque, como te habrás dado cuenta, soy una dramática jaja. Trato de hacer la historia re feliz y de pronto algo me dice: ponéle angustia... hacéé sufrrriir jajaja Espero que andes bien, te leo prontito. Besos!
Chat'de'Lune: Essstimada, ¿cómo dice que le va? Ojalá que muy bien! Aparecí para seguir con esta historia. Aunque tengo varias inconclusas que, esperemos, algún día termine. Las de Xena, por ejemplo. No las olvidé, lo juuro. Siguen ahí esperando a que me vuelva la inspiración jaja Espero que sigas bien y nos estamos leyendo prontito. Te mando un beso grande! Namasteee.
Guest: ¡Muchas gracias por leer! Aparecí, tarde pero seguro. Respecto a tus teorías sobre la historia, todo se va aclarar prontito. Pero sí puedo decirte, como te habrás dado cuenta, que Kikyo sí está medio en las últimas. Así que veremos cómo sigue todo esto. Por ahora no es mi intención meter a Sesshōmaru en la historia, la verdad no creo que lo haga, por eso evito su personaje. Pero nunca se sabe, quizás aparece, pero de una forma muuy secundaria. En fin, espero leerte prontito. Te mando un beso!
oujiswan: ¡Muchas gracias por leer! Genial que la historia te parezca interesante :) Te leo en el próximo capítulo, entonces. Besos!
Carol G-20: ¡Muchas gracias por leer! Perdón por la espera, la idea es actualizar más seguido a partir de ahora. Veremos cómo sale eso jaja. Respondiendo a tu comentario, sí, Kikyo está cambiando gracias a Kagome. Y Kagome está cambiando por Kikyo. O, mejor dicho, descubriéndose. Ya en este capítulo parece que las cosas quedaron más que claras entre ellas. No sé, digo ;) jajaja Espero leerte prontito! Te mando un beso grande!
Ahora sí, procedo a retirarme. Nos leemos en el próximo capítulo, gente linda!
Se me cuidan!
