AMANTES


Disclaimer: Personajes de J.K. Rowling.

Este fic participa del Reto #59: "Desempolvando retos 2.0" del foro "Hogwarts a través de los años".

Reto utilizado: "Canciones que inspiran".


Victoire Weasley y Draco Malfoy

And there we are again when nobody had to know
You kept me like a secret, but I kept you like an oath
Sacred prayer and we'd swear
To remember it all too well

All Too Well (10 Minute Version) (Taylor's Version) - Taylor Swift

Victoire contempló su reflejo en la copa que sostenía por el tallo con los dedos pulgar e índice, tal como él le había enseñado unos meses atrás. Solo entonces notó que los dedos habían comenzado a temblarle ligeramente. Para evitar que su zozobra quedara en evidencia, acercó la copa hacia ella en un gesto que pretendía parecer casual y dejó que el champagne acariciara sus labios antes de beber un sorbo. En lugar del sabor dulzón del champagne, sintió un regusto amargo en la garganta. Tuvo que esforzarse por tragarlo.

El eco de sus palabras todavía flotaba entre los dos. Palabras predecibles, pero no por eso menos dolorosas.

«No podemos seguir viéndonos.»

Mientras lo decía, Draco Malfoy portaba esa máscara de frialdad e indiferencia que Victoire nunca fue capaz de descifrar. Sin embargo, cuando lo oyó argüir que la edad era el único obstáculo que les impedía estar juntos, apenas consiguió reprimir una sonrisa irónica. No era tan ingenua como para ignorar que los separaba un abismo mucho más profundo que veinte años de diferencia.

Algunas noches, cuando le resultaba imposible conciliar el sueño, Victoire abandonaba la calidez de la cama y se dedicaba a explorar la mansión a oscuras. Disfrutaba la sensación de sus pies descalzos deslizándose por la alfombra del amplio y suntuoso salón, donde reinaba un silencio casi inquietante; incluso los elfos domésticos dormían a esas horas. La muchacha solía a detenerse a observar los retratos de los antiguos miembros de la familia Malfoy que estaban expuestos en la pared, aunque el único que verdaderamente le interesaba era el de una bella mujer de ojos almendrados. Lo había contemplado tantas veces que conocía sus rasgos de memoria. Debajo, en una elegante caligrafía, figuraba su nombre.

«Astoria Malfoy.»

A diferencia de los otros retratos, este no tenía siquiera una mota de polvo, como si acabaran de lustrarlo. A su lado había un jarrón de fragantes rosas blancas que parecían recién cortadas del jardín. Si bien Victoire sabía que Draco era viudo desde hacía un par de años, no fue sino hasta ese momento que la golpeó la certeza de que nunca había olvidado a su esposa. Por alguna razón, aquello la hizo sentir como una intrusa.

Tiritando a causa del frío –la chimenea de mármol estaba apagada y la brisa nocturna se colaba por los resquicios de las ventanas–, regresó a la habitación y se refugió en la suavidad de las sábanas de seda. Luego rodeó con los brazos el cuerpo del hombre que dormía y se apretujó contra él. Pero no consiguió espantar el insomnio.

De vuelta al presente, Draco se encargó de pagar la cuenta al camarero con un ademán impaciente, como si tuviera prisa por marcharse. Victoire lo miró sin poder ocultar su incredulidad. No parecía afectado en lo más mínimo por su ruptura. Era cierto que nunca le habló de amor, pero le resultaba difícil de creer que lo que habían vivido juntos no hubiera significado nada para él: los viajes espontáneos al extranjero, las cenas elegantes, las bromas compartidas, los cuerpos desnudos abrazándose en la penumbra. No obstante, Draco siempre procuró mantener aquellos encuentros en secreto.

—Solo estoy siendo honesto, Victoire. Esto no funciona. —Evitó mirarla a los ojos.

«La edad no era un problema para ti hasta ahora».

—Lo sé. Lo entiendo —respondió ella mientras se ponía de pie y recogía su abrigo. No estaba dispuesta a demostrar siquiera un atisbo de vulnerabilidad, de modo que antes de darle la oportunidad de continuar con su discurso vacío, se dirigió hacia la salida.

Cuando las puertas del restaurante se cerraron tras ella, se abrazó a sí misma para protegerse del frío y aspiró una profunda bocanada de aire. Solo entonces se atrevió a dejar escapar las lágrimas que había estado conteniendo, sorprendida por el impacto de su propio dolor. La única vez que recordaba haber experimentado algo semejante fue cuando rechazó la propuesta de Teddy. No se sentía lista para contraer matrimonio tan joven y, a pesar de que lo quería, su afecto por el muchacho no era muy diferente al que sentía por el resto de sus primos. Poco después conoció a Draco Malfoy y no pudo evitar enamorarse de él, incluso cuando todo indicaba que aquella relación estaba condenada desde el principio.

Evidentemente, Draco era un cobarde que huyó en cuanto se dio cuenta de que su relación dejó de ser una aventura fugaz. Victoire trató de consolarse a sí misma con la idea de que él había tenido parte de razón al afirmar que no tenían futuro. Y, aunque le llevó un tiempo, finalmente recuperó las fuerzas para lidiar con su corazón roto. Si algo había aprendido después de todo lo que había vivido con Teddy fue que sabía afrontar situaciones difíciles.

Días después, finalmente se encontraba en San Mungo. La mujer de uniforme turquesa estaba de pie frente a ella y, sin mayor dilación, le hizo la pregunta:

—¿Estás segura de querer continuar con la interrupción?

Victoire asintió lentamente. No tenía dudas. A fin de cuentas, contraer matrimonio o tener hijos nunca estuvo en sus planes.

Mientras la sanadora preparaba la poción, su mirada se posó en la ventana. Estaban comenzando a caer los primeros copos de nieve.