© Naruto, Masashi Kishimoto.
Adaptación Sasuhina. Personajes OOC.
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꧁Nomeolvides꧂
Capítulo 23
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Hinata le escuchó dar algunas instrucciones a su compañera a través de su teléfono móvil mientras esperaban en el hall de la clínica. Cuando dio por terminada la conversación, ella le hizo la pregunta que se había guardado desde la llamada de la enfermera de Fugaku Uchiha.
—Sasuke. —Lo obligó a mirarla a los ojos—. ¿Qué sucede?
Sasuke agachó la mirada. No quería angustiarla más, pero no podía excluirla de todo aquello; después de todo, ella era la principal afectada.
—Es él, Hinata. —Alzó sus ojos hacia Hinata. Un terror ya familiar se apoderó de ella.
—¿Le ha hecho daño a tu padre?
—No, tranquilízate. Mi padre está bien.
—Señor Uchiha, su padre lo espera en su habitación.
Sasuke ni siquiera se lo preguntó, sabía que Hinata iría con él. Entraron en la habitación que ocupada, desde hacía tres años, Fugaku Uchiha en aquella clínica de reposo.
Lo encontraron recostado en su cama; llevaba una bata y cuando notó su presencia, los contempló.
—Sasuke.
—Papá, aquí estoy. —Se acercó y se sentó en el borde de la cama.
Hinata prefirió quedarse junto a la puerta.
Fugaku Uchiha desvió la mirada hacia ella. Esbozó una sonrisa cuando la reconoció.
—Señorita Hyuga —murmuró.
—Papá, Hinata ha querido acompañarme. —Sasuke se giró y le tendió la mano—. Ven, acércate.
Ella tomó su mano y avanzó lentamente hacia él. Contempló al hombre que yacía en la cama de aquella habitación y que, cuatro años atrás, tuvo la desagradable tarea de comunicarle lo que le había sucedido para sacarla de su confusión. En aquella ocasión era ella quien estaba tendida en la cama de un hospital y se recuperaba de sus heridas y del deterioro general que sufrió durante su secuestro.
Fugaku Uchiha ya no era el mismo; poco quedaba de aquel hombre recio que le había prometido encontrar al hombre que le había hecho tanto daño.
Él extendió su mano huesuda y Hinata la estrechó con fuerza.
—Hola, señor Uchiha. Ha pasado mucho tiempo —dijo y contuvo la emoción. No era solo el hecho de volver a verlo; era el padre de Sasuke y le dolía saber que se encontraba en aquellas condiciones.
—Cuatro años.
Hinata asintió. No supo qué hacer ni qué decir cuando, de repente, una expresión de angustia se apodero de su rostro de por si apesadumbrado.
—Papá, tranquilízate. Estamos contigo. —Sasuke se puso de pie de inmediato y se arrodilló a un lado de la cama.
A Hinata se le estrujó el corazón al ser testigo de cómo Sasuke sufría por su padre. Quería contenerlo y consolarlo, pero se sentía impotente por no poder hacer nada por él.
Fugaku Uchiha levantó la mano y su dedo índice señaló hacia una pequeña mesa ubicada frente a la ventana. Ni Hinata ni Sasuke le habían prestado atención desde que entraron a la habitación.
Sasuke se enderezó y fue hasta la mesa. Comprendía la angustia de su padre.
—¿Qué es? —preguntó Hinata y se acercó por detrás—. ¡Dios mío! —se llevó la mano a la boca.
Sobre la mesa, había un shōgi; le faltaban piezas, y las únicas que estaba enciman del tablero eran un peón, colocado en posición contraria a la zona enemiga, y un general de oro, de frente al peón, de modo que la pieza más pequeña le daba la espalda. En el shōgi, esa jugada era ilegal y casi imposible para el peón, ya que éste nunca quedaba de espalda y solo podía avanzar hacia adelante. (1) El mensaje era claro: victoria para el general de oro.
Por sí solo, el significado era contundente, pero sumando el ramillete seco de nomeolvides y el mensaje pintado en la esquina del tablero, hizo que Hinata sintiera tanto miedo.
«Hime, eres solo mía.» Se leía en letras rojas, asquerosamente escritas con una sustancia líquida.
—¡Maldito bastardo! —El puño cerrado de Sasuke golpeó contra la mesa, que tambaleó, y el juego de mesa terminó estrellándose contra el suelo.
Hinata se abrazó a él y cerró los ojos. Él la estrechó con fuerza, necesitaba sentirla segura y a salvo entre sus brazos.
—Has hecho un desastre, Uchiha —comentó Ino mientras observaba la composición que había estado sobre el tablero shōgi, ahora esparcida por el suelo.
—Ha sido un momento de rabia —dijo Sasuke y observó cómo su padre dormía plácidamente gracias a los calmantes que Eve le había inyectado minutos antes. Hinata descansaba al pie de la cama y permanecía en silencio.
—No te preocupes. Los peritos están esperando en el pasillo para pasar, ellos se encargarán de juntar todo.
Lanzó un rápido vistazo a Hinata. Se preguntó si Sasuke le había dicho ya que encontraron la cabaña donde, posiblemente, había estado recluida durante los tres meses de su secuestro y que necesitarían que ella fuera hasta allí para ver si reconocía el lugar. Le hizo señas a Sasuke de que la acompañara fuera de la habitación.
—Regresamos enseguida —le dijo Sasuke.
Hinata asintió sin pronunciar palabra. Cuando ambos salieron Ino fue directa al grano.
—¿Se lo has dicho?
—Todavía no. Pensaba hacerlo cuando llegara a casa, pero ha surgido esto y no he encontrado el momento oportuno para decírselo —explicó mientras observaba a uno de los peritos entrar en la habitación de su padre.
—Debes hacerlo, si Hinata reconoce la cabaña, entonces sabremos que no estamos perdiendo el tiempo analizando las huellas dactilares que hallamos en el lugar. —Hizo una pausa, porque no le gustaba lo que iba a decir—. Si, en cambio, no hace una identificación positiva, ¡maldición!, se arruinaría todo.
Sasuke tenía plena conciencia de eso; por esa razón, temía el momento en que Hinata viera por fin la cabaña. Si no la reconocía, si no había vestigios de ella en su memoria, la investigación se iría al demonio. Tal vez la resolución del caso estuviera en algunas de las huellas encontradas en la cabaña, pero si resultaba no ser el lugar donde Hinata había estado cautiva de nada servirían.
Minutos después, Hinata se les unió.
—He preferido salir para que el forense trabajara tranquilo —dijo y se cruzó de brazos.
—Hinata. —Ino miró de reojo a su compañero—. Hay algo que debemos decirte, que Sasuke debe decirte.
Sasuke la fulminó con el negro de sus ojos.
—¿De qué se trata?
Al ver que Sasuke se quedaba callado para buscar la mejor manera de hablar con ella, Ino tomó la iniciativa de responderle.
—Hemos seguido la pista del ferrocarril tras tu sesión de hipnosis y encontramos una cabaña abandonada en medio de un paraje solitario. Creemos que es el lugar donde estuviste durante tu secuestro.
Hinata sabía que aquella noticia era buena, debía de ser buena; sin embargo, presentía que había algo más que querían decirle.
—¿Hallaron algo?
—Cientos de huellas dactilares y unos cuantos condones usados. Es un escondrijo, un «nido de amor» usado por los adolescentes del lugar — se apresuró a esclarecer.
—Entiendo.
—Hinata. —Sasuke decidió intervenir por fin—. Necesitamos que vengas con nosotros al lugar para ver si puedes reconocer la cabaña.
Con que era eso lo que no se había atrevido a decirle.
—¿Crees que servirá de algo?
—Si no lo creyera, no te pediría que lo hicieras —le dijo y le acarició la mano.
—Está bien, iré. —Era consciente de que no podía negarse. Además, si aquello ayudaba a ponerle un final a tanta locura valdría la pena. Le aterraba la idea de regresar a aquel lugar, pero se encargaría de que Sasuke no lo notara.
Al día siguiente, Sasuke la había despertado temprano para salir a correr. Quería que se relajara antes de su viaje a Areto.
Hinata se estaba vistiendo en la habitación y Sasuke la esperaba impaciente en el pasillo junto al montacargas.
Saludó con la mano al matrimonio Denka cuando los vio salir de su vivienda. De pronto, tuvo una idea, aunque debía hablar con ellos antes de que Hinata apareciera.
—¡Nekobaa, Junko, esperen!
El matrimonio de ancianos se detuvo y escuchó con atención lo que Sasuke tenía que decirles aquella mañana.
Cuando Hinata salió al pasillo, lo vio charlando con los Denka. Tan pronto él la notó, dio por terminada la conversación. Se acercó y le sonrió.
—¿Lista para dar unas vueltas al parque y acabar conmigo de nuevo?
Hinata frunció el ceño. Había algo extraño en su actitud, una chispa de travesura en sus ojos oscuros.
—¿Qué hablabas con los Denka? —le preguntó.
—Nada en especial. ¿Nos vamos? —La invitó a subir al montacargas.
Hinata percibió enseguida que estaba desviando el tema de conversación.
—Nunca hubiera creído que demostrarías tanto entusiasmo por salir a correr conmigo —comentó ella desconfiada, ya en el interior del montacargas.
Él se acercó y la apretó contra la pared.
—Correr no me atrae demasiado. —Le besó el cuello—. Quien me atrae eres tú.
Hinata lo sujetó del cuello del chándal y lo apartó.
—¿Qué misterio te traes entre manos, Sasuke Uchiha? —Él puso su mejor cara de niño bueno.
—Ninguno, ¿Qué puede haber de misterioso en desear verte correr con tus pantaloncitos cortos?
—Sabes que no me refiero a eso —le dijo y fingió estar enojada—. Me estás ocultando algo, lo sé.
—Soy un libro abierto para ti, Hinata. —Le dio un beso en la punta de la nariz—. Conoces todo de mí.
Ella se cruzó de brazos y adoptó una expresión más seria aún.
—No todo —respondió y se hizo la misteriosa. Sasuke alzó las cejas.
—¿Qué quieres decir?
—Podría mencionar, por ejemplo, el extraño hallazgo que hice la primera noche que pasé en tu casa.
—¿Los ejemplares de Playboy debajo del colchón? —Hinata no supo si le estaba diciendo la verdad o estaba bromeando con ella, pero le costó contener un sonrojo. Terminó negando con la cabeza, prometiendo echar un vistazo debajo del colchón cuando regresaran.
—¿Entonces?
—¿Por qué no aprietas el botón y bajamos de una vez? —desvió Hinata.
—No hasta que me digas qué es lo que descubriste de mí.
Hinata hizo una mueca con los labios, luego clavó sus ojos opacos en el techo.
—Vamos, no juegues conmigo.
—No estoy jugando —respondió con tono desafiante.
—Sí lo estás —replicó él.
—Un sujetador negro de encaje y puntillas —soltó lo más rápido que pudo. Se liberó de sus brazos y apretó el botón.
Sasuke lanzó una carcajada.
—¡N-no es gracioso! —Se apoyó contra la pared mientras el montacargas comenzaba a descender.
—¡Ni siquiera sé a quién le pertenece! —dijo mientras levantaba las manos—. Espera, ¿has dicho negro de encaje y puntillas?
Ella asintió sin mirarlo a los ojos.
—Quizá quien lo dejó olvidado fue Amaru, la modelo publicitaria, o Karin, la pelirroja, o… —hizo una pausa para observar la expresión de furia en su rostro.
—¡N-no sigas! —le suplicó.
Él no dijo nada, solo la atrapó otra vez entre sus brazos y la sujetó del cuello.
—Me encanta que te pongas celosa.
—¡N-no estoy celosa! —le espetó y apretó los dientes.
—Estás terriblemente celosa —aclaró él.
—Eres demasiado engreído, detective. —Dio un respingo cuando su mano comenzó a bajar y se metió debajo de su ropa.
—Repite eso.
Ella no pudo, solo pasó sus brazos alrededor de su cuello y lo besó con fervor.
—La sangre con la que escribió el mensaje en el rompecabezas es de animal —le informó Ino a Sasuke.
Hinata permanecía en silencio en el asiento trasero del Lexus y escuchaba con atención.
—Los análisis del laboratorio indican que se trata, posiblemente, de alguna especie de felino —añadió.
Ino no mencionó nada, pero Hinata sabía que era muy probable que aquel mensaje se hubiese escrito con la sangre de Dango. Un escalofrío le bajó por la espalda y cuando Sasuke la miró a través del espejo retrovisor supo que él pensaba lo mismo.
Bajaron en el departamento de policía y volvieron a recurrir al helicóptero.
—Debemos atravesar la ciudad y llegar hasta las montañas. Por allí pasan las vías del tren que rodean la cabaña —dijo Sasuke a Hinata.
—¿Cuánto falta para llegar? —No estaba impaciente, pero deseaba terminar con aquello de una buena vez.
—Unos tres cuartos de hora.
—¿Por qué no intentas dormir? —sugirió Ino y se dio media vuelta para mirarla.
—No podría —le respondió mientras esbozaba una tibia sonrisa—. Estoy demasiado nerviosa para pegar ojo.
Ino asintió.
—Encenderé mi radio portátil, al menos, un poco de música te relajará.
Hinata asintió, aunque le daba lo mismo. Nada lograría quitarle la ansiedad que sentía en el pecho; bueno, tal vez, había solo una cosa que podría hacerla desaparecer. Un abrazo de Sasuke. Pero había muchos policías y él debía guardar las formas.
Se recostó en el asiento y cerró los ojos. La melodía de una emisora de música pop inundó poco a poco sus oídos. Cada vez que el locutor detenía la música para hacer algún anuncio, el corazón le daba un vuelco en el pecho. El temor de que volvieran a anunciar que alguien dedicaba una canción a una tal Hime seguía latente.
Abrió los ojos y notó que estaban descendiendo. Cuando el helicóptero se posó, descorrió la cortina de la ventana. Echó un vistazo fuera, Sasuke e Ino estaban conversando. Se preguntó cuánto tiempo había dormido en el aire.
Se reincorporó en el asiento y, antes de bajarse, miró a su alrededor. El lugar estaba cubierto de matorrales y un pequeño bosque se erguía no muy lejos de allí. Estaban parados al costado de lo que parecía ser un camino improvisado. Cuando Hinata se bajó y se puso de pie, la divisó. Una cabaña de madera oculta tras unos cuantos pinos. Se quedó parada allí, incapaz de dar un paso.
Sasuke avanzó hacia ella.
—¿Estás lista?
Hinata no le respondió, tampoco lo miró. Sus ojos de luna seguían clavados en la pequeña construcción de madera, parecía que se iba a derrumbar de un momento a otro.
—Vamos. —La asió de la cintura y la llevó a través del angosto sendero que conducía a la cabaña. Sasuke percibió su angustia de inmediato; caminaba a su lado, pero parecía un autómata, una muñeca que se movía sin voluntad. Miró a Ino y ella se puso del otro lado para ayudarle a llevar a Hinata hasta la cabaña.
Era el lugar, lo sabía aun antes de entrar. Durante los tres meses de su cautiverio, nunca lo había visto; sin embargo, podía sentir cómo cada milímetro de su cuerpo se estremecía de pavor con cada paso que daba.
Sasuke descorrió la lona que colgaba de la puerta y Hinata se soltó de su brazo. Él se dispuso a abrazarla de nuevo, pero Ino le hizo señas de que no lo hiciera. Aquello era algo que Hinata debía enfrentar sola. Ambos se quedaron muy cerca de ella y estudiaron su reacción.
Sus ojos claros recorrieron el lugar con cuidado. Los rincones sucios y malolientes de aquellas cuatro paredes se le impregnaron en las fosas nasales; el olor a humedad en el suelo y en el techo de madera era demasiado familiar, espantosamente conocido, y enviaba pequeñas corrientes eléctricas a su cerebro.
De pronto, todo el lugar comenzó a girar en torno a ella y su cabeza parecía dar vueltas en sentido contrario. Tuvo que sostenerse de la mesa para no derrumbarse.
—¡Hinata! —Sasuke la sujetó por los hombros mientras Ino le acercaba una silla para que se sentara.
Ella cerró los ojos con fuerza para intentar detener las imágenes que comenzaban a plagar su mente con la velocidad de una fuerte ráfaga de viento.
Estaba recordándolo todo. Los recuerdos se encendieron dentro de su cabeza para abandonar, por fin, la oscuridad en la que habían estado enterrados durante cuatro años.
—Es aquí, Sasuke, es aquí —murmuró con los ojos todavía cerrados.
Temía que, si los abría, los recuerdos volverían a desaparecer.
Ya no era solo el olor a humedad y el perfume de nomeolvides los que habían revivido sus recuerdos.
Se puso de pie con la ayuda de Sasuke y fue hasta donde estaba la cama. Sus ojos se posaron sobre los barrotes de hierro oxidado donde él la había esposado. Creyó experimentar el mismo dolor que le provocaba tener los brazos en aquella incómoda posición durante días. Él la liberaba solo para comer y para acompañarla al baño.
—Él entraba por allí. —Miró hacia la puerta—. Podía sentir el calor de la luz cuando él abría la puerta. Mi cuerpo se había acostumbrado a la oscuridad y a la humedad.
Se recostó en la cama bajo la mirada atenta de Sasuke y de Ino. No la detuvieron, estaba comenzando a recordar y, tal vez, aquella misma tarde conseguirían la identidad del asesino.
—Se acercaba y se cercioraba de que las ataduras estuvieran seguras. —Se miró los pies—. Luego se quedaba a mi lado.
Cerró los ojos otra vez. Fragmentos desordenados en su cabeza comenzaron a tener sentido.
No podía verlo, la venda que le cubría los ojos se lo impedía. Lo escuchaba caminar de un lado al otro por la cabaña y sabía cuándo se detenía para observarla durante largos ratos. Todas las mañanas el ruido de una lata que golpeaba una cacerola le indicaba que era la hora de comer. Los dos primeros días no había querido ingerir alimentos, pero luego el hambre se hizo insoportable y terminó por ceder. Las judías y las patatas que él le preparaba eran un asco, sin embargo, los engullía con desesperación: sabía que aquellos alimentos eran los únicos que probaría en todo el día. La soltaba para que comiera pero, ni bien terminaba, volvía a esposarla a pesar de sus súplicas y de las marcas rojas que estaban dejando las esposas en sus muñecas. Cuando le pedía agua, él se la daba. Ella era la única que hablaba, rogaba por su vida y lo maldecía una y mil veces.
Luego, una melodía comenzaba a inundar el lugar. Una canción que se volvía a repetir, constantemente, al punto de enloquecerla. La misma que le había dedicado en la radio. De nada servía que ella le pidiera que la quitara; cuanto más le gritaba que detuviera aquella tortura, más subía el volumen para apagar sus gritos.
Hinata ya había perdido la cuenta de los días que llevaba allí, solo sabía que él venía al amanecer y se marchaba por las noches. Sabía que, unos minutos después de su llegada, un tren pasaba cerca de la cabaña. Cada mañana, su traqueteo le retumbaba en los oídos, sacudía ese lugar y le recordaba que el mundo, ahí fuera, seguía girando sin ella.
Pensaba en Neji y en Tenten cada noche antes de dormirse. Su hermano y su mejor amiga debían de estar desesperados por su desaparición. Siempre habían cuidado de ella y, en ese momento, no sabían dónde estaba. De noche, trataba de evocar los momentos que habían compartido juntos, los buenos y los malos. Sabía que quizá nunca los volvería a ver.
Por las mañanas, volvía a invadirla el terror cada vez que él llegaba. No soportaba saber que la estaba mirando. Se quedaba haciéndolo durante horas y nunca le hablaba, tampoco nunca la había tocado.
Pero un día, todo eso cambió.
Ella estaba adormecida y de repente, sintió unos dedos que subían por su pierna. Sus cinco sentidos entraron en alerta de inmediato; se revolvió en la cama e intentó quitarse esa piel áspera y sudada que rozaba la suya. Sabía que era inútil porque apenas podía moverse. Lo que más había temido en todo aquel tiempo estaba sucediendo. La mano se había cerrado sobre su muslo, y Hinata se agitó asustada. Prefería que la matara, que acabara con su vida en ese instante, antes de que aquel hombre continuara tocándola de aquella manera.
Pese a que en ese momento sabía que estaba a salvo y que Sasuke e Ino estaban con ella, su cuerpo y su mente sin embargo parecían haber retrocedido en el tiempo. Se movió inquieta en la cama.
Sasuke quiso ir hasta ella. No soportaba verla sufrir de aquel modo.
—Déjala —le dijo en voz baja Ino—. Necesita hacerlo.
Hinata continuaba moviéndose, buscaba deshacerse de aquella mano que rozaba su piel desnuda.
—Suéltame… suéltame —pidió una y otra vez, pero él seguía tocándola.
De pronto la soltó, y Hinata creyó que por fin se alejaría, pero cuando lo sintió acercarse aún más, su cuerpo se paralizó.
Su mano sudada volvió a tocarla, esa vez en la mejilla. Creyó que vomitaría cuando sintió su aliento junto a su boca. Era caliente, húmedo y hedía a cigarrillo. Cuando creyó que él la besaría, apretó sus labios con fuerza y echó la cabeza hacia atrás. Entonces, él se acercó a su oído y habló por primera vez.
—Hime, serás mía; aunque no hoy.
Por primera vez había escuchado su voz y, por fin, cuatro años después, volvía a escucharla.
—Su voz. —Abrió los ojos—. Recuerdo su voz.
Sasuke se sentó junto a ella en la cama.
—¿La has reconocido? ¿Te es familiar? —Ella lo miró, todavía aturdida.
—No lo sé, me susurraba al oído. —Comenzó a mover la cabeza de un lado a otro para acallar el sonido de su voz—. Me decía que iba a ser suya. Me tocaba y me decía que sería suya.
Sasuke la abrazó y sintió cómo su cuerpo temblaba contra el suyo. No había sido violada, de eso estaba seguro. Los informes de los médicos que la habían atendido cuando fue encontrada habían descartado un ataque sexual, pero Sasuke sabía que habían muchas maneras de abuso que no dejaban huellas. Se estremeció de solo pensar que aquel sujeto había posado sus manos sobre ella. Debía preguntarle, tenía que saberlo.
La apartó y le tomó el rostro con las manos.
—Hinata. —Acopió valor antes de preguntarle—. ¿Él te hizo algo? ¿Se atrevió a hacerlo?
Ella notó la rabia y la impotencia en sus ojos de obsidiana.
—No, solo me tocaba y me decía que algún día sería suya.
—¿Estás segura? —Hinata asintió.
—Lo recuerdo todo ahora, Sasuke.
—Bien, eso es muy importante, pero quiero que vayas despacio —le pidió mientras le acariciaba el rostro.
—Es imposible, Sasuke. Los recuerdos se arremolinan en mi cabeza y buscan salir. Debo dejarles que me guíen.
—Está bien.
—¿Recuerdas cómo te hizo el tatuaje? —preguntó Ino que seguía de pie al otro lado de la cama.
Hinata se tocó instintivamente la marca que llevaba justo debajo de la cintura.
—Me anestesió —comenzó a decir—. El olor era el mismo que sentí cuando me raptó.
—Cloroformo —acotó Ino.
—Puede ser; el olor era, en extremo, penetrante. Llegó una mañana y me colocó un pañuelo empapado en la boca, quedé inconsciente de inmediato. Cuando me desperté estaba recostada de lado y tenía el vestido levantado. Sentí una fuerte quemazón cerca de la cintura.
—¿Te dijo algo al respecto? —quiso saber Sasuke.
—Me cogió la mano y me hizo tocarlo. —Cerró los puños, parecía que la yema de los dedos le quemaban—. Tenía una protuberancia en su cuerpo, cerca del pecho, creo. Pasó mi dedo por el contorno de aquella figura y luego hizo que tocara la que acababa de hacerme. Eran iguales. — Sus ojos bajaron hasta el tatuaje—. Me dijo que aquel nudo nos uniría para siempre.
—¿Nunca permitió que le vieras el rostro?
—No, nunca me quitó la venda. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y comencé a percibir todo lo que me rodeaba a través de los demás sentidos. Reconocía su olor y el tacto de su piel áspera.
—¿Algo en particular?
—Los cigarrillos que fumaba; el tabaco era fuerte, lo percibía apenas llegaba.
Sasuke sacó una cajetilla del bolsillo de su camisa.
—Huele estos. —Le acercó los cigarrillos a la nariz—. ¿Son parecidos?
Hinata aspiró con fuerza. —No, estos son más suaves.
—Probablemente fumaba negros —aseveró Sasuke.
Ino se sentó en la cama. Había una pregunta que su compañero todavía no había formulado y era crucial.
—¿Cómo lograste salir de aquí y escaparte?
Hinata la miró. Se quedó en silencio y buscó aquel recuerdo en su memoria. Estaba fresco y si cerraba los ojos podía verse a sí misma huyendo de aquel lugar.
—Una de las tantas mañanas en que me soltaba para comer, le supliqué que me quitara las cuerdas que ataban mis pies. Se lo había pedido muchas veces, pero nunca me había escuchado. Me dolían mucho y creo que se compadeció de mí, aunque solo accedió a aflojarlas. Después de comer sujeté el plato con fuerza, el sonido de su voz me indicaba la ubicación de su cabeza y, sin dudarlo, le golpeé. Le escuché desplomarse al suelo. Me quité la venda de los ojos, pero mi visión era borrosa debido al tiempo que había pasado vendada. Distinguí su figura tendida en el suelo junto a la cama y, con rapidez, me desaté los pies. Tenía que salir de allí antes de que él recuperara la conciencia. Me levanté de la cama y apenas apoyé los pies en el suelo, sentí su mano sobre mi tobillo. —Su respiración había comenzado a agitarse—. Logré encontrar el plato, me arrojé sobre él y le golpeé una vez más. Me dolían los brazos, los pies y cada parte del cuerpo; pero mis ansias de huir me hicieron luchar contra él como una loca. Cuando por fin me soltó y dejó de moverse, me levanté como pude y salí de la cabaña tambaleándome. Los rayos de sol me quemaban los ojos y los pies me dolían mucho. Corrí, tropecé y me caí un montón de veces; sin embargo, mi instinto de supervivencia no permitió que desfalleciera.
—¿Te fuiste sin ver quién era? —Ino frunció el ceño.
—Lo único que quería era salir de allí antes de que despertara — explicó Hinata—. Además, veía todo borroso, apenas distinguía su silueta.
Ino asintió. No podían exigirle más de lo que les estaba dando.
—Continúa —le pidió Sasuke y apretó su mano.
—Seguí corriendo en medio del bosque a pesar de que me sangraban los pies; apenas soportaba el dolor, pero no podía detenerme. Entonces, escuché que me llamaba.
«¡Hime! ¡No puedes escapar de mí, es imposible escapar de tu propio destino!»
—Repetía aquello una y otra vez. Estaba cada vez más cerca y sabía que si me encontraba, me mataría. Me escondí entre las ramas de un árbol caído y me cubrí con un colchón de hojas secas. Le escuché acercarse y pararse a solo unos pasos de donde estaba. Ni siquiera me atrevía a respirar por temor a que me descubriera. Luego se fue y su voz que me llamaba se fue perdiendo en medio del bosque. Me quedé allí, cubierta con las hojas, hasta asegurarme de que él ya no regresaría. Debieron de pasar horas porque cuando me destapé ya comenzaba a anochecer. Pasé la noche allí, escondida. Tenía frío, hambre y me dolía todo el cuerpo, pero al menos estaba a salvo. Los coyotes aullaban no muy lejos de allí, ni siquiera me importó; me provocaba mucho más miedo que él me encontrara. Cuando amaneció, volví a ponerme en marcha porque sabía que él regresaría a buscarme. Seguí caminando, pero mi cuerpo agotado ya no respondía. De pronto, todo a mí alrededor desapareció y ya no supe nada más. Lo siguiente que recuerdo es haberme despertado en la habitación de un hospital.
—Un niño te encontró en medio del bosque y él y su familia te llevaron hasta el hospital de Shokuba —agregó Sasuke.
—Sí, Gaara Sabaku. —Esbozó una leve sonrisa—. Me gustaría buscarlo y agradecérselo nuevamente. Le debo la vida a él y a su padre.
Sasuke asintió.
—Será mejor que nos vayamos, este lugar te trae demasiados recuerdos dolorosos.
Hinata se puso de pie y antes de abandonar la cabaña se detuvo.
—Venir aquí me ha devuelto la memoria; he recuperado una parte de mi pasado que mucho tiempo me he empeñado en dejar oculta en algún rincón de mi cabeza, aunque me temo que no ha servido de mucho.
Sasuke se olvidó por un instante de que su compañera estaba esperándolos y besó a Hinata.
—Has reconocido el lugar y tu memoria ha regresado. —Clavó sus ojos intensamente oscuros en los suyos más claros—. Eso es suficiente para mí.
—Pero no lo he recordado a él —se lamentó—. Su rostro todavía sigue siendo un enigma.
—Tú estás bien y eso es lo único que importa —le aseguró—. Deja que Ino y yo hagamos nuestro trabajo ahora.
Sasuke entendía su angustia, porque al igual que Hinata, sabía que el rostro de aquel hombre era la pieza fundamental de aquel macabro rompecabezas.
...
(1) Sé poco de Shōgi, pero tengo entendido que el peón, al igual que en ajedrez, no pueden retroceder. Ademas, las piezas de shōgi tienen una forma particular que apunta al contrincante, por así decirlo, entonces es poco probable que se usen de espaldas. Por favor, si alguien sabe de esto y cree que mi descripción es errada, aiudaaa.
...
Can, can, caaaaan! Estamos a una semana de que esto concluya, recuerden que mañana no hay actualización pero regresamos el lunes, soo, si es un cap al día, hagan sus cuentas para descifrar cuántos capítulos faltan.
Antes de decir ciao, ya está publicado un nuevo cap de TSR, nos vemos por allá!
Ahora si, CIAO!
