Podría haber jurado que había visto un brillo diferente en sus ojos azules cuando le invitó una taza de chocolate. Sus ojos, siempre tan fríos, parecían húmedos, como si fuera a llorar en cualquier momento por su negativa. Una lágrima que le habría dado esperanzas, una lágrima que no cayó y no mojó su mejilla pálida.

Estaba viendo cosas, la ceguera lo estaba volviendo loco. Si una lágrima hubiese caído, no hubiese sido por él, nunca por él, un fantasma desdichado en las laderas del desamor.

Su vida no valía nada, por eso la habría dado con alegría para que ella no sufriera ningún daño, pero el dueño del corazón de su amada había llegado, montado en su caballo para solucionar todo dejando su sacrificio en nada.

La dejó sola con sus pensamientos, bebiendo su chocolate, listo para descansar lo más rápido posible a la Guardia, a ocupar su mente para no atormentarse con pensamientos dolorosos, a juntar los pedazos incontables de su corazón


Quiso decir que todo estaba bien, pero su lengua pesaba y su garganta quemaba. Ella tomó su mano en el aire, apretándola con amor, ese amor recién descubierto, apenas disfrutado. Miró sus ojos empapados, sus propios ojos llenándose de lágrimas, comprendiendo que era la despedida. Se había sacrificado sin proponérselo solo para mantenerla viva un día más.

Una lágrima, una sola, cayó de su ojo cuando exhalo su último suspiro, las palabras de amor de ella cayendo en oídos sordos, los sueños siendo barridos de golpe.

Ella lo amaba.

Pero sus lágrimas por él habían llegado demasiado tarde.

Inspirado en Una furtiva lagrima de la ópera El elixir del amor, interpretada por Pavarotti.

Espero que les guste.