Déjenme sus comentarios y sigan me.
BirdsandStars
—¿Gay? —esta vez sí repara en mi comentario y se gira hacia atrás.
Se queda mirándome fijamente mientras frunce el ceño.
¡Mierda! Creo que acabo de cometer una estupidez. Me preparo mentalmente para que se enfade conmigo por haberle llamado gay. Pero él no lo hace. Solamente me sonríe. Se gira nuevamente hacia el frente mientras arranca el auto. Nunca hace nada de lo que yo me imagino.
—¿Quién te dijo que soy gay? —me pregunta mientras me mira por el espejo retrovisor.
—Kate. —le digo en un susurro. No sé dónde meterme en este instante
—Creo que hoy te vas a llevar una sorpresa también. —me dice poniéndose el cinturón y poniendo el auto en el tráfico.
He tenido muchas sorpresas últimamente. Más de lo que nunca he tenido. Me caí de culo cuando lo vi afeitado y vestido con ropa de su talla, su cuerpo de infarto cuando salió envuelto en una toalla del baño y después todo mojado en la ducha. ¿Qué otra sorpresa me espera hoy?
—¿Por qué lo dices? —le pregunto con curiosidad.
Christian se detiene en una luz roja. Gira el rostro hacia mí y me brinda una sonrisa seductora.
—Porque no soy gay Srta. Adams
Si. Definitivamente esto no me lo esperaba. Kate se había equivocado. Y eso solamente me hace pensar en lo que me dijo anoche sobre follar conmigo. Y siento una extraña sensación en la boca del estómago. Una que hace años que no sentía.
—Por favor, no me llames así, no creo que sea necesario.
—Lo siento, pero es una formalidad.
—Es ridículo. ¿Por qué no me dijiste que ibas a ser el chofer de Elena?
—Tu no preguntaste nada sobre mi nuevo trabajo. —contesta el como si nada.
—Sabes que nadie puede enterarse que vivimos juntos, ¿cierto? —le digo mientras el me mira fijamente. —No quiero que piensen que hay algo entre nosotros.
—Por mí no se enterarán. —me dice con una sonrisa mientras se gira hacia el frente continúa manejando.
Christian me lleva hacia todas las entrevistas que debo hacer en sustitución de Elena. Pero ninguno de los entrevistados cumple con los requisitos que sé que buscan los de la revista. Todos son retirados sí, pero ninguno mantiene la mejor forma física que digamos. Tras la última entrevista, me despido diciendo que me pondré en contacto y camino hacia el auto. Está oscureciendo y nos encontramos en una zona apartada de la ciudad.
Me dejo caer, exhausta en el asiento trasero de la Mercedes-Benz mientras cierro la puerta. Me quito los tacones y masajeo mis pies. Nunca he caminado tanto en tacones como lo he hecho hoy. Christian me mira de reojo por el retrovisor y le devuelvo la mirada.
—¿Y qué tal te fue esta? —me pregunta con una sonrisa mientras yo le pongo los ojos en blanco.
—¿Es en serio?
Tras cada entrevista, le contaba a Christian como había salido y que habían sido un total fiasco. Y él no hacía otra cosa que reírse, arrancar el auto y conducir hacia la próxima.
—Otra pérdida más de tiempo. —digo derrotada.
—¿Hacia dónde ahora? —me pregunta mirándome por el retrovisor.
—Hacia el apartamento. —le digo mientras me recuesto al cuero negro. —Necesito un baño relajante, una comida decente y a ser posible un masaje y no necesariamente en ese orden.
Christian se echa a reír ante mi comentario mientras arranca el auto.
La lista de candidatos que tenía para hoy, se ha agotado y no he encontrado a nadie que cumpla con las expectativas. Reviso mi celular, Tengo un mensaje de Kate invitándome a ir a cenar con ella y Elliot. Pero le envío un SMS, estoy agotada. Solo quiero llegar al apartamento y descansar.
Voy algo distraída, pero me percato que no nos dirigimos hacia el apartamento.
—¿Ha donde vamos? —le pregunto apoyándome en el espaldar del asiento.
—A cenar. —me contesta como si nada.
Me pongo los zapatos y me arreglo un poco mientras Christian gira en el próximo semáforo y después se detiene frente a uno de los mejores restaurantes de New York. No me esperaba esto.
—¿Qué hacemos aquí? —le pregunto al ver que un valet me abre la puerta y la sostiene abierta para mí. Quizás él se ha equivocado.
—Vamos a cenar. —me dice Christian mientras baja del auto.
Le entrega las llaves al valet y ocupa su lugar, sosteniéndome la puerta y tendiéndome una mano para ayudarme a bajar. Tomo su mano. Es tan cálida como recuerdo.
—No es necesario cenar aquí Christian, podemos ir a otro lugar. —le digo mientras miro en todas direcciones.
—De ninguna forma.
—No puedo permitirme un lugar así. —le digo tímidamente.
—No te preocupes por eso, yo invito.
—Pero, no estoy vestida como para este lugar. —le digo tratando de encontrar alguna escusa.
—Estás preciosa así. —me dice solemnemente mientras me conduce hacia la entrada del restaurante.
Y no discuto más con él. Sé que encontrará alguna forma de ganar la batalla. Pero si algo sé de los restaurantes prestigiosos, es que debes reservar con antelación. Así que dejo que me conduzca hasta la entrada donde se encuentra el maître, con un listado en la mano.
—Buenas noches Sr. Christian.
—Buenas noches Jhon.
—Hace tiempo que no lo veíamos por aquí. ¿Va a querer su mesa hoy?
—Si por favor.
—Síganme. —nos dice el maître dando media vuelta.
Christian toma mi mano entre la suya. En cuanto lo hace, lo vuelo a sentir. El hormigueo en mi piel. Alzo la vista de nuestras manos juntas y lo miro fijamente. Me está sonriendo. Le sonrío de regreso y mientras apoya mi mano en su antebrazo, me dejo conducir por él dentro del restaurante. Yo aún no puedo creer lo que acaba de suceder frente a mí. ¿Cómo es que aquí lo conocen? Y mucho más importante que eso. ¿Cómo es que tiene una mesa apartada?
Caminamos dentro del restaurante, iluminado tenuemente, hasta un local privado. Es completamente de cristal, como una pequeña cabina apartada en una esquina de todos. No se ve nada hacia el interior pues los inmensos cristales están cubiertos por unas densas cortinas negras. El maître nos abre la puerta y aparta las cortinas para que pasemos dentro.
—¿Les traigo la carta? —le pregunta a Christian.
—No, tráigame lo mismo de las últimas veces para dos personas, una botella del vino que sabes que me gusta y de postre ese delicioso pastel y una botella de sirope de chocolate.
—Enseguida Sr.
El maître se marcha cerrando la puerta y las cortinas quedan cerradas nuevamente. Christian tira de una silla para que me siente. Después da la vuelta a la mesa y se sienta justo frente a mí. Y me detengo en los detalles del local privado. De las esquinas cuelgan unas sencillas lamparitas que iluminan la estancia a media luz. El mantel al igual que las cortinas son negras. En el centro de la mesa hay un jarrón completamente lleno de rosas rojas, casi negras.
Saca su teléfono del bolsillo y lo coloca sobre la mesa. Después de presionar un botón una música comienza sonar. Se comienzan a escuchar unos violines y rápidamente reconozco la canción. Unos segundos más tarde, la voz de Jhon Legend cantando Love me now comienza a inundar la pequeña pero acogedora habitación privada en que nos encontramos.
Mientras dejo que la letra de la canción entre bien profundamente en mi mente comienzo a pensar en ciertas cosas. Ahora tengo mucha más curiosidad que antes. El me mira fijamente, y antes de que tenga oportunidad de preguntarle algo, la puerta se abre, las cortinas se apartan y entra un camarero con nuestro vino.
—Gracias, déjelo, yo me encargo de abrirlo. —le dice él haciendo que el camarero se marche rápidamente.
Christian abre la botella de vino rápidamente con una destreza maestra. Sirve en ambas copas y después pone la botella a un lado. Coge su copa y le da un ligero sorbo mientras cierra los ojos.
—¿Puedo preguntarte algo? —le digo mientras el abre los ojos y me mira fijamente.
—Adelante.
—¿Por qué todos te conocen? ¿Por qué tienes un reservado? ¿Por qué me has traído a aquí? —sin darme cuenta las preguntas salen en carretilla de mis labios y me es imposible contenerlas.
Christian se me queda mirando fijamente y por un momento pienso que no me va a responder.
—Voy a contestar a tus preguntas, pero primero. —me dice mientras se inclina hacia adelante. —Prométeme que no me vas a interrumpir, ni dirás una sola palabra hasta que yo termine.
—De acuerdo. —le digo rápidamente deseando que responda a mis interrogantes.
Cojo la copa de vino que me ha servido y le doy un trago, bastante largo. No sé porque me imagino que lo voy a necesitar para las respuestas que estoy por recibir.
—Todos me conocen aquí por la sencilla razón que soy el dueño.
Por suerte no tengo vino en la boca. Porque seguro que terminaría escupiéndoselo en la cara. Me le quedo mirando estupefacta. Pero como mismo le prometí, no hago ningún comentario y dejo que continúe.
—Creo que eso responde tus primeras dos preguntas. —me dice con una sonrisa mientras da un leve sorbo a su vino. —Y en cuanto a la tercera, creo que es bastante obvia la respuesta.
—No para mí. —le digo mientras el me mira entrecerrando los ojos.
Sé que me trajo a cenar, pero imagino que hay algo más detrás de una cena en el mejor restaurante de New York. Y mucho más con la música que ha puesto y que suena de fondo.
Christian toma otro sorbo de vino antes de contestarme.
—Tienes razón, no solo te traje a cenar.
Tomo otro sorbo de vino creo que lo voy a necesitar. Aún más que el anterior.
—Quería disfrutar de tu compañía.
—¿Disfrutar de mi compañía? —le pregunto enarcando una ceja. —Lo dices como si esto fuera una cita. —me quedo mirándolo fijamente. —¿Esto es una cita? —le pregunto con curiosidad.
Christian solo me da una sonrisa radiante.
—Podría serlo. —me dice sin apartar su mirada de mí.
—¡Christian! —le advierto. —Trabajamos juntos, sabes las normas.
—¿Y?
—Y no puede existir nada entre nosotros. —le digo mientras él me sonríe perversamente.
—Solo estoy trabajando para Elena una semana Ana. Después de eso, ya no seré más su chofer.
—Pero continuarás en la empresa.
—En realidad, esto es solo un contrato temporal por una semana que me han hecho.
—¿No sabía que existía un contrato por una semana?
—Yo tampoco, solamente acepté por hacerle un favor a Elena.
—¿Conoces a Elena? —inquiero boquiabierta por este giro inesperado de la conversación.
—Lo suficiente para saber que es muy intimidante y estricta. —me dice Christian pensativo.
—Sí, pero cuando la conoces, es una persona completamente diferente.
—Volviendo al asunto que nos interesa a ambos. —me dice posando su azul y penetrante mirada en mí. —No será una cita si tu no quieres que lo sea Ana. —me dice muy serio mientras pausa la úsica. —¿Quieres que esto sea una cita? —me pregunta sin apartar sus ojos de mí.
Y me hago la misma pregunta. ¿Quiero que esto sea una cita? ¿Quiero una cita con Christian? Es innegable que hay algo entre nosotros. Una fuerza invisible que nos une. Y que me siento terriblemente atraída por él. La forma en que me mira a veces, como en este instante, me hace pensar que va en serio, que quiere algo. Pero no sé qué sucedería si le digo que sí. Y tampoco sé si yo le pueda dar todo lo que él desea.
—¿Por qué quieres una cita conmigo? —le pregunto mientras el frunce el ceño.
—Porque a pesar de mis defectos, primero que todo, soy un caballero Ana.
¿Sus defectos? ¿Qué quiere decir con eso? ¿De qué siglo ha salido él?
—¿Un caballero? ¿No me digas que no tienes sexo hasta después del matrimonio? —le digo a modo de burla mientras él me sonríe abiertamente.
—No. —me dice de repente mientras yo dejo de reír. —Al menos no hasta después de la primera cita. —me dice mientras me mira por encima de la copa que se lleva nuevamente a los labios.
Y me quedo mirando sus labios fijamente. No debo mirar sus labios, porque eso solo me hace desear ser yo el vino que pasa por sus labios en esos momentos. Y desear que me bese como hace tanto tiempo nadie lo hace. Aprieto mis muslos debajo de la mesa mientras él me sonríe levemente. Verlo beber vino mientras me mira fijamente, está haciendo que comience a excitarme.
—¿Entonces? ¿Es una cita? —pregunta una vez más esperanzado.
—¿Qué tal si lo dejamos en una cena de trabajo? —le digo con una sonrisa.
Si sigue insistiendo en una cita no creo que tenga muchas opciones. Al final terminaré aceptando.
—Sabes que te lo volveré a pedir y tu terminaras aceptando.
—¿Siempre tienes esa confianza en ti mismo? —le pregunto.
Pero el no me contesta solo me sonríe. Al parecer si, es así de confiado.
—Hagamos una cosa. Cuando me preguntes nuevamente, te diré que sí, pero te voy a advertir algo. —le digo mirándolo fijamente.
El me mira fijamente dejando la copa a un lado para no perderse ni un detalle de lo que estoy por decirle. El tiene su norma de no sexo hasta la primera cita. Y yo tengo también la mía.
—No vamos a tener sexo. —le digo mientras lo veo fruncir el ceño levemente.
Ni yo misma me estoy creyendo lo que acabo de decirle.
—De acuerdo, me conformo solo con la cena de trabajo esta noche. —me dice con una sonrisa triunfante.
—Creo que no entendiste Christian. —le digo mirándolo fijamente.
Creo que lo mejor será que se lo deje claro. Aunque yo no lo tengo muy claro desde que me he mudado con él.
—No tengo relaciones de ningún tipo, ni románticas, ni sexuales. —le aclaro mientras veo que la sonrisa desaparece de su rostro y después frunce el ceño.
—¿Qué te sucedió? ¿Quién fue el imbécil que no supo hacer las cosas bien en tu primera vez? —me pregunta de repente y puedo ver que está algo enojado.
—No tiene nada que ver con eso. —le digo, aunque está muy cerca de la realidad. —En estos momentos quiero enfocarme en mi carrera, no quiero ninguna distracción. —le digo mintiéndole, solo espero que el no note que lo hago.
Espero que con esta respuesta no pregunte más. No sé qué le voy a contestar si me pregunta desde cuando no tengo sexo. Pero afortunadamente el cambia el tema de conversación.
—¿Entonces, aceptarás una cita la próxima vez que te pregunte? —inquiere alzando una ceja.
Le sonrío. A pesar de que me he prometido a mí misma que no quiero saber nada de los hombres por un tiempo. Si dentro de unos días, o mañana, me vuelve a preguntar, se que le diré que sí. Cojo la copa para darle un sorbo, debo recordar no beber con el estómago vacío.
—Yo también lo sentí Ana. —me dice de repente haciendo que me quede mirándolo por encima de la copa mientras el vino apenas toca mis labios.
—¡Eh! —le digo perdida mientras bajo la copa hacia la mesa. No sé de qué está hablando ahora.
—Sentí esa corriente recorrer mi cuerpo cuando toqué tu mano por primera vez. Siento la atracción que tira de mi cuerpo hacia el tuyo a cada instante. Como ahora.
Esto no me lo esperaba. No esperaba que el hubiese sentido lo mismo, que fuera consciente de la atracción magnética entre ambos.
—Siento ese impulso primitivo de querer poseerte salvajemente, de marcarte como mía y de nadie más.
Sus palabras son crudas y atraviesan mi mente como un torbellino haciendo que súbitamente se me acelere la respiración.
—Desde que te caíste de la banqueta solo he podido pensar en una cosa. —el pulso en mis venas se acelera a cada instante más con cada palabra que sale de sus labios.
—¿En que cosa? —no puedo creer que le estoy preguntando.
—En besarte. —me dice sensualmente.
Y esa forma de mirarme en estos momentos solamente me dice una cosa. El me desea intensamente. Puedo decir que desea besarme con la misma intensidad que lo deseaba yo ayer en la ducha mientras estábamos mojados.
—¿Porque no me besaste ayer en la ducha? —le pregunto con curiosidad.
Ayer había tenido la oportunidad perfecta. Pero el no hizo ni el menor intento por acercar sus labios a los míos.
—Porque no te voy a besar hasta después de nuestra primera cita. —me dice mirándome intensamente. —Nuestra primera cita de verdad.
Si lo hubiese sabido de antemano, le hubiese dicho que esto era una cita. Con todo lo que me ha dicho, que quiere besarme, y poseerme salvajemente, estoy excitada. Solo puedo pensar en dejarlo hacer con mi cuerpo lo que el desee. Pero sé que debo dejar de pensar en sexo en este momento o le pediré que tire al suelo todas las cosas de la mesa y me acueste a mi sobre ella. Y no pienso romper mi palabra tan fácilmente. Aunque la tensión sexual me esté matando. Lentamente.
Así que decido cambiar el tema de conversación, porque si no, ni siquiera voy a poder cenar esta noche. Y con la hora que es, hoy no voy a poder desquitarme con un saco de boxeo. Pero mientras lo miro, no puedo evitar que por mi mente transcurran diferentes escenarios en que el pudiese hacerme suya. Me pierdo en su mirada, y hago un esfuerzo sobrehumano por dejar a un lado mis fantasías sexuales de ser tomada sobre la mesa en un privado del mejor restaurante de New York.
Así que desvío el tema de conversación de nuestra evidente atracción sexual hacia uno, menos excitante.
—Aunque seas el dueño del restaurante, imagino que una cena aquí debe costar una fortuna. —le digo mientras le doy un sorbo a mi copa.
Es la verdad. Me conformaba con una hamburguesa en mi sitio preferido o una pizza. En ese instante la cortina se aparta a un lado y entra un camarero con nuestra cena. Pone los platos y se retira rápidamente dándonos privacidad una vez más. Observo detenidamente mi plato y me quedo boquiabierta. Miro a Christian y nuevamente mi plato sin poderlo creer. Él se encoje de hombros sin darle importancia.
—¿Cómo lo has sabido? —le pregunto intrigada porque el supiera cual es mi comida preferida.
—Kate hablaba mucho de ti, y en una ocasión comentó que esta era tu comida preferida. —me dice como si nada.
¿Como es posible que el recordara la comida preferida de alguien que ni siquiera conocía hasta ayer? Ya esto no me está gustando. ¿Acaso era un acosador y ni siquiera Kate lo sabía?
—No soy un acosador Ana, pero si presto mucha atención cuando algo me interesa. —una vez más en lo que va de cena, ha vuelto a captar mi atención.
—¿Yo te intereso? —inquiero ahora con mucha más curiosidad que antes.
—Y no sabes cuánto.
—No entiendo nada. Como puedes estar interesado en mi si me conoces hace apenas 24 horas.
Christian me sonríe. Esa sonrisa ampAna y radiante que estoy segura que hace que se le mojen las bragas a todas las mujeres a las que le sonríe de esa forma. Incluyéndome a mí.
—Te conocí hace casi un año Ana.
