MAD WORLD

-Audiencia-

Entrar al castillo parecía una idea alocada, incluso para sí misma.

Era peligroso, y sabía la mala reputación de la monarca de ese reino. Tal vez se consideraba una buena peleadora, sin embargo, iba a estar con una desconocida mujer, una homicida la cual mató a toda su familia para quedarse con el trono, y no solo eso, sino que, si tuviese que pelear contra ella, debería luchar contra sus guardias, o aun peor, todo el reino.

Y no podría mantener el control con tantas miradas. Estaría vulnerable y no sería responsable de sus propios actos.

Al menos podría conocer a su enemigo.

La gata la guio por los pasillos. Podía escuchar los pasos de dos guardias tras de ellas, las botas de metal resonando, al igual que toda la armadura que cubría el cuerpo de esos sujetos. Se veían incomodos y rígidos. Miró a su alrededor, aun bajo la capucha. Todo el lugar se veía así, rígido. Incluso la estructura de los pasillos. El aire denso a su alrededor. El frio en el ambiente.

No le gustaba estar ahí.

No le gustaba estar rodeada.

No le gustaba estar en terreno enemigo.

No le gustaba nada de lo que había tenido que hacer por salvar el trasero de su hermana, y probablemente seguiría haciendo cosas que no le gustarían hacer. Con su condición, debería estar lo más lejos posible de otros seres humanos, de esa forma mantendría la calma y podría vivir normalmente, sin tener que preocuparse por perder su identidad debido a esos ojos que tenía.

Se detuvieron frente a dos enormes puertas de al menos tres metros de alto. La madera lucía impenetrable, al igual como los detalles en hierro que la hacían lucir incluso más imponente.

Por inercia dio un paso hacia atrás.

Ese lugar eran malas noticias, ese reino tenía una reputación demasiado desalentadora, ¿Siquiera su hermana seguía viva tras esos muros?

"Un par de cosas que necesitas saber."

Miró de reojo a la gata, notando su expresión forzada.

Realmente esa mujer ocultaba cosas. Sabía que no debía mirarla a los ojos, que era peligroso hacer eso con cualquiera, pero por otra parte quería mirarla por dentro y descubrir sus secretos. Era sin duda alguien interesante para tener de aliado, pero sin la suficiente información, no podía tomar las riendas del asunto. No podía arriesgarse a que le enterrasen una daga por la espalda, de nuevo.

Menos que se tratase de un animal.

Ser traída por esta hacía la reina, era algo que no creyó que sucedería, pensó que sería mejor dar vueltas por el reino e intentar buscar pistas, pero al parecer no podría seguir así sin que le cortaran la cabeza. Lo único que podía hacer era pedirle permiso a la misma reina y así poder vagar con calma.

"Primero que todo, y lo más importante, no puedes presentarte ante nuestra reina tapando tu rostro."

Soltó una risa. Primero que todo, esa regla era estúpida.

"No creo que verme la cara le dé una buena impresión de mí. No tengo el rostro más confiable."

La gata no la miró, solo se enfocó en la puerta. Sus ojos serios, sus orejas moviéndose. Notó como una de sus orejas estaba rota, había perdido parte de ella. ¿En una pelea? ¿De casualidad? ¿Ella deseó que alguien le arrebatase un pedazo de carne? Había visto otros animales ser guiados por esos instintos, y anhelaba descubrir si ese era su caso.

Vaya seres más masoquistas.

"Ella no acepta que le oculten la mirada, que se oculten. Si haces eso, no recibirás nada de ella, tal vez solo te mate por insultarla de esa forma."

Tragó pesado y se sacó la capucha. Apuntó con el pulgar a los dos guardias que estaban tras ella.

"¿Ellos no cuentan?"

"Los guardias solo son peones, soldados sin valor, sin existencia."

Pestañeó, confusa, y miró a los guardias, estos completamente inertes. Se alegraba de que sus ojos fuesen invisibles tras el casco.

Si un animal tenía más valor ante la reina, más que sus propios guardias, entonces ese reino sí que era diferente a los otros en los que había estado. Asumía que esos solo eran humanos, o animales débiles, ya que la gata parecía poderosa, y su rango también era superior.

Muchos matarían por un puesto así de valioso. Aunque, pensándolo bien, estar ahí era vivir al filo de la vida y la muerte. Estar bajo el mando de una reina homicida no debía ser el puesto de trabajo más seguro.

Se le escapó una carcajada que no pudo calmar.

No podía creer lo increíble que era todo eso. Estaba segura de que esa hibrido disfrutaba de eso, de tener tan cerca la libertad, así como tener tan cerca la muerte. La adrenalina debía consumirla, y la mera idea de que así fuese la hacía sentir adrenalina en su propio cuerpo. Ese era un sentimiento que debía ser agradable de sentir en sus venas, y disfrutaría de que sus miradas se juntasen en esa instancia.

"¿Algo más que impida que me corten la cabeza?"

"Solo sé respetuosa, eres una adulta, sé que puedes."

Pudo notar una sonrisa en el rostro de la chica, una sonrisa llena de burla. Claro, ser respetuosa, claro que podía hacer eso. Sus capacidades para hablar con la gente eran maravillosas sin duda y no cometería error alguno. Nunca se le escaparía siquiera una risa en presencia de alguien tan poderoso. Podía mantener su caos bajo control sin problema.

Sarcasmo.

La chica golpeó la puerta, el sonido retumbando como un eco por las paredes.

Escuchó una voz al otro lado, certera. Los guardias abrieron las dos amplias puertas, y Blake fue la primera en entrar, poniendo una rodilla en el suelo mientras que su rostro observaba al de la reina dentro de la sala del trono.

"Le he traído a una mujer sospechosa que acaba de entrar en el reino, y al cuestionarla, esta solicitó hablar con usted, majestad."

"Cinco minutos."

Escuchó la voz resonar, también como un eco. Miró hacía adentro, espiando, y por inercia volvió a colocarse la capucha en el rostro.

No logró divisar al origen de la voz, sin importar donde mirase.

La sala del trono era enorme, vacía casi. Podía notar el trono en la lejanía, decorando prácticamente la mitad de la pared. No sabía de qué estaba hecho, pero parecía hielo. Las paredes seguían esa misma estructura. Parecía marfil, como el suelo, pero también parecía roca.

Había ventanas en lo más alto de las paredes, dando la suficiente iluminación para que el lugar pareciese claro, blanco, pero incluso así le daba una sensación lúgubre. Vacía.

Creyó que se toparía con un lugar diferente, sabiendo quien usaba ese trono.

Una sanguinaria.

Blake pasó a su lado, y la obligó a avanzar, empujándola, y agradecía el gesto ya que al parecer se había quedado inerte observando la arquitectura. Estaba acostumbrada a buscar algo en que distraerse, sobre todo teniendo en cuenta que al parecer tendría que mirar a la reina y esas no eran buenas noticias. Solo una chispa de emoción entrando en sus ojos caóticos la harían perder la cordura.

No vio a la reina por ningún lado y volteó a ver a la gata, la cual había desaparecido detrás de las puertas de madera, las que habían sido cerradas.

Estaba sola.

Se sintió en una trampa, y por un momento casi pierde el control.

Entonces, el marfil se separó de la decoración.

Como un camaleón, la reina se mantuvo oculta, pero sin el afán de hacerlo. Simplemente era una casualidad. Su piel y su cabello eran tan claros que pasaba desapercibida entre el mármol y las paredes, incluso su vestido azulado se mimetizaba de manera perfecta con la oscuridad propia de la roca.

Se sacó la capucha de inmediato e hizo una reverencia, sintiendo como el sudor comenzaba a caer por su nuca. Aun sentía su cuerpo abrumado con las sensaciones, y le era demasiado complicado calmarse al llegar a ese punto. Su sonrisa debía lucir aún más distorsionada de lo usual.

Pero no debía mirarla. No podía hacer eso. Era un error.

La reina era una homicida, significaba que lo que sea que la mujer sentía en su ser, pasaría a ser propio, y eso acabaría mal, al igual que otras veces. No soportaría más sentimientos que los propios. Y eso significaría que podía terminar matando a la reina, y si lo hacía, el reino se iría contra ella y no podría lograr su cometido, que era rescatar a su hermana de cualquier problema en el que estuviese metida.

"Cuéntame, forastera, ¿Qué haces en mi reino?"

La voz nuevamente resonó, el eco llegándole desde todas las direcciones.

Levantó su mirada, observando a la mujer, aun con miedo de mirarla directamente a los ojos.

Esta se había acercado. Las pieles que vestía eran de calidad, así como la joyería. Su cabello largo, lacio y blanquecino le caía por su espalda. Se quedó analizando el rostro de la mujer, así como la gran cicatriz decorando su rostro, en el mismo lado donde ella misma tenía su quemadura.

Notó como la mujer movió una mano, señalando su propio rostro, señalando sus ojos. No le dijo nada, pero fue evidente como la orden silenciosa significaba un 'mirame'. Su otra mano seguía oculta tras la tela del vestido, y probablemente tuviese un arma en esta. Por inercia enterró los dedos en su antebrazo izquierdo, sintiendo la piel quemada bajo su camisa, pero al menos eso la mantendría distraída de lo que los sentimientos abrumadores significarían.

No estaba segura de que fuese a funcionar, pero podía intentarlo.

Finalmente, la miró.

Los ojos eran celestes, fríos, sin ninguna emoción alguna.

Podía notarlo en toda su humanidad. Era diferente a la gata, que ocultaba sus más oscuros sentimientos, pensamientos y emociones. Esta parecía no tener nada. Absolutamente nada. Era primera vez que no enloquecía en lo más mínimo al ver a alguien a los ojos. Se sintió en calma, su caos poco a poco retrocediendo. No creyó que tendría esa suerte, era, de hecho, una bendición. Cualquier sentimiento intenso que la mujer tuviese en ella, sería la perdición propia, y probablemente de la misma reina.

La mujer giró el rostro levemente, y era claro que esta estaba mirando sus propios ojos, notando el color, tal vez asumiendo lo que esos ojos significaban, su mente recodando mitos y leyendas contadas de boca en boca.

"Siento haber aparecido sin anunciarme, pero estoy buscando a mi hermana. Llevo siguiendo su rastro durante meses."

Su propia voz sonó tranquila, y tal vez se había acostumbrado a que los últimos meses viviese con ese tono desquiciado tan usual.

"¿Que te hace pensar que está en mi reino?"

Oh, se lo estaba poniendo en duda.

"Tengo mis contactos."

La mujer ladeo el rostro aún más, su mirada igual de...sin emoción. No era duda, no era sorpresa, no era nada. Era nada por completo.

Sentía una carcajada avanzar por la garganta, pero esta no salió.

Si, se sentía en calma, y no recordaba haberse sentido así desde antes de que su madre muriese por los ojos que le había heredado.

"Fue vista por última vez entrando al reino hace unas semanas, y no hay signo alguno de que haya salido o entrado a alguno de los reinos vecinos, así que es bastante probable que haya encontrado asilo aquí, o que alguien la tenga en su poder."

"¿Porque alguien querría tener a tu hermana como prisionera?"

No pudo evitar sonreír, sonreír aún más de lo normal.

"Es una mujer hermosa, pero problemática. No tengo duda que más de alguien se interesaría en ella. Por mal o por bien."

"Entonces, ¿Qué quieres pedirme?"

Sentía que sus palabras comenzaban a ser agonizantes en su propia garganta. Quería con tanto fervor el ocultarse en su capucha. La mirada penetrante y vacía de la mujer comenzaba a ponerla nerviosa. No recibía nada de la mujer, pero la mujer si podía ver la locura en ella. No le gustaba sentirse atrapada, sentirse vista de esa forma. Le hacía recordar lo vulnerable que era, y el destino que tenían los guerreros de ojos plateados, que era la muerte.

Así como esa mujer, que asesinaba y coleccionaba tantos ojos plateados como fuese capaz, y cualquiera con poder podría darse ese lujo.

Sus ojos eran tan valiosos como el oro.

"Quiero pedirle un poco de tiempo. Necesito encontrarla. La única razón por la que estoy aquí es por ella. Le prometo que a penas la encuentre saldré de sus tierras. No quiero molestarla con mi presencia."

Creyó que la mujer haría algo, algún gesto, pero no. Nada. Nuevamente recibía nada. Sabía que esa mujer tenía sangre en sus manos, y no podía juzgarla, ella misma cometiendo el mismo pecado, sin embargo, imaginó que habría algún tipo de sentimiento que la llevó a matar a su familia, pero ahora sentía que no era así.

Fue a sangre fría.

Su cordura agradecía tener a una persona vacía por dentro, pero sus ojos, sus instintos, deseaban con ímpetu el poder ver algo en ella, por más mínimo que fuese.

"Te doy cinco días."

Eso era poco tiempo.

"Su majestad…"

Iba a refutarle, pero la mujer se movió de su lugar, poniéndola a la defensiva. Esta tomó una copa vacía, y la movió de un lado a otro como si aún tuviese vino dentro.

"Estoy siendo compasiva. A otros que han pisado estar tierras sin razón alguna, han perecido a mis pies y han fermentado las granjas. Si tu hermana sigue aquí, si fue lo suficientemente estúpida para quedarse, la encontraras pronto. Ese tiempo es suficiente."

Asintió, sin poder refutar.

Se dio media vuelta, acercándose a las puertas que aún permanecían cerradas.

Al parecer, aún quedaba tiempo de aquellos cinco minutos.

Cinco.

Cinco minutos, cinco días, una familia de cinco integrantes. El cinco parecía ser importante.

Pero al final solo quedó una.

"Una última pregunta, forastera de ojos plateados."

Se vio sonriendo, tan desquiciadamente como era usual.

Era la reina, era inteligente y sabía sobre muchas cosas. Y eso era un peligro.

Ya sabía lo que querían de ella. De su tipo. Le había pasado a su madre, y le podría pasar a ella. Como la escogieron por sus ojos, como la tuvieron cautiva, como la separaron de su familia. Por la misma razón mantuvo la distancia del mundo, de todos, aunque si algo les ocurría a sus seres queridos, debía moverse, debía hacer lo que sea, incluso vengarse si la situación lo requería.

Aún tenía derechos y deberes que debía respetar, su madre se lo exigió.

Se volteó, observando a la mujer.

Notó como esta tenía un revolver en sus manos, el cañón apuntándola. No había visto de esas armas en todo su tiempo viajando. Las armas de fuego no eran comunes, muy pocos las tenían, incluso pocas personas de la realeza. En las guerras nadie tenía permitido usarlas, ya que eran fabricadas con mucho esfuerzo y recursos, y no todos podían tenerlas en su poder.

El reino que atacaba con armas de fuego era considerado un cobarde.

Pero, matar a alguien en su propio reino, o matar a las bestias que vagaban por los bosques, era completamente aceptable.

La reina hizo girar la cámara del arma un par de veces, y se vio casi paralizada observando el movimiento, casi hipnótico. Se vio en ese segundo encerrada con una serpiente cascabel, como esta hacía un movimiento para distraerla, mientras que, al mostrar calma, podía atacar en cualquier momento. Sabía que estaba en desventaja, pero se vio interesada al mismo tiempo, sus instintos y su caos simplemente disfrutando de la incertidumbre.

De la muerte.

"¿Que harás cuando encuentres a la persona que tiene a tu hermana?"

Clic.

Oh no.

No.

Detente.

Se vio riendo, sin control.

Eran sus instintos más básicos. Eran los instintos que venían en su carne, en su sangre, en su descendencia, que habían crecido tanto con los años y que ya apenas podía mantener a raya. No podía controlarlos, solo estaban ahí, siendo aguantados por aire, contenidos sin murallas.

Realmente estar con esa mujer era malas noticias.

Se vio observando a la mujer a los ojos. Esta seguía haciendo sonar su arma, una y otra vez en un sonido constante y repetitivo que la hacía enloquecer aún más. Estaba perdiendo el control poco a poco ante todo lo que estaba sucediendo. Si bien no había ningún sentimiento que absorber de la mujer, su presencia disruptiva se volvía nauseabunda. Su cuerpo ya rebosante de sentir enloquecía aún más.

No frente a ella, no podía ser frente a ella.

Tenía demasiado poder.

"Quizás deba hacer otra pregunta, ¿Que te pasó en la ca- "

Los ojos celestes dejaron de observarla a los ojos por una milésima de segundo, y bajaron por su cuerpo rápidamente. La estaba analizando. Solo ahí siguió preguntando. Sintió escalofríos en todo el cuerpo, su piel sudaba cada vez más. Estaba colapsando más rápido de lo que imaginó.

Solo quería tener a Yang de vuelta, volver a casa y que cada día dejase de ser un martirio como lo era en la actualidad. Ya estaba harta de vivir al filo del peligro, de tener que pelear consigo misma para seguir su plan.

Al menos el que los ojos dejasen los suyos le dio cierto descanso.

"Digo, ¿Que te pasó en el cuerpo?"

Oh, ella lo sabía. Ella lo tenía claro. Era inteligente, podía sentirlo. Tal vez fuese más vacía que las bestias en las afueras, pero debía darle puntos por su deducción.

"Una mujer mató a una querida amiga mía. Así que hice justicia y le destrocé todo el lado izquierdo de su cuerpo, le deformé el rostro y dejé su cuerpo inutilizable. Pero ella no creyó que eso fuese justo. Así que decidió vengarse y hacerme eso mismo a mí, haciéndome arder."

La reina la analizó por unos momentos, sin dejar de mirarla. No había nada, pero su voz le daba la sensación de curiosidad, de ansias de saber más, de conocer más. O tal vez era solo sus propios sentimientos contaminando los inexistentes.

"Hiciste justicia, y ella tomó venganza. ¿No te defendiste? Imagino que una guerrera como tú sería capaz de lidiar con eso."

Buena pregunta.

No creía que recordar el momento fuese beneficioso, pero la distraía del presente, y ya el pasado había sido analizado suficientes veces para no convertirse en caos, al menos no siempre.

"La muerte es un regalo, y desde el día que aprendí eso he estado esperando ese día. Aun así, mis ojos, solo desean más locura, más caos, y para eso debía dejar que la mujer llegase al límite, que realmente se perdiese en sus sentimientos y así poder hundirme en ella. Lo que hice después de eso, no fue a conciencia."

Fue divertido ver hasta qué punto llegaba el rencor de la mujer. Quería ver que tan desesperada estaba por la venganza. Quería ver como esta se sentía al poder lastimarla.

Quería saber, saborear y definir cada sentimiento de esa mujer cuando la quemaba viva. Sus ojos deseando cada gota de estos. Aunque eso hiciese que se perdiese a sí misma y viviese en un constante miedo.

Fue una experiencia horrible, donde perdió el control, donde se vio hacer cosas horribles sin poder detenerse a sí misma. El trauma de aquel día aun la perseguía, más allá de las cicatrices de su cuerpo ardiendo.

"Mis ojos me incitan a adquirir los sentimientos ajenos, mis instintos quieren llenarme incluso si eso significa la auto destrucción."

También había sentimientos que hubiese deseado no ver jamás, que sus ojos no viesen jamás. Eran demasiados, se desbocaban de sus poros, convirtiéndola en algo aún más caótico de lo usual.

La mujer asintió, levemente, brevemente. Entendiéndola. Tal vez esperando dicha respuesta. Obviamente sabía de los ojos plateados, lo que hacían, como consumían a los demás, como capturaban cada pizca de sentir ajeno y los hacían propios.

"Si vas a tomar justicia con tus manos, espero sea lejos de mi reino. Si sé de ti, haciendo algo indebido, te encerraré en los calabozos, y te dejaré ahí hasta que tu cuerpo se pudra."

Le asintió, sonriéndole, dándole una reverencia. Le gustaba esa determinación.

Podía jugar al mismo juego.

"Lo tendré en cuenta, su majestad."

Sabía que iba a hacer algo indebido, era la única forma de encontrar a Yang, y por eso mismo nadie debía enterarse. Necesitaba llevar a cabo su plan, y para eso necesitaba recaudar información. Tenía que empezar pronto, o se quedaría sin tiempo. Y ahora ya sabía de qué era capaz esa mujer, y no se arriesgaría más de lo que ya se estaba arriesgando.

Luego iba a destrozar a la persona que tenía cautiva a su hermana, iba a usar los sentimientos ajenos a su favor, iba a matar a esa persona usando sus propios sentimientos en su contra.

Y como iba a disfrutarlo.

Caos.

Locura.

Muerte.