MAD WORLD
-Celda-
…
Solo tenía que esperar.
Solo tenía que esperar al momento indicado.
Realmente odiaba esperar.
Acostumbraba a la presión de su corsé, pero ahora esa armadura rígida la presionaba en todos los sectores de su cuerpo, y se sentía más agobiada en su piel de lo usual. No podía siquiera reírse, o el metal de su casco haría eco, y se sentía enloquecer al permanecer por tanto tiempo en silencio. Y no era solo eso lo que era preocupante, sino que, si se encontraba en la obligación de salir de ahí, corriendo, tal vez no lo lograría con la precisión que solía.
Podría simplemente asesinar a los guardias que rondaban la zona, pero no quería empeorar la situación de su hermana, y ser descubierta ahí dentro no era una sabia decisión, o probablemente terminaría en el mismo calabozo, su mente enloqueciendo incluso más.
La reina entró en el calabozo y se dirigió a la celda que ya había marcado como la de Yang.
Necesitaba asegurarse que fuese realmente ella quien estuviese ahí, debía verla, debía saber cómo estaba. Solo ahí podría tomar una decisión, o su cuerpo caótico tomaría la decisión por ella.
Hizo guardia en la entrada, esperando a que la reina y sus dos acompañantes terminasen. Ellos estaban ocupados mirando al ataque de furia que su hermana tenía, y la conocía, era de esperarse que todas las visitas fuesen así de cortas.
Yang no cooperaba. Nunca cooperaba.
Pero sintió siento alivio de poder escuchar su voz, distorsionada, pero podía reconocerla. Supo de algunos lugareños que una mujer rubia había sido capturada hace ya tiempo, luego de haber cometido un crimen en uno de los bares, y no había ningún otro lugar para poner a los criminales que bajo el mismo techo que la reina. A esta le gustaba el poder, el control, a pesar de que no hubiese ni el más mínimo sentimiento en su ser. Y ahí, en el castillo, podía ella misma asegurarse de que los criminales del reino estuviesen pagando por sus pecados.
Contuvo las ganas de mirar adentro, tal vez no sería lo mejor, considerando su posición y lo vulnerable de su estado mental, que gatillaría al ver a su hermana, así que tenía que mantenerse inerte, sin respirar, como los peones sin existencia que caminaban junto a la reina.
Sacó de uno de sus guantes un pequeño trozo de cartón que le facilitaría toda la misión. Lo acomodó en el agujero de la cerradura, y siguió en su posición recta, esperando a que la reina saliese del calabozo. Esta salió, y notó las llaves colgando en su cinturón de cuero incrustado con joyería brillante.
Las puertas se abrían con llave, pero se cerraban de manera automática, al menos eso había entendido en su breve visita. Eso era un punto a su favor, si Weiss Schnee observaba siquiera el cerrojo para cerrar con llave, notaría su pequeño truco.
No fue así.
La reina seguía impávida, pero el tono de su voz era amenazante. Estaba hartándose, claramente. Su hermana no tenía tiempo alguno, incluso le sorprendía que la mantuviese aun ahí cuando pudo matarla apenas esta se volvió un problema. Solo podía agradecer de que se apiadase, o que le quisiera dar un castigo real, ya que ella misma sabía que la muerte era un regalo, y alguien que cometía tales actos aborrecibles no merecía tal piedad.
La reina caminó por los pasillos, alejándose.
Espero a que el silencio gobernara todo el lugar, y solo ahí decidió acercarse a la puerta. El trozo de cartón había prevenido que la cerradura lograse su cometido. Solo tuvo que empujarla un poco para entrar y volver a colocar el cartón para que la puerta se mantuviese abierta mientras duraba su visita.
Necesitaba liberar a su hermana.
Lo primero que vio fueron los ojos rojos de su hermana, penetrando por su armadura, sedientos de sangre, sedientos de conflicto, sedientos de herir, de poseer, de destruir.
Esta empezó a gritar, diferentes barbaridades, insultándola, y solo pudo levantar las manos, intentando no lucir amenazante, pero no podía siquiera hablar sin que esta sobrepasara su voz, haciéndole imposible el expresarse. No quería sacarse el casco o tendría que verla directamente a los ojos, y eso era arriesgado.
Pero era la única forma.
Yang no estaba escuchando, ya había perdido su compostura.
Todos en ese mundo habían perdido la compostura.
Soltó un suspiro pesado, y se sacó el casco que mantenía su rostro oculto, sus ojos ocultos de los ajenos, y rezó para que aquello fuese suficiente.
Sonrió cuando su hermana se quedó completamente en silencio, el calor que su cuerpo creaba descendiendo poco a poco, la ira bajando, cambiando por sorpresa.
"¿Ruby?"
"Si sigues gritando como una loca nos van a terminar descubriendo y ninguna saldrá de este reino."
Era extraño no tener la sonrisa permanente en su propio rostro, pero si había veces donde se enfadaba, donde la rabia dominaba su locura, era gracias a su hermana. Muchas cosas habían pasado, y verla ahí después de meses buscándola hacía que su pecho ardiese, la misma ira de su hermana siempre lograba penetrar un poco su humanidad, incluso sin mirarla a los ojos. Era algo incontenible.
Ya no estaba segura si quería asesinarla o salvarla.
Yang se levantó, como pudo, la cadena sujetándola. Su rostro lucía esperanzado, ansiando la libertad, y era fácil intuir que su primera reacción sería acercarse y abrazarla, y parecía usar todas sus fuerzas para hacerlo, su cuerpo débil, cansado. Su propio cuerpo, de manera inconsciente, se acercó también, para hacerle la tarea más fácil.
Pero no hubo abrazo.
Había solo una cadena por calabozo, se había asegurado de eso, solo dos llaves por prisionero, una para la puerta y otra para el grillete.
Cuando miró abajo pudo darse cuenta de que toda la idea del escape, toda la teoría, todo el plan, había fracasado.
"Te falta un brazo."
Yang se quedó en silencio, el calor nuevamente aflorando por su cuerpo, e incluso sentía ese calor en el propio. Pero no iba a culpar a la habilidad de esta, si no que era su propia rabia.
"¿Quién te hizo esto?"
Sentía los labios curvarse, sentía su ira creciendo, el caos creciendo. Nadie lastimaba a su familia. Nadie. No iba a dejar que nada ni nadie le tocase un pelo de los que quería sin ajusticiarlos por sus actos. Si Weiss Schnee había cortado el brazo de su hermana, iba a asegurarse de hacerla pagar, tal como le dijo el día que se presentó frente a esta. Iba a hacerla pagar. Iba a rebanarle cada uno de sus huesos. Iba a hacerla arder en el infierno.
Venganza.
"Lo perdí antes de llegar a este pueblo. Tuve una pelea con un animal asqueroso, el bastardo logró herirme."
Sintió su ira calmarse, ligeramente, poco a poco, solo porque vio esa sonrisa en los labios de Yang. Esta lo había destrozado, y perder el brazo no fue suficiente para detenerla. Podía notarla aun extasiada, tal vez recordando el momento, disfrutando cada segundo de aquella matanza, de la sangre en su boca, de los gritos en sus oidos.
"¿Como quedó el animal?"
Los ojos rojos y llenos de locura la observaron, penetrándola, e hizo todo en su poder para que sus propios ojos no se cruzaran con los ajenos, pero los sentía en su frente, en su cabeza, tratando de irrumpir en lo más profundo de sus venas.
"Lo dejé en la miseria, rompí casi todos sus huesos, y luego lo apuñalé. Espero que haya sobrevivido y así poder lastimarlo de nuevo, ¡Una y otra vez! Y hacerlo pagar por su actitud, por creer que era superior a mí, por creer que era más fuerte que yo. Ya quiero verlo sangrar, verlo gritar."
Sonrió de vuelta, sintiendo la emoción de su hermana, el placer de herir, de lastimar, el cual, al igual que la rabia, solía sobrepasar su piel, entrando en su torrente sanguíneo. Quería estar ahí también, quería ser parte, quería hacer a ese sujeto sufrir, hacerlo suplicar por el regalo de la muerte y así que acabasen con el tormento que significa el meterse con esa familia.
Soltó una carcajada, aunque sabía que ese éxtasis no era propio.
Su sonrisa cayó, al igual que la de su hermana.
Volvió a mirar los ropajes maltrechos y el nudo que cubría el muñón. La tela parecía haberse manchado con sangre hace mucho. Aun así, parecía estar más limpia de lo que debería, y ahora comprendía porque había tantas cubetas con agua. Debían controlar el fuego de alguna forma, la ira, la sed de sangre. Era claro que a la reina le molestaba la calidez.
Soltó un suspiro pesado, captando la atención de la rubia.
"No sé qué haré contigo. Sin tu brazo, es imposible sacarte de aquí."
Yang ladeó el rostro, confundida. Probablemente ante su constante ira le era imposible enfocarse en lo básico. No la culpaba, también le pasaba a veces.
"La reina es la única que maneja las llaves, es imposible tomarlas y liberarte. Supe que había solo un grillete así que asumí que solo te tendrían amarrada por una sola mano. Pero como perdiste uno de tus brazos, ya no puedo hacer lo que vine a hacer."
Yang miró su mano, su muñeca lastimada, sangre coagulada bañando su piel ante los constantes jalones que debió de dar al intentar zafarse.
"¿Cuál era tu plan?"
"Te iba a cortar la mano, Yang. Es la única forma. Pero ahora, que no tienes un brazo, será imposible que sobrevivas. Incluso pensé que si había dos grilletes solo cortaría tus dos manos y aun así podrías seguir con tu vida, pero sin un brazo y sin una mano, morirás rápidamente en el bosque, a menos que vuelvas a casa y te quedes con nuestro padre."
Yang frunció el ceño de inmediato, no de ira, algo diferente.
Esta no aguantaría ahí, con él, ni un solo minuto. Nadie. Ver a ese hombre era desagradable, daban ganas de suicidarse con solo mirarlo. Era un alma en pena, un muerto viviente. Tal vez ambas no eran la epitome de buenas personas, no eran la epitome de la bondad. Ninguna se interesaba demasiado por la vida ajena, podían matar con una sonrisa en el rostro, podían herir sin dudar, podían hacer cosas que la gente se aterraría de hacer, porque la moral desaparecía cuando la locura aparecía.
¿Pero matar a su propio padre?
No, no harían eso.
No merecía la muerte.
Un hombre que intenta suicidarse, y dejar solas a sus dos hijas pequeñas a consecuencia de eso, no merece nada. Un cobarde así no merece ni siquiera el regalo de la muerte. Solo la tortura de la soledad.
"¿Que hacemos entonces?"
"No lo sé, pero luego de perseguirte por tanto tiempo te juro que me muero de ganas de cortarte el otro brazo, Yang. Pero no, no desperdicie todo este tiempo para rendirme, así que buscaré otra forma de sacarte, solo intenta mantenerte viva, y no pierdas otro miembro que estarás igual de muerta, lo sabes."
Se puso el casco de nuevo y se dio media vuelta.
No era capaz de darle otra mirada a la mujer, ya que no quería darle falsas esperanzas. Estaban en un terreno demasiado hostil, y a estas alturas, prometer que la salvaría era solamente ahogarla con pensamientos destructivos. Si se relajaba, podía empeorar las cosas, y conociéndola, iba a empeorarlas. Si le decía que iba a morir, al menos intentaría cooperar.
Debía confiar en eso o todos sus esfuerzos serían en vano.
Salió de ahí, de las celdas, y volvió a la zona de descanso de los guardias, la que fue su primera parada al infiltrarse ahí.
Sacó al guardia que ocultó tras unas cajas. Este estaba prácticamente desnudo al no tener su armadura, y entendía porque no usaban ropa bajo esta, ya que con su ropa usual sentía que comprimía todos sus órganos. Incluso dejó su propia armadura de lado para entrar, o no cabría en lo absoluto. Dejó al guardia humano acostado en una silla, aun inconsciente.
Lo dejó con la armadura puesta, así que cuando despertase solo tendría un leve dolor corporal y con sus ojos ardiendo, pero nada más. Como si nada hubiese pasado.
Salió por el otro lado de los calabozos, por donde entraban los guardias, y se ocultó en su capucha, abrazando las sombras, hasta llegar al patio exterior, por donde había entrado.
"¿Qué haces aquí?"
El lugar estaba calmado, el guardia que vigilaba la entrada era un fiasco en su trabajo, ni siquiera tuvo que hacer un plan para entrar, solo caminó por el portal. Pero no era un guardia quien había hablado, si no que era la mismísima reina que caminaba por los jardines traseros. Su mirada lucía tan estoica como de costumbre. Su rostro sin demostrar ningún tipo de sentimiento o emoción. Era un cascaron vacío.
Eran todo lo contrario. Polos opuestos.
Le gustaría ser así, no tener nada, y abandonar todos esos sentimientos que la engullían en la locura. Pero había algo que le molestaba, y recién ahora se daba cuenta de que era. Ahora entendía porque perdía tanto la cordura con esa mujer a pesar de que esta no mostrase sentimiento alguno, y era esa misma la razón, deseaba con todas sus fuerzas el que la reina le mostrase un sentir, deseaba hacerla explotar, quería verla perder el control, quería verla con los instintos a flote, y sentía que era capaz de hacer lo más estúpido con tal de conseguirlo.
Quería romperla.
Locura.
"¿Yo? Solo hago lo que le dije que haría, buscar señales de mi hermana."
"¿Dentro del palacio?"
Miró a su alrededor fingiendo confusión, y llevando una mano a su cabello, desordenándolo aún más. Fingir demencia, siendo una demente, era un trabajo sencillo, a nadie le sorprendía, ya que nadie sabía lo que era real y lo que era un acto, y honestamente, tampoco lo sabía.
"No creí que fuese algo prohibido, digo, iba siguiendo la pista de un tipo y llegue hasta aquí, nadie me dijo nada al pasar por el portal así que me fue imposible saber que era terreno de usted, majestad."
"Lo es, pero ya no importa. A no ser que siguieses a algún infiltrado, dudo que tu hermana esté en este sector."
La reina dio un chasquido y dos guardias aparecieron de la nada y comenzaron a recorrer la zona, sus armas en mano. Si entró ella, pudo haber entrado alguien más. Buena reacción el empezar a buscar a un posible traidor. Esa mujer era rápida.
"Si, probablemente tenga razón, pero no puedo dejar un solo lugar sin revisar, se me acaba el tiempo, ¿No? De todas formas, siento haber pisado sus aposentos sin avisar de antemano, majestad."
Le dio una reverencia y se dio media vuelta. Sentía su pecho sudar en su armadura. La razón peleaba contra su instinto básico. Matar a Weiss Schnee podría ser una tarea fácil o una difícil, pero no la conocía lo suficiente para poder asegurar su victoria y la salvación de su hermana.
Debía pensar bien, sobre todo sabiendo lo fieles que eran los adeptos de la reina, que las buscarían por cielo, mar y tierra para darle un cierre a su gobernadora.
"Ojalá encuentres a tu hermana antes de que el tiempo se acabe."
Dio un salto ante la voz repentina de la reina, y la observó. Sus ojos eran tan vacíos como siempre, y sus palabras de apoyo no parecían siquiera de apoyo. Solo eran palabras corteses sin sentimiento, sin nada. Asintió, intentando mantener la calma. Intentando no usar el brillo de su mirada para cegarla, por los segundos suficientes para enterrarle la espada, que esta llevaba en su cinto, en su pecho, en su corazón.
Esos pensamientos eran peligrosos, siempre lo eran.
Pero cuando se trataba del honor, de la vida, de la justicia, no podía controlarse.
Se puso su capucha y salió de ahí lo más rápido que pudo, tragándose la sangre propia que llevaba acumulando en la boca.
Debía hacer lo contrario. No debía atacar a la reina, si no que debía ganarse la confianza, y sabía exactamente cómo hacerlo. ¿Pero iba a poder contenerse? ¿Iba a poder pretender lo suficiente sin atacarla por impulso? No tenía opción. Debía ganarse un lugar en ese pueblo, al lado de la reina, y solo tenía tres días para conseguirlo.
Quizás si veía a la gata, podría intentar ganársela. Debería andar por ahí, no iba a ser difícil de rastrear. Iba a utilizarla como un medio más. Quizás un animal deseoso de sentir como esta, estaría cómoda con un ser deseoso de herir como su propia hermana. Si, esa sería una buena idea. Tal vez peligrosa, pero no le importaba el bienestar de nadie, solo el de Yang.
Y luego, solo tendría que usar sus habilidades para sorprender a la reina, para demostrarle que no encontraría a nadie más en el reino como ella, y así que le diese el beneficio de la duda.
Soltó una carcajada y por suerte ya estaba a varios metros de los muros del palacio real.
Era una buena idea, un plan perfecto. ¡Si, perfecto!
Solo tenía que arriesgarse.
