III


Si había una palabra que pudiera describir el estado de Bulma Briefs era humillada.

Porque se sentía humillada, en todos los aspectos.

Nunca se había sentido tan expuesta como cuando tuvo que estar desnuda delante de todos, bajos sus ojos, expectantes tan solo para pasar una estúpida prueba para pertenecer a una dinastía.

Se sintió impotente porque ni siquiera le habían dado voz para expresar su opinión, cuando Tarble proclamó su matrimonio, ella no tuvo voz, no tuvo opinión. Pero Tarble era bueno, bondadoso, amable, era un hombre totalmente bueno..., pero no lo quería. No obstante, ella aceptó, porque sus padres habían muerto, y a ella ya no le quedaba nadie.

Estaba sola.

Sucedió un mes después de que Vegeta la haya botado.

Ella había ido a dejar materiales en otras casas, se demoró, cuando volvió, su hogar se encontró en llamas. Ella lo encontró en llamas.

Los ojos casi turquesas y azules de Bulma vieron como cada llama destruía su casa. Todo pasaba delante de ella.

No pudo reaccionar porque le había entrado el pasmo, el shock. Su cuerpo no respondía a su mente que le decía corre, corre, corre.

Corre hacia ellos. Hacia tus padres.

Fue después de diez minutos que Bulma cobró conciencia y se dirigió a su hogar. Pero justo cuando lo cobró, se derrumbó delante de ella, delante de los demás que también veían lo que sucedía.

Su corazón se encogió. Y recién cuando las llamas cesaron, cuando todo estaba en cenizas, Bulma se dirigió a las cenizas de su hogar. Las lágrimas ya no salían, ni siquiera supo cómo podía caminar, pero ella lo hizo.

Fue Tarble quien le acogió en un hogar y le dio comida y hospitalidad. Pero la vergüenza nunca la dejó. La debilidad siempre estaba ahí, en ella. Rota. Sola. Frágil.

Así era como se sentía ahora, y cómo se sintió al estar expuesta en esa maldita tradición por la que tenían que pasar las mujeres.

Algo horrible, macabro.

Bulma apareció en aquel reino que tan familiar se le hacía hace cuatro años, el reino de Vegeta.

—Tápate—las manos de Vegeta abrigaron el cuerpo frágil de Bulma con su capa.

A ella le entró la furia, la ira. La había tomado como si fuera un pedazo de carne, desnuda. Se sentía expuesta.

Y humillada. Humillada. Humillada.

Bulma le mostró los dientes y aferró la capa en todo su cuerpo.

—No me toques—sus ojos eran dos llamas flameantes de color azul. Vegeta la miró apático—. Lo que menos quiero es que me toques.

No quería verlo, pero aquí lo tenía. Hermoso, corpulento. Tal como lo había visto hace cuatro años. No había cambiado nada. Ni siquiera tenía ninguna arruga. El cabello parecía no haber crecido.

Ni siquiera parecía que él había sufrido.

Pero ella sí. Y eso era lo que más le fastidiaba.

Sus pies descalzos retrocedían unos pasos.

Vegeta parpadeó.

—Bulma.

—No digas mi nombre.

No quería escuchar su nombre de sus labios. Porque esos labios la habían traicionado. La habían despreciado.

Vegeta ni siquiera se inmutó.

—Entiendo tu enojo.

—¡Tú no entiendes nada! —vociferó, su voz fue como un eco por todo el castillo. No era novedad que siempre estuviese en silencio, todo lo de Vegeta se caracterizaba por ser silencioso, apático y aburrido. No era novedad escuchar su voz retumbar otra vez—. Tú eres el menos indicado como para poder entenderme.

Un movimiento delicado, y las cejas de Vegeta se fruncieron.

Ahí estaba, ese gesto tan característico de él. Uno que ella no había podido olvidar.

—Tenemos que hablar.

—Quiero irme de este lugar.

—Estás en casa.

Bulma enseñó sus dientes.

—Este no es mi hogar—Y si lo fue, la traición demostró que nunca llegó a serlo de verdad—. Mi hogar murió el día que mis padres se fueron.

El rostro de Vegeta pareció serenarse.

La muerte de sus padres. A Vegeta ni siquiera le había importado la muerte de sus padres porque él no le dio sus condolencias.

Vegeta soltó un suspiro, dio un paso, Bulma retrocedió otro, incitando con la mirada que si él avanzaba otro más, ella retrocedería.

—Cambiate y luego hablamos.

—¿Crees que puedes interrumpir mi boda y llevarme como si nada?—espetó Bulma, cansada de recibir órdenes, cansada de ser que le digan qué hacer. Bulma tenía paciencia, pero su paciencia siempre dependía de su impaciencia—. ¿Cómo te atreves...?

—He de admitir que extrañé esa valentía en tu mirada—una sonrisa maliciosa salió de Vegeta—. De nada, Bulma. Sé que no querías casarte.

—Tú no sabes nada de lo que quiero.

—Te conozco tan bien como la palma de mi mano, mujer—Vegeta se detuvo a un metro de ella, cruzó sus brazos y ladeó su cabeza hacia un lado. En ningún momento miró su cuerpo, solo su rostro, sus ojos. A Bulma—. No querías casarte con Tarble.

Lo que ella quería hacer a él no le incumbía, incluso si quería matarse así misma.

—Cambiate—volvió a ordenar, alzando su brazo y señalando el armario que estaba en el cuarto. Bulma recién miró todas las paredes para darse cuenta que estaba en un cuarto—. Si pienso hablar contigo, lo haré cuando te sientas cómoda. Y eso es no estar con una simple capa que tapa tu desnudez.

—No me voy a poner ni una mierda, mono estúpido.

Vegeta alzó su mentón, otra risita salió de él. Una risita maliciosa.

—Siempre tan agradecida.

—Llévame de vuelta ahora mismo—ordenó Bulma—. Mi esposo me espera. Tarble me espera.

—Nadie te espera en ese lugar—los ojos de Vegeta se oscurecieron, sus ojos estaban afilados, y había una ira creciente en ellos—. Y Tarble ni siquiera es tu esposo.

Las manos de Bulma apretaron con más fuerza aquella manta que la tapaba, su maldita desnudez. Sentía sus mejillas arder por vergüenza e ira, una combinación perfecta de sentires que, tal vez, si lo hubiera sentido hace tiempo, hubiera sido la clave perfecta para no derrumbarse.

Pero se había derrumbado una vez, y no lo haría de nuevo, no de frente del causante de todo.

Los ojos de Bulma se movieron con una agilidad sorprendente hasta posarse en un jarrón. Los ojos de Vegeta notaron aquello. El príncipe, ahora rey, entrecerró sus ojos.

—No te atrevas...

Bulma era en pocas palabras...indomable.

Sin esperar más, ella agarró el jarrón y se lo tiró a su cuerpo. Vegeta lo esquivó con una agilidad elegante.

Sus ojos oscuros vieron los pedazos rotos en el suelo. Vegeta miró a Bulma, no pudo evitar darle otra sonrisa maliciosa.

—Y siempre tan violenta...

—¡Vete a la mierda!

—Ah—Vegeta alzó su dedo en un movimiento felino, tan felino como elegante y agresivo—, no olvidemos cuidar esa boca. Eso no es un vocabulario apropiado para una dama.

—Tus reglas y normas se van a la misma mierda, mono estúpido—gritó.

Vegeta se dio la vuelta, ignorando su rebeldía.

—Volveré cuando estés lista—la miró de lado—. Te espero en el comedor.

—¡A la mierda contigo!—gritó cuando miró y escuchó cómo cerró la puerta.

Silencio.

El silencio volvió a gobernar cuando Vegeta se fue, y Bulma estaba tan frustada con todo lo que había tenido que pasar como para nombrar a este silencio soportable.

Tragó saliva, Bulma, después de unos minutos, miró la capa con la que estaba tapada. Su piel desnuda estaba ahí, tapada por la capa de Vegeta.

Se quitaría esa capa, pero ni siquiera era capaz de ver su cuerpo por sí misma. No porque no le gustase, sino porque tenía miedo de encontrarse con ella misma.

Aún podía sentir el agua quemarle el cuerpo.

El agua había ahogado su boca. Ella había abierto la boca al fondo cuando ingresó a la laguna, gritando y queriendo salir. Había luchado, como un gato agresivo. Pero todo se ahogó.

Incluso había sentido cómo sus ojos se quemaban. Incluso cuando dio un paso y miró toda la habitación donde estaba, su cuerpo tembló.

Su pie tembló.

Su cuerpo temblaba en general por todo lo que había pasado. Y odiaba tanto saber que tenía la capa de Vegeta, y que era la única que podía calentarla.

Bulma, decidida, miró toda la habitación.

No hizo falta darse cuenta de quién era la habitación.

A quién pertenecía.

Los ojos de Bulma se abrieron hasta más no poder.

Su habitación.

Era su habitación.

Desde hace cuatro años.

Aquella habitación que había tenido cuando tuvo su romance con Vegeta.

Aún...permanecía.

Bulma dio unos cuantos pasos mientras agarraba la capa. Sus ojos se desviaron a todos los ángulos de la habitación. Era tal y como la recordaba. Estaban sus libros, sus estantes. Su cama, con las telas finas y delicadas que a ella tanto la hacían. Pasó su mano por las telas, sentía la suavidad de ellas.

Sedas, un roce entre sedas.

Sus dedos se alzaron cuando se dirigió a su armario.

Pasó sus dedos por el marfil del armario. Color blanco. Marfil. Bulma lo abrió y se encontró con una infinita cantidad de vestidos.

Sus vestidos.

Pasó su mirada por cada uno.

Sus estados, todos, estaban en muy buen estado, tal y como lo había usado la primera vez. Tenía el aroma de sus vestidos, aún se preservaba en ellos. El color no estaba desgastado. Estaba vivo.

Sus vestidos.

Tenía en cuenta que Vegeta había tenido infinita cantidad de amantes, ella se las había encontrado mucho antes que iniciaran una relación. Ellas tenían sus vestidos, de hecho, ella también tuvo su vestido como la amante de Vegeta...

Pero...

Jamás se preservaban los vestidos de las amantes. Se las daban a otras o se las compartían en el propio harem.

¿Por qué Vegeta preservaría los suyos?

Sea cual sea la razón, no afectaba a Bulma.


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Nada había cambiado, por supuesto.

Bulma recordaba cada pasillo, cada pared, cada guardia en sí. Lo recordaba todo. Y todo seguía igual.

Incluso el maldito comedor donde estaba Vegeta parado ahora, al costado de una silla. Viéndola fijamente.

Sus ojos se dirigieron a su vestido de seda, perlado.

—Te cambiaste.

—Preferiría cambiarme antes que seguir usando tu asquerosa capa sobre mi cuerpo.

Vegeta ladeó la cabeza, en sus ojos se acercó la diversión. No obstante, se fue cuando volvió a posar su mirada en su cuerpo.

Bulma sintió cómo su corazón latía rápido.

A Vegeta se le tensó el cuerpo cuando volvió a ver el rostro de Bulma.

—Has bajado de peso.

—¿Desde cuándo eso te importa?—espetó Bulma.

Tal vez si fuera otra persona, le hubiera respondido con más amabilidad. Tal vez si no la hubiera herido en el pasado, Bulma le hubiera sonreído como lo hacía con todos y diría:

—No es nada.

Pero en el fondo, sí era algo. Y ese algo era soledad.

Oscuridad.

Fragilidad.

Vegeta dio unos cuantos pasos.

—No te han cuidado lo suficiente, ¿verdad?

—Hablas de mí como si fuera un animal. No soy la mascota de nadie.

—No lo eres.

—Entonces, cállate y dime para qué demonios me has traído aquí.

Vegeta dio un lento y felino parpadeo. Bulma creyó gritar por la rabia que sentía hacia él.

—Primero que nada, Bulma, toma asiento—dirigió su mano en la silla de al frente.

—No tengo hambre—Sí. Lo tenía, Bulma tenía mucha hambre. Se moría de hambre, pero era una cuestión de orgullo. Y no aceptaría nada de Vegeta—. Y no voy a aceptar tu comida.

—Y luego—le sorprendía la paciencia de Vegeta—, quiero que digas gracias.

—Jódete.

Vegeta sonrió.

—Eso es un avance.

Bulma entrecerró las cejas.

—Ya me cambié, ahora quiero que me lleves donde mi prometido.

Vegeta apretó los dientes, formando una línea fina y luego rodó los ojos con completa apatía.

—Toma asiento—señaló la silla para ella—, y hablemos civilizadamente.

Podría haberle gritado, lanzado otro jarrón, pero no tenía ganas de gritar más, así que se dirigió al asiento y se sentó.

Un movimiento delicado como una galesa, Bulma siempre se había caracterizado por tener modales muy refinados.

Vegeta se sentó después de Bulma, dio un chasquido delicado y todos los criados empezaron a servir la comida. Bulma se quedó mirando cómo cada uno servía en sus respectivos platos.

Era mucha comida, y se veía tentadora, pero no estaba segura si dar algún movimiento porque Vegeta estaba ahí, viéndola. Solo a ella. Ojos negros fijos en su cuerpo cómo si ella fuera parte de él.

Cuando terminaron de servir y todos se fueron, Vegeta habló:

—De todas las bodas que he visto, la tuya iba a ser horrible.

Bulma aguantó las ganas de tirarle el plato encima.

—Lo dice el que mató a su esposa.

Vegeta sonrió con malicia.

—Fue tan simple como hacer un corte a un animal.

A Bulma se le erizó la piel por la forma en cómo lo admitió descaradamente. Sabía que Vegeta era un asesino, pero no se le había pasado por la cabeza que llegaría a matar a su esposa.

—Me has secuestrado.

Un fuego oscuro incendió la mirada de Vegeta.

—Vaya descubrimiento, mujer.

Bula apretó sus cubiertos.

—Me quitaste de mi prometido, y me secuestraste, idiota.

—Te ayude—Vegeta hizo un movimiento con la mano.

—Claro que no.

—Fue mi regalo de bodas—murmuró—. Recuerda que es de mala educación rechazar un regalo. No sabes de todo el esfuerzo que hacen las personas por dartelo.

—Dime para qué me has traído a tu asqueroso castillo de pacotilla.

Vegeta la miró, ofendido.

—¿Asqueroso?

—Déjate de rodeos y dímelo de una vez.

—Mi palacio no es asqueroso.

—Claro que lo es.

—Asqueroso el de tu prometido sin esposa—se burló.

Bulma estaba a punto de explotar. No lo soportaba, ni siquiera era capaz de lidiar con una civilizada conversación con él.

Quería pegarle.

¡Pegarle!

Insultarle.

Insultarle. Insultar...

—Cerdo—lo insultó.

Vegeta se paró, caminando lentamente hacia Bulma. Esta agarró su cuchillo con fuerza en el caso tuviese que atacarle.

Vegeta alzó la ceja al ver aquel delicado movimiento. Una risita salió de él.

—Siempre tan a la defensiva—avanzó, hasta que la acorraló en un rápido movimiento en su silla.

Bulma ni siquiera pudo levantar su cuchillo porque Vegeta puso su mano contra la suya.

Una corriente eléctrica pasó por su cuerpo.

Vegeta la estaba tocando.

Tocando, tocando.

Bulma lo miró con la mayor ferocidad posible.

—Suéltame.

Vegeta sonrió.

—Voy a decirte la razón por la que te traje aquí, Bulma...

El corazón de la peliazul bombeó con rapidez, pero ella mantuvo serenidad.

No la iba a poner nerviosa.

Ella alzó su mentón, y Vegeta lo vio como un indicio para la continuación.

Se la quedó viendo por unos momentos, a esos ojos azules con destellos turquesa que tanto lo hipnotizaba. A ese rostro delicado y fino que parecía tallado por los ángeles. Todas sus facciones eran femeninas y simétricas.

Vegeta soltó un suspiro.

—Te he traído aquí porque te vas a quedar conmigo... por seis meses.

Bulma parpadeó por unos segundos, sin saber si reír o preguntar.

—No voy a ser tu prisionera por seis meses. Estás demente.

Los ojos de él se oscurecieron.

—No eres ni serás mi prisionera, Bulma—aclaró, su voz oscura como si fuera un mandato—. Nunca.

—Secuestrarme me hace prisionera.

Vegeta rozó su hombro, Bulma se tensó.

—Seis meses—repitió—te quedarás conmigo por seis meses. Luego de esos seis meses, es decisión tuya irte o quedarte.

—¿Qué te hace pensar que me quedaré seis meses?—Bulma se sentía nerviosa cuando miraba sus ojos, pero trataba de no demostrarlo—. Llévame de vuelta.

Vegeta se alejó de ella. Así, sin más.

—Te vas a quedar aquí y no hay explicaciones.

—No—respondió Bulma cuando lo vio volver a su asiento—. No tienes derecho, infeliz.

—Por supuesto—él sonrió—, soy el rey.

¿Así que estaban en esos términos?

—Tarble—contestó ella—estará en desacuerdo.

—No es nada para mí—agregó, sin importancia—. No le conviene atacarme, y él lo sabe muy bien.

Bulma se paró y golpeó la mesa con sus manos, Vegeta ni se inmutó.

—¡No quiero quedarme aquí! ¡No seis meses!

—Siempre tan gritona y quejona—se burló, Bulma apretó los dientes—. Te he salvado de casarte con Tarble, Bulma.

—¿Por qué?—preguntó.

Y ahí estaba. Esa pregunta que Vegeta no podía responder. Que no podía decir la razón.

Vegeta alzó su mentón.

—¿Querías casarte con Tarble?

Bulma no supo qué responder.

¿Quería casarse con Tarble?

No.

No quería.

Y la respuesta era simple, no lo amaba. Y no quería casarse con él.

Evitó la mirada de Vegeta cuando notó cómo la tenía fijada en ella, Bulma cruzó los brazos.

Seis meses.

Solo seis meses con Vegeta. Solo seis meses con su ex-amante, con el hombre al que amó.

Seis meses.

¿Y luego qué?

¿Podría soportarlo? ¿Podría evitarlo?

No era dueña de sus emociones.

¿Para qué seis meses?

Era eso o casarse con Tarble.

Vegeta agregó:

—Tendrás todo aquí—su voz era un juramento—. No te faltará nada durante estos seis meses. Tendrás todo lo que tú...

—No tendré mi libertad—interrumpió ella.

Vegeta tensó su mandíbula.

—El otorgarte todo lo que me pidas será tu libertad.

Bulma quería protestar, quería salir, correr, o aunque sea darle un puñete para desquitar toda esta rabia y frustración que tenía contenida hacia él durante estos cuatro años..., pero...

Una parte de ella lo extrañaba.

Y eso la repugnaba.

Porque un hombre que traicionaba una vez, lo hacía dos veces.

Bulma agachó su cabeza por unos segundos.

Seis meses.

Solo seis meses.

Ella no tenía un hogar, no quería volver a tener que ver las caras de los hombres que la habían visto desnuda en esa horrible y asquerosa tradición saiyajin. No quería ser la esposa de Tarble, ni mucho menos ser una princesa.

No quería tener a alguien que la agobiara, que le hiciera recordar que estaba sola. Y que no tenía a nadie.

Era la humillación lo que le esperaba en el palacio de Tarble, las miradas lascivas, los murmullos por haber sido la amante de Vegeta, las miradas malintencionadas, los insultos hacia su persona.

Si bien aquí, en el palacio de Vegeta, ella también recibiría algo parecido, ella no sentiría vergüenza. Nadie había estado en ese maldito ritual a excepción de Vegeta, pero él ya la había visto desnuda.

Y la necesidad de ser amable con él nunca era un problema, porque podía tratarlo mal, gritarle, lanzarle un jarrón, pero no pasaba nada. En cambio, con Tarble todos salían enterándose de lo que hablaban. Y eso no le gustaba.

Bulma alzó su mirada, encontrándose con los ojos de Vegeta.

—¿Qué me asegura que tendré mi libertad?

Ella nunca había sido libre. Porque libertad no solo era ir de un lado para otro, sino de ser como ella pero sin ser juzgada, sin sentirse ahogada en todo lo que hacía.

Vegeta dio un parpadeo lento, alzó su mano y la llevó en su pecho.

—Tienes la palabra del rey Vegeta. Seis meses conmigo, y luego eres libre.

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.

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N/A: Holi, volví!

Y sí, siempre he amado las historias que tienen los retellings de hades y perséfone, así que aquí hay. Vegeta y Bulma con un retelling de ambos.

Y sí, he sido consciente de lo horrible que ha sido el ritual que escribí en la parte 2 de la historia. La verdad es que lo hice con la intención de demostrar lo machista que es la cultura saiyajin. En mi fanfic, yo estoy escribiendo la cultura así, que quede claro. En esta historia, quiero resaltar el empoderamiento femenino y ello lo haré en los capítulos que vienen. Bulma, por supuesto, será una diosa 7w7.

Bulma tiene su historia, y Vegeta también. Es importante decir que estamos en la época antigua, donde las mujeres no tenían voto ni voz. Así que los vestidos son largos y la vestimenta, en el caso de las mujeres, similar a las de la época medieval, pero con una combinación de la cultura saiyajin.

En fin, ¿qué les pareció el capítulo?

MAÑANA EMPIEZAN MIS PARCIALES #MIEDOTERROROZUNAABEIBI

Bechitos y nos vemos.