Capítulo 4

Todo pende un hilo muy fino ahora

Habían llegado, por fin estaban en Anglia.

Ivar no podía evitar mirar cada árbol convencido de que Elain podría aparecer detrás de cualquiera, con su cabello suelto y quizá una daga atada al cinturón que rodease su cintura.

Pero eso no sucedería, y antes de tener ocasión de verla tendría que masacrar a muchos cristianos.

No podía evitar preguntarse qué le diría si le viese llegar a su castillo cubierto de sangre. ¿Se horrorizaría o pondría los ojos en blanco antes de ordenarle que se diera un baño si es que quería cenar algo decente?

Conociéndola se inclinaba más por la segunda opción, aunque claro, eso sería si no se había casado. ¿De haberlo hecho el matrimonio la habría cambiado? ¿Recordaría que una vez quiso ser amiga de un vikingo?

-¿Todo bien?- Le preguntó Ubbe poniéndose a su lado mirando hacia el bosque, intentando descubrir que era lo que tanto le fascinaba a él para no apartar la mirada.

-Solo pensaba.-

-¿En qué?-

-En que nada parece haber cambiado desde la última vez que estuve aquí.- Apoyando su peso en su muleta miró a su hermano fijamente. –Dime una cosa, ¿cómo puedes creer que estoy loco por querer venganza por la muerte de nuestra madre y sin embargo te parece bien haber venido hasta aquí con un ejército para vengar a nuestro padre? Porque a mí eso me parece muy hipócrita.- Dijo alejándose de Ubbe sin esperar respuesta de su parte, sabía que no se la daría, no podía porque no tenía una, no una que al menos él quisiera escuchar.

Ubbe se quedó mirando el suelo sintiéndose en parte culpable pues sabía cuanto amaba Ivar a Aslaug, pero él no la había querido igual, no había podido, no después de casi morir junto a Hvitserk en aquel lago helado mientras ella estaba demasiado ocupada fornicando con otro hombre.

Los había abandonado a su suerte, y cuando se enteró de lo sucedido apenas pareció importarle.

Así que no, para Ubbe vengar a su madre no era tan importante como vengar a Ragnar, pero eso Ivar no necesitaba saberlo.

No tan claramente al menos.

Más tarde en Wessex

Un jinete llegó galopando y por su rostro al bajar del caballo parecía aterrorizado, Elain sintió como su corazón se aceleraba.

Ivar había vuelto, estaba segura.

En cuanto el hombre entró al interior del castillo ella fue tras sus pasos, asegurándose de dejar un par de metros de distancia para que no pareciese tan obvio el hecho de que le estuviera siguiendo.

-Alteza,- al girar por un pasillo se encontraron de frente justo con el marido de su madre, Aethelwulf. –Han llegado y han traído un gran ejército, es…- El hombre trago saliva asustado. –Nunca había visto uno igual, parece como si hubieran abierto las puertas del infierno y hubiesen dejado escapar a todos los demonios.-

-`Puede que parezcan demonios pero solo son hombres.- Continuó su camino como si la conversación no le incumbiera en lo absoluto. –Elain.-

-¿Sí padre?- No parecía seguro de lo que debía decirle, como si no hubiese esperado que respondiese a su llamado. –Todo saldrá bien, no has de estar asustada.- Finalmente pareció decidirse y se acercó hasta ella para apoyar sus manos en sus hombros. –No permitiré que te veas obligada a casarte con un infiel.- Asintió no muy segura de lo que debía hacer, normalmente Aethelwulf no solía hacerle demasiado caso. De modo que aquella cercanía era extraña e incómoda para los dos. –Bien, ve a la capilla a rezar por nuestra victoria.-

De nuevo asintió para luego darse la vuelta y hacer lo que le había ordenado. Demasiado emocionada como para conseguir esconder su sonrisa agachó la cabeza dejando que su melena cubriese su rostro, protegiéndola así de posibles miradas indiscretas.

Y es que sí había una guerra… Si Aethelred luchaba y moría, Alfred por fin estaría a salvo. Aquello era todo en lo que se atrevía a pensar, porque si su mente divagaba hacia Ivar su corazón se aceleraba provocándole ganas de correr hacia él, y además de lo insensato que sería hacer algo como eso, tampoco sabía con seguridad en que dirección se encontraba, aunque teniendo en cuenta que su ejército no estaba ante sus puertas intuía que su venganza caería primero sobre el rey Aella.

Esa misma tarde en Mercia

El rey Aella sonrió seguro de sí mismo al ver aquel supuesto gran ejército, el miedo debía haber nublado el juicio de sus soldados, ya que aunque luchar contra los vikingos siempre fuese brutal ahora les faltaba su corazón, sin Ragnar estaban perdidos.

-Esta noche cenaremos en casa.- Dijo satisfecho a sus hombres.

El problema fue que más vikingos empezaron a aparecer tras las colinas, llenando su visión hasta el horizonte.

Y a la cabeza de aquella muchedumbre encolerizada había cinco hombres, cuatro de ellos a pie y uno montado en un carro de guerra.

-Que Dios nos proteja.- Susurro el obispo a su lado, temeroso de la muerte que le esperaba siendo clérigo a manos de esos infieles.

-No puede.- Es cuanto se limitó a decir Aella al ver aquella ingente cantidad de hombres y mujeres rugir el nombre de su difunto rey, antes de lanzarse a la carrera como una enorme ola furiosa.

Aella realmente pensó en salir corriendo para salvar la vida. Pero al hacer cálculos se dio cuenta de que no llegaría demasiado lejos, además de que al verle huir sus hombres no intentarían protegerle sino que saldrían en desbandada para salvar sus propias vidas.

Así que mal que le pesase se quedó en primera línea y esperó el choque del enemigo contra sus filas rezando porque este fuera mortal, era sinceramente lo único por lo que podía rezar en aquellos momentos, en una muerte rápida y misericordiosa.

No debió matar a Ragnar, ahora se daba cuenta.

Por todos los santos, podría haberle retenido indefinidamente como prisionero y aquellos bastardos jamás se habrían atrevido a atacarle de esa manera precisamente por temor de que eso le costase la vida a su Rey.

Pero no, había sido orgulloso y vengativo.

Ecbert le había dado lo que él había considerado un regalo pero no era tal, le había engañado para que toda esa ira cayera sobre Mercia en lugar de sobre Wessex, viejo ladino y perverso.

Cuando el choque por fin llegó todo cuanto pudo hacer Aella fue alzar su espada y cerrar los ojos para tratar de ignorar su propio final, solo que para su desgracia sobrevivió, pues así lo habían ordenado los hijos de Ragnar. Nadie salvo ellos tocaría al rey de Mercia.

Mientras tanto en Wessex

Judith se había enterado de la terrible noticia, los vikingos al fin habían llegado, una parte de ella deseaba que nunca ocurriera, la otra considerablemente menos ingenua lo había estado esperando con creciente expectativa.

Sabía que su hija a pesar de sus propuestas a Ecbert para que la casara amaba al hijo de Ragnar, y si bien en parte era algo que la llenaba de temor también veía las posibilidades que ese matrimonio deseado les abriría.

Ecbert no podía estar tan ciego como para ignorarlo, o de lo contrario su pequeña ya se habría visto en la necesidad de casarse como le ocurriera a ella hacía ya tantos años.

-Judith, te esperaba.-

-No me extraña,- le dijo ella con una sonrisa acercándose a él. Le amaba, conocía su alma oscura y le amaba, quizá no con la magia con la que había amado a Athelstan, pero eso no cambiaba nada, el sentimiento seguía ahí, inamovible, intenso y sincero. –Tú siempre pareces preparado para todo.-

-Oh querida, eso era antes,- negó sentándose despacio. -Cuando era joven, ahora me temo que estoy lleno de dudas, me cuesta decidirme.-

-Tal vez sea hora de que pases esas responsabilidades a otro.- Comentó pensando en Alfred, para ella su marido contaba menos que nada, era el hombre que a fin de cuentas había querido ejecutarla por adultera, nada le debía cuando además él había incurrido en el mismo pecado.

-A Alfred no, aún es pronto.- Dijo como si le hubiera leído el pensamiento.

-Pero si conviertes a Aethelwulf en rey…- Dudó, -él podría nombrar como sucesor a Aethelred.-

-Tranquila, dejaré mi voluntad muy clara con respecto a ese tema.- Dijo serio dirigiendo su mirada hacia la ventana. –Dime lo que realmente te ha traído hasta aquí.-

-Elain, creo que ella quiere casarse con el hijo de Ragnar.-

-Sí, recuerdo a ese chico. A lo largo de los años Aethelwulf me ha repetido que debería haberle matado, pero aunque quizá podría haber sido lo mejor ya no puedo volver atrás para cambiar mi decisión.- Se quedó callado meditando sobre todo lo que estaba en juego, no ya su reino, sino toda Anglia. Sí tan solo Elain hubiese nacido varón todo sería mucho más sencillo.

-Ecbert, ella le ama.- Dijo Judith queriendo que él le prestase atención.

-Amaba al muchacho que era, ¿pero amará al hombre en el que se habrá convertido? Eso querida mía es otra cuestión.- Judith se dio cuenta de que aquella tarde no sacaría nada en claro, tal vez al día siguiente cuando hubiese decidido lo que debía hacerse estaría más comunicativo. Se dispuso a darse la vuelta cuando él la detuvo. –Todo pende de un hilo muy fino ahora Judith, y no sé si podré enhebrarlo al destino que nos ayude a sobrevivir, pero si hay algo que tengo claro es que Elain puede ser la clave.-

-¿Eso significa que permitirás el matrimonio?-

-Primero deberemos estar convencidos de que es seguro para ella, no la sacrificaré como a un cordero en el altar.-

-Dices que dudas, pero a mí me parece que estás planeando algo.- Ella acaricio su mejilla con dulzura. Ese hombre le había salvado la vida, le había enseñado lo que era el deseo y el ser respetada, le había dado voz en un mundo que la quería callada y gracias a él había yacido con el padre de sus mellizos. Ecbert era un hombre complicado, sin duda manipulador y egoísta a veces pero también tremendamente inteligente. –Confía en mí para ayudarte, estoy aquí.-

Era difícil verle inseguro de sí mismo.

-Necesitaré que lo prepares todo para que la corte abandone el castillo en menos de dos días a poder ser, sé que te pido mucho, pero no creo que dispongamos de más tiempo.-

-Estoy segura de que todo saldrá bien.- Besó su frente, -al final,- matizó y esta vez sí volvió a dejarle solo, tenía mucho que hacer antes de que se pusiera el sol.

Casi al anochecer en Mercia

Ivar se había divertido arrastrando al rey Aella durante casi una milla con su carro, antes de ordenarle que le diese la dirección en la que debían marchar él y sus hermanos para llegar hasta el sitio en el que había asesinado a su padre.

El rey de Mercia encogido por el dolor y temeroso de recibir un castigo aún peor los llevó hasta allí, despojado de su ropa y de todas sus dignidades reales además de sus zapatos, se vio obligado a marchar entre paganos con nada más que la ropainterior y sin la fortaleza suficiente para sentirse deshonrado por ello.

Tras apartar unas tablas los hijos de Ragnar se encontraron mirando el interior de un pozo vacío en medio de la creciente oscuridad del bosque.

Ivar miró aquel agujero sintiendo que a pesar de su tamaño era muy pequeño para haber contenido el cuerpo de un hombre tan grande para el mundo como lo había sido su padre.

-Aquí mataron a nuestro padre.- Dijo lleno de dolor.

-Como chillarían los cerditos, al oír como sufrió el verraco.- Repitió Bjorn las palabras finales de Ragnar en inglés para que el rey Aella pudiera entenderle.

Y vaya si le entendió.

Pero lo que le hizo sacudirse aterrado fue el hallarse incapaz de esclarecer como aquel hombre que no había estado presente en la ejecución de su padre, pudiese conocer exactamente lo último que este había dicho en vida.

-¿Cuánto oro y plata queréis por perdonarme la vida?- Suplico más que dispuesto a entregarles su reino si con eso salvaba su vida. –Ponedle precio, lo que sea. ¡Lo que sea!-

-Te equivocas.- Dijo Ivar interviniendo en la conversación. –Mi padre valía mucho más que oro y plata.- Miró al hombre frente a él con una expresión de ira salvaje. –Ese no es el precio que debes pagar.-

La noche les cubrió con su manto pero eso no les detuvo, aún tenían mucho por hacer.

De modo que encendieron antorchas para que estas iluminasen su cruento trabajo.

Bjorn y Ubbe sujetaron las manos del rey de Mercia a un tronco caído mientras Floki las atravesaba con clavos para obligarle a permanecer inmóvil, con la parte superior del torso apoyada sobre el árbol.

Tras eso pronto empezó la parte sangrienta, la que Ivar más disfrutó de todo aquello aunque no fuese él quien la llevase a cabo.

Calentando una hoja al rojo vivo Bjorn la pasó sobre la piel de la columna, asegurándose de que el corte llegase hasta el hueso, fue limpio, desde la base de la nuca hasta el principio de las nalgas.

Una vez hecho eso separó la carne de las costillas tirando de ella con esfuerzo, manchándose las manos con la sangre del rey que no dejaba de chillar.

Aella llegados a ese punto ya era del todo incapaz de suplicar por piedad o de rezar a su Dios por salvación, todo lo que existía para él era el sufrimiento y nada más.

El resto de los hijos de Ragnar vieron como su hermano mayor continuaba con la extenuante labor sumido en un profundo silencio, pues sin duda sus pensamientos estaban centrados en su padre, igual que les sucedía a ellos.

Ubbe le tendió un hacha cuando Bjorn extendió la mano en su dirección sin siquiera mirarle, sabía que estaba ahí y eso le bastaba para saber que le daría lo que necesitase.

Después, con precisión letal comenzó a romper las costillas del monarca consiguiendo arrancarle aún más gritos de dolor, aunque cada vez estos iban siendo más apagados.

Notando que el suspiro final se aproximaba Ivar se separó de Floki para acercarse hasta aquel hombre a rastras, al haber ido en el carro durante la batalla no se había puesto los refuerzos en sus piernas, por lo que no podía sostenerse.

Mientras observaba como Aella boqueaba como un pez sin aliento, este se veía obligado a mirar a los ojos de un vikingo sacrílego que disfrutaba con su martirio en sus últimos momentos sobre la tierra.

No hubo ningún pensamiento de venganza pasando por su mente en aquel último segundo, solo el dolor, y la extrañeza por lo azules que eran los ojos de aquel hombre.

Por su parte Ivar disfrutó al ver como sus ojos dejaban de brillar, igual que una antorcha apagada que deja tras de sí solo el humo. Y sonrió extrañado de que un cobarde como aquel fuese abuelo de una mujer como Elain, pero así era.

Los Dioses definitivamente tenían en ocasiones un extraño sentido del humor, ¿pero quién era él para condenarlos por ello?

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Buenas noches almas Corsarias, espero que el capítulo os haya gustado y que los Dioses estén de vuestro lado.