Padres


El periódico reposa desplegado en toda su extensión contrastando con la negrura del escritorio sobre el que se encuentra. Una foto antigua de Harry junto al Ministro en una rueda de prensa que nada tiene que ver con la noticia, resalta en la primera plana junto al reporte que alarmó días atrás a Narcissa.

La mujer, de pie es la viva estampa del desprecio: su nariz respingada apunta hasta el techo, llevándose una mano a cubrirse las fosas por el invisible polvillo escabulléndose entre su olfato. Una mueca torcida remarca sus labios rojos, mientras sus ojos se pasean por el consultorio sin mucha curiosidad.

Las paredes blancas se adornan con algunos letreros alusivos al cuidado de lesiones mágicas, circundadas por un par de gavetas con lo que la mujer infiere son registros médicos de los pacientes. Desliza sus ojos azules en muda expresión hasta el centro de la estancia donde se ubica el pesado escritorio, en cuyo extremo se encuentra una magnánima silla excesivamente acolchonada y en el borde contrario tres escuetos taburetes en madera, donde seguramente se sientan los infortunados familiares, a escuchar sin entender, los enrevesados diagnósticos médicos.

Una puerta se abre tras el escritorio, dando paso al Ministro quien intenta disimular tranquilidad bajo su respiración agitada y el ceño fruncido.

Narcisa se aferra al brazo de su esposo, quien con una mano en el aire, señala con los dedos extendidos las partículas de polvo levitando en la atmósfera. En esos momentos envidia la facilidad de su marido para apartarse de las situaciones dolorosas, aunque sus episodios de lucidez momentánea la abochornan más que las fugas de su pensamiento.

—Siéntese por favor —solicita el Ministro, escogiendo la poltrona mullida y señalando los incómodos taburetes.

Narcisa examina la silla con desconfianza. ¿Cuántas personas han pasado por ahí y de qué clase? Ahogando el asco, sus manos toman con pulcritud un pañuelo del bolsillo de su gabán y limpia la superficie de cada taburete para sentar a su marido y luego acomodarse ella, con la fineza característica.

—Vengo a ver a mi hijo —explica, guardando el pañuelo en un finisimo bolso, sin interés de explayarse en la conversación.

—La comprendo señora Malfoy —concede, entrelazando sus oscuros dedos sobre el escritorio ocultando intencionalmente la edición del Profeta bajo su túnica—, sin embargo su hijo está detenido bajo supervisión del Ministerio.

—Mi hijo ¿está detenido en un hospital? —indaga con superioridad, inalterable—, me parece que los hospitales son para los pacientes, en ese orden de ideas, mi hijo es un paciente y tengo todo el derecho de visitarlo.

—Señora Malfoy —debate, revolviéndose en la silla y acomodando el cuello de su túnica que parece angostarse contra su garganta—. Draco está bajo investigación criminal, necesitamos recolectar evidencias, comparar pruebas y realizar varios trámites que tardarán algún tiempo para poderlo desestimar como una potencial amenaza. Además en estos momentos se está recuperando de algunas lesiones y no veo apropiado una visita de su parte.

—¿Apropiado? —espeta la mujer con los dientes peligrosamente ceñidos—, entonces dígame señor Ministro, el ataque de su Auror ¿le pareció apropiado?. O el no avisarnos cuando fue herido de gravedad, como usted mismo plantea, ¿es apropiado?—la voz se eleva a cada interpelación, reduciendo el tamaño de Kingsley quien desea fusionarse con la silla ante la ferocidad de Narcissa.

La rubia, se levanta de su lugar, caminando a través de la estancia detallando el rojo de sus uñas sin perder el hilo de la conversación. No se ha sometido a viajar varias horas desde Rusia, soportando los vacíos mentales de su marido y los peligros de una escisión para irse con un par de pobres excusas y una epidemia contagiosa de aquel insalubre lugar. Eleva la comisura de los labios pensando en algo verdaderamente atemorizante para el Ministro de Magia.

— Lo que me parece apropiado, es convocar una rueda de prensa con ¿Cómo se llama?, ah sí, Rita Skeeter y tal vez contarle acerca del trato desigual que están brindándole a mi familia, porque ¿sabe?, consulté a mi abogado para conocer el procedimiento en el caso y todo ha estado equivocadamente mal —girándose y apuntando con su afilada uña roja al Ministro, se inclina sobre la mesa, intimidante—, desde el principio ustedes tenían la labor de convocarme antes que la prensa divagara sobre la situación de mi hijo. Ni siquiera se tomaron la molestia de avisarme que seguía con vida.

Narcissa, deja caer su peso sobre las manos en el escritorio sin retirar sus ojos, de un profundo azul, del rostro de Kingsley. La tensión transita en el ambiente apoderándose del aire que parece escasear en el despacho.

El Ministro pasa saliva, observando a Lucius con la mirada perdida entre los avisos de las paredes, el gesto dubitativo se amolda en su rostro al tiempo que medita sobre su mejor opción. La familia Malfoy ha perdido algo de su prestigio en los últimos años, sin embargo aún cuentan con el suficiente caudal económico y el reconocimiento de su apellido para llamar la atención de los medios e incluso del Wizengamot si se lo propone.

—Señora Malfoy —empieza, depositando sus manos abiertas sobre la mesa—, tiene usted razón, me disculpo por nuestra penosa equivocación.

La mujer baja la guardia. Irguiendo su postura, da un paso hacia atrás elevando su rostro con aire superior.

— Vera, todo sucedió de una manera tan rápida que no teníamos clara la condición final de su hijo, tuvimos que hacer grandes esfuerzos, tomar un par de exámenes y ahora él está fuera de peligro.

Kinsgley detalla el alivio ceñirse al rostro de la mujer y una débil sonrisa formarse entre sus labios.

—Entonces, lléveme a verlo —ordena, Narcissa.

—Sí, llévenos a ver a nuestro Draco —interrumpe Lucius, quien hasta el momento había permanecido estático en su lugar—, hace horas que nació y yo no he podido verlo. Dígame doctor, ¿se parece a mí?

El Ministro abre los ojos confuso, boqueando un par de veces trastocado con la insólita petición. Posa sus orbes negras en el rostro demacrado del hombre quién en otra época intimidaba con su sóla presencia, pero que ahora evidentemente envejecido tiene un hálito desorientado.

—Sí, Lucius —calma Narcissa, posando sus pálidas manos sobre los hombros de su esposo derramando un aire de paz en el hombre—, nuestro hijo es idéntico a ti.

—Que bueno —sonríe, enseñando una pronunciadas arrugas alrededor de su boca—apuesto como su padre e inteligente como su madre.

Lucius se distrae recorriendo con sus manos las misteriosas figuras de su bastón. Lo que da el tiempo suficiente a Kingsley para pensar mejor las cartas que está jugando, necesita obtener los recuerdos de Hermione y explorar la mansión Malfoy antes que la mujer logré tener contacto con su hijo. Teme que ella manipule alguna evidencia importante y toda su investigación se vaya a pique.

—Señora Malfoy —recupera la atención de la mujer, atrayendo las manos a su cuerpo y entrelazando los dedos—, su hijo está bajo una delicada investigación. Es mejor que se siente—solicita, sin ser atendido por Narcissa—. Él tiene una acusación por introducirse en el Ministerio, aprovechar la soledad de las oficinas y hechizar a la señorita Hermione Granger con el fin de manipularla para ciertos planes.

Narcissa clava los dedos a los hombros de su marido, para no dejarse arrastrar por un vórtice que parece abrirse bajo sus pies. Sus ojos se abren forzados por el pánico y el desagrado a partes iguales, luciendo tristemente desorientada.

—Eso no puede ser cierto —refuta, con un aliento ahogado—, mi hijo nunca se acercaría a esa…Nacida de muggles.

—Lamento informarle que sí, es cierto. Cuando atrapamos a Draco, él estaba en compañía de la señorita Granger, muy cerca del apartamento en el que ella reside.

Narcissa, trastabilla hasta su asiento aferrando sus manos en las débiles rodillas que no logran soportar el peso de sus miedos. Su tez habitualmente blanca palidece al extremo de lucir transparente, destacando un par de venas azules en su sien cubiertas por una gotas de sudor. Deja perder sus ojos en el piso ajedrezado, y exhala un suspiro de resignación.

—Señora Malfoy, usted podrá visitar a su hijo hasta mañana en la tarde —menciona el Ministro—¿está bien?

Narcisa no lo escucha. Sorda por la afirmación que se repite una y otra vez en su cabeza: el amor es como un río silencioso que se abre paso entre las sombras y a través de los más gruesos muros.


El cielo azul se despierta, iluminando una gruesa capa de nieve, que no ha sido despejada en varios días, en los jardines de la mansión Malfoy.

En menos de un segundo, el terreno se cubre por doce Aurores quienes aparecen en espacios contiguos, seguidos por el Ministro en persona.

—Buenos días Aurores —saluda Kinsgley envuelto en un grueso abrigo de pieles siendo rodeado por su personal—. En los días anteriores hemos logrado habilitar la mansión para su ingreso. Necesitamos de sus cinco sentidos para revisar este lugar de arriba abajo, cualquier pista, cualquier objeto por insignificante que les parezca debe ser revisado. Necesito obtener respuestas concisas lo más pronto posible.

El variado grupo asiente, exhalando un vapor helado a través de los labios congelados por el frio de la mañana. No está nevando, pero la baja temperatura quiebra la piel ante el contacto del crudo viento golpeando los rostros descubiertos.

—Vamos a formar grupos de trabajo —interrumpe Harry—, Creevey tú vas con Boot. Corner…

—Potter, no —demanda el Ministro, en evidente molestia—usted queda fuera de este caso.

Harry intercala la mirada entre Kingsley y el asombrado grupo de Aurores quienes empiezan a murmurar entre sí.

—No me puede hacer esto —implora Harry, arrastrando al Ministro lejos de los oídos indiscretos de sus compañeros—, necesito resolver éste caso.

La mirada severa del hombre, atraviesa punzante el rostro del joven preso de incredulidad. Ha sido un error mantener a Potter en el caso y su equivocada reacción en el hospital es un indicio más que refuerza su decisión.

—Lo que no puedo hacer, es permitir que mis Aurores se aprovechen de su autoridad —habla con tono severo—. Diríjase a la oficina y entregue los recuerdos del día de ayer al Auror Roger.

Dándose la espalda no permite ceder ante la mirada suplicante de Harry quien contiene apenas la rabia acrecentándose en su pecho. No tiene otra opción distinta a obedecer y desaparece en medio de un gruñido.

Las puertas de la mansión se abren emitiendo un lastimero sonido, como una prueba irrefutable de su desuso. La soledad es prácticamente material en el ambiente, y aunque los salones se mantienen impecables a la vista, las cortinas cerradas de manera críptica y la inmensidad carente de vida, tensiona el ambiente de forma electrizante.

Uno a uno los aurores se despliegan en el interior dividiendo entre sí, las zonas a revisar. Con sumo cuidado inspeccionan desde los objetos más inocentes hasta las extrañas sustancias y figuras encerradas en frascos de cristal.

La grandeza del lugar y sus recónditos lugares, hacen que la tarea se extienda hasta los límites del medio día. Rayos de sol se cuelan batallando con las gruesas cortinas que insisten en privar de luz la magnificencia de la residencia.

Kingsley pasea escaleras arriba y abajo, detallando que su equipo no se salte ningún paso ni deje rincón sin examinar. Un presentimiento palpita en su corazón, frunce los labios al no desear degustar ese sabor agrio en la punta de la lengua, no detecta un rastro de magia en el silencioso lugar. A pesar de las extrañas y sombrías colecciones de artefactos oscuros, todas llevan años, siglos quizás en EL olvido.

Masajea el entrecejo y descansa su cuerpo sobre uno de los escalones. Las únicas pistas reposan en la memoria de Hermione y ruega a Merlin que estas no hayan sido modificadas por Malfoy o serán invalidadas por cualquier juicio. En este punto de su carrera se siente tremendamente estúpido, lleva años de experiencia para darse cuenta cuando algo grave está sucediendo y aquí no está sucediendo nada diferente a lo que ellos mismos están provocando.

—Kingsley —llama una voz desde el piso superior.

Resortado por la posibilidad de un milagro, salta escaleras arriba buscando el lugar de donde proviene el llamado. Una habitación con una elegante cama colosal, es su destino.

—Ministro, he encontrado esto —dice confundido el Auror Creevey.

El hombre se acerca detallando uno de sus aurores más jóvenes, lo recuerda desde que estudiaba en Hogwarts al ser parte de la Orden del Fenix y un sentimiento paternal lo inunda al recordar la muerte del hermano menor del chico.

—¿Qué traes ahí? —cuestiona observando bulto de papeles entre las manos del joven.

—Son folletos y revistas de atracciones muggles —simplifica Dennis, entregando su descubrimiento sin disimular su aturdimiento—, las encontré en la mesa de noche.

El rostro severo de Kignsley examina los documentos palpando la amargura en su lengua.

—Son míos —confiesa Dennis, enrojeciendo su pálido rostro.

—¿De qué estás hablando muchacho? —indaga, sintiendo flaquear las piernas.

—Hace días, Daphne Greengrass me solicitó esta información —explica, pasando saliva y continua al ver la expectativa dibujada en su superior—. Nos comunicamos a través de la red flu y ella me preguntó por las actividades que hacían los muggles en su tiempo libre. Yo, tenía estos catálogos en mi casa y se los entregue, no entiendo qué hacen mis cosas aquí—niega de manera vehemente, mientras estira su mano apretada a otro objeto—. También encontré esto.

Sus dedos se entrecierran alrededor de un libro de colores vívidos, el hombre rapa el texto y lo observa concentrado exhalando un suspiro de frustración cuando sus ojos se conectan con el título: Hábitos Muggles. Despliega sus páginas que parecen deshojarse ante la rudeza de sus dedos y el interior está marcado con el apellido Greengrass.

Las piernas no soportan el peso del engaño y retrocede hasta dar con la cama que lo recibe en un amortiguado golpe. Sentado, sus párpados se cierran ante la verdad que se refleja en ese ostentoso espacio.

—Necesito que traigas a la señorita Greengrass —susurra, derrotado.

—Ella está en una expedición, señor —responde, Dennis encogiéndose de hombros.

—Pues tráela, búscala bajo las piedras si es necesario, pero la necesito en la brevedad del tiempo. Ella puede ser la pieza final que me ayude a encajar este desastre.

—Si señor —responde el joven, desapareciendo del lugar.

Midiendo el impacto del daño, Kigsley recuerda las palabras de Narcissa y el piso parece venirse abajo con sus amenazas. Si todo es como sus neuronas se lo indican, Malfoy no ha causado ningún daño y ha encerrado a las personas equivocadas. La cama parece girar con él encima, jamás ha estado más equivocado en sus años de carrera y un sudor frío baña su rostro. No puede suprimir sus equivocadas decisiones, sin embargo aún puede atrapar a los culpables.

Toma todo el aire que es capaz de soportar en sus pulmones y el mundo parece retomar su acostumbrada rotación. En cuanto se recupere, necesita aparecerse en su despacho, enviar una alerta de búsqueda y detener a Weasley do quiera que se encuentre.


Un doloroso peso en la espalda contrae sus hombros hacia el frente. Hermione encogida sobre la cama abraza sus piernas, buscando resguardarse del hastío que se convierte su vida día a día en esas paredes. No tiene otro punto para fijar su mirada más allá del piso que la sostiene y que parece ser lo único cierto que tiene en la vida.

La tristeza es una mierda, percibe ese puto vacío insaciable en el estómago ascendiendo por las venas hasta el pecho devorando toda emoción de felicidad y de vida. Desliza sus dedos estrujando la bata, no encuentra con que más desquitarse de tantas mentiras sino con la asquerosa muestra de su insanidad, la sangre se agolpa en los nudillos pero no hace el mínimo daño en el traje.

Tan sólo minutos han transcurrido desde la partida de la insensible sanadora, que sin mayor compasión le dice que lo más importante que ha pasado en su vida está borrado de la memoria de Draco. Debe ser una mentira, un vil y sádico engaño para quebrarla, para llevarla al límite y derrotarla.

Levanta la cara y abandona su postura desamparada. Arrastra las piernas hasta el borde de la cama para sentarse, levanta su rostro y tensa la espalda. La derrota no es una palabra que encuentre dentro de su vocabulario, toma aire para despejar su cabeza de la nostalgia que parece enrevesarse como nubes negras entre sus pensamientos.

No ha hecho más que autocompadecerse y batallar absurdamente con la sanadora. Le había dado sus recuerdos creyendo vanamente que así el poder era suyo, pero en ese juego, el poder siempre ha sido de otro y ella no es más que un ratón dando vueltas en su rueda sin llegar a ningún destino.

Es el momento de actuar. De saltarse las reglas que con tanto ahínco ha cumplido, y que nada bueno han traído a su vida. Está cansada de hacer lo correcto, por temor a lastimar a los demás a esos a quienes ahora no les importa saberla interna en un hospital, presa de la voluntad de otros.

Un golpe en la puerta la sobresalta y a través de la luz que se cuela por el pasillo destaca una cabellera roja, irrumpiendo en su habitación.

Sus músculos se contraen rebosantes de fuego, y los dientes crujen de impotencia. Weasley, plantado en su habitación carga un ramo de rosas en sus manos y su rostro se relaja en una sonrisa, como si la amargura de esos días no hubiera hecho mella en su comportamiento.

—Hola Hermi —saluda con natural desenfado, ajustando apenas la puerta tras de si.

No responde, su garganta contraída por la ira no permite pronunciar palabra. Sus músculos son los primeros en reaccionar, impulsándola desde la cama con pasos violentos hasta llegar frente a Ronald, toma el ramo de rosas entre sus manos y lo arrebata para estrellarlo una y otra vez contra el asombrado rostro de Weasley. Los pétalos vuelan por doquier cayendo sobre la trenza de Hermione, y algunas espinas aferradas al tallo se clavan en los dedos de la castaña y producen superficiales rasguños en el rostro del pelirrojo.

No es suficiente para descargar su ira y lo toma por la túnica sacudiéndolo levemente, la fuerza de su agarre no basta para mitigar la incómoda molestia que arde desde el centro de sus pulmones y quema cada bocanada de aire que atraviesa su interior.

Sin quererlo las lágrimas inundan los rebordes de sus ojos. No sabe si es el desfogue de su ira o es consecuencia de la tristeza originada porque la persona por la cual una vez sintió amor, no tenga la capacidad de darle libertad.

Frustrada se aferra a la túnica y levanta su rostro para buscar los ojos de Ronald explorando en ellos alguna explicación lógica a su equivocado accionar.

Un destello de nostalgia brilla en las pupilas verdes contrastando con la impavidez de su gesto. Estático, constriñe la mandíbula y algunas líneas de sangre se abren camino en las mejillas del joven.

—¿Por qué haces esto? —pregunta Hermione con voz ahogada, estrujando la tela entre sus dedos lastimados—no entiendes que me lastimas únicamente a mí. No tienes idea de lo horrible que es este lugar, no puedo dormir porque los gritos de la gente me despiertan en medio de la noche y cuando estoy despierta no puedo vivir porque me obligan a hacer cosas que no quiero. Lo estás haciendo mal.

—Quién hizo todo mal, fuiste tú —acusa, frunciendo el ceño y hablando entre dientes—lo teníamos todo listo, estábamos a poco de nuestra boda. Pero tú decidiste lanzarte como una ramera directo a Malfoy.

Un sollozo se escapa por su garganta, no puede debatirlo porque tiene razón. Lo traicionó de todas las maneras posibles y aunque la culpa se revuelve dolorosamente en su estómago, no piensa darle tregua, su decisión está más que tomada y no le interesa dar el brazo a torcer.

Sin quitar su mirada de los ojos que la observan con rabia, mantiene sus dedos apretados alrededor de la túnica. Forjando un plan en mente, sin saberlo, Ronald es su mejor aliado.

—Yo, no tengo excusa para lo que hice —susurra ella, sintiendo relajar el pecho de Ron bajo su tacto—, nunca debí traicionarte, no fue la manera adecuada y te pido perdón por eso.

—Entonces podemos reorganizar todo —concluye Ronald, abrazando a Hermione—la gente no tiene que saber acerca de…tu desliz, y yo seguiré ayudándote para que la fecha de la boda no tenga que modificarse.

Bajo sus brazos, Ronald siente la menuda figura tensarse contrariada por sus palabras.

—Eso no va a pasar —resuelve ella, y sus palabras son amortiguadas por el abrazo—Ronald, cometí un error pero lo nuestro no tiene sentido, te lo dije ese día en mi oficina y ahora estoy más segura de ello.

Ronald la libera poco a poco y ella sin perder la conexión de sus ojos retira sus manos hasta la espalda cerrándolas alrededor de la abertura en su bata.

—Siempre es fácil dejarme de lado, ¿por qué no lo haces esta vez? —solicita, como si las palabras se le atragantaran.

Ve al pelirrojo acercarse y un cúmulo de saliva baja por su garganta nerviosa por verse descubierta, la toma de los fríos brazos y ella se resiste a liberar sus manos. No la presiona y ella lo agradece cerrando los ojos e inspirando tranquilidad.

—Nunca te voy a dejar de lado —sentencia y la cadencia de su voz se vuelve fría y levemente peligrosa—eres mía Hermione.

La túnica color celeste ondula a su espalda y la puerta se abre en totalidad para cerrarla de un portazo tras de sí. Percibe la sangre transitar a borbotones con prisa hacia su cabeza, llenándola de una presión de aire caliente que se convierte en migraña. Si llega a sucederle algo, por lo menos se encuentra en un hospital y la atención no tardaría en llegar.

Los pasillos parecen interminables ante el panorama del suelo ajedrezado y mientras sus piernas de dirigen a la oficina de la sanadora, logra escuchar a través de las puertas los lamentos, sollozos y gritos de sus habitantes.

No quiere tener a Hermione por más tiempo en ese lugar que parece obstinarla cada vez con mayor intensidad a Malfoy.

Visualiza el despacho y olvidando los buenos modales, desliza la puerta y se introduce, alertando a Waas quien revisa algunos documentos de su archivador.

Carente de expresión la mujer lo evalúa esperando una nueva petición por su parte.

—Tiene que arreglar esto —escupe, Ronald con los ojos llenos de pánico—ella sólo está empeorando en éste lugar. Nada de lo que sucede aquí la está ayudando.

Wass entrecierra los ojos evaluando las palabras entre líneas, se acerca con parsimonia hasta su escritorio y se deja caer en su silla, suspirando aburrida.

—Señor Weasley, lo ayude a visitarla porque es su prometida, no entiendo ¿qué espera de nosotros? —indaga, clavando sus ojos en los documentos sobre su mesa—, la señorita Granger no ha sido muy colaboradora en este proceso y hasta hoy logramos tener acceso a sus recuerdos.

Levanta la vista enfocando al joven frotándose el puente de la nariz, parece pulir las ideas al interior del cráneo para no dar un tropiezo más en el inmenso camino de mentiras que se ha abierto.

—Bien —celebra, visiblemente alegre—, ya tiene sus recuerdos no necesita nada más de su memoria, ¿qué debo hacer para que desaparezca ese pasado y la deje como estaba antes?

Las cejas de Wass se juntan y el rostro se contamina de física molestia.

—¿Usted cree que esto es un juego, señor Weasley? —chilla, estrellando su palma sobre los papeles de trabajo—, este asunto es delicado y la única persona con el derecho a hacerme semejante petición es la señorita Granger.

La migraña aumenta con el roce de sus palabras y el miedo de su equivocación, tiembla desde el fondo de sus huesos hasta la superioridad de su piel. El sendero que ha creado cada vez lo acerca a un pasadizo del cual no encuentra salida.

—Usted no puede simplemente decidir por la vida de otras personas señor Weasley —reprende con dureza—, cada quien busca su destino y usted debe saber apartarse cuando le corresponde.

Tres golpes bajos en la puerta la distraen de su discurso, con prontitud se levanta en espera del Ministro para entregarle las respectivas pruebas de Granger.

Al deslizar la puerta se encuentra con una mujer menuda, aferrada al brazo de un hombre que parece ser su esposo, los examina de arriba abajo analizando su ropa muggle y su gesto ligeramente asustado.

—Sanadora Wass —dice Ginny, adelantándose a la pareja—le presento a los padres de Hermione Granger.


Holiiii…

Primero quiero agradecer sus bellos reviews espiroket, Natdrac, johannna, Alice1420, LidiaaIsabel, Nitaws, Yuu, val tsubaki, artemisvan89, Lita Wellington, Nathy Malfoy Granger, Norely, y JeAn Tonks BaEs.

Amo cada palabra que me dedican, las leo con una sonrisa pintada en la cara y agradezco infinidad el tiempo a todas las personas que se toman para leer la historia.

Y también agradecer a la talentosa lightfeatherxa que me regalo una maravillosa portada para esta historia.

Sé que me demore un poquitín más en escribir este capítulo, tengo varias excusas a mi favor: primero estuve tratando de dibujar los ansiados unicornios que varias de ustedes me pidieron pero la imagen se parecía más a un dementor que a otra cosa entonces me decidí por escribir dos One Shot ambientados en San Valentín para despejarme un poquito, uno es bastante tierno se llama Cuatro Palabras y es pura miel; el otro es un poquitín más crudo y a las que les gusta el lemon sé que será de su agrado se llama La Tormenta Perfecta este último estoy pensando en continuarlo, pero no sé, lo dejo en sus manos, si se pasan por ahí, avísenme que opinan.

Volviendo a La Invitación se me va acabando el drama, yeiiii, como ven la verdad va saliendo a flote y pronto tendremos a nuestros amados juntos otra vez. Con la presencia de los suegros y todo, se creció la familia.

¿Qué opinan? ¿Cómo quieren que castigue a la comadreja?

Espero me dejen un genial review para saberlo.

Un abrazote por su inmensa paciencia.

Sta Granger