Capítulo 7
Te he echado de menos
La oscuridad y el frío dieron pasó a una luz cálida propia de un amanecer de otoño. Elain sonrío y avanzó hasta encontrarse con un hombre sentado en el camino, esperando.
-Hola.- No le conocía, pero no le tenía miedo, de alguna manera sentió que aquel hombre no era un desconocido. -¿Esperas a alguien?- Le preguntó al ver su rostro amable girarse hacia ella.
-Sí, pero llegas demasiado pronto, tienes que volver.- No le entendió, ¿volver a dónde? ¿Es que acaso venía de algún sitio? ¿No había estado siempre en aquel camino? –Vuelve Elain, vive y r…-
Abrió los ojos confusa, estaba arropada con mantas pero aun así se sentía entumecida, era como si llevase horas sin moverse.
¿Estaba en sus aposentos? Aquello no tenía sentido, debía estar soñando, ¿o soñaba antes? Quiso mover su mano izquierda pero no pudo, alguien la aferraba con fuerza, giró su rostro y vio a un hombre con una armadura que era decididamente extranjera inclinado sobre su cama.
No podía ser, ¿cómo había llegado hasta allí?
-Ivar,- su nombre salió de sus labios como un graznido de lo seca que tenía la garganta, fue suficiente para despertarle.
Ivar levantó la cabeza sin soltarle la mano y la miró con una intensidad que le cortó la respiración. -Has despertado.- La sonrisa que le dedicó en ese instante habría hecho ruborizarse de vergüenza al primer amanecer del mundo. -¿Creías que durmiendo podrías escapar de tu compromiso conmigo?- Le dio un apretón a su mano antes de soltarla y acercarse más a ella para acariciarle la mejilla con suavidad.
-¿Qué…?- Quería preguntarle muchas cosas, pero un acceso de tos se lo impidió.
Ivar se apartó de ella solo lo necesario para llenar un vaso de agua y acercárselo a los labios. Al ayudarla a incorporarse para alcanzarlo fue gentil, pero eso no pudo impedir que ella notase un pinchazo de dolor en su costado que la hizo aferrarse a él con necesidad.
-Tranquila, la herida se está cerrando bien, pero debes tener cuidado.- Temblando aun a causa del dolor inesperado bebió despacio para luego volver a tumbarse, impresionada por la fuerza y la gentileza de Ivar.
-No estaba segura de sí llegaría.- Confesó pasando su lengua por sus labios para humedecerlos.
-Lo hiciste justo a tiempo, si hubieses tardado un poco más…- Ivar apretó la mandíbula y se echó ligeramente hacia atrás, en ese momento Elain se dio cuenta de que estaba sentado en una silla que alguien había puesto al lado de su cama. -¿Quién?- La preguntó igual que hizo años atrás, y los dos igual que en aquel entonces sabían la respuestaantes de que ella dijese el nombre del responsable en voz alta.
-Aethelred,- el gesto de desprecio de Ivar le dijo sin palabras la clase de dolor lento que le esperaba a su medio hermano si algún día aquel vikingo le pusiera las manos encima. –Quiso quitarme de en medio para poder deshacerse de Alfred más fácilmente.-
-¿Es que nadie más lo ve?- Gruñó cabreado.
-No eres el único rodeado de idiotas.- Le respondió sonriendo, provocando que sus miradas se cruzasen, y que sin poder evitarlo la risa les asaltase.
Aunque dejaron de reír con rapidez, pues aquello le causo dolor a Elain y Ivar se preocupó por ella inmediatamente.
Cuando ella consiguió convencerle de que estaba bien, él suspiró poco convencido de su palabra pero volvió a tomar su mano entre las suyas. -Cuándo llegaste creí que no sobrevivirías.- Admitió incapaz de mirarla a los ojos, no quería que viese fragilidad en ellos.
-Supongo que Dios no me quiere aún a su lado.- Él bufó por la referencia a su fe, pero se abstuvo de decir nada despectivo.
-Elain,- ella le miró sintiéndose cansada, necesitaba dormir, pero podía entender la angustia que debió haber experimentado Ivar durante esos días y quería permanecer consciente un poco más, por él. –Le mataré por lo que te ha hecho, y no será agradable.- Dijo refiriéndose a su medio hermano.
-Lo sé, espero estar ahí para verlo.-
-Qué poco cristiano de tu parte.- Dijo orgulloso de ella.
-Soy una princesa Ivar, no una santa.- Intuía que el vikingo a su lado quería decirle algo más, pero los parpados le pesaban demasiado y su mente iba lenta, no podía pensar en que podría ser lo que él querría decirle.
-Duerme.- Dijo acariciando de nuevo su mejilla con suavidad, como si quisiera acariciar una nube sin deshacerla. –Hablaremos más cuando despiertes, necesitas recuperar fuerzas.-
-Ivar.-
-¿Sí?-
-Te he echado de menos.- Dijo antes de volver a hundirse en la inconsciencia, dejando al menor de los hijos de Ragnar sorprendido y ruborizado por sus palabras.
En aquel momento entró Helga para intentar relevarle de su puesto como guardián de la doncella, a pesar de saber que el muchacho no cedería.
-Se ha despertado,- dijo sin apartar sus ojos de la mujer que esperaba quisiera ser su esposa, pues si había algo cierto pese a lo que les hubiera dicho a sus hermanos, es que jamás ataría su destino al suyo en contra de su voluntad, la amaba demasiado para ser tan egoísta. –Hemos hablado un poco.- Dijo algo avergonzado, pues sus últimas palabras aún golpeaban en su corazón como si este fuera un tambor.
-Eso es maravilloso, iré a hacerle una sopa para que la tome la próxima vez que recupere la conciencia, es importante para que mejore que se alimente como los Dioses mandan.-
-Gracias Helga,- la mujer se quedó algo sorprendida por aquella gratitud inesperada, pero no pudo si no sonreír ante ella, era curioso lo que el amor podía hacerle a algunas personas.
-De nada, y deja de custodiarla como un dragón a su tesoro, tú también necesitas descansar, intenta dormir un poco. Nadie se la llevará a ninguna parte porque lo hagas.- Le aconsejó con dulzura antes de marcharse, feliz porque aquellos jóvenes tuvieran la oportunidad de gozar de una vida juntos para amarse.
Claro que ella no podía imaginar que harían mucho más que eso.
….
Cuando volvió a despertarse la oscuridad había caído y la chimenea de sus aposentos estaba encendida, iluminando la estancia y llenándola de un agradable calor.
-Te recordaba más entretenida,- dijo Ivar con burla cuando abrió los ojos. –Supongo que los años no pasan en balde, ahora que eres una anciana no haces más que dormir.-
-Buenas noches a ti también.- Dijo limitándose a sonreír, temerosa de despertar el dolor de su costado con algún gesto algo más expresivo.
-¿Tienes hambre?- Le preguntó acercándose hasta ella, permitiéndole ver que se sostenía perfectamente sobre sus piernas aunque para hacerlo tuviera que apoyarse en una muleta.
-¿Puedes caminar? Ivar, eso es maravilloso.- Dijo feliz al verle así, pues recordaba lo frustrado que se sentía por tener que desplazarse de un lado a otro arrastrándose como un gusano, según palabras del propio Ivar. -¿Es gracias a esas refuerzos metálicos?- Cuestionó fijándose con más atención en sus piernas.
-Sí, me ayudana soportar mi peso evitando que tengan que hacerlo solo mis huesos.-
-Eso es algo muy inteligente,- comentó risueña, -¿lo has inventado tú? ¿Cómo se te ocurrió?-
-Ya había olvidado lo curiosa que eres.- Dijo sin poder evitar sonreírle.
-Tú no eres menos curioso que yo,- comentó ella de vuelta sonriendo también y arrugando la nariz al hacerlo, provocando un cosquilleo en el corazón de Ivar.
-Come algo y a cambio contestaré tus preguntas.- El hijo de Ragnar pudo ver como ella hizo un pequeño gesto de disconformidad con la boca que disimuló rápidamente. –Tranquila,- dijo sentándose en la silla al lado de su cama, -te ayudaré a incorporarte.-
Él sabía lo que era agonizar de dolor, lo sabía demasiado bien, y le roía en las entrañas la impotencia de que ella estuviese sufriendo por aquella herida, de modo que deseaba poder hacer cuanto estuviera en su mano para aliviar su malestar en la medida en que le fuera posible.
-De acuerdo.- Cedió ella aunque algo temblorosa, ya sin tratar de ocultar su reticencia, pues era obvio que para Ivar esta resultaba evidente.
Con cuidado el más querido de los hijos de Aslaug la rodeo con un brazo y la ayudó a incorporarse mientras que con el otro brazo colocaba unos cojines tras la espalda de Elain, de manera que esta pudiera sentirse lo más cómoda posible.
-Gracias.- Dijo ella conteniendo la respiración para evitar jadear de dolor, pues a pesar de lo gentil que había sido Ivar al tocarla, sentía que la herida le tiraba con cada movimiento que hacía.
-¿Te he hecho daño?- Le preguntó preocupado.
-No,- se esforzó para volver a respirar con normalidad. –Es la herida, no tú.- Le aseguró tomando las manos de Ivar entre las suyas, dándose cuenta así de que él había conservado su crucifijo durante esos dos años. –Pensé que lo tirarías al mar.- Comentó acariciando la cruz de plata con su índice.
-Tú me lo regalaste.- Fue todo lo que respondió antes de volver a incorporarse, esta vez para acercarse al fuego sobre el que pendía una olla que ella no había notado hasta entonces.
Aquello hizo que el corazón se le llenase de esperanza, ¿podía él sentir lo mismo que ella?
Recordaba que la anterior vez que se había despertado él había mencionado su compromiso, pero aquello la llevaba a pensar que su deseo a desposarse con ella iba más allá de lo que pudiese ganar gracias a ello, como tierras, un título nobiliario, o tesoros.
Que Ivar hubiese guardado aquel crucifijo tenía que significar que la amaba.
Por Dios y todos los Santos del cielo, tenía que ser eso, esperaba que fuese eso.
Volvió lentamente hasta ella llevando en su mano libre un plato con una cuchara.
-¿Qué es eso?-
-Veneno.- Replicó Ivar con burla poniendo el plato de sopa delante de ella para tentarla a comer con el delicioso aroma que desprendía.
-Yo creía que me matarías de otra manera.- Dijo ella sonriendo divertida, -el veneno no parece propio de tu forma de actuar.-
-¿Y cómo crees que lo haría?- Preguntó él curioso llenando la cuchara y poniéndosela frente a los labios. -¿Asfixiándote, o quizá acuchillándote como tu hermano?-
-No lo sé,- ella probó la sopa y disfrutó de su sabor. –Tal vez.- Se encogió de hombros no deseando seguir con esa conversación.
-Nunca te haré daño,- dijo tan serio que ella se sintió paralizada por su mirada. –Y mataré a cualquiera que te lo haga, lo sabes, ¿no?- Preguntó algo dudoso al final sobre lo que ella verdaderamente podría pensar sobre eso.
-Sí.-
-Bien,- otra cucharada y otra mirada.
-Tus piernas,- le recordó ella, -no me has contestado, ¿lo inventaste tú?-
-Sí, pensé en lo que me dijiste de la silla de ruedas pero seguiría viéndome como un tullido.- Frunció el ceño, -con esto al menos puedo mirar a los demás a los ojos.-
-Pero… ¿Te duele llevarlos?- Le preguntó inquieta por su bienestar.
-Los hierros ayudan a sostener la mayor parte de mi peso evitándoselo a mis huesos.- Intentó evadir el tema repitiendo su explicación anterior.
-Sí, pero los hierros a pesar del cuero de los pantalones deben apretarte en las piernas, ¿eso no te causa dolor?-
-Sí,- cedió él no queriendo mentirle.
-¿Y aun así los llevas?- Se produjo un silencio entre ellos solo roto por el crepitar del fuego, Ivar se preguntó si quizá aquel sería el momento oportuno para hablarle de la muerte de su abuelo. –No he conocido a nadie tan fuerte como tú en mi vida.- Dijo Elain sorprendiéndole por completo.
-¿Qué?-
-Pocas personas serían capaces de soportar lo que tú has tenido que padecer desde niño, ¿pero provocarse a sí mismos dolor para asegurarse de tener las mismas oportunidades que los demás? Nadie podría igualarte en determinación, eres impresionante Ivar Sin Huesos.-
No sabía que contestar a esas palabras, su madre le había querido, pero ni siquiera ella había creído en él, y mucho menos le había visto de esa manera, como alguien digno, alguien a quien admirar.
-Yo… No soy así.- Replicó despacio.
-Sí que lo eres, si aún no lo ves ya llegarás a hacerlo. A fin de cuentas tú no eres ningún idiota.- Después de eso siguió dándola de comer en silencio, pensando en sus palabras.
Pues si de verdad le veía así, sí era sincera, y no tendría porque mentir, no a él desde luego. ¿Significaría que podría estar dispuesta a casarse con él por propia voluntad y no porque se sintiese obligada a ello por la promesa de su abuelo?
-Elain,- dijo su nombre dejando el plato de sopa ahora vacío sobre la mesilla. –Hay algo que tienes que saber.- Había deseado matar él mismo a Ecbert, pero ahora agradecía el que no se lo hubieran permitido, pues el hombre tenía razón.
Que el propio Ivar hubiera sido quien segase el hilo de su vida habría herido irremediablemente a Elain.
-¿Ya te has dado cuenta de que permanece dormida para poder escapar de ti o es que aún no has captado la indirecta?- Clamó Sigurd entrando en la estancia como un vendaval. –Vaya,- exclamó sorprendido al verla despierta, cosa que no duró mucho, ya que al instante su cara adquirió un tinte vengativo que no podría haber disimulado ni de haber querido hacerlo. -¿Ya te ha dicho que tú abuelo a muerto? Se cortó las venas hace cuatro días, teniendo en cuenta lo que él quería hacerle fue afortunado.-
En aquel instante no había cosa que Ivar desease más en el mundo que matar a su hermano, pero no quería hacerlo delante de ella, le ataba las manos el miedo de que ella le rehuyese al ver la oscuridad que había en su corazón.
-No,- le respondió ella en su idioma en vez de en ingles dejando a Sigurd desconcertado. –No me lo había dicho todavía, pero me lo imaginaba… Debes de ser su hermano.-
-Sí.- Dijo Ivar con rabia. –Por desgracia lo es.-
-Siento la muerte de vuestro padre, merecía más.- Sigurd la miró incapaz de contestar, la princesa que no había creído que existiera mostraba tanta calma, tanta compasión y tanta belleza que no pudo sino sentirse avergonzado de haber querido hacerle daño con su comentario.
-Ya,- incapaz de decir nada más salió de allí con lo que a Ivar le pareció arrepentimiento.
-¿Ese era Sigurd?- Le preguntó cuando se quedaron de nuevo a solas.
-Sí.- Respondió despacio, mirándola con detenimiento para averiguar cómo se sentía tras lo que había escuchado.
–Tenías razón en lo que me contaste sobre él, la inteligencia está lejos de ser su punto fuerte.-
-Elain.-
-No hace falta que te disculpes,- le aseguró cerrando los ojos, -sé que me lo habrías dicho… La verdad es que me alegra que tuviese una muerte tranquila pero,- frunció el ceño y le miró en busca de respuestas. -¿Cómo es que se lo permitisteis? Creí que querríais cobraros justa venganza.-
Escucharla hizo que Ivar sonriera, siempre tan pragmática, tan deseosa de conocimiento, podía haberse vuelto más hermosa de lo que ya era en esos dos años separados, pero su mente seguía siendo tan punzante como siempre.
-Hizo un trato con mis hermanos.-
-¿Qué tipo de trato podría haber hecho si ya no…?- Se quedó callada atando cabos. –Claro, por eso lo hizo.- La vio sonreír y no pudo resistirse a imitarla a pesar de no entenderla. –No sé qué les prometió, pero tus hermanos van a terminar realmente furiosos cuando hable con ellos.-
-Supongo que es mi turno de preguntar si les ha engañado,- se inclinó y tomó la mano izquierda de Elain entre las suyas.
-Tú eso ya lo sabías.-
-Sí, pero me encanta no ser el único que lo veía venir.-
-¿No se lo advertiste?-
-No me escucharon.- Al oírle no pudo evitar poner los ojos en blanco.
-No me puedo creer que no sospecharan nada.-
-Oh, estoy deseando que los conozcas y que les digas eso que sabes sobre Ecbert.-
-Diles que vengan y se lo diré ahora mismo.-
-No, tienes que descansar.- Sin replicar rodeo el cuello de Ivar con sus brazos cuando él se inclinó sobre ella para ayudarla a tumbarse de nuevo. –Mañana Floki tendrá que revisar la cataplasma que te puso, depende de cómo te encuentres después podrás hablar con mis hermanos o no.-
-Te estás regodeando.- Su aliento en su cuello despertó algo en el interior de Ivar, un anhelo que se había forzado a enterrar debido a su incapacidad para satisfacerlo.
-¿Eso es pecado cristiana?- Se separó de ella dejando que en el proceso su nariz acariciase la delicada línea de su mandíbula.
-Seguramente.- Dijo ella sin poder evitar estremecerse.
-¿Rezarás por mí? ¿Para que cambie?- Sus labios sobre los de ella, distrayéndola de la pregunta que se había estado haciendo, y es que no entendía porque no parecía importarle saber antes que sus hermanos como era posible que Ecbert los hubiera engañado.
-No serviría de nada, solo cambiarás si es lo que quieres hacer. Y lo cierto es que he de admitir que lo que conozco de ti me parece fascinante.-
-¿En serio?- Sus labios prácticamente rozando los de ella con cada palabra.
-Sí.- Un suspiro aperas contenido, una súplica muda de una necesidad repentina.
-Entonces tampoco reces por esto, salvo que te arrepientas.- Sus labios se apoderaron de la boca de Elain con un hambre incontrolable, similar a la de Hati, incansable perseguidor de la Luna.
Un gemido de sorpresa se escapó de ella, y Ivar no pudo sino aprovechar para que sus lenguas bailasen tortuosamente.
Con el corazón en llamas Elain llevó sus manos al cuello de Ivar, llena de una anhelo que no sabía cómo explicar y que le impelía a acercarle a ella tanto como fuera posible.
Por su parte Ivar tuvo que aferrarse de las sábanas de la cama con toda su fuerza de voluntad para evitar colocarse encima de su princesa, pues aquello le habría provocado dolor, y él solo deseaba hacerla disfrutar.
-Ivar.- Suspiró Elain acelerando el corazón del vikingo por ello.
-Sé mi mujer,- le pidió él con la frente apoyada contra la suya cuando se separaron, no queriendo abrir los ojos por si encontraba en ellos el rechazo que no había hallado en sus labios. –Sé mi mujer,- repitió, -porque quieres serlo, no porque Ecbert se lo prometiese a mi padre.-
Elain quiso reír de pura dicha, pero se limitó a acariciar el rostro del hombre que hacia solo unos segundos la había hecho arder como si ella fuese el fuego de su propia hoguera.
-Sí Ivar, seré tu mujer y tú serás mi esposo.- Le aseguró acercando de nuevo los labios de él a los suyos, pues ahora que había descubierto su sabor quería seguir disfrutando de aquel fruto prohibido.
Esta vez su beso fue mucho más lento, permitiéndose el uno al otro darse cuenta de que aquello era real, de que estaban allí juntos y de que nadie los iba a separar despertándolos.
Y aunque la muerte y la venganza les rodeaban, ese momento solo le pertenecía al amor.
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Bien halladas seáis almas Corsarias, espero que el capítulo os haya gustado y que los Dioses estén de vuestro lado.
