Capítulo 5

Sus ángeles y santos llorarían

Algunas personas se mueven por odio, otras por amor, algunas por la fe, otros por la desesperación. Pero lo que mueve el mundo de los hombres por encima de cualquier otra cosa es la ambición, el hambre de poder, la necesidad de no ser olvidados.

A Elain ser olvidada no le preocupaba, es más, contaba con ello, por lo que no ser recordada no significaba nada, además para cuando eso ocurriera ella ya estaría en el reino de los cielos. Así qué, ¿cómo podría importarle?

Ser ignorada por la historia era algo que no le quitaba el sueño, porque sabía que su vida, si le daban la oportunidad podría cambiar muchas otras. Así que la cuestión para ella era esa, encontrar su oportunidad de lograr algo significativo gracias a su inteligencia.

Y siempre, o al menos desde que recordaba haberse dado cuenta del menosprecio de Aethelred hacia ella y sus ganas de quedar por encima de Alfred, había querido ganarle la batalla por ambos.

Porque Alfred podría hacer grandes cosas por Wessex, quizá por toda Anglia y, se mentiría así misma si no se confesara que esperaba que su hermano la mantuviese cerca para escuchar sus ideas, pues a fin de cuentas él confiaba en ella.

Pero que Ivar hubiera vuelto alteraba las posibilidades existentes. Porque él podría conquistarlo todo, podría dejarlos sin nada, peor aún, podría quitarles la libertad y hasta la vida.

Sí, era posible, lo sabía y sin embargo no lo creía probable.

Recordaba su mirada, sus palabras, recordaba sus manos tomando las suyas, su rostro tan cerca del de ella como para respirar su aliento. Y sobre todo recordaba su fe en ella.

Sí él la quisiera a su lado… Cerró los ojos y soltó un suspiro en un vano intento por librarse de sus expectativas, pero no lo consiguió, pues estaba convencida de que creyendo el uno en las fortalezas del otro nada podría frenarles.

Y no estaba segura de como esa posibilidad la hacía sentir aparte de poderosa, quizá respetada, aunque había más, ¿ilusionada tal vez?

Como fuera no lo podría averiguar, no si huían del castillo en el que había nacido como ratas asustadas.

-¿Hija?-

-Madre,- se acercó a ella dejando ver en su rostro la zozobra que la invadía. -¿Qué pretende Ecbert?-

-Lo mejor para todos.- Le aseguró Judith acariciando su rostro con ternura.

-¿Pero a qué precio?- Se atrevió a preguntarle necesitando saber.

-No dudes de él.-

-No lo hago, sé que él nunca pierde, por eso sé que en esta ocasión no será distinto, lo que me preocupa es el precio a pagar para conseguirlo.-

Judith guardo silencio mirando los brillantes ojos de su hija antes de permitirse a sí misma hablar. –Creo que lo averiguaremos antes de lo que nos gustaría.- No dijo la verdad que su intuición le susurraba, y es que quizá fuese su propia hija quien tuviese que averiguarlo para salvarlos a todos, pues si había alguien capaz de seguir la línea de pensamiento de Ecbert, esa era ella.

.

Lo había conseguido.

Por fin había logrado alcanzar la meta más elevada de su vida, y justo en el mismo momento debía renunciar a ella en pos de que sus méritos pervivieran a través de su dinastía, ya que su defenestración era cuestión de días.

Tenía su gracia no obstante.

-¿Está seguro de esto?- Pregunto el escriba nervioso mientras el rey estampaba su sello en los documentos.

-Por supuesto que lo estoy, ¿qué parte es la que no te convence?- Preguntó con burla al muchacho que se atrevía a poner en tela de juicio su razonamiento.

-Es que… Ahora que Mercia es suya tras la muerte del Rey Aella a manos de los paganos gracias al acuerdo previo que hicieron ante la posibilidad de que una desgracia como esa pudiera ocurrir, me extraña que su deseo sea que Mercia permanezca bajo el mando de otra persona que no sea su hijo Aethelwulf, ya que es a él a quien va a nombrar Regente hasta que el príncipe Alfred sea mayor de edad.-

Ecbert se quedó pensativo, sí, podía parecer incongruente, pero vivían tiempos convulsos. Y él sabía como pocos hombres que empeñarse en repetir las decisiones de quienes le precedieron era la mejor forma de perder todo lo obtenido, había que cambiar con las circunstancias, adaptarse a los enemigos era la clave para sobrevivir a ellos.

-Veras James, dicen las sabias mujeres de la plebe que no han de ponerse todos los huevos en la misma cesta, y eso es exactamente lo que yo estoy haciendo al no poner todas mis expectativas en Alfred como sucesor de un único gran reino.-

Hizo un gesto con la mano y el muchacho se fue corriendo.

El poder era un lugar solitario en el que estar por mucho que ese fuera el único sitio en él que se hubiera sentido plenamente cómodo, sin embargo llegaba el ocaso de su vida, y solo la historia podría decir algún día tal vez aún lejano en el tiempo sí él había tomado la decisión correcta.

Quizá errase.

Quizá todos muriesen y Anglia terminase conquistada por los vikingos, pero había más posibilidades en juego y a ellas se aferraba.

De modo que Ecbert, un hombre secretamente ateo en un mundo cristiano rezó porque su mente no hubiera decidido fallarle en el último momento escogiendo el peor curso de acción posible, dadas las circunstancias era todo lo que le quedaba por hacer por inútil que creyese que era.

..

El tiempo se había acabado, el anochecer se acercaba, pronto abandonaría el único hogar que había conocido.

Era desconcertante y emocionante, pero sobre todo era triste porque sabía que una vez se despidiese de Ecbert nunca volvería a verle en este mundo, pues había decidido quedarse en el castillo para entretener a los vikingos con promesas vacías todo el tiempo que fuese capaz para darles la ocasión a ellos de ponerse a salvo.

Era injusto, razonable y ridículo a partes iguales.

El corazón se le estrujaba en el pecho con el convencimiento creciente de que en cuanto se subiese al carruaje que la sacaría de allí, su vida no volvería a ser igual.

-Ahora Aethelwulf es regente,- su madre permanecía a su lado cruzada de brazos mirando a su esposo con el ceño fruncido.

-Solo hasta que Alfred sea mayor de edad.- Dijo con cautela, evitando cuidadosamente mencionar que tal vez Aethelred estuviese interesado en evitar que cumpliese esa edad.

-Aethelwulf podría hacer un nuevo decreto y cambiarlo a favor de Aethelred.- Eso sorprendió a Elain, era algo en lo que no había pensado, siempre concentrada en su medio hermano no se había parado a pensar en los deseos de su padre.

-No sucederá,- respondió tranquila después de un momento. -Él no es lo suficientemente ambicioso como para imponer su voluntad a la de Ecbert, más aún cuando este va a sacrificarse por nosotros. –

-Lo dices muy segura.- Elain sonrió ante el comentario de su madre.

-Se me da bien ocultar el miedo, pero de verdad creo que Aethelwulf no debe preocuparnos.-

-¿Recuerdas que yo soy la madre y tú la hija verdad? Soy yo quien debe cuidar de ti, si algo que te inquieta no tienes que fingir lo contrario conmigo.-

-Lo sé madre.- El problema era que había verdades que era muy difícil decirle en voz alta, elecciones que una vez tomadas le partirían el corazón lentamente, de modo que prefería postergar ese momento tanto como le fuera posible. –Pero las hijas también tienen derecho a cuidar a sus madres, ¿no?-

-Elain.- Judith besó su frente con ternura antes de separarse de ella para abrazar por última vez a Ecbert, la muerte era una sombra que volaba en la oscuridad creciente que les rodeaba.

Respiró hondo, se puso recta y subió al carruaje. Su madre la siguió, y en cuanto todos estuvieron dentro Ecbert asomó la cabeza para dar unos últimos consejos a Alfred sobre lo que debería tener en cuenta cuando fuese rey.

Elain a pesar de no ser la receptora de las palabras también prestó atención, siempre lo hacía y no pudo evitar sonreír, pues Ecbert consideraba que lo principal era escuchar a todos, tanto a inteligentes como a malvados antes de decidir.

-Elain,- la noche desdibujaba los rasgos a pesar de la luz de las antorchas. –Cuídalo, pues lo dejo en tus manos.-

Aquello la desconcertó, ya que era como si esas palabras significasen más, y Elain detestaba la desinformación pues consideraba que era peligrosa, ya que permaneciendo en la ignorancia cabía la posibilidad de que tomase alguna mala decisión, y eso en su situación podía significar la muerte.

Aun así, antes de que tuviera la ocasión de poder preguntarle a que se refería, Aethelwulf separó a su padre del carruaje pues debían partir sin más demora.

El silencio se cernió sobre ellos como unos grilletes en las muñecas de un esclavo, sus destinos ya no eran suyos, pues con suerte estos estaban en manos de Dios.

Una vez traspasaron las puertas del castillo Elain decidió distraer su mente angustiada con una canción, con la vana esperanza de que serviría para tranquilizar su acelerado corazón del recuerdo de Ivar y de sus increíbles ojos azules, acercándose inexorablemente a su hogar para destruirlo.

Un mundo hay

Desde aquí hasta mi hogar

Y hay tantas sendas por andar

La sombra, la noche traerá

Y las estrellas la prenderán

Niebla y sombra

Triste anochecer

Pasaran

Yo seguro no he de ver

La incertidumbre seguía ahí cuando terminó, pero tomada de las manos de su mellizo y de su madre supo que haría lo que debiese hacer con tal de mantenerlos a salvo, sin importar el miedo o las dudas que pudieran asaltarla.

Por fin habían llegado, ver los muros de aquel castillo después de algo más de dos años era extraño, sentía que muchas cosas habían cambiado, y sin embargo aquellas puertas permanecían exactamente igual.

-¿Listo para ver a tu bella princesa?- Se burló Sigurd.

Ubbe les miró de reojo sin atreverse a intervenir, Bjorn por su parte les ignoraba, le molestaba no haber tenido la oportunidad de enfrentarse antes a los soldados de Wessex.

-Si la haces sentir incómoda te arrancaré el corazón.- Fue todo cuanto se limitó a decir Ivar antes de azuzar a sus caballos para que emprendieran un ligero trote, sin preocuparse en lo absoluto por las posibles flechas que en cualquier momento podrían salir disparadas de las almenas.

-¿Quién se cree que es para hablarme así?-

-Sigurd, no le presiones.- Le aconsejó Ubbe con seriedad, -no con ella, no es buena idea y ya deberías saberlo.- Dijo señalando su oreja mutilada poco antes de zarpar.

Hvitserk asintió ante las palabras de su hermano mayor dándole la razón, él había estado presente en aquel momento y solo los Dioses sabían porque Ivar se había decido por lanzar uno de sus cuchillos hacia la oreja de su hermano en vez de su hacha contra su frente.

Si fuera cristiano Hvitserk seguramente llamaría a aquello milagro.

-Solo es una cristiana.- Refunfuñó Sigurd rascándose la susodicha oreja, molesto porque sus hermanos no le apoyasen en sus burlas.

Por su parte Ivar notaba como su pulso se aceleraba y como las palmas de las manos le sudaban, ella no estaba allí.

Habían huido y se la habían llevado con ellos.

Sintió ganas de gritar y a duras penas se controló. Floki le alcanzó y empujó las puertas mostrando una nada absoluta.

-Cobardes.- Gruñó lleno de ira entrando en aquel patio, el mismo donde la había visto corretear detrás de un perro bajo la lluvia porque quería meterle dentro del castillo para que estuviera seguro del frío.

Aquella actitud le había parecido un poco estúpida, pero también tierna, y ella no solía mostrarse así ante los demás, por eso aquel momento era un tesoro precioso que guardar para él.

-No,- Bjorn parecía más furioso que desconcertado ante aquel descubrimiento. –No puede ser, tienen que estar aquí.- Se giró sobre sus talones y miró a sus guerreros, -registrad este lugar piedra por piedra, que no quede ni una esquina en la que un ratón pueda refugiarse.-

Los hombres y mujeres que conformaban el gran ejército gritaron, y antorchas en mano se dispusieron a cumplir con las órdenes del mayor de los hijos de Ragnar.

-No será necesario.- Dijo una voz fuerte aunque algo distante. –Aquí estoy, listo para someterme a vuestro juicio hombres del norte.-

-Tú…- La ira corrió por las venas de Ivar, pues su padre había confiado en aquel hombre, y Ecbert sin dudar le había entregado a uno de sus mayores enemigos sabiendo exactamente lo que este le haría una vez estuviera en su poder.

-Hola Ivar, veo que el muchacho que conocí es ya todo un hombre.-

-Sí, el hombre que te matará.- Le dijo lleno de desprecio.

-Podrías ser tú, y sin lugar a dudas tienes más derecho a hacerlo que ninguno de tus hermanos, pero si aún es tu deseo desposarte con mi nieta podría ser perjudicial para conseguir con ella una relación marital cordial, que fueses concretamente tú quien me quitase la vida.-

-¿En serio? Yo creo que lo entendería.- Dijo formando una sádica sonrisa en su cara.

-Sin duda, es una mujer inteligente, pero no dejaría de dolerle y tú lo sabes.-

Mientras ambos intercambiaban palabras la multitud que les rodeaba permaneció en silencio, sorprendida. Pues a pesar de los rumores y de lo dicho por el propio Ivar el Deshuesado nadie creía en la existencia de aquella princesa sajona.

Ecbert se acercó hasta el carro de batalla de Ivar. -Por el bien de ella, deja que sea otro quien se manche las manos con mi sangre.-

-¿Dónde está?- Preguntó con los dientes apretados, conteniendo a duras penas el ansia de ensartarle el vientre con su espada.

-Lejos, de momento. No estaba seguro de si querrías su mano o si en cambio preferirías cortarle el cuello.-

-Yo nunca le haría daño.- La ira brilló en los ojos de Ivar volviéndolos peligrosamente azules como hielo quebradizo. -¿Dónde está?- Repitió su pregunta una última vez con los dientes apretados.

-Volverá pronto, enviaré esta misma tarde una paloma con un mensaje para que la escolten hasta aquí.- Ecbert miró al resto de hijos de Ragnar, -pero antes de eso, y antes de que reclaméis venganza sobre mi persona tenemos asuntos importantes de los que hablar, seguidme.-

Los hijos de Ragnar se miraron entre sí, aquel hombre sabía que iba a morir y no estaba asustado, sin embargo no parecía tener intenciones de negociar con ellos para salvar su vida. Así pues, ¿de que podría querer hablar con ellos?

Ivar sabía que buscaba hacerles perder el tiempo, pero al ver los andares decididos de Ubbe supo que no podría hacérselo ver, no hasta que fuese tarde. Y mientras tanto eso significaba que Elain se alejaría más y más de su alcance.

Había estado tan esperanzado, había deseado tanto aquel reencuentro que verse de pronto en aquel patio sin ella le dejo una fría rabia arañándole el pecho.

-No me fio de ese hombre.- Dijo Floki escupiendo al suelo, -ya traicionó a tu padre, no hay nada que hablar con él.-

-También me engaña a mí, no tiene ninguna intención de que Elain vuelva a este castillo mientras nosotros estemos en el.-

-La encontraremos muchacho.- Le aseguró con una risita divertida el constructor de barcos. –Esta isla no es tan grande.-

Ivar sonrió, pero sin emoción en los ojos.

Sin embargo, una promesa de sufrimiento bailó en ellos, si Elain no estaba pronto segura en sus brazos los hombres de Wessex perderían los suyos.

Sería divertido oír a sus mujeres gritar por piedad.

Oh sí, sin duda alguna sus ángeles y santos llorarían.

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Bien halladas seáis almas Corsarias, espero que el capítulo os haya gustado y que los Dioses estén de vuestro lado.