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BirdsandStars

La clase ha sido extenuante. Pero era lo que necesitaba. Regreso al apartamento exhausta y con nada más en mi mente que no sea una deliciosa y refrescante ducha.

Entro al apartamento y voy directo hacia el baño. Me desnudo, abro la ducha y me meto debajo del agua fría. Esto es justo lo que necesitaba para relajar mis músculos sobrecalentados por tanto entrenamiento.

Siento unos pasos afuera del baño y me quedo mirando fijamente la puerta. Puedo ver su sombra por debajo. El no se atrevería a entrar, ¿o sí? Unos segundos después, siento nuevamente sus pasos y la sombra desaparece.

Termino de bañarme, tengo que recordar buscar una secadora de pelo, no puedo continuar así. Cojo una toalla, me seco y salgo de la ducha hacia la habitación.

Estoy secándome el pelo cuando toca a la puerta.

—¡Sí! —le grito pues no quiero que entre, estoy envuelta solamente en una toalla. —¡Un momento! —le digo mientras camino apresuradamente hacia la puerta.

Abro un poco la puerta, lo suficiente para que el me vea. Puedo ver como su mirada se detiene momentáneamente en mi pelo mojado y después baja lentamente hacia la toalla que traigo enredada en el cuerpo.

—Ordené unas pizzas. —me dice mientras vuelve a subir su mirada y la posa en la mía.

—De acuerdo. —le contesto mirándolo fijamente. —¿Algo más?

—No, solo te avisaba que llegarán en un rato.

—De acuerdo, me visto y salgo. —le digo mientras cierro la puerta lentamente.

Cierro los ojos y me recuesto a la puerta respirando agitadamente. ¿Por qué su presencia me hace sentir así? Nunca antes me he sentido así cerca de ningún hombre. Me acerco al armario por una ropa. Pero para mi suerte, o mala suerte en este caso, de las ropas que me dejó Kate no hay muchas opciones que no sean shorts cortos, camisetas y ropa formal de trabajo, ah y algún vestido. Así que, sin más preámbulo, cojo un short y me lo pongo.

¡Por dios!

¿A dónde salía Kate con estos shorts?

El short se ajusta a mi cuerpo y me queda justo por debajo de las nalgas, las cubre, pero solo lo justo como para no mostrar nada. Me pongo una camiseta y salgo de la habitación. Veo a Christian de espalda a mí en la cocina. En lo primero que me fijo es en su espalda ancha debajo de la camiseta de manga ajustada que lleva puesta. Y después, me fijo en que tiene delante de él dos cajas de pizza.

—Pedí hawaiana y napolitana pues no sabía cual te gustaba. —me dice mientras yo llego a su lado.

Las pizzas huelen deliciosas y mi estómago ruge de hambre. Después del entrenamiento, además de exhausta, estoy hambrienta. Lo veo colocando varias porciones de hawaiana en un plato.

—Si te gusta la hawaiana creo que vamos a tener un serio problema. —le digo mientras él se gira hacia mí y me mira sonriendo.

En cuanto se gira, bajo mi vista hacia sus anchos pectorales bien formados que se marcan perfectamente debajo de la camisa. Y se me corta la respiración.

—Podemos compartirla. —me dice mientras coge también de la otra y después camina hacia la sala apartando su cuerpo de mi mirada curiosa.

Cojo un plato y comienzo a poner mis porciones de pizza en él antes de dirigirme hacia la sala y sentarme en la butaca, lejos de él. Comienzo a comer mi pizza, está deliciosa. Pero puedo ver por el rabillo del ojo que él se me queda mirando. Alzo la vista y lo veo mirándome fijamente.

—¿Sucede algo? —le pregunto frunciendo el ceño.

—¿Esa ropa es de Kate? —me pregunta de repente.

—Si.

—Pensé que se la había llevado toda.

—Por suerte para mi dejó un poco. —contesto muy bajito.

—¿Por suerte para ti? —me dice escuchándome perfectamente y dejando de comer. —¿No tienes ropa? —inquiere ahora preocupado.

—Es una historia larga.

—Tenemos tiempo y así nos conocemos. ¿Qué sucedió?

—Cuando Kate te llamó porque necesitaba donde quedarme acababa de salir de la estación de policía después de pasar la noche allí en interrogatorio.

—¿Qué te sucedió? —puedo ver como frunce el ceño, la preocupación reflejada en su rostro.

—A mi nada. Pero resulta que mi compañera de piso tenía problemas psicológicos y descargó su furia en el chico del reparto de pizza.

—¿Lo mató? —pregunta asombrado

—Sí, y después se dio a la fuga. Aún anda suelta. —digo pensativa. No tengo idea de si la han atrapado o no. La policía no se ha puesto en contacto conmigo para poder recuperar mis cosas.

—¿Y no pudiste sacar nada de tu habitación?

—Para mi desgracia, la muy desgraciada había pasado por mi habitación y regado todas las cosas. Así que solamente me pudieron dar lo que estaba en el armario que ella no había tocado.

—¿Entonces no tienes ropa que ponerte? —inquiere ahora muy serio.

—Hice algunas compras, no quiero gastar un dineral en ropa cuando al final recuperaré lo que está en mi apartamento. Y Kate me ha dejado bastantes cosas que ya no se ponía. —le digo sin querer admitir que lo que más me dejó fueron shorts y camisetas. Además de las blusas y las faldas para trabajar y algún vestido.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —me dice mirándome fijamente. —No estás obligada a responder si no lo deseas. —me dice aligerando el ambiente mientras me brinda una leve sonrisa.

Asiento en su dirección sin imaginarme que es lo que va a preguntarme.

—¿Hablabas en serio anoche? —me pregunta haciendo que yo abra mucho los ojos.

Y me le quedo observando mientras el muerde la pizza sin apartar su mirada de mí.

—Que parte, dije tantas cosas anoche. —le contesto sabiendo exactamente a que parte de todo lo que dije anoche se refiere.

—Todo. Lo que querías hacerme y la parte en la que querías a alguien que te hiciera gemir y gritar de placer como nunca antes lo habías hecho.

¿Cómo es posible que el se acuerde de las palabras exactas que le dije?

—No estaba en mis cabales anoche. —le digo mordiendo la pizza y agachando la mirada mientras siento como mi respiración comienza a acelerarse ante esta inesperada conversación.

—¿Entonces nada de lo que dijiste lo pensabas en realidad? —me dice mientras yo alzo levemente la mirada.

Christian me está mirando fijamente mientras se sostiene el labio inferior entre el dedo índice y el pulgar, pensativo.

—¿No quieres que te folle Ana? — me pregunta de repente.

Casi que me atraganto con la pizza que tengo en la boca. ¿Acaso me está ofreciendo sexo? Porque si es así, entonces Kate se ha equivocado y él no es gay. Por su mirada, puedo ver que está hablando en serio. Muy en serio.

¡Mierda!

¿En que lío me he metido?

A ver como salgo de este embrollo.

—Lo siento Christian. —le digo avergonzada en verdad. —Sé que anoche dije muchas cosas y me arrepiento tremendamente de todo lo que sucedió. Nunca me había emborrachado, mucho menos drogado. Y aunque intente eliminar esos recuerdos, aún están frescos en mi mente. No te voy a mentir, anoche me sentía feliz, acalorada y excitada, pero en cuanto se pasó el efecto, me sentí completamente como una idiota.

No agacho mi mirada. en lugar de eso lo miro fijamente a los ojos para que vea que lo que le estoy diciendo es la verdad. Él me está observando con su mirada azul hipnotizante. Se levanta de su lugar y se acerca a mí. Se agacha a mi lado mientras pone el plato con la pizza en la mesita del centro y después toma mis manos entre las suyas.

—No eres una idiota Ana. Simplemente alguien se aprovechó de ti, como mismo lo hubiese echo de alguien más. Eso no te convierte en idiota, te convierte en una víctima de la sucia trama de un pervertido que solo quería aprovecharse de ti.

—Pero igual, me sentí terrible esta mañana. No sabía como iba a mirarte a la cara.

—Como mismo lo estás haciendo ahora. —me dice brindándome una sonrisa. —Como si no hubiese sucedido nada. —me suelta las manos y recogiendo su plato vuelve a sentarse en su sitio. —Pero un consejo. —me dice mientras yo lo miro fijamente. —Todos los Club no son iguales, para la próxima vayan acompañadas y no solas, últimamente he visto demasiadas drogas en los clubs nocturno. —me dice poniéndose muy serio.

Y con esas palabras la charla termina. El sigue con su pizza y yo con la mía. Y no me atrevo a preguntarle nada.

Mas tarde esa noche, mientras estoy recostada en la cama y miro fijamente el techo, me pregunto que hubiese sucedido si le hubiese contestado algo diferente.

Que hubiese sucedido si le hubiese contestado la verdad que se esconde bien en mi interior y la cual me negué a admitir. Anoche había tomado, pero no lo suficiente como para no saber lo que decía o hacía. Sé muy bien en mi interior que todo lo que le dije era cierto. Que por primera vez en mucho tiempo estaba deseando a un hombre nuevamente. A uno que apenas conozco.

Que lo estaba deseando a él.

Ni siquiera me atreví a admitir que por un momento esta tarde, había deseado que el me besara y me tomara contra la pared del baño.

No sé que me esta sucediendo. Pero esta noche no pienso averiguarlo. Me giro en la cama y apago la luz de la mesita de noche, me abrazo a la almohada y dejo de pensar en mi sexy y atractivo compañero de piso.

¿No quieres que te folle Ana?

Sus palabras regresan a mi mente. Por más que lo intento, no puedo dejar de pensar en eso. Y mientras la pregunta se repite una y otra vez en mi cabeza, a ella se unen las imágenes de él mojado con la toalla por la cintura saliendo de mi baño y las de ambos mojados en la ducha. Y por un momento pienso si decía en verdad lo de follar conmigo.

Hace mucho tiempo que no me sentía así. Sonrío mientras cierro los ojos y contengo un gemido. Se que me estoy mintiendo a mi misma. Pero por el momento, voy a intentar ignorar lo que siento cada vez que me toca, o me mira o cuando lo veo semidesnudo.

Sí. Si he logrado controlar mi cuerpo durante dos años, quien me dice que no lo pueda controlar ahora. Es en lo último que pienso antes de quedarme profundamente dormida.

Salgo de mi habitación, vestida y lista para un nuevo día de trabajo. Para mi sorpresa, el desayuno está listo y junto a este hay una nota pegada.

Disculpa si te ofendí con mis comentarios de anoche, prometo que no volverá a ocurrir. A partir de ahora me comportaré como el mejor compañero de piso que hayas tenido.

Christian.

¡Genial!

Desayuno rápidamente y salgo hacia el trabajo.

Hoy tengo que ir en taxi. Mi auto sigue bajo custodia policial. Y continuará ahí al menos 24 horas más. Espero.

Estoy saliendo del ascensor con un machiato en la mano para Elena, cuando Kate me aborda rápidamente mientras camino hacia su oficina.

—Hoy está extrañamente feliz, no sé por qué, pero el comentario de todo el mundo es que es por el chofer suplente.

Cierto. Lo había olvidado. Esta semana tenía un chofer sustituto. Su chofer, con el que lleva desde hace varios años había tenido una emergencia famiAnar y se había tenido que ausentar.

—Por cierto, ¿cómo te va con Christian?

Cierro los ojos ante el recuerdo de la noche del club, y de todo lo que le dije. Definitivamente es un día que no quiero recordar. Todavía estoy decidiendo si quiero recordar el día de ayer. Aunque es un poco más difícil olvidarme de su cuerpo, y aún más de lo último que me dijo.

—Bien. —le contesto sin darle más información. —¿Nos vemos para almorzar? —le digo despidiéndome de ella cuando llego a la oficina de Elena.

Toco a su puerta y ella me manda a entrar.

—Buenos días Elena. —le digo poniéndole el machiato en la mesa, sobre un posavasos.

—Buenos días Ana. ¿Todo listo para hoy?

—Sí. —le contesto mientras repaso mentalmente todo lo que tiene en la agenda del día y comienzo a recordárselo. —La mañana la tiene algo ajetreada. A las 9:00 am tiene una reunión con el New York Times, quieren hacer una cobertura sobre el autor de su nuevo Best Seller. A las 10:30 am tiene una reunión con Francesca Britania para ultimar los detalles de su nuevo desfile de modas que será el próximo miércoles y a las 12:15 pm tiene un almuerzo con Steven Sanders.

—Bien, una mañana bastante ocupada. ¿Y en la tarde?

—Tiene varias entrevistas con diferentes personalidades no activas del deporte. La primera es a la 1:30 pm.

—¿Recuérdame el motivo? —me pregunta mientras le da un sorbo al café y me sonríe.

—La revista Men Fitness está trabajando en su próxima publicación sobre famosos retirados y quiere que le busquemos a alguien interesante para su portada del próximo mes. Vendrán a finales de la semana para que le demos el nombre de los posibles candidatos.

—Un día bastante ocupado. —me dice dejando el café en su mesa nuevamente. —Gracias Ana, te avisaré cualquier cosa que necesite.

Y esa es mi señal para salir de su oficina hacia la mía que se encuentra al lado de la de ella.

Trabajo en una empresa publicitaria. Atendemos todo tipo de personalidades, desde autores de novelas, modelos famosas, actores de Hollywood hasta diseñadores de moda. Nos encargamos de contactarlos para los eventos o entrevistas, o sesiones de fotos. Y tan movido como es el día de Elena, así mismo es el mío.

Después de varias semanas bajo sus órdenes, ella decidió que yo la acompañara a la mayoría de las reuniones. Y eso es exactamente lo que he hecho durante el último año. Elena me ha estado enseñado todo lo que tiene que ver con el funcionamiento de la Empresa. Así que se puede decir que después de ella, yo soy la que más conozco de la empresa.

La empresa es pequeña, no tenemos mucho personal, solamente el necesario. Pero a pesar de todo nos hemos ganado el respeto y un lugar en el mundo.

La mañana pasa rápidamente y a las 12:20 pm me voy a almorzar con Kate. Ella comienza a hacer preguntas sobre Christian, las cuales intento ignorar o fingir que no le presto mucha atención. Al ver que no quiero hablar de mi nuevo compañero de piso ella deja de insistir y comenzamos a hablar de una salida el fin de semana a algún sitio.

Cuando regreso a mi oficina paso por la de Elena. Aún no ha llegado y tiene una entrevista a la 1:30 pm. En ese instante suena mi celular. Miro la pantalla y al ver que es ella contesto sin dudar.

—Dígame.

—Ana, este almuerzo se ha extendido más de la cuenta. ¿Crees que te puedas encargar de las entrevistas de la tarde?

—Seguro Elena, no hay problema ninguno. —le digo mientras hago memoria de las personalidades que debo entrevistar.

—Muy bien, el auto estará a tu disposición el resto de la tarde, ya lo envié así que no tardará en llegar. Mañana me pones al día sobre como resultaron las entrevistas. —y cuelga.

Esta es la primera vez que me deja hacerme cargo de algo y eso solo me demuestra la confianza que tiene en mí. Recojo mi bolso y los documentos que necesito mientras miro la hora. Es la 1:05 pm, tengo el tiempo justo para llegar a la primera entrevista.

Salgo hacia afuera. El auto está aparcado a unos metros más adelante de mí y puedo ver al chofer recostado a la puerta mientras tiene su rostro oculto detrás de las noticias del New York Times.

—Buenas tardes, hacia la Universidad Rockefeller. —le digo deteniéndome junto a él.

Agacho mi mirada y me acomodo bien la falda.

—Buenas tardes Srta. Adams.

Había olvidado que este no es el chofer al que estoy acostumbrada. Que era uno nuevo. Pero esa voz me suena extrañamente familiar. Levanto la vista de mi falda gris de tubo hacia la persona que tengo en frente parada apenas a un metro de mí.

—¡Tu! —exclamo asombrada mientras me quedo literalmente con la boca abierta.

Lleva un traje negro que se ajusta perfectamente a su cuerpo, tiene una camisa blanca y una corbata, negra. Se ha recogido el pelo, pero unos mechones caen en su rostro haciendo que luzca arrebatadoramente sexy. Mas de lo normal. Se acerca donde yo estoy. Levanto la mirada a medida que se acerca. No puedo apartar mis ojos de los suyos.

—Te has quedado literalmente con la boca abierta. —me dice cuando se detiene frente a mí.

—Nunca imaginé que pudieras lucir tan…

—¿Fabuloso? —me dice con una media sonrisa mientras alza una ceja.

—En realidad estaba pensando en sexy y atractivo. Pero podemos dejarlo en fabuloso. —le digo con una sonrisa.

Y después me percato de lo que le acabo de decir. Pero el no dice nada respecto a mi comentario.

—¿Nos vamos? —me dice mientras da un paso hacia el auto y me abre la puerta trasera.

Me ofrece una mano y me ayuda a subir cerrando la puerta detrás. Lo observo como se mueve con elegancia cuando da la vuelta al auto. Cuando está sentado detrás del volante, me le quedo mirando embobada nuevamente por el espejo retrovisor.

—¿Sucede algo? —me pregunta mirándome fijamente.

—Nada, es que nunca te imaginé así.

—¿Así como?

—Tan diferente.

—¿Diferente? —lo veo alzar una ceja sin entender a qué me refiero.

—Sí, no conozco muchos gays así que no se si todos lucen así tan elegantes como tú. —le suelto rápidamente sin pensar en mis palabras y solo entonces me percato de lo que acabo de decir.