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Besos: sabor
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Contemplaban la puesta de sol sobre los límites de Nerima, cómo los rayos anaranjados se derramaban sobre las casas, a su ritmo y con el incordio y bullicio de sus habitantes.
Akane se resguardaba de la fría caricia del aire otoñal gracias a la bufanda con que había decidido inaugurar su armario de la temporada aquella mañana, a pesar de que los rayos de sol aún calentaban la parte del día. Tenía las mejillas encendidas y la mirada perdida en ningún punto discernible.
A su lado, alguien que conocía bien, el par de ojos azules más hipnóticos que había visto en la oscuridad en toda su vida. Le dio la sensación de que, por unos segundos efímeros, reflejaban toda la luz del atardecer.
Escuchó, entre el bullicio, el eco cantarín de una insufrible voz familiar.
− ¡Qué románticos están los novios! - exclamó Nabiki.
Ellos solo se ruborizaron. No hubo palabras.
Nunca necesitaron decir lo que sentían con palabras. No; bastaban sus miradas.
Era algo extraño; una relación…complicada, y algunas veces Akane se preguntaba si aquello era real o tan solo el espejismo de lo que le gustaría que fuera. Y nunca sabía cómo responderse. Odiaba sentirse así.
Se necesitaban. Se necesitaban para ser cómo eran. Era una cercanía… estremecedora. Irrepetible. Que casi… ardía. Dos únicas piezas en perfecta simbiosis, comprensión. Y ninguno de los dos se resistía a aquella situación de plácido surrealismo, dulce perdición. Nunca se lo había dicho con palabras, sin embargo, y a veces parecía tan lejano…
Lejos de las miradas indiscretas de las prometidas y pretendientes.
- ¿Quieres acompañarme al cine, Akane?
…aunque, realmente, puede que nunca habían necesitado más palabras.
Se sintió incómoda de repente teniendo aquella clase de propuesta de él, a pesar de estar más que inmunizada contra el humor de Ranma y sus habituales bromitas respecto a ser prometidos.
Se limitó a asentir y a sonreír. Y algo en su interior pareció flotar en la ingravidez del alivio al ver que no bromeaba. Estaba tan avergonzado como ella.
Enmudece con el rostro en una expresión de alegría, mirándolo fijamente, como si tuviera calor de pronto y se hubiese abochornado de los pies a la cabeza.
Ella sigue sonriendo. Le resplandece el rostro, las mejillas de porcelana, los labios rosa.
Tomando la mano de su prometida, sella la cita con nuevos bríos, que ambos aceptaron encantados.
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Él apartó los mechones azabaches que se había escapado del recogido que se había hecho con una cinta antes de salir de su casa.
Dedos precisos emborronados de tinta seca se deslizaron del lóbulo de su oreja en descenso por la mejilla.
Hace mucho tiempo que no estaban tan físicamente cerca el uno del otro. Nunca había reparado en las vetas oscuras que estriaban sus iris.
Inspiraban el aire que el otro exhalaba, saturado de dióxido de carbono que nublaba su razón con una sensación vertiginosa.
Inconscientemente ella se humedeció el labio inferior con la lengua, pero toda su boca parecía reseca de repente.
Ranma aprovechó que bajó la guardia.
Y la oscuridad del cine fue cómplice.
Lo siguiente que supo fue a él. Tibio contra sus labios. Con el regusto al chocolate hecho por su Kasumi. Fue tan rápido y breve el arrebato de atrevimiento, que no pudo ni cerrar los ojos para registrar e identificar el murmullo de la sangre burbujeando en sus sienes, el murmullo de la gente viendo la película del momento mezclado con el crispeo de su rostro contra la piel tersa de su mejilla. Ni siquiera reconoció como suyo el suspiro que robó de sus labios al despegarse dificultosamente de ellos. De repente el aire de otoño se hizo más agresivo, agrietándolos bajo el bálsamo de humedad que Ranma había dejado tras de sí.
Porque eran la evidencia innegable de que siempre habían encajado en el transcurso de más de dos años.
Porque se entendían. Así, los dos.
Siempre habían sido otoño.
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Notas de autor: Gracias por leer.
