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«Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe».
Martin Buber.
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Día: 29 de diciembre.
Hora: 20.35 p.m.
Localización: Dormitorios. Kokubunjin, oeste de Tokyo — Japón.
Era extraño ver a los estudiantes del club de béisbol de Seidō Kōtō Gakkō tan animados en esa época del año. Aquel campamento infernal de invierno había concluido ese día y, el comedor, que usualmente se encontraba descontrolado por culpa de un estudiante en especifico, estaba peor. Los pocos miembros del club que seguían allí, después de haber cenado, conversaban sobre asuntos triviales y sin importancia. Aquello era bastante sorprendente, nadie sentía el estrés de un partido de práctica venidero o, en el peor de los casos, algún torneo, hasta principios de primavera.
En esa última semana del año, específicamente el treinta de diciembre, comenzaría la «semana de descanso» que escasos estudiantes del club de béisbol estaban esperando con ansias. Los demás miembros, principalmente el primer equipo, mantendrían su entrenamiento común y corriente, con la intención de preparar su próxima actuación en el senbatsu.
La mesa concurrida con los regulares de primer año se encontraba en completo silencio. A decir verdad, era la primera vez, en todo el año, que tomarían una semana de descanso larguísima. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió entre los estudiantes de tercer y segundo año (Isashiki obligó a los que, en esa época estaban en primer año, a quedarse esa semana en la escuela), sus superiores le recomendaron ir a casa a tomar un descanso del béisbol. Watanabe aseguró, con su gentil sonrisa, que tanto estrés en el entrenamiento podría volverlos un poco… dependientes del béisbol.
A la gran mayoría le pareció un excelente consejo. Especialmente, por la persona que lo sugirió. Watanabe había adquirido una posición importantísima para el equipo justo después de que los estudiantes de tercero se retiraron. No obstante, existía un estudiante que no estaba del todo de acuerdo con el consejo: Furuya Satoru. Desbordaba un aura inquietante que le colocó los pelos de punta a sus compañeros.
Sin embargo, lo que más le sorprendió a los estudiantes del club de béisbol fue que en entrenador: Kataoka Tesshin, aquel estricto instructor, estuvo de acuerdo en enviar a casa a todo el mundo. ¡Por el amor a la diosa Niké! Era fin de año, debían de pensar en algo más que en el béisbol.
—Sawwa. —Kanemaru dejó su teléfono celular en la mesa, observando con interés al pítcher escandaloso de primer año—. ¿Irás a casa para el fin de año? —preguntó.
Kanemaru Shinji llamó la atención de más de un estudiante del club de béisbol que se encontraba cerca de la mesa en la que estaba sentado. Aquel tercer base observó a su compañero de clases con una expectante curiosidad. Sawamura estaba demasiado sereno. A ver, era obvio que estaban cansados del campamento infernal de invierno… sin embargo, estaba hablando de Sawamura Eijun. Kanemaru juró que iba a estar gritando a los cuatro vientos que no regresaría a casa sólo para molestar al capitán.
—Si —contestó lo suficientemente alto para que todos a su alrededor lo escucharan.
—Lo sospeché. —Kanemaru volvió a tomar su teléfono celular—. Creo que también me quedaré en el dormitorio… espera. —Parpadeó escéptico con la esperanza de haber escuchado mal—. ¿Dijiste que si te ibas a ir a casa?
—Hn —respondió con la boca llena. Sawamura era uno de los pocos estudiantes que todavía estaba cenando. Aquel era su cuarto plato de acelgas salteadas con ajo. Hace un par de noches atrás, leyó que era una verdura clave para la transmisión nerviosa y la contracción muscular. ¿Acaso no era perfecta para un pítcher como él?
Kanemaru dejó caer su teléfono celular nuevamente a la mesa. Furuya se preguntó si no se había roto. Shinji empezó a cuestionarse lo que escuchó. ¿Le había entendido bien? ¿Sawamura declaró que iría a casa ese fin de año? Clavó su mirada en los ojos color avellana de su compañero y amigo.
Sawamura levantó una ceja incómodo al sentirse analizado de más por Kanemaru.
—¡QUÉ DEMONIOS TE PICÓ, WAMURA! —exclamó irritado—. ¡¿VAS A REGRESAR A CASA?! ¡¿TÚ?!
—¡¿QUÉ TIENE DE MALO, KANEE?! —respondió Sawamura con el mismo tono de voz irritado—. ¡¿ESTÁS BUSCANDO PELEA?! ¡¿ESTÁ MAL QUE REGRESE A CASA?!
Kanemaru se obligó a morder su labio inferior en el momento que el castaño dejó de gritar.
«Maldita sea», pensó Kanemaru. Sawamura tenía razón. Francamente, no había nada de malo con ir a celebrar fin de año en familia. No obstante, Kanemaru se convenció que al quedarse en la escuela le haría compañía a su amigo. Buscó desesperadamente y sin éxito una excusa para no tener que pasar fin de año en la casa de su madre.
—¡HARUCCHI TAMBIÉN REGRESARÁ A CASA, ¿NO?! —vociferó Sawamura con molestia.
—En realidad… —Intervino Toujou Hideaki acompañado de una dulce sonrisa—. La decisión de Haruichi no es tan sorprendente como la tuya, Eijun —informó su humilde opinión—. Además, creo entender el sentimiento de Shinji. En su momento creímos que tomarías el descanso después del senbatsu —explicó.
—¿Crees que no lo pensé, Toujou? —Exhaló estruendosamente—. ¡SIN EMBARGO, SÉ QUE ME NECESITAN PARA EL SENBATSU, EL TORNEO DE PRIMAVERA Y EL TORNEO DE KANTO! —exclamó—: ¡Y TENEMOS QUE ENTRENAR MUCHO!
Los estudiantes del club de béisbol que lo escucharon le observaron con una sonrisa impertérrita. Sawamura volvía a tener razón. A pesar de lo imbécil que resultaba fuera del campo… cuando se trataba de béisbol razonaba. Sin duda era cierto, debían de aprovechar esa semana de descanso sin presión de un torneo a la vuelta de la esquina. En menos de lo que le gritaba el entrenador a Eijun estarían representando a Tokyo en el Koshien.
—¿Y tú? —Kominato Haruichi volteó a ver al pítcher monstruo—. ¿Vas a volver a casa?
A diferencia de Sawamura, Furuya seguía teniendo el tercer plato de arroz hasta el tope. Después de un tiempo, perdió la cuenta de cuántas veces se durmió con la esperanza que desapareciese.
—Hn —contestó medio dormido.
—¿Irás a casa, Satoru? —le volvió a preguntar Haruichi con una paciencia que no se construía de la noche a la mañana.
—Me quedaré —contestó con su mirada encima de ese maldito plato de arroz—. Hn.
—No va a desaparecer si no empiezas a comer. —Haruichi señaló lo obvio con diversión.
—¿Hermano? —Furuya entrecerró su mirada con suspicacia.
—Te golpearé —sentenció el menor de los Kominato ampliando una sonrisa espeluznante.
Kanemaru observó a la estrella del equipo con interés—. ¿No llevas demasiado tiempo sin ver a tus padres? ¿No crees que es buena idea ir a verlos?
Satoru sacudió su cabeza de un lado a otro. Aquello no le preocupaba en lo más mínimo. A decir verdad, sí comenzaba a extrañar el calor familiar, iría a visitar el fin de semana la casa de su abuelo. Kanemaru desvió su mirada al pítcher escandaloso de primer año. Sawamura estaba terminándose su comida en un silencio sepulcral. Shinji, al igual que otros compañeros del club de béisbol, esperaban que el mencionado despertara su instinto de rivalidad para argüir que él también se quedaría.
Evidentemente, Eijun ni se mosqueó.
—¡MALDITA SEA, WAMURA! —exclamó incómodo Kanemaru—. ¡NO TE QUEDES CALLADO! ¡ES MUCHO PEOR SI NO GRITAS CUANDO DEBES DE HACERLO! —bufó.
—¡KANEMARU, CÁLLATE! —los miembros del club de béisbol se sobresaltaron al escuchar el rugido que llegó desde la mesa que se encontraba cerca de la salida del comedor.
Maezono Kenta desvió su mirada de los estudiantes regulares de primer año con indignación. Aquellos pocos estudiantes de segundo que seguían a los alrededores no evitaron comenzar a reír. No obstante, al igual que los demás, sintieron una extraña picazón en el estómago: ¡¿Maezono no había regañado a Sawamura?!
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—¡MIERDA! —vociferó Maezono.
Kenta había sido uno de los estudiantes del club de béisbol que, en su primer año, no regresó a casa imponiéndose un entrenamiento extra con la intención de mejorar su resistencia y bateo. Evidentemente, no soportó que esos… ¡esos malditos mocosos de primer año! Fuesen consentidos por los demás. Hasta el entrenador estuvo de acuerdo.
—¡Gyaha! —Kuramochi Youichi soltó una estridente carcajada. Aquella que lo caracterizaba. Aquel vicecapitán llamó la atención de más de un estudiante del club de béisbol que se encontraba cerca—. Obviamente, están discutiendo si ir o no a casa. ¿Quieren apostar? —sonrió con perspicacia—. Mil yenes a que la mayoría de primer año se queda.
—Hecho. —Asou Takeru correspondió aquella sonrisa con prepotencia—. Dos mil a que el primero en gritar mañana en el bullpen es Sawamura.
Youichi le retribuyó a Asou aquella donación con una sonrisa irónica. Al parecer, era el único de los presentes que sabia que ese chico «escandaloso» no estaría al día siguiente en el campo de entrenamiento.
¡CÓMO LO EXTRAÑARÍA! Youichi llegó a la conclusión que le compraría un pudín por hacerlo cuatro veces más rico.
—¡¿POR QUÉ ESTÁN TAN RELAJADOS?! —aulló Maezono—. ¡JUN-SAN NOS OBLIGÓ A QUEDARNOS EL AÑO PASADO! ¡¿POR QUÉ NO PODEMOS HACER ESO NOSOTROS?! —Kenta golpeó la mesa del comedor con su puño cerrado.
—Zono —Kuramochi lo interrumpió—. Supéralo. —El vicecapitán giró su rostro hacia un costado codeando a su compañero de equipo—. Creo que deberías aprender de Nori. Mira, está imperturbable con la decisión de Nabe y el entrenador.
—Si, deberías. —Kawakami Norifumi no evitó reír ante la expresión de incredulidad que colocó el vicecapitán Maezono.
—Hablando de eso. —Kuramochi no evitó sentirse curioso ante la ausencia de una persona en especial—. ¿En dónde está Miyuki?
—Creo que está en la oficina del entrenador —contestó Nakata Ataru.
—¿Con el entrenador? —Kuramochi frunció el ceño con recelo.
Youichi no evitó dirigir su mirada a la puerta de salida del comedor con la intención de localizar detrás de ella la silueta del capitán del equipo de béisbol. Era probable que apareciese en la cafetería tarde o temprano. Sin embargo, ¿por qué estaba en la oficina del entrenador?
¿De qué estaba hablando con el entrenador?
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—¿Qué hacen todavía aquí? —interrumpió la conversación.
Miyuki Kazuya ingresó al comedor una hora después. Aquel hombre decidió tomar un baño caliente posterior a su conversación con el entrenador. Los estudiantes de segundo año que permanecieron en el comedor notaron de inmediato aquel pequeño detalle, después de todo, el capitán seguía con el cabello húmedo.
—Te vas a resfriar, imbécil. —Kuramochi señaló la húmeda toalla que seguía en el cuello del capitán. Era cierto que tenían una semana de descanso. No obstante, eran jugadores de béisbol, no podían permitirse enfermar.
—¿Cheetah-sama está preocupado por su capitán? —curioseó con ironía.
—¿Por qué no te vas a la mismísima mierda, Miyuki? —contestó Kuramochi.
—Hemos estado arreglando el entrenamiento intensivo de esta semana. —Maezono interrumpió la discusión—. Lo único que falta es precisar detalles contigo.
—Lo siento. —Se disculpó de inmediato—. Decidí tomar esta semana de descanso. —Levantó su mano derecha hasta sus labios en una señal de disculpa.
Youichi comenzó a reír porque de todo lo que pudo haber argumentado para huir de su responsabilidad como el capitán del equipo de béisbol, esa broma fue sin duda la mejor del día. Sin embargo, la carcajada comenzó a disminuir hasta que finalmente se dio cuenta que estaba hablando en serio.
Kazuya no estaba bromeando.
—¡DEBES DE ESTAR BROMEANDO! —vociferó Kuramochi.
—¿Por qué lo estaría? —preguntó con una sonrisa desvergonzada.
La reacción de su compañero de clase fue… sin duda alguna, épica. ¿Debía de mencionar lo gracioso que se veía Maezono con la boca abierta?
Era imposible procesar lo que su capitán estaba diciendo. A ver, era cierto que no conocían completamente todo lo que pasaba por su cabeza. Después de todo, Miyuki no era una criatura del planeta tierra. No obstante, más de uno estaba consciente que él no tenía más que béisbol en su cabeza. Desde que ingresó a preparatoria no volvió más a casa.
¡¿QUÉ MOSCA LE HABÍA PICADO?!
—Miyuki. —Kuramochi llamó nuevamente al capitán.
Watanabe Hisashi se sorprendió del tono de voz lleno de preocupación que utilizó el vicecapitán.
—¿Sí? —Aunque era bastante obvio que él estaba divirtiéndose de la reacción de Youichi.
—¿La única neurona que tenías funcionando se evaporó por estar tanto tiempo en el baño?
Miyuki comenzó a reírse.
—¡No es para que te diviertas, imbécil! —profirió exasperado.
Kazuya deslizó hacia atrás la única silla vacía de esa mesa del comedor en la que se encontraban sus compañeros de equipo y se sentó.
—Iré a Nagano —proclamó.
Youichi frunció el ceño suspicaz—. Tú no eres de allá.
—Evidentemente —señaló presuntuoso—, yo no.
Kuramochi no necesitó más de un minuto para comprender lo que su capitán estaba diciendo. Conocía mejor que nadie esa cínica sonrisa.
—Nagano —pronunció aquella verdad inevitable en voz alta—: ¡¿TE VAS A QUEDAR TODA UNA SEMANA EN LA CASA DE BAKAMURA?!
—¡Bingo! —respondió Miyuki.
—¡¿POR QUÉ?! —Kuramochi golpeó la mesa con las palmas de sus manos.
—¿Por qué debería decirte? —replicó.
Honestamente, lo que el capitán menos quería era dar alguna explicación sobre la decisión que tomó a sus compañeros de equipo. A decir verdad, era muchísimo mejor que se murieran de la curiosidad por saber dónde iba a estar.
—Eijun terminó invitándote. —Watanabe interrumpió el escándalo que comenzó el campocorto—. ¿Cierto?
Miyuki lo observó con suspicacia.
—¿Ya lo sabías, Nabe? —cuestionó.
Hisashi asintió con una expresión avergonzada por ocultarle esa información a su capitán.
—Fue a pedirte un consejo… ¿huh? —susurró con un extraño sentimiento de insatisfacción.
—En realidad… —Watanabe logró captar la atención del capitán—. Eijun quería saber si tenías preparado algún plan para esta semana de descanso —comentó con sinceridad—. A partir de allí deduje que te invitó a casa.
—Sawamura es un idiota. —Sonrió conmovido.
Watanabe captó de inmediato que el humor del capitán cambió por el tono de voz que utilizó. Miyuki buscó con su mirada la silueta de su pareja en el comedor. Evidentemente, no tuvo éxito en encontrarlo.
—Creo que está en la habitación de Haruichi —informó Hisashi.
—Hn.
Miyuki era increíblemente perceptivo. En ocasiones, esa cualidad resultaba molesta para quienes le rodeaban. No obstante, el don de observación que poseía Hisashi estaba más allá de su imaginación y se sintió cohibido al darse cuenta que era un libro abierto para el jardinero.
—En fin. —Decidió acabar la discusión—. Iré con Sawamura a Nagano esta semana de descanso —confesó con cinismo—. En lo personal… creo que será ultra divertido.
—¡TÚ! —Kuramochi explotó—. ¡NI SE TE OCURRA HACERLE ALGO PERVERTIDO A SAWAMURA! ¡DEPRAVADO CON GAFAS! —advirtió.
En ese instante Miyuki llegó a la conclusión que pasar una semana completa en casa de su escandalosa pareja no seria tan malo. A ver:
Estarían lejos de la atenta mirada de Kuramochi Youichi. Desde que se enteró que estaba saliendo con Sawamura se convirtió en una endemoniada madre para el pítcher de primer año. Sawamura no estaría rodeado de los demás miembros del club de béisbol. No insistiría tanto en que atrapase sus condenados lanzamientos o se iría con otro cuando llegara a la conclusión que él no lo iba a hacer. No obstante, lo que más necesitaba era viajar fuera de la ciudad. Tokyo le traía malos recuerdos en esa época del año.
—¿Por qué no le puedo hacer nada pervertido a mi Sawamura? —Miyuki enfatizó en el «mi». Aquello lo dijo acompañado de una sonrisa insolente y un tono de voz inofensivo que no le dio buena espina a ninguno.
—Miyuki. —Kuramochi estaba a punto de perder la paciencia—. Colócale un dedo encima y juro que…
—¿Qué? —replicó la amenaza vacía del vicecapitán—. ¿Qué me vas a hacer?
—Ya es suficiente. —Watanabe interrumpió la discusión con un simple aplauso.
Kuramochi chasqueó la lengua con indignación. Sawamura no le había comentado absolutamente nada. ¿Le resultaba tan poco confiable?
—Aunque ha sido una verdadera sorpresa —habló Kawakami.
—¿Qué cosa, Nori?
—Creo que el hecho más sorprendente es que aceptaste viajar con Sawamura. —Norifumi sonrió.
—Hn —masculló con su mirada en la puerta del comedor—. Yo también lo creo.
—¿Nos vas a decir por qué aceptaste? —preguntó Maezono con curiosidad.
—No —contestó sin siquiera voltear a ver al vicecapitán—. ¿Quedó algo de comida, Nabe?
—Si. —Watanabe interrumpió el aullido que iba a soltar Maezono—. Creo que guardaron tu ración en la nevera más pequeña.
—Gracias.
Kazuya se levantó de la silla con dirección a la cocina. Esa noche esperaba comer realmente bien; después de todo, al día siguiente tendría un viaje inesperadamente largo.
—Miyuki. —Hisashi lo llamó—. Eijun te guardó una porción de acelgas salteadas con ajo.
—¿Qué demonios es eso? —interrogó con una sonrisa perpleja.
O al menos, eso pensaba.
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Día: 25 de diciembre.
Hora: 22.30 p.m.
Localización: Dormitorios. Kokubunjin, oeste de Tokyo — Japón.
Después de la práctica infernal a la que estuvieron sometidos ese día y de la refrescante cena del 25 de diciembre; Eijun decidió pasar un tiempo en la habitación del capitán del equipo de béisbol. Honestamente, necesitaban de forma urgente compartir ese espacio personal desde que empezó el campamento infernal de invierno. ¿Por qué no podían tener la privacidad que ambos anhelaban?
Sawamura bisbisó un insulto que no llegó hasta los oídos del capitán. Quizás porque lo dijo tan bajo y él estaba distraído con la piel bronceada del pítcher.
—Kazuya… —balbuceó Sawamura.
—¿Hn? —murmuró el capitán.
Miyuki levantó su rostro del cuello del pítcher de primer año, dándole a entender que lo estaba escuchando. En el fondo lamentó despegar sus labios de aquella piel bronceada. Sin embargo, podía volver a su trabajo una vez Sawamura le dijera lo que sea que le fuese a decir.
Aquel niño era impredecible.
—¿Quieres detenerte? —preguntó al no escucharlo emitir palabra alguna.
Sawamura le contestó inmediatamente—: ¡no! —exclamó con vergüenza—. No es eso… senpai. —Incómodo consigo mismo, resopló por la nariz.
—Evita imitar a Miyauchi-senpai, ¿quieres? —pidió.
—Hn —masculló.
—Eijun —pronunció su nombre con tranquilidad—. ¿Qué ocurre? Has vuelto a colocar los ojos en forma de gato.
A pesar que su reacción resultaba graciosa a mitad de un partido de béisbol. En esas circunstancias no lo eran. ¿Estaba indeciso con algo dentro de la relación? ¿Toujou volvía a enseñarle algo inapropiado? ¿Kominato volvió a envenenar su mente? ¿Kuramochi por fin logró convencerlo que él no beneficiaria en lo absoluto para su futuro?
—¿Eijun? —vocalizó su nombre con algo de pánico ante el silencio del pítcher.
—¡LO DIRÉ UNA SOLA VEZ, ¿DE ACUERDO?! —exclamó separándose de él.
Miyuki se sorprendió ante el repentino cambio de humor del chico de primer año. A decir verdad… ni siquiera había esperado esa reacción por parte de él. Comenzó a hacerse toda una película en su cabeza de lo que podía estar pasando en el pequeño cerebro de su pareja, olvidando por completo que Eijun siempre estaba más allá de sus expectativas.
—¡NO TE VAYAS A REÍR, MIYUKI KAZUYA! —rugió.
Kazuya ni siquiera se atrevió a moverse de dónde se encontraba. ¿En qué momento Eijun se sentó de rodillas delante de él?
—A ver. —Comenzó el capitán sin entender por completo la situación—. Deja de llamarme por mi nombre completo. —¿No se iba a aburrir nunca de hacerlo?
—Hn. —Eijun volvió a resoplar.
—¿Qué es lo que me vas a decir? —interrogó con prudencia. Sawamura era un sujeto impredecible e impulsivo.
—¿Me prometes que no te vas a reír? —contestó con otra pregunta.
Kazuya se dio cuenta de inmediato que Eijun estaba avergonzadísimo. Observó que las mejillas del pítcher adquirieron un tono color carmín que llegó hasta la punta de sus orejas.
—No lo haré —declaró con una sonrisa en su rostro. ¿Por qué se estaba preocupando tanto? A lo mejor no era nada más que un capricho de su pareja.
Aquel cátcher de segundo año agradeció interiormente estar solo con el pítcher de primer año en su habitación. Después de todo, una visita no esperada no iba a ser bien recibida por él. Kimura Masahiro entendió de inmediato lo que el capitán estaba pensando y desapareció del radar mucho antes que el castaño tocase la puerta.
Y por el amor de la diosa de la victoria Niké, era veinticinco de diciembre. ¿Existía un estudiante en el club de béisbol tan amable que le permitiese algo de privacidad con su inquieta pareja?
—Hn. —Resopló con desconfianza—. ¿Lo prometes?
Miyuki lo calmó con un beso en los labios. Sawamura en ocasiones era demasiado fácil de persuadir.
—Lo prometo. —Kazuya le mostró una sonrisa sincera. A pesar que, por dentro, estaba divirtiéndose con el rostro contrariado del pítcher.
Sawamura inhaló todo el aire que pudo contener dentro de sus pulmones. Miyuki deseó mencionar en un comentario sarcástico la escasez de oxigeno que amenazaba la vida de varios seres vivos en el planeta tierra. No obstante, guardó silencio con la intención de escuchar lo que su novio quería decirle.
Eijun farfulló un montón de palabras incoherentes sin siquiera detenerse a respirar.
—¿Qué? —Miyuki articuló confundido.
Kazuya se llevó una mano hasta su cuello en señal de estrés. Conversar con Eijun lo agotaba mentalmente. Sawamura era un torbellino indescriptible. Cada decisión que tomaba no tenía explicación racional alguna. Aunque en realidad… es lo que parecía a simple vista. Miyuki debía de descifrar lo que estaba diciendo; siempre, sin excepción, había un sentimiento que no exteriorizó. En cierto modo era divertido y podía disfrutar de reacciones poco comunes. Sin embargo, en ese momento, no lo consideró como tal.
—Sawamura —pronunció su apellido lacónicamente—. Habla más despacio. Te he dicho que no escupas lo que tienes en la cabeza de un solo tirón.
Eijun se avergonzó.
—Iré a casa esta semana —murmuró.
Kazuya se inclinó con la intención de destruir la distancia que el pítcher de primer año determinó al principio de la inquietante conversación. Aquel cátcher estiró su mano derecha con la intención de tomar la mano izquierda de su novio y deslizar delicadamente su pulgar por encima del dorso ajeno.
—Lo sé —contestó.
Miyuki levantó la mano izquierda del pítcher y depositó un beso en el dorso de esta.
—¿No es por eso que organizaste esta cita? —le recordó intencionalmente con el propósito de avergonzarlo—. Y te has controlado bastante bien… no has insistido con que atrape para ti por esa misma razón.
Sawamura clavó su mirada en un punto negro que manchaba el impecable tapizado de la pared.
—En realidad…
Miyuki dejó de morder el dedo índice del pítcher de primer año.
—¿Hn? —masculló inquieto.
—Quería invitarte a mi casa… —murmuró Eijun—. A pasar fin de año.
—¿Qué? —balbuceó.
Aquella confesión sacudió al cátcher de segundo año. Fue una extraña sensación la que invadió su estómago. Además, su cerebro no pudo identificar si se trató de inquietud o excitación. Aunque conociendo la emoción que estimulaba el pítcher de primer año en él… era lo último.
—¿Qué fue lo que dijiste? —insistió extasiado.
—¡LO DIJE BIEN ESTA VEZ! —chilló ofendido—. ¡NO ME HAGAS REPETIRLO, MIYUKI KAZUYA!
«Mierda», pensó: «mierda, mierda, mierda, mierda, mierda».
¿Qué tipo de expresión estaba haciendo en ese momento? Miyuki era incapaz de identificar el aspecto que adquirió después de escucharlo. Sin embargo, reconoció inmediatamente el de Sawamura. Maldición, ese rostro debería de estar prohibido.
Kazuya decidió utilizar la fuerza de la que estaba tan orgulloso y empujó al pítcher de primer año al frío suelo de la habitación. Tardó menos de un minuto en acomodarse en la cintura ajena; recorrió su estrecha complexión por encima del suéter manga larga que vestía y, para ello, utilizó su mano derecha.
—¿Qué me dijiste? —persistió obstinadamente—. Realmente —murmuró—, realmente no te escuché, Eijun.
—¡Tú! —refunfuñó incómodo—. ¡BAKAZUYA! —gruñó como un perro—. ¡BAKAYUKI!
Aquella sonrisa pícara del cátcher desapareció en el momento que su boca obstruyó la otra con un simple beso. Miyuki aprovechó que Sawamura había estado gritando para meter su lengua y profundizar sin ningún inconveniente el beso.
Eijun correspondió el beso con necesidad y Kazuya no evitó deslizar su mano derecha maliciosamente por debajo del suéter manga larga que vestía el pítcher de primer año.
—Sawamura. —Suspiró con dificultad—. Dilo lentamente… ¿si? —A él le costaba respirar.
—Ya lo dije. —Gimió contra la boca del cátcher—. Y dos veces —recalcó lo último con indignación.
—Por favor —suplicó.
Eijun bufó malhumorado.
—Te prometo que esta vez te escucharé. —Miyuki le sonrió con inocencia.
—Hn… —rezongó con molestia.
Miyuki sonrió victorioso al darse cuenta que lo convenció. Aquel ademán en Sawamura solo significaba una cosa: frustración.
—¡MIYUKI KAZUYA PASARÁ ESTA SEMANA DE DESCANSO EN MI CASA! —garantizó en un chillido.
—Oye, oye, oye —lo interrumpió con diversión—. ¿Por qué lo estás afirmando?
Eijun resopló enfadado.
Sawamura le observó con una impaciencia aniñada que lo volvía loco. Definitivamente, era un peligro soltar a un chico como él en una sociedad hambrienta e hipócrita. Miyuki lanzó un suspiro de resignación. Ver a Eijun con la apariencia de un perrito que rogaba por la atención de su dueño terminó por destruir su dignidad.
—Iré —contestó derrotado.
—¡¿EN SERIO?! —exclamó emocionado.
—Si —ratificó.
—¡Gracias, senpai!
Eijun envolvió sus piernas en la cintura del capitán y dirigió sus manos hasta abrazar por completo el cuello del contrario con la intención de aferrarse más a él. Sawamura lo besó extasiado y el cátcher de segundo año correspondió sin discutir demasiado con su racionalidad.
Aquel sentimiento de extenuación mental comenzó a desaparecer de su cuerpo. Eijun sospechó que la irritación que lo invadió durante una semana explicaba su insólita conducta.
Después de un minuto completo el oxigeno empezó a hacer falta. Sawamura mordió con satisfacción el labio inferior del capitán y distanció su rostro de él con una sonrisa jovial en su semblante.
—Eijun —pronunció aquel nombre con impaciencia—. ¿Qué ocurre?
Sawamura contuvo una risotada.
—Perdón, senpai. —Exageró el honorífico—. Le prometí a los chicos que pasaríamos con ellos navidad.
—¡¿Qué?! —profirió un lamento—. ¡¿Por qué?! A ver… ¡¿no les bastó con pasar nochebuena con el entrenador?!
Eijun se levantó de hombros impasible.
—¡¿Por qué quieren arruinarnos navidad también?! —gruñó Miyuki.
—Kuramochi-senpai lucía melancólico —explicó lacónico—. Creo que es buena idea intentar animarlo.
Miyuki lo contempló con el ceño fruncido.
—Era nuestra cita de navidad —le recordó decepcionado.
—Kuramochi-senpai es tu amigo —refutó.
—Lo único que ese imbécil ha hecho desde que se enteró que eres mi novio es entrometerse en nuestra privacidad.
Eijun comenzó a reír.
—¿Por qué demonios te estás riendo? —protestó molesto.
—¿Eso no significa que se preocupa por nuestra felicidad? —cuestionó contento.
—Creo que lo único que le preocupa es tu virginidad —bufó.
—¡Senpai! —Eijun chilló ruborizado.
—A pesar que no eres virgen —exhibió con malicia.
—¡Quítate! —Sawamura pataleó vehemente—. ¡Quítate de encima, Miyuki Kazuya!
Miyuki se separó de él sentándose nuevamente en el suelo de la habitación.
—Eijun…
—¡MI-YU-KI!
Kuramochi interrumpió al cátcher principal del equipo de béisbol con un puntapié en la puerta de entrada.
—Y llegó el imbécil —refunfuñó con desagrado—. ¡Vete de aquí, Kuramochi!
La puerta a la habitación número doscientos tres se abrió.
—Lamentamos la intromisión, Miyuki-senpai. —Haruichi atravesó el umbral con una sonrisa espeluznante.
—Kominato —masculló descontento aquel apellido.
—¡Sawamura!
Kuramochi ingresó a la habitación.
—¡¿Este imbécil te tocó en mi ausencia?! —Youichi señaló descaradamente al capitán.
—¡Kuramochi-senpai! ¡Harucchi! —Eijun saludó con una radiante sonrisa a los recién llegados.
—¡Wamura! —Kanemaru interrumpió al pítcher de primer año.
—¡Kanee! ¡¿Conseguiste mi chocolate?! —interrogó expectante.
—No.
Sawamura se entristeció.
—¿De qué chocolate está hablando el idiota? —Miyuki le preguntó a Haruichi.
Kominato dejó en el suelo de la habitación una pequeña nevera portátil que contenía bebidas en lata; principalmente jugos de frutas tropicales.
—Creo que le pidió una cajita de Godiva.
—¿Por qué pensó que Kanemaru encontraría Godiva en una tienda de conveniencia?
Haruichi se levantó de hombros indiferente.
—Sawamura es un idiota —contestó Kuramochi interviniendo en la conversación.
—Y tú eres un entrometido —refutó el capitán.
—Hn. —Kuramochi sonrió victorioso—. ¿Interrumpí algo importante?
—Cállate.
Haruichi rió complacido.
—Al parecer llegamos justo a tiempo, You-san. —Kominato confesó su principal propósito.
—Eso parece, Haruichi.
Miyuki gruñó.
—¡Ustedes dos-!
Sawamura interrumpió la discusión con un clamor lleno de felicidad.
—¡¿Eres Dios?! —exclamó incrédulo—. ¡Dios! ¡Buda! ¡Alá! ¡Zeus! ¡Júpiter! ¡Satoru!
Eijun estrechó entre sus manos un paquete de bombones Valrhona.
—¡¿Cómo conseguiste algo así?! —inquirió Sawamura.
—Mi abuelo lo hizo —contestó honestamente—. Me dijiste que ese también te gustaba.
—¡Gracias! —exclamó agradecido—. ¡Eres genial, Furuya!
Satoru asintió satisfecho con la expresión de felicidad que su amigo y rival colocó.
—Interesante —dijo Kuramochi.
—¿Qué cosa? —masculló el capitán.
—¿Por qué es su rival quién le da un regalo en navidad? Creí que era tú novio.
—Kuramochi —gruñó el cátcher.
—¿Qué ocurre, capitán? —Youichi sonrió maliciosamente.
—¡Vete al infierno!
—¡Gyaha!
A diferencia de una reunión de estudiantes normal que no pertenecían a un club deportivo; menos de la mitad de los regulares no se amontonaron allí a repartir obsequios, sino, a disfrutar de la navidad y desahogarse por el campamento infernal de invierno. Además, era necesario interrumpir la cita de Miyuki y Sawamura.
Kuramochi donó por una noche su consola de videojuegos y empezó el campeonato por descubrir al mejor jugador de Super Smash Bros. en los dormitorios de Seidō. Youichi estaba a punto de ganar el campeonato hasta que Haruichi lo derrotó. Sin embargo, Kominato no pudo seguir avanzando porque Watanabe destruyó su racha ganadora. Kanemaru era incapaz de avanzar de la primera ronda a diferencia de Toujou que logró ganarle a Kominato una vez. Satoru por el contrario encontró interesante un libro que Ono le prestó.
Sawamura se rindió al tercer intento, era imposible ganarle a Haruichi.
—¡Vaya! —exclamó—. ¿Te has acordado que tienes novio?
Miyuki estaba sentado en la esquina de la habitación inesperadamente molesto.
—¿Por qué estás enfadado, senpai? —le preguntó con curiosidad.
—¿Quién está enfadado? —masculló.
Eijun decidió sentarse entre las piernas del capitán del equipo de béisbol y descansó su espalda en el pecho de su novio.
—¿Tú? —replicó divertido.
Kazuya gruñó.
—Furuya me dijo que los bombones de chocolate son mixtos —le informó—. Hay unos que son chocolate amargo, ¿quieres?
—No —contestó apaticamente.
—¿Por qué estás tan enfadado? —lo interrogó.
—No lo estoy.
Miyuki escondió su rostro en el cuello del pítcher de primer año.
—Hn. —Sawamura resopló incrédulo.
—En realidad… —Empezó a hablar—: ¡no puedo creer que quieran pasar navidad entre hombres jugando videojuegos! —masculló.
Sawamura entrelazó los dedos de su mano derecha en los dedos de la mano izquierda de su pareja. A decir verdad, estaba divirtiéndose por el alboroto que estaba formando Kuramochi porque había perdido contra Watanabe.
—Creo que es divertido —opinó.
Miyuki suspiró exhausto; o sea, no estaba del todo mal que quisieran perder el tiempo en navidad… sin embargo, ¡¿por qué tenían que hacerlo en su habitación e interrumpir su cita?!
—¡Sawamura! —El capitán lloriqueó contra el cuello del pítcher de primer año.
Eijun dejó de prestarle atención al escándalo de Kuramochi.
—Dame el chocolate —le pidió.
Sawamura se estiró con la intención de agarrar el paquete de bombones de chocolate.
—Aunque quiero que me lo des con tu boca —anunció malicioso.
—¡Miyuki-senpai! —chilló avergonzado.
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Día: 30 de diciembre.
Hora: 07.00 a.m.
Localización: Shinkansen de JR East. Kokubunjin, oeste de Tokyo — Japón.
Aquella mañana hacia más frío que de costumbre; la nieve cubrió la carretera y los ciudadanos de Tokyo se trasladaban de un lado a otro con un abrigo mucho más denso que ellos.
Dentro de la cálida estación de trenes, Miyuki colocó su maleta a un lado de la silla de espera. Por otro lado, Sawamura inhaló todo el aire caliente que pudo contener en sus pulmones.
—¡ES HORA DE IR A CASA! —gritó con entusiasmo.
—Cállate, Sawamura —masculló avergonzado el capitán.
—¡PERO ESTOY MUY EMOCIONADO, SENPAI! —se desgañitó—. ¡ES LA PRIMERA VEZ QUE IRÉ DE VIAJE CON MIYUKI-SENPAI!
—¡No vamos a ir a una excursión, imbécil! —refunfuñó.
Miyuki escondió su rostro con ayuda de la gorra que vestía y caminó hasta donde se encontraba el pítcher de primer año; arrastró al mencionado hasta la silla de espera donde se encontraba su equipaje. Aquel tren que los llevaría a Nagano salía dentro de media hora. Sawamura era capaz de proponerse gritar durante todo ese tiempo en la linea amarilla si lo dejaba solo.
Además, notó, para su mala suerte, que su novio llamó la atención más de lo que debía. Cerca de donde él sentó a su pareja, un grupo de mujeres conversaban sobre ellos sin quitar su mirada de encima del pítcher.
Aquello le molestó, evidentemente. Sawamura no era un espectáculo privado que un montón de desconocidos podían disfrutar si remuneraban cierta cuota. Al contrario, Eijun era su novio y un miembro valioso del equipo de béisbol. Nadie, ni siquiera esa mujer atractiva de cabello oscuro, tenía derecho de hablar de él a sus espaldas.
—¿En qué estás pensando? —interrogó el pítcher.
—¿Qué?
Miyuki rompió el contacto visual que alcanzó a crear con una de las mujeres.
—¿Me dijiste algo, Eijun? —le preguntó.
Sawamura infló sus mejillas.
—¿Estabas viendo a esa señorita, verdad?
—Si —contestó.
—¡No me mie-! —refunfuñó.
Eijun parpadeó confundido.
—¿Qué?
—Creo que están hablando de mi lindo novio… —declaró Miyuki—. ¿Debería ir a informarles que estás en una relación conmigo?
—¡No! —exclamó avergonzado.
Miyuki esbozó una sonrisa.
—Aunque también estaba pensando en lo extraño que es todo esto —confesó.
—¿A qué te refieres?
—Iré a tu casa —mencionó con discreción—. Y lo más probable es que tenga que presentarme oficialmente como tu novio, ¿no?
—No es necesario —Eijun masculló avergonzado.
—Hn —murmuró.
Honestamente, no se imaginó jamás en esa situación. Creyó que estar esperando un tren de alta velocidad que lo llevaría a la ciudad de Nagano no era más que una pesadilla que ocasionó su relación con el pítcher de primer año. Por supuesto, desde que el equipo se enteró, experimentaron momentos de tensión e incomodidad; además del exceso de atención que sufrió su novio. No obstante, él no estaba dispuesto a dejarlo ir.
Miyuki era el tipo de hombre que, cuando tomaba una decisión, lucharía por hacer realidad ese resultado. Sawamura le enseñó además que, enfrentarse solo no lo beneficiaria en lo absoluto. Francamente, agradeció a quienes les apoyaron desde el inicio sin prejuicio alguno; aunque actualmente estén interesados en interponerse entre él y su novio.
En ese momento pensó que, sí confrontó con la frente en alto lo que ocurrió en el club de béisbol… tenía aunque sea una pequeña posibilidad de ser aceptado por la familia del pítcher, ¿verdad?
—Lo haré —ratificó.
—¿Kazuya? —titubeó.
—¿Qué tan difícil puede ser convencer a tu abuelo? —Esbozó una sonrisa.
Miyuki lo comprendía mejor que nadie. Eijun era un niño de casa, esconderle aquel secreto a su familia lo estaba destruyendo por dentro; el pítcher de primer año no se crió en un ambiente gélido e indiferente como él.
Sawamura era como el sol, tenía el deber de proteger esa sonrisa.
Nota: Edité los capítulos de la anterior versión de «Seven Days», probablemente encuentren más cosas de redacción que de contenido. Intentaré publicar los otros capítulos terminados lo más pronto que pueda.
Ojalá lo hayan disfrutado.
Gracias por leer.
26 de diciembre del 2021.
Cartagena de Indias, Colombia.
