Todo comenzó durante la primera guardia nocturna de Potter; las noches de los lunes, miércoles, viernes y domingos, le tocaba guardia en la planta donde se encontraba la celda de Draco. El trabajo era relativamente sencillo, los presos no tenían permitido salir de sus celdas por la noche, y las protecciones que tenían las mismas, puestas luego de sacar a los dementores del lugar, hacían imposible que pusieran un pie fuera de ellas; a menos claro, que un guardia levantara los hechizos y les permitiera salir.
El murmullo bajo fue lo que despertó a Draco de su ligero sueño, sorprendiéndose por la visión de una sombra dentro de su pequeña celda. La delgada sombra lentamente se fue trasformando en Harry Potter, quien lo miró con desprecio marcado en sus brillantes ojos verdes, enmarcados en sus siempre particulares lentes redondeados. Draco lo observaba inmóvil desde su pequeño catre, sin saber qué hacer o qué esperar a continuación.
—Levántate —ordenó el hombre con voz monocorde.
—¿Para qué? —Inquirió Malfoy con temor, su voz casi se quebró hacia la última silaba, y su corazón latía tan rápidamente que casi parecía zumbar en sus oídos.
—Cállate y levántate, Malfoy —insistió con desprecio—, no pienso volver a repetirlo.
Decidiendo que era preferible hacer caso a continuar alargando lo inevitable, lo cual solo enfadaría más a Harry haciendo el castigo de Malfoy mucho peor, el rubio se levantó temblando como una hoja de pies a cabeza. Estaba seguro que Potter no sería indulgente con él, y un par de cruciatus no serían suficientes para quedarse satisfecho; tragó grueso cuando Potter lo sacó de su celda y comenzó a guiarlo hacia un destino incierto, podía imaginarse a Weasley esperándolos en un lugar lo suficientemente hechizado para que nadie pudiera oírlo gritar. Y por más que el rubio pensara en mil formas de escapar de la tortura próxima que llegaría en breve, sabía que no tenía oportunidad contra un par de estudiantes a punto de graduarse de aurores, mientras que él ni siquiera tenía una varita hacerles frente .
Finalmente llegaron a un salón oscuro y húmedo, preparado para la ocasión: grilletes, cadenas colgando del techo, un montículo de piedra, látigos colocados uno al lado del otro en la pared, una silla de hierro, y diversas pinzas y objetos, colocados cuidadosamente en una mesa de madera, que sabía muy bien que preferiría no saber sus usos, decoraban el lugar. Pero, además de ellos dos, en la habitación no había nadie más, ¿dónde estaba Ron?
—¿Dónde está Weasley? —Preguntó tontamente, la falta del hombre lo extrañó tanto que por un segundo casi olvida lo que sucedería en el lugar. Un golpe directo a su quijada lo hizo caer al suelo.
—¡Vuelves a atreverte a nombrar a Ron y esto será mucho peor de lo que puedas soportar, Malfoy! —exclamó Harry furioso. El rubio no respondió, el dolor en su boca, agregado al sabor de la sangre que comenzaba a inundarla, no lo dejaron pronunciar ni una sola palabra—. Sabes por qué estás aquí, eso es lo único que importa...
Harry se acercó a él con suavidad, lo tomó del cabello y tiró de él con fuerza hacia atrás, causando que Draco lanzara un pequeño quejido. Sonrió ante esto antes de lanzarlo al suelo con furia. Las rodillas del rubio impactaron con la dura piedra, segundos antes que lo hicieran sus manos; ambas partes de su cuerpo se rasparon contra el suelo irregular.
—¿Sabías que a Hermione no pudimos velarla por el estado en que quedo su cuerpo? —inquirió el moreno con odio, cada palabra contenía un potente veneno que se extendía por todo el lugar—, ¿te imaginas acaso en el estado en que la dejó el maldito de Lestrange? No quieres ni imaginarlo, Malfoy.
Harry lo levantó con furia, arrastrándolo hasta las cadenas que colgaban del techo y lo amarró a ellas de las manos. Fue entonces que lo desnudó con un movimiento de su varita, se acercó a la pared donde colgaban los látigos, decidiendo cuál usar. Luego de lo que parecieron largos y tortuosos segundos, el hombre volvió trayendo con él un látigo marrón claro, no más grueso que el dedo pulgar de su mano, muy recto y de aspecto duro pero flexible.
—No te preocupes, puedes gritar lo que quieras, nadie va a escucharte salvo yo —prometió Potter sonriendo nuevamente—. Y quiero escucharte fuerte y claro, Malfoy.
El primer golpe lo sintió arder sobre la piel de su hombro izquierdo, nada que rivalizara a la maldición cruciatus, pero eso no significaba que doliera menos. Draco soltó un alarido, el cual se convirtió en un grito de dolor cuando el segundo golpe le atestó en la espalda baja; podía sentir cómo cada latigazo se incrustaba cada vez más profundamente en su piel, llegando incluso a quitársela a jirones cuando llegaban con la fuerza correcta. Cuando sus gritos subían en intensidad, también lo hacían los azotes que le daba el moreno, quién había comenzado a reír extasiado ante la visión del sufrimiento de Draco.
—Ese maldito la torturó —dijo Potter luego de lo que parecieron horas—, la violó incontables veces, la amarró, la flageló, la ... —La voz de Harry se quebró, pero el golpe siguió llegándole a Draco con la misma fuerza—. Todo por tu maldita culpa.
—Lo sé —chilló Draco desesperado porque acabara la tortura. Las lágrimas bañaban sus mejillas desde hacía mucho rato, pero no se detenían debido al dolor—, Lo sé ... Yo no quería ... En serio no quería que las cosas pasaran como lo hicieron. Yo no sabía...
—¿No sabías? ¿Era tu maldito tío y vas a decirme que no sabías lo que le haría a Hermione una vez que se la entregaras, maldito imbécil?
Harry se encontraba cada vez más fuera de sí, continuó con los golpes hasta que Draco se desmayó debido al dolor y la pérdida de sangre. Cuando al día siguiente volvió en sí, se encontró con casi toda su piel restaurada, sin embargo, el dolor continuaba torturándolo, y el cansancio lo hacía no querer despertarse nunca más. Lo peor de todo es que ese día le tocaba guardia a Weasley a primera hora.
—Draco Malfoy —llamó la voz profunda del pelirrojo, pero Draco no pudo hacer caso debido a la aflicción que sentía por todo su cuerpo —. Sal de ahí, Malfoy, es hora del desayuno.
—No me siento bien —replicó el rubio en voz muy baja—, me duele el estómago, preferiría seguir durmiendo.
Estaba tentando a su suerte, pero era probable que Ron estuviera al tanto de lo que Harry le había hecho la noche anterior, y supiera lo que en realidad sucedía; seguramente se metería en su celda para sacarlo de ahí igualmente, porque se merecía ese dolor y todos lo sabían.
Y así fue, Weasley entró en la celda de Draco con el ceño fruncido. Se acercó a él y colocó una mano en su frente, la cual el rubio sintió totalmente helada contra su piel.
—Pero si tienes fiebre, Draco —replicó asustado—. Iré a buscar medicina.
¿Medicina? ¿Acaso le daría veneno? Eso tenía sentido, además a nadie le importaría si Ron Weasley y Harry Potter mataran al pequeño imbécil de Draco Malfoy, ¿cierto? Bueno, él no tenía la fuerza necesaria para rechazar lo que sea que Ron fuera a darle, y si lo hiciera, era probable que el pelirrojo utilizara cualquier medio para hacérselo beber. El rubio se resignó, iba a morir ese día después de todo; realmente no le importaba tanto hacerlo.
El pelirrojo volvió unos segundos después, y le dio a beber una poción de sabor amargo.
—Sé que sabe mal. —Había dicho cuando Draco hizo una mueca de asco—. Pero te bajará la fiebre en segundos, aunque creo que era mejor dártela luego de comer, pero eso ya no importa.
Draco no supo si el pelirrojo había dicho algo más, pues segundos después de ingerir la poción, cayó en la más oscura inconsciencia.
