Feliz.

Sesshomaru dejó su hotel, con los músculos tensos y la cabeza palpitando por el inicio de una jaqueca. Había tenido un largo vuelo, y la conversación con Jaken no había sido justamente relajante. Apenas esperó a que sus guardaespaldas entraran en la parte trasera del auto antes de pisar el acelerador. Los neumáticos chirriaron.

Para cuando estacionó el automóvil y encaró hacia el pent-house de Rin, Sesshomaru estaba con un humor tan horrible, que hasta sus guardaespaldas mantuvieron una precavida distancia por detrás de él.

-Esperen aquí. –Dijo, antes de utilizar su tarjeta-llave para entrar en el ascensor privado.

Finalmente, las puertas se abrieron y él ingresó en la sala. Uno de los grandes gemelos, estaba frente a la gran televisión de plasma de la sala, viendo un partido de futbol. No había rastro del otro. Iba a tener que hablar con esos dos sobre holgazanear en horas de trabajo.

Un aroma delicioso venia de la cocina. Sesshomaru se encaminó hacia allí, sus pisadas sofocadas por la afelpada alfombra.

Se apoyó contra el marco de la puerta de la cocina, sintiendo la tensión en sus músculos disiparse.

Rin estaba cantando suavemente de pie junto al horno, revolviendo la salsa en una olla. Estaba usando unos pantalones cortos tipo jeans y una brillante camiseta anaranjada, su cabello largo y negro mantenido fuera de su cara por una coleta alta. Unos auriculares grandes con orejas de gato colgando en su cabeza, las caderas de Rin balanceándose ligeramente mientras tarareaba una canción. Se la veía muy joven, muy adorable y muy ridícula... No era exactamente una combinación que Sesshomaru normalmente encontraría atractiva.

No podía apartar la vista.

En silencio, se acercó, apartó la larga coleta de cabello azabache y presionó sus labios en la nuca de Rin.

Rin se tensó por un momento antes de relajarse y reclinarse contra el pecho de Sesshomaru.

-Llegaste temprano. –Dijo, sacándose los audífonos. Intentó girarse, pero Sesshomaru no la dejó, sus manos apretando las caderas de Rin y manteniéndola en su sitio mientras que chupaba moretones en su perfecta piel, inhalando su dulce aroma con avidez y sintiendo como su dolor de cabeza retrocedía.

-¿Cómo...? ¿Cómo te fue? –Dijo Rin. –Quiero decir, la reunión.

-Tan bien como se esperaba. –Respondió Sesshomaru, arrastrando los labios desde el cuello de Rin hasta su mejilla. –Gatenmaru está satisfecho con el nuevo contacto que le presenté.

Rin se apoyó en la caricia, sus regordetes labios entreabiertos. Parecía tener dificultad para mantener los ojos abiertos.

-¿Le dejaste en claro que las Industrias Muso ya no harán negocios de su agrado?

-Sí. –Dijo Sesshomaru concisamente antes de jalar el cuello de la camisa de Rin hacia un lado y chupar una marca en la cremosa piel de su hombro.

Rin se retorció.

-Deje eso. –Dijo sonriendo y haciendo pucheros. –Tengo que terminar de preparar la cena, y no puedo hacerlo si esta todo el tiempo encima de mí. Vaya a sentarse por allí. –Empujó a Sesshomaru hacia la silla.

Sesshomaru se sentó, aunque a regañadientes. Acomodándose en su silla, echó un vistazo a la vaporera y alzó una ceja con incredulidad.

-¿Estás cocinando manti?

Un rubor rosado coloreó las mejillas de Rin. Encogió los hombros despreocupadamente, regresando a mezclar la salsa.

-Supongo que desarrollé algún gusto por ello mientras estaba en Rusia. No es un plato difícil de preparar. Hoy me aburrí y decidí probar que tal me sale. –Se encogió de hombros nuevamente.

Era una terrible mentirosa.

Los labios de Sesshomaru se curvaron.

Rin le lanzó una mirada de reojo.

-Cállese. –Dijo. Su hoyuelo derecho hizo una aparición cuando una vergonzosa sonrisa curvó sus labios. Debió haber notado cuan patéticamente enamorada parecía su conducta.

Sesshomaru no lo mencionó. Como tampoco mencionó nunca la forma en que Rin lo miraba, se apoyaba en él, y le ofrecía sus labios para besarlos en cada oportunidad.

Un mejor hombre la habría cortado de raíz y le habría dicho a Rin que destinara su cariño a alguien que fuera digno de él. Pero sólo pensar en algún otro hombre tocando la piel de Rin, besando sus gruesos y dulces labios, y follando ese adorable cuerpito hacia que las manos de Sesshomaru se empuñaran.

Él no era un mejor hombre. Porque sin importar lo patéticamente evidentes que fueran los sentimientos de la muchacha, Sesshomaru se encontró deseando más-más-más, despiadadamente codicioso, tomando cada pedacito del afecto de Rin y negándose a renunciar a ello.

-¿Un penique por sus pensamientos? –Dijo Rin, colocando un plato de comida, con un aroma delicioso, delante de Sesshomaru y girándose para llenar su propio plato.

Sesshomaru estiró el brazo, la agarró de la muñeca y la jaló sobre su regazo.

Rin soltó una risita.

-No, comamos primero. –Dijo. Contradiciendo a sus palabras, sus brazos rodearon el cuello de Sesshomaru. –Sabe que no vamos a comer nada si empezamos. Tengo hambre. Debe tener hambre también.

Lo tenía. Siempre la tenía.

-Gatenmaru fue el último. –Dijo Sesshomaru.

Le tomó unos instantes a Rin comprender lo que significaba.

-Oh. –Dijo, su expresión marchitándose.

Con un carajo. ¿No entendía esta mocosa lo peligroso que era llevar el corazón en la mano?

-Sí. –Dijo Sesshomaru. –Todo ha sido resuelto. Ya no habrá más amenazas.

Rin enroscó las manos sobre el regazo.

-Así que... ¿Vas, como a... Va a irse? –Dijo con una expresión abierta y vulnerable.

Santa jodida. ¿Qué carajos hacia este ser en el regazo de Sesshomaru, mirándolo de esa manera?

Nunca pensé que vería el día en que dejaría que una niña nipona con carita de angel lo hiciera cambiar de opinión.

Las palabras de Jaken, respecto a que Rin prácticamente lo hacía hacer cosas que nunca haría en cualquier otra situación lo habían llevado al límite... Porque no se equivocaba. No tenía sentido negarlo. Era difícil negarlo cuando Rin era el único motivo por el cual Sesshomaru trasladaría su oficina central a otro país. Entendía por qué Jaken estaba tan sorprendido: Abi había intentado manipularlo por mucho tiempo, tratando de cambiar la ubicación de sus negocios a un lugar más cómodo para ella, pero él la había ignorado.

Kagura había querido que dejaran de lado estos negocios para tener una vida más tranquila y menos riesgosa, pero fue el mismo caso que con Abi.

Una parte de él todavía no podía creer lo que estaba haciendo, tampoco. Y este era sólo uno de los muchos compromisos que debería asumir.

Viendo la cara ansiosa y angustiada de la muchacha, Sesshomaru no podía obligarse a que le importe.

Alzó una mano y acomodo un mechón de cabello tras la oreja de Rin.

-¿Cómo van tus sesiones de terapia? ¿Tuviste suerte para curarte de mí?

Apoyándose en su mano como una cachorrita hambrienta por caricias, Rin lo fulminó con la mirada.

-Deje de burlarse de mí.

-No me burlo de ti. –Dijo Sesshomaru, sosteniendo su mirada. –Esta es una pregunta seria.

Rin bajó la vista un instante antes de volver a mirarlo con una sonrisa carente de humor.

-Creo que la respuesta es bastante obvia, ¿No? –Se humedeció los labios con la lengua. –Parece que padezco de una forma crónica e incurable del Síndrome.

Intentando ignorar el asquerosamente cálido sentimiento en la región de su corazón, Sesshomaru se aclaró la garganta y dijo.

-Eres una tonta.

Rin asintió, las esquinas de sus labios descendiendo. Con los ojos sospechosamente brillantes, parpadeó unas cuantas veces antes de enterrar el rostro en el pecho de Sesshomaru.

-Me siento tan estúpida. –Susurró. –Nunca quise que pasara esto. No contigo. Incluso antes de ti, siempre terminé enganchándome con tipos que no me convenían para nada. Tú eres, como el peor de todos ellos. Pero nunca fue tan intensamente malo. –Su voz se quebró. -¿Qué es lo que está mal en mí?

Si Sesshomaru fuera un mejor hombre, le aseguraría a Rin que no había nada de malo en ella y que tenía tiempo de sobra para encontrar a un buen hombre que la merezca.

Pero, desde su punto de vista, no existía un hombre suficientemente bueno ni siquiera para lamerle las botas a esta preciosa muchacha.

El mundo estaba lleno de cabrones egoístas como él.

Al menos Sesshomaru era un cabron que podría cuidarla y protegerla.

-Me preguntaste si me iba. –Dijo Sesshomaru, enterrando los dedos en los largos y sedosos cabellos de Rin. Nunca podía resistirse a ellos. -¿Quieres que me quede por aquí?

Rin levantó la cabeza y lo miró con el ceño fruncido.

-¿Importa lo que yo quiera? –Había confusión e incredulidad en su voz, y Sesshomaru sintió el impulso repentino de asesinar a cada hombre que fuera responsable de ello.

-Estás haciendo la pregunta equivocada. –Dijo Sesshomaru con voz cortante y severa mientras miraba detenidamente los ojos de Rin. –Deberías preguntarte a ti misma si lo quieres o no. Ambos sabemos que no soy un hombre agradable. Un hombre como yo no tiene nada que hacer con alguien como tú. Si eres inteligente, me pedirás que salga de tu vida, Cachorra. –Riendo entre dientes, acaricio la frente de Rin con su pulgar. –Hazlo ahora mientras todavía puedes. Porque una vez que eres mía, eres mía. –Inhaló y exhaló lentamente. –Ya pienso en ti como mía, pero creo... creo que todavía podría frenarme y dejarte en paz.

Quizás.

-Pero si eliges ser mía, eso es todo. Incluso si tu hombre perfecto apareciera, no dejarás de ser mía.

Por una jodida que iba a matarlo, y no era una exageración.

-Así que piénsalo con cuidado. Es tu decisión, no mía.

Rin tenía los ojos muy abiertos, llenos de asombro, incredulidad y algo muy brillante y cálido.

Finalmente, una sonrisa lenta estiró sus labios.

-Diría que quiero ser tuya. –Dijo. –Pero ya soy tuya.

Sesshomaru no sabía si reír o maldecir.

-Eres una tonta. –Dijo otra vez, acunando el rostro con forma de corazón de la pequeña en sus manos.

-Quizás, pero no me importa. –Dijo Rin, volteando el rostro para besar la palma de Sesshomaru. –Quiero ser feliz. Tú me haces feliz.

A la mierda la cena. La cena podía esperar.

-Lo haré. –Sesshomaru presionó sus labios contra los de Rin, se paró y la cargó en brazos hacia el dormitorio.

Tenía una Cachorra a la que hacer feliz.