Gracias por seguir aquí.


De Dragones y Nutrias


El aire sale libre por entre los labios de Hermione, emitiendo un silbido audible, ha esperado un par de segundos tras la partida de Ronald junto a la puerta, sin moverse un sólo milímetro por temor a que con ello su buena suerte se quiebre.

Verificando que ningún sonido se percibe desde el exterior, libera los músculos de sus brazos agarrotados por la angustia y lleva hacia al frente las manos que fielmente ha mantenido ocultas por el objeto que contienen. Después de varios días, la felicidad vuelve a sus ojos envuelta en un hálito de triunfo al detallar entre sus dedos la varita que hábilmente le sustrajo a Ronald.

Camina descalza en una vía de ida y vuelta muy cerca a la puerta, meditando en el mejor hechizo de entre todos los que ahora inundan su razón. Con una varita puede hacer prácticamente lo que se le ocurra, pero también su elección la puede llevar a cometer algo tan imprudentemente estúpido que todo su esfuerzo no habría servido de nada.

Se inclina por elegir el alohomora, apunta la hoja de madera que la separa del resto de la comunidad, pero no se decide a mencionarlo, no tiene idea de dónde está Draco y sería demasiado sospechoso deambular sin rumbo con su apariencia de enferma, aun, si pudiera transformar su bata, no pasaría inadvertida, todo el mundo mágico la conoce y con seguridad saben que ella es una paciente.

Frustrada se arroja boca abajo sobre la cama, que detesta ver, no desea dormir otra noche allí, y si ella lo está pasando mal, no puede siquiera imaginar bajo qué condiciones tienen a Malfoy. Su pecho se agita nerviosamente preso de la urgencia de verlo, no quiere llorar aunque el creciente dolor en su garganta le avise que las lágrimas se encuentran próximas.

Gira su cuerpo para tomar aire, enviando su cabeza hacia atrás, detallando el blanco techo, el mismo que con seguridad Draco está observando desde otra habitación, a tan solo metros de ella. Y tal vez sin recordarla, sin entender por qué está allí, confuso, perdido, abandonado. Como ella.

Lentamente se incorpora, impulsada por la única idea que parece satisfacerla de momento. De nada sirve llegar hasta él, cuando su memoria es una bruma confusa de mentiras y vacíos. Debe ayudarlo a recordar.

Y de momento sólo se le ocurre una opción, un encantamiento, el único en el que ella no es buena. Convocar a su Patronus.

Planta sus pies contra el frío suelo, y se levanta erguida. Tomando una gran bocanada de aire espera con ello llevar fe, confianza y seguridad a su alma, porque es su mejor opción.

Cierra los ojos aprisionando dentro de ellos, las imágenes de Draco, necesita un recuerdo feliz y sería una completa mentirosa si se negara que los mejores días de su vida no se los ha regalado Draco, ha sido su luz, su refugio, su cura y ahora su fuerza.

Un sollozo alegre emerge de su boca, al recordar la noche en el parque de diversiones, la alegría de sus tormentosos ojos grises, su pánico mal disimulado en las atracciones mecánicas y su naciente valentía al defenderla. Y un recuerdo de esa misma noche, mucho más fuerte que los otros se destaca: están sentados en la zona de comidas y él, le habla de su familia, de todo lo que ha perdido y que nunca regresará, de sus arrepentimientos y sus inevitables miedos, destrozando su cotidiana apatía frente a ella. Es el primer momento en el cual él, le abre su corazón de una manera tan clara que ella logra ver a través del órgano las profundas e inexploradas cavidades del mismo, enseñándole sin tapujos la eterna devoción de Draco hacia ella, y es el momento justo en el cual, ella también se decidió a amarlo de la misma manera y sin excusas.

Mueve su muñeca dibujando círculos en el aire, y se concentra con la paciencia de una aprendiz en el recuerdo. Una bola de alegre paz va creciendo, tan adentro de sí misma que no logra identificar el lugar de donde proviene, pero la llena, completa todas las piezas rotas que han venido fragmentándose desde su separación con Draco, y la une, incluyendo a su lastimado corazón que ahora parece más grande, más seguro y lo deja sumergirse en el placentero amor que representa él en su vida; no le importa si su plan falla, si no lo logra como tanto lo desea, porque aunque la derrota llegue a ella, lo intentará una y mil veces hasta tener el resultado correcto.

Entonces, siente una fuerza eléctrica atravesar su brazo dueño de la varita, sus labios se separan y con voz convencida menciona el encantamiento. Se permite abrir los ojos, convencida de su éxito, y en ellos se reflejan un par de chispas plateadas emergiendo de la punta que se van uniendo como las piezas de un rompecabezas, pedazo a pedazo, hilvanando una imagen que se sale del convencional tamaño de su nutria.

Entrecierra los ojos, confundida, alarmada. No es su patronus y teme haberlo hecho mal, no tiene ningún aspecto aparte de ser una masa amorfa de tamaño colosal, hasta que dos alas se abren batiéndose sin impacto sobre ella, mostrando en su interior a un hermoso dragón plateado. Su dragón.

La quijada se estampa contra el suelo, sorprendida. Parpadea salpicando sus pestañas de algunas lágrimas emocionadas por la aparición, y recuerda el motivo de la misma. Sacudiendo su cabeza, adormece la sorpresa y alegría de su nuevo protector, después tendrá tiempo de pensar en ello, por ahora requiere su máxima concentración para mantener la figura el tiempo suficiente para que encuentre a Draco y logré darle un mensaje. Su versión de la historia. La verdadera versión.


El señor Granger delata su profunda ira con un destello rojizo refulgiendo en sus ojos marrones, ojos que calcinan a fuego lento al incauto de Weasley quien busca esconderse tras la figura de su hermana sentada junto a él.

Cinco personas ocupan la insípida estancia. La sanadora, rígida en su escritorio percibe la gelidez de un escalofrío descender por su espalda acariciándola con uñas de hielo, debido a la evidente tensión entre los dos hombres ubicados frente a ella, uno en cada extremo de su mesa, divididos por Ginny y la señora Granger.

—Decidí traer a los padres de Hermione —empieza la pelirroja, ignorando la molestia de su hermano—, ya que usted no me permitió verla ni obtener información sobre ella. Imagino que no tendrá dificultad alguna para que ellos hagan uso de su derecho—finaliza batiendo su cabello satisfecha de sí misma.

Un incómodo silencio se sobrepone compitiendo con la tensión. Waas, detalla por encima de sus lentes a la nerviosa pareja de muggles frente a ella. Hermione es una copia de su madre, con algunos gestos hurtados de su padre; puede reconocer el enojo del hombre en la misma nariz arrugada que le ha visto a la chica.

—Por supuesto que les diré todo lo que deseen saber acerca de su hija —concede Waas con tono dulzón—, lo haré en privado, sólo los familiares directos y en este caso su prometido, deben conocer su diagnóstico. Así que por favor retírese.

El cabello rojizo de Ginny parece teñir el resto de su rostro, de manera peligrosa se inclina hacia delante y relame sus labios para que su voz no se seque con la tanda de improperios que gatean en su boca. La mano tibia del señor Granger, se posa sobre su hombro llamando su atención.

—Doctora —llama el hombre, con voz serena—, lo que tenga por decir, puede hacerlo en presencia de esta jovencita, quien al parecer es la única con sentido común en este lugar—reclama, aflojando el nudo de una corbata en su camisa de cuello, y al ver que la medimaga toma impulso para debatir, la acalla en el acto.

»Ha sido la única quien ha ido en nuestra búsqueda, avisandonos de la situación de nuestra hija. No puede ser posible que tras varios días interna en un hospital, nadie haya tenido la decencia de informarnos, ni siquiera ese inútil de allá—levanta la voz, señalando con la cabeza a Ronald—, tuvo la sutileza de llamarnos.

—Pero suegro, no ha sido nada importante —murmura Ron, barriendo el aire con la mano, restándole significancia a la situación.

En un instante el hombre, salta por encima de las dos sorprendidas mujeres y se aferra con saña a la manga de la túnica de Ron, zarandeandolo y murmurando palabras inteligibles con la voz estrangulada por la ira. Ginny salta hacia atrás apartándose del conflicto, sonríe sin culpa, agradecida porque alguien le está dando su merecido a Ronald.

—¡ROBERT! —chilla una voz excesivamente similar a la de Hermione.

El hombre, parece ser víctima de la maldición Petrificus, al congelar su puño en el aire que iba dirigido con la fuerza de un misil directo a la desconcertada mandíbula de Ronald. Lo suelta, con repudio, como si fuera plaga y esparciera su inmundicia en todo lo que toca. Robert no es un hombre violento, al contrario, la paciencia es su mayor virtud, pero cuando se trata de su pequeña Hermione la diplomacia huye amedrentada.

—Lo siento Janice —excusa Robert, dirigiendo una mirada arrepentida a su esposa y dejándose caer en su asiento—, discúlpenme, es sólo que me molesta que este hombrecillo quiera minimizar todo lo que tiene que ver con Hermione. No creas que no me he dado cuenta Ronald—acusa, con una mirada de animal herido—, ella no es feliz contigo y gracias a los cielos se dio cuenta a tiempo, antes de la boda.

Waas interrumpe la discusión palmeando levemente su escritorio y expresando:

—Señores no estamos aquí para discutir sus problemas fami…

—¿A qué se refiere? —intercepta Ronald confuso, alisando su descompuesta túnica celeste.

La risa satisfecha del hombre emerge desde su estómago, mientras su mano extrae del bolsillo delantero en su camisa, un sobre con la vívida letra de Hermione.

—Esto, es una carta que Hermi nos envió antes de ser internada en este hospital, según las fechas que nos dio la señorita Ginny —sonríe, blandiendo el sobre en el aire—, aquí explica que desea reunirse con nosotros porque está decidida a cancelar la boda.

La palidez se adueña de Ronald, se olvida de respirar congelado por el miedo que lo ha seguido días atrás, el mismo miedo que lo ha aconsejado a hacer las peores cosas en nombre de lo que él llama amor, pero no es más que su soberbia camuflada.

—Ella, estaba hechizada —se defiende Ronald con un hilo de voz, viendo la mirada de desaprobación que le lanza Ginny—, no era consciente de lo que escribía.

—De hecho señor Weasley —interrumpe Waas, buscando entre sus cajones—, los resultados médicos de la señorita Granger indican otra cosa.

Una fina capa de transpiración, bordea los límites de la piel del pelirrojo. El escaso aire que lo mantiene consciente atraviesa pesado las cortinas de su pecho, haciéndole sentir mareado, desorientado, perdido. Los rostros evaluándolo a su alrededor se agigantan contra él, como si tuvieran la certeza de su pecado. El techo da vueltas sobre su cabeza, y el sonido de un sobre rasgándose empuja con violencia su corazón. Está asustado, no conoce el contenido de papel que extrae Waas del envoltorio, pero de seguro no son noticias alentadoras para él.

Es entonces cuando una flama de luz ilumina una parte olvidada en su cabeza: en todo el tiempo que Hermione ha estado en el hospital, él, no ha tenido un sencillo segundo para preguntarse por su bienestar, desinteresadamente, sin pensar en cómo lo afecta a él su estancia allí, sino simplemente saber por ella. Fricciona su cabeza, escuchando a lo lejos el murmullo de las palabras de Waas que se cuelan por sus oídos sin llegar a su entendimiento, una sustancia agria baja por su garganta y la dureza de su gesto se ciñe entre las cejas arrugándolas de manera ostensible.

Todos han tenido razón sobre él, y es hasta entonces que logra comprenderlo, el amor no se fuerza, no se obliga y mucho menos se mantiene a cambio de nada.

Siempre había sentido el rechazo de su suegro, y creía que era parte del injusto trato que la vida le daba, otro obstáculo más en su destino para el éxito, no obstante, allí entre esas tres personas que veía atentas a la salud de Hermione, al captar el esfuerzo de su hermana por buscar a los padres de su prometida entendió la diferencia entre su concepto de amor y el verdadero amor.

—Lo siento —escupe Ronald, tomando una gran bocanada de aire y poniéndose de pie—, tengo un compromiso.

Y en medio de un borrón de luz azulada, los cuatro pares de ojos lo observan desaparecer.


El sonido de su taconeo persistente, acompañado del lento caminar de su esposo Lucius, llama la atención de la recepcionista que abandona todo lo que está haciendo con aire espantado y dedica su atención a Narcissa: la mujer es elegancia en toda ella, no únicamente su delicado vestuario oscuro lo demuestra, sino la firmeza en su andar, la manera precisa de amoldarse a su esposo en la cual pareciera ser ella la que se sostiene de él y no lo contrario.

Al percibir su cercanía, la recepcionista se deja invadir por un escurridizo temor, el cual busca salir de su cuerpo a través de la transpiración en sus manos y las frecuentes bocanadas de aire que cruzan su labial rojo. Si esa mujer se atrevió a abofetear a un auror, él más famoso de todos, y salir invicta, no desea ser un obstáculo en su camino.

—Buenos días —saluda Narcissa, sosteniendo a su retraído esposo por el brazo—vengo a visitar a mi hijo Draco Lucius Malfoy.

—Buenos días —responde nerviosamente —¿conoce el nombre de su sanador?

La rubia descuelga los hombros frustrada, y las aletas de su nariz se inflaman presas de una revivida molestia. La negligencia parece ser el lema principal de San Mungo y ella su víctima favorita.

—Es la sanadora Waas —responde una vocecilla dulce. Luna aparece como iluminada por la gracia de Morgana para las dos mujeres que ya veían venir una discusión—, yo la puedo llevar—se ofrece para mayor satisfacción de ambas.

Sin dar respuesta, Narcissa se acerca y la sigue por los pasillos, evitando observarla demasiado; conoce a Luna, sus recuerdos la remontan a verla encerrada en el calabozo de su mansión algunos años atrás. Negando con la cabeza pinta una sonrisa amarga en el rostro, la vida es una espiral de muchas vueltas y diversas direcciones que fácilmente conducen a necesitar al que se aborrecía y compadecerse del que te desprestigiaba.

—Hemos llegado —dice Luna frente a la puerta del despacho de Waas, y al ver el asomo de duda en la mirada cristalina de Narcissa, continua—, no tiene que hacerlo sola ¿sabe? Yo puedo acompañarla si lo necesita.

El pálido rostro de la mujer apenas se muestra agradecido, las serpientes jamás enseñan su debilidad, pero en aquel episodio de su vida, su fortaleza tiene un indiscutible agujero encarnado en su hijo. Asiente débilmente y observa a la chica, tocar con los nudillos sin fuerza la hoja de madera frente a ellas. Los segundos que tarda la sanadora en deslizar la puerta, parecen perpetuos.

—Diga —expresa un tanto cansada, observando a Luna y luego barriendo con la mirada a la pareja.

—Ella es la señora Malfoy y su esposo, vienen a visitar a su hijo Draco —explica Luna, jugueteando con una pluma colgada de sus rizos.

Ante la alusión al nombre, tres cabezas se asoman de manera simultánea evaluando a través de la abertura a la otra mitad de su problema. Narcissa, curiosa por el movimiento al interior, ladea la cabeza esquivando la mirada inquisitiva de Waas y detalla a los muggles que la evalúan sentados tan fuera de lugar, como ella. Identifica en las facciones de la mujer, los mismos detalles de la chica que desde hace mucho tiempo ha hecho perder la cabeza a su hijo, su mandíbula se tensa, irritada por las contradicciones de su vida. Y, sin buscarlo, ve reflejada su propia inseguridad, en los ojos castaños de la otra, inseguridad, nacida por el futuro de sus hijos, por la salud de estos, y a la vez encuentra en esa mirada de madre la misma disposición de hacer y entender cualquier cosa más allá de los límites, por sus hijos.

El murmullo de las indicaciones por parte de Waas hacia Luna en algunos códigos médicos que ella no conoce, rodean su concentración. No le interesa, está demasiado ensimismada en esa absurda conexión con esa mujer muggle de la cual sin conocer nada de su vida, lo entiende todo. Y en un acto de contrición con ella misma y con el mundo, suelta a su esposo y se adentra en la oficina bajo la mirada estupefacta de Waas, los ojos desorbitados de Ginny que dirige su mano a la varita en caso de necesitarla y se planta con aplomo frente a los padres de Hermione.

—Soy Narcissa Malfoy —se presenta, extendiendo su mano enguantada al matrimonio Granger que la recibe sin juzgamiento—, no sé si ustedes tienen conocimiento, pero mi familia ha causado gran sufrimiento a su hija, eran épocas difíciles, confusas, de mucho peligro—manifiesta, pasando saliva—. Yo lo siento mucho, quiero ofrecerles disculpas por eso y por todo el daño que mi hijo les haya provocado.

Una ráfaga de viento agita su rubio cabello, y el calor de un abrazo, resquebraja la coraza de su alma. La señora Granger, unos centímetros por debajo de Narcissa, la consuela entre sus brazos susurrándole al oído «no te preocupes, tú hijo no ha hecho nada malo», mientras con círculos protectores frota su espalda esperando consolarla. La rubia no logra inmutarse, sus brazos permanecen anclados a cada lado de su cuerpo, pero la tibieza del gesto que la sorprende en exceso, logra colarse con éxito entre las nubes negras que perturban su interior ayudado por el grandioso eco de las palabras dichas por Janice, que se repite en su cabeza aliviando en sumo grado su pena.

—Usted no debe estar acá —irrumpe, Waas tomándola por un brazo y enfrentando la mirada colérica de Narcissa.

—Yo puedo sola —replica con acritud, desprendiéndose del estrechón de Janice y retirándose del despacho dirigiendo una última mirada agradecida, a la mujer que le había devuelto un trozo de paz a su día.

Al salir, Luna sostiene a Lucius por el brazo, mientras éste juega con la brillante pluma colgada de sus rizos. Lejos de sorprenderse, Narcissa, emana un suspiro de alivio. Por fugaces momentos, desea tener algo de ayuda con su esposo, lidiar con su demencia senil es un trabajo agotador y poco agradecido.

—Gracias linda —refiere, acercándose para retomar el cuidado del hombre.

—Está bien—serena Luna, restándole importancia al hecho e indicando a Narcisa con la mano la dirección de su camino—, a veces debo cuidar a mi padre. No está enfermo, pero su cabeza con frecuencia se llena de torposoplos, entonces tengo que ayudarlo para que aprenda a vivir con alegría.

Narcissa la escucha atenta, deja pasar de lado los comentarios estrafalarios de la joven porque finalmente los Lovegood no se han caracterizado por su buen juicio, aunque siendo justa con ellos, los Malfoy tampoco han sido muy asertivos en el suyo. Siguiéndole el ritmo por los corredores del hospital, y excesivamente abrumada al ver su historia repetida de diferente manera, pero con las mismas lamentables conclusiones en Luna.

—A mi edad he descubierto que los hijos no debería preocuparse por los problemas de los padres —suspira, y su rostro de marfil se agrieta en la frente—, no es sano para ninguno de los dos.

—Yo no tengo problema en ayudar a mi padre —simplifica Luna, virando por una zona aislada del hospital y de intermitente iluminación—, de hecho no tengo inconveniente en ayudar a nadie, las personas necesitamos de otras y es parte de nuestra naturaleza apoyarnos.

—Sí, pero me refiero a que el deber de los padres es guiar a los hijos —responde, Narcissa cubriéndose la nariz por las virutas de polvo—, enseñarles a dónde dirigirse en la vida sin delegarles nuestras responsabilidades.

—No lo sé —se encoge de hombros Luna deteniéndose frente a una puerta —, a veces son los hijos quienes le muestran el camino correcto a sus padres.

La rubia separa los labios para batallar, pero encuentra tan obstinadamente lógico el argumento de la chica, que cierra la boca para darle paso a una sonrisa de agradecimiento. La joven no puede tener más razón que ahora. Es su hijo quien le está dando una lección.

Luna, con la punta de su varita dibuja una enrevesada fornitura en el aire, la cual es seguida por las manos maravilladas de Lucius. Al finalizar, un destello de polvo celeste es liberado por la varita y la puerta se abre al desaparecer el mismo en el aire. Sonríe para infundir valor a Narcissa, que asiente en señal de agradecimiento. Inhalando el oxígeno impregnado en humedad, toma a su marido por el brazo y en esta ocasión, se sostiene de él al sentir sus piernas flaquear por la imagen de su hijo tendido en la cama amarrado en su totalidad.

Luna desaparece tras la puerta cerrada, y Narcissa en un arranque de ansiedad se lanza sobre la cama buscando desenredar los hilos que entrelazados, sofocantes e indignantes, imposibilitan la movilidad de su hijo, como si fuera un monstruo.

El brusco movimiento sobre el colchón, despierta a Draco de su siesta.

—¡Madre! —exclama con voz rasposa, y una lluvia de lágrimas humedece su rostro, primero de ella y luego suyas.

—Hijo, ¿Cómo llegaste aquí? —murmura ella, sentada junto a él.

—No lo sé madre, no sé qué he hecho —expresa, con el rostro plagado en desespero y culpa—, me dicen que hechice a…una bruja, creen que voy a hacer algo malo, pero no…recuerdo.

—Hijo, tienes que atrapar a Potter —sisea Lucios acercándose a la cama, y acariciando con su aliento a Draco—, está aquí lo hemos visto, ¡oh mi Lord nos llenará de gloria cuando lleguemos con él!.

Dicho esto, Lucius se desploma sobre el cuerpo de Draco aprisionándolo y lanzando estruendosos ronquidos. El joven mira de hito en hito a sus padres, y descubre que su madre lo ha hechizado, con un movimiento de varita lo eleva por los aires y lo ubica en una silla solitaria de la desnuda habitación.

—Lo siento hijo —murmura la mujer, posando sus azules orbes sobre el asustado rostro de Draco—, a veces necesito hacer este tipo de cosas. Tu padre muy pocas veces reconoce el presente, no deja de saltar al pasado y lo hace en los momentos menos oportunos. Añora vivir la gloria de otros días y extraña la sumisión al señor tenebroso.

Draco asiente, y el semblante se tiñe de una mezcla de amargura y miedo, que no se oculta de la mirada de su madre.

—¿Cómo estás? —indaga ella, fingiendo sonreír aun con un camino de lágrimas sobre sus mejillas.

—No lo sé, confundido, asustado, no recuerdo mucho y eso me aterra madre —expresa con voz ahogada—, no quiero ser como él. No quiero ser como padre, que olvida cosas, se confunde, se miente a sí mismo. Creo que estoy siguiendo su mismo destino.

Una corriente de aire se evade por debajo de la puerta y hace tiritar de manera helada a Narcissa. No puede imaginar ese futuro para su hijo, y ver que termine encerrado en algún insano lugar.

—¿Qué ha pasado con esa chica? —pregunta Narcissa, sin rodeos y segura de la respuesta.

Draco separa los labios, sorprendido por la pregunta. Su madre sabe más de lo que él desea, y no tiene sentido seguirle mintiendo.

—No lo sé —replica, evadiendo la mirada hacia el techo, dudoso—, tengo pocos recuerdos con ella, extraños recuerdos.

—¿La sigues amando?

Draco se sorprende, observando el gesto de su madre. No luce enojada, indignada o asqueada como lo imagina. Aparenta serenidad, aplomo y algo de tristeza.

—Yo…nunca he…amado a…

Narcissa chasquea la lengua contra el paladar, y niega con gesto severo.

—No me puedes mentir, no a mí —menciona, entrelazando los dedos sobre su regazo evitando apretar los puños con la engorrosa idea—. Sé lo que sientes por ella, porque lo he visto desde que eras un niño, me lo decía tu ira hacia ella, tu molestia. Me lo decía la forma en que la observabas, las mentiras que dijiste por ella. Y me lo afirmas ahora.

Un silencio abrumador se sienta entre ellos, y los pensamientos parecen escucharse entre las cuatro impolutas paredes del lugar. Narcissa sabe la verdad, aunque no le guste escucharla, Draco pretende ignorarla fingiendo no recordar.

—No me importa ¿sabes? —alienta Narcissa, batallando con un mar violento de emociones—, cuándo te alejaste de nosotros, lo entendí, me dolió por supuesto, pero te comprendí. Fuimos injustos, crueles, te obligamos a asumir creencias que estaban fuera de tu alcance y a vivir un papel que no te correspondía. Pero por encima de todo, sabía que no te ibas con nosotros porque no deseabas alejarte de ella.

Los ojos de Draco se abren impresionados y sus labios se sellan esperando escuchar más. No sabe qué será de su futuro, no obstante, si su madre es testigo de su amor y puede decírselo a Hermione, su alma encontrará algo de paz así se encuentre preso en Azkaban o tres metros bajo tierra.

—Te veía buscar sus noticias en el diario, me daba cuenta de tu sonrisa al ver sus triunfos, de tu decepción al verla con el chico Weasley—pasa saliva, observando a su lejano esposo con ojos cargados de arrepentimiento—. Y ahí descubrí que como padres te podríamos presionar para decirte a quién odiar, pero no a quién amar. Hijo, sólo necesitas ser feliz, los demás no importamos.

Draco desea hablar, desea decirle a su madre que tiene toda la razón, que no ha logrado pasar un día sin luchar contra ese sentimiento antinatural que se aferra astillado a cada parte de su ser, lastimandolo, acobardándolo, malográndolo porque jamás podrá hacerlo realidad. Y que se consuela con coloridas fantasías de ella, de él. Porque esas imágenes suyas, son eso, crueles fantasías que fabrica su mente para darle un toque de éxtasis a su insulsa vida. Pero en lugar de hablarle con el corazón como desea, de su boca surgen sollozos lastimeros y balbuceos de niño, que no sabe hacerse entender.

Su madre, conmovida por el sufrimiento de su hijo. Lo acoge en su regazo de la incómoda manera que su aprisionamiento los deja.

—Draco —habla una voz tras Narcissa, y ambos se separan dejándose cegar por la luminosa figura que alumbra el lugar.

El rubio, acalla su llanto y percibe a su corazón detenerse de un golpe para luego cabalgar en su pecho con galopes de gigante. Reconoce la voz de Hermione, envuelta en esa luminiscente forma de Dragón que flota espectral en medio de la nada, y del centro de ésta, la voz de la chica surge nuevamente.

—Debes saber que estoy bien. Necesitas comprender que todo es real—habla, apurada—. Necesitas recordar, lo nuestro, que te amo, que te espero y te necesito.

Narcissa observa perpleja el complejo patronus que los visita, y sus ojos brillan cubiertos de lágrimas al ver la relación del hechizo con su hijo. Una mano contiene su pecho para no llorar, y su semblante se inunda de alivio al ver que su hijo no ama en soledad.

Draco, entre tanto, no contiene la respiración agitada y el enloquecido andar de su pulso. Matices de luz iluminan los canales oscuros de su mente, enseñándole fracciones de Hermione, de ellos. De repente el patronus tararea una suave melodía, la tonada de su sueño, y las palabras de la canción se entremezclan con sus recuerdos. Entonces, lo entiende, no son fantasías, no es un simple producto de la imaginación, es un regalo que la realidad ha querido brindarle viéndose en el parque de diversiones, en el teatro, en su mansión en todos los sitios que ella ha impregnado con su presencia y que ahora deja todo en inmensa claridad.

Abstraídos en la situación, no se dan cuenta de la partida del dragón minutos atrás. Narcissa lo observa, el ceño confuso, la mirada perdida en un montón de recuerdos que no ve nada, la sonrisa que satisface sus labios, y un cobijo de paz que seduce sus facciones y se lleva el miedo. Miedo con el que ella le enseñó a vivir y que Hermione le enseñó a combatir.

—Madre, la amo —susurra, con el rostro absorto en el pasado.

—Lo sé —consciente Narcissa, recordando las palabras de Luna, su hijo es quien le muestra el camino—, y ella también te ama.

—Necesito verla, debo saber dónde está —disputa, agitado al forcejear con su atadura—dime madre ¿la has visto? ¿Sabes algo de ella?

Su cabeza dice que no, aunque daría toda su fortuna por decirle que sí.

—Sus padres —recuerda, buscando tranquilizarlo—, ellos están aquí. Su madre me ha dicho que ella está bien.

Lo ve recostarse, más agobiado que aliviado. La respuesta no lo satisface por completo, pero algo aquieta en su interior.

Un crujido en la puerta llama la atención de ambos, y escuchan el lamento metálico de las bisagras al abrirse la pieza de madera. Los ojos claros del dúo, se abren en sorpresa y la respiración de Draco queda contenida en medio de la garganta y su corazón al ver unos conocidos rizos asomarse entre ella.


Hola.

He escrito este capítulo en tiempo record, así que perdónenme si tiene algún error. He estado muy feliz con todo el apoyo que he tenido con esta historia y en general con la mayoría de historias que escribo, es magnífico tener un público como ustedes.

Gracias por su apoyo en mi perfil de Facebook Sta Granger, como publiqué esta semana gane un concurso por el drabble que escribí "El infinito entre nosotros" (si no lo han leído ¿Qué esperan?) y para mí ha sido increíble, nunca me gano nada y ver su apoyo, sus palabras es, no sé, no hay palabras para esa gran satisfacción.

Gracias por continuar aquí, por seguir la historia por tenerme paciencia cuando soy demasiado dramática. En fin.

Tengo un gran proyecto por hacer, y necesito de toda mi energía para ello ya que sólo cuento con dos meses para hacerlo, puede que tal vez me tarde en actualizar, no lo sé aún, pero si lo hago, quiero que sepan que es por algo muy importante para mí y que no he muerto jejeje así que no se pongan a llamar al FBI.

Un agradecimiento especial a las personas que me han dejado un review en el capítulo anterior redeginori, espiroket, valtsubaki, ivicab93, artemisvan89, malfoyathenea, Alice1420, Natdrac, Nitaws, Doristarazona, NarradoraNueva, Gisell Morn, Norely, LidiaaIsabel, y un lindo anónimo.

¿Qué tal el capítulo? ¿como ven a Robert el suegro de Draco? ¿Y a Narcissa? Y…¿felices con Draco?

Déjenme un lindo review para saberlo

Un abrazo

Sta Granger