Esto era un caos completamente.
Cuando Rin y sus amigos perdieron a Shima y de paso éste se llevó a Izumo con él, el sabor a traición y desesperación por rescatar a su amiga fue terrible. Ahora, Shima le estaba quitando a Rin a otra persona importante, y era tremendamente doloroso el hecho de que, de forma irónica, fue Shima el primero en dejar a un lado los estigmas y el qué dirán para acercarse a Rin y pasarla bien durante su viaje a Kyōto con las familias de Suguro, Konekomaru y la del propio Shima; el primero luego de Izumo, por supuesto.
Shima se llevó a Yukio delante de sus ojos, porque aunque su hermano estaba dispuesto a irse por su cuenta, quizá Yukio no lo hubiese conseguido de no estar Shima allí a su disposición. Ah, si tan sólo Rin pudiera traer de vuelta a Shirō, quizás él podría haber hecho a Yukio entrar en razón. Quizás si Rin no fuera Rin, sino algo más cercano a la perfección de su gemelo, podría haberlo conseguido.
Él no tenía que haber nacido; ese estúpido corazón brillante y claro como su cabello, de tonalidad más blanca que la nieve, debió haber perdido la vida en el parto en vez de su madre, y hablando de ella… Rin tenía ganas de morirse. Ella y Shirō podrían haber vivido su romance y formado la familia feliz que deseaban junto a Shura y Yukio, pero ese estúpido demonio cuya sangre Rin llevaba en las venas siempre tenía que estar ahí.
El corazón y mente de Rin estaban confundidos ante las revelaciones hechas por Yukio y Mephisto durante su viaje temporal: ya no sabía en qué creer o si valía la pena salvar a alguien, porque la orden de los caballeros de la Academia y todos los altos puestos del Vaticano fueron en buena medida responsables del horrendo dolor de Yuri.
Después de contemplar aquel suplicio, Rin agonizó junto a ella y al paladín que debió haber sido su verdadero padre desde el comienzo; para Rin lo era, de todas formas. Aunque estaba decidido a traer de vuelta a su gemelo, quizás Rin podía entender un poco los motivos de que no haya aguantado seguir en la Academia. O tal vez fueron otras razones las que movieron a Yukio; Rin ya no estaba seguro de nada.
No era justo: se suponía que Shura lo había ayudado a controlar y aceptar su poder desde el duelo con el rey impuro, cuando Bon por fin le dio un voto de confianza y recordó las palabras de Shiemi, pero ahora resultaba ser que en su corazón había mucha más fuerza demoníaca de la que había querido ver.
¿Su contraparte estaba en lo correcto cuando dijo que sólo la reprimió? Siempre que creía haber ganado una batalla venía un golpe más duro; no pasaron ni un par de días desde que se calcinó su cuerpo humano, cuando ya estaba perdiendo el control otra vez en medio de su viaje.
El pasado era caótico y lo dejó dudando de sí mismo de la peor manera posible hasta el momento. De tener la oportunidad, habría decidido mejor no enterarse de nada, porque no estaba listo y, si bien estuvo claro como el agua que había que patearle el trasero a Satán, primero debía estabilizar su corazón demoníaco.
No deseaba caer de nuevo en la locura de salirse de control al querer vengar, ahora, a su madre, como ocurrió con el padre Fujimoto, pues pese a que ese fue su impulso inicial para convertirse en exorcista, algo dentro suyo rechazaba la idea de convertirse en uno de los que causaron la tragedia de sus padres, porque ahora tenía mucho qué perder.
Tenía a Yukio del lado de Lucifer y no sabía si el siguiente paso era aceptar su abandono o volver a ir en su búsqueda. Rin quería recuperarlo no sólo para tener a su gemelo de vuelta al lado suyo, sino también porque, de dejarlo con aquel demonio, algún día habría de luchar contra Rin y sus amigos, tal como estaba ocurriendo con Shima, sólo que con Yukio nunca hubo medias tintas: definitivamente alguien acabaría muerto.
Sólo quería regresar a aquellos cada vez más lejanos días en que podía ir al monasterio a refugiarse con su familia luego de haber recibido alguna decepción en la escuela o buscando trabajo. Extrañaba mucho sentir que, dentro de su anormalidad, era sólo un chico volviendo a casa.
Antes era sólo un muchacho cuyas preocupaciones no abarcaban dominar sus llamas azules porque de eso dependía el bienestar de mucha gente. No tenía el horrible miedo de quemar vivos a todos, incluyendo a sus amigos, cada vez que fracasara. Qué tentador llegaba a ser hacerle caso a su otra mitad; dejar de oponérsele para que él se hiciera cargo de las emociones que Rin no soportaba y que no sabía apagar.
Que las enterrara más profundo; más allá de la nieve, porque esas emociones ardían más que sus propias llamas y lo consumían lentamente desde el interior.
