Tormento
El cráneo revienta a cada movimiento. Su vida se reduce a la sensación de hallarse en medio de una aparición interminable; inmerso en la mezcla de colores que se permite visualizar de vez en cuando por las rendijas de sus ojos, se convierten en borrones de luz que rasgan las pupilas grises en cada estúpida ocasión que se le ocurre la excelsa idea de abrir sus parpados. Pero es necesario. Su cerebro exige a gritos una explicación, cualquiera que calme su atribulado estado de ansiedad permanente.
Las voces que martillan sus oídos no cobran ningún sentido al transitar por su aparato auditivo, sólo entiende que algo grave está pasando. No es normal. Por Merlin que debe estar muriendo o de lo contrario no halla a que culpar frente al entumecimiento de su boca, de sus extremidades y de todo cuanto se siente dueño.
O no.
Aunque se revuelque en el miedo a admitirlo, no siente una mierda diferente al dolor, y eso, ya no lo hace dueño de su cuerpo. Quiere gritar, necesita pedir que paren, maldecir a la vida por llevarlo hasta ese punto ciego en el cuál no sabe ni por qué está viviendo de esa manera, pero las palabras se aferran a su garganta con garras voraces lastimando no solo allí, en la puerta de su boca, sino también hiriendo profundamente en su orgullo.
Sentirse dominado no es lo suyo.
Desde el exterior su visión es muy diferente, su cuerpo no enseña un vestigio de lo que su mente batalla. Estático, marchito y extinta su asidua apariencia lustrosa, Malfoy es un despojo de vida cubierto por una bata blanca que por su aspecto desvaído no es nueva. Su lucha interna únicamente se trasmite al exterior a través de su ceño fruncido en una visible mueca de dolor.
Waas, impasible a toda emoción ajena, da órdenes a diestra y siniestra, regodeada en la única circunstancia que le infunde placer a su vida, el poder.
Armada de valor hasta el tuétano, mueve de un lado al otro el cuerpo aparentemente inconsciente de Draco. Llevándolo a transitar por estrafalarias maquinarias, lavatorios inventivos y cualquier clase de treta que alumbre su conocimiento para comprender cuán grande es el impacto de su daño.
Sólo unas horas después del ingreso de Malfoy a San Mungo, Waas recibe los resultados. Entre empellones y codazos, la mujer se abre paso a través del despliegue de seguridad de Aurores, los curiosos aprendices y sanadores que se interponen torpemente en su camino. Es su caso. Tiene todo el poder sobre el mismo otorgado por la gloriosa autoridad del Ministro en persona.
Ingresa ruidosamente al pequeño dormitorio destinado a Malfoy, es exactamente igual al de Hermione con la única diferencia que el joven está firmemente atado con ayuda de unos hilos platinados alrededor de todo su cuerpo. La justificación no radica solamente en su alta peligrosidad para la comunidad, no, nace de la plena intención de mantenerlo con vida, cualquier ligero movimiento en su espina dorsal y su vida se quiebra para darle paso al placentero descanso de la muerte.
Un inmovilizador de cuello se ajusta a la perfección bajo su rostro inflamado por el impacto del hechizo del cual Harry se arrepiente. No lo diría en voz alta aunque se encontrase ante el beso de un Dementor, pero en su ejecución de Auror, sabe que erró en el desmedido conjuro. Ingresando tras la sanadora a la habitación, cierra la puerta a su espalda, evitando las visitas indeseadas. Se detiene junto a la mujer, quien revisa el cuerpo de Malfoy.
Si la incomodidad tuviera una imagen, Potter, sería el vivo reflejo de la misma. Observa el cuerpo con desprecio, tensa su mandíbula para no expresar el odio que le produce Malfoy como no lo hizo nunca en sus años de estudio y, la muerte con certeza, sería el único remedio para calmar dicho sentimiento.
Necesita despejarse. Camina unos cuantos pasos alrededor de la curiosa habitación, imaginaba máquinas de reanimación, tableros con figuras en zigzag, cosas propias de hospitales muggles. Evidentemente allí no. Lo único que llama su atención, es un bulto mediano en forma de lágrima que cuelga del techo sobre la cama de Malfoy. Está seguro de haberlo visto en alguna lamina de sus libros de estudio y detiene sus ojos en el por varios segundos, conminando a su memoria a recordar.
—Es el nido del Augurey —menciona Waas siguiendo la mirada de Potter y al ver la ignorancia reflejada a través de sus lentes explica —, esta ave nos ayuda a saber cuándo un paciente está cercano a la muerte, la ve acercarse, entonces lanza ciertos graznidos que son escuchados a la distancia y, a veces llegamos a tiempo.
—A veces —repite Harry en un murmuro.
La mujer, ensimismada en sus apuntes no responde, barre con la mirada los reportes comprendiendo al instante cifras y cálculos que Harry espiando desde su espalda no alcanza a discernir. Waas frunce sus labios y pasa saliva con preocupación, su respiración se ha acelerado y sin quererlo sus hombros suben y bajan con intensidad.
Recordando la presencia del Auror la sanadora esconde prontamente los reportes en el bolsillo delantero de su bata y se dirige con prisa hacia la camilla. Hace sus propias comprobaciones en el escuálido cuerpo del rubio, sus manos frías separan los párpados bajo los cuales encuentra unas pupilas de un tamaño anormal, perdidas en un delirio de inconsciencia. En un movimiento desesperado busca entre los bolsillos de su bata que parecen estar encantados por un hechizo extensor ante el sonido de pequeños cristales golpeándose unos contra otros y finalmente extrae una jeringa con un líquido de tonalidad blanca y apariencia espesa, sin el menor tacto clava la aguja en el cuello de Malfoy. El joven no se mueve, pero siente el infierno arder bajo sus músculos. El líquido se adhiere en instantes a la osamenta y permite ver cubierto por fluorescencia el esqueleto de Malfoy. Con la paciencia que jamás se ha visto en la mujer detalla palmo a palmo los rincones escondidos del cuerpo del joven. No lo toca. No se atreve a irrumpir en la estática convalecencia de su paciente, y siendo honesta consigo misma es mejor así.
Harry, evalúa con cobardía la anatomía incandescente de su enemigo, todo parece estar en orden, pero qué demonios va a saber él del cuerpo humano. Toma sus lentes con nerviosismo y los frota con rabia contra su túnica. El tiempo agota su paciencia, el cual parece burlarse de él con la lentitud que sus minutos son capaces de expandir, en parte un alivio bobo lo serena ocupando su pecho con placer, sabe que Hermione está bien y cínicamente sonríe ignorando su culpa.
Wass consuma su revista con los puños crispados. El Auror la ve girarse y enganchar sus ojos a los de él. Nota la duda en los labios de la mujer que se comprimen con indecisión. Su rango no es el indicado para escuchar el diagnóstico pero suplica a Merlín que la mujer lo ignore, o lo olvide si es que lo sabe, nadie más que él necesita de sus palabras como una medicina para calmar su alma o como un veneno para acabar de ulcerarse.
La medimaga, se permite tener una décima de simpatía por Harry, es astuta y no desaprovechará una oportunidad como ésta, tal vez en otro momento el chico le pueda devolverle el favor.
—Fue un traumatismo craneoencefálico —empieza Waas con seriedad —, aparentemente es leve ya que no se presenta una lesión abierta y su espina dorsal está en buenas condiciones.
Harry relaja los hombros, pasa saliva y alcanza a curvar sus labios en señal de alivio.
—Sin embargo —retoma la mujer contrayendo el rostro —, las secuelas pueden ser peligrosas en este caso, su incapacidad para despertar es preocupante y…
Deja la frase en el aire interrumpida por un graznido propio de otro mundo que despedaza la tranquilidad y se apodera del lugar. Harry lleva sus manos con fiereza para cubrir sus oídos, lleno de vana esperanza de aislar el estrépito taladrante en sus tímpanos. Examina desesperado el entorno y lo único fuera de lugar es un cuello verdoso saliendo con desespero del capucho colgante culminado en un pico curvado de tonos amarillos el cual expulsa sin clemencia la algarabía que despabila a todos los individuos cercanos al cuarto.
Waas, desenvaina su varita y aplica un hechizo silenciador al animal que continúa moviendo su pico y cabeza en múltiples direcciones, ya sin efecto sonoro. Dirige sus ojos azules inyectados de angustia al paciente. Él, con movimientos violentos se agita una, dos, tres veces, y un sinnúmero de ocasiones que ella no alcanza a contar pues ahora se concentra en la premura de girar el cuerpo convulsionante; a pesar de su figura menuda, la fuerza en sus brazos brota de lugares inesperados y logra su objetivo, mantiene la cabeza del joven sobre la almohada y ruega a sus ancestros que la enajenación termine pronto.
Harry, permanece petrificado con las manos aun cubriendo sus oídos a pesar que el único sonido preponderante es la respiración ahogada de Malfoy, quien expulsa una baba espesa por sus labios. Los ojos desorbitados de Potter, detallan la agonía en el cuerpo insulso que se sacude como si de una figura de trapo se tratase, alcanza a detallar desde su petrificación los ojos perdidos de Malfoy y la responsabilidad de su sufrimiento lo agobia.
No puede más con la escena y sale precipitadamente de la habitación. No ha dado más allá de un paso fuera tan sólo al cruzar la puerta y ve la cabellera rojiza de Ronald lanzarse hacia él.
El jugador ha esperado pacientemente cualquier noticia a su favor. No se ha despegado de Harry desde su denuncia en el Ministerio, incluso ha sido un satisfecho espectador del ataque hacia la pareja de enamorados. Tan inmerso ha estado en su enfermizo juego de control que ni siquiera su parodia le ha dado el suficiente ingenio para preguntar por la salud de Hermione. Sólo se alimenta de una voraz sed de venganza que infla su espíritu y le da la tranquilidad que todo saldrá según su acomodo, seguro de su grandioso plan, tiene la plena certeza que Malfoy asumirá un castigo que lo mantendrá alejado de Hermione.
Por su bien espera que así sea.
—Dime Harry ¿Qué ha pasado? —susurra, conduciendo a Harry a las sillas del corredor.
Mecánicamente el joven Auror imita los pasos de su amigo quien se sienta primero no sin antes acomodar de manera prolija su túnica de juego, frota sus ojos teñidos con unas pequeñas ojeras producto de las últimas horas de agitación. Acto seguido Harry lo imita; deja caer el peso de su cuerpo contra la silla aplastando la túnica que tanto orgullo le ha hecho sentir. Devastado por la inminencia de su despido daría todo su dinero en Gringotts por cambiar de lugar con cualquiera. Pega su cabeza contra la pared y con la manga de su toga seca algunas gotitas de sudor de su piel traslúcida por la angustia.
—Ronald, esto es grave, más de lo que imaginé —dice con el poco aliento que consigue reunir.
—Magia Oscura ¿verdad? —asegura el pelirrojo con las aletas de la nariz dilatadas y una sonrisa mal disimulada —. Ese Malfoy debió usar un viejo hechizo en Hermione, ese maldito es peligroso.
—No, no es a eso a lo que me refiero —aclara Harry, parpadeando confuso, pasa saliva despejando su garganta para continuar —, es Malfoy, él está grave. Creo que no va a sobrevivir.
—Pues mejor —se alegra, levantando la voz más de lo debido —, ese remedo de mortífago ha tenido demasiada suerte, ya es momento que pague algo.
—No digas estupideces —debate Harry, incorporándose y propinándole un golpe seco en la cabeza —. Si Malfoy muere, es mi culpa. ¿No lo entiendes? Esta allá adentro, mas muerto que vivo. Lo voy a perder todo, y sin una confesión Ron. Esto está mal.
—Pero con Hermione bastará ¿no? —discrepa, tratando de convencerse de alguna solución
—No, Ron —susurra con tristeza, frotando su frente —. No es suficiente. En caso que Malfoy muera, aparentemente la comunidad mágica estará libre de peligro y, eso será un alivio para el Ministerio; pero no para Hermione. No sabemos qué planes tenía Malfoy, si no llegamos a conocer que hechizo utilizó y con qué fin, Hermione podrá ser sometida a cualquier método para obtener la información. Podría ser una habitante permanente de San Mungo.
Ronald abre la boca varias veces buscando las palabras entre su lengua. No las tiene. Y el pánico, el cual había mantenido a kilómetros de distancia, se acerca a pasos agigantados abrazándolo para no soltarlo. No es eso lo que quiere para Hermione. La necesita libre y dispuesta para él. Se deja invadir por el frío que se desplaza sin clemencia por sus extremidades y lo deja anclado a esa silla en aquel pasillo interminable, tan extenso como sus mentiras, su cobardía y su inseguridad.
A pocos pasos del dúo, una figura se escurre con facilidad entre los pasillos de San Mungo. Inadvertido por su inmaculado traje de aprendiz, un joven que nada tiene que ver con el caso ha permanecido convenientemente atento a la conversación. Su apariencia pequeña, frágil, casi insignificante le ha permitido en varias ocasiones sustraer información y venderla a cualquier periódico dispuesto a conseguir noticias de manera fraudulenta.
Tiene una socia habitual, ella, oculta bajo un antejardín cercano al hospital, espera a su informante de turno. Cubierta con un pesado abrigo color mostaza que envuelve su humanidad, amoldándose descaradamente a la forma de su cuerpo, desde la punta de la cabeza hasta los tobillos, abraza un bolso de piel de serpiente. Aguarda, acosada por el inclemente frio, las primicias que encenderán los ánimos entre los magos lectores y entre los que no. Por supuesto, no todos los días se encuentra en un hospital a la heroína de guerra y al exmortífago por excelencia.
—Cariño, ¿Por qué has tardado tanto? —exclama Skeeter, con su voz disonante al ver al minúsculo joven acercarse a ella —. No importa precioso, cuéntamelo todo —diciendo esto convoca una vuelapluma dorada con incrustaciones de piedras color magenta, acompañada de una pequeña libreta.
—Adentro están Potter y Weasley —expresa él joven que no pasa los veinte años, tembloroso por la baja temperatura.
—Interesante muñeco, pero ¿cuál de todos los Weasley? —indaga, ávida de información, observándolo por encima de sus anteojos.
—El que juega quidditch —aclara, frotando sus lívidos brazos.
—Me encanta —felicita Skeeter, enrollando los dedos entre sus rizos —, esto va a ser un drama, ya imagino el titular. Cuéntame más querido.
—La señorita Granger está en la planta de daños provocados por hechizos, en una habitación del área ambulatoria —informa el joven distraído por el rápido movimiento de la pluma en el aire —. El señor Malfoy, está en el área de cuidados intensivos, parece que va a morir.
—¡Ah! —ahoga un grito cargado de emoción, separando sus labios teñidos de rojo carmin —. Y que SEÑOR drama sabes, ¿qué ha pasado? —solicita al tiempo que con su mano acaricia el rostro helado del joven.
—Parece que el señor Malfoy hechizó a la señorita Granger, dijeron algo de magia oscura, es un problema grande con el Ministerio y la comunidad mágica. Potter lo atacó y casi lo mata.
—Esto será regio —un brillo de avidez ilumina sus ojos tras los lentes, amasa en su imaginación la crónica sensacionalista por la que le pagarán hasta tres veces más de su inversión en el informante —. ¿Tienes algo más?
El joven niega con vehemencia, y abre sus ojos devorando con ellos la bolsa en las manos blanquecinas de la bruja. Su contenido, unos cuantos galeones que suenan estrellándose unos contra otros en el intercambio. Desaparece tan rápido como apareció, del mismo modo que Rita.
Waas, desliza unos mechones canos detrás de su oreja. Con desgano extrae su varita de la bata y elimina el hechizo silenciador del ave que observa desde su altura, ya calmada.
Los párpados caen con cansancio en el semblante, está agotada por el esfuerzo de lidiar con el cuerpo de Malfoy después de la intensa convulsión, su rostro pálido se salpica con remolinos acalorados en sus mejillas brillantes a causa del sudor, descansa las manos en su cintura dejando sus ojos azules fijos en el cuerpo malogrado del joven.
El efecto del medicamento ha culminado y los huesos ya no son visibles. Su piel, de apariencia cadavérica, muestra los surcos superficiales, y pasajeros producidos por la lucha de la convulsión con el roce de los hilos alrededor de su cuerpo.
Sí Potter no acabó con la vida de Malfoy, lo harán las secuelas del ataque, sabe por la experiencia de su trabajo que de continuar así, el joven, podrá entrar en un irreparable estado de coma en cualquier momento.
Despeja la frente de Draco oculta por algunos cabellos pegados a la misma, el sudor impregna su rostro atormentado por el desgaste. Su visión no es la de un joven descansando tranquilo, es más bien parecida a la de un niño a punto de echarse a llorar. Con las sábanas que lo cobijan, la medigama, limpia los restos de saliva que se han escapado por entre los labios entreabiertos que no pueden expresar absolutamente nada.
La mente de Malfoy hecha brumas por fin encuentra un reposo en su tormento. Se deja llevar por la tranquilidad de su cuerpo entregándose a un sueño confuso que bien podría ser una pesadilla, pero no la siente así, no podría ser algo malo cuando siente la tranquilidad que lo acompaña.
No ve nada, sólo una oscuridad reinante a su alrededor, cubierta de un calor que revive las fibras de su cuerpo una a una, con paciencia, sin afán; con desenvoltura siente que se va adueñando de algunas partes en su humanidad.
La textura suave se desliza hacia su rostro y lo acaricia con una ternura que no es la de su madre, es tan familiar y al mismo tiempo desconocida. El dorso de su mano se deja atrapar por unos dedos que lo envuelven con suavidad, no los ve, pero bendito Salazar, se siente tan agradable que no le importa cegarse ante su contacto. Los aferra con la necesidad con la cual retiene a la vida pero la sensación no es sólida, se convierten en una masa gelatinosa y escurridiza que se escabulle entre su piel, por más que busca ansioso entre ese mar de lobreguez siente una lija rasgar sobre su piel, desprendiendo todo bienestar, siendo arrastrado nuevamente a ese vacío de aparición que lo pone a dar vueltas y vueltas sobre sí mismo, hasta que los ojos se abren de física angustia.
La luz se cuela por sus pupilas bañadas en mercurio y rodeadas de venillas latentes. Sobre su cabeza vislumbra lo que parece ser una anciana que lo observa con rostro aliviado según entendería él. Su visión es borrosa y confusa, sabe que está acostado pero el mundo no para de girar a su alrededor.
¿Dónde diablos estaba metido? Sus ojos se escurren por la habitación llena de luz. Hiere cada tramo observado, como ácido derramado en el iris, pero necesita observar, verse en un lugar seguro. Su cabeza parece estar atada, o tal vez ya no puede siquiera moverse. Nada de lo que captan sus pupilas cobra sentido para él.
Abre la boca para preguntar «¿Dónde estoy?» escucha la pregunta en su cabeza, pero de sus labios solo salen balbuceos sin sentido, entonces, la aparente calma de la mujer se transforma en temor.
Ve su rostro acercarse a él y la varita en punta brillando alumbrar sus ojos, enceguece como ninguna otra cosa en el mundo, cierra los párpados, enojado y percibe la brusquedad de un tacto que los separa descubriéndolos para chocar con la descarga de luz.
Un segundo después, con alivio ve la luz desvanecerse y cierra las puertas al mundo desesperado de su propia impotencia. Una bola de miedo incrustada en no sabe dónde le impulsa dos pequeñas lagrimas que se aplastan contra sus pestañas, ¿Qué le está pasando?, en ¿qué clase de remedo de persona se ha convertido que no puede ni articular sus propias palabras?. Hace tan solo unas horas calculaba mentalmente y sin dilación las cifras ganadas como accionista en Nimbus Racing Broom Company y ahora es simplemente un despojo que no puede ni limpiarse la baba.
Con los ojos aún bloqueados a voluntad, decide mover alguna parte de su cuerpo libre de la opresión que siente. Son sus manos las que advierten el alivio de las ataduras y trata de moverlas, la señal es enviada por su cerebro al instante pero el movimiento tarda siglos en ser ejecutado. Un quejido infla su garganta y abre los ojos para buscar alguna solución en la mujer.
Ella, pacientemente lo observa con el entrecejo fruncido, de pie, junto a su cama, no se ha ido a pesar de su indiferencia.
—Señor Malfoy, soy su sanadora Waas. Usted se encuentra en el hospital San Mungo. Tuvo un traumatismo craneoencefálico —aclara con serenidad.
El rostro de Malfoy se inunda de aparente confusión. Las palabras llegan a él de forma pausada y lejana y tarda varios minutos en comprender algunas de ellas, en el proceso empuja sin misericordia a su mente para que trabaje de la manera habitual. El esfuerzo trae consigo un punzante dolor de cabeza.
Waas, ve cada uno de los signos propios de la condición médica del joven. Comprueba el aturdimiento al ver su aspecto agotado y desorientado. Su frente se cubre con más arrugas de las que ya posee al dilucidar que su trabajo no será fácil, convoca una silla junto a la cama y se acomoda en ella, posando una de sus manos sobre el tacto de Draco, quien la observa mordiéndose un labio en frustración.
—Señor Malfoy, cualquier lesión en la cabeza es de consideración —continua desanudando el inmovilizador de cuello.
De inmediato Draco percibe el alivio en la libertad de movimiento. Comprueba, con una parsimonia impropia de él, el privilegio de girar su cabeza, la cual no termina de dolerle, como si su cráneo se hubiera astillado en dos.
—Ahora está bajo observación médica hasta que yo pueda determinar la gravedad de su accidente. ¿Comprende lo que le estoy diciendo?
—Ssssssi —emite con la dificultad de un bebé tratando de hablar, la torpeza de su lengua lo asusta como nada en la vida lo ha hecho, sin quererlo, su respiración arrítmica contrae y eleva su pecho con una intensidad innecesaria.
—Voy a desatarlo por unos minutos para verificar sus reflejos ¿está bien?
Waas no espera respuesta. Con la agilidad de su varita, conjura algunas palabras y los lazos se evaporan en el aire dando paso a nubes de humo plateado flotando en la estancia. La mujer termina el proceso y en su sosegado cerebro, Malfoy termina de comprender las palabras dichas un minuto atrás.
El cuerpo entumecido no le responde, después de ser un hábil jugador de quidditch conoce cada uno de sus músculos y la manera de hacerlos ejecutar maniobras inimaginables, sin embargo allí, en esa camilla, el cuerpo rebelde se toma su tiempo en actuar. Mordiendo un labio y parte de su lengua, el esfuerzo es notorio en las venas de su frente expuestas, aguanta la respiración como si en el hecho de contenerla, obtuviera la energía indispensable del movimiento.
Inicialmente su brazo derecho es el primero en cooperar. Se eleva unos cuantos centímetros por encima del colchón y cae con un ruido sordo amortiguado por la sábana.
Expulsa el aire en medio de un quejido y su corazón empieza a bombear de manera frenética.
Waas, tensa la mandíbula y contrae el gesto. No le agrada lo que ve. Sin quererlo, en su cabeza repite una antigua oración aprendida años atrás por su abuela, le reza a los santos de la vida, de la muerte para que ayuden a Malfoy. Le recuerda a su hijo y difícilmente puede poner por encima de sus emociones su profesionalismo. No conoce bien el caso, ni entiende a qué va tanta protección por parte del Ministerio, pero no le parece justo desperdiciar la vida por una chica insignificante descansando unos niveles a distancia.
Draco entre tanto, cierra los ojos y se concentra en levantar sus piernas, por lo menos una de ellas. No encuentra el camino conducente de corriente enérgica a través de los músculos, las venas o lo que sea en su organismo que lo ayude a despegar sus extremidades de la cama que lo atrae con el máximo magnetismo.
Su cabeza arde por la presión del miedo. Hace un nuevo intento por el milagro de animar su pierna, sostiene la respiración, obligando a su corazón a estrellarse contra el pecho y trepar por su torso buscando un poco de aire. Lo escucha desde adentro, estallar una y otra vez, sin ceder a abrir los conductos para el preciado elemento.
Entonces, el palpitar es interrumpido por un graznido ingente materializado en una arcada que atraviesa sus labios. Un temblor sinuoso de la punta de los pies hasta su platinada cabellera lo agita sin misericordia, tumbándolo de la camilla y dejándolo suspendido en contra de la gravedad.
Waas, los sostiene flotando, en medio de un hechizo. Draco se agita en el aire, sus músculos visiblemente tensos tratan de volver en sí, de regular su cuerpo y reposar en paz. Su esfuerzo se ve reducido por la severidad de la nueva convulsión.
La mujer pasa saliva y ahoga un lamento, no a causa del esfuerzo. Gira su rostro, tensa y eleva la vista hacia el pájaro que grazna sin pausa, con los ojos fijos en la puerta.
Holi.
Aquí estoy de vuelta.
Espero que hayan tenido un genial comienzo de año, sea en lo que ocupen su vida espero mucha felicidad para ustedes, no todo puede ser drama.
Perdón la tardanza pero con las fiestas de fin de año y mi trabajo, estaba muy ajustada de tiempo; mi propósito es actualizar cada quince días, espero no me odien por el sufrimiento de Draco, pero el drama es necesario y lo amo.
Agradezco que continúen leyéndome y todo el apoyo que recibo por parte de ustedes, son las mejores y la aprecio infinitamente. Y doy una bienvenida a las personas que han comenzado a seguir la historia.
Un beso a las que me escribieron en el último capítulo Muselina Black, Conie23o9, NarradoraNueva, Natdrac, JeAn Tonks BaEs, Nitaws, Norely, artemisvan89, redeginori, espiroket, Nathy Malfoy, Lita Wellington, Dey Malfoy y Alice1420
Espero que como propósito de año nuevo hayan pensado en el de dejar más reviews jejejeje, de verdad es muy bonito leerlas.
También escribí un pequeño One Shot llamado Su Universo en Alaska, (Draco no sufre) es bastante romántico, así que si quieren pasen por ahí y lean un ratito.
No olvides dejar tu review.
Un abrazote.
Sta Granger.
