Capítulo 3

Que podía importar si vivía o moría

-Una mujer no puede reinar.- Dijo el marido de su madre luchando contra el sueño que empezaba a hacer presa en él, -no podría entender los entresijos de gobernar.-

-Y sin embargo Elain ha resuelto algunos de esos entresijos, como el contentar a la plebe que se quejaba por el aumento de los impuestos, al ocurrírsele la idea de construir molinos de agua nuevos para aumentar la producción de harina, eso si no recuerdo mal nos ha dado ventaja económica sobre Mercia.-

-Sigue siendo una mujer.- Dijo él levantándose molesto, poco dispuesto a reconocer los méritos de la muchacha, lo cual a ella le parecía previsible, ya que la responsabilidad de aliviar el descontento de la población hacia la corona inicialmente había recaído sobre los hombros de Aethelred, quien había tomado la decisión de ignorar las quejas hasta que estas se silenciaran por sí solas, método que para su desgracia no había funcionado.

-Soy consciente, esposo.-

-¿Y también lo eres de que ya deberíamos haberla casado? Porque como siga aguardando mucho tiempo más su vientre se marchitará.- Al escuchar eso Aethelred se rio por lo bajo, pero tuvo el suficiente sentido común de no dar su opinión en voz alta.

Por su parte Alfred resopló incómodo por el rumbo que estaba tomando la conversación, sabía que no le entusiasmaba demasiado la idea de separarse de ella. A fin de cuentas habían nacido y se habían criado juntos, por lo que la idea de que la desposaran y terminara alejándose de la corte de Wessex le inquietaba.

A Elain también, pero no por las mismas razones que a él.

-Es mi decisión con quien y cuando se casaran mis nietos.- Recordó Ecbert incluyendo a sus hermanos en el engorroso tema que ocupaba aquella cena. –Y por el momento los quiero a todos tal y como están.-

-Pero Elain…- Se quejó Aethelwulf.

-Elain lleva más de un año proponiéndome candidatos bastante adecuados todos ellos a decir verdad.- Le cortó el rey en seco.

-¿Entonces por qué aún…?-

-Cómo ya he dicho y me extraña el verme en la coyuntura de repetirme, es mi decisión, hijo.-

Por su parte creía intuir porque no se había decidido por ninguno de los candidatos que ella consideraba aceptables.

Le preocupaba la llegada de los hijos de Ragnar más de lo que estaba dispuesto a admitirles a ninguno. Así pues, en caso de que finalmente llegaran y Elain ya hubiera contraído nupcias eso le dejaría un muy escaso margen para negociar con ellos. Esto por supuesto, en el caso de que estuvieran dispuestos a escucharle.

Personalmente si Aella hubiera tirado a su madre a un pozo de serpientes lo único que Elain querría escuchar serían los gritos de dolor de los responsables.

Y Ecbert por mucho que le amase era responsable.

Un relámpago iluminó el cielo tras el ventanal del salón como una advertencia, en su fuero interno deseó que significase el fin de la espera, el anuncio vibrante de la llegada de Ivar pero… No tenía sentido hacerse ilusiones en ese aspecto, ya habían pasado dos años.

Y en dos años Ivar Sin Huesos podría haberla olvidado, o quizá su rabia por la muerte de Ragnar podría llevarle a desear su muerte con las mismas ansias que la de Aella, llevaba su sangre en sus venas a fin de cuentas, que quisiera derramarla no sería tan descabellado.

-Aclarado este punto sobre mi autoridad que parecías haber olvidado, Aethelwulf. Sí, Judith, creo que tu hija sería una gran reina, pero dudo que Aella la nombrase sucesora, y de todas formas antes de acceder al trono sería preciso que se casase.-

Eso por no mencionar que hasta donde Elain sabía, él aún buscaba la manera de hacerse con el control total y efectivo sobre Mercia. Si tuviese algún tío varón Ecbert no habría dudado en casarla con él a pesar del riesgo a contrariar a los vikingos que eso hubiera supuesto.

Por desgracia para él, Aella solo había tenido a Judith en su primer matrimonio, y años más tarde había sido bendecido con otra hija un poco más joven que la propia Elain, quien estaba a punto de contraer nupcias con un conde de sesenta años de edad si no recordaba mal.

-No puedes hablar en serio.- Soltó Aethelred perdiendo los nervios al escuchar como Ecbert le daba la razón a su madre sobre la capacidad para gobernar de su hermana.

-Que yo sepa muchacho, tú no has recorrido los pueblos de nuestro reino ni una sola vez para comprobar que mejoras podríamos llevar a cabo en ellos para contentar al pueblo y conseguir además beneficios, ¿oh sí lo has hecho?-

Humillado Aethelred calló, pero Elain sabía que ese silencio podía llegar a ser peligroso para ella si no tenía cuidado. –¿Puedo retirarme abuelo? Estoy algo cansada.-

-Por supuesto.- Al recibir su aprobación se levantó y le besó en la mejilla agradecida para después repetir la misma muestra de cariño con su amada madre.

-Te acompaño hermana,- evidentemente no hacía falta que Alfred pidiera permiso.

Al salir del salón ambos respiraron más relajados, se miraron y sonrieron cómplices. –La conversación de esta noche ha sido intensa.- Dijo Alfred queriendo saber como se encontraba, Elain le amaba por ello, pero no era por ella por quien él debía preocuparse, sino por sí mismo.

-No más que otras veces.- Comentó quitándole importancia.

-Ya… ¿Tú crees que volverán? Sé que el abuelo cree que sí, pero ya ha pasado mucho tiempo. Si fueran a atacarnos ya lo habrían hecho.- Se detuvieron ante la puerta de sus aposentos.

-Los vikingos no son de los que olvidan una afrenta con facilidad,- dijo recordando la mirada de Ivar al ver en su cuello las marcas dejadas por la mano de Aethelred.

-¿Entonces por qué el retraso?-

-¿Retraso?- Eso la hizo reír, -no hermano, no se están retrasando.- Le aseguró convencida, -aún lo deben estar preparando.-

-¿Preparando? ¿El qué?-

-Un gran ejército es necesario si lo que quieren llevar a cabo es una gran venganza, y eso requiere organización además de tiempo.-

-¿Se lo has comentado al abuelo?-

-Él lo sabe, de lo contrario ya me habría casado.- Le dio un beso en la mejilla queriendo poder disfrutar de más momentos tranquilos entre ellos sin la presencia constante de Aethelred a su alrededor. –Buenas noches hermano.-

-Que Dios guarde tu sueño.- Fue la respuesta de su mellizo antes de que ella cerrase la puerta de sus aposentos.

Una vez sola se dirigió a la ventana y otro relámpago iluminó el cielo, aún no se escuchaban los truenos, la tormenta debía estar lejos, pero de que se acercaba no había duda.

La cuestión era, ¿estarían preparados para su llegada?

Mientras tanto en el mar

La tormenta les caía encima con una inclemencia insólita. Casi como si quisiera evitar que llegaran a tierra.

Al menos eso pensaba la mayoría, Ivar no, Ivar creía que era la celebración previa de los Dioses por el derramamiento de sangre que iban a llevar a cabo.

Y vaya si cuando llegaran a las costas inglesas correría la sangre, sería tanta que habría quien la confundiría con arroyuelos.

-¿Se puede saber que te hace tanta maldita gracia?- Hvitserk se había acercado a su hermano temeroso de lo que esa sonrisa podría significar.

-Ya estamos cerca, ¿o es que no lo sientes?- Le preguntó lleno de emoción.

-Si tienes razón y damos con la costa durante la tormenta acabaremos todos muertos.-

-¿Muertos? ¿Nosotros? Ten más confianza en los Dioses hermano, ¿no ves que están celebrando nuestra victoria?-

-Es pronto para decir eso.- Respondió cauto.

-No, no lo es.- El agua empapaba su cara y le hacía reír. –No están listos para nuestro ejército, ni están listos para mí.-

-No eres tú quien lidera el gran ejército.- Le recordó a Ivar por vigésima vez.

-Aún, hermano, aún no lo lidero, pero lo haré.-

-¿Qué pasará con tu princesa si ya está casada?- Preguntó para cambiar de tema, en realidad no esperaba recibir respuesta, pero al parecer Ivar estaba de un increíble buen humor aquella noche.

-La convertiré en viuda.- Dijo risueño, -y después la tomaré por esposa.-

-¿Para qué quieres tú una esposa?- Al escucharle Hvitsek miró a Sigurd con temor, se suponía que no debían saber que Ivar era incapaz de satisfacer a una mujer, no al menos si querían que Margrethe siguiese con vida cuando volvieran a Kattegat.

Pero contrario a lo que habría esperado que ocurriese, Ivar se puso muy serio antes de contestar. –Para convertirla en Reina, a ella nunca le ofrecería menos que eso.-

-¿Reina de dónde?- Pregunto esta vez él frunciendo el ceño desconcertado.

-De todo el maldito mundo si eso es lo que ella quiere.- Hvitserk no sabía exactamente porque, pero por algún motivo creyó que Ivar sería capaz de lo que fuera necesario para cumplir con su palabra, y es que ella de alguna manera le hacía más peligroso si es que eso era posible.

Ivar solo les había hablado de ella cuando le preguntaron por la cruz que llevaba siempre enredada en la muñeca junto al brazalete de su padre. Era de Elain, les había dicho, su princesa cristiana, suya por promesa de matrimonio del rey Ecbert.

No sabían nada más, nunca les había querido contar nada más, cada vez que preguntaban él solo sonreía y apretaba la cruz en su puño como si quisiera alejarla de ellos.

No obstante aunque no hablase de ella era evidente cuando la recordada, pues en esos momentos parecía en paz y concentrado.

Personalmente a Hvitserk un Ivar centrado y en calma le preocupaba mucho más que un Ivar fuera de sí.

-Primero lleguemos vivos, después ya veremos si te casas.- Dijo Sigurd con burla alejándose de ellos, y por cómo le miró, Hvitserk se convenció que de no estar él en ese barco Ivar le habría tirado por la borda aprovechando la tormenta para ocultar su crimen sin siquiera sentir el más mínimo arrepentimiento.

-Si alguno le hacéis daño por mucho que sea un accidente,- dijo Ivar aún con los ojos sobre la espalda de Sigurd, -os mataré.-

Hvisterk le creía. –No la tocaremos.- Le aseguró envolviéndose mejor en su capa para intentar descansar algo. –Pero… Si ya tiene marido y lo ama, ¿de verdad crees que se casará contigo después de que le hayas matado?-

-Si está casada no será por amor si no por conveniencia, y para sobrevivir a una invasión vikinga yo soy más conveniente que un esposo muerto.- Respondió con sencillez.

-Si piensa así debe de ser una mujer muy fría.-

-Fría no, inteligente.- Hvitserk no dijo nada ante eso último, sin embargo ya sabía algo más de la princesa cristiana de su hermano, y de hecho explicaba porque estaba tan obsesionado con ella, su inteligencia le había hipnotizado.

Hvitsek solo esperaba por el bien de la muchacha que su mente siguiese siendo tan aguda como su hermano la recordaba, ya que de lo contrario con el carácter violento de Ivar era probable que la hiciese pagar un gran precio en dolor por decepcionarle.

De todos modos la vida de esa mujer o su bienestar no eran cosa suya, solo era una cristiana más como tantas otras. ¿Qué podía importar si moría o vivía?

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Buenas noches almas Corsarias, espero que el capítulo os haya gustado y que los Dioses estén de vuestro lado.