Cascarón


El sol centellea sobre un par de alas blancas, batiéndose con ferocidad contra una corriente de aire que se abre camino sin reparo entre las plumas despeinadas de un cisne.

La insondable fuerza del ave, contrasta con la tranquilidad de un cielo azul sin nubes en la atmósfera y la calidez del manto solar acariciando de manera uniforme el blanco rostro de Draco. Él, de pie al borde de un insondable lago, abarca con su mirada la bóveda celeste detallando con cariz curioso la voluntad del animal que aparentemente se dirige hacia él.

Debería moverse, toda la lógica del contexto le grita a sus músculos que se aparten de allí o será lastimado por la inminente colisión del animal, sin embargo sus pies se anclan al piso y sus brazos se separan del cuerpo abriéndolos en cruz.

No imagina daño más bello que ese.

Sólo unos cuantos centímetros lo separan de la fiereza del ave apuntándole con su pico naranja con visos negros, entonces decide cerrar los ojos y esperar la dolorosa unión.

Su mente calcula el momento exacto y sin querer los párpados se unen con presión estrujando sus rubias pestañas en la acción. Es entonces, cuando su cuerpo se ve envuelto por la tibieza de otro, y unos labios ansiosos se posan sobre su cuello llenándolo de besos.

Draco, abre los ojos confuso, cegado por unos breves instantes a causa del ondulante reflejo del sol en la superficie del agua inundando todo cuanto ve. Lleva una mano por delante de las ranuras de sus ojos ocultando sus pupilas del brillo y un mechón rizado cosquillea en su barbilla tirando de la comisura de sus labios para hacerlo sonreír.

Baja la mirada con el creciente anhelo palpitando entre sus costillas y su vista se estrella con los ojos chocolate saturados de lo que él podría entender como amor.

Un sueño. De qué otra manera podría estar Hermione Granger aferrada a él como si fuera el resguardo perfecto en medio de una tormenta. Su rostro se tensa en una mueca de amargura, y la manzana en su garganta sube y baja ahogando la tristeza que se origina en la frustración de su cobardía, nunca ha tenido el valor suficiente para acercarse a ella de una manera amable y de seguro nunca lo tendrá.

El travieso viento alborota la cabellera de Hermione quien trata de atraparla entre sus manos y en el proceso roza varias veces el rostro del Slytherin, la aflicción se borra dando paso a la ternura.

Con un leve atisbo de consciencia de esos brevísimos momentos de lucidez que se tienen durante los sueños, entiende que la fantasía tendrá fin para dar paso a la fría realidad. Con una ansiedad impropia de él, rodea la cintura de Hermione entre sus brazos hundiendo su nariz en las enredadas hebras castañas, aspira su olor inmensamente familiar a pesar de estar seguro de ser la primera vez que percibe su fragancia tan de cerca. Sus labios cubren de besos la frente y la nariz respingada como un tobogán que lo conduce directamente hacia los labios glotones de Hermione que se separan de buena gana para recibir la humedad de su boca.

Fundidos en ese beso, una melodía lejana susurrada por las ramas de los árboles llega a sus oídos, los cuales no alcanzan a comprender las palabras de una canción la cual está seguro no conocer aunque el ritmo se adhiera a la finura de su piel erizando los vellos a su paso.

Hermione culmina el beso deslizando su nariz por el cuello de Malfoy aspirando su esencia, remata su recorrido en la clavícula de Malfoy y conduce sus manos a través de la espalda del rubio, estremecido por el placer de recibir un mimo por parte de la inalcanzable Granger. Ella tararea la tonada desde su garganta vibrando las notas en el pecho de Malfoy quien aumenta la presión de su abrazo permitiendo a su rostro cubrirse de los cabellos enrevesados de Hermione.

El viento se desliza sin vergüenza a través de la ropa acariciando con sus uñas de hielo la piel de Hermione quien se sacude, silenciando su canto ante el castañeteo de sus dientes. En el acto, Draco frota con sus manos la dermis de la joven de manera protectora sintiendo como el cuerpo de ella se deshace entre sus manos dejando tras de sí un regreso de plumas arrastradas por el viento.

Un golpe seco lo despierta de su trance, enfoca su mirada un tanto borrosa sobre la sanadora quien le sonríe, acercándose a la camilla que se ha amoldado con perfección a su cuerpo.

—Señor Malfoy ¿Cómo se siente? —indaga con voz pausada, al tiempo que convoca una silla para sentarse a un nivel aceptable. No lo ha visto en ese grado de consciencia y espera paciente su respuesta.

Él la reconoce al instante, ha visto a la mujer durante los últimos dos días luchar con todas las fuerzas de su tenacidad para recuperar su maltratado cuerpo, ha acompañado sus noches de espanto y sus días de delirio hasta ser la persona medianamente recuperada que es en el momento.

Es la primera vez que la escucha con claridad sin el agotador estorbo de entrar en un mar de convulsiones y reventarse los tímpanos con los desagradables graznidos del ave que aparentemente ya no reside en su habitación.

— Creo que mucho mejor —responde, sorprendido de su voz rasposa y seca.

Sus manos tratan de moverse hacia la garganta viéndose frenadas por un obstáculo que no lastima, pero impide su movilidad. La curiosidad se desliza por el resto de su cuerpo y comprueba que todas sus conexiones funcionan bien, sin dolor, sólo que una inmensa atadura lo mantiene sujeto a la cama.

Inclina lo máximo que puede su cabeza para divisar el panorama observando los hilos de plata alrededor de su humanidad, con el ceño fruncido escruta a la sanadora quien se mantiene hermética sentada junto a él.

—Veo que puede hablar con mayor facilidad —reconoce la mujer, al tiempo que extrae una libreta de su bolsillo acompañada de una pluma.

Draco la observa registrar con movimientos de muñeca pausados y dedicados, sus ojos grises ruedan por la habitación sin la mínima intención de detallarla. Con gesto concentrado explora en sus recuerdos los momentos previos al hospital.

De manera lejana se percibe en la oficina de su mansión frente a pilas de facturas acumuladas, la llegada del correo interrumpe sus labores y luego una invitación estrujada entre sus manos hace eco en sus dedos que aplastan las sábanas arrugadas bajo su cuerpo. Con frustración cierra los ojos y algunas imágenes sin conexión aparecen tras sus párpados: el cuerpo desnudo de Hermione reposando sobre su pecho, un resbaladizo suelo de hielo, los fuegos artificiales retumbando en el cielo y la lenta melodía de su sueño.

Abre los ojos contrariado y un vacío de angustia se alberga en su estómago. ¿Eran reales estas imágenes en su cabeza o tan solo eran sueños lúcidos?, demasiado lúcidos para su concepto.

—¿Por qué estoy aquí? —demanda con autoridad, sin lograr el efecto esperado por la debilidad en la voz.

La mujer se envara presionando la espada contra la silla, tensa los labios tomándose algunos segundos para responder.

—No soy la persona indicada para aclarar esa cuestión —replica Waas, revolviéndose incomoda en la silla —. Dígame ¿Siente mareo, náuseas o dolor de cabeza?

—No —responde Malfoy, de manera tajante.

La fina arruga que aparece en su entrecejo no puede ser ocultada ante las cavilaciones de su situación. Analiza el contexto y su mente hábil de Slytherin no se ha perdido en trayecto: evidentemente está recluido en un hospital, la insulsa bata en su cuerpo se lo recuerda de manera permanente, pero las ataduras fijas alrededor del mismo no tienen ninguna lógica y mucho menos la nula explicación acerca de su condición médica. Se supone que la mujer ahí sentada evitando su mirada es su doctora.

Irritado ante la escasez de información decide interrumpir la escritura parsimoniosa de la sanadora.

—¿Cuándo me va a dar de alta? —pregunta, recuperando su tono soberbio y dirigiéndole una mirada henchida de impaciencia.

—No lo sé aún —responde paciente Waas, acerca su varita iluminada a los ojos de Malfoy y comprobando con una sonrisa la normalidad de sus pupilas.

—¿Por qué estoy atado? —indaga una vez más—, ¿estoy loco?, ¿me hago daño a mí mismo?, ¿soy un peligro para la sociedad?

Sus preguntas exasperan a Waas. Un resoplido sale victorioso por sus labios mientras que una de sus blancas y arrugadas manos cubren la boca, para evitar decir algo inapropiado y se dejar caer amortizada en el regazo.

—Verá Señor Malfoy —replica sofocando el fastidio—, un par de personas necesitan hablar con usted, estoy segura que ellos sabrán darle más información que yo.

Sin darle tiempo a una nueva pregunta, la sanadora se levanta y dirige con pisadas firmes hacia la puerta, los dramas nunca han sido lo suyo y Malfoy no será la excepción a su regla. Gira el pomo de la puerta y la abre dejando entrar una corriente de aire con olor a vainilla, su cuerpo se mantiene en el interior de la habitación, mientras su cabeza por fuera curiosea en búsqueda de las personas de su interés.

Malfoy entretanto, lucha fieramente por liberarse. Sus cabellos vuelan en diferentes direcciones forcejeando con los hombros, batiendo las piernas y revolviendo las caderas. Su fina piel enrojece sin lograr aflojar las sogas un sólo centímetro. Agotado y sin aliento, traga saliva y se rinde, su cabeza cae contra la almohada la cual no logra opacar el retintín de varias pisadas en su habitación.

Intrigado por los visitantes que alumbraran su conocimiento, levanta la mirada conectándola con unos lentes redondos que atraviesan la puerta, siendo bien conocidos en su pasado.

Masculla una maldición por lo bajo y sin apartar sus ojos de Harry trata de mantener toda la dignidad que el hecho de estar desprotegido y en bata hasta los muslos le puede brindar. Ambos se retan con la mirada, no logran ocultar los años de disgusto que la adultez no ha conseguido reparar y este escenario de notable desventaja no ayuda a aliviar la tensión palpable en el ambiente.

Los ojos grises fijos en Potter no divisan la enorme figura vestida con una brillante túnica vinotinto y un gorro que a su vez cubre la lustrosa calva oscura del Ministro de Magia.

—Malfoy —expresa Harry, arrastrando las palabras cuando finalmente llega al borde del catre.

—Potter —responde el rubio, los tendones en el cuello son evidentes generados por la inclinación de la cabeza al divisar ante los pies de su cama al memorable niño que vivió.

Tras de su enemigo, una voz amable acercándose, se cuela entre la espesura de la atmósfera.

—Señor Malfoy, nuestra misión aquí es estrictamente oficial —interrumpe Kingsley, notando los antiguos rencores del par de jóvenes revividos.

El hombre camina en su dirección, guía su gruesa mano a atrapar el sombrero como antigua señal de cortesía y se sienta con desenfado sobre la silla anteriormente ocupada por Waas, quien observa expectante desde la puerta, y explaya su túnica sobre ambas piernas ampliamente separadas una de la otra.

Buscando franquear la distancia entre ellos, inclina su cuerpo hacia la figura recostada de Malfoy quien lo evalúa con desconfianza y un cierto grado de esperanza difícil de enmascarar.

El silencio en la habitación es abrumador y el único que parece estar disfrutando la incomodidad del momento es Kingsley.

—Seguramente se habrá preguntado por qué aún permanece en San Mungo bajo estas condiciones —continúa, esbozando una sonrisa ladeada —, usted tiene una severa denuncia en su contra a la cual necesitamos hacerle el debido seguimiento.

Los ojos grises no pueden ocultar el pánico controlando su respiración, ha tratado de mantenerse dentro de los rigurosos límites de la ley y evadiendo el mayor contacto con la sociedad para evitar rumores indebidos sobre su vida.

—¿Denuncia? —susurra Malfoy, tan profundamente confundido que las náuseas negadas previamente se hospedan en su vientre, secando el camino hacia la boca y le cortan la respiración.

—Si, maldito bastardo, no finjas ser inocente —sisea Harry, con la varita oculta entre su túnica apuntando directo a Malfoy.

—Shh —calla Kingsley, dirigiendo una mirada de desaprobación a Harry.

La inseguridad de mantener a Potter en el caso lo desborda, aprecia la buena intención del joven pero lo exaspera en exceso la impulsividad del mismo. Ni el mejor entrenamiento para Aurores ha logrado quebrar su carácter recio e imprimirle un toque de humanidad cuando su juicio se cubre de subjetividades.

—Disculpe a mi Auror, Señor Malfoy —excusa con voz calmada y profunda, la honestidad de sus ojos negros se posan sobre la pálida tez de Malfoy—, el asunto que nos tiene aquí es de máxima delicadeza. Partimos de una denuncia recibida hace un par de días en nuestro despacho en su contra, dicha queja involucra a una empleada del Ministerio y la posibilidad que usted bajo el efecto de magia oscura la estaba manipulando con el fin de obtener información o llevar a cabo un delito.

Draco escucha con atención cada palabra apresando cada una de ellas, no ha tenido conexión con nadie del Ministerio y honestamente prefiere mantener su distancia con éste.

—Nada de lo que usted dice explica por qué estoy en un hospital —interrumpe Malfoy sofocando el miedo en su garganta.

Kingsley entorna los ojos, ladeando la cabeza promovido por la confusión de la frase. Y sin que se lo hubiese preguntado, Malfoy, decide aclarar la duda.

—No recuerdo mucho, y por mucho me refiero a nada —confiesa con el orgullo herido de mostrarse débil ante el nefasto de Potter.

—No te atrevas a mentir sabandija —sisea Harry sin darle un tramo de credibilidad a Malfoy. Y sin meditar mucho sus acciones, descubre la varita firme aún en dirección al paciente, y articula—. Legeremens

Una onda transparente es arrojada a través del trozo de madera chocando en el rostro sorprendido de Malfoy, sin mostrar un mínimo de decoro se adentra en los laberínticos episodios de la infancia del Slytherin, avanzando a grandes pasos por los miedos, incertidumbres y frustraciones que con tanto recelo se ha preocupado en ocultar del mundo.

Sus intentos de frenar el hechizo son infructuosos, los años sin práctica no secundaron la intención de expulsar a Potter de su mente.

Sin embargo, en el último punto, en el riguroso instante en el cual la reproducción lo muestra observando la funesta invitación y reviviendo los sentimientos de inminente perdida y lo siguiente que San Potter vera de manera irrevocable es la imagen de Hermione desnuda sobre su cuerpo, recupera su invaluable talento y bloquea su cabeza impidiéndole al despreciable intruso continuar con su irrespetuosa búsqueda.

La acción es secundada por el rostro desencajado de Kingsley alzando su voz por encima del techo para reclamar.

—Es suficiente Potter. Retírese.

Su cuerpo, de pie, tiembla como el de una bestia a punto de atacar, la indignación pesa en su corazón por el afecto desmedido que siente por el chico, no obstante prefiere darle supremacía a su principio más importante, «todas las vidas tienen el mismo valor».

Está familiarizado con las demandas que podría tener el Ministerio si se conoce de las irracionales tácticas empleadas por Potter bajo su vigilancia, eso sin mencionar las exorbitantes sumas de dinero que ha debido desembolsar para la curación de Malfoy importando productos desde lugares recónditos y de especies en casi al borde de la extinción para una sanación efectiva.

Su lugar en el Ministerio está en peligro y sin importar los esfuerzos titánicos para mantener en reserva la condición de Draco, es la comidilla de Skeeter en los diarios.

Un largo suspiro es escupido a través de sus labios, se deja caer sobre la silla y descuelga los hombros al ver salir a Potter de la habitación con la rabieta de un adolescente reprendido. Recupera el aliento en varias respiraciones, y sus ojos se posan en Malfoy en evidente gesto de disculpa.

—¿Es cierto lo que dice?, Malfoy, le pido que no mienta porque de todas formas usaremos veritaserum y será peor para usted si nos enteramos de los contrario.

Malfoy parpadea aturdido recuperando su mente, asiente sin mucho ánimo, desearía recordar más de lo que puede.

—Puede comprobarlo si gusta —expresa con desdén —, no puedo hacer mucho desde mi posición y ustedes al parecer se aprovecharan de eso.

—No nos juzgue de esa manera por favor, lo que le sucedió no es habitual. Nosotros tuvimos dificultades en el proceso de detención —acota, esperando que sus palabras sean suficientes para apaciguar a Malfoy.

—Acaso ¿me rehusé a ser detenido? —pregunta, incrédulo de su propio comportamiento.

—No fue así —responde el Ministro, observando el pulido suelo blanco —, por eso también le ofrezco disculpas. Fue un error de procedimiento.

—¿Qué va a pasar conmigo? —indaga, sin ocultar los decibeles de angustia que impregnan sus palabras. Tanto tiempo manteniéndose al margen de los problemas no era suficiente para borrar las dudas de su pasado.

—Por ahora necesitamos cotejar su memoria, será sometido a algunos interrogatorios bajo la influencia del suero de la verdad y algunas requisas en su hogar nos llevaran a la conclusión del caso —explica con la habitualidad de un hombre adaptado a su trabajo.

Draco mueve su cabeza en manifestación de discernimiento, su estadía en el hospital no será corta, ni agradable. Comparado con la muerte no se hace una idea sobre que es mejor: descansar para siempre dando su piel a los gusanos o ser la perfecta carnada de Potter para sus más sádicos entretenimientos.

—Malfoy —interrumpe Kingsley al ver la mirada pérdida del rubio en el techo —tengo una pregunta para usted ¿Qué es lo último que recuerda haber hecho?

Draco, contempla por instantes los apliques elaborados de la túnica del Ministro, y considera que a ese punto cualquier detalle brindado será su salvación o su condena. No tiene mucho que perder al evaluar su vida solitaria, aunque jamás revelaría sus fantasías eróticas y sus sueños obsesionantes con Hermione. Humedece sus labios, sin despegar los ojos del techo y con rostro inescrutable habla con la verdad.

—Estaba en la oficina de mi casa —empieza frunciendo el ceño—, revisando algunas facturas de Nimbus Racing Broom Company, una lechuza tocó a mi ventana para traer el correo y entre ello venía la invitación al matrimonio de Granger y Weasley—su voz logra quebrarse en la última frase lo cual no pasa desapercibido para el Ministro—, después sólo vienen a mi ráfagas de imágenes sin conexión entre ellas.

—También recibí la invitación —concuerda el moreno—, pero eso fue hace un poco más de una semana.

La declaración desconcentra a Malfoy de las betas del techo y ajusta sus ojos en las cejas unidas del hombre. Se ha perdido varios días de su vida y las piezas que aparecen desdibujadas en su mente no completan una décima parte, ni dan lógica alguna a ese insondable vacío de tiempo.

—¿Recuerda algo más de la señorita Granger, después de recibir el correo? —pregunta el hombre, rascándose la barbilla, sin observar a Malfoy.

—No —miente sin culpa, no puede asegurar que las imágenes sean recuerdos o vívidas fantasías—, ¿por qué?

—La mujer que presuntamente usted manipuló —empieza Kingsley, observando con interés al joven—, es ella, Hermione Granger.

Las palabras descolgadas en el aire bajan la temperatura del recinto, Malfoy trata de revolverse en su cama pretendiendo sentarse, ponerse de pie, levitar, lo que sea permita a la sangre seguir su cauce pues se ha detenido de golpe en el corazón. La boca palpable como un desierto sin un oasis de agua, se abre con el propósito de saber a qué límites ha llegado su severa obsesión con Hermione, y el horror de haberla lastimado rasga su pecho desde adentro.

El bacanal de emociones visibles de forma transparente en las facciones del joven, son percibidas con claridad por Kingsley quien acomoda las fichas del caso en su cabeza, debe seguir los protocolos al pie de la letra y llegar al fondo de ese pozo confuso, oscuro y maloliente en que se ha convertido ese asunto, sin embargo no se oculta que toda verdad tiene varias versiones cada una tan cierta como la otra, todo depende de quién se encargue de contar la historia.

—¿Le he hecho daño? —pregunta, cuando al fin las palabras se abren camino en la aridez de su boca.

El Ministro dirige una mirada de soslayo a la sanadora, que aguarda en silencio junto a la puerta. Él no tiene la respuesta, y se culpa por ello, se han enfocado a tal nivel en el victimario que se ha olvidado de verificar el bienestar de la víctima.

—Aparentemente no —responde, de forma inmediata al no perderse un instante de la conversación y sin un atisbo de remordimiento ante la evocación de horas atrás, tener atada a Hermione a la camilla mientras la examinaba sin su consentimiento —, la revisión médica no muestra ninguna lesión de consideración, sin embargo hacen falta otros exámenes. Al parecer lo único que la señorita Granger tiene, es un corazón roto.

Kingsley aclara su garganta llamando la atención de la sanadora para evitar que ésta siga hablando de más. Las últimas palabras rompen un trozo del duro cascarón que envuelve la mente de Malfoy dejando escapar por la fina abertura una imagen que tensa su mandíbula y deja sus nudillos blancos por la presión. La estampa en su cabeza muestra a la comadreja sacudiendo sin clemencia a Hermione al tiempo que le reclama por su romance con él, otra descarga de colores conduce a Hermione en medio de sus brazos mientras las pequeñas manos de ella golpean su pecho sin inflexión.

Todo ha sido de una inequívoca claridad que le es imposible negar la veracidad de un recuerdo. Al contrario de alumbrar su conocimiento y brindarle un tanto de paz a su angustia, la visión lo llena de interrogantes. Abre la boca para despejar sus dudas con Kingsley, extrañamente el hombre porta un hálito de confianza, sin embargo no termina de convencerlo.

Una tormenta de golpes en la puerta termina de decidir por él. Sobresaltada Waas, abre el trozo de madera que en cualquier momento puede ser destrozado por la fuerza en la que se ensañan. Murmullos se cuelan en el aire mezclados con el aroma a vainilla y la sanadora lanza una mirada significativa al Ministro solicitando su presencia.

Su túnica a volandas tras él se mueve con la gracia de un dementor en medio de un maratón, ambos salen del cuarto con prontitud y antes que la puerta se estrelle sonoramente contra el marco, una voz familiar desde el exterior se desliza sutil por la abertura y pega directo en su corazón empapándolo en un líquido sabor a alivio y culpa en partes iguales.


Harry, salé hecho un océano de furia. Indignado, se escurre sobre una silla en el pasillo y recuesta la cabeza, que pesa tres veces más, contra la dura pared que lo recibe en un golpe seco.

Sin darle tregua al tiempo, analiza las lúcidas imágenes arrancadas sin permiso de la memoria de Malfoy. Aunque la verdad tenga un sabor amargo en su saliva tiene que tragarla entera con todo el fastidio que la acción le provoca. Hermione Granger no aparece en ninguno de los laberintos oscuros de su pasado, sin embargo no puede obviar la sensación de pérdida que sintió usurpar sus entrañas, sintiendo el reflejo de lo vivido por Malfoy al recibir la invitación al matrimonio de sus mejores amigos.

Es ilógico ante toda vista. ¿Qué pensamientos nefastos cruzaban la mente de Malfoy en ese preciso instante, para desencadenar ese vacío insondable bajo sus pies? El mismo que Harry había sentido cuando fue rechazado por Cho, entonces, ¿es una de las múltiples caras del amor?

Mentira.

Emprende una caminata errática por el pasillo detallando las perfectas uniones en el piso de ajedrez. No son más que trucos del más hábil jugador moviendo cada una de las piezas a su conveniencia. ¿Qué diablos pretende Malfoy?, evidentemente había sentido la capacidad de Draco para expulsarlo de su mente en ese último recuerdo. Es demasiado claro, el hurón es un excelente actor y ésta era una más que apropiada oportunidad para usar sus dotes como oclumante, el resto de la verdad Harry la obtendría por la fuerza de ser necesario.

Mareado por los cuadros monocromáticos, levanta la vista acomodando sus gafas que se deslizan sin tregua por la nariz. No sabe si es la caminata, la ansiedad por la larga espera o el agotamiento de las horas en vela lo que genera la sequedad en su boca. Se dirige a los servicios, mirando a lo lejos buscando respuestas entre las puertas infinitas del sendero.

Camino a la recepción visualiza de reojo una hermosa bruja de facciones orientales que lo observa con coquetería, al tiempo que sus largas uñas rojas crepitan ruidosamente sobre el escritorio impaciente por el acoso de dos personas en el máximo estado de angustia.

No bien ha dado un par de pasos cerca del cubículo sin sacar a la mujer de su mente y es asido de la nuca por un agarre que no ha experimentado en años. Retrocede por la fuerza de un brazo que lo sostiene y una voz siseando a contra su oído repta por su espalda crispándole los músculos.

—¿Qué tenemos aquí?, que maravilla, el mocoso que vivió.

Harry, rota su cabeza un tercio para visualizar a un Lucius derrotado por la decrepitud sin perder sus maneras aristocráticas y la ira desvencijada entre sus ojos.

—Por fin mi señor me dará el mérito que me merezco —dirigiendo sus orbes pálidas a otro rostro, continúa—. Lo he atrapado Narcisa, nuestra familia se llenara de gloria.

La recepcionista se ha levantado de su silla solicitando silencio y paz en ese lugar de sanidad. Lucius parece no escucharla con la cara retorcida en placer y los ojos destilando locura.

—Basta ya Lucius —serena, la voz arrulladora de Narcisa.

Con el simple toque de sus blancas manos sobre el rostro del hombre lo desarma con efecto casi inmediato, éste parpadea unas cuantas veces y suelta a Harry distrayéndose con una silla de ruedas flotante abandonada en medio del pasillo.

—Gracias —tercia Harry, acomodando la solapa de su túnica.

Narcisa lo detalla imperturbable, asiente con la cabeza infundida en la elegancia de una reina. Toma en su mano izquierda lo que parece ser un diario y con una ráfaga de viento su mano derecha corta el aire para estamparse directo y sin tregua en la mejilla de Harry.

El hospital parece quedar en silencio por lo que podría ser una eternidad resonando entre las paredes y pasillos el ruido seco del golpe, que palpita en una marca rojiza en el rostro de Harry.

La recepcionista sale espantada en búsqueda de alguien con mayor autoridad que ella para ayudarla a zanjar la situación.

—Vergüenza deberías sentir —espeta Narcissa, sin conmoverse ante las lágrimas incipientes del chico observándola con desdén.

En un par de movimientos, la rubia desenvuelve el periódico. El titular del profeta con una imagen de Harry en letras desmedidamente enormes reza, Aurores: ¿protectores o asesinos? No le hace falta leer la editorial para comprender que su autora es Skeeter y está seguro que nada amable dirá sobre él.

Con la mano cubriendo la vergüenza de la sangre agolpada en la zona mancillada, intenta farfullar alguna explicación.

—¿Cómo osas atacar a mi familia después de lo que hice por ti? —reclama Narcisa, con voz trémula agitando el diario en el aire—, y yo que te salve la vida para que ahora hagas tu antojo con mi pobre hijo. Ten la decencia de entregarme su cuerpo, si es que acaso dejaste algo para sepultar.

La mujer derrotada, rompe en llanto mordiéndose la lengua. Desea atragantarse con el propio veneno de la ira que le produce la ironía de su vida, salvar el hijo de otra para que éste en un momento vil y cobarde asesine a su propia descendencia.

Las lágrimas trazan un camino oscuro bajo sus ojos que reparan el aislamiento de Lucius en su mundo paralelo, entretenido con los destellos arrojados por las bolas de luz en el techo. Por lo menos él es ajeno al sufrimiento.

—Malfoy no está muerto —explica de forma sencilla y atemorizada, Harry.

Narcisa sin lograr contener los sollozos, abre sus ojos esperanzada encarando a Harry tan desarmada como él nunca la ha visto.

—No intentes jugar conmigo niño —balbucea, sorbiendo por la nariz.

Potter encogido sobre sí mismo, presa del temor que siempre le han infundido las mujeres con poder. Piensa en la ira desenfrenada de Hermione y no puede evitar compararla con la señora Malfoy en esos instantes.

—No es un juego. Él está vivo, y está aquí.

El rostro se contrae en alivio y el dolor de la pérdida expira flotando en medio de un suspiro de sosiego en los rojos labios de la mujer. Recomponiendo su postura, Narcisa limpia con el dorso de su mano la marca de su llanto y adecentando un poco su cabello, ordena.

—Bien, entonces vamos a verlo.


N/A: Hello darlings.

Aquí llega otra entrega de la invitación. Recibí varios de sus mensajes pidiendo clemencia por Malfoy y creo que he sido menos cruel en este capítulo (eso espero). Si no haganmelo saber y entonces, no sé, me pondré a dibujar unicornios o algo similar para enternecer mi alma.

Espero que hayan tenido una semana maravillosa, la mía estuvo llena de altibajos, pero el amor al Dramione lo puede todo. Bendito seas Dramione.

Bienvenidas sean las nuevas personas que empiezan a interesarse por esta historia.

Y gracias a todas las que leen, esperan las actualizaciones y siguen este proyecto con la misma alegría con la que yo lo escribo.

Un beso gigante a todas las que han dejado sus reviews, me alegran 100% el día, la semana, la vida cada vez que las leo.

La semana pasada fueron ivicab93, espiroket, Alice1420, JeAn Tonks BaEs, redeginori, johannna, Nathy Malfoy Granger, Nitaws, Lita Wellington, Norely (Gracias por esas maravillosas palabras), artemisvan89, Gisell Morn y Doristarazona

No siendo más me despido deseándoles un exitoso fin de semana.

Deja tu review si quieres tener atado a Draco a tu cama ;p

Un abrazo

Sta Granger