©Naruto, Masashi Kishimoto.
Adaptación Sasuhina.
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꧁ Nomeolvides ꧂
Capitulo 7
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La enorme y espaciosa oficina que servía para aquel tipo de reuniones se había llenado aquella tarde. La larga mesa estaba ocupada casi por completo y Hinata se había ubicado junto a Kurenai, porque ella se lo había pedido.
Estaba nerviosa y no era para menos. Se trató del primer proyecto que su jefa le encargó y ella sería la principal responsable de llevar adelante con éxito. Kurenai le había dicho que a su disposición el personal y el material que fuera necesario y que la dejaría trabajar con total libertad. Aquella reunión era para afinar los últimos detalles y poner en marcha, finalmente, el proyecto en el que cualquier persona amante del arte hubiera deseado trabajar.
Había elegido una falda y una chaqueta de color gris ceniza para darse un toque más formal; debajo, llevaba una camisa en un tono un poco más pálido que el del traje. Su corta melena negro noche estaba prolijamente alisada, y se había hecho un peinado cruzado sujeto por un broche metálico a la altura de orejas. Había entrado a la oficina con unas cuantas carpetas en los brazos y se sintió un tanto incómoda cuando la atención de la decena de hombres asistentes a la reunión se centró en ella. Conocía a la mayoría; al resto, seguramente, se los presentaría Kurenai en el pequeño cóctel que se daría una vez finalizada aquella reunión.
Demasiada gente, murmullos y miradas furtivas que iban dirigidas a ella. Hinata Byakugan, la novata encargada de llevar adelante un proyecto tan importante como aquel.
Kurenai revisó unos papeles; Hinata se preguntó por qué no dio comienzo a la reunión de una buena vez, deseaba largarse de allí y dar por terminada esa sensación de sentirse un bicho en exhibición. ¡Dios!
¡Cómo quería estar en su taller en ese mismo momento!
La puerta se abrió y todos se giraron para observar si el último asistente se había dignado, por fin, a aparecer.
Hinata notó que el rostro de su jefa se relajaba ante la aparición de aquel hombre que en ese momento cruzó la oficina y se dirigió hacia ellas después de saludar con cortesía a los demás.
—Kurenai, lamento llegar tarde, pero era imposible escaparme de aquella otra reunión —dijo, se agachó y le dio un beso en el dorso de la mano.
—No te preocupes, Deidara. Las personas importantes siempre se hacen esperar. —Se giró y le sonrió a Hinata—. Deidara, esta es Hinata Byakugan. Hinata dirigirá el proyecto de la colección.
Deidara profundizó la mano y se dispuso a besar la de Hinata de la misma manera que había hecho con Kurenai.
—Hinata, este es Deidara Kamizuru.
Hinata le entregó la mano. Kurenai no necesitaba decir nada más, ya sabía quién era él, no solo porque no se había hablado de otra cosa en la editorial en los últimos días, sino porque el nombre de Deidara Kamizuru era reconocido a nivel nacional. Uno de los mejores diseñadores del país y el creador de las mejores campañas publicitarias.
—Es un honor conocerlo, señor Kamizuru —dijo con timidez.
—El honor es mío, Hinata. Llámame Deidara; despues de todo, vamos a trabajar juntos.
Hinata asintió mientras él se sentaba junto a Kurenai que dio por comenzada la reunión. Había pensado que los nervios la traicionarían más de una vez, pero estuvo más tranquila de lo normal; sobre todo, cuando le tocó exponer a ella las ideas que sustentarían el proyecto que al término de aquella reunión ya tenía un nombre oficial: «Art & Pleasure». Había sido elegido entre todos a través de una votación, después de que ella misma lo sugiriera. Hinata sintió que aquel había sido un gran voto de confianza hacia su trabajo.
Los ejecutivos se iban acercando, poco a poco, al par de mesas en donde los esperaban un pequeño refrigerio. Hinata se quedó en su lugar un momento más, a solas Kurenai y Deidara conversaron junto a la ventana y ella aprovechó para ordenar sus carpetas.
Una de sus compañeras la instó a que comiera algo, pero desistió: tenía el estómago cerrado y solo pidió un vaso de agua.
—¡Ay, no! ¡No puedes beber agua! —Deidara exclamó al verla llenar su copa—. Debemos hacer un brindis, bebe al menos un poco de vino.
Hinata le sonrió y de mala gana obtuvo la copa de vino que él le acercaba.
—Por «Art & Pleasure», porque mar un éxito. —Chocó la copa de Hinata con un leve movimiento—. Y por ti, Hinata.
Hinata bebió un sorbo de vino para ocultar de alguna forma la vergüenza de sentirse el centro de atención. Todos la miraron y, en un momento dado, deseó salir corriendo de allí y encerrarse en su taller. Sin embargo, debía aceptar que aquello también formaba parte de su vida, aunque le agradara menos. Preferiría estar enfundada en sus vaqueros gastados, dar pinceladas sobre sus lienzos, respirar el olor del óleo y la trementina, encerrarse por horas en su estudio, en vez de estar allí, rodeado de tanta gente, la mayoría casi desconocida.
Para su alegría, Kurenai se había unido a ellos y Hinata se sintió menos incómoda. De vez en cuando observaba su reloj pulsera, procuraba hacerlo mientras su jefa y Deidara Kamizuru estaban distraídos, no quería dar la impresión de que quería largarse de aquel lugar lo antes posible.
Como Kurenai estaba entretenida conversando con un hombre que, según había escuchado, era uno de los mayores distribuidores de libros del país, Hinata escabullirse al menos un rato para recuperar un poco de soledad. Camino hacia el gran ventanal y contempló cómo la noche ya se había adueñado de Konoha. Los edificios que la rodeaban y que de día parecían moles majestuosas, en ese momento parecían solo bestias dormidas. Respiró hondo y se cubrió el pecho con los brazos. Estaba tan oscuro ahi fuera; cualquiera se podria perder en medio de aquella negrura devoradora. Se preguntó si el hombre que amenazaba de nueva su vida viviría como una sombra y se ocultaría de los demás en medio de la noche. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Estás aquí pero tu pensamiento no.
Hinata se sobresaltó al escuchar la voz de Deidara Kamizuru.
—Necesitaba un poco de soledad —le dijo mientras esbozaba una tibia sonrisa.
—Te entiendo. A veces, la soledad suele ser la mejor compañera. —Se paró a su lado y contempló la vista que Konoha les sostuvo desde aquella oficina—. La soledad y la noche, una combinación demasiado lúgubre para algunos y demasiado perfecta para otros.
Hinata asintió.
—Apuesto que ahora tu único deseo es marcharte de aquí.
—¿Cómo lo sabes? —Su forma de hablar le intrigaba.
—Porque lo mismo deseo yo —se limitó a responder.
—¿Y por qué no te vas entonces?
—¿Por qué no te vas a ti? —retrucó y colocó las manos en los bolsillos de sus pantalones.
—No podría desear a Kurenai. —Lanzó un fugaz vistazo a su jefa—. Ella ha puesto en mis manos este proyecto tan importante y confía en mí más que nadie.
—Todos confían en ti, Hinata. Incluso yo —dijo y le sonrió.
—Quisiera creer que eso es verdad, pero sé que muchas personas que están hoy aquí piensan que no lo lograré. —Era un sentimiento que la había acompañado desde el mismo momento en que Kurenai le había comunicado que sería la encargada de dirigir el nuevo proyecto.
—Solo es envidia —señaló Deidara.
—No, no es eso. Solo que cree que Kurenai debería haber elegido a alguien con más experiencia y la verdad es que quizás tendrá razón en desconfiar de mí.
Deidara sacudió la cabeza.
—No debes pensar así; tienes la oportunidad perfecta para demostrarles a todos ellos ya ti mismo que puedes hacerlo. Yo te ayudaré, para eso estoy aquí.
Hinata bajó la mirada avergonzada por su falta de confianza en sí misma.
—Gracias.
—Me las dares cuando comprendas que tengo razón —resopló, y un mechón de su cabello rubio bailó con gracia sobre su frente—. Vamos, te llevaré a tu casa.
—Oh, no, no es necesario —se apresuró a decir—. He venido en mi automóvil.
—En ese caso, déjame acompañarte, al menos, hasta que subas a él.
Podría haber negado, pero prefirió no hacerlo. No deseaba bajar sola hasta el subsuelo con la impresión de que alguien saldría en medio de la oscuridad para atacarla.
Se despidieron de Kurenai y de un par de hombres que hablaron con ella, que Hinata solo había visto un par de veces con anterioridad y tras recoger sus carpetas, se marcharon.
—¡Por fin! —exclamó Deidara y suspiró aliviado mientras se recostaba contra una de las paredes del ascensor.
Hinata no pudo evitar sonreír; sobre todo, porque ella esperaba lo mismo solo que no se había atrevido a decirlo. Mientras el ascensor descendía los siete pisos que los separaban del subsuelo, Hinata se dedicó a contemplar al hombre que acababa de conocer. Tenía un aspecto jovial; Debía de tener no más de treinta años, no era mucho más alto que ella y era de complexión no tan robusta.
Su cabello rubio formaba algunas ondas y le llegaba más allá del cuello; sus ojos eran azules y llevaban unas elegantes gafas; unas cuantas pecas asomaban en sus mejillas. Pero, sin duda, lo que más llamaba la atención en su rostro era una cicatriz que cruzaba por un lateral de su ojo izquierdo.
Él se la tocó cuando descubrió hacia dónde iban dirigidos los ojos de Hinata.
—Fue hace algunos años, un accidente de coche de donde salí casi ileso, a no ser por esta pequeña marca que llevaré hasta el día que me muera —le contó.
Hinata notó tristeza en su voz, de seguro le dolía hablar de aquel tema y se lamentó de quedaron mirando su cicatriz como una niña tonta.
—Lo siento.
—No te preocupes, ya lo he superado. Pasó hace cuatro años y, además, creo que no me queda tan mal, ¿no? Me da un aspecto de hombre recio; creo que a las mujeres les gusta eso —bromeó, para ocultar su tristeza.
—No a todas —replicó Hinata. La puerta del ascensor se abrió.
—¡Vamos! ¡No me vas a decir que una mujer como tú no se sentiría halagada si se topara con un sujeto rudo, con barba de varios días y que solo oliera a sudor! ¡Un típico vaquero del lejano Oeste!
Hinata no hizo nada para reprimir la carcajada.
—¡Claro que no! —dijo a la defensiva. Por un segundo, la imagen de Sasuke Uchiha la asaltó y se lo imaginó vestido de vaquero, con sus botas de cuero gastadas, un gran sombrero de ala ancha, el rostro ensombrecido por una barba descuidada, las dentro manos de los bolsillos de sus pantalones y aquellos ojos negros obsidiana que cada vez que la miraban la invitaban a querer explorar qué había más allá.
—Te ha quedado muy callada de repente. —Deidara la acompañó hasta donde estaba estacionado su Volkswagen—. ¿En qué esperáis?
Hinata agitó la cabeza e intentó destruir aquella imagen demasiado tentadora y le respondió.
—En nada.
—Bueno, déjame decirte que la expresión en tu rostro era demasiado placentera como para que estuvieras pensando en «nada».
Los colores se le subieron a las mejillas.
—¡Lo sabía! —Le apuntó con su dedo índice—. ¡Estabas pensando en tu vaquero rudo y sudoroso!
Si hubiera tenido más confianza con él, le habría golpeado el estómago con las carpetas. Se estaba riendo a costa de ella y lo estaba haciendo deliberadamente.
—Es tarde, debo irme. —Abrió la puerta de su automóvil y arrojó las carpetas dentro antes de que se convirtieran en posibles armas mortales.
—Bonito automóvil —comentó Deidara al elogiar su Volkswagen Beetle color rojo cereza.
Hinata entró y cerró la puerta. Bajó la ventanilla y lo miró.
—Gracias por acompañarme, Deidara.
—De nada, Hinata. Nos vemos pronto.
Le dedicó una última sonrisa mientras encendía el motor y antes de marcharse lo saludo con la mano. Le había caído bien Deidara Kamizuru.
Se movía entre las sombras vestido de negro. Adoraba la noche y sumergirse en su oscura boca para perderse en ella y así pasar desapercibido. Hasta sus ojos parecían acostumbrados a ver en la oscuridad, al igual que los gatos. Era muy parecido a un felino astuto, de movimientos gráciles, serpenteaba entre las sombras, prefería la noche al día. Disfrutaba mientras tanta gente dormía, se sentía dueño del mundo y de las tinieblas que lo rodeaban.
Su cuerpo, vestido de negro por completo, se movió con sigilo a través de los árboles. Observó con detenimiento la caseta de seguridad que despedía una tenue luz nacarada. Desde su interior le llegaba el sonido de una radio encendida en donde el locutor hablaba de deportes y comentaba, apesadumbrado, la mala racha que habían tenido los Foxes de Konoha en la última temporada.
Se acerco a la caseta casi en silencio, parecia que sus pies se deslizasen por la hierba, la tocaban apenas. Oculto detras de la columna de cemento que flanqueaba la reja de hierro, levanto un poco la cabeza para observar mejor.
El guardia estaba muy cómodo recostado en su silla con los pies cruzados sobre el pequeño escritorio pegado a la pared. Estaba demasiado entretenido con una revista, donde exuberantes señoritas mostraban sus atributos físicos en llamativas fotos de colores, como para prestar atención a nada más. Mucho menos a las sombras que se recortaban bajo la luz de la luna. Se arrojó al suelo y se arrastró hacia la reja. Cuando se puso de pie nuevamente, solo la gorra del oficial se asomaba a través de la ventana de la caseta de seguridad.
Atravesar aquella fortaleza de hierro era la parte más difícil de su plan, pero una vez que lograse sortear aquel obstáculo ya nada lo detendría. Tan solo unos pasos lo separaban de ella.
Sus manos enguantadas se aferraron con fuerza a los barrotes como si resultasen garras. Comenzó a escalar y con la fuerza de sus piernas, se dio cuenta de un empujón y llegó hasta la parte más alta. Se detuvo un momento, la cámara de video no tardó en girar hacia donde se encontró él; le tomaría solo unos segundos captar su imagen y transmitirla a los monitores de seguridad. Debía saltar antes de que fuera demasiado tarde. Cruzó las piernas por encima de la reja y sin dudarlo se arrojó al suelo; contuvo una maldición y con un rápido giro logró desaparecer de nuevo entre las sombras. El ruido de su cuerpo, que golpeó contra el suelo de hormigón, había llegado hasta los oídos del distraído guardia, y este se levantó de su silla de inmediato y perdió el equilibrio al hacerlo.
Dirigió la luz hacia la reja, pero no había nada. Alumbró luego hacia la zona más boscosa, pero solamente aparecían los árboles. Se quitó la gorra y se rascó la cabeza.
«Tal vez solo ha sido un mapache hambriento», pensó, y apagó la linterna y volvió a la caseta. Revisó los monitores que mostraban imágenes de la entrada y de las calles internas que conducían a las propiedades dentro del complejo, pero de nuevo no había nada. Todo parecía estar en absoluta calma.
Calma absoluta era la sensación que lo embargaba en aquel momento; sabía que luego llegaría la exaltación, la emoción de tenerla cerca. Respiró hondo unas cuantas veces y se dirigió a la parte trasera de su casa. Sería fácil entrar; sabía que aquellas casas no contaban con alarmas individuales, sus dueños confiaban en la seguridad que les brindaba vivir en un lugar apartado y cerrado como aquel. Encontró la pequeña claraboya que daba al sótano sin problemas. Había estudiado los planos de aquellas casas y conocía perfectamente cada detalle. No era demasiado grande, pero sí lo suficiente como para que él pasara a través de ella. La empujó e introdujo primero las piernas, se asió de los bordes con ambos brazos y de un pequeño salto fue a parar al suelo del sótano. Por suerte un cesto de ropa sucia amortiguó su caída y encubrió cualquier ruido extraño.
Se puso de pie y observe el lugar. El sótano estaba en una ligera penumbra, alumbrado solo por la poca luz que arrojaba la luna a través del cristal de la claraboya. Reinaba un completo silencio, pero él sabía ser también silencioso. Camino hacia las escaleras y comenzó a subir los escalones de uno en uno, lentamente. Cuando por fin llegó hasta la puerta se detuvo un instante y apoyó una mano contra la pared.
No podía creer que después de esperar tanto tiempo finalmente la vería. Los cuatro años de sufrimiento y agonía por haberla perdido darían paso a la alegría de tenerla otra vez para él. Cruzó el umbral de aquella puerta y atravesó la cocina con dos zancadas.
Sabía que había dos habitaciones en la parte alta de la casa y que estaría durmiendo en una de ellas. Debía seguir sus instintos para dar con la correcta. Siempre lo había hecho y nunca le habían fallado. La sala era tal como se la habia imaginado. Sus manos cubiertas por un par de guantes negros recorrieron la suave tela de los sillones y se la imaginó sentada allí, leyendo un libro, en una noche de invierno, mientras el fuego crepitaba en la chimenea. Él estaría sentado a su lado, la contemplaría, la tomaría de la mano y le repetiría, una y mil veces, lo mucho que la amaba.
El corazón se le subió a la garganta cuando escuchó ruidos en el piso de arriba. Una de las puertas se abrió y tuvo apenas un segundo para esconderse detrás de la biblioteca.
Una mujer alta y de cabello castaño hasta los hombros bajó las escaleras mientras lanzaba un par de bostezos. La vio perderse en la cocina y luego regresar con un vaso de leche en una mano y una caja de galletas de chocolate en la otra. Desde su escondite pudo observar con claridad en cuál de las dos habitaciones había entrado y así dedujo cuál era la que ocupaba ella.
Esperó hasta que esa puerta se cerró y, con cautela, comenzó a subir la escalera. Cada peldaño lo acercaba más a ella y cualquier intento de acallar los latidos de su corazón fue en vano. Se detuvo ante su puerta y sostuvo la manilla entre las manos. La calma se había convertido ya en excitación; la frialdad, en euforia.
Abrió la puerta lentamente y la cerró tras de sí. La habitación estaba a oscuras y la luz que entraba por la ventana iluminaba su silueta en la cama. Dormía muy plácida, cubierta con las sabanas. Su cabeza reposaba sobre la almohada y respiraba con lentitud. Si extendiese la mano, podría tocarla, matar la ausencia que había padecido durante esos cuatro años. Destruir la distancia que los habian mantenido separados, cuando su destino era estar juntos hasta la misma eternidad. Respiró hondo y cerró los ojos cuando su perfume llegó hasta él. Ella se movió inquieta en la cama y dio media vuelta; entonces, la sábana se deslizó hasta la cintura y desveló lo que los había unido durante todos esos años.
El nudo celta permaneció intacto y se dejó ver debajo de la prenda de algodón que ella llevaba. Frenó el impulso de acercarse y tocarla para asegurarse de que era tan real como la había soñado. Ansiaba tocarla y sentir la suavidad de su piel de nuevo, pero no había ido a eso. La misión que lo había llevado hasta su casa, aquella noche, era por completo diferente. Ni siquiera se detuvo a pensar si sería sencillo o no llevársela de allí sin ser visto. No había ido a llevársela; solo estaba en esa habitación para recordarle que él existía, que estaba a su lado en todo momento, aunque no lo supiera, y que jamás permitiría que ningún hombre se acercara a ella.
Se metió la mano en uno de los bolsillos internos de la chaqueta de piel negra que llevaba y sacó un ramillete de flores. Acomodó sus pétalos azules un poco aplastados y lo colocó sobre la almohada, junto a su rostro. Se quedó cerca un instante para escucharla respirar. Su misión estaba cumplida. Sin embargo, le lastimaba dejarla. Le dolía que ella no hubiera abierto los ojos y hubiera extendido sus brazos para darle la bienvenida que él se merecía. Ya habría tiempo para todo eso cuando, por fin, estuvieran juntos nuevamente. Sabía ser paciente y esperaría por ese momento mágico el tiempo que fuera necesario.
—¿Has dormido mal? — Preguntó Ino aquella mañana mientras revisaba algunos detalles del caso.
Sasuke se masajeó el cuello con movimientos circulares, pero nada logró calmar el dolor que punzaba con insistencia dentro de sus músculos.
—Este dolor me está matando.
—Demasiadas tensiones, Sasuke —sentencia Ino y se acomodó el pelo detrás de las orejas—. Deberías relajarte un poco.
¡Cómo si fuera tan sencillo hacerlo! Pensó malhumorado.
—¿Qué ha conseguido del laboratorio?
Ella lo miró resignada; al parecer no pensaba darse cuenta, ni siquiera, cinco minutos de pausa.
—Nada importante, no se hallaron huellas salvo las de la mano de un niño; parece como si esa maldita caja estuviera inmaculada.
—¿Has podido averiguar quién vende?
—No conseguiremos nada por ese lado. Según los del laboratorio es una caja hecha de forma artesanal —explicó.
Sasuke rió con sarcasmo. —¿Quieres decir que nuestro asesino es, además, un artesano al que le gusta hacer sus propias manualidades?
—Así parece; aunque seguramente construyó él mismo la caja para que no lográsemos rastrearla.
—Sí, seguro.
—Uchiha, acaba de llegar esto para ti. —Un oficial le entrego un par de sobres y volvió a desaparecer detrás de la puerta.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó intrigada su compañera.
—Dos entradas.
—¡Bueno, veo que vas a seguir mis consejos y saldrás a divertirte un poco!
Sasuke se puso serio y le entregó las entradas para que ella misma las viera.
—Son entradas para el partido de los Bijuu Raiders para este fin de semana. —Lanzó un soplido mientras las volvía a guardar en el sobre—. Solo es trabajo, Sasuke.
—¿Qué esperabas? ¿Entradas para el cine, o tal vez el teatro?
—Pues sí, por qué no. Deberías desconectar un poco del trabajo, apuesto que el cuello te dolería menos.
—En cuanto lo atrapemos y toda esta pesadilla termine, te prometo que me tomaré unas vacaciones. —No le había mencionado nada, pero pensaba tomar su pequeña kayak que lo esperaba en el embalse de Katawa, salir a navegar y perderse, al menos unos días, en los rápidos del rio Kukitai.
—¿Tienes idea de cuantos niños habrá en ese partido de hockey?
—Pelirrojos, no muchos —respondió con soltura Sasuke mientras subía las piernas encima del escritorio—. Vamos a tener suerte, Yamanaka. ¿No eres siempre tú la que dice que tenemos que ser un poco más optimistas?
Ino lo miró directamente a los ojos y Sasuke percibió el cansancio en ellos.
—Sabes que si no fuera así terminaríamos metidos en un hospital envueltos en una camisa de fuerza. —Se detuvo de inmediato al darse cuenta de lo que acababa de decir.
Sasuke percibió su embarazo.
—No te preocupes.
—Lo siento, Sasuke. Sabes que no me refería a… —¡Dios! ¿Por qué a veces no se limitaba a cerrar su enorme bocaza?
—Te he dicho que lo olvidaras.
Ino asintió y volvió a concentrarse en el papeleo. Había metido la pata, había actuado con el mismo tacto de una mula al mencionar aquello. Casi nunca hablaban del tema del padre de Sasuke. Ella sabía que él lo visitaba una vez a la semana en la clínica donde estaba internado desde hacía unos años y que cada vez que iba, regresaba peor. Siempre dejaba que fuera él quien mencionara algo al respecto, pero podía percibir cuánto dolor le provocaba ver a su padre en aquel estado después de haber sido, durante tantos años, no solamente uno de los mejores policías de la ciudad, sino su héroe desde que era niño. El mismo Sasuke le había contado que había elegido ser policía como una manera de honrar a su padre. Una ironía lo obligaba a ser testigo de cómo ese hombre, a quien siempre había admirado y respetado, se apagaba irremediablemente encerrado en aquel lugar.
Leía distraída unos papeles y, de vez en cuando, alzaba la vista para observarlo. Parecía estar atento a la pantalla de su portátil, pero seguía con la mirada triste.
Le habría gustado levantarse de su lugar, ir hasta él y darle unas cuantas palmaditas en el hombro para demostrarle su apoyo solo con aquel silencioso gesto.
Estuvo a punto de hacerlo, pero en ese instante la puerta se abrió con violencia, y Hinata Hyuga entró como un torbellino a la oficina.
Sasuke abandonó su silla de un salto y se quedó perplejo cuando ella se arrojó desesperadamente a sus brazos.
—¡Hinata! ¿Qué ha sucedido?
—¡Ha estado en mi casa!
…
Holi! Que miedo que en medio de la noche un loquito entre a tu cuarto y estés completamente dormida ¡que maldito miedo!
Bueno, x, jajaja, vengo porque lo prometido es deuda. Voy de salida y este cap lo tenía listo, así que espero que lo disfruten. ¡Chau!
...
