Capítulo 2

Lo que verdaderamente merecía

-¿Creéis que el barco del lisiado habrá llegado?-

-Espero que sí.- Respondió Alfred sin apartar la mirada del tablero, intentando comprender como estaba consiguiendo hacerle retroceder.

-Solo porque jugase bien al ajedrez no tienes porqué compadecerte de él, a pesar de que se arrastre como un bebé no deja de ser un vikingo, deberíamos haberle matado como a un perro.- Dijo Aethelred repitiendo las palabras de su padre con la única intención de provocarla, pero Elain a sus quince años hacía tiempo que había aprendido el arte de la indiferencia, ya que eso era de largo lo que más conseguía desestabilizarle, por lo menos hasta que Ivar había llegado a sus vidas. -¿Y tú no dices nada hermanita? Pensé que le habrías cogido algo de cariño, no en vano te seguía a todas partes como un perro a su ama.- Sin mirarle movió mi pieza poniendo en jaque a la reina de Alfred.

-Conmigo era amable.- Es cuanto se limitó a responder.

-¿Y te tomaste la molestia de acompañarle a su barco solo por su amabilidad? Vaya, que generosa.- Eso hizo que el ceño de Alfred se frunciera y que finalmente mirase a su hermano mayor.

-¿Qué insinúas?- Preguntó harto de su actitud.

-Que tal vez a nuestra hermana le gustaría que el abuelo cumpliese esa insensata promesa hecha a un prisionero condenado a muerte, y la casase con el lisiado si este es tan estúpido como para volver alguna vez.-

-Ignoraba que mis nupcias fueran causa de interés para ti.- Dijo con falsa humildad sin levantar la vista del tablero. –De todas formas como sea que fuere no te angusties, estoy segura de que el abuelo escogerá como mi marido al hombre que considere más provechoso para el reino.- Ahí sí que levantó la mirada.

Ambos sabían que si se casaba aprovecharía el poder de su marido para respaldar a Alfred a como diera lugar.

Puede que ella jamás tuviese la oportunidad de convertirse en reina a pesar de sentir con cada poro de su piel que había nacido para serlo, sin embargo se aseguraría a como diera lugar de que quien se sentase en el trono de Wessex fuese alguien que no se apoyase para gobernar únicamente en el filo de su espada, sino también en su inteligencia. Y ese alguien era Alfred, no Aethelred.

-Si el abuelo le hizo esa promesa a Ragnar debería cumplirla.- Intervino Alfred sorprendiéndola, ya que al parecer su mellizo ignoraba la facilidad con la que su abuelo era capaz de faltar a su palabra con tal de conseguir lo que deseaba.

Saberse una moneda de cambio en sus manos no la hacía gracia, sin embargo hacía tiempo que había aceptado que ese era su destino, lo cual no significaba que estuviese completamente impotente. Era lista, lo suficiente como para saber que si hacia feliz a su marido en el lecho y después le convencía con sutileza de que sus ideas eran las suyas, al reino le iría bien, esa satisfacción tendría que ser suficiente para su felicidad.

-Una promesa que no debería haber hecho, insisto, de ninguna manera.- Se mordió la lengua con ganas de decirle que los imperios más seguros y fuertes se forjaban con alianzas, es decir, con matrimonios. Eso garantizaba lealtad y continuidad con un mayor porcentaje de éxito a largo plazo que lo conseguido meramente por la fuerza.

¿Pero qué sentido tendría hablarle a Aethelred por ejemplo del intento de unir de ese modo a Roma y Partia por parte de Julia Domma? Si Caracalla no hubiese asesinado a su prometida puede que el destino posterior del mundo hubiese sido completamente diferente.

Eso la hizo recordar a fin de cuentas a Rollo, el hermano de Ragnar que se había casado con una princesa franca, ganándose la lealtad de ese hombre gracias al matrimonio, Franquia había logrado repeler a los Vikingos con letal precisión cuando estos intentaron regresar para atacarles hace ya unos años. Otro hecho histórico más que sus hermanos al parecer ignoraban.

-Jaque mate.- Dijo ganando a Alfred y poniéndose de pie para retirarse a sus aposentos, necesitaba estar sola para pensar en las posibilidades que podía estar barajando su abuelo para ella. Con suerte quizá podría influir en algo, aunque no tenía aún muy claro que debería considerar más importante.

-¿Lo harías?- Le preguntó Aethelred con la cara tensa sujetándola por la muñeca, Alfred puso un gesto de disgusto, pero como no se quejó por el dolor no intervino.

-¿El qué?- Replicó fingiéndose ingenua.

-Casarte con el tullido.-

-Haré lo que mi Rey que es nuestro abuelo me ordene hacer.- Aseguró inclinando la cabeza ligeramente, -incluso casarme con un vikingo, pero eso no sucederá, como bien has dicho fue una promesa insensata.- Podía notar como apretaba su agarre en su muñeca a medida que la vena en su cuello se hinchaba. -¿Puedo retirarme hermano?-

-Claro,- sonrió intentando ocultar su furia pero solo consiguió formar en su cara una mueca extraña.

-¿Por qué siempre tienes que ser tan duro con ella? Nunca hace nada por provocarte.- Escuchó que le reclamaba su mellizo justo cuando ella cerraba la puerta.

Con cuidado Elain sujetó su muñeca adolorida cerca de su pecho de camino a su habitación, consciente de que de ahora en adelante no debía quedarse jamás a solas con Aethelred, la odiaba demasiado por ver sus intenciones claramente, sería capaz de empujarla por unas escaleras para que se rompiese el cuello sin arrepentirse.

Por suerte no parecía ser algo que se le hubiese ocurrido, su hermano podía ansiar el poder, pero por sí solo no tenía la capacidad para conseguirlo. Su mayor valor era su fuerza bruta, y su capacidad ligeramente superior a la de Alfred para algún día liderar un ejército, eso era todo.

-¿Estás bien mi niña?- La pregunta de su madre la sorprendió, tan sumida estaba en sus pensamientos que no se había percatado de su presencia.

-Sí, solo pensaba en mi boda.- Judith se acercó a su hija con dulzura y llevo sus manos a su cara.

-Ese día aún queda lejos.- Le aseguró queriendo calmar sus preocupaciones.

-Madre, ¿crees que el abuelo respetará su palabra a Ragnar?- Sus ojos estudiaron los de su hija, reconociendo en ellos algo de lo que estaba claro que no quería hablar en voz alta.

-No lo sé, Ecbert es… Complicado. ¿A ti te gustaría que mantuviera su palabra?-

-Creo que sí, pero… No lo sé, para cuando vuelva si es que lo hace Ivar podría haber cambiado.-

-No solo él mi niña, tú también.- Besó su frente con amor y sonrió. –Sí hay algo que puedo prometerte es que no te obligará a casarte, no se lo permitiré, Wessex puede ser su suyo pero esa decisión es tuya.-

-Si me negase a casarme terminaría en un convento, eso no sería útil para el reino.-

-Puede, pero quizá te hiciese más feliz, y a fin de cuentas hay más cosas en esta vida que el deber.-

-Supongo que a veces lo olvido.- Judith suspiró con pesadez al escucharla. -¿Crees que sí hubiese nacido varón el abuelo me habría elegido a mí aún sobre Alfred?-

-Eso cariño no lo pongo en duda.- Alzó la barbilla orgullosa, -es una lástima, Wessex jamás será consciente de la gran reina que se pierde por culpa de unas normas arcaicas.-

-Gracias por creer en mi madre.-

-Mi niña, no debes darme las gracias por eso, hacerte fuerte, cuidarte y amarte son mi honor.- Le guiñó un ojo pícara, -lo cierto es que me lo pones muy fácil. ¿Ibas a acostarte ya?-

-Sí,- le dio un beso en la mejilla y abriço la puerta de sus aposentos. -Madre.-

-¿Sí?- Al ver su felicidad, una vez más su advertencia sobre Aethelred quedó silenciada.

-Te amo madre.-

-Yo también te amo, descansa.- Entró en la habitación y suspiró apesadumbrada, un convento quizá la haría más feliz como su madre bien había dicho, pero dejaría a Alfred totalmente vulnerable, de modo que no, esa no era una opción para Elain.

Un trueno estalló y ella se acercó a la ventana pensando en Ivar, ¿habría tirado su cruz al mar? ¿Quizá la consideraría una anécdota que contar en su tierra?

Juraría que su amistad había sido real, incluso puede que algo más que solo amistad… Como fuese no podía permitirse el lujo esperar su regreso. El tiempo corría para todos, y más pronto que tarde tendría que tomar grandes decisiones para su futuro.

Aun así estaba segura de que no podría dejar de desear volver a verle, el amor parecía una daga apuntando a su corazón, si esa daga la salvaría o la condenaría era algo que todavía estaba por verse.

-Ojalá te hubieses llevado contigo esto que siento Ivar, si lo hubieses hecho todo sería más fácil, al menos creo que dolería menos.- Suspiró apoyando su frente contra la pared de piedra de su habitación en busca de un consuelo que era difícil de encontrar entre tanta ambición como aquellos muros ocultaban.

Mientras tanto en Kattegat

Se había arrastrado hasta lo alto de una colina bastante alejada de la ciudad, había sido un esfuerzo brutal para su cuerpo, pero su corazón roto lo necesitaba.

Necesitaba agotarse, necesitaba que le doliese cualquier cosa más que el pecho y sobretodo necesitaba romperse, hacerse añicos tan pequeños dentro de sí mismo que nadie fuese capaz de reconocerle ni aunque pasase cien vidas intentándolo.

Por eso estaba allí, solo, furioso, destrozado.

Y es que, ¿cómo no estarlo? ¿Cómo no sentir que el mundo que conocía parecía haberse destruido por completo llevándose a aquellos a quienes amaba con él? Su padre había muerto, asesinado por los cobardes sajones. Y su madre, también había sido asesinada, por la espalda, a traición, por Lagertha, la Reina usurpadora.

Gritó con todas sus fuerzas sintiendo que era el mar mismo que se desbordaba por los bordes del mundo al ser liberado por la serpiente Jormundgander.

¿Y mientras tanto? ¿Qué habían hecho sus hermanos para vengar el asesinato de su madre? Nada, se habían limitado a sentarse sobre sus estúpidos traseros y a aceptarlo como si fuese un sacrificio más hecho a los Dioses, algo asumible e inevitable al mismo tiempo.

No solo eso, para perplejidad e indignación suyas parecían encantados con lo sucedido, trataban a Lagertha con respeto, agachando la cabeza cuando ella pasaba cerca como perros sumimos ante su ama.

Pues bien, él, Ivar Sin Huesos no era el perro de nadie, él jamás se humillaría ante esa mujer, ni le perdonaría por haberle quitado a la persona que más le había amado en su vida.

Antes o después Lagertha moriría, y lo haría bajo el filo de su espada, eso podía jurárselo a los Dioses.

Gritó de nuevo, sintiendo como la ira desgarraba su garganta en medio de aquella aplastante soledad.

Ivar siempre se había sentido aislado del resto, siempre demasiado furioso con todos debido al dolor de sus piernas, siempre humillado por las mismas. Sin que su inteligencia pareciese resaltar por encima de sus hermanos a pesar de saberse en ese aspecto superior a todos ellos.

Muchos le temían por su rabia, incluso sus hermanos, pero al parecer ni siquiera ellos le temían lo suficiente, no si estaban más dispuestos a respetar a esa usurpadora que a vengar el recuerdo de su madre.

Ninguno parecía desear hacerla sufrir más allá de lo humano hasta que suplicase clemencia y no lo entendía.

Por el momento, por desgracia, pese a su necesidad de rajarle el cuello a la escudera, primero tendría que meter algo de sentido común en las cabezas de sus hermanos para reunir un ejército y vengar a su padre.

Sí, se centraría en eso.

En como consumiría Mercia y Wessex como si fuese la mismísima encarnación humana de Fenrir, no quedaría nadie con vida, todos pagarían, todos… No, no todos, ella no.

Miró sus manos buscándola en ellas, pero no la encontró, solo su crucifijo.

Sonrió entre lágrimas al recordar cómo había deseado que su Dios bendijese su viaje para mantenerle a salvo. Había sido una bendición hecha para devolverle una insolencia, pero también un deseo genuino, lo sabía por sus ojos.

Esos ojos que para él eran claros como el cristal por mucho que su rostro fuese una máscara perfecta de corrección.

Miró al horizonte, y un trueno resonó como si Thor quisiera acompañarlo en su dolor y aprobase sus deseos al mismo tiempo.

-Volveré a por ti.- Sentía ahora incluso más que al separarse que ella era la única persona con quien genuinamente podía contar.

Si su abuelo se atrevía a casarla con otro hombre lo mataría, pero si además ese hombre se atreviese a hacerle daño de la forma que fuese se aseguraría de que su muerte fuese lenta y agónica.

Aunque nada superaría lo que sería capaz de hacerle a Aethelred, ese príncipe podía ya empezar a rezar a su patético Dios por su salvación.

Flash Back

Esperaba a que ella saliera de su habitación para ir a la biblioteca, lo habían cogido por costumbre durante aquellas semanas. Allí él le enseñaba a perfeccionar su idioma y ella fingía enseñarle el suyo, aunque lo cierto es que los dos sabían que lo conocía, pero ella no había descubierto su secreto y eso no dejaba de intrigarle.

Harto de la espera llamó a la puerta y se dio cuenta de que estaba abierta, de modo que entró y escuchó algo más que el crepitar del fuego en la chimenea, escuchó una respiración acelerada.

Se arrastró para bordear la cama y la encontró con la espalda pegada a la pared de piedra, con las piernas encogidas y la frente apoyada sobre ellas, temblando.

-¿Elain?- Ella levantó la cabeza con el ceño fruncido y los puños apretados, pero al darse cuenta de que era él suspiró aliviada echando ligeramente su cabeza hacia atrás. Entonces fue cuando él pudo ver la marca de una mano en su cuello, y eso lo llenó de una furia que hasta ese momento no había experimentado. -¿Qué ha pasado?-

-Te esperaba,- dijo con dificultad al tragar saliva, -y dejé la puerta abierta, me descuide, no volverá a suceder.- Se dijo convencida.

-¿Quién?- Pregunto con ansias asesinas.

-Aethelred.- Él se giró dispuesto a matarlo incumpliendo los deseos de su padre porque ocultase su naturaleza violenta, pero antes de llegar demasiado lejos ella le abrazó por la espalda, su respiración chocó contra su cuello y él se detuvo en seco como hechizado. –No,- le susurró.

-Te ha hecho daño, y no es la primera vez,- estaba seguro de sus palabras.

-Ivar, eres un vikingo y puedo entender tu instinto de venganza pero no puedes atacar a alguien solo porque quieras hacerlo, a veces debes esperar al mejor momento para deshacerte de tus enemigos, aunque la espera sea difícil.-

Ivar se giró para mirarla, sus caras quedaron peligrosamente cerca, -¿no te importaría que le matase?-

-La muerte de Aethelred me quitaría muchas preocupaciones de encima, además me desprecia y el sentimiento es mutuo así que no, no lo lamentaría, no demasiado al menos.- Se apartó de él lentamente, pero Ivar sostuvo sus manos para mantenerla cerca solo un poco más.

-Ese no es un pensamiento muy cristiano,- se burló y ella sonrió para él, desarmándolo por completo.

-Puede, pero sí un pensamiento práctico,- alzó la barbilla con esa altanería que estaba empezando a descubrir en ella. –El pensamiento de una reina.-

-Lo serás,- no supo porque dijo eso, solo sintió que era la verdad. Sin embargo esta vez ella no sonrió, negó con la cabeza y se separó de él para acercarse a un mueble del que sacó un pañuelo de seda que puso alrededor de su cuello lastimado para ocultar las marcas.

-El Rey será Alfred, me aseguraré de ello.- Fue entonces cuando él entendió porque se odiaban tanto Aethelred y ella, uno intentaba acabar con su hermano y la otro encumbrarlo, intereses imposibles de congeniar.

-Tal vez yo termine conquistando Wessex.- Ella le miró fijamente a los ojos y asintió despacio, no riéndose de sus aspiraciones como esperaba sino dándolas como posibles.

-Si eso llegase a ocurrir algún día espero que no olvides que aun siendo cristiana tienes en mí una amiga.-

-¿Para qué quiero yo una amiga cristiana?- Ella sonrió y se agachó para ponerse a su altura.

-Todos necesitamos tener aunque sea un amigo Ivar.-

-¿Y eso por qué?- Preguntó negándose a creer que de verdad pudiese ser algo necesario, ya que siempre había estado solo al ser despreciado y odiado, incluso por sus propios hermanos en más de una ocasión.

-Porque por desgracia siempre llega un momento antes o después en el que necesitamos al menos a una persona que nos ayude a mantenernos enteros mientras lo demás se desmorona, por eso Ivar.-

-¿Por qué querrías tú ser esa persona?- Preguntó desconfiado.

-Porque eres inteligente, personalmente prefiero tener a alguien así de mi lado que en mi contra.- Sus ojos brillaron divertidos, -además es que lo cierto es que me caes bien Ivar.-

-Yo no le caigo bien a nadie.- Aseguró convencido de sus palabras.

-Pues a mí sí.- Le contradijo ella con una sonrisa.

-A lo mejor es que estás loca.- Se burló de ella con la intención de humillarla y alejarla.

-Puede, o a lo mejor es que soy muy lista y tú sueles estar rodeado de idiotas,- le dijo con obviedad, -¿no has pensado en eso?- Se quedó callado sin saber que decir, con el corazón agitado por todo lo que ella le había provocado, el ansia de protegerla de su hermano, la felicidad porque le considerase un amigo y… Ese calor al sentir su respiración contra su piel… -¿Vamos a la biblioteca?-

No dijo nada, solo se arrastró fuera de la habitación siendo alcanzado por ella en el pasillo.

-¿Has pensado en usar una silla de ruedas? En las escaleras sería poco práctico es verdad, pero en llano creo que te ayudaría.-

-¿Una silla de ruedas?-

-Verás, sería como una silla normal pero…- Que se preocupase por él y buscase formas de cuidarle era desconcertante para Ivar, pero no podía negar que le hacía extrañamente feliz.

Fin Flash Back

Tal vez sí los Dioses le habían quitado tanto era por una razón, pensó mientras aún permanecía en lo alto de aquella colina.

Puede que los Dioses quisieran ponerle a prueba para valorar su capacidad de sobreponerse al dolor para luchar por lo que verdaderamente merecía, una reina tan astuta como hermosa.

Si ese era el caso no los defraudaría, no en vano llevaba rompiéndose huesos toda su vida, el dolor era algo a lo que estaba tan acostumbrado que no recordaba un solo día de su vida en que no hubiera convivido con él.

-Madre, padre, os sentiréis orgullosos de mí. Llevaré la muerte conmigo haya donde vaya, y la sangre de vuestros asesinos bañará mi cara.-

Después, cuando hubiese terminado con ellos, con todos, tomaría a Elain como su esposa y seguiría luchando contra el maldito mundo para convertirla en Reina.

Apretó la cruz y volvió a chillar echando en falta la compañía de sus padres mientras los truenos de Thor retumbaban sobre su cabeza.

La gente podía creer que no amaba, que no tenía corazón, que respiraba odio y exudaba sadismo, pero lo cierto es que se equivocaban. Él amaba, y lo hacía con una intensidad capaz conmover a los mismísimos Dioses, solo necesitaba a alguien que quisiera aceptar ese amor que tenía para dar.

¿Podría Elain amarle además de ser su amiga? ¿Querría ella intentarlo si quiera? Solo su regreso a Wessex le daría respuestas a sus preguntas.

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Hola almas Corsarias, espero que el capítulo os haya gustado, y que los Dioses estén de vuestro lado.