RED KNIGHT
-Princesa-
…
Tenía que distraer a las bestias y poder entrar a la torre.
No tenía mucho tiempo que perder.
Lamentablemente, las bestias olfatearon, notándola.
Demasiado tarde.
Cambio sus armas, sujetando la más pesada, lista para la llegada de estos. Por suerte, estos miraron en otra dirección. Al parecer había otro príncipe armado que venía corriendo, golpeando a una bestia con una espada demasiado ornamentada para haber sido usada en batalla. El choque de metal y carne fue suficiente para llamar la atención de la manada. De un momento a otro, comenzaron a correr donde el príncipe.
Hubiese estado agradecida, pero pensándolo bien, su plan necesitaba a una de esas bestias. Le sería útil. Necesitaba darse impulso para llegar arriba.
No tenía idea como habían encerrado a la princesa ahí, pero cada posible respuesta le daba asco.
Miro la ventana a lo lejos, y decidió que era su momento de arriesgarse.
Agarro su espada con ambas manos, y dio un golpe certero en la piedra de la torre. Resonó con fuerza. Tal vez no llamo la atención de toda la manada, pero sí de dos de ellos.
Dos eran suficientes.
Guardo la espada mientras veía detenidamente como los animales se acercaban, garras rasgando el suelo y sus mandíbulas moviéndose furiosas, ansiando devorarla. Se preparo, doblando las rodillas, estirándose, y luego retrocedió, solo dos pasos, las bestias acercándose más. Entonces dio un salto, lo más alto que podía en dirección a la torre, apoyando su bota en la piedra. Empujo más su cuerpo, estando segura de que sus piernas podían más, así que dio otro paso, llevando su otro pie a la piedra. Subiendo a lo alto. Ahí es donde vio a una de las bestias saltando hacia ella. Doblo sus rodillas de nuevo, impulsándose, y dejo la torre para dirigirse a la bestia. Esta intento morderla, pero no pudo, fue más rápida.
Sus botas llegaron justo arriba del cráneo de la bestia, y la pateó, lo suficientemente fuerte para darse un renovado impulso para llegar más alto en la torre. Sus manos enguantadas llegaron justo al borde de la ventana rota. Logro afirmarse y comenzó a trepar hasta quedar parada en el marco de esta. Hubiese tomado un respiro de no ser porque escucho un rugido acercándose. Volteo a tiempo para ver como una de las bestias, la segunda, usaba a su compañero para saltar más alto, y no solo eso, si no que usaba sus grandes garras para trepar con facilidad. Por eso trepar no era una buena opción, porque las bestias tenían la capacidad para hacerlo y con mayor destreza que las personas.
Le surgió otra duda en ese instante. ¿Cuánto tiempo llevaba la princesa en esa torre? Esta no estaba en la fiesta, podía asumir que estaba ya en la torre en ese momento, quizás desde antes, entonces, ¿Ya habían entrado bestias a la torre? ¿Estaba siquiera viva aquella desconocida mujer? Esperaba que esa ventana rota solo fuese por las inclemencias del clima, nada más.
Miro hacia abajo, donde la bestia se acercaba y miro rápido hacia arriba, había otra ventana, pero no estaba abierta. Tal vez debería arriesgarse un poco más. De todas formas, si se metía a la ventana donde estaba, la bestia entraría con ella, quizás se vería aún más entusiasmada de entrar y ya adentro le costaría más pelear. Solo necesitaba algo de tiempo.
Salto de la ventana, sin dudar, y la bestia también salto. Ambas se encontraron. Volvió a usar sus botas para caer sobre la bestia. Esta logro desgarrar un poco su capa, pero no fue suficiente para detener el impulso que se daría.
Su caída contra la ventana no fue de lo más grácil, en lo absoluto. Se estrelló por completo, reventando el cristal. Al parecer su armadura evito que saliera herida, o eso esperaba. Rodó por el suelo, ya dentro de la torre. Se levanto, respirando profundo al notar como la bestia cayó al suelo, y rápidamente perdió el interés en ella. Se tomo un momento para limpiar su cuerpo de cristales y polvo, y ahí recién miro alrededor.
El lugar estaba en penumbra, solamente la luz de la luna entrando por las ventanas, lo que iluminaba lo suficiente para notar los muebles que se posicionaban en ese piso. No podía ver cómo eran, pero si podía oler, y su nariz le decía que eran bastante antiguos. El olor a antigüedad y a polvo era intenso. A la derecha podía ver una escalera que iba hacia el piso superior, entonces miro a la izquierda, asumiendo que ahí estaría la escalera que llevaba hacia el piso inferior.
Dio un salto cuando al mismo tiempo, alguien iba subiendo por esa misma escalera. El brillo de la armadura fue suficiente para calmarse un poco. Era un príncipe, no una bestia. No es que tuviese problemas al ver a una bestia, pero prefería pelear en lugares abiertos. Sus armas en general eran largas, o grandes, y su rapidez era mejor usada cuando podía moverse con libertad. No estaba en sus planes el ponerse a pelar contra animales en un lugar tan cerrado y con muebles que ocupaban tanto espacio. Estaba en desventaja.
El hombre se acercó, tenía su cabello rubio al viento.
Eso fue suficiente para mirarlo con superioridad. Esperó a que se acercase más para seguir juzgándolo. No tenía casco, su armadura estaba impecable, su ropa no tenía ni un solo rasguño, y su espada estaba intacta, como si jamás hubiese sido ocupada.
Frunció el ceño.
"Al parecer llegaste antes que yo."
Escucho al chico hablar, su sonrisa perfecta y su rostro engreído. Movió su espada, como si quisiera amenazarla. Por su parte, solo puso las manos en la cintura, y lo miró, aunque este no pudiese ver su rostro en lo absoluto.
"Por supuesto, ¿Tu guardaespaldas no va a subir a acompañarte?"
Le dijo, sonriendo, aunque hubiese preferido que este viese su sonrisa, pero era imposible. No iba a sacarse su casco. No es que su rostro fuese reconocible, más bien su título lo era. Simplemente, la protección va primero. Y claro, también le gustaba mantenerse incógnita. Tal vez era porque no se le daba muy bien hablar con personas, o porque le gustaba ser ese clásico héroe que era reconocido por sus actos y no por su rostro. Aunque igualmente solían darse cuenta por sus ojos y por su cabello rojizo.
El sujeto se mantuvo inerte y luego termino sonriéndole, egocéntrico, mientras pasaba una mano por su cabello rubio, peinándolo.
"¿Y a ti que te importa?"
Parecía tratar de ignorar su vergüenza con su desagradable actitud. Era un debilucho más, como tantos otros que estaban allí abajo intentando subir a la torre. Y su expresión fue suficiente para comprobar que era cierto, que no había llegado ahí por su propio mérito.
Este se movió hacia la derecha, y ella también, pero hacia el lado contrario, ambos dando vueltas sin dejar de mirarse. No le costó llegar a la escalera que llevaba al siguiente piso, y se mantuvo ahí, inerte. El príncipe sostuvo con fuerza su espada, y parecía lo suficientemente herido en su ego para querer iniciar una pelea.
"Tal vez quien te ayudo a subir podría darme pelea, pero dudo que tú seas capaz."
Este apretó los dientes y dio un golpe con su espada. No parecía ni siquiera tener la fuerza suficiente para moverla como corresponde. El arma se sacudió de manera caótica y golpeo unas vasijas que estaban en una antigua mesa, rompiéndolas en pedazos. Este parecía contento con el ataque que hizo, pero en su caso, aquello no le impresiono en lo absoluto.
Le dio risa el haberse sentido en desventaja cuando lo vio subir.
Que tonta debió haberse visto.
Aprovecho esos momentos para recuperar el aliento, mientras este seguía intentando intimidarla con palabras vacías y estocadas al aire. Aun sentía las piernas temblorosas luego de los saltos que dio. Sus piernas y sus brazos hacían una gran labor levantando tal peso, el de su cuerpo, el de su armadura y el de sus armas. Debía darles mérito. Estaba algo fuera de practica desde que llegó a Atlas, sin poder entrenar con total libertad y privacidad. Debía seguir ocultando lo que tenía bajo de la ropa, y no podía descuidarse.
La torre estaba más helada que el mismo páramo, y el sudor bajo su armadura empezaba a tornarse frio e incómodo. Quería terminar eso rápido para poder cambiarse de ropa, incluso sentía que un poco de sangre pantanosa de las bestias se había metido por algún rincón.
"Sera mejor que te apartes, pretendo ser el primero en subir, lo merezco."
Merecer.
Eso era algo que había oído a mucha gente decir, sobre todo desde que llego a Atlas. No solo era un reino enorme, si no que las casas más ricas del mundo se encontraban ahí, así que hallar príncipes y condes egocéntricos no era una tarea difícil. Le faltaban dedos para contarlos.
Nacieron en riqueza y les dijeron que eran especiales, que eran superiores, que merecían aquello, y nada de eso era verdad.
Por su parte, nació hija de un héroe y de un rey, pero jamás creyó que se mereciese dichos títulos, sin embargo, se consideraba más merecedora que ellos. Sobre todo, el título de héroe, porque hizo todo lo posible para ser uno desde que era solo una niña, de hecho, no recordaba parte de su infancia donde no tuviese dicha meta en su cabeza. Iba a ser un caballero como su madre, aunque tuviese que ocupar las mismas técnicas que ella, incluso las mismas técnicas que uso la persona antes que su madre.
Tal vez eran sus ojos los que simbolizaban el fuego heroico, y nada más. Y aunque así fuese, luchó día a día para ser llamada un caballero.
Siempre pensó que sus ojos plateados era un rasgo innato de los héroes.
"¿Que ganas con llegar arriba? ¿Porque quieres ganar?"
Este la miro incrédulo, como si le hubiese hecho la pregunta más obvia del mundo. Luego sonrió, levantando los hombros.
"¿Acaso no es obvio? Ella es la hija de uno de los reyes más poderosos del mundo, si la hago mi esposa, tendré el poder de Atlas en mis manos."
Sus intenciones eran claramente diferentes.
El que ella estuviese ahí, era para una sola cosa, y era para encontrar a la princesa en la torre y averiguar la verdad tras su encierro, y si sus sospechas eran correctas, iba a salvarla de este estúpido juego del que es participe. Pelear con bestias es solo parte de la diversión.
¿Pero él?
Solo con verlo era suficiente para negarse por completo a que tuviese a la princesa para él, fuese quien fuese la misteriosa mujer. Él no merecía a nadie. Es otro personaje más que con un poco más de poder, sería capaz de hacer pasar a cuanta gente por un infierno, y su honor como caballero le obligaba a intervenir. A detener gente así.
Odiaba a los políticos y a la realeza por lo mismo. Solo se interesan en ellos mismos, unos avariciosos y egoístas.
Al menos su padre no era así, por algo su madre se enamoró del él. Y así también como su hermana no es como ellos. A veces rezaba para que estos cambiasen y fuesen guiados por el buen camino, antes de que ella tuviese que interferir y acabar con ellos y meterlos tras los barrotes. O tomar medidas irreversibles.
"Respuesta incorrecta."
Cambio su postura, y tomo el mango del arma en su cinto, su favorita. Una espada corta que tenía la forma de una luna creciente. Era útil, normalmente no la podía usar contra bestias, lo que era una lástima porque era divertido usarla. La saco de su amarre, y la sujeto, sin dejar de mirar al hombre frente a ella, el cual la miraba levantando una ceja, como si se burlase del tamaño de su espada.
Hombres, siempre pendientes del tamaño.
Aunque de ser por eso, también ganaría, considerando las otras espadas que llevaba. En ese espacio, era desventaja, pero eso no significaba que no tenía ninguna ventaja.
Era rápida, y esa era su ventaja.
Se movió suficiente rápido para sorprender al hombre. Se lanzo al suelo rápidamente, deslizando su espalda en los tablones de madera, pasando justo al lado de las piernas del príncipe. Y ahí, uso su espada creciente, enganchándola en uno de los pies de este, el metal de su arma resonando entre las placas de la armadura. El agarre en la pierna sumado a la velocidad fue suficiente para hacer que este perdiese el balance.
Escuchó el sonido del metal de la armadura al chocar contra el suelo, anunciando la caída de este, así como el ligero temblor de la madera. Se levanto rápido del suelo, casi en un pestañeo, y se dio la vuelta, enfrentándolo, lista para atacar de vuelta.
Sin embargo, el sujeto no se levantó del suelo.
Estaba inconsciente.
Pestañeó dos veces. Nada ocurrió, así que bajó su guardia y se acercó lo suficiente para mirarlo. Este tenía los ojos cerrados, y podía ver algo de sangre en el piso. Al parecer se había golpeado la cabeza en la caída y eso lo dejo inconsciente.
"Es por eso por lo que debes usar un casco."
Ahora en silencio, escucho el sonido de la pelea acercándose. Los contendientes se estaban acercando a los pies de la torre. Al menos ahora tenía el camino libre. Dejó su arma corta en su cinto y subió las escaleras sin mirar atrás, hasta que se encontró en otro piso. Este no tenía conexión a ninguna otra escalera, pero aún no estaba en lo más alto. Miro alrededor, intentando acostumbrar su vista a la oscuridad de este piso, debido a que la única ventana parecía tapada con un trozo de madera, como si estuviese bloqueada a propósito. Había una decoración similar en todos los pisos, mesas antiguas y adornos empolvados, lo único diferente es que en medio de la sala había una puerta, nada más.
Abrió la puerta y miro dentro, encontrándose con una escalera de caracol que subía, larga y estrecha.
Dio un paso atrás, mirando a la escalera que bajaba, por donde vendrían los siguientes interesados en la princesa. Necesitaba encontrar una forma de dificultarles el camino, ya que era claro que esa larga escalera de caracol llevaría hasta su objetivo. Corrió donde una de las antiguas mesas y la agarro. Estaba un poco desaliñada, pero pesaba lo suficiente para ser considerado un problema. Paso por la puerta de nuevo, y la cerró empujándola con uno de sus pies. Ahí recién acomodo la mesa, dejándola atrapada entre la puerta y la pared de piedra que delineaba la escalera. Quedo fijada en el lugar. Si querían abrirla, tendrían que destruir la mesa. No parecía ser una labor difícil con lo viejo del mueble, pero eran segundos a su favor.
Necesitaba tiempo para oír la verdad.
Comenzó de inmediato a correr por las escaleras, subiendo. Eran interminables. Su estamina empezaba a reducirse, y el sudor volvía a molestarle en su armadura, pero ya quedaba poco. Sintió alivio al ver una puerta asomarse en una de las vueltas. Sonrió para sí misma, sintiéndose vencedora de ese juego en el que no estaba participando. No tomó aire alguno ni pensó en su siguiente movimiento, solo avanzó, abriendo la puerta de golpe y entrando con toda la adrenalina que su cuerpo podía emitir luego de tan larga aventura.
Tal vez simplemente estaba entusiasmada de averiguar el secreto que escondían esas paredes.
No tuvo tiempo alguno para reaccionar.
La persona dentro de la habitación era rápida, no tan rápida como ella misma, pero si lo suficiente, debía darle crédito. Había una cosa segura, y es que la persona ahí dentro estaba esperando por su llegada. Tenía el factor sorpresa, y también la ventaja de que su persona estuviese distraída y demasiado emocionada para pensar. Y, por otra parte, tampoco imagino que la persona ahí dentro la atacaría de ningún tipo de forma.
Debió preverlo.
Estuvo todo perfectamente calculado, pero no por su parte.
Cayo de espaldas al suelo, sus armas resonando entre el piso y así como su propia armadura. El sonido de metal haciendo eco en la habitación. Podía sentir algo filoso en su cuello, justo donde estaba la separación entre su casco y su armadura. Cerro los ojos en anticipación, pero ahora, en calma, la curiosidad la ataco. ¿Qué era eso filoso que sentía? ¿Quién era la persona que la atacaba?
¿Como era la princesa?
Frente a ella había un arma puntiaguda, podía notar el filo del metal brillar, y sabía que la punta estaba en su cuello. Era una experta en armas, y sabía que solo un movimiento podía atravesar su garganta con facilidad, así que se recordó a si misma no respirar, para no cometer un error que le costase la vida.
La espada era larga y delgada y la siguió con la mirada, hasta llegar al mango. Al otro extremo, había una mujer. No era como nadie que hubiese visto en sus viajes. Su cabello era blanquecino, plateado, brillante como la nieve, que llegaba hasta sus hombros. Parecía casi salido de un cuento. Jacques tenía el pelo blanco, pero se notaba que era debido a su edad ya que aún se le notaban algunos cabellos negros. Pero esta mujer era joven, así que era su cabello natural. Su piel era clara, preocupantemente pálida y su vestido era color azulado, largo lleno de adornos, cordones y blondas, sin embargo, a pesar de lucir tan elegante, se notaba descuidado. Tal y como los muebles que vio dentro de la torre.
Tenía tiempo ahí, era obvio.
Había otra cosa curiosa en la mujer, y eran sus ojos. Uno de ellos era celeste como el cielo mismo, brillante y hermoso, mientras que su ojo izquierdo era descolorido.
Parecía…ciego.
¿Era así?
Notaba preocupación en la expresión de la princesa, miedo, terror, pero parecía querer mantener la compostura, no mostrar todas las emociones que la embargaban, pero no parecía ser muy buena en ello. Incluso la espada en su mano temblaba. Esa mujer estaba sufriendo, podía notarlo, tanto a nivel físico como mental…
Pero solo podía respirar tranquila de que seguía viva.
Ahora solo debía sacarla de ahí.
Sacarla de esa prisión.
