Ella estaba allí, con sus manos agitándose gracias a una espada, regañando a viva voz a algún soldado desafortunado que no logró cumplir con el ejercicio, pero ese joven se sonrojó al sentir la cercanía de su comandante, sus ojos brillando al sentir a la hermosa mujer que se empeñaba en tratarlos como niños.
Alguna vez, en esa vida extrañamente elegida, pensó en equivocarse para que ella le hablase con esa fuerza, para que la cortina de hielo entre ellos cediera, pero ella lo conocía y sabía que no era fácil que cometiese un error.
Aunque allí…podría fácilmente dejar que se le cayera algo al suelo con tal de sentir sus ojos encima, ese fuego azul que le calentaba el alma.
Porque ella era fuego. Un fuego ardiente y salvaje que se extendía y consumía todo a su paso, devoraba corazones sin darse cuenta.
Y él era agua, calmado en la superficie, pero impetuoso en el fondo, un espíritu que necesitaba saciar esa pasión que crecía como olas golpeando un acantilado. Pero no se podía acercar.
El fuego también puede acabar con el agua, y así se sentía él, evaporándose cada tanto, con cada mirada enfadada, con cada mueca. Se estaba agotando, el pozo que era su alma se estaba secando, se estaba quedando estancado en el pantano en que se había vuelto su amor propio, rebajado por el amor hacia la mujer dueña de su vida.
Agradeció cuando el entrenamiento acabó, retirándose a las barracas para descansar y dejar volar su imaginación, llegar a ese lugar donde los dos eran iguales, no podían dañarse, donde ella lo amaba tanto como él a ella.
Soñar no cuesta nada.
Él era agua, un agua mansa, calma, riachuelo donde quería parar y refrescarse toda la vida, descansar en su paz y dejarse llevar por la corriente.
Pero se había quedado encerrada entre piedras tal cual fogata, ardiendo, consumiéndose por el deseo abrasador de tenerlo entre sus brazos.
Ella era fuego, impetuosa por naturaleza, pero no podía estar cerca de su amor. Temía apagarse, convertirse en una mujer como cualquier otra.
Temía que él la quemara, de volverse adicta, de volverse cenizas. Mirándolo a lo lejos, entrando en las barracas, temía que su propio fuego no fuese suficiente para mantenerlo a su lado.
Estaba aterrorizada y aun así, la lava de sus venas fluía espesa, atormentando sus noches con sueños ardientes, un pecho musculoso, manos grandes, un cuerpo que la cubría por completo y no la dejaba escapar hasta saciarse, hasta que la llama que era su cuerpo entero volviese a arder, suplicando por más.
Un hombre, un hijo de pueblo, un amigo incondicional, un enamorado herido, derrotado, rechazado, el hombre que amaba, el único que realmente había amado.
Seguiría ardiendo en su campana de cristal mientras el agua de él empujase hacia adentro, buscando unirse, fundirse, morir de una vez por todas en el vapor del amor.
Cerraría los ojos y se dejaría llevar por las fantasías que jamás confesaría
Solo en sueños podían estar juntos.
Inspirado en Feuer und Wasser de Rammstein.
(Pronto se darán cuenta que muchas de las historias de este "libro" están inspiradas por canciones de estos alemanes loquillos)
